sábado, 4 de agosto de 2018

Reconstrucción-Antonio Orejudo (2)



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/8/2/el-libro-del-mes-reconstruccion-de-antonio-orejudo/

Título: Reconstrucción
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Tusquets
Número de páginas: 270
Año: 2005

Los poderes de la Gran Literatura

Reconstrucción, de Antonio Orejudo, posiblemente sea la mejor novela española que se haya escrito en los 18 años que llevamos de siglo XXI. Y esta afirmación no esta formulada a la ligera. Se trata de un texto apasionante, un ejercicio textual y narrativo de primera magnitud, además de rabiosamente entretenido.
Es verdaderamente complejo encontrar alguna otra obra que se le aproxime, al menos entre las firmadas por ese grupo de escritores consagrados que ha perdido el don de la inspiración y que nunca tuvo la gracia de la literatura, por mucho que editoriales y grandes grupos comerciales se empeñen en mentirnos para hacernos creer lo contrario.
Por ese motivo, la novela de Orejudo es tan impresionante; porque representa una forma de novelar ubicada a años luz del tedio habitual del novelista español de estos momentos: no se refocila en el aburrimiento facilón de temas sobre la Guerra Civil (cada vez más manoseada y enmohecida), no se desliza en una autoficción pedante y complaciente, tan vacía como irritante, y por supuesto no presenta los tics habituales de las novelas de esos autores consagrados que escriben con el piloto automático puesto y despreciando a sus lectores.
Todo en esta Reconstrucción de Antonio Orejudo es Gran Literatura. Un mosaico complejo y deslumbrante de una época histórica oscura, la Europa del siglo XVI, la Europa de la herejía de Münster: la primera parte del libro en donde se narra con detenimiento este suceso es de lo mejor que se haya escrito en los últimos años. Y después nos embarcamos en la búsqueda de Miguel Servet, esa indagación literario-detectivesca sobre el personaje y sobre su enconada relación con Calvino, en un retrato que hubiera fascinado al propio Stefan Zweig (de hecho el texto de Zweig de Castelo contra Calvino es uno de los motores inspiradores de la novela).
La pasión narrativa de Orejudo es contagiosa, y lo que puede parecernos a simple vista una mera novela histórica, monumental, pero novela histórica al fin y al cabo, es mucho más que eso: se trata de un libro con claves, escrito en un código literario repleto de guiños meta ficcionales, un delicioso trampantojo que oculta reflexiones sobre la propia escritura y la creación, sobre los motores de la ficción, en una especie de puzle en donde nada es lo que parece.
De esta forma, se conforma una de las mejores novelas españolas, un regalo para el lector que encontrara la recreación de un mundo fascinante atravesado, además, por ese peculiar sentido del humor de Orejudo, con esa pasión por construir personajes inolvidables e insertarlos en el marco de historias perfectas.
Reconstrucción es puro entretenimiento, además de un enorme homenaje al oficio de escritor y recompensa al empeño de los lectores que buscan obras de calidad. Sin duda, para Mi Nueva Edad, no se trata sólo del libro del mes, sino del libro más adecuado para un mes como el de agosto, una novela que puede viajar con nosotros, que soporta sin inmutarse las tardes de canícula, las mañanas playeras y hasta las paellas del tres al cuarto.
Un libro que sabe sobreponerse a la vulgaridad del veraneo e, incluso, a la chabacanería de esos selfis de pies chapoteando al borde de las piscinas. Tal es el poder de Orejudo, de Reconstrucción y de la buena literatura.

martes, 17 de julio de 2018

Glosas-Karl Kraus



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/glosas-de-karl-kraus-advertencia-ante-los-males-de-la-sobre-informacion/

Glosas de Karl Kraus: advertencia ante los males de la sobre información

Hace muchos años, pero muchos que son demasiados, realicé mi primera carrera: podemos llamarla de forma inútil y rimbombante como Ciencias de la Información, o decir que me hice, simple y llanamente, periodista. Entonces, ignoraba que estos eran unos estudios de carácter enciclopédico destinados a saber muy poco de mucho, para poder realizar un trabajo que estaba condenado a desaparecer con el paso del tiempo, tras una mutación en donde el periodismo se haría un harakiri con sus grandes firmas sectarias, sus becarios explotados y sus periodistas de carrera haciendo fotocopias y preparando cafés. Tampoco nos dijeron en aquella carrera ni una sola palabra, pero ni una sola, nada de nada sobre los grandes periodistas europeos que habían elevado la profesión casi a un mito (que como todo mito ahora es un cadáver). Me refiero a nombres como Egon Erwin Kisch, Joseph Roth o Karl Kraus. No, a ellos, como otras tantas cosas que no me enseñaron en aquella lamentable carrera, tuve que descubrirlos por mi cuenta.

