miércoles, 28 de octubre de 2015

La calle Great Jones-Don DeLillo




Hace tiempo que a DeLillo le llevo dando una oportunidad. Sé, o creo saber, mientras no encuentre pruebas que me demuestren lo contrario, que un gran Don DeLillo se oculta detrás de sus libros, tras cada uno de sus párrafos, presto a salir, pero el caso es que me cuesta dar con él. En primer lugar fue la deficiente El hombre del salto, una aproximación al drama del 11-S demasiado apresurada, interesada y comercial, chapucera, como para ser tenida en serio dentro de su extensa bibliografía; un suspenso a todas luces, y es una lástima que un escritor norteamericano no se mostrara más serio y más sensible produciendo un trabajo acorde a su calidad literaria a la hora de tratar un asunto tan delicado. Aunque en su descargo cabe destacar otra maniobra del mismo estilo en la persona de John Updike, y mira que lo admiro, con el agravante en este escritor que su Terrorista pasará a los anales como su última novela, otro intento timorato y aprovechado, a la carrera, utilizando el anzuelo del revuelo post atentado al World Trade Center, donde la historia de células terroristas islámicas, y asuntos por el estilo, traídas por los pelos y la desgana, manchan una impecable trayectoria literaria.
           Volviendo a Don DeLillo, y a mi historia con las oportunidades perdidas, tras la decepcionante El hombre del salto, llegó otra aún peor, Body Art, de un  barroquismo plúmbeo, un delirio ególatra hasta el extremo, y una de las obras de DeLillo menos salvables, sino la peor. Finalmente, acometí la lectura de Libra, un libro en todo excesivo, con la esperanza de hallar en ella la redención de su autor… y bueno, aquí empezó a descollar otro DeLillo, si bien lastrado por una extensión imposible, por el propio peso de los acontecimientos y de intentar abarcar un sinfín de situaciones y personajes… Libra ya era otra historia que, sin satisfacerme del todo, al menos dejaba mostrar las cualidades de ese DeLillo de quien tanto había oído hablar.
            Es La calle Great Jones, su tercera novela, y es más de lo mismo en este sentido, y lo lamento, porque me van quedando pocas ganas de otorgarle nuevas oportunidades. Sí que, tras el vodevil sobre el rock and roll y la cultura de masas que representa el texto, del cual se pondría en pie una interesante opereta rock, aparecen las virtudes de ese que se supone es el mejor DeLillo: unos párrafos demoledores, en ocasiones unas descripciones de una originalidad brillantísima, junto con algunos personajes realmente inspirados, como es el caso del retrato que hace del escritor clandestino y de sus hábitos de trabajo. Por el contrario, los males son los males de siempre, el barroquismo exacerbado de su prosa, la incontinencia verbal, el excesivo recorrido de un libro al que parecen sobrarle continuamente páginas, muchas veces incluso nos da la sensación de estar leyendo, literalmente, prosa de relleno, junto a una trama casi insostenible, gratuitamente enmarañada y que, si bien goza de algún personaje magnífico, muestra un número bastante alto de otros actantes secundarios ciertamente poco atractivos, por no decir que gratuitamente poco definidos. El libro, además, va de más a menos, pierde mucho fuelle en sus capítulos finales, para terminar cansando. La historia necesitaba de un cierre muchísimo antes.
            Sin embargo, de entre todo ello, aparece ese DeLillo deslumbrante con el juego del lenguaje, con ciertas perspectivas en la narración y en la construcción literaria, trufada de reflexiones interesantes, de comparaciones sorprendentes, y con un humor extraño y delirante (en la transcripción de las canciones del grupo de rock, por ejemplo) que hacen que leer La calle Great Jones, en algunos momentos, haya merecido la pena y no haya sido una completa pérdida de tiempo, y que incluso, después, le pueda segir dando una nueva oportunidad a su autor. Pero ya le resta poco crédito, en eso le ocurre igual que a Thomas Pynchon, de quién, tras haber leído El arco iris de gravedad y La subasta del lote 49, y ratificarme plenamente en mi decepción, tan sólo le concederé ya la clemencia de V, como última oportunidad de redención. La elección de una novela más de DeLillo será determinante en la suerte de este autor, y no soy ajeno a sus grandes triunfos como Submundo, Ruido de fondo, Mao II o Cosmópolis; de entre una de ellas aparecerá el DeLillo que me subyugue o el DeLillo que aborrezca. Por lo pronto, de La calle Great Jones, salvo la tibieza que deja su lectura, con el recuerdo de algún momento narrativo memorable y algún retrato literario aceptable, poco más se puede argumentar. Un libro que colocar en la hilera de obras publicadas por DeLillo, que pierde fuelle, y aún perderá más fuelle con el paso de los años, pese a algunos aciertos más que evidentes albergados en su inflamado y por momentos monótono interior.

