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martes, 8 de enero de 2019

La cena equivocada-Ismaíl Kadaré



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2019/1/7/el-libro-del-mes-la-cena-equivocada-de-ismail-kadare/

Título: La cena equivocada
Autor: Ismaíl Kadaré
Editorial: Alianza Editorial
Número de páginas: 224
Año: 2011

Los mitos clásicos vienen a cenar esta noche

Acaban de pasar las Navidades, unas fechas pródigas en comidas y cenas abundantes. Por eso, el libro que os traemos para el mes de enero en Mi Nueva Edad trata también sobre una celebración en torno a una mesa, más bien una negociación realizada durante una cena que tal vez nunca debió ocurrir o que, es una posibilidad, jamás existió.
En cualquier caso, La cena equivocada que nos trae el escritor albanés Ismaíl Kadaré será una cena desdichada que acarreará la desgracia de sus comensales principales. El argumento inicial es bastante simple y atractivo: una columna blindada del Ejército alemán llega hasta Gjirokastër en su avance por Albania durante la Segunda Guerra Mundial. Estamos en 1942 y son recibidos de forma hostil por parte de los partisanos.
Los nazis deben responder al ataque: lo harán reuniendo a un grupo de rehenes a los que fusilarán en la Plaza de la localidad. Sin embargo, aquí aparece el primer elemento discordante, al mando de la columna se encuentra el coronel Fritz von Schwabe que resulta ser amigo de la época de estudios universitarios del principal médico del lugar: el doctor Gurameto el Grande.
Apelando a la amistad, el buen médico invita a una cena en su casa a los alemanes. Allí tratará de negociar para evitar los fusilamientos y, de paso, salvar al único judío local. Desde esta premisa, la novela se abisma en un cono de posibilidades, problemas, una espiral de conjeturas apasionante e hipnótica en donde nada es lo que parece y nadie quién dice ser.
Kadaré teje un brillante tapiz de motivos míticos encadenados en esta narración apasionante: desde el Don Juan y la conocida como Cena Cadavérica y la invitación del muerto a comer, pasando por el conocido Sueño de siglos del Abad Virila o la leyenda de Martin Guerre. Rip Van Winkle y el Comendador, o el monstruo de Frankenstein y el propio Golem, aparecen en el trasfondo de la historia, sin olvidar la obsesión por el juego de los dobles y los viejos cuentos y las baladas tradicionales albanesas.
La aparición de estos mitos, que son clásicos en el imaginario de Kadaré y que siempre maneja a la perfección, no oculta la brutalidad de una historia descarnada que, además, tiene lugar en la ciudad en donde nació el escritor, esa Gjirokastër tan bella como arisca, escenario perfecto para poner en marcha una ficción tan inquietante como la de La cena equivocada.
Durante la cena todos sospechan de todos, pero al final, la Gran Sospecha, se producirá tiempo después, con la llegada de la triunfal Albania comunista de Enver Hoxha. Esa cena será vista con una carga maligna: traición, colaboracionismo, espionaje…, y algunos otros giros sorprendentes que dejo ocultos para regocijo del lector, que me agradecerá la inmersión en una de las obras más recientes del albanés, ya pertenecientes a su narrativa del siglo XXI, más apegada al desarrollo de historias complejas y técnicas innovadoras.
Pero, no por ello, La cena equivocada puede resultarnos una novela difícil de abordar; al contrario. Su historia es apasionante, el desarrollo impecable, y sirve como ejemplo de la forma en que muchos héroes lucharon y se sacrificaron por los demás en momentos de suma delicadeza (cuando otros no hicieron nada) para, después, ser acusados y condenados con tanta injusticia como dureza.
Así fue la repleta historia del siglo XX, la de la batalla entre nazismo y comunismo, la de Hitler contra Stalin, y de eso tratan, precisamente, las páginas de La cena equivocada. Y por ello resultan tan amargas como imposibles de ignorar.

martes, 5 de diciembre de 2017

Angelus Novus-Bashkim Shehu


*Esta reseña critica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/angelus-novus-bashkim-shehu-diccionario-universal-la-infamia/


Diccionario universal de la infamia



El escritor albanés Bashkim Shehu firma en Angelus Novus (Siruela) uno de sus libros más personales y complejos. Es, por encima de todo, un trabajo de gran calado, quizás porque no se puede, o no se debe, afrontar a la ligera un material narrativo como el del sufrimiento humano. Es posible que este tipo de asuntos necesiten de la Gran Literatura, Shehu así lo ha entendido, y lo ha llevado a la práctica con un texto de profundidad filosófica y muchas virtudes literarias.

Durante más de 40 años, el tirano de Albania, Enver Hoxha, dominó el país con mano de hierro y lo sometió a la más profunda de las infamias: asesinatos, represión, crímenes…, que sumieron a la población en un estado de pavor dejando al país aislado de la comunidad internacional.

Fue el cuentista argentino Jorge Luis Borges quién publicó en 1935 un conjunto de relatos titulado Historia universal de la infamia (Alianza). En la Albania de Hoxha se dio tanta crueldad y vergüenza que se podría elaborar una historia particular —y albanesa— de la infamia. El libro de Bashkim Shehu es uno de esos tomos que deben, obligatoriamente, integrarse en esa gran enciclopedia que buscaría ilustrar el crimen llevado a cabo por los dirigentes del Partido del Trabajo de Albania y, por extensión, también de otros tiranos que han asolado la historia de Europa. Repasemos algunos aspectos del libro:

A de Albania: ¿Pero existe la literatura albanesa? A esta pregunta ya respondí en esta misma revista online, en el artículo Escritores de Albania: Literatura en el País de las Águilas. Puedes consultarlo aquí, donde, por cierto, ya dediqué unos párrafos a este Angelus Novus que ahora nos ocupa:


Así que, en efecto, la literatura albanesa existe, y es una literatura potente y jugosa, con algunos autores que se cuentan entre los mejores del continente: Ismaíl Kadaré, Fatos Kongoli…, sin obviar que uno de los grandes pilares de la producción literaria de Albania es la poesía. El país ha alumbrado a algunos poetas prodigiosos, como el recientemente fallecido Dritëro Agolli, o Fatos Arapi, Xevahir Spahiu, Agron Trufa y Mimoza Ahmeti, por sólo referirme a los contemporáneos, porque si echamos la mirada atrás nos encontramos con un excelso panorama lírico que ni las décadas de dictadura han podido anular: Esad Mekuli, Migjeni o Naim Frashëri, entre otros muchos.

