martes, 20 de febrero de 2018

Las confesiones de Himmler. Diario inédito de su médico personal-Arno Kersten


*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/las-confesiones-himmler-los-verdugos-bata-zapatillas/

Las confesiones de Himmler o los verdugos en bata y zapatillas

Resulta espeluznante la lectura del libro Las confesiones de Himmler, con el sugerente subtítulo de Diario inédito de su médico personal, y que ha publicado la editorial Pasado & Presente, fieles a su magnífica línea de aportar textos históricos que desempolven algunos aspectos novedosos o poco conocidos sobre personajes o acontecimientos clave. En esta ocasión, tenemos la oportunidad, como lectores, de bucear en la personalidad de uno de los mayores criminales de la Historia, gracias a las transcripciones que de sus charlas llevó a cabo Felix Kersten, masajista y terapeuta de Heinrich Himmler. Abrir este libro es acceder a una Caja de Pandora del horror y poder comprobar como el sufrimiento, la tortura y la muerte de millones de seres humanos, fueron producto de los delirios psicóticos de un puñado de idiotas que no encontraron resistencia alguna para llevar a cabo sus crímenes.


De entre la inabarcable bibliografía que busca ilustrar hasta el menor detalle sobre lo ocurrido en la Alemania nazi, los libros sobre los médicos ocupan un lugar muy interesante. Los estudiosos se han centrado en el médico de Hitler, el infame Theodor Morell que mantuvo al Führer operativo con sus cócteles de medicamentos y excitantes, o las espeluznantes prácticas de muchos de los tristemente célebres médicos que operaban en los campos de Exterminio, desde Mengele hasta Clauberg, pasando por Karl Brandt o Karl Gebhardt.

in embargo, en la figura de Felix Kersten encontramos lo opuestamente contrario a esos médicos. Indudablemente, la primera diferencia era su condición anti nazi, también derivada de su nacionalidad estonia, pero nacionalizado finlandés y con gran apego a Holanda. Su capacidad para realizar tratamientos de fisioterapia únicamente con las manos le abrió las puertas de las cancillerías, embajadas y ministerios de Europa. Igual trataba al Conde Ciano en Italia, que a los ministros y personajes de la realeza holandesa y sueca y, claro, su fama alcanzó hasta Heinrich Himmler, aquejado de calambres estomacales, que muy pronto lo puso a su servicio.
Felix Kersten se ganó la confianza del Reichsführer de las SS y gracias a ella pudo mantener una serie de conversaciones privadas que después copió en numerosos apuntes y cuadernos. Porque Kersten no sólo hablaba con Himmler durante las sesiones médicas, sino que pasó a formar parte de su círculo personal y de confianza (contemplado con gran recelo por los demás, hasta el punto de que Heydrich lo consideró un espía aliado y trató de asesinarlo). Gracias a ello, compartió comidas, cenas, paseos y viajes, que le ayudaron a aumentar el caudal de las conversaciones con Himmler, a menudo peroratas y discursos que Kersten escuchaba pacientemente.
Felix Kersten, masajista y médico personal de Himmler.

Convertido en una especie de confesor, Felix Kersten se percató del gran poder que tenía sobre Himmler, dado que además de aliviarle los dolores físicos le aliviaba las penurias del alma. Desde esa posición, delicada pero tremendamente influyente, Kersten se dedicó a pedirle una y otra vez favores relacionados con la puesta en libertad de presos, conmutaciones de penas de muerte, dilaciones en la toma de decisiones que conllevaban el sufrimiento de miles de personas, o el salvamento de judíos.
Los logros de Felix Kersten son muchísimos, tal y como se desprende del libro redactado por su hijo, Arno Kersten, supervisado por el prestigioso historiador sueco Christer Bergström como una forma de conferirle la autoridad y la seriedad necesaria ante las revelaciones que aparecen en el texto, y que muchos podrían poner en duda.
Así, Felix Kersten logró salvar a unos 63 mil judíos (según datos del Consejo Judío), además de innumerables personas de otras nacionalidades, hasta alcanzar una cifra de casi 800 mil personas en total, impidió la deportación y migración de gran parte de los holandeses a los territorios del Este, detuvo la orden de Hitler de dinamitar los campos de concentración con todos los prisioneros dentro y consiguió que fueran rendidos a los aliados de manera pacífica. Además, activó y fue parte crucial en el acuerdo del conde Folke Bernadotte con Himmler mediante el cual se logró evacuar en camiones de la Cruz Roja a miles de prisioneros en territorio alemán para conducirlos a salvo hasta Suecia.
Ante estos logros, el reconocimiento de las acciones de Kersten debería de ser obligado, pero esto no ha ocurrido siempre así. Mientras que en FinlandiaItalia, los Países BajosHolanda Suiza lo honraron, algunos países que resultaron muy beneficiados con su ayuda, tales como SueciaAlemaniaDinamarca y Noruega, todavía no se han manifestado al respecto.
Tal vez, el propio Felix Kersten destapó dudas acerca de la veracidad de sus actuaciones con la publicación, en 1947, de un libro bajo el título de Memorias, que en España fue editado por Plaza & Janés en 1957, en la colección Los libros de nuestro tiempo. Quizás, no era el momento, o algunas de las afirmaciones de Kersten no eran las más propicias para ese año, como aquella de que el conde Bernadotte mostró su reticencia, por no decir que desprecio, a que en la evacuación llevada a cabo por la Cruz Roja sueca se incluyeran prisioneros judíos.
Algunas portadas de aquella antigua edición española de las Memorias de Felix Kersten:







Esto desencadenó una agria polémica, dado que el conde sueco se había atribuido, además, todo el mérito de aquella evacuación, obviando la participación crucial de Kersten en todo ello. Así se ocupó de reflejarlo el conde en su correspondiente libro, publicado en Estocolmo en 1945 y que en Españaapareció editado por Mateu en 1948, muy poco después de que Bernadotte, como mediador de la ONUen Palestina, fuera asesinado en Jerusalén por el grupo terrorista Lehi.
AñadiLas memorias del conde Bernadotte en la edicion española. Nótese la frase de la parte inferior de la portada: “Alevosamente asesinado en Palestina”.,

Por tanto, este libro que nos acerca Pasado & Presente, por mano del hijo de Kersten, busca completar aquél primer libro en donde Felix había dejado mucha información fuera, para tratar así de clarificar algunas de esas polémicas, apoyándose en el completo aparato documental que, como se refleja en el apéndice de abundantes fotografías, no solo se nutre de los cuadernos de notas del masajista, sino que aporta, además, cartas, órdenes y papeles de Reich y del propio Himmler.
Que quieren que les diga, después de la lectura minuciosa del texto yo prefiero creer a Felix Kersten. Quizás porque estoy harto de tanta maldad y ya es hora de reconocer el bien, o a alguien con la capacidad de ejercerlo en mitad del terror paralizante.
¿Qué nos ofrece este libro? En primer lugar, un pavoroso retrato del propio Heinrich Himmler, revelada su personalidad en peroratas absurdas, la mayoría de las veces disparatadas, mezcla de un componente mesiánico y de otro componente de obediencia ciega a unos ideales perturbadores. Después, el reflejo espantoso de un régimen político, el del III Reich, que redujo a escombros los cimientos morales, polarizó a la población civil entre víctimas y verdugos, y que aplicó sus directrices como si fueran unos dioses implacables, por encima del bien y del mal; unas decisiones que aniquilaron a millones de personas, que sembraron la desgracia en el continente europeo, sustentadas en unos ideales estúpidos y maniáticos.
Estas conversaciones aportan luz sobre algunos temas eternos que siempre han sido de especial interés en el estudio de los personajes de la Alemania nazi y en el análisis del propio régimen: La sífilis de Hitler —ese controvertido estudio médico del que tanto se ha hablado, aquí confirmada por un informe que Himmler guardaba en su caja fuerte—, el odio que se profesaban todos los gerifaltes entre sí, algunas decisiones controvertidas que se demuestra que fueron tomadas en función de las más peregrinas inspiraciones, la insensibilidad con la que se dictaba el extermino o la deportación masiva de personas a otros territorios, y un absoluto convencimiento de que ellos, y solo ellos, los nazis, estaban capacitados para decidir sobre la vida y la muerte de hombres, razas y naciones.
Himmler y Kersten, médico y paciente juntos.

