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lunes, 21 de agosto de 2017

Una playa de septiembre-Sofía González Gómez


*Esta reseña apareció, originalmente, en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/cliches-sonrisas-una-playa-septiembre-sofia-gonzalez-manual-neo-tristeza-virtual/

Clichés y sonrisas: Una playa de septiembre, de Sofía González, manual de neo-tristeza virtual.


La editorial La Isla de Siltolá acaba de publicar un intenso libro de relatos breves titulado Una playa de septiembre, de Sofía González Gómez. El dolor y la soledad de lo cotidiano en este mundo moderno, algo que podría definir como el mal del siglo XXI — jugueteando con aquel mal du siècle modernista—, llenan las páginas de unas historias incómodas para el lector, cargadas de tristeza.

Decía Julio Cortazar, en sus recomendaciones sobre las virtudes que debía poseer un relato, que la historia debía lanzarte un puñetazo directo al mentón. Lo que te golpea en las narraciones de Sofía González no es un puñetazo, se parece más a una patada en el estómago, y ocurre al final del texto. Una y otra vez se cierran los relatos con un certero impacto de amargura que genera un inmediato malestar en el lector. De esta manera, la autora conforma un universo erizado con el que impregna todo el libro.

Fue el antropólogo francés, Marc Augé, quien acuñó el término de no-lugar para referirse a sitios por los cuales pasamos de forma transitoria o circunstancial; en donde se suman los anonimatos de cada individuo para crear una cierta identidad compartida durante el tiempo en que uno se encuentra inmerso en ellos. Son no-lugares los aeropuertos, los hoteles, los trenes…, y un no-lugar que tiene una relevancia especial en la narración de Sofía González, es el metro.

Porque será el metro, como material narrativo para la autora, un ejemplo mayúsculo de no-lugar en donde el individuo desarrolle toda la parafernalia de la incomunicación mediante la adopción de una falsa identidad compartida con el resto de los viajeros. Así, la presencia de este escenario resulta determinante para mostrar el mal de soledad que aqueja al individuo del siglo XXI.

El metro como esclusa, que vomita al personaje desamparado en medio de la ciudad, o el metro como inclusa, que absorbe a la persona para integrarla en su marasmo momentáneo. Lo que sucede en esos vagones, con el ir y venir de la gente, es un riquísimo botín para un novelista, que no puede resistirse a imaginar y elucubrar sobre las vidas de los viajeros. Eso hace la autora en el relato Todos los novios de mi vida, entablando una conversación literaria con el cuento titulado La novela del tranvía, del mexicano Manuel Gutierrez Nájera. Tal y como se afirma en el cuento Estatua de sal, “el metro es un vagón de sorpresas”.

La percepción aguda de la narradora va interpretando algunos de los signos que puede leer en las caras de los viajeros, aquello que denotan sus gestos, lo que puede inferirse de las lecturas que llevan bajo el brazo. Pero todo se encuentra virado en el color sepia de la tristeza, los viajeros se mueven de forma automática, empantanados en sus rutinas diarias. Son, como dijo Roberto Arlt en su novela Los siete locos: “cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”.

En efecto, de los relatos de Sofía González se desprende ese mal del siglo XXI que nos azota. El mal de la tristeza, porque la literatura de nuestra época es una literatura de la tristeza, o mejor dicho, una narrativa de la neo-tristeza. Después de la Segunda Guerra Mundial, la literatura intentó responder a la cuestión de la identidad del hombre por encima de otros asuntos. Los conflictos, la barbarie, habían acabado por provocar un profundo desarraigo en la condición humana. La llegada de la post-modernidad sublimó este concepto de la identidad, focalizándolo en el “yo”. Ahora no se trataba de buscar la respuesta identitaria sobre el hombre en general, sino centrándola en la individualidad de cada uno. Pero tras la post post-modernidad, esto ha cambiado.

La literatura del siglo XXI ya ha encontrado esa identidad del “yo” desarraigado. Se trata del hombre triste, poseído por un sentimiento de tristeza universal que ya no tiene solución. Dentro de esa tristeza, se produce un intento de enmascaramiento, que lleva a que los individuos adopten diferentes identidades en función del no-lugar en el que se encuentren. Eso conduce a lo que denomino neo-tristeza, porque se ampara en las nuevas tecnologías que, casi siempre, contribuyen a multiplicar el sentimiento de soledad.

