martes, 18 de julio de 2017

Hijos de la Stasi-David Young



*Esta crítica apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/hijos-la-stasi-david-young-novela-negra-lograda-clave-historica/


Hijos la Stasi, de David Young: novela negra de lograda clave histórica

Hijos de la Stasi (HarperColins Ibérica) es una novela de género negro escrita por David Young. La obra ganó el prestigioso premio CWA Historical Dagger en 2016, galardón que otorga la British Crime Writer´s Associaton a la mejor novela negra “histórica”. Con mucho bueno, especialmente en el terreno de la ambientación en la Alemania del Telón de Acero, el trabajo de Young también está aquejado de algunos de los males generales que presenta la novela negra actual, pero el conjunto es el de una lectura positiva.

Tal y cómo nos informa el autor en una explicativa nota final, alrededor del seis por ciento de los colaboradores de la Stasi —el Ministerio para la Seguridad del Estado en la RDA— eran menores de 18 años. El número total de informantes, es decir, chivatos, delatores, vigilantes de sus vecinos, denunciantes de sus propios padres o hermanos, también cotillas o, simplemente, miserables en manos del devenir de la Historia, el miedo, los chantajes y las presiones, era de 173 mil. Prácticamente, cada persona tenía su pareja, su equivalente que lo espiaba. Me viene a la cabeza Es cuento largo, la novela de Günter Grass, un retrato agotador del informador pegado a su presa.

Todo en el discurso de Young nos hace entender que uno de los objetivos de este Hijos de la Stasi es, en efecto, denunciar esos métodos de reclutamiento y espionaje llevados a cabo por el Gobierno de la RDA, que incluso extorsionaba a los más jóvenes, lo que convierte el asunto en más infame aún, si cabe. Sin embargo, me da la sensación de que el intento reivindicativo queda en eso, sólo en intento, o que tiene mucha más carga utilitaria que otra cosa. Porque inmerso en una buena narración, por momentos brillante y con nervio, y en una trama algo tramposa pero muy efectiva, la presunta denuncia con la que el autor busca cargar la novela, se diluye.

Y el asunto no es nuevo, ni privativo de la RDA. A la cabeza me viene el caso de Pável Mozorov, mártir de la Unión Soviética porque con tan sólo 13 años de edad se le ocurrió denunciar a su padre a la Policía Política de Stalin por alta traición al Estado. El asunto terminó con la ejecución del progenitor. La familia, conmocionada, se vengó en el joven, al que asesinó. Una historia sobre la que pesa el yunque de la duda, la prostitución propagandística con la que fue empleada por el aparato del estalinismo, y la eterna duda de si fue verdadera, falsa, o completamente diferente. En cualquier caso, demuestra que las prácticas de vigilancia llevadas a cabo por menores no eran algo nuevo en la RDA, sino una forma de operar muy común en cualquiera de las policías comunistas. En la Rumania de Ceaucescu, las escuelas especiales de reclutamiento y formación de agentes crueles y despiadados se nutrieron con gran parte de los huérfanos producto del terremoto de 1977. Resultaron ser los más leales al Conducator, los más implacables y sanguinarios de todos.

Pero Young aún pretende destacar otra denuncia emergente de su texto. Como él mismo aclara en la nota a la que me refería más arriba, grandes empresas como IKEA utilizaron para el embalaje y procesamiento de sus productos la mano de obra de prisioneros políticos de la RDA durante los años 70 y 80. Parece ser que un informe de una auditoría confirmó, hace relativamente poco, que la empresa sueca estaba al corriente de la infamia, lo que llevó al director general de la casa de muebles en Alemania a pedir perdón de forma pública. Una circunstancia que recuerda a otros escándalos, como los de IBM, Porsche, Kodak, la General Motors o Siemens, que se aprovecharon de mano de obra esclava utilizando los prisioneros judíos del Reich de Hitler.

En cualquier caso, los reclutamientos de menores y el empleo de prisioneros políticos, dos reivindicaciones legítimas, quedan diluidas en la narración de Young. Al lector le da la sensación de que, estos motores ideológicos de la historia, se pierden, o han sido traídos de los pelos. Porque la novela es mucho más que eso, y su autor le hace un flaco favor con su nota final, o eso creo, centrando el foco en estos asuntos.