 Albania es algo más que aquella frase escuchada en un capítulo de los Simpsons, en donde se afirmaba que su principal producto exportable era su pensamiento político. Y mucho más que un país plagadito de búnkeres abandonados de cuando la paranoia del tirano Enver Hoxha a una invasión de occidente lo llevó a sembrar el país de casamatas.

B de Bashkim Shehu: Y claro, el autor de Angelus Novus es mucho más que un mero novelista albanés, desde luego, y es muy importante poder trazar su camino vital para comprender un poco mejor esta novela. Bashkim es hijo de Mehmet Shehu, político que estaba destinado a suceder a Enver Hoxha, y que fue víctima de un crimen de Estado en diciembre de 1981. Su caída arrastró a toda su familia y Bashkim pasó una larga temporada en la cárcel. Después, encontró refugio literario e intelectual en Barcelona.

Sobre la caída en desgracia de Mehmet Shehu se ha escrito una novela excelente: El Sucesor (Alianza Editorial), cuyo autor es Ismaíl Kadaré. Puedes consultar una reseña crítica de esta obra en mi blog En la Kadaria, sitio online sobre obra y crítica dedicado al novelista Ismaíl Kadaré:


C de Condena: La novela de Bashkim Shehu es una autoficción biográfica en donde se trata de reconstruir, a golpe de recuerdos, la vida de Mark Gjoka, o Mark Shpendi, el preso de los dos nombres. Ambos cumplen condena en el penal albanés de Burrel, y los motivos que los han llevado allí son políticos. Shehu es el hijo del ministro caído en desgracia y paga, en parte, los crímenes del padre. Entre ellos, una retahíla de absurdas acusaciones, como la de que el Ministro era un poliagente al servicio de innumerables potencias extranjeras, cargos que ahora se prolongan en el castigo extensivo a la familia.

El castigo y la condena son dos resortes que articulan la vida en la Albania de Hoxha. Todo el mundo es culpable de algo. En el caso de Gjioka/Shpendi, su pecado fue un intento de huida del país: 20 años de condena. Después, ya en la cárcel, recibió una nueva pena, e incluso, se le aumentó con una tercera.

Este proceso, que estigmatizaba al preso catalogándolo como preso R, era una práctica habitual en el sistema carcelario comunista. Como ocurría en el exterior, donde casi cualquier comportamiento podría hacerte dar en la cárcel, en el interior se reproducía la arbitrariedad del castigo, aumentando las condenas de los prisioneros sin razón alguna. Testimonios de este funcionamiento los hay a miles, y cito a vuela pluma autores como Solzhenitsin o Varlam Shalamov, que lo reflejan en sus escritos.
Aparte de minar la resistencia del preso —que cuando más cerca se encuentra de su liberación retorna a la casilla de inicio en una especie de juego de la oca cruel—, esta ignominiosa aplicación del concepto de Justicia sublima el espíritu kafkiano de la culpa y la condena, exacerbando aquellas palabras que dan arranque a la novela El proceso (Alianza):

“Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido”.

Esta situación, claramente dirigida a socavar la voluntad de los prisioneros para hacerlos manejables, devengaba en lo que Shehu califica como:

“la neurosis carcelaria, la crisis depresiva o la negra desesperación”.

Un estado de angustia que solía conducir a repetidos intentos de suicidio. De hecho, Gjioka/Shpendi intenta quitarse la vida, pero fracasa. Y desde ese acontecimiento, Bashkim Shehu revive el período pasado con él, las circunstancias de ambos, en una reflexión sobre el tiempo carcelario, las culpas y los castigos de un sistema pendenciero y cruel, y el intento de llevar a cabo una huida intelectual de entre los muros de la prisión.

En cierto modo, además, la novela es un ajuste de cuentas del autor con el Régimen, como si al recordar la historia de Gjioka/Shpendi llevase a cabo una cierta venganza. No en vano, la historia se pone en movimiento gracias a esta afirmación de Flaubert que el autor quiere cumplir:

“Cuando escribas la biografía de un amigo, debes hacerlo como si te estuvieras vengando en su lugar”.

D de Doble: La complejidad, enorme, de esta novela, radica en buena parte en el juego de espejos propuesto por el autor. Desde el doble nombre de Gjioka/Shpendi, pasando por la proyección externa-interna de las vidas en libertad contrapuesta a las vidas en la cárcel, además de la presencia permanente de la figura del escritor Walter Benjamin, un referente que hace las veces de espejo sobre el que se reflejan los personajes del libro.

Los deseos de huida de los presos son los mismos anhelos que los de Benjamin intentando escapar de la Europa nazificada; los intentos de suicidio encuentran réplica en el suicidio consumado que llevó a cabo en Port Bou; el pensamiento filosófico es una réplica del ideario de Benjamin en relación a la Historia y a sus circunstancias; la cárcel comunista reproduce la cárcel de la Europa nazi. El juego no acaba aquí, los espejos se multiplican, se reproducen unos en otros, aportando una riqueza y una complejidad que dotan de relieve a la novela.

E de Enver Hoxha: Para bien, o para mal, la presencia del tirano fue un deus ex machina en la vida de los Shehu. Primero, tomando a su padre Mehmet como su sucesor, y llevándolo hasta la cumbre de la vida política albanesa. Después, cubriéndolo de acusaciones infundadas y asesinándolo en un crimen que el Estado se esforzó en disimular con los ropajes de un suicidio más que dudoso y, además, barriendo toda presencia de su familia. Aquello sumió a Albania en una de las peores crisis, desencadenó el pavor, las purgas, activó los resortes punitivos, y amontonó a las víctimas, los acusados y los procesados.