Una playa de septiembre trata, fundamentalmente, de esto. Y lo refleja con una nitidez descarnada. Diríase que es un desolador álbum de miserias humanas, en donde la impostura y las máscaras tratan de disimular toda la angustiosa soledad que nos gobierna. No en vano, el libro se inicia con un relato titulado Compra-venta de identidad. No podía ser de otra forma. Es toda una declaración de intenciones de la autora, una advertencia del catálogo humano que va a desfilar por las páginas, amparadas en lo que tildo como costumbrismo tecnológico.

Las redes sociales han contribuido a que se puedan deformar las identidades y que una persona se haga pasar por diferentes roles en función del escenario tecnológico en el que actúe. La ficción y la realidad se trasvasan de un lado a otro, y ya no somos capaces de saber con quién estamos tratando. El sentimiento de distanciamiento e inhumanidad se amplifica. Una muestra de esta impostura de las relaciones humanas lo ejemplifica el uso del correo electrónico en el relato que da título al libro, Una playa de septiembre. Los comportamientos cibernéticos obedecen a los mismos resortes que se repiten una y otra vez, y las relaciones por email, por ordenador, que aparecen el libro, son una disección de las costumbres de nuestra era.

Por ello, la autora se aproxima mucho a dos corrientes literarias: el costumbrismo galdosiano y el realismo clarinesco —y Galdós, por cierto, también tiene una Novela en el tranvía—. El compendio de relatos se esfuerza en mostrarnos el comportamiento rutinario y ritual de los tristes tecnológicos, unido a la disección y amplificación de la ciber vida cotidiana. No es casualidad que nos encontremos con una referencia a la película Her, uno de los filmes más fríos e incomodos que he visto en mi vida, en donde la falsa realidad de la tecnología se convierte en algo desesperante y agotador.

Muchas veces creemos que ya conocemos a alguien gracias a la relación que hemos establecido por Internet, también por la imagen rápida que ha querido que consumamos, y no le damos demasiado tiempo a que ratifique esas impresiones, o a que las desmonte, tras un atribulado primer encuentro en persona. Acertadamente, la autora formula esta frase que parece una sentencia de nuestros tiempos: “el azar no le dejó tiempo suficiente para construir lo real”. Pero, ¿qué es lo real en un entorno en donde, para conocer a alguien, una de las protagonistas de los relatos asegura que tiene que “desvirtualizarlo”?

Además del vagón de metro, otros no-lugares cotidianos aparecen como escenario de estos encuentros desnaturalizados. Uno especialmente notable, cargado de meta referencias, es la sala de cine. El relato Fila 8, asiento 4, abunda en este sentido, pero pone también el foco en otro aspecto enfermizo de nuestra sociedad hiper modernizada: la sobre culturización, el exceso de estímulos que nos bombardean, obligándonos a vivir en un caldo de consumo inmediato que no permite tomar un instante de reflexión. El arte, la cultura, se consumen y se arrojan a un lado, para abalanzarnos sobre la siguiente propuesta. Las predicciones de Walter Benjamin al respecto de la pérdida de aura de la obra de arte reproducida se han cumplido plenamente.

Especialmente sensible a esto es el relato Vértigo, ambientado en una exposición sobre Alfred Hitchcock. Las exposiciones, las salas de los museos, nuevos espacios que incorporar a los no-lugares que, además, provocan comportamientos impostados de algunos asistentes que buscan ofrecer una imagen bastarda. El acelerado consumo cultural e intelectual obliga a crear toda una red de mentiras. En este sentido, algunas partes de Una playa de septiembre, incluso en su estructura y forma de mostrar los fragmentos de realidad, entroncan con la más que interesante obra del polaco Adam Soboczynski, El arte de no decir la verdad (Anagrama).

De esta manera, en este libro la cultura aparece como un campo de batalla en donde librar las relaciones humanas, y se aporta un nuevo no-lugar: el congreso de literatura. Un sitio de intercambio en donde cada uno va a lo suyo, en el que se bombardea con sobre cultura a los asistentes, y en donde las relaciones humanas que florecen son vacías y de compromiso. Algo parecido a lo que ocurre en otro no-lugar sorprendente que aparece en el texto y que, de no ser por el tratamiento que le da la autora, jamás se me habría ocurrido catalogarlo como tal: el piso de estudiantes compartido. Un espacio en donde la mentira y la ficción vital alcanzan sus cotas máximas. Como se afirma en el relato Estatua de sal, flotamos en un mundo que se reduce a “clichés y sonrisas”.

