martes, 18 de julio de 2017

Hijos de la Stasi-David Young



*Esta crítica apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/hijos-la-stasi-david-young-novela-negra-lograda-clave-historica/


Hijos la Stasi, de David Young: novela negra de lograda clave histórica

Hijos de la Stasi (HarperColins Ibérica) es una novela de género negro escrita por David Young. La obra ganó el prestigioso premio CWA Historical Dagger en 2016, galardón que otorga la British Crime Writer´s Associaton a la mejor novela negra “histórica”. Con mucho bueno, especialmente en el terreno de la ambientación en la Alemania del Telón de Acero, el trabajo de Young también está aquejado de algunos de los males generales que presenta la novela negra actual, pero el conjunto es el de una lectura positiva.

Tal y cómo nos informa el autor en una explicativa nota final, alrededor del seis por ciento de los colaboradores de la Stasi —el Ministerio para la Seguridad del Estado en la RDA— eran menores de 18 años. El número total de informantes, es decir, chivatos, delatores, vigilantes de sus vecinos, denunciantes de sus propios padres o hermanos, también cotillas o, simplemente, miserables en manos del devenir de la Historia, el miedo, los chantajes y las presiones, era de 173 mil. Prácticamente, cada persona tenía su pareja, su equivalente que lo espiaba. Me viene a la cabeza Es cuento largo, la novela de Günter Grass, un retrato agotador del informador pegado a su presa.

Todo en el discurso de Young nos hace entender que uno de los objetivos de este Hijos de la Stasi es, en efecto, denunciar esos métodos de reclutamiento y espionaje llevados a cabo por el Gobierno de la RDA, que incluso extorsionaba a los más jóvenes, lo que convierte el asunto en más infame aún, si cabe. Sin embargo, me da la sensación de que el intento reivindicativo queda en eso, sólo en intento, o que tiene mucha más carga utilitaria que otra cosa. Porque inmerso en una buena narración, por momentos brillante y con nervio, y en una trama algo tramposa pero muy efectiva, la presunta denuncia con la que el autor busca cargar la novela, se diluye.

Y el asunto no es nuevo, ni privativo de la RDA. A la cabeza me viene el caso de Pável Mozorov, mártir de la Unión Soviética porque con tan sólo 13 años de edad se le ocurrió denunciar a su padre a la Policía Política de Stalin por alta traición al Estado. El asunto terminó con la ejecución del progenitor. La familia, conmocionada, se vengó en el joven, al que asesinó. Una historia sobre la que pesa el yunque de la duda, la prostitución propagandística con la que fue empleada por el aparato del estalinismo, y la eterna duda de si fue verdadera, falsa, o completamente diferente. En cualquier caso, demuestra que las prácticas de vigilancia llevadas a cabo por menores no eran algo nuevo en la RDA, sino una forma de operar muy común en cualquiera de las policías comunistas. En la Rumania de Ceaucescu, las escuelas especiales de reclutamiento y formación de agentes crueles y despiadados se nutrieron con gran parte de los huérfanos producto del terremoto de 1977. Resultaron ser los más leales al Conducator, los más implacables y sanguinarios de todos.

Pero Young aún pretende destacar otra denuncia emergente de su texto. Como él mismo aclara en la nota a la que me refería más arriba, grandes