jueves, 27 de julio de 2017

Las babas del Diablo (relato)-Julio Cortazar


Cuando el diablo enreda con las leyes de la física

Ya el primer párrafo de Las babas del diablo daría para un extensísimo trabajo desde la perspectiva de la narratología, sobre los puntos de vista del narrador y las diferentes voces a emplear en un relato. Sin embargo, lo que me interesa de este principio, es su declaración cuántica, porque en estas siete líneas que arrancan el cuento ya se presentan los principales elementos de la narrativa cuántica: diferentes perspectivas que conviven a la par en planos y mundos que se superponen. Y una persona que puede ser, al mismo tiempo, una y varias, o todas y ninguna. Los many worlds cuánticos, las posibles alteraciones de una historia que producen sus variaciones en otros planos de otras realidades.

Por lo tanto, es necesario dictaminar con urgencia desde donde, desde qué lugar, nos habla el narrador. He consultado algunos estudios sobre el relato antes de afrontar mi propia interpretación, y me ha sorprendido la incapacidad de los analistas para darse cuenta de lo obvio: el protagonista refiere toda su historia una vez muerto, desde el interior de la foto que él mismo ha tomado. Y el elemento determinante para alcanzar esta sencilla conclusión son las referencias continuas a las nubes que pasan y que insistentemente contempla discurrir sobre su cabeza.

En un análisis algo chusco, se afirma infantilmente que el hombre ha muerto y está en el cielo a causa de esas nubes que aparecen… Seamos serios: la visión de esas nubes se produce porque el narrador ha mutado en el propio tiro de cámara —esta dinámica de la mutación es uno de los elementos de la narrativa cuántica—, y su visión es la del objetivo, el encuadre que vislumbra desde su posición cadavérica: tumbado boca arriba en el suelo del parque. Y mientras contempla el cielo, y los pájaros, cuenta la historia y la forma en que ha terminado así. Por tanto, nos encontramos ante un narrador-Schrödinger, tal que el gato cuántico, unas veces vivo y otras muerto, dependiendo del lugar en donde incida nuestra mirada de lectores.

Porque nuestra lectura resucita a Roberto Michel, de igual modo que la culminación del relato termina por matarlo, por convertir su voz, que en principio podría parecernos la de un ser vivo, en el discurso de un muerto, No en vano, el propio narrador se califica como tal, afirma que está muerto pero a la vez vivo, por lo que nos topamos con un narrador cuántico en toda la extensión de la palabra. Y la observación del relato, al igual que la recolección de datos en el experimento de la caja de Schrödinger, es la que hará que unas veces esté muerto y otras vivo.

El tiempo y el espacio del relato son el siguiente elemento cuántico de la historia: se trata de una narración circular, al estilo de Continuidad en los parques, en donde los límites del principio y del final se engarzan, formando un todo, un continuo sobre el cual podemos depositarnos, igual dará el punto, dado que el tiempo que reproduce la historia es eterno y con su final se regresa al principio. Se trata pues, de un espaciotiempo cuántico. Además, existen una mezcla de tiempos en la narración, que permite diferentes líneas: el tiempo del narrador, el tiempo de aquello que sucede en el interior de la fotografía, el tiempo en el que el muerto nos relata lo sucedido y que viene marcado por las nubes y los pájaros que pasan… Los bandazos temporales hacia adelante y hacia atrás moldean el tiempo en un pasapresenturo determinante.

Todo este collage temporal trae un conjunto de saltos en donde la concepción normal que poseemos de lo temporal se quiebra en mil añicos. Se pasa, bruscamente, de una narración aparentemente retrospectiva a unos sucesos que, según el protagonista, acaban de suceder, “casi ahora mismo”, lo que nos hace pensar que su entrada en el interior de la fotografía —y su posterior asesinato a manos del conductor del automóvil— son algo inmediatamente anterior y, por ende, el relato está siendo emanado desde el cadáver en el mismo instante de caer abatido. Y el asunto parece complicarse cuando afirma: “uno baja cinco pisos y ya está en el domingo”, en referencia a la forma en que el tiempo transcurre de una forma en una parte de su piso, y de una manera diferente en otra, aunque lo que Cortazar quiere demostrarnos es la capacidad de moverse a su antojo por las líneas temporales del relato y colocarse donde quiere, un mes atrás, o mil veces en la mañana en que se tomó la foto.

Una foto que cambia a causa de la alteración a la que la somete la mirada del fotógrafo, que desencadena diferentes variantes de la historia en distintos mundos, con tiempos y cadencias diferentes. Habrá una realidad en la que Roberto Michel tome la foto y se marche a su casa, y que el joven sea seducido y entregado por la mujer al hombre del coche, que termine por hacer con él lo que guste. Pero en otras variaciones, el joven huye, o la mujer recrimina algo al fotógrafo, y en muchas de ellas, mediante la actuación del protagonista, el muchacho escapa a su funesto destino. La acción de Roberto es un efecto mariposa que altera el continuo espacio-temporal y genera cientos de realidades diferentes sobre el mismo tema, variantes cuánticas de espacio y tiempo con desenlaces diferentes.
E incluso, genera variantes dentro de la misma fotografía, una vez que Roberto accede a su interior, alterando el tiempo de la foto con consecuencias palpables: puede aparecer o no una hoja en una de las esquinas; cada acto de Roberto Michel desencadena una variación de la historia.

Finalmente, el protagonista, convertido en el propio tiro de cámara, se inserta en la foto que ha colgado en su casa, y tras una nueva intervención que salva al muchacho de caer en manos del corruptor de menores, se produce su asesinato a manos del hombre del automóvil, entiendo que estrangulado. En otros planos temporales sucederán otras cosas, pero en ese tiempo y momento fotográfico insertado en otro tiempo mayor, que es el de la narración, Roberto Michel a muerto y su cadáver permanece varias horas (de nuevo, el tiempo) tirado sobre el parque. Incluso la lluvia cae sobre él.

El relato aglutina diferentes elementos para quien quiera aproximarse a él desde una perspectiva cuántica: el espaciotiempo, la narración laberíntica, el cierre circular, los diferentes tiempos y líneas temporales, el  multiperspectivismo, y un relato que se narra en un pasapresenturo determinante. Además, presenta la fractalidad del mundo de la foto que representará una parte exacta de otro mundo mayor, que será el de una de las realidades en donde sucede toda la historia. Es un cuento caleidoscópico, con desdoblamientos de los personajes en diferentes momentos (en la primera de las realidades o en los interiores de la foto), que incluye una dinámica de la mutación cuántica al convertir al protagonista en la propia cámara fotográfica, o al menos sus ojos serán los encuadres de la Contax.


Valgan estos apuntes como una forma de llevar a cabo un enfoque diferente del relato y como un apunte del profundísimo análisis cuántico que de Las babas del diablo puede realizarse.

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