Además, el texto de Sofía González propone una interesante reflexión meta literaria. Ante los pasajeros del vagón de metro, o la lectura de un email de una persona que todavía no conoce, la narradora del libro elabora continuos retratos en su cabeza, imagina acontecimientos, sucesos y comportamientos de la vida cotidiana de esos seres. Lamentablemente, las expectativas se desmoronan una y otra vez, porque la ficción siempre se impone a la realidad en cuanto al atractivo. “Ya estaba construyendo historias que probablemente no ocurrirían jamás”, apostilla; es la máxima de la creación literaria.

En cierto sentido, la sociedad moderna obliga a que los individuos se creen una vida paralela ficticia, es decir, literaturizan su existencia bajo una especie de síndrome de Petrarca de perfil bajo. No es que busquen convertir sus vidas en literatura de una forma consciente, pero sí que las ficcionalizan hasta cotas insoportables. Todo acabará, así, por ser un libro que estamos escribiendo… ¿Encontraremos lector? Si te interesa saber más sobre este síndrome, puedes consultarlo aquí:


Sofía González nos muestra el mundo como constructo, como representación. Es ese Gran Teatro del Mundo calderoniano, donde todo es un sucedáneo, incluso la muerte. Para hacer desaparecer a alguien de nuestras vidas tan sólo necesitamos “bloquearlo en nuestra aplicación de redes sociales. Esta es la muerte nueva y remozada, moderna y cibernética, tan acorde con la neo-tristeza del mundo en el que creemos vivir y en donde precisamente eso, la tristeza —junto con el dolor profundo—, parecen ser los únicos sentimientos veraces.


Demasiado horror moderno para nuestros corazones, ya sean como “una playa de septiembre”, tal y como reza un verso de Miguel D´Ors, o un cazador solitario, en palabras de Carson McCullers. Son los dos últimos relatos del libro, el tristísimo 2 de noviembre de 2016, y el tremendo Vida de provincias, con un desenlace que oprime al lector como si se le hubiera colocado un yunque sobre el pecho, la rúbrica desesperanzada a un trabajo narrativo que es un compendio de todas esas afrentas modernas para las que ni la literatura podrá servirnos de defensa. Al fin y al cabo, la literatura se corporeiza en libros, en textos tangibles que exigen de su tiempo para ser leídos: lo más anacrónico e innecesario en estos tiempos de angustias fugaces y dolores profundos.

jueves, 27 de julio de 2017

Las babas del Diablo (relato)-Julio Cortazar


Cuando el diablo enreda con las leyes de la física

Ya el primer párrafo de Las babas del diablo daría para un extensísimo trabajo desde la perspectiva de la narratología, sobre los puntos de vista del narrador y las diferentes voces a emplear en un relato. Sin embargo, lo que me interesa de este principio, es su declaración cuántica, porque en estas siete líneas que arrancan el cuento ya se presentan los principales elementos de la narrativa cuántica: diferentes perspectivas que conviven a la par en planos y mundos que se superponen. Y una persona que puede ser, al mismo tiempo, una y varias, o todas y ninguna. Los many worlds cuánticos, las posibles alteraciones de una historia que producen sus variaciones en otros planos de otras realidades.

Por lo tanto, es necesario dictaminar con urgencia desde donde, desde qué lugar, nos habla el narrador. He consultado algunos estudios sobre el relato antes de afrontar mi propia interpretación, y me ha sorprendido la incapacidad de los analistas para darse cuenta de lo obvio: el protagonista refiere toda su historia una vez muerto, desde el interior de la foto que él mismo ha tomado. Y el elemento determinante para alcanzar esta sencilla conclusión son las referencias continuas a las nubes que pasan y que insistentemente contempla discurrir sobre su cabeza.

En un análisis algo chusco, se afirma infantilmente que el hombre ha muerto y está en el cielo a causa de esas nubes que aparecen… Seamos serios: la visión de esas nubes se produce porque el narrador ha mutado en el propio tiro de cámara —esta dinámica de la mutación es uno de los elementos de la narrativa cuántica—, y su visión es la del objetivo, el encuadre que vislumbra desde su posición cadavérica: tumbado boca arriba en el suelo del parque. Y mientras contempla el cielo, y los pájaros, cuenta la historia y la forma en que ha terminado así. Por tanto, nos encontramos ante un narrador-Schrödinger, tal que el gato cuántico, unas veces vivo y otras muerto, dependiendo del lugar en donde incida nuestra mirada de lectores.

Porque nuestra lectura resucita a Roberto Michel, de igual modo que la culminación del relato termina por matarlo, por convertir su voz, que en principio podría parecernos la de un ser vivo, en el discurso de un muerto, No en vano, el propio narrador se califica como tal, afirma que está muerto pero a la vez vivo, por lo que nos topamos con un narrador cuántico en toda la extensión de la palabra. Y la observación del relato, al igual que la recolección de datos en el experimento de la caja de Schrödinger, es la que hará que unas veces esté muerto y otras vivo.