            MI NOTA: 5.50

Un 5 y medio escaso, porque el libro va de más a menos, acaba de una forma decepcionante, y el sentimiento, tras haberlo leído, es ese, de haber asistido a una novela fracasada, de que era una idea ambiciosa en la cabeza del autor, que podría haber sido mucho más, pero que se ha quedado en menos precisamente por un tratamiento errado del texto, en su mayor parte demasiado grandilocuente, y que desmejora, así, algunos de los momentos buenos y de los evidentes aciertos que posee.



sábado, 24 de octubre de 2015

Menos que cero-Bret Easton Ellis


Cabe preguntarse si existe vida literaria, talento, algún signo de escritura, en las obras anteriores o posteriores de un autor eclipsado por un éxito mayúsculo. Esta pregunta ya me la formulé con Chuck Palahniuk tras su exitosa Club de lucha –y afortunadamente la respuesta fue afirmativa–. Me atrevo a decir que el resto de sus novelas son mucho más sobresalientes que el debut que lo encumbró. Siguiendo con algunos de los representantes de la llamada Generation X, me he planteado la misma duda con otro de sus grandes autores, Bret Easton Ellis: ¿cabía esperar algo decente antes o después de la abrumadoramente exitosa American Psycho? El problema era mío, desde luego, causa de mi ignorancia supina: aunque, obviamente, las andanzas del asesino en serie Bateman lo habían encumbrado mundialmente, ya su primera novela, Menos que cero, había sido un triunfo literario en los Estados Unidos.
Y motivos para ello, para ser un texto magnífico, no le faltan, hasta el punto que deja a la exitosa American Psycho como una obrita menor que sólo cobra sentido si se lee en paralelo, o buscándole interpretación junto al Infierno de la Divina Comedia de Dante, asunto al que dedicaré otra entrada más adelante en esta misma bitácora. En efecto, el estilo de Menos que cero ya presenta a un escritor debutante que ha sabido encontrar una aterradora voz propia, vestida con algunos recursos demoledores: la distancia, el automatismo, la frialdad y la indiferencia en la narración de unos sucesos que se presentan casi como planos o secuencias, como retales o retazos, como video clips fugaces que golpean al lector una y otra vez, página tras página, en una concatenación fulgurante de hastío, drogas, violencia, sexo y amargura sin sentido que revuelven el estómago.
Clay, el protagonista, es un universitario que ha regresado a casa por las vacaciones de navidad. El panorama que se encuentra en Los Ángeles es demoledor. Todo lo que ocurre en su mundo sucede de una manera automática, desprovista de sentido, de alma, de aura, de sensaciones, y ocurre porque así tiene que ocurrir, sin más, en un remedo de relaciones humanas que son como cáscaras o sucedáneos, desde las paterno y materno filiales, pasando por las que se establecen entre hermanos, hasta las de pareja. El sexo es mecánico, las drogas lo inundan todo, y el dinero es el único imperativo que mueve las ideas de los personajes. En ese caldo de cultivo, prolifera la prostitución de componente sádico, e incluso el consumo de pornografía hardcore, llegando hasta las snuff movies. El mundo de Clay es un mundo de lujo que oculta tras sus gafas de sol un vertedero de depravación. Un mundo que necesita de psiquiatras y cócteles para poder sobrellevarse, un mundo de coches de lujo, de clubs de campo y putos para sostenerse, así como de canales de video clips y pinchazos de heroína con los que sustituir la decepcionante realidad podrida hasta las raíces.
Entre la high class de Los Ángeles, conformada por cineastas, artistas, modelos y miembros de una sofisticada jet-set alcoholizada, campan a sus anchas los trapicheos de los camellos (muchos personajes tienen su propio dealer), los prostitutos del comercio del sexo masculino, las agencias de acompañantes que son mucho más que eso, y los grupos de rock and roll con sus groupies como excusa de sexo, alcohol y drogas conseguidas y consumidas a gran velocidad. A todo ello asiste Clay, como el resto de los personajes de la novela, y por supuesto el propio lector, desde el pasmo alucinado, con una visión gélida y congelada. Todos se mueven en un compás robótico, como maniquíes, narrados desde una distancia automática que, lejos de disminuir el dolor de la herida, aumenta el grado del daño.
MI NOTA: 10