Es habitual encontrar en los discursos de Himmler afirmaciones al respecto de que un país ha traicionado a Alemania con su comportamiento y que, por ello, ya no merece existir. De eso se trata, de segar la existencia, como si estas deidades, con el movimiento de un solo dedo, arrasaran territorios y borraran de la faz de la tierra a grupos enteros de población: porque así lo habían decidido.
Himmler toca casi todos los temas en sus discursos, desde la propia guerra, pasando por asuntos administrativos o políticos, hasta planes de futuro para desarrollar ese Gran Reich de los Mil Años una vez hubieran conseguido la victoria final. Por ejemplo, el proyecto de colonizar los territorios del Este, fundamentalmente Rusia, con una especie de campesinos guerrilleros que actuarían como primer escudo de defensa ante las invasiones asiáticas, a los que denominaba como “una aristocracia de agricultores”, una especie de distopía campestre; o la depuración del cuerpo de funcionarios y embajadores, mediante la reeducación, en un intento de purgar a toda la inteligencia prusiana, de abolengo, a la que consideraba traidora al nacionalsocialismo, acomodada durante generaciones en puestos de responsabilidad consulares y administrativos.
Para todos tiene algo, para todos reparte Himmler sus odios, nadie se salva de su criba. Los aliados italianos son denostados, con un aborrecimiento particularmente agrio hacia el Conde CianoEspaña es despreciada, pero la España de Franco, un “ingrato”, un “traidor”, un “simio”, porque Felipe II era un personaje enormemente admirado por el dirigente nazi. Al igual que las prácticas de la Inquisiciónespañola llevadas a cabo en Holanda, llegando a confesar que “los españoles no fueron tan tolerantes y benévolos como nosotros”, afirmaciones que llenan de estupor a la vista de las pruebas que nos ha dejado la Historia, pero que se pueden comprender puesto que, al fin y al cabo, todas se tratan de formas de represión y exterminio.
La brutalidad del duque de Alba en Holanda era modélica para Himmler:
Puedo imaginarme que un hombre que servía tan fielmente a su señor como lo hacía el duque de Alba sentía una gran satisfacción al poder freír y asar a todos esos holandeses descontentos (…) Ese Felipe no era mal rey: sabía cómo gobernar un imperio mundial. Trataba a sus súbditos tal y como se merecían. Mandó asesinar a cientos de miles de súbditos y aun así el pueblo lo quería, considerándolo un rey misericordioso y justo. Le daba igual que sus súbditos fueran católicos o protestantes, siempre y cuando no cuestionaran su poder”.
La Historia de España contada por Heinrich Himmler.
Enrique I, “el pajarero”, de quién Himmler decía ser la reencarnación.
Pero el modelo de Himmler fue Enrique I “el Pajarero”. Heinrich I de Sajonia gobernó entre los años 919 y 936 y consiguió la victoria ante los húngaros en la batalla de Merserburgo en el 933. Himmler se creía su reencarnación y, de hecho, la organización modélica que pretendía para las SS era la de una Orden Teutónica medieval.
El "modélico" Duque de Alba.

Felipe II era admirado por Himmler por su forma de conducirse con los holandeses.
Entre los mandatarios nazis que aparecen en el libro, retratados mediante las opiniones de Himmler, encontramos al líder del Frente del TrabajoRobert Ley, como un brutal alcohólico, Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores, caracterizado como un imbécil integral o Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina de Seguridad del Reich, como un asesino sibilino y traicionero que, además, no era “racialmente puro”.
Homosexuales, la religión católica y la iglesia, hasta la literatura y cuestiones relacionadas con el clima en los territorios del Este, o los musulmanes…, nada que se opusiera al credo nazi, ya fuera por comportamiento o ideales, tenía derecho a existir. Incluso la intención manifiesta y convencida de arrestar y ahorcar al Papa. Y llama poderosamente la atención una descomunal cerrilidad y estrechez de miras ante algunos asuntos de la realidad que eran maleados a conveniencia, en función de ajustarlos a la filosofía aria.
Por ejemplo, el absurdo empeño que ponía Himmler en que Gengis Kan era de raza aria —no era mongol, aseguraba, era de padres arios y fue secuestrado y educado por padres mongoles—, o que los soviéticos estaban cometiendo crímenes contra la humanidad mientras idénticas acciones perpetradas por el aparato nazi eran soluciones necesarias y correctas porque, tal y como afirma en un momento determinado “las necesidades de la nación están por encima de la felicidad del individuo”.
Genhis Kan, "El ario".
ara mí, lo más importante es la insistencia con la que Himmler le asegura a Felix que tiene bien guardado un documento en donde Hitler ordena y firma el exterminio de los judíos, la mítica Führerbefehel, una orden que los historiadores no han llegado a localizar, y que despejaría las dudas de hasta qué punto estaba Hitler informado al respecto o si el Holocausto fue más bien un asunto urdido por sus colaboradores. En este sentido, creo que el libro de Kersten aporta una información de gran valor. Esta orden, históricamente hablando, siempre se atribuyó a Hermann Göring, el Reichsmarschall, que una y otra vez manifestó haber sido víctima de un engaño, lo que le causaba una gran amargura porque aparecería ante la Historia como el culpable del Genocidio.
Eugenesia, planes de expansión territorial, establecer una alianza con los Estados Unidos y los ingleses al término de la contienda para atacar y defenderse todos juntos de los soviéticos, incluso la arquitectura de las ciudades que tendría el Gran Imperio Alemán de Hitler, una vez obtuvieran la victoria, todo pasa por el tamiz de las ideas de Himmler.
Pero Himmler no dejaba de considerarse como un mero administrador de las órdenes de Hitler, rechazando cualquier tipo de responsabilidad en los actos que llevaba a cabo:
En tal caso yo no haría más que cumplir una orden del Führer, por lo que no sería culpable de ningún crimen. Recaería sobre el Führer, quien seguramente sabrá por qué iba a ordenar semejante actuación”.
Así opinaba en relación, por ejemplo, de la masiva deportación de los holandeses al Este, algo que Kersten, con su influencia sobre Himmler, consiguió evitar. “No somos una panda de asesinos”, le insistía con pasmosa impunidad a su masajista. Sobre la aniquilación de la Iglesia católica aseguraba que “toda la responsabilidad de una medida así recae sobre el Führer, no sobre mí”.
El procedimiento de Felix Kersten era siempre el mismo: aliviaba los dolores de Himmler y, tras la terapia, le pedía que liberara a prisioneros o condenados a muerte, por quienes intentaba interceder, generalmente con resultados positivos. En esto radica el verdadero mérito de Kersten, que pudiendo mantenerse en un plano de seguridad hundido el seno del horror, optó por ayudar a los demás incluso arriesgando su propia vida.