F de Fronteras: En un régimen totalitario como el de Albania, la compartimentación del pensamiento, de las personas, de los lugares, era un recurso obligado a la hora de poder controlar a la población. Por eso, esta novela trata de la batalla de los hombres libres contra las fronteras, tanto geográficas como intelectuales. Walter Benjamin tropezó con una de las últimas fronteras que lo separaban de la libertad. Acosado en una fonda de Port Bou, temeroso de que las autoridades españolas lo devolvieran a las autoridades alemanas, olvidó su anhelo de alcanzar los Estados Unidos, para sentirse libre, e inmortal, a través del suicidio.

La frontera que detuvo a Gjioka/Shpendi en su fuga de Albania, o los muros del penal, reproducen un laberinto fractal de compartimentos que buscan encerrar al hombre en la nuez del sistema represivo. Angelus Novus no es tanto un libro de fronteras, sino de cómo evitarlas incluso sin moverse del sitio: con el mero pensamiento. El pensamiento como resistencia al Régimen. Al final, el pensamiento es la frontera que divide la vida de la muerte.

G de GULAG: El aparato represivo de Hoxha puso en pie una serie de penales que eran como islotes en donde vivían aislados los prisioneros durante décadas. En eso, se asemejaba al Archipiélago GULAG que inmortalizó Solzhenitsin al referirse al entramado de campos concentracionarios estalinistas. Solo que aquí, se trata de un islote GULAG. Shehu establece una correspondencia entre la Dirección de los Destacamentos de Reeducación y Prisiones albanesa y la Glavnoe Upravlenie Lagery soviética.

H de Huida: La huida de Walter Benjamin de una Europa asolada es el paradigma de la huida universal. Una huida que lo deja todo atrás, incluso la identidad. Una huida que, al final, pretende ser un escape de sí mismo y que no puede sino culminarse con el suicidio, acto supremo de evasión.

I de Ismaíl Kadaré: El más grande autor albanés, y uno de los más importantes de la narrativa europea actual, está siempre presente, de una u otra forma, en el libro de Shehu. Primero, en los paratextos, dado que una cita suya elegida por la editorial aparece en la contraportada. En ella defiende la “rara originalidad” del libro de Shehu, y se felicita por que haya encontrado una nueva forma literaria para denunciar las atrocidades de la época comunista.

Además, el recuerdo y la presencia de Kadaré en el texto es persistente: nadie como él para hablar de intentos de huida (ya sea exterior o interior) de la tiranía. Ninguno como él a la hora de poner negro sobre blanco las perversiones de Hoxha y de los suyos. Un camino abierto que luego han sabido seguir, de forma espléndida, autores como Fatos Kongoli o el propio Shehu.

J de Jaque: Una de las formas más habituales de domeñar el tiempo carcelario es jugando al ajedrez, un juego que, además, permite una serie de reflexiones sobre el totalitarismo. Una tradición que utilizó Benjamin en una alegoría para ilustrar la lucha de clases, y Stefan Zweig para denunciar el control mental, y brutal, del nazismo en Historia de Ajedrez (El Acantilado). Para Shehu, además, detrás del juego se encuentra un atisbo mortal, porque el ajedrez siempre convoca a la muerte en cuanto desafío al tiempo y al espacio.

K de Klee: Será un dibujo del pintor suizo, el denominado Angelus Novus, el que sirva a Benjamin para formular su alegoría sobre el Ángel de la Historia. Y ese mismo dibujo cumple su función de ligazón para la novela. El Ángel de la Historia activa el juego de espejos entre los presos albaneses y Walter Benjamin, moviliza el libro en una dirección: la reflexión sobre las paradojas del Estado, sobre el miedo a sus enemigos, sobre cómo actúa la Historia de forma arbitraria y cruel, dejando ruinas y desolación a su paso. Es la Historia entendida como una cadena de catástrofes.

L de Leibniz: Concretamente la mónadas de Leibniz. Un ejemplo del carácter filosófico de la novela:

“El penal de Burrel, con sus celdas separadas como una serie de mundos paralelos, no menos aisladas y lejos unas de otras que el propio penal del resto del universo, él lo imaginaba como un imago mundi, comparándolo unas veces con la multiplicidad de mundos según Demócrito y otras con las mónadas de Leibniz, universo encerrado en sí mismo, pero en el que cada una, en su parte oscura, o inconsciente en sentido leibnziano, como en un espejo invisible, reflejaba todas las demás mónadas”.

Un concepto recursivo y fractal que ilustra la proyección interna-externa del libro, que abarca desde lo más profundo del pensamiento de los presos hasta el aislamiento global del propio país. En un equilibrio cuántico (si tal equilibrio fuera posible), Shehu coloca en una puesta en abismo al individuo en el centro del sistema penal, y lo expande repetidas veces hasta la enormidad de la isla GULAG albanesa.

M de Mehmet Shehu: El padre de Bashkim Shehu, como ya he comentado, es el culpable de que esta novela exista. Su liquidación fue motivo de una gran conmoción en Albania. Pero que fuera víctima de una purga, de un crimen de Estado, no puede hacernos obviar que Shehu, como Primer Ministro del país y mano derecha de Hoxha, era partidario de la línea dura, que ya había practicado durante su posición como Ministro del Interior. Desde su cargo, contralaba a la Sigurimi, la temible policía sereta del régimen. Esto significa que, para ostentar semejante poder, y postularse como sucesor del Líder, su política represiva y violenta era acorde con los delirios criminales de Hoxha.

Mehmet Shehu fue víctima de un juego criminal llevado a cabo entre criminales. Puede que fuera porque presumió de su nueva casa frente al Líder, algo que yo no me termino de creer, o porque su hijo mayor fuera a contraer un matrimonio con una mujer de familia poco afín con el régimen, y no autorizado por Hoxha, o tal vez por otros oscuros motivos, pero todo el peso del sistema gansteril que representaba el Ministro se revolvió contra él y lo pagó con la vida.

La venganza prolongada sobre la familia inocente es una costumbre que viene de lejos: ya en el Imperio romano se liquidaba a la prole del César depuesto, y los nazis limpiaban la descendencia y ascendencia del traidor a la patria basándose en que era una sangre contaminada que era necesario purificar.

Shehu cumplió las órdenes de Hoxha e impuso una represión muy intensa sobre la disidencia, en particular con todo lo que venía desde Yugoslavia (país del que luego, paradójicamente, fue acusado de ser un espía).