Un 10 helado, desalmado, cruel, ilógico, inhumano y deshumanizado, insensible, un 10 de papelinas, rayas de coca, un 10 de morgue.  


lunes, 19 de octubre de 2015

Mientras dan las nueve-Leo Perutz

Una cinematográfica amargura queda en el lector como poso al término de Mientras dan las nueve, la que tal vez sea la obra maestra del escritor praguense Leo Perutz. “Cinematográfica”, porque su novela lo es, en efecto, y quienes me conocen saben de mi poca simpatía por lo cinematográfico pero, sin embargo, o pese a ello, la propuesta de Perutz es casi sobresaliente. La leyenda sobre esta obra se alimenta del interés, o casi la adoración, del propio Alfred Hitchcock por el texto, que lo utilizó en alguna escena de una de sus filmaciones. Los derechos de la novela, ya representada como obra de teatro con gran éxito, y publicada por entregas en prestigiosos diarios de Praga, Viena y Berlín, fueron adquiridos, al parecer, por una importante compañía cinematográfica. Sin embargo, pese a sus evidentes cualidades narrativas para la gran pantalla, jamás fue llevada a ella.
La historia, un drama de impotencia y fracaso en la persona de Stanislau Demba, se estructura en una inspirada construcción de secuencias que mucho tienen de cinematográficas, cargadas de un componente visual y ambiental que aproximan a su autor hasta ciertos momentos del vienés Schnitzler en su Relato soñado, y salpicadas de esos elementos absurdos que, como buen praguense, hereda de Kafka. Porque la tenacidad en la impotencia de su lucha, y el fracaso al que se ve abocado el protagonista, hermanan a Stanislau Demba con Gregorio Samsa y, algunos de los instantes delirantes de la obra, así como su rica variedad de disparatados personajes secundarios, lo hacen con El proceso.
 Algo tiene Viena, o tal vez mucho, de opresiva, enigmática, onírica, cruel y aniquiladora del individuo. Sólo así puede explicarse esta recurrencia en la literatura, el que dicha ciudad aparezca habitualmente bajo aspectos asfixiantes. Perutz construye una visión urbana agobiante que aplasta la individualidad y que conecta directamente con los discursos de Thomas Bernhard, por ejemplo, o con las visiones desesperadas de Joseph Roth. El protagonista huye de una ciudad deshumanizada, donde sus habitantes han extraviado la empatía por su semejante, en donde casi es imposible encontrar unas migajas de solidaridad, y cuando esa circunstancia ocurre, todo se vuelve en contra de Demba, tal es su destino fatal.
Mientras dan las nueve es una obra de secundarios, dado que los personajes secundarios sustentan el texto. Y no son unos secundarios cualquiera: crispan los nervios del lector, erizan la paciencia del protagonista, y terminan por agotar su resistencia. Por las páginas de la novela desfila todo un compendio de lo que sería el retrato de la sociedad vienesa de la época, desde los sustratos más bajos, integrados por los tenderos y los obreros, pasando por las clases burguesas repletas de oficinistas chupatintas, hasta los grandes banqueros, los hombres de negocios y las personas acaudaladas. Todos estos secundarios aparecen con un único objetivo, el de  interactuar con Demba hasta demostrar la imposibilidad del protagonista para conseguir sus objetivos, como si la sociedad vienesa, toda Viena, al fin y al cabo, conspiraran en su contra para quebrantar su voluntad.
Alejada de otro de tipo de historias más esotéricas como puedan ser El Marqués de Bolívar o El Judas de Leonardo, Leo Perutz busca un misterio más terrenal en Mientras dan las nueve, pero lo carga con cierta denuncia, el de la sociedad de su tiempo, el de la sociedad de consumo y del dinero; por encima de todo, son las cadenas que el propio hombre se autoimpone para no ser capaz, jamás, de alcanzar nunca su propia libertad. No en vano, el texto fue publicado por entregas en la prensa con ese título, Libertad, lo que dice bien a las claras lo que buscaba transmitir Perutz con esta novela, que se transforma, así, en una especie de parábola sobre el fracaso de la condición humana que no consigue culminar ni uno solo de sus anhelos cuando trata de sacudirse el yugo que le oprime, parábola del estudiante Stanislau Demba, una especie de Ecce Homo vienés condenado a sufrir en sus carnes para servirnos, a todos, de ejemplo.