Recuerdo unas declaraciones de Christian Duguay, director de la película para televisión Hitler: el reinado del mal —con un tan sorprendente como espléndido Robert Carlyle en el papel de Hitler—, que comentaba los problemas a los que se enfrentó por mostrar en una escena el amor de Hitler por un perro, al que acariciaba amorosamente. Al parecer, esa demostración de cariño hirió sensibilidades y provocó numerosas protestas. El monstruoso personaje no tenía derecho a manifestar el menor sentimiento humano.

Nada puede estar más equivocado, porque en estos comportamientos empáticos, ya sea con un perro o con sus familias, y que rasgan el telón de oscura brutalidad de los nazis por donde asoman los brillos de lo que nos hace humanos, son los que convierten a estos personajes en monstruos, además de arrojar una niebla de enigma para la que todavía no encontramos una explicación lógica. ¿Cómo podía querer Hitler más a un perro a que a millones de personas enviadas al extermino? ¿Cómo era capaz Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, de bañar a sus hijos en una piscina mientras, detrás de los muros de su casa, funcionaban los crematorios bajo su supervisión?
Instantánea de la familia de Heinrich Himmler: una familia aria de la que sentirse orgulloso.
Es esta visión, de los verdugos en bata y zapatillas, inmersos en el ambiente familiar, escuchando música clásica, y después firmando decretos de asesinatos en masa sin remordimientos, lo que nos provoca mayor terror. En la película La solución final —con un Kenneth Branagh soberbio en el papel de Heydrich y un Stanley Tucci no menos fantástico en el de Eichmann— ambos dirigentes, después de haber acordado el exterminio de los judíos europeos en la llamada Conferencia de Wansee, se arroban ante la belleza agónica de una pieza de Schubert, el adagio del Quinteto de cuerdas en Do mayor D. 956, pero no han titubeado al comentar el color de los cadáveres de los judíos al sacarlos de la cámara de gas, “rosados como cerdos”.