No pretendo llevar a cabo ninguna reflexión en esta columna de El Odradek que tenga que ver con el desempeño en la actualidad del oficio periodístico, que muy bien podría hacerlo, sino comentar un libro que se ha publicado recientemente con el título de Glosas, y cuyo autor es uno de esos tres periodistas a los que me refería antes: concretamente el austriaco Karl Kraus.
En efecto, el libro titulado Glosas, editado por Ediciones del Subsuelo, y seleccionado, traducido y comentado en su epílogo por Adan Kovacsics, nos acerca el ingenio, el humor y la sátira de Kraus como elementos, instrumentos y armas al servicio de la crítica social. Porque las Glosas son una forma de fustigar, de meter el dedo en el ojo, de molestar e irritar al entorno vienés de la época mediante la crítica elegante e inteligente, pero a la par, demoledora.
Bueno, un momento, me dirá ahora el lector… ¿Quién diablos es este Kraus? La pregunta es muy pertinente, porque este intelectual es poco conocido, o casi nada, en el ámbito de lo hispánico. Karl Kraus es un escritor vienés de comienzos del siglo XX, que igual escribía novelas que aforismos, poesías o ensayos y obras de teatro, pero que se destacó en su faceta de periodista, concretamente como editor de La antorcha (Die Fackel), revista emblemática que se mantuvo activa desde 1899 hasta 1936.

 esos son muchos años de sacudir a diestro y siniestro, de forma incansable, de señalar, de acusar, de criticar y de buscar una regeneración del ámbito social: esa Viena, esa Austria, que abarcará desde el Imperio Austrohúngaro, pasando por el periodo de entreguerras y hasta el pavoroso auge del nazismo.
Mediante esta publicación, Kraus acusó la falsa moral de su época, atacó a los nefastos gestores y burócratas, especialmente en el terreno de la política económica, se metió con lo indigno de la cultura acomodada y, especialmente, inició su cruzada personal contra otros periodistas porque en la prensa radicaba, según él, el origen de todo, dado que ayudaba a fijar y alentar todos los males anteriormente expuestos.
Joseph Roth y Egon Erwin KIsch, ejemplos de periodismo combativo y de calidad:

Y la destrucción del lenguaje es el primer paso para obtener una plena descomposición social que permita campar a sus anchas a los advenedizos. Kraus entendía que esa prensa a la que atacaba furiosamente era la culpable del deterioro, por su laxitud en la redacción de los textos, por el poco cuidado, por la falta de atención y la corrupción del oficio que él intentaba mantener honrado y honroso en todo lo alto mediante el ardiente fuego de su Antorcha.
El olfato destructivo de Kraus es notable, no en vano, y en palabras de su traductor Adan Kovacsics, vertidas en una entrevista realizada por Carlos Fortea:
Kraus fue uno de los grandes escritores apocalípticos del siglo XX”.
Es decir, Kraus intuía el derrumbamiento que se aproximaba. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que el austriaco ya veía el problema inmensamente destructor que acarreaba el empobrecimiento del lenguaje. Una nación con un lenguaje devastado es una nación que está herida moralmente. Y la herida moral puede llevar, como de hecho llevó, a comportamientos aberrantes.
Karl Kraus no era ajeno a una intuición que fue una triste realidad: los sistemas totalitarios y tiránicos se apoderan del lenguaje, lo someten a su filtro, lo esclavizan colocándolo a su servicio y al de su propaganda, con lo que el lenguaje extravía por completo su significado primordial mutando en una antilengua.
Por ejemplo, la distopía escrita por Orwell es pródiga en ejemplos de procesos que conducen aldeslenguaje. Así, encontramos en las páginas de 1984 conceptos que luego han sido claves a la hora de formular una poética de la distopía como neolengua doblepensarcrimental, el hablar con graznidos a la manera de los patos, pathablar o cuaquear, sustentado todo ello en una Policía del pensamiento y por un Ministerio de la Verdad cuyos esfuerzos van dirigidos a crear un idioma reducido de palabras mediante la destrucción sistemática de los términos.
El lenguaje es un arma muy poderosa para el Estado, que intentará someterlo a sus intereses porque, tal y como afirma Kovacsics en la entrevista citada anteriormente:
El empobrecimiento del lenguaje es un problema moral, un problema político, existencial, estético. El lenguaje deja de conectarse con el pensamiento y con la experiencia, se torna automático, maquinal, recurre continuamente al tópico, el cual, según Kraus, mata la imaginación y la capacidad de sentir y de compadecerse”.
Imposible no establecer una comparación, llegados a este punto, con el proceso de establecimiento de la Neolengua que propone Orwell en 1984, basada en añadir prefijos, pero monótonos, simples, iguales, desgastados e inexpresivos, que sustituyen a toda una pléyade de adjetivos.
Aún se encuentran muchos más experimentos de idiomas totalitarios en la literatura de distopías; me refiero a textos como La naranja mecánica, de Anthony Burgess y Nosotros de Evgueni Zamiátin. En La naranja mecánica, una parte de los protagonistas, la parte más asocial, emplea un vocabulario denominado como nadsat, especie de jerga de los inadaptados, de aquellos que mediante la ultra-violencia están escapando al control estatal. En Nosotros, de Zamiátin, el lenguaje del Estado totalitario conduce a la deshumanización y al sometimiento.
Estamos, así, ante lo que el escritor rumano Norman Manea denomina y denuncia como la lengua de madera del régimen de Ceauşescu en su libro El regreso del húligan, o lo que el checo Ivan Klímacalifica de lenguaje yerkish en su novela Amor y basura. Los Estados totalitarios han conseguido igualar por abajo, con la pobreza de las expresiones de sus deslenguajes, todo el sistema político que controlan. No en vano, Norman Manea denomina a este lenguaje empobrecido el código de los cautivos. No cabe duda, podemos considerar el sistema totalitarista como un sistema sintáctico.
Kraus lucha contra este deterioro tan peligroso desde sus Glosas, un conjunto de textos breves que incluía en su Die Fackel y con los que pretendía llamar la atención sobre determinados aspectos de una forma muy concreta: el presunto avance tecnológico, ese progreso que también se ve reflejado en el acceso a la información, puede provocar una sobre información que acabe en deshumanización.
Sus Glosas son reflexiones sobre noticias que han aparecido en la prensa, pero algunas veces no necesita ni siquiera poner en marcha ningún discurso ni razonamiento, con tan solo copiar la noticia o una frase de una declaración, la glosa está compuesta, porque la barbaridad, lo cómico, lo atroz, se revela muchas veces por sí solo.
Adan Kovacsics.