MI NOTA: 7.50

Un 7.50 cargado de prometeicas cadenas, esposado, angustiado, huidizo y exhausto, pero también un 7.50 notable, gracias a una deslumbrante arquitectura narrativa y a un magnífico manejo de los resortes del misterio, sin descuidar por ello los toques de humor, a veces absurdo, a veces disolvente como un chorretón de lejía.  

lunes, 10 de marzo de 2014

Hijo de Satanás-Charles Bukowski



Charles Bukowski es un poeta duro y un novelista desagradable. Si ambas cualidades se unen en la concentración de un relato breve, el resultado es un mazazo desolador para el lector. Es el caso del volumen de narraciones Hijo de Satanás –en su título original Septuagenarian stew–, publicado en España allá por 1993 y con un buen puñado de reediciones, el mejor ejemplo de esto. De toda la literatura que he leído de Charles Bukowski, esta es la colección de relatos más negra, desoladora y deprimente de su autor, que aúna algunas de sus obras maestras en una modalidad tan compleja como el corto recorrido narrativo.

Hijo de Satanás no contiene, fundamentalmente, nada distinto al resto de trabajos de su autor, fundamentado en una recopilación de textos sobre fracaso y derrota, quizás esta vez más centrado en boxeadores, trabajadores manuales, pordioseros y vagabundos, ludópatas de hipódromo, jockeys, cómicos sin gracia y escritores venidos a menos o vendidos al sistema… la fauna habitual que desfila por las páginas de Bukowski. Sin embargo, el volumen encierra un aspecto que resulta estremecedor. Muchos de estos textos están escritos presentando a unos personajes que “aparentemente” han triunfado en el american way of life, pero solo “aparentemente” para, finalmente, demostrar con todo el peso de su caída el fracaso más absoluto. Si la desgracia, la hipocresía, la miseria, eran temas afines y típicos, por no decir tópicos, en las obras de Bukowski, este Hijo de Satanás se escribe y concibe centralmente desde un único tema: la derrota o, si lo ampliamos o le ponemos huesos y carnes, podría asegurar que es un trabajo sobre la figura del perdedor.