La narración de David Young es sólida, bien construida, perfectamente ensamblada y, durante tres cuartas partes del texto, ordenada y brillante. Un ejercicio luminoso de novela negra, soportada en una ambientación de cinco estrellas y con algunos personajes magníficamente fraguados que alcanzan más allá del estereotipo de buenos y malos, algo tan característico del género, y al que no escapan otros actantes de Hijos de la Stasi. Afortunadamente, Young ha entendido bien cuál es su punto fuerte, y de este tipo de personajes hay más que de los planos y utilitariamente maniqueos. El autor se esfuerza por pintar unas líneas muy difuminadas en los actores claves de la novela, con unos límites borrosos que los vuelven terriblemente atractivos.

Luego, está el asunto de la maraña de la trama, en donde se nos van proporcionando algunas pistas, como una forma de aumentar la intriga, que nunca se resolverán. No digo que esto no se deba hacer, es un recurso lícito, pero a mí no me agrada. Siguiendo la teoría del clavo de Chejov —eso que sostuvo de que si un clavo aparece en una narración es porque el personaje, al final, debe colgarse de él, es decir, que todo lo consignado en el texto debe obedecer a un motivo narrativo—, en la novela negra soy de la opinión de que todos los hallazgos o pistas necesitan de una aclaración posterior o, de lo contrario, no deben existir. El libro de Young cuenta con dos o tres engaños relacionados con este asunto. Aumentan el misterio, ayudan al clímax en un momento determinado, desde luego, pero después decepcionan un poco al lector, al no hallar en el texto una explicación convincente a los enigmas.

Lo que salta a la vista, y está bien claro, es que la novela ha sido merecedora de un premio relacionado con la escena histórica, y en eso, el libro es más que notable. El trabajo de ambientación de la narración en el Berlín de la RDA no es algo sencillo, y Young lo resuelve con precisión y realismo. De hecho, esta novela negra se diferencia de otras novelas negras en eso, en el montaje de un entramado, de una escenografía que aquí es más propia de una novela histórica.

Por ello, y el mensaje lo hago extensivo a todas las editoriales en general, hay que cuidar un poco más los paratextos. En la nota de contraportada se insiste en la correspondencia del libro con la película La vida de los otros, y eso le hace un flaco favor a la novela, y por supuesto al lector, a quien predispone para encontrarse con algo que luego no será así en absoluto. Ambas obras, la novela y la película, tienen en común la RDA. Aquí se terminan las coincidencias.

Y lo mismo sucede con ese insistente martilleo acerca de que la novela de Young nos recuerda a Philip Kerr. Entiendo que la referencia anunciada deberán ser las novelas del detective Bernie Gunther, pero salvo la coincidencia de escenarios y tiempo político (y eso no ocurre nada más que en alguna de las novelas de Kerr) el libro se aleja de su estilo. Una recomendación a los lectores: obvien los paratextos, o tengan la seguridad de que están escritos por personas que o no han leído la novela que recomiendan, o que no han entendido nada.

Hijos de la Stasi es una novela negra con hechuras, una narración que va mucho más allá de la novela de entretenimiento, de la novela de aeropuerto o piscina en la que se suelen convertir este tipo de libros. Trepidante de principio a fin, se resiente en su parte final porque desmenuza su orden y método en un desenlace apresurado y predecible; tal vez demasiado embarullado, pero que como gran virtud nos deja un amargor inquietante al ofrecernos un cierre pesimista, oscuro, y que salva del posible desastre al desaliño, impropio del ejercicio narrativo que Young nos había ofrecido antes.

Porque, tal y como están los tiempos literarios, dado el cariz enfermizo del momento narrativo, el acto de no cerrar un libro con un enfado monumental y con la sensación de que nos han tomado el pelo y hemos dilapidado nuestro valioso tiempo, ya es motivo por el cual debemos contentarnos: al menos por ahora, y hasta que las cosas cambien y pongan en su sitio los libros de farsantes, los de presentadores de telediario metidos a literatos catódicos o los de famosillos cocainómanos con fiebres narrativas —un lugar en los vertederos o, si no quieren que sea tan duro, en uno de esos bonitos puntos verdes de reciclaje—.


jueves, 13 de julio de 2017

El Palacio de los Sueños (2)-Ismaíl Kadaré


*Esta reseña apareció originalmente en el sitio minuevaeadad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/7/5/el-libro-del-mes-el-palacio-de-los-suenos/

Título: El Palacio de los sueños
Autor: Ismaíl Kadaré
Editorial: Cátedra
Número de páginas: 232
Año: 1981