N de Nombres: Es la necesidad de nombrar, para que nunca se olvide la infamia, uno de los recursos fundamentales para activar el recuerdo. Los nombres desencadenan un proceso de recuperación de la memoria. De ahí la importancia de repetir, casi como en un mantra, Gjioka/Shpendi o Walter Benjamin. Shehu sucumbe así a la imperiosa necesidad de dar testimonio y de pronunciar algunos de aquellos nombres para que permanezcan recordados, esa forma de no olvidar la barbarie. Y qué mejor solución que la de grabarlos a fuego en el interior de su literatura porque, de allí, jamás podrán ser ya borrados. En sus páginas, los ha resucitado.

El objetivo regenerador de la literatura se ha cumplido, porque manteniéndose la literatura viva se mantienen vivos a los demás. De esta forma, en la novela de Shehu, mediante esa resurrección literaria, se aúnan los términos catarsis y conjura, lo que nos lleva a esa eterna función depuradora de la literatura.

Al desempeñar su papel social y espiritual, el escritor está revelando a los ojos de los lectores cómo ha sido el mal y, con ello, en cierto modo, reparándolo retroactivamente. Es necesario saber lo que ha ocurrido, y hay que interpelarse acerca de quienes lo permitieron o de quienes lo llevaron a cabo. Estas preguntas tienen un efecto catártico en los lectores, tal y como admite el escritor Julio Cortázar que le ocurre cuando lee los poemas de Juan Gelman, y así lo manifiesta en su célebre prólogo —titulado Contra las telarañas de la costumbre—porque:

“Hay poemas que son solamente preguntas (...) Cuando Juan pregunta se diría que nos está incitando a volvernos más lúcidamente hacia el pasado para después ser más lúcidos hacia el futuro”.

Esto es exactamente lo que nos ocurre con el libro de Shehu, que además podemos encadenar con ese movimiento de cuello del Ángel de la Historia: se produce, así, toda una revelación y los poemas, las novelas, la escritura, la literatura, se ha convertido, ahora, en una cuestión de responsabilidad colectiva. Ya no se puede mirar a otro lado, ya basta de eso: el escritor es responsable, él no desvía la mirada y hace que nosotros, sus lectores, tampoco lo hagamos. Esa responsabilidad colectiva literaria convierte al hombre en objetivo y preocupación del hombre, y posibilita la elaboración de novelas en tiempos de resistencia como las que llevan a cabo Ismaíl Kadaré o Bashkim Shehu.

La función de nombrar a los muertos, a los prisioneros, a los represaliados para, así, repararlos, es muy similar a la que cumple el personaje de Joshepine en la obra de teatro Litoral (KRK ediciones) de Wadji Mouamad: en ella, la mujer arrastra la carga de enormes listines telefónicos con los nombres de familias enteras que han desaparecido por la guerra, masacradas, y que si ella no los memoriza nadie los recordaría jamás (y una vez memorizados consigue deshacerse de los listines arrojándolos al fondo de un mar extraordinariamente metafórico en el contexto de la obra). De aquí, la importancia que tiene para Shehu repetir el doble nombre de Gjioka/Shpendi o el de Walter Benjamin. Mentarlos ya es un cierto tipo de salvación.

Ñ contenida en España: Ha sido en España en donde Bashkim Shehu ha encontrado, finalmente, refugio. Después de una condena de ocho años, fue liberado en 1991 y tras unos años entre Budapest y un intento de regreso a Tirana, finalmente se exilió en Barcelona, donde fue acogido por el Parlamento Internacional de Escritores dentro de su programa de Ciudades Refugio. Shehu obtuvo la nacionalidad española y desde entonces, aparte de su tarea como novelsita, se ha dedicado a la traducción al albanés de autores catalanes y castellanos.

O de Onírico: Dentro de un recinto tan limitado, de libertades constreñidas, los sueños serán una de las válvulas primordiales de escape para los condenados. De esa forma, la novela Angelus Novus aparece repleta de ensoñaciones y retazos de sueños, circunstancia especialmente acicateada por el carácter onírico de muchas de las leyendas y tradiciones albanesas, que coquetean habitualmente con la delicada línea que separa el terreno de la vigilia y del sueño, y de las que Bashkim Shehu no puede evitar hacerse eco para instalarse en esa tradición.

P de Penal de Burrel: El penal de Burrel es uno de los escenarios principales en donde transcurre la acción (o quizás debería decir la inacción) de la novela. Concebido como prisión ya en 1937, durante el reinado del rey Zog, no se llevó a término hasta 1939. Entendido como un lugar de reclusión de máxima seguridad, durante el mandato de Hoxha se destinó, fundamentalmente, a la reclusión de prisioneros políticos, que fueron torturados y maltratados sistemáticamente. Los más altos mandatarios caídos en desgracia solían dar con sus huesos en esta cárcel, así como intelectuales. El escritor Fatos Lubonja, por ejemplo, fue uno de los internos. Tras un tiempo de cierre, el penal volvió a ser reabierto, estando en funcionamiento en la actualidad.

Q de Quántico: En efecto, con la letra Q, tal y como el crítico y estudioso Manuel García Viñó denominaba a este tipo de novela en sus trabajos sobre Literatura Quántica. Ya he ido ilustrando a lo largo de este artículo algunos de los aspectos que hacen de Angelus Novus una novela quántica, tales como el marcado elemento de la recursividad, de la fractalidad, de las puestas en abismo, del juego de espejos, de la estructura laberíntica, del tratamiento del espacio y del tiempo en un cronotopo ciertamente quántico, con mundos paralelos y posibles, todos conviviendo a la vez, y líneas temporales coincidentes, así como saltos (abundancia de prolepsis y analepsis) y un tratamiento particular del tiempo carcelario mezclado con el tiempo mental.

Todo ello convierte a esta novela en un libro quántico, porque quizás no existe otra forma para enfrentarse a la historia que Bashkim Shehu pretende contar, o tal vez porque el mismo Ángel de la Historia, en su escorzo que abarca diferentes tiempos a la par, ya sea quántico de por sí.