Kraus, al estilo de Egon Kirsch, se basa en noticias de sucesos, de tribunales, en anuncios matrimoniales o de búsqueda de pareja, en los sucesos del día a día que aparecen en los periódicos y a los que la gente, normalmente, no presta demasiada atención. De hecho, ante la pregunta formulada a un escritor británico de novela negra acerca de sus fuentes para idear semejantes argumentos apasionantes, el escritor aseguró que todos los días dedicaba varias horas a leer la prensa, y siempre encontraba pequeñas noticias que eran un filón para sus novelas: pequeñas noticias que pasan desapercibidas para quienes no poseen ese espíritu periodístico casi detectivesco que era una de las cualidades de Kraus.
Con ese olfato, Kraus denuncia en sus Glosas, y en palabras de Adan Kovacsics, un progreso:
que no era un proceso evolutivo, sino una postura, una actitud que se caracterizaba por la estupidez, por la tendencia a tragarse cualquier cosa y por una mezcla absurda e irreflexiva de elementos hipermodernos y anticuados”.
Es como si nos estuviéramos definiendo ahora, generación del Iphone, de la posverdad y de las fake news, somos el grupo de personas mejor informadas de la historia y, por ello, las más expuestas a la mayor trama de desinformación que haya existido.
Y somos así porque nunca hemos sido mucho de escuchar. Los avisos han estado siempre ahí, aunque no hayan entrado a formar parte del temario, por ejemplo, de la carrera de Ciencias de la Información(tan rimbombante ella), en donde pueden pasar cinco años de estudio sin que se mencione a KrausRoth Egon Kisch, por citar tan solo a tres de los buenos que, indudablemente, hay muchos más.
Karl Kraus.

Karl Kraus es un completo desconocido para el lector español, tanto como lo es Egon Kisch y, un poco menos, Joseph Roth. Sin embargo, y también de la mano de Adan Kovacsics, la editorial El acantiladoya había publicado un compendio de artículos publicados en Die Fackel y la editorial Minúscula una colección de aforismos titulada Dichos y contradichos.



No en vano, Kovacsics comparte esta preocupación por la degradación del lenguaje que era determinante para Kraus; también, en El acantilado, apareció su interesantísimo Guerra y lenguaje, en donde Kovacsics analiza la metamorfosis del lenguaje hasta convertirse en un mero instrumento de propaganda capaz de influir sobre las personas de una forma trágica.
Por todo ello, debemos felicitarnos ahora por el suceso de que Ediciones del subsuelo, siempre fieles a publicar ensayos y autores con clara vocación de pensamiento, nos traiga estas Glosas de Kraus que, además de alertarnos y hacernos reflexionar sobre el antes y el ahora, el ayer y el futuro, son capaces, en muchas ocasiones, de pintarnos la sonrisa en la cara, e incluso nos permiten alguna que otra carcajada.
Esa es la gran virtud de la sátira bien entendida, bien ejecutada, y puesta al servicio de la inteligencia.

lunes, 9 de julio de 2018

Seda-Alessandro Baricco



*Esta reseña apareció en el sitio Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/7/3/el-libro-del-mes-seda-de-alessandro-baricco/

Título: Seda
Autor: Alessandro Baricco
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 125
Año: 1997