Desde el estremecedor y violento cuento que da título e inicia el libro, pasando por el demoledor Un día y el mordaz Los escritores, los relatos levantan con una escritura sucia las costras de las heridas más infames del sistema, y dejan algo así como una sensación de diente con el nervio al aire que en algunas ocasiones se hace muy difícil de tragar.

Un ejemplo lo encontramos en el relato Mala noche: “tenía 47 años, toda su vida había ido de un trabajo estúpido a otro trabajo estúpido. Nunca había tenido una ocupación decente (…) Nada en la tele. Monty se sirvió un whisky. Había estado casado dos veces. En las dos ocasiones el comienzo había sido prometedor. Había habido risas y comprensión, y el sexo no había estado mal con ninguna de las dos mujeres. Pero gradualmente los matrimonios se convertían en empleos. Carecían de variedad. En seguida esos dos matrimonios se habían vuelto un concurso, un concurso de quién podía agotar al otro. Se habían vuelto un juego del odio. Monty tuvo que abandonar las dos veces (…) ¿Cuántas vidas había como la suya? ¿Cuánta gente que simplemente continuaba de modo insensato?” (traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro).

Evidentemente, Charles Bukowski no es solo un autor de sexo y borracheras (algo que cada vez me parece ver más claro en Henry Miller, en un proceso a la inversa que he experimentado con este autor). Bukowski me habla del corazón humano, lo examina y lo procesa, para concluir con una completa y nada compleja derrota. Y aquí radica el acierto, lo que hace de Hijo de Satanás la recopilación más abrumadora de su autor, que esas derrotas (la del boxeador que se imagina triunfante, la del jockey o el entrenador de beisbol drogadictos y borrachos, la del matrimonio con hijos que se ahogan en ginebra), todas y cada una de las derrotas aquí narradas, se producen en el seno de un país, Estados Unidos, en el cual, como dice Bukowski en su relato El ganador: “era un buen sitio donde estar cuando se era ganador”.

Estados Unidos y cualquier sitio, obviamente, son los mejores sitios del mundo para el triunfo. Pero vivimos instalados en un sistemático maltrato de los derrotados, de ahí lo terrible de esta suma de derrotas narradas con tanto vigor como lucidez por Charles Bukowski.

En efecto, este no es un mundo para perdedores.

MI NOTA: 9,5

Un nueve y medio para unos textos aterradores y aplastantes, tal vez demasiado concretos en figuras típicas norteamericanas del universo Chinaski como el jugador de hipódromo o el jockey, con las que podría encontrarme menos familiarizado, pero con la composición de algunos personajes inolvidables: el obrero manual aginebrado, el cómico envodkado, los escritores envidiosos, el chef malhumorado, el niño matoncillo de barrio deprimido o el boxeador sentenciado, bien se merecen rozar lo excelente.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Mooch-Dan Fante



En Mooch, Dan Fante va mucho más allá de sus homenajes y reivindicaciones de Bukowski, cummings, Carver y de su propio padre, John Fante. Se ha liberado del peso que ha dejado vertido en las páginas de Chump Change y, ahora, puede desencadenar una trama propia que evoluciona efervescente e hipnótica. Evidentemente, sigue habiendo mucho en Dan Fante de los autores anteriormente enumerados, pero ahora su trabajo abandona ese estilo de patchwork literario, ya no es un Frankestein de referencias literarias, el monstruo ha encontrado una autonomía propia y arrancado a caminar con paso fuerte, gracias a la solidez de los personajes, y a mostrarnos que, esta vez y a diferencia de la novela anterior, el mundo que se expande más allá de la narración en primera persona, el mundo externo al protagonista es un mundo macizo y atractivo, con personajes complejos.

A pesar de cierta querencia por el rasgo estereotipado, Dan Fante suple esa manía con una presentación atractiva de los personajes y un reflejo vivo y con relieve de las situaciones. El mundo reflejado es todo lo contrario al sueño norteamericano, pero sí que muestra las dobleces terribles y ocultas del american way of life con un Los Ángeles por donde pululan prostitutas, drogadictos, pervertidos, desarrapados y desahuciados, ex alcohólicos, reincidentes y, los personajes estrella de la novela: vendedores a comisión capaces de cualquier cosa por cerrar una venta.

En Mooch, Dan Fante afina su universo narrativo atisbado en Chump Change centrándose en una oficina de ventas telefónicas a comisión, que permite exponer todo un muestrario de seres humanos que hacen gala de las más variadas miserias, en un despliegue de envidias, venganzas, violencia, cinismo, traición y cobardía, que recuerda un poco a ese mundo de la venta de inmuebles retratado en la película Glengarry Glen Ross o que recientemente hemos podido ver en esas salas de ventas telefónicas que aparecen en El lobo de Wall Street.

Referencias cinematográficas aparte, sin duda, este es el acierto del autor, insertar a su protagonista, Bruno Dante, en un mundo real con el cual poder interactuar, desde cajeros en tiendas de comida china o licorerías, hasta inquisitivos y competitivos jefes en la sala de ventas. Algo que en Chump Change no sucedía del todo, dando la impresión de que el mundo desfilaba por delante de los ojos de Bruno Dante como si asistiera a una representación irreal de la que siempre saldría indemne, como si la vida fuera el delirium tremens de una de sus borracheras, al estilo de cuando el Chinaski de Bukowski se quedaba hastiado de cervezas y whisky derrumbado en el sillón del apartamento y entregado a ver el desfile de la vida que se paseaba por delante.

Ahora, en Mooch, el protagonista interactúa con su entorno desde la sobriedad en unas ocasiones, y desde la borrachera desmesurada, en otras, y la novela se multiplica así, gana una realidad y una presencia demoledoras que la hacen atractiva, adictiva y fascinante. Hay trama, hay personajes, hay historia, independientemente de que haya homenaje (pero ya no servidumbre) a Bukowski y a John Fante, algo que no siempre se podía decir que ocurría en Chump Change.

MI NOTA: 9.00

Un nueve para un texto plagado de fuerza y furia, con ganas de contar y narrar, nervio y mala uva, literatura como desagravio a los agravios de la vida, desde luego.



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viernes, 17 de enero de 2014

Violetas de marzo-Philip Kerr



Decepcionado. Esa es la sensación que tengo al terminar la lectura de estas Violetas de marzo que tanto prometían y, quizás, la culpa no sea de la novela, sino mía, por esperar demasiadas cosas de una primera obra, del debut de un autor que me había fascinado con la que ya me parece, casi con toda seguridad, su novela maestra, Una investigación filosófica. En esa obra, Kerr se encuentra en estado de gracia, y por ello, tal vez, no sea demasiado justo a la hora de juzgar estas violetas, su ópera prima literaria.

A todo ello puede contribuir, también, que no soy un fanático del género negro, que me gustan autores que hacen novela negra, pero como autores en sí, no como género. Quiero decir que para mi Ellroy es un escritor mayúsculo que me cautiva como creador de historias y personajes, no como autor de género, y me ocurre lo mismo con Kerr, en mi opinión su Investigación filosófica alcanza mucho más allá de una mera novela negra, para convertirse en una obra independiente y con mayúsculas, al estilo de la Trilogía USA de Ellroy, por ejemplo. En ese género negro, del que –insisto- no soy muy aficionado, reconozco las obras maestras, Cosecha roja de Hammett (curiosamente su debut) o la sorprendente El complot mongol, de Rafael Bernal y que inaugura el género en México.

Sentadas estas bases de mis gustos, me acerqué a las Violetas de marzo de Philip Kerr con grandes expectativas, pero apenas reconocí algunos trazos del inmenso autor de la Investigación filosófica en la obra, y mi decepción aumentó todavía más en relación al marco elegido para desarrollar la trama: el seno del Tercer Reich, del que, por motivos literarios, fundamentalmente, he sido un estudioso durante buena parte de mi vida literaria –yo también he enmarcado varias de mis obras en esa época-.

Kerr abrirá todo un ciclo, el del detective Bernie Gunther, con sus tres obras iniciales, las conocidas como Trilogía berlinesa, y que luego serán prorrogadas con otras tres más y, dado el éxito, se culminarán todavía con otro trío más. De esa forma, las novelas de Bernie Gunther dentro de la novelística de Kerr, sumarán 9 obras, una parte fundamental de su línea creativa, de ahí que me decidiera a aventurarme con la lectura de lo que considero parte maestra y crucial del autor.

Encontramos en Violetas de marzo todos los males de una primera novela, personajes estereotipados, una puesta en escena forzada y unos diálogos que pasan por ser presuntamente frescos y chisposos y que son barrocos y en numerosas ocasiones delirantes. Kerr elige el género negro para su debut y cae en todas sus trampas. La ambientación es aquí una sobre ambientación con numerosos paseos de los personajes por Berlín para que el autor pueda nombrar y renombrar y ahogar con topónimos y nombres de calles al atónito lector. Además, la puesta en escena en el Berlín de las Olimpiadas de 1936 resulta grandilocuente, como el capítulo en donde el protagonista ve correr a Jesse Owens.

Da la sensación de que Kerr podría haber ubicado la enmarañada y aburrida trama en cualquier otro momento histórico. La ubicación se trata de un ejercicio de mera documentación: Gunther podría haber pululado por la antigua Roma, la Italia renacentista o las barricadas de la Gran Guerra, y hubiera dado igual. Enmarcar la trama en el Tercer Reich es una cuestión ornamental, de un barroquismo que enmascara a golpes de erudición las fallas del producto literario y sus procedimientos algo tramposos.

Como dije, los diálogos no funcionan, aquejados del mismo mal que las reflexiones del protagonista y su oposición al Reich, al sistema político, y es que las maneras de hablar son contemporáneas, proyectadas desde la época presente al marco literario elegido, creando una permanente sensación de anacronismo que baña todo la lectura de la obra y que, o se soluciona con el aluvión de nombres y palabras en alemán como una forma de dar el pego, o con algunos chistes de doble sentido sobre las situaciones de entonces, que la mayoría de las veces, además, necesitarían de una nota aclaratoria.

Dejo, para terminar, la forzada presencia de un preboste del Reich: Hermann Göring, que aparece como personaje literario. Era obvio que, tal y como se desarrolla el invento de Kerr, había que decantarse por la aparición de un personaje de calado histórico, que para ello se insertó la acción en un determinado espacio-tiempo. Podría haber sido el propio Hitler, o Himmler, quizás demasiado para esta primera entrega (no descarto que puedan aparecer en las siguientes, que no he leído todavía). Göring interviene de una forma tan teatral, tan plagada de estereotipos y ademanes manidos, con una carga de imaginería histórica que se nos transmite la impresión cultural actual que de esa figura política poseemos, y en ningún caso la verdadera percepción que del momento tendría el detective en su época. Este es el problema que afea la novela, y que siempre aparece presente en el texto arruinándolo por completo. Del desenlace final, delirante, en el campo de Dachau, tras lo que he comentado, prefiero no decir nada.

Aún así, y por ser Kerr, todavía le daré una oportunidad a su Berlin Noir y, en un tiempo, espero poder leer la segunda entrega de las andanzas del detective Gunther, con la esperanza de que haya encontrado mejor acomodo o de que el monumental autor de Una investigación filosófica vaya cuajando sus palabras a medida que perfecciona sus obras.

MI NOTA: 4

Un cuatro recargado y enmarañado, para una novela que podría calificar de sobre escrita, recargada y estereotipada pero que, por algunas gritas de su estructura consigue asomar, pocas veces, es cierto, la genialidad de su autor.