¿Literatura albanesa? ¿Pero eso existe? Entendería que muchos se hicieran esta pregunta al leer la reseña de una novela de un autor albanés, del mejor autor albanés de la historia, y de uno de los novelistas fundamentales del siglo XX y parte del XXI; y además, candidato eterno al Nobel, premio Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2009 y ganador del prestigioso Man Booker Internacional. Estas credenciales son más que suficientes para responder a la pregunta: Sí, existe la literatura albanesa. Y El Palacio de los sueños, una de sus cumbres, es una de las novelas claves de finales del siglo XX.
Ismaíl Kadaré desarrolla su narrativa inmerso en el abismo del terror de un Estado totalitario y sanguinario: la Albania comunista de Enver Hoxha. Escribir, y tratar de ir en contra de los preceptos del realismo socialista, significaba jugarse la vida. El Palacio de los sueños es una de las apuestas más arriesgadas de Kadaré, que lo colocó al borde del desastre. La obra fue censurada durante siete años y Kadaré acabó seriamente amenazado por el Régimen. ¿Qué representaba esta novela para resultarles tan peligrosa a los dirigentes del Partido Comunista de Albania?
El Estado totalitario es un engranaje que tritura a los individuos, incluso controlando sus pensamientos: porque el Palacio se encarga de recolectar, estudiar, clasificar e interpretar, los sueños de todos los súbditos del Imperio. Necesita encontrar, entre ellos, los que denuncien futuras conspiraciones para que así puedan ser reprimidas antes de que ocurran; nada puede ser más arbitrario. Tal y como sucedía en el Régimen de Enver Hoxha, un sistema erigido a golpe de sospechas, consolidado con juicios sumarísimos y asesinatos. Esa es la denuncia que ejerce Kadaré en esta novela repleta de símbolos y situada en el Imperio Otomano durante sus tiempos de ocupación de Albania como escenario para, así, establecer una comparación, sin nombrarlo, con el Régimen albanés. Kadaré construye uno de los mayores alegatos contra el totalitarismo comunista, sin mencionar ni una vez al tirano, ni a Stalin, ni a la Unión Soviética, ni a nadie.
Esto es posible porque la novela de Kadaré alcanza mucho más allá, cargada con unos componentes kafkianos y oníricos demoledores. El texto entronca con el imaginario sobre el control de las masas desplegado por George Orwell en su obra 1984. El tema de las novelas de Kadaré siempre gira en torno a la alienación del individuo dentro de una sociedad, la mayoría de las veces zarandeado por reglas tan inhumanas como incomprensibles. En el seno de la distopía se inserta un funcionario, Mark-Alem, que hará carrera en el Palacio, recorriendo todos los estamentos y aprendiendo de las prácticas para descifrar los sueños indeseables. El sistema opera con una malignidad repulsiva y aterradora.

Por todo ello, El palacio de los sueños fue una novela muy peligrosa para su autor, un texto con el que los integrantes de la inteligencia política del Estado de Enver Hoxha se sintieron amenazados. Esta novela, que merece ser calificada como una obra maestra de Kadaré —y no es la única, afortunadamente—, es también la mejor forma de trabar conocimiento, gracias a un texto fascinante, absorbente e inquietante, con una de esas literaturas marginales que encierran obras y autores mayúsculos. Y, por supuesto, la manera en que, una vez descubierto por el lector, Kadaré lo acompañe ya para siempre, con la excelencia de su obra y el descomunal grito de su denuncia.

lunes, 10 de julio de 2017

Arthur Koestler: Nuestro hombre en España-Jorge Freire


Arthur Koestler y el síndrome de Petrarca: la vida como representación literaria


      
               *Esta reseña apareció en el sitio web achtungmag.com:

                http://www.achtungmag.com/arthur-koestler-sindrome-petrarca-la-vida-ficcion-literaria/


No resulta sencillo escribir una biografía sobre Arthur Koestler. Todo en su vida fue vehemente, excesivo, y por momentos, inabarcable. A él debemos una novela importantísima, El cero y el infinito (ediciones Debolsillo), y la visión moderna de la figura del esclavo rebelde Espartaco, gracias a su novela La rebelión de los gladiadores (Edhasa). Encontrar una clave para aproximarse a un personaje tan complejo es todo un desafío para el escritor que desee ahondar en la personalidad de Koestler. Y Jorge Freire, con su libro Arthur Koestler: Nuestro hombre en España (Alrevés), halla la manera de hacerlo no sólo de una manera notable, sino que además nos regala un libro rabiosamente entretenido y absorbente.