El espíritu del haiku

Todo lo que ocurre en Seda es como un hachazo de plumas. Todo lo que sucede en Seda es volátil, intangible, ligero y hermoso, liviano y delicado. Todo lo que ocurre en Seda es frágil y simbólico. Seda pasa por ser la obra maestra del escritor italiano Alessandro Baricco, y tal vez lo sea.
En Seda nos encontramos con una historia minimalista que encierra un extraño y tenaz triángulo amoroso, pero esto es casi algo anecdótico porque lo importante de la novela es la prodigiosa forma en que está escrita.
Baricco aúna en Seda dos artes milenarios del Japón: toma elementos del teatro Kabuki y del haiku, ese breve y complejo poema. De esa manera, el escritor intenta reflejar los aspectos de la poesía en su narrativa, pero no solo desde una escritura lírica o evocadora, cargada de simbolismo y delicadeza, sino también intentando imitar, además, las estrictas formas del haiku.
El haiku es un género bien complejo, aunque su brevedad extrema hiciera pensar al profano todo lo contrario. El compositor de haikus, el llamado haijin, debe escribirlos inmerso en un estado de perplejidad o deslumbramiento ante aquello que contempla. Ese estado se denominaaware.
Baricco, en Seda, intenta reproducir el espíritu del haiku en su forma narrativa —o al menos aproximar la narración hasta lo poético— y, además, trata de trasvasar esa idea, el estado de aware, a sus personajes, y no solo a ellos, también al lector. En esto radica el acierto del libro, en lo deslumbrante, colorido y rico, a pesar de la economía de recursos narrativos.
La novela es muy breve, pero alberga todo un mundo en su interior, un mundo en donde reina el imperio de la sinestesia, en donde los pájaros, los jardines, los estanques, se fusionan con el tacto sugerente de las sedas, con los paisajes nipones y con los gusanos de seda. Se conforma así un mundo delicado cuyo equilibrio se mantiene en la quebradiza base de un triángulo equilátero conformado por el viajero protagonista, su mujer y una muchacha japonesa de rasgos occidentales.
El misterio de aquella mujer, el rígido canon feudal, lo exótico de lo misterioso y lejano, son otras formas, formas que tiene Baricco, de penetrar en el alma humana para desentrañar sus misterios. Unos misterios que son delicados como las telas de Oriente, pero empedrados de hormigón. Así de contundente es la novela Seda: tal que un hachazo de plumas.

martes, 19 de junio de 2018

Moscú-Petushkí-Venedikt Eroféiev


*Esta reseña apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/literatura-empapada-en-licor-moscu-petushki-o-como-entender-rusia/

Literatura empapada en licor: Moscú-Petushkí o como entender Rusia


Pues sí, ya ha llegado el Mundial de Fútbol de Rusia. Una competición disputada en un país que para los europeos, la mayoría de las veces, resulta incomprensible. Rusia es una especie de culminación del absurdo, cualquier disparate puede ocurrir allí, por impensable que parezca. Además, su extensión, la enormidad de su topografía, lo convierten en un subcontinente inmerso dentro de un continente. A veces Europa, muchas otras veces Asia, generador de las más brutales revoluciones, propietario de los más sanguinarios estados represivos, amenaza de occidente, fantasma político… La idiosincrasia del inmenso territorio en donde estos días rueda el balón es un misterio complejo de comprender. Quizás, solo a través de algunas novelas, podamos aproximarnos a desentrañarlo.

Una de las obras que puede ayudarnos a comprender algo mejor el espíritu de aquello que la premio Nobel Svetlana Aleksiévich denominó como el “Homo Sovieticus”, y que yo no creo que esté extinto del todo, es Moscú-Petushkí (Marbot ediciones) del autor Venedikt Eroféiev. Se trata de la primera de las obras que descubrí tras la lectura de Limónov del francés Eduard Carrére.

n el interior de aquel texto fabuloso me topé con algunas obras que de inmediato llamaron mi atención: tres novelas del propio Limónov (Historia de un servidorHistoria de un granuja —ambas en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo— y Soy yo, Édichka —en Marbot ediciones, como la deEroféiev—) y la novela de Zajar Prilepin titulada Patologías —en Sajalín editores y la única que me falta por conseguir—.


Puedes consultar el artículo que escribí sobre Limónov aquí:
Esta columna de El Odradek de hoy responde, pues, a la primera de las lecturas derivadas de aquellos descubrimientos hallados en el trabajo de Carrére, que además viene aderezada por este inquietante Mundial de fútbol ruso.