R de Reincidente: No sólo se califica de reincidentes a los prisioneros a los que se les incrementa la condena de forma arbitraria. Esa reincidencia también se alberga en una frustrante repetición de la Historia, de la personal e infinitesimal, y de la enorme, política y continental. La historia de los países, en este caso del país, Albania, se repite con la misma crueldad que resulta insoportable para los presos. No parece existir una explicación satisfactoria que pueda hacernos comprender la deriva del sufrimiento humano, que se perpetúa una y otra vez en el tiempo.

S de Siruela: En su momento, fue Alianza Editorial la casa que, mediante la creación de una biblioteca Kadaré, enarboló la publicación de la literatura albanesa en español. Kadaré fue puesto al día, después de que una parte de sus obras ya habían sido publicadas gracias a la valentía de un editor, Mario Muchnik, que había sabido contar con un prodigioso traductor, Ramón Sánchez Lizarralde.

Ahora, transcurrido un tiempo, y con el empeño de publicar obras de Kadaré por parte de Alianza completamente desvaído, ha sido la editorial Siruela la que ha recogido el relevo de la edición de la literatura albanesa vertida al español. Así, además de dar luz a un par de ensayos minoritarios y lúcidos del propio Kadaré, se ha convertido en la casa de Fatos Kongoli (con seis novelas publicadas), y ha sacado este Angelus Novus de Bashkim Shehu. Es deseable que el intento no se detenga aquí, que tal vez podamos ver algunas de las obras todavía inéditas de este autor, así como de las que, publicadas en su momento en español son ahora prácticamente imposibles de encontrar. Y ya puestos a pedir, que se retome el catalogo pendiente de Kadaré, así como el de otros interesantes escritores albaneses. Creo que Siruela sería un lugar magnífico para todos ellos.

T de Traductora: El fallecimiento de Ramón Sánchez Lizarralde en 2011 fue un duro golpe para todos los albanistas. Yo, por entonces, me encontraba terminando mi tesis doctoral sobre Ismaíl Kadaré, y quedé completamente conmocionado por la noticia. Afortunadamente, tras un lapso de tiempo, María Roces González, su compañera y heredera de sus derechos de autor, ha empezado a comandar las nuevas traducciones de Kadaré y, también, de este Angelus Novus de Bashkim Shehu.

U de Universo: Todo un universo de sufrimiento se alberga entre las tapas del libro. Un universo sujeto a las leyes de la física cuántica, en donde Albania encierra el dolor en sus cárceles con celdas que son como ataúdes en donde sufren los prisioneros que concentran su padecimiento en el interior de sus cerebros. Este concepto total de Universo encerrado sobre sí mismo, desde las celdas al GULAG y viceversa, como la parte pequeña de un todo mayor, dota de sentido al texto, que se nos aparece, desde ese punto de vista, como una emanación solidificada de todo el mal que padecieron aquellos hombres del Penal de Burrell.

V de Vacía: Confesión frente a una tumba vacía (Península) era sido el único libro, hasta la fecha, que pude leer de Bashkim Shehu, y eso sólo después de conseguirlo tras mucho batallar en listados de librerías de lance y aguardar con paciencia una oportunidad. El libro nos habla de la peripecia de Shehu por encontrar la tumba de su padre Mehmet, y los infructuosos intentos que lleva a cabo. Podría entenderse como una parte de un díptico que se completase con este Angelus Novus, en donde las acciones del hijo siempre vienen prefiguradas por esos comportamientos del padre en el pasado, que se han proyectado en el futuro.

W de Walter Benjamin: El escritor, filósofo, intelectual y uno de los pensadores más importantes de la primera mitad del siglo XX, es el verdadero protagonista del texto. O al menos, lo es al estilo de Virgilio en la Divina Comedia de Dante. Shehu escoge el devenir de Benjamin para ilustrarnos su descenso a los Infiernos albaneses, como Dante se deja guiar hasta el Purgatorio por el poeta. Si Virgilio es un padre para Dante, Benjamin es un camarada hermanado en el sufrimiento para el albanés, que alumbra todo el libro con su luz de faro fundamentada en su concepto de Historia como una creación alegórica. Ahí radica el porqué de la aparición de Walter Benjamin en este complejo texto y su multiplicidad de significados.

X de Xheladin Bey: El otoño de Xheladin Bey (Editorial del Oriente y del Mediterráneo) es una novela del autor albanés Mitrush Kuteli, seudónimo tras el que se ocultaba Dhimitër Pasko, uno de los grandes represaliados del régimen de Hoxha. Se trata de un compendio de relatos fuertemente asentado en la oralidad, una pequeña Mil y una noches albanesas, si se me permite llamarlo así, en donde la figura del Bey, un hombre caprichoso y lascivo, representa y encarna lo terrible del régimen comunista. El componente oral de estos cuentos establece un puente directo con el discurso de Bashkim Shehu en Angelus Novus, dado que el principal objetivo de la novela es dar testimonio, como ya he comentado más arriba, convirtiendo toda esta literatura en un ejercicio de memoria. Y qué mejor asentamiento para la memoria que la oralidad.

Y de Ymeri: El último viaje de Ago Ymeri (Meteora) es la otra novela de Bashkim Shehu publicada en español y que he sido incapaz de encontrar. Se trata de una novela sobre los mitos albaneses, el misterio de sus leyendas y la forma en que estas pueden oponerse a la tiranía. El texto trabaja la leyenda del retorno del muerto, una presencia muy habitual en la escatología albanesa. Y es curioso, porque este tipo de muertos en vida, o de muertos que regresan de la tumba, se asemeja perfectamente con el estado de los prisioneros políticos de la Albania de Hoxha, con los desterrados, con todo el pueblo condenado al aislamiento y a una especie de enterramiento ideológico en vida.

Z de Zombi: Abundando en el planteamiento anterior, el final de Gjioka/Shpendi en la novela, ciertamente desmemoriado, extraviado en una habitación, ido, sí que recuerda a un zombi, a un muerto en vida, a un cadáver que haya transitado por el vudú de la Albania de Enver Hoxha, al igual que el Walter Benjamin de la novela es, desde el principio, otro integrante de esa legión de condenados, que acabara topándose con el destino de su muerte en Port Bou, haga lo que haga, y dejándonos un velo de preguntas y de angustias al alcanzar el término de esta sobrecogedora e incómoda, tanto como necesaria, Angelus Novus.

jueves, 13 de julio de 2017

El Palacio de los Sueños-Ismaíl Kadaré (2)


*Esta reseña apareció originalmente en el sitio minuevaeadad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/7/5/el-libro-del-mes-el-palacio-de-los-suenos/

Título: El Palacio de los sueños
Autor: Ismaíl Kadaré
Editorial: Cátedra
Número de páginas: 232
Año: 1981

¿Literatura albanesa? ¿Pero eso existe? Entendería que muchos se hicieran esta pregunta al leer la reseña de una novela de un autor albanés, del mejor autor albanés de la historia, y de uno de los novelistas fundamentales del siglo XX y parte del XXI; y además, candidato eterno al Nobel, premio Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2009 y ganador del prestigioso Man Booker Internacional. Estas credenciales son más que suficientes para responder a la pregunta: Sí, existe la literatura albanesa. Y El Palacio de los sueños, una de sus cumbres, es una de las novelas claves de finales del siglo XX.
Ismaíl Kadaré desarrolla su narrativa inmerso en el abismo del terror de un Estado totalitario y sanguinario: la Albania comunista de Enver Hoxha. Escribir, y tratar de ir en contra de los preceptos del realismo socialista, significaba jugarse la vida. El Palacio de los sueños es una de las apuestas más arriesgadas de Kadaré, que lo colocó al borde del desastre. La obra fue censurada durante siete años y Kadaré acabó seriamente amenazado por el Régimen. ¿Qué representaba esta novela para resultarles tan peligrosa a los dirigentes del Partido Comunista de Albania?
El Estado totalitario es un engranaje que tritura a los individuos, incluso controlando sus pensamientos: porque el Palacio se encarga de recolectar, estudiar, clasificar e interpretar, los sueños de todos los súbditos del Imperio. Necesita encontrar, entre ellos, los que denuncien futuras conspiraciones para que así puedan ser reprimidas antes de que ocurran; nada puede ser más arbitrario. Tal y como sucedía en el Régimen de Enver Hoxha, un sistema erigido a golpe de sospechas, consolidado con juicios sumarísimos y asesinatos. Esa es la denuncia que ejerce Kadaré en esta novela repleta de símbolos y situada en el Imperio Otomano durante sus tiempos de ocupación de Albania como escenario para, así, establecer una comparación, sin nombrarlo, con el Régimen albanés. Kadaré construye uno de los mayores alegatos contra el totalitarismo comunista, sin mencionar ni una vez al tirano, ni a Stalin, ni a la Unión Soviética, ni a nadie.
Esto es posible porque la novela de Kadaré alcanza mucho más allá, cargada con unos componentes kafkianos y oníricos demoledores. El texto entronca con el imaginario sobre el control de las masas desplegado por George Orwell en su obra 1984. El tema de las novelas de Kadaré siempre gira en torno a la alienación del individuo dentro de una sociedad, la mayoría de las veces zarandeado por reglas tan inhumanas como incomprensibles. En el seno de la distopía se inserta un funcionario, Mark-Alem, que hará carrera en el Palacio, recorriendo todos los estamentos y aprendiendo de las prácticas para descifrar los sueños indeseables. El sistema opera con una malignidad repulsiva y aterradora.

Por todo ello, El palacio de los sueños fue una novela muy peligrosa para su autor, un texto con el que los integrantes de la inteligencia política del Estado de Enver Hoxha se sintieron amenazados. Esta novela, que merece ser calificada como una obra maestra de Kadaré —y no es la única, afortunadamente—, es también la mejor forma de trabar conocimiento, gracias a un texto fascinante, absorbente e inquietante, con una de esas literaturas marginales que encierran obras y autores mayúsculos. Y, por supuesto, la manera en que, una vez descubierto por el lector, Kadaré lo acompañe ya para siempre, con la excelencia de su obra y el descomunal grito de su denuncia.

sábado, 15 de octubre de 2016

La hija de Agamenón-Ismaíl Kadaré






IFIGENIA EN TIRANA

Ifigenia, o si se prefiere, La hija de Agamenón, tal y como se titula la novela corta de Kadaré, responde también a la reelaboración de un motivo griego clásico. Ifigenia es producto de una estratagema política, y como tal tiene cabida en el imaginario de Kadaré.

Ifigenia, la hija de Agamenón, rey de Grecia, según cuenta la tradición, debía ser sacrificada por su padre en Aúlide, para así calmar a la furiosa diosa Artemis que había parado el viento con una gran encalmada que impedía a las naves de los aqueos zarpar en dirección hacia la campaña de Troya. Agamenón, implacable, encuentra razonable el sacrificio de la hija en pos de sus beneficios políticos y militares. Al final, sin embargo, Ifigenia es sustituida, en el último instante, por una cervatilla en su lugar. Esta es una maniobra de evidente estratagema del Estado. Muestra una cosa, pero realiza, a espaldas de los súbditos, otra bien diferente.

Suzana es la hija del miembro principal del Politburó, del hombre señalado a suceder al Gran Líder cuando cese en su mando. Y ese futuro de gloria y poder podría verse empañado por el comportamiento de la mujer, que mantiene una relación amorosa inconveniente que mancharía la reputación del padre en una Albania repleta de odios, intrigas, dobleces, traiciones, y en donde todo vale para ocupar un puesto tan preciado como el de Sucesor. Suzana debe sacrificarse, como Ifigenia, por el bien político del padre, y abandonar la relación poco recomendable.

La perspectiva elegida para narrar los acontecimientos se inserta en un determinado momento temporal: el amante de Suzana es el narrador del texto, un periodista de la televisión albanesa que acude como invitado a una manifestación conmemorativa del Primero de Mayo en Tirana y se dirige a las celebraciones, tan cargadas de significado e importancia en los países comunistas, y que en Albania son una gran fiesta política y nacional.

La acción de la novela transcurre en apenas unas horas escasas, desde que el protagonista abandona su apartamento (en donde aguardó a Suzana en vano, ella no se presentó) hasta que alcanza en un pequeño paseo el llamado Bulevar de los Mártires de la Nación, lugar en donde se celebrará el desfile. Mientras camina en pos de ubicarse en una tribuna de preferencia, el protagonista-narrador va reflexionando acerca de lo que va percibiendo: desgrana sus pensamientos en primera persona acerca de la pérdida de la mujer, del sacrificio, de la hipocresía de la clase dirigente, de la pavorosa vida cotidiana bajo el comunismo… Todo ello salpicado con su percepción personal del momento, del gentío que, como autómatas, se dirigen a presenciar el desfile y vitorear a sus líderes, las figuras políticas sumidas en el ambiente de alienación de los asistentes, el propio Gran Líder e, incluso, contempla a la que ya es su ex amante, apostada junto a su padre, el Sucesor, todos ellos cercanos a Enver Hoxha.

Así, salen al encuentro del protagonista un hombre caído en desgracia porque se río el día del funeral de Stalin (2007: 25), un escenógrafo degradado a trabajar con grupos aficionados de teatro en aldeas por haber montado “un drama con treinta y dos errores ideológicos” (28), el “padre ideal con hijas de la mano bajo el cielo socialista de mayo” (35), el pintor Th. D. y su comprometido papel dentro del sistema cultural y político del régimen, unas veces sirviendo a su favor, otras puesto en entredicho (66-67).

Estas impresiones que recibe del ambiente y que describe el protagonista son implacables. Kadaré establece un paralelismo entre las intrigas y el juego sucio del Partido con el mito de Ifigenia, iguala los intereses y ambiciones de Agamenón y del Sucesor, reflexiona acerca de las cuestiones morales del poder “a cualquier precio”, sobre la inhumanidad de los dirigentes y de los totalitarismos; incluso introduce una reflexión sobre el propio mito relacionada con su máxima de la “Gran Estratagema”, en función de si todo el sacrificio de Ifigenia y la posterior sustitución por el cervatillo no obedecen a las farsas políticas, si sólo son maniobras de distracción del poder para aterrorizar a los súbditos, como lo podría ser, también, la caída en desgracia del Sucesor.

El Sucesor ha ordenado a su hija que cambie su comportamiento y que deje de frecuentar a su amante, el periodista, poco recomendable. La mujer, que no acude esa mañana a su cita con el hombre, acepta así el sacrificio, como Ifigenia. Y, en efecto, si un Líder envía al sacrificio a su propia hija, ¿qué penalidades y entregas no exigirá de su pueblo? Con ese momento, ejemplar, el pánico se apodera de todo el sistema, desde los hombres situados más abajo hasta los altos miembros pertenecientes al gobierno. De ese modo, el Sucesor envía un mensaje de lo que está dispuesto a empeñar por su ambición de alcanzar el poder, un mensaje dirigido en dos planos (aterroriza al pueblo, y sirve para amedrentar a sus futuros camaradas y rivales políticos; además le demuestra al Líder su entrega incondicional a la idea y al propio sistema).


Si el padre es capaz de sacrificar al hijo, como Agamenón lo hizo con Ifigenia, o el bíblico Isaac estaba dispuesto a degollar al suyo, o como ejemplo de ejemplos, Stalin se desentendió de Jakov dejándolo prisionero a manos de los nazis… solo resta imaginar lo que un Dirigente del sistema es capaz de hacer con alguien que no sea de su familia: comportarse sin piedad. Así que todas las personas amedrentadas, domadas, que le salen al paso al protagonista de La hija de Agamenón no son sino un producto del pánico, de las escuchas, de los chivatazos, de las delaciones, del estado de angustia y depravación moral que rige en Albania. Ante la visión de una familia que acude al acto, el protagonista argumenta el ya mencionado “padre ideal con hijas de la mano bajo el cielo socialista de mayo” (35), una estampa perfecta que ha costado el sufrimiento de muchos, porque “¿a qué precio te has ganado esa estampa? ¿A quién has enviado al destierro?”, le gustaría preguntarle al padre alegre y orgulloso. Es el sustrato más bajo del sistema inmoral, donde rige el monopolio de la sospecha y la degradación humana.

El engranaje de perfidia y crueldades hace que todos crean que poseen un pasado deshonroso, plagado de actos contra el Estado, un pasado que ocultar bajo el temor, y se conducen como cáscaras vacías, alienados, movidos por hueras consignas de aterradores promesas: “Defenderemos los principios del marxismo-leninismo, incluso si nos vemos obligados a comer hierba” (57). Cualquier sacrificio será escaso; el ejemplo mítico de Ifigenia encaja a la perfección en todo ello, aunque la clave no radica en que el Guía separe a la hija del Sucesor de una persona inconveniente para el régimen, sino en demostrar hasta donde llega la capacidad del horror, porque si los propios dirigentes son capaces de sacrificar a sus seres queridos, qué no serán capaces de hacerle a los demás.

Aprovechando las reflexiones del protagonista, Kadaré va repasado uno a uno los crímenes del régimen y los diferentes resortes que ha utilizado para reprimir las conciencias, desde la autocrítica, las asambleas, las purgas, los procesos, las depuraciones, la censura a los escritores… la historia política de Albania, las decisiones de su Gran Líder Hoxha con todas sus iniquidades. Si el Líder exige el sacrificio de la hija del Sucesor para demostrar que tiene valor para heredar la jefatura, es lógico entender que el propio Líder, como Stalin, haya castigado a su propio hijo también. Sin embargo, Hoxha aún no tenía hijos cuando debió demostrar esa crueldad con alguno de los suyos, por eso eligió a Bahri Omari, –periodista con eminente carrera política, llegó a ser Ministro de Asuntos Exteriores, cargo por el cual Hoxha lo mandó ejecutar, fusilado como traidor–.

 Ese hombre le era el más preciado por entonces, el marido de su hermana y uno de los intelectuales más notables del país en esos momentos, además de benefactor y tutor del propio Hoxha. El golpe del tirano caería sobre la persona que lo había escondido de los nazis durante la lucha de liberación, que después le había ayudado para conseguir la beca de estudios en París... Así daba un ejemplo contundente.

No en vano, ¿qué podía esperarse de un país cuyo modelo era Stalin? Porque Albania era estalinista, mucho más que soviética, y cuando consideró que la URSS de Jrushchov traicionaba los ideales de Stalin se alejó de ella. De esa manera, si Stalin había entregado a su propio hijo Jakov a la muerte, sacrificándolo a manos de los nazis, el ejemplo entre los políticos albaneses debía cundir: tenían que ser como Stalin, cualquier entrega era poca, y el pueblo pensaría como en tiempos del holocausto llevado a cabo en Aúlide: “Si el jefe supremo, Agamenón, había sacrificado a su propia hija, ni la más leve muestra de piedad podía esperarse para nadie” (108).


Stalin se coloca, así, en paralelo al mito, como un Agamenón moderno dado que: “Jakov (…) fue sacrificado no con el fin de que compartiera el destino de cualquier otro soldado ruso, como pretendió el dictador, sino para conferirle a este último el derecho a exigir la muerte de cualquiera. Del mismo modo que Ifigenia había provisto a Agamenón del derecho a la matanza” (109).

De esa forma “todo había sido erradicado para tornar más fácil el triunfo al crimen” (106) y junto a los retratos de los líderes comunistas, del propio Stalin, debería exhibirse el del mismísimo Agamenón, inspirador de todos ellos: “Las hileras apretadas del desfile no tenían fin. No faltaba más que el retrato de Agamenón. Del camarada Agamenón Atrida, miembro del Buró Político, maestro supremo de todos los inmoladores futuros. Como fundador, como clásico en su género, sin duda conocía mejor que nadie las entrañas de aquel asunto” (106).

Y sí con el sacrificio de Ifigenia arrancaba la campaña de Troya, es decir, la campaña de la infamia, el sacrificio de Suzana rehusando a su relación amorosa para no perjudicar al Sucesor sólo podía desembocar en la demoledora conclusión: si nadie espera ya piedad, entonces, “nada se opone ya al agostamiento de la vida” (113).

El agostamiento de la vida, una conclusión verdaderamente trágica de los efectos que la dictadura produce en las personas que la sufren. Una conclusión siniestra.

Kadaré, mediante trucos y engaños, consiguió sacar del país, junto a otras obras, La hija de Agamenón, primer escrito en el que se narra de forma directa y explícita su postura ante el régimen criminal de Hoxha. Antes, había utilizado subterfugios (la llamada noche otomana para ubicar sucesos políticos muy similares a los de la Albania actual, las alusiones más o menos veladas al control de las conciencias en El Palacio de los sueños…), pero La hija de Agamenón, acabada en 1986, era una narración impensable e imposible para aquellos momentos: y tremendamente comprometedora y peligrosa. Tras ciertas peripecias, fue puesta a salvo en París, en el interior de una caja fuerte, gracias al editor Claude Durand. Después, a la caída del comunismo, aquellos textos vieron la luz, muchos de ellos retocados, pero no así La hija de Agamenón, que apareció editada exactamente igual que fue redactada entre los años 1984 y 1986.

El empeño de Kadaré en la obra es el de reflejar la caída moral de los políticos, de las ideas, de los ideales, del Gran Dirigente, pero, además, el vaciamiento y agostamiento de la vida bajo el comunismo: “¿Cuántos años de semejante aridez serían precisos para convertir la vida en un erial?” (111), se pregunta el protagonista. Y añade: “Y todo eso por la sola razón de que así, marchita, reseca, la vida era más fácilmente dominable”. Al final del texto, Kadaré establece un paralelismo entre Troya, la campaña y los sucesos que conducen a su final, con la mismísima infamia. La historia de Troya, repleta de muertes y artimañas políticas, no es sino la historia de una colosal infamia.

Troya, todo lo relacionado con la ciudad épica, su asedio y caída, siempre ha sido un tema referencial en la narrativa del escritor albanés, así como sus constantes menciones a la cultura y a los mitos clásicos. Sin embargo, toda la parafernalia mítica que rodea a Troya, para Kadaré, siempre viene de la mano de una cierta bruma que lo lleva a plantearse una y otra vez, como hace en su ensayo sobre Esquilo, si esos acontecimientos no ocurrieron de diferentes maneras: “El sacrificio de Ifigenia en Áulide, el puerto donde está congregada la flota griega a la espera de la partida. Los vientos son adversos, el ímpetu belicoso se resiente, el adivino Calcante aconseja el sacrificio de la doncella, que Agamenón, tras momentánea duda, acepta. Tal es el testimonio de Esquilo y de toda la literatura griega antigua, pero el lector actual intenta descifrar una verdad más precisa oculta en la bruma mítica. ¿Qué vientos adversos impedían partir a la flota griega, quién era en realidad Calcante y, sobre todo, por qué razón llevó a efecto Agamenón el sacrificio?” (2006: 150).

En Ifigenia, de esta manera, Kadaré encuentra, además de muchos de los elementos de las tragedias de su admirado Esquilo, un drama de ocultaciones y mentiras, que se puede superponer a la dictadura de Hoxha: “Lo más probable, sin embargo, es que no existiera consejo alguno de parte de Calcante y que el sacrificio de Ifigenia respondiera a un frío cálculo debido a la así denominada raison d´Etat: Agamenón inmoló a su propia hija no sólo para encumbrarse, tal como le acusa con razón su mujer, sino, ante todo, con el fin de granjearse el derecho de exigir a los demás sacrificios y sangre en una guerra que no tardaría en transformarse en un matadero. Se trata de una práctica nada infrecuente entre los caudillos” (152-153).
           
Pero no sólo se trata de este último motivo, con el sacrificio de la hija exigir el sacrificio de los demás, sino que Kadaré atisba tras de la inmolación de Ifigenia algo mayor, la “Gran Estratagema” totalitaria porque “la suposición y último interrogante referido a si se llevó a cabo realmente o no la inmolación de Ifigenia” (152), a menudo puesta en cuestión por alguna otra versión de la mitología que ubica a Artemisa supliendo a la muchacha por una cierva, lo que “no echa por tierra sino que refuerza el argumento anterior. La organización de una representación semejante, un falso sacrificio, subraya justamente el frío cálculo que preside la acción y su objetivo”.



Por todo ello, Kadaré concluye que “gracias a Esquilo sentimos que Troya se adapta al siglo XX como a ninguna otra época” (154). En Troya se desencadena un cruel baño de sangre, y no debemos olvidar la forma en la que será recordado el siglo XX: un siglo de sangre.