El tiempo y el espacio del relato son el siguiente elemento cuántico de la historia: se trata de una narración circular, al estilo de Continuidad en los parques, en donde los límites del principio y del final se engarzan, formando un todo, un continuo sobre el cual podemos depositarnos, igual dará el punto, dado que el tiempo que reproduce la historia es eterno y con su final se regresa al principio. Se trata pues, de un espaciotiempo cuántico. Además, existen una mezcla de tiempos en la narración, que permite diferentes líneas: el tiempo del narrador, el tiempo de aquello que sucede en el interior de la fotografía, el tiempo en el que el muerto nos relata lo sucedido y que viene marcado por las nubes y los pájaros que pasan… Los bandazos temporales hacia adelante y hacia atrás moldean el tiempo en un pasapresenturo determinante.

Todo este collage temporal trae un conjunto de saltos en donde la concepción normal que poseemos de lo temporal se quiebra en mil añicos. Se pasa, bruscamente, de una narración aparentemente retrospectiva a unos sucesos que, según el protagonista, acaban de suceder, “casi ahora mismo”, lo que nos hace pensar que su entrada en el interior de la fotografía —y su posterior asesinato a manos del conductor del automóvil— son algo inmediatamente anterior y, por ende, el relato está siendo emanado desde el cadáver en el mismo instante de caer abatido. Y el asunto parece complicarse cuando afirma: “uno baja cinco pisos y ya está en el domingo”, en referencia a la forma en que el tiempo transcurre de una forma en una parte de su piso, y de una manera diferente en otra, aunque lo que Cortazar quiere demostrarnos es la capacidad de moverse a su antojo por las líneas temporales del relato y colocarse donde quiere, un mes atrás, o mil veces en la mañana en que se tomó la foto.

Una foto que cambia a causa de la alteración a la que la somete la mirada del fotógrafo, que desencadena diferentes variantes de la historia en distintos mundos, con tiempos y cadencias diferentes. Habrá una realidad en la que Roberto Michel tome la foto y se marche a su casa, y que el joven sea seducido y entregado por la mujer al hombre del coche, que termine por hacer con él lo que guste. Pero en otras variaciones, el joven huye, o la mujer recrimina algo al fotógrafo, y en muchas de ellas, mediante la actuación del protagonista, el muchacho escapa a su funesto destino. La acción de Roberto es un efecto mariposa que altera el continuo espacio-temporal y genera cientos de realidades diferentes sobre el mismo tema, variantes cuánticas de espacio y tiempo con desenlaces diferentes.
E incluso, genera variantes dentro de la misma fotografía, una vez que Roberto accede a su interior, alterando el tiempo de la foto con consecuencias palpables: puede aparecer o no una hoja en una de las esquinas; cada acto de Roberto Michel desencadena una variación de la historia.

Finalmente, el protagonista, convertido en el propio tiro de cámara, se inserta en la foto que ha colgado en su casa, y tras una nueva intervención que salva al muchacho de caer en manos del corruptor de menores, se produce su asesinato a manos del hombre del automóvil, entiendo que estrangulado. En otros planos temporales sucederán otras cosas, pero en ese tiempo y momento fotográfico insertado en otro tiempo mayor, que es el de la narración, Roberto Michel a muerto y su cadáver permanece varias horas (de nuevo, el tiempo) tirado sobre el parque. Incluso la lluvia cae sobre él.

El relato aglutina diferentes elementos para quien quiera aproximarse a él desde una perspectiva cuántica: el espaciotiempo, la narración laberíntica, el cierre circular, los diferentes tiempos y líneas temporales, el  multiperspectivismo, y un relato que se narra en un pasapresenturo determinante. Además, presenta la fractalidad del mundo de la foto que representará una parte exacta de otro mundo mayor, que será el de una de las realidades en donde sucede toda la historia. Es un cuento caleidoscópico, con desdoblamientos de los personajes en diferentes momentos (en la primera de las realidades o en los interiores de la foto), que incluye una dinámica de la mutación cuántica al convertir al protagonista en la propia cámara fotográfica, o al menos sus ojos serán los encuadres de la Contax.


Valgan estos apuntes como una forma de llevar a cabo un enfoque diferente del relato y como un apunte del profundísimo análisis cuántico que de Las babas del diablo puede realizarse.