Inquietante, en efecto, porque Rusia lleva un tiempo enviando complejas señales a la comunidad occidental. Y no me refiero ya a las acciones de Vladimir Putin (desde el gaseamiento del Teatro Dubrovka, pasando por los periodistas asesinados en plena calle y los ataques de polonio a la buena de Dios), sino a grupos ultras que organizan encarnizadas peleas de entrenamiento en los bosques rusos y que luego despliegan el pavor por Europa (recuérdese Bilbao hace bien poco, por ejemplo), o youtubersinfluencers que saltan desde las azoteas de los edificios para caer mansamente (y teóricamente) sobre la nieve, cuando no proponen retos de mayor peligro como aquella infame Ballena Azul que azotó a los jóvenes de la Europa desesperanzada.
Rusia es un país con aristas cortantes, si uno se aproxima demasiado acaba sangrando. ¿Queda algo en el ruso de hoy en día de aquellos personajes de TolstoiDostoyevski Chéjov? La sensación es que no. O, al menos, la Rusia de hoy en día está más cerca del descontrolado borracho protagonista de Moscú-Petushkí que de aquellos complejos personajes devorados por el rencor, lo pavoroso de sus almas y los remordimientos, del Ivan Ilich de Tolstói o del Raskólnikov de Crimen y castigo de Dostoyevski.
De entre muchas cosas que nos ha legado la Madre Rusia, una de ellas, que parece reproducirse en el botellón de nuestros jóvenes a pesar de que nunca hayan oído hablar de ella (quizás esto sea una cuestión de serendipia alcohólica) es el zapói, consistente en ponerse hasta las trancas durante varios días, perder el sentido, vagar por las calles y acabar a bordo de algún transporte público sin saber a dónde dirigirse, únicamente durmiendo la borrachera. Carrére en su Limónov lo define así:
Zapói es un asunto serio, no una curda de una noche que se paga, como en mi país, con una resaca al día siguiente. Zapói es pasar varios días borracho, vagar de un lugar a otro, subir en trenes sin saber adónde van, confiar los secretos más íntimos a desconocidos casuales, olvidar todo lo que has dicho y hecho: una especie de viaje”.
De esa forma, Moscú-Petushkí es la historia de un monumental zapói llevado a cabo en la Unión Soviética de Brezhnev, pero no como protesta ni como resistencia al régimen, simplemente porque forma parte de la tradición y de la forma de vida rusas. Conviene no olvidar que, actualmente, la esperanza de vida en Rusia es de tan solo 58,8 años, 16 años menos que de la de Europa. Si no hay vodka, cualquier veneno es decente para abrazar el zapói: colonia, antisépticos, incluso alcohol de 96º, ese que nosotros utilizamos para las heridas y que ellos, los rusos, emplean para cauterizar ese sentimiento llagado a mitad de camino entre Pedro el Grande y Stalin que los corrompe.
La novela de Eroféiev fue escrita entre los años 1969 y 1970. Distribuida clandestinamente en versiónsamidzat, finalmente vio la imprenta en Israel en el año 1973 y en París en el 1977. Tuvo que ser la perestroika de 1989 la que permitió que, al fin, se editase en territorio aún soviético (aunque ya le quedaba poco tiempo) en una versión abreviada que viajaba en el interior de una revista literaria.
Venedikt Erofeiev.

Su autor pudo disfrutar de este éxito, aunque malamente: Venedikt Eroféiev falleció en 1990 víctima de un cáncer de garganta con el que luchó durante cinco años, con el sufrimiento añadido de una agresiva operación. Tenía 52 años. Unos seis años por debajo de la media de vida rusa. Su segunda mujer se arrojó, tres años después de su fallecimiento, desde el piso 13 de un edificio de apartamentos en Moscú.
En una encuesta de no hace demasiado, un 10% de los rusos reconocían haber experimentado, al menos, un zapói durante el último año. De manera que extraviar la conciencia por causa del alcohol durante varios días es un acto meramente cultural en Rusia, algo común con lo que uno está acostumbrado a vivir. Por eso, la puesta en escena de la novela Moscú-Petushkí es cotidiana. La borrachera en la que ya anda sumergido el protagonista desde la primera página no se trata, narrativamente hablando, como algo sorprendente, sino como un asunto habitual, diríase que rutinario y casi aburrido.
Moscú-Petushkí es una línea de tren. Son dos estaciones de ferrocarril separadas por unos 125 kilómetros de distancia. Un viaje que comienza cerca de las murallas del Kremlin, que aparecen como una realidad odiosa e indeseable que el protagonista intenta abandonar de camino a la llamada Estación de Kursk, y que tiene su destino en ese Petushkí en donde una prostituta y un niño lo aguardan…, en teoría. Porque cuando uno se sube a un zapói todo pasa a ser relativo.
Uno de los aspectos fundamentales del relato de Eroféiev es el humor desplegado por su personaje. Un humor alcohólico que se desencadena en una verborrea tabernaria, desarticulada a veces, y que critica todos los aspectos de la sociedad; todo lo tritura, todo lo pasa por su maquinaria ácida e irónica, en una novela que es más bebida que narrada. Porque como Nicholas Cage en aquella infame película (¡ay esa cancioncilla de Amaral tan repelente!), el protagonista de Moscú-Petushkí bebe y bebe y bebe, y vuelve a beber, dejando al personaje de Cage en el de un mero aficionado del tres al cuarto.
La novela de Eroféiev resulta sorprendente por muchos motivos: de repente, aparecen unos gráficos sobre el consumo de alcohol de una brigada de obreros comunistas que otrora dirigía el protagonista, en una sátira de los gráficos de rendimiento de aquellas brigadas estajanovistas que buscaban cumplir con su cuota de trabajo, la llamada norma individual, y que aquí consiste en una ración de vodka diaria consumida con igual heroísmo socialista
Portada de una edición rusa de Moscú-Pestushkí.
El libro se estructura en capítulos que obedecen a los nombres de las estaciones que se encuentran a lo largo de la línea de ferrocarril (Hoz y Martillo, Karachárovo, Chujlinka, Saltikóvskaia, Zheleznodorózhnaia, entre otras paradas ilustres) y nos cuentan lo que le va ocurriendo a este santo bebedor entre parada y parada. Cualquier líquido alcohólico es bueno, como por ejemplo la colonia Frescor, para apagar una bestia que roe el interior de las entrañas del personaje, individualización de todo el colectivo que también soporta los arañazos de “el dolor universal”, algo que no es una ficción puesta en pie por los literatos, sino una realidad que el protagonista alberga bien adentro.
Todo tipo de brebajes para acallar ese dolor del hombre que se ha convertido en un esclavo de sus horas de trabajo y que, apenas se despierta, ya necesita empezar a beber algo. A lo largo del día ira mezclando aguardiente con cerveza, vodka, acabando con tragos de barniz, desodorante, laca de uñas, enjuague bucal, cola o pegamento, champú, todo tipo de lociones… Lo que se tenga más a mano cuando la desesperación apriete y ya no queden rublos en el bolsillo.
Novela de borrachera y gamberrada, donde el bebedor no encuentra una redención en su final demoledor (al contrario que el santo bebedor de Joseph Roth), que amarga el cuerpo del lector con una gran tristeza cómica y que puede ayudar a entender mejor la novela de Yuri Andrujovich, esa Moscoviada (El acantilado) reciente que rinde homenaje al texto de Eroféiev y en donde el zapói tiene lugar en un Moscú actual y en un viaje por su metro.