Francesco Petrarca, el poeta laureado del siglo XIV, vivió por y para la literatura. Entendió que la mejor obra literaria radicaba en convertir su propia vida en una obra de arte: un precursor de Oscar Wilde a la italiana, un modernista del medievo al estilo de José Asunción Silva o Julio Herrera y Reissig, quienes hicieron por cumplir con la máxima del poeta polaco Tetmajer y el grito de su canto Eviva l´arte! De esa forma, Petrarca respiraba literatura, vivía literatura, dejaba a su paso, como un caracol literario, un rastro de versos y palabras rimadas. Cada gesto, cada acción, estaba pensada de antemano con la vista puesta en la inmortalidad poética.

Tanto quiso perfeccionar esa vida consagrada a la construcción del arte que, Petrarca, aparte de copiar la idea de Dante y Beatriz con su amada Laura, falleció justo cuando iba a cumplir los 70 años. Muchos somos de la opinión de que esa muerte tuvo bastante de provocada, en aras de cerrar o cumplimentar un ciclo de vida perfecto. Después, han sido muchos los autores que han intentado trasvasar sus vidas a la ficción, haciendo de ellas una especie de novela con la intención de ganarse la inmortalidad. Esto es lo que he denominado como el síndrome de Petrarca.

Cuando un estudioso pretende abordar la biografía de un escritor notable, debe ponerse, de inmediato, a desbrozar la tremenda hojarasca de mentiras y dobleces que el autor suele crear a su alrededor. Es patológica la necesidad de los escritores por sentirse como un personaje de sus obras, de intentar imitar a Petrarca esparciendo el humo de la confusión para desdibujar algunos de los aspectos fundamentales de sus biografías. En el caso de Arthur Koestler, es un problema mayúsculo.

Toda la vida de Arthur Koestler está sometida a un prisma de impostura, que el propio autor se encargó de plasmar en sus escritos autobiográficos. La naturaleza cambiante de sus ideales, capaz de abrazar hasta las heces una ideología y, después, la contraria, y la convulsa situación geopolítica que le tocó vivir, han hecho del trabajo de Jorge Freire para el libro Arthur Koestler: Nuestro hombre en España, una tarea de Sherlock Holmes. Ha tenido que recurrir a otras fuentes que no dependían de la palabra del propio autor, para así poder aproximarse a la verdad de algunos de los hechos más importantes. Y como muestra, la extensa y exacta bibliografía de referencia que ofrece al final de sus páginas.

De esa forma, y gracias a la tarea de investigación, Freire ha tenido el olfato del excelente periodista o del veterano detective, y ha sabido localizar y ubicarse en el punto fundamental de la biografía de Koestler. Se ha depositado con delicadeza sobre el momento crucial de su vida, aquél en donde todo virará, se escorará y dará un cambio. El instante de iluminación en mitad de la mayor oscuridad humana, el punto sobre el cual se apoyará la posterior producción literaria y personal del autor. Porque ya nada será lo mismo para Koestler tras su detención en Málaga y su encarcelamiento en el franquista penal de Sevilla. Allí, penderá sobre él la posibilidad de una condena a muerte, mientras contempla cómo muchos presos republicanos son torturados y ejecutados: tres meses de cárcel y la cercanía de la muerte, un drama humano que tiene los efectos de una epifanía; algo, por cierto, muy literario.

El mundo de la creación artística está repleto de obras de arte que se crearon a partir de ese súbito fogonazo inspirador, de la visión de un segundo crucial en la vida del escritor que lo cambiará todo. De entre todos ellos, dos son mis favoritos: la estancia en una sucia pensión londinense de Johan Georg Hamman, el llamado Mago del norte, que desde 1757, y hasta el verano de 1758, permanece encerrado y angustiado en un cuartucho, fracasada su misión comercial —por llamarla de alguna manera, aunque era un tejemaneje político— que debería culminar con la venta al mejor postor de ese extraño territorio llamado Könisberg. De la experiencia, acicateada por la febril lectura de la biblia, surge un hombre nuevo. La otra epifanía a la que me refiero es la de un joven funcionario amargado de Praga, que durante la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912 escribe, en apenas ocho horas, su relato La condena. Desde entonces, y habiéndose demostrado así mismo que podía hacerlo, la vida de Franz Kafka ya no será la misma. Acababa de nacer para la literatura.