Puedes escuchar la pieza completa en este enlace:
Felix Kersten tampoco se le pasa por alto esta circunstancia, cuando afirma:
¿Qué les pasaba a estos líderes políticos, que en un momento podían hablar de sus familias y parientes con ternura, y al momento siguiente hablar de arrestar, encarcelar y ejecutar a personas gratuitamente?”.
Fue en esta dualidad en donde Kersten encontró la brecha para poder ir formulando sus peticiones a Himmler, que las admitía como un gesto de magnánima piedad. “Se los regalo”, suele decirle Himmlercuando accede a liberar a las personas de las listas de Kersten. Esos nombres son solo eso, unos nombres de su propiedad, que le pertenecen a Himmler, y puede hacer lo que quiera con ellos, hasta regalarlos, salvando así unas vidas que no tienen ningún significado para él.
Por ese motivo, cuando la fe inquebrantable en la victoria final se esfumó, Himmler intentó, con mayores concesiones a Kersten, lavar su imagen de cara a recibir un trato de favor por parte de los aliados, llegando a negociar con representantes judíos en una reunión histórica que propició Kersten, que ya se había percatado del comportamiento de Himmler y decidió elevar sus peticiones casi hasta lo intolerable. Algo que no le serviría de nada a Himmler, considerado como un criminal por los aliados, y que finalmente decidió suicidarse.
El miserable final de Himmler, muerto en el suelo de un cuartel aliado tras ingerir cianuro.
En el miserable final de Himmler puede leerse todo el resumen de lo que fue aquel Reich Milenarioque tan solo duró unos años, que cambió por completo nuestra historia moderna, sumió al ser humano en una crisis de valores e identidad de la que todavía no nos hemos recuperado (y dudo que podamos hacerlo algún día), y demostró que bajo las costuras del ser humano, de la civilización culturalmente más avanzada, puede latir un ente criminal y sanguinario como nunca antes podríamos haberlo imaginado.
Por todos estos motivos, el libro de Kersten publicado por Pasado & Presente, se me antoja un documento único para mantenernos en la línea de lo que nos hace humanos. Y sólo por eso, FelixKersten ya se merece el mayor de los reconocimientos.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Leer es un riego-Alfonso Berardinelli


*Esta reseña apareció en acchtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/los-peores-tiempos-para-la-lirica-leer-es-un-riesgo-de-alfonso-berardinelli/

Los peores tiempos para la lírica: Leer es un riesgo de Alfonso Berardinelli


Alfonso Berardinelli fue profesor de Historia de Literatura Modernadurante más de 20 años. Sin embargo, un día decidió renunciar a su cátedra y darle la espalda a la enseñanza, en un gesto que levantó una polvareda entre la comunidad docente en Italia. Desde ese instante, dedicó sus esfuerzos a ejercer de crítico. Leer es un riesgo, editado por Círculo de tiza, recoge una buena muestra de sus opiniones, reflexiones y conclusiones sobre la situación de la literatura actual, publicadas en diferentes medios de comunicación y en una selección que abarca trabajos desde 1988 hasta el 2016. Dinamita, con un contenido incendiario, las formas de auto complacencia de la industria cultural. Leer es un riesgo es un largo trago de ácido sulfúrico intelectual.

La primera parte del libro se titula Los riesgos de la lectura, y en el artículo que le da nombre presenta algunos de esos riegos a los que se somete el lector cuando sujeta un libro y se sumerge en sus páginas. Resulta evidente que la selección que hacemos de las lecturas acaba por conformar una parte de nuestra personalidad e identidad. De ahí la importancia de enfrentarse al mercado editorial con criterio, cuestionándose el canon imperante, buscando desarrollar un esquema de valores propio que convierta los actos de lectura en actos de enriquecimientos personales de nuestro yo y que no signifiquen unas inmensas pérdidas de tiempo.
Creo que esta opinión, por encima de otras apreciaciones más o menos satíricas o relacionadas con el desempeño propio del autor, como crítico literario, docente o autor, es de las más importantes del artículo. La advertencia es clara:
El riesgo más frecuente, es leer ese tipo de libros que habría sido mejor no leer, o que habría sido mejor que ni hubieran sido escritos y publicados. El libro per se no es un valor. Lo es únicamente si vale la pena. Y en el caso actual de sobreproducción de libros, los peores enemigos de los libros que valga la pena leer son los innumerables libros que los sepultan, y de los que tratamos de defenderlos”.
No puede ser más acertada esta sentencia de Berardinelli, algo que siempre he tenido muy en cuenta. Si leemos un libro malo, automáticamente, hemos dejado de leer un libro que merece la pena, un buen libro. Aunque parezca una perogrullada, esto representa un drama porque nuestro tiempo es limitado, y el número de volúmenes realmente interesantes es demasiado grande como para extraviar nuestro esfuerzo leyendo porquerías.
Por ello, es importante haberse creado un marco de referencia con las lecturas que ya hemos realizado a lo largo de nuestra experiencia lectora y ser capaces de determinar si un libro nos interesa, si es bueno o malo, sin la necesidad de tener que leerlo. ¿Cómo puedo saber si es bueno o malo sin haberlo leído? Esta es la pregunta a la que me he enfrentado numerosas veces a lo largo de mi trayectoria literaria. Quienes formulan semejante cuestión mantienen ciertos esquemas caducos en su forma de contemplar la lectura y los libros, y no son capaces de ir más allá. Les vendría muy bien leer el libro de Berardinellipara empezar a comprender algunas cosas fundamentales.
En primer lugar, la literatura es una conversación de todos los libros y de todos los autores unos con otros. Solo entendiendo esto así se puede ir un poco más allá y empezar a sacarle un rendimiento al texto. Un rendimiento que Berardinelli, utilizando palabras de George Steiner, califica como “leer bien”. Y eso consiste en:
 “responder al texto, implica una responsabilidad que también sea respuesta, reacción”.
Por eso, la lectura se convierte en una actividad de riesgo en tanto en cuanto agudiza nuestro espíritu crítico y nos capacita para ir en contra de algunas de las verdades monolíticas que no lo son en absoluto. Cuando cuestionamos un libro canónico porque de verdad no comprendemos los motivos por los cuales ha llegado allí, o cuando al fin somos conscientes de que en la poesía no vale todo, aunque los epígonos, los faltos de talento, los advenedizos y los diletantes pretendan sostener lo contrario, estamos mostrándonos firmes en nuestros convencimientos derivados de una “buena” acción lectora.
Así que, además de para aquellos que no pueden concebir que sepamos si un libro merece la pena o no antes de leerlo, el trabajo de Berardinelli también va dirigido a quienes piensan que cualquier texto colocado en forma de poesía es poesía. Aquí entenderán los motivos por los que no es así. Y volveré sobre ello más adelante.
Y también, de paso, recomiendo el libro a esos lectores que suelen pensar que lo único determinante es el descubrimiento de la trama, esos que cuando ya conocen el final de antemano creen que la lectura ha perdido todo interés. No leemos por una mera cuestión utilitaria que desemboca en el pernicioso saber cómo termina un texto. Generalmente, unos y otros, los que opinan estas cosas, suelen ser los mismos lectores prehistóricos que encadenan el final de un libro con el principio de otro. No puede haber mayor error, desperdicio y pérdida de tiempo, si se realiza una lectura de esa forma, creyendo que cuando acaban un texto se ha terminado, definitivamente, ahí; cuando en realidad, al hacerse un hueco esa lectura en nuestro interior, entonces, está comenzando.
Berardinelli lo explica de la siguiente forma:
Pasan de un libro a otro, van siempre más allá y no rellenan mentalmente las cosas que han leído. No relacionan los libros entre sí. No reflexionan ni meditan sobre ellos. Sus mentes no están habitadas por las imágenes y por las ideas que han hecho entrar los libros en sus cabezas”.
Pero no solo es el lector quién se somete a un riesgo cuando encara un libro. También se arriesga el autor. Y no me refiero al evidente riesgo de someterse a la crítica, a gustar o disgustar, o aun peor, a dejar indiferente a quién lee. Para Berardinelli uno de los mayores riesgos que corre un escritor es el de ser estudiado, leído, como obligatorio en la escuela:
En la enseñanza, la literatura se presenta desde el principio como algo alienado y alienante, algo de lo que, por desgracia, se obtendrán resultados deprimentes y limitados, tanto desde el punto de vista de lo que es la literatura, como de lo que debería ser la enseñanza”.
Por ejemplo, cuando se utilizan los poemas de un autor
en la escuela para torturar a los estudiantes, obligados a dar con la interpretación adecuada, hasta hacer que, de entonces en delante, sientan náuseas tanto de esa cosa incomprensible y aburrida llamada poesía como de esos individuos a evitar que son los poetas”.
No puede ser más cierta esta conclusión. Basta mirar en nuestro depauperado sistema educativo, en el enflaquecimiento de las Humanidades y en lo que se estudia actualmente en bachillerato: ¿Acaso puede salir algún muchacho adorando a Garcilaso, o a Lope? El manoseo indecente al que fue sometido Lorcadurante mi época de escolar contribuyó de una forma determinante a que mis aproximaciones a este autor sean casi imposibles. Y menos mal que he superado la tremenda aversión que, en aquella época, desarrollé hacia la poesía en general. Afortunadamente, he podido enmendarme, pero me pregunto cuántos muchachos salen ya desgraciados para siempre de nuestras aulas, perdidos para la literatura.
En efecto, tal y como afirma Berardinelli:
Estudiar quiere decir apasionarse: en latín, studium es un empeño lleno de entusiasmo, es algo intensamente personal y subjetivo. Y la pasión requiere cierta libertad que la escuela no contempla”.
Por eso el efecto negativo es inmediato:
En la escuela, el libro de texto crea irrealidad cultural, inspira sumisión, antipatía, náuseas y desdén”.
Por lo tanto, se puede llegar a una triste y alarmante conclusión:
No hay cultura sin placer mental, no hay estudio sin pasión. De lo contrario, la gente enferma”.
Como producto de un sistema educativo perverso, yo pertenezco a esa legión de españoles enfermos de matemáticas e inglés, dos asignaturas que a puro de estudiarlas durante tantos años, de acompañarme, desmotivarme y frustrarme, se han convertido en enfermedades crónicas de mi ignorancia. Me temo que a otros muchos, la enfermedad de la literatura como pandemia los ha apartado definitivamente del negro sobre blanco.
Así que Berardinelli habla cargado de razón cuando asegura que:
las obras literarias no fueron escritas por sus autores para ser enseñadas y estudiadas, sino para ser leídas y releídas”.
Y apoyándose en esta afirmación, reformula el concepto de clásico literario, algo tan sobado por la crítica y sobre lo que no se consigue un acuerdo satisfactorio:
Quien lea un clásico debería ser tan ingenuo y presuntuoso como para pensar que ese libro fue escrito precisamente para él, para que se decidiese a leerlo”.
Pues bien: eso es un clásico. Exactamente eso.


Hay otros aspectos que hacen que la lectura sea un acto de riesgo, y uno de ellos es la desaparición de cierto tipo de mediación cultural a la hora de establecer criterios sobre las obras. Una desaparición producto de las tecnologías desbocadas, que ha sustituido unos criterios de autoridad por otros más dudosos:
La eliminación de la mediación, que tiene como fin valorar y juzgar, coincide con la omnipresencia de la mediación tecnológica, con el control y la explotación informática de todos los actos comunicativos(…) ya no existe el lector, sino un colosal hormiguero invisible, que interviene, corrige, conecta y cataloga sin descanso”.
Las últimas palabras que utiliza Berardinelli pertenecen a Roberto Calasso —como pertinentemente se encarga de advertir—, otra de esas mentes preclaras en cuestiones culturales. Aquí se están tratando cuestiones muy serias. Y estas prácticas pueden acabar, en una dictadura de mercado editorial y pensamiento único que conduzca a aquello que yo he denominado alguna vez como la literatura sin autores:
Hoy los editores se sienten tan hartos de los libros y de sus autores que sueñan con su abolición y caminan felices hacia la abolición de sí mismos, del trabajo y de la labor editorial”.
El segundo capítulo del libro, Intenet ya no es el paraíso, recoge artículos sobre la literatura en el mundo digital, partiendo un poco del espíritu planteado en la cita anterior. El libro y la lectura se ven seriamente amenazados por la dictadura de lo digital, que permite demasiada mediocridad y que otorga una visibilidad a escritores y trabajos abominables. En esa línea se encuentra lo mejor del libro, a mi entender, esa tercera parte de tremebundo título: ¿Fin de la poesía?
Otro visionario, Hans Magnus Enzensberger, determinó que la poesía moderna
no sólo hay que conocerla, sino también criticarla: ya no es posible separar la creación de la crítica”.
Los motivos de esta necesaria y continua lectura crítica poética son producto de un gravísimo problema actual. Nos advierte Berardinelli:
Si en la actualidad hay tantos poetas, se debe sobre todo al hecho de que creen que la poesía es un género literario sin reglas que no requiere que nadie tenga algo que decir (…) tanta libertad mal entendida ha liberado la poesía de un público de lectores y del juicio crítico, transformando en una tierra de nadie de libre acceso a un género que antes era considerado arduo hasta el ascetismo”.
Esta afirmación es demoledora, y explica las montañas de basura lírica que nos vemos obligados a soportar: poesías de advenedizos, de famosillos, de instagramers e influencers, de presentadores de televisión que, súbitamente, han encontrado la inspiración en el fondo de sus majaderías y nos la refrotan por la cara como si fueran genialidades.
En palabras del italiano:
Muchas antologías en circulación promocionan como escritores a una mayoría de escribientes, algo que impide que la poesía tenga un público de lectores exigente y competente. La gastronomía y el fútbol tienen este tipo de público, al igual que el ajedrez, el esquí o la vela. La poesía no. Su creatividad y valor no los experimenta quien la lee, sino que se dan por supuestos”.
Si aplicáramos una lectura verdaderamente crítica a los textos poéticos que leemos, descubriríamos que la mayor parte de quienes se dicen poetas no lo son porque, simplemente, no saben hacer poesía. Pero esta lectura crítica hoy casi parece imposible:
Hoy en día ni siquiera los críticos y los académicos saben decir si un texto poético es excelente, bueno, mediocre o banal”.
Entonces, tal vez sepan, estos poetas de lo obvio, que están fabricando humo. Pero tampoco sucede así. Cada poeta se considera originalísimo y el mejor del mundo. El autor del ensayo propone que:
lo primero que se le debería pedir a un poeta es que sea lo suficientemente crítico como para entender si lo que ha escrito y lo que escriben los demás es poesía o no es nada: si se puede leer o si ni siquiera espera, en realidad, ser leída”.
Me parece un imposible. En los muchos años que llevo impartiendo talleres poéticos he experimentado en mis carnes estos males poéticos, me he topado con aspirantes —llamémoslos así, aspirantes a poetas por no llamarlos cosas peores— que consideraban impresionantes hallazgos versos que afirman que el cielo era azul o los dientes perlas. Con criterios así, lo dicho, es imposible.
Visto lo visto, parece que la poesía está abandonada a su suerte, en manos de los fabricantes de lugares comunes y acaparadores de figuras de repetición. Además, la poesía soporta a un enemigo mucho más temible que estos diletantes con ínfulas de Bécquer:
El enemigo más temible e insidioso de la poesía es la propia poesía, o más bien, su idea, su mito, su tradicional nobleza: un valor que, sin razón aparente, continúa garantizado per se como excelente. Mejor aún: creo que en la actualidad los poetas se han convertido en los verdaderos enemigos de la poesía, escribiendo lo que escriben y poniéndose bajo el amparo y la protección de la nobleza de este género literario”.
Por eso, la poesía vaga sin rumbo, sin referentes ni personas que sean capaces de establecer criterios porque:
hoy el acceso a la poesía se ha liberalizado y democratizado. No hay maestros más que nada porque no se los tolera (…) A todo aquel que osa emitir juicios críticos y hacer comparaciones con el pasado se le mira mal, se le considera inoportuno, envidioso, rencoroso, enemigo de la vida y de la creación”.
Pues bien, desde aquí me declaro “inoportuno, envidioso, rencoroso, enemigo de la vida y de la creación”, tal y como lo es Alfonso Berardinelli. Tal y como afirma el italiano en Leer es un riegoLautréamont profetizó que un día la poesía estaría hecha “por todos”. Entonces,
“como efecto colateral, esa poesía hecha por todos acabaría convirtiendo la poesía en algo insignificante”.
Por tanto, el crítico, según las ideas desarrolladas por Berardinelli, debe verse obligado a “decir que poemas existen y cuales únicamente han tratado de existir”. Es decir, señalar que poetas son buenos y cuales, no es que ya sean malos, sino que simplemente no son poetas:
ser amable con todos los poetas pone en peligro a muchas personas que no consiguen ni leer ni hacerse leer. Es el mal público, o la carencia de público, lo que vuelve mala o insignificante a la poesía”.
Radiografía lucidísima de los tiempos actuales. Los peores tiempos para la lírica auspiciados por una crítica que “o bien se lo traga todo o bien guarda silencio”.
Berardinelli prosigue con su brillante análisis, no sólo poético, sino también narrativo de autores italianos en el capítulo dedicado a ellos: Italia, historia de un desamor, por donde desfilan EcoDanteElsa Morante o Pasolini, para concluir con un repaso a la literatura mundial en La tierra desolada, en donde tienen cabida Henry MillerJoyceT. S. ElliotBertolt Brecht, KoestlerOrwell o Foster Wallace, incluso Limónov, para desembocar, como no, en Don Quijote.


En definitiva, Leer es un riesgo es una lección de vida en derredor a toda una forma de interpretar la literatura, y para muestra, entre las recomendaciones que realiza a quienes quieran convertirse en críticos literarios, unas palabras hermosas y conmovedoras:
El verdadero crítico es un lector, un estudioso, un filósofo y un escritor. Es un crítico de la vida a través de la literatura, y un crítico de la literatura a través de la vida”.
Todas esas cosas, tantas cosas y tan importantes, caracterizan a un crítico literario, para que luego nos tomen tan a la ligera y con desprecio. Berardinelli es todo ello en este ensayo, mientras nosotros aprendemos de sus páginas, boquiabiertos ante un discurso tan cargado de razón.
Nos queda la esperanza de, algún día, poder aproximarnos a ser críticos en la forma en que afirma Berardinelli. La esperanza, eso es lo único que le queda a la literatura en estos días de infamia.