No cabe duda, la borrachera es atemporal, el zapói se alza por encima del tiempo, de los políticos y de los pueblos, para acercarnos su visión humorística, a menudo ridícula y esperpéntica, que termina por convertirse en el reflejo de los demonios que nos arañan por dentro.
Esos demonios son los que supo colocar Eroféiev en las páginas de su novela, hasta adormecerlos en una delirante y divertida borrachera que, como todas las borracheras, una vez terminada, nos deja un mal cuerpo insoportable porque lo que hemos leído nos muestra algunos de los peores aspectos del ser humano y nos hace pensar que, quizás, para empezar a comprender a los rusos deberíamos buscar las respuestas en el fondo de un vaso.

lunes, 18 de junio de 2018

La literatura admirable-Varios autores (dir.Jordi Llovet)


*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/la-literatura-admirable-una-habitacion-con-vistas-a-la-lectura-inteligente/

La literatura admirable: una habitación con vistas a la lectura inteligente

La editorial Pasado & Presente ha publicado recientemente un libro qué es muchos libros a la vez. La literatura admirable es un volumen compuesto por 54 pequeños ensayos que son análisis literarios llevados a cargo por 44 firmas eruditas. La interpretación segura y lúcida de estos expertos nos aproxima a las obras que comentan desde una perspectiva que de inmediato nos hace conectar con el libro expuesto (no puedo decir reseñado porque los artículos son trabajos filológicos de gran calado que alcanzan mucho más allá de la mera reseña). El volumen, con el inteligente subtítulo Del Génesis a Lolita, está coordinado por el catedrático de Literatura Comparada, entre otras muchas cosas, Jordi Llovet. La importancia del compendio de libros, autores y críticos que se han reunido aquí me ha llevado a reflexionar sobre este texto y sus múltiples significados en esta columna de El Odradek.

Porque este libro de libros es una continua manera de abrir ventanas a la lectura, porque cada capítulo es el balcón de una habitación que nos permite asomarnos a un genio literario, a una obra inmortal, a un texto determinante a la hora de configurar la historia intelectual de la humanidad. Puede leerse del tirón o utilizarse como libro de consulta, uno puede posarse en el análisis de una obra o de un periodo completo. Esta es una de las mejores virtudes de La literatura admirable.

El primer acierto del libro radica ya en ese subtítulo al que me refería anteriormente: Del Génesis a Lolita. Los que hemos estudiado Literatura Comparada tuvimos la oportunidad de entender la Bibliacomo un relato literario y como un todo, como un libro que ha influido en el resto de las obras que se han escrito posteriormente. Por ello, si el volumen de la editorial Pasado & Presente buscaba reunir las grandes obras que se han escrito, obligatoriamente debía comenzar por la Biblia, entendida como un desbordante compendio de historias, tradiciones y leyendas literaturizadas.
Pero antes del capítulo dedicado a la BibliaJordi Llovet nos ofrece una sabrosa introducción. Nos presenta el volumen como un festín de la lectura, de la literatura, al que todos estamos invitados. Son textos que han configurado, con su gran influencia, nuestra forma de pensar y de entender la ficción, la magia de la narración de las historias, a lo largo de los siglos. Pero todo lo que aquí se recopila y se comenta, que es mucho, no tiene voluntad de ser un canon de obligado conocimiento, sino una propuesta de descubrimiento. Es muy posible que, tal y como afirma Llovet:
quizá sea siempre el lector singular, no las revistas ni los sesudos académicos, quien mejor puede elaborar un canon gracias a su pasión lectoras y su capacidad de discernimiento”.
Las obras maestras que se comentan en este volumen lo han sido gracias a los lectores:
No es nunca el autor quién hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector. Lector ceñido, con finura, con parsimonia, con el tiempo y una ingenuidad armada (…) Solo él puede conseguir la obra maestra, exigir la particularidad, el cuidado, los efectos inagotables, el rigor, la elegancia, la perdurabilidad, la reanudación. Pero este lector, cuya formación y cuyas fluctuaciones deberían constituir el verdadero tema de la historia de la literatura, se está muriendo”.
El compendio de lecturas que se estudian demuestra que:
Occidente ha dado al mundo entero una literatura de enorme valor, y que este valor no fue vigente solo en el momento en que se publicaron los libros respectivos, sino que alcanza a todas las generaciones del pasado, presente y porvenir”.
Tal es la importancia de lo que alberga esta literatura admirable.
Los textos que se reúnen en el volumen son el producto de una idea de literatura comparada totalizadora, esa que tenemos todos aquellos que la entendemos así gracias a los estudios comparativos. Llovet demuestra que su comparatismo es de pura cepa al afirmar que:
el discurso de la literatura constituye un curso fluvial con algunos meandros, corrientes subterráneas y saltos de agua, pero ningún pantano: todo fluye constantemente —en especial desde la aparición de la imprenta a mediados del siglo XV y también a partir del auge de las traducciones entre las distintas lenguas de Europa— y todo hecho literario reproduce, condensa y modifica una larga tradición”.
Sentadas así las bases y el sentido de los libros elegidos, el volumen comienza con su primera parte, Las literaturas clásicas, compuesto por seis análisis de otros seis textos imprescindibles.
Jordi Llovet, el director del volumen.