Al estilo de Hamman, de Kafka, y de tantos otros, Arthur Koestler experimenta una profunda transformación durante su estancia en el penal de Sevilla. Desde ese instante revelador, ya no será el mismo. Es el cimiento vital del Koestler que más admiro, el autor de El cero y el infinito. Pero mostrar de una forma aislada ese acontecimiento lo dejaría desprovisto de gran parte de su sentido e importancia. Por ello, Jorge Freire alterna en su libro dos planos temporales. Uno, que podríamos denominar de falso presente, en el que describe de forma bien documentada y con unos magníficos tintes novelescos los momentos que abarcan desde la detención de Koestler en Málaga —excelentes son las páginas que reflejan la llamada desbandá del ejército republicano o de lo que quedaba de él, tristemente conocida, también, como la masacre de la carretera Malaga-Almería del 7 de febrero de 1937, y en la que fueron asesinados miles de civiles que huían de la caída de Málaga en manos franquistas— hasta su liberación del penal sevillano, pasando por los delicados primeros momentos del ingreso en prisión con los temores y angustias del escritor a medida que van pasando los días, a medida que contempla como las condenas a muerte y los paseillos se suceden con los presos que se encuentran a su alrededor. En él va fraguando un carácter distinto a su persistente optimismo: desde ahora contemplará las cosas con el prisma de la amargura y con ciertos tintes de derrota.

El segundo plano temporal que se combina con el falso presente del Koestler ubicado en plena Guerra Civil, son los capítulos biográficos y lineales de la vida del autor que abarcan desde su nacimiento, incluso con noticia del noviazgo de sus padres, hasta el mismo momento de la detención. Entonces, las dos líneas temporales ya convergen para convertirse en una vía única. Este recurso de bicefalia narrativa, que alterna los espacios y los tiempos, proporciona a la biografía de Freire un aire novelesco y ágil que cristaliza en un trabajo vertiginoso y enormemente entretenido. Y además, hace comprensibles ciertas actitudes y comportamientos de Koestler, al poderlos contemplar desde la visión global que nos ha proporcionado el conocer su recorrido vital hasta el penal sevillano, a la par que leemos cómo está siendo su estancia en dicha cárcel. Esta es la clave del emocionante disfrute que nos ofrece este libro.

Después, los acontecimientos tras ser puesto en libertad se suceden. Evidentemente, había que dedicarle espacio y párrafos a El cero y el infinito, pero sin duda, lo mollar de la biografía de Koestler, ya ha sucedido. Ahora, solo nos queda por contemplar los bandazos ideológicos del autor, y yo creo que, además, cierto sentimiento de desarraigo que germina en el espíritu de Koestler. Un desarraigo que será una seña de identidad de la sociedad superviviente de las dos Guerras Mundiales, amén de una marca literaria de la novela posterior a los años 50 del pasado siglo.

Finalmente, porque no podía ser de otro modo en un hombre aquejado por el síndrome de Petrarca, Koestler se suicida asediado por una terrible enfermedad. Y lo hace en compañía de su tercera esposa, Cynthia, 21 años menor que él. Al parecer, fueron encontrados por una española, Amelia Marino, que acudió a la casa del escritor en Londres para hacer limpieza. La pareja había consumido barbitúricos y alcohol, y Koestler aún se encontraba con una copa en la mano. Sin duda, una puesta en escena cargada de dandismo y, por qué no decirlo, de petrarquismo.

Evidentemente, el suicido de Koestler, fiel a lo excesivo y turbulento de su vida, no podía asemejarse al de Cesare Pavese, por ejemplo, que murió solo en una habitación de un hotel de Turín, tras atiborrarse con 16 envases de somníferos. Resultaba mucho más literario el seguir los pasos de Heinrich Von Kleist, que se suicidó de un disparo a orillas del lago Wansee junto a su amada Adolfine, o el escenario del propio Stefan Zweig en Petrópolis, inerte en la cama y abrazado a su segunda esposa Lotte, ambos víctimas del mordisco del veneno.


Jorge Freire ha comprendido esto a la perfección y ha elaborado una biografía literaria de un personaje que exigía semejante tratamiento. Nada menos que literatura, eso pone Freire en pie, un trabajo que se empapa y suda literatura. Es la única manera de retratar a una de esas figuras que vivieron y sufrieron el siglo XX hasta que se le tatuó a fuego en la piel. Y Arthur Koestler no se merecía menos de un libro como este.