El primero de ellos, que como ya he argumentado ha sido elegido con gran criterio comparatista, es la Biblia; la Biblia como artefacto literario de gran influencia, algo que puede sorprender al lector profano, pero no a quienes hemos estudiado literatura comparada. La Biblia nos parece decisiva a causa de la sombra que proyecta sobre el desarrollo de temas, motivos y tradiciones a lo largo de la producción posterior de los textos de ficción.
Solo hay que pensar en el Libro de Job (una narración propia de las mejores novelas, aprovechada por Joseph Roth, por ejemplo) o en El cantar de los cantares (y su adopción posterior por genios poéticos como San Juan de la Cruz). Y qué decir de la sombra del Apocalipsis sobre la literatura actual, en las novelas de ciencia ficción o de la posmodernidad.
Porque en la pequeña introducción que Llovet hace a esta parte de literaturas clásicas, determina que:
Hay algo que define a los clásicos, y esto es la enorme influencia que ejercen, y siguen ejerciendo, en la producción de la literatura posterior a su época. Tanto la Edad Media (…) como las épocas moderna y contemporánea acusan la impronta de aquellas literaturas antiguas, las cuales, pues, pueden ser consideradas el punto de partida de una larguísima tradición, viva todavía. La Biblia, omnipresente en la literatura europea, constituye uno de los principales substratos de Moby Dick, de Melville, por ejemplo, como la Odisea constituye el trasfondo de Ulises de James Joyce”.
La influencia de Ovidio en Shakespeare, la de Píndaro o Sófocles en Hölderlin o Rilke significan que:
el curso de la literatura es una vasta y no acabada tradición que toma sus modelos, o los subvierte, a partir de los modelos forjados por los autores clásicos”.
Además de la Biblia, en esta parte desfilan los artículos sobre la imprescindible Odisea de HomeroLas Bacantes de Eurípides, la compleja extrañeza de la Eneida de Virgilio, ese alfa y omega de la literatura que son las Metamorfosis de Ovidio —auténtica leche proteica literaria—, y la obra en prosa de Luciano de Samósata, esos Relatos verídicos aquí comentados por una eminencia en la materia como es Carlos García Gual y que son, en palabras de Llovet:
uno de los puntos de partida de la tradición narrativa y ficcional de la prosa medieval, moderna y contemporánea”.
La segunda parte de La literatura admirable nos aproxima obras de Las literaturas de la Edad Media: ocho textos de una importancia capital como lo son El Caballero del León de Chrétien de TroyesTristán e Iseo, la Crónica de Ramón Muntaner, esos tres libros determinantes y monumentales que han modelado nuestra idea de la ficción y de la poesía moderna, me refiero a la Comedia de Dante, el Cancionero de Petrarca El Decamerón de Boccaccio, junto a los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer y La Celestina de Fernando de Rojas —magníficamente glosada por un maestro de la magnitud de Francisco Rico—.
Prestemos atención por un momento a esa trinidad literaria italiana. Nos encontramos ante uno de los núcleos decisivos de las obras compendiadas en el libro. Son tres autores y tres textos que tienen gran parte de culpa de que seamos como somos, de que nuestros anhelos de ficción vuelvan, una y otra vez, a buscar esos mismos motivos que nos hacen felices cuando leemos. Beatriz y Laura nos han ayudado a configurar un tipo de amor lírico que forma parte de todos nosotros, mientras Boccaccio ha tenido gran parte de culpa en la estructura moderna que presentan muchas de las mejores novelas que conocemos.
Dante, Petrarca y Boccacio:





La Época Moderna es la tercera parte del libro. Aquí tenemos 11 artículos para 14 obras que han sido importantísimas a causa de la proyección que han llevado a cabo sobre nuestra literatura actual. Orlando furioso de Ludovico Ariosto (analizado por el gran experto Raffaele Pinto), la primera piedra de la novela moderna en nuestro crucial Lazarillo de Tormes (de nuevo disfrutamos de la mirada de Francisco Rico), tres obras de Shakespeare —HamletEl Rey LearAntonio y Cleopatra—, Don Quijote de la Mancha (visita obligada, más aún si se nos muestra de la mano de Domingo Ródenas), lasFábulas de La FontaineLa Princesa de Cléves de Madame de LafayetteRobinson Crusoe de Daniel Defoe (por Fernando Savater), esa distopía fundamental que son Los viajes de Gulliver de Jonathan SwiftManon Lescaut de Antoine-Françoise Prevost, el tan desternillante como profundo y sorprendente Cándido de Voltaire, y Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos.
Uno de los legendarios grabados de Gustavo Doré para ilustrar El Quijote.

Este recital de talentos y obras deslumbrantes deja paso a la conocida como Época Contemporánea, que es la parte que mayor número de textos aporta al volumen: un total de 29 obras estudiadas y que abarcan desde las Baladas líricas de Wordsworth Coleridge, los Cuentos fantásticos de E.T.A Hoffmann, pasando por la poesía de LeopardiEugenio Oneguin de Pushkin, Dickens y Los papeles póstumos del Club Pickwick (analizada por Jordi Llovet), BalzacMoby DickCharlotte BrontëMadame Bovary y FlaubertBaudelaire y Las flores del mal (leídas por Gonzalo Pontón), Dostoyevski y Crimen y castigoTolstói y Guerra y Paz, hasta los Relatos de Chéjov, la poesía de Darío (comentada por Luis Alberto de Cuenca), El difunto Mattia Pascal de Pirandello (de nuevo por el genial Raffaele Pinto), Joyce y DublinesesProust En busca del tiempo perdidoEl proceso yKafka o Virginia Woolf, MusilFaulknerBorges (sus Ficciones analizadas también por Llovet), Nabókov y su LolitaRulfo y Pedro PáramoItalo Calvino…, entre otros, terminando de una forma muy original y acertada: con El cuaderno gris de Josep Pla, un compendio de inteligencia e imaginación que muy bien podría calificarse como el destilado de todas las obras comentadas anteriormente.
Josep Plá, propietario de una visión de la realidad cargada de inteligencia y humor.
Desde luego, en La literatura admirable casi son todos los que están, porque la selección de obras comentadas es magnífica, aunque, obviamente, se echan de menos algunos títulos. Y soy consciente de la enorme dificultad a la hora de seleccionar obras para un volumen de estas características. Simplemente, yo habría cambiado El proceso de Kafka por La transformación y Nuestros antepasados de Calvinopor Si una noche de invierno un viajero… Simplemente, me parecen más determinantes.
Habría dejado fuera, porque me parecen obras sobre valoradas por la crítica acomodada (sí, lo sé, esto que afirmo es un sacrilegio según para quién, pero llevo con resignación mi cruz), El gran Gatsby de FitzgeraldPedro Páramo de Rulfo y la Lolita de Nabókov (aunque entiendo su función provocativa al colocarla en el subtítulo del libro junto a la Biblia).
Quizá las hubiera cambiado por Berlín Alexanderplatz de Döblin, por El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias o por El tambor de Hojalata de Grass. También habría añadido algo de Cortazar, pero solo se trata de mis gustos, porque en esto de confeccionar listas literarias, o pseudo cánones, nos ocurre como con el fútbol, que en cada español hay un entrenador: pues en cada lector convenientemente informado y formado se alberga un Harold Bloom.
El poeta Luis Alberto de Cuenca se encarga de traernos la poesía de Rubén Darío.
Mucho y muy bueno nos ofrece La literatura admirable, que todavía tiene espacio, en sus casi 700 páginas, de regalarnos una guinda a quienes gustamos de las cosas bien hechas y de los apéndices bibliográficos. Se nos presenta un compendio de las mejores ediciones en español de las obras tratadas, así como de los estudios más relevantes que se han llevado a cabo sobre dichos textos. El resultado es casi el de una biblioteca ideal compuesta por las mejores ediciones posibles, incluso de la obra en su versión original.
Porque esa es la magnífica sensación que queda al leer La literatura admirable, la idea de que los libros comentados deben de estar, obligatoriamente, en nuestra biblioteca, y si es posible, todos ellos leídos, dado que conforman la mayor colección de saberes y ficciones que haya podido alumbrar la humanidad.
Pasado & Presente ha editado un libro necesario para acercar algunos títulos no tan conocidos al lector ávido de asomarse a nuevos mundos literarios que, sin embargo, llevan esperando ahí desde hace siglos. Sólo era necesario que alguien pusiera la atención sobre ellos.
Esa es la mayor virtud de este libro: cuando lo cierras necesitas salir corriendo a una librería para comprarte todos los títulos que aparecen en él, desterrando del plan de lecturas personal la literatura de consumo y las mesas de novedades destinadas a exhibir los productos del capitalismo literario.
Simplemente, La literatura admirable vuelve aún más inteligentes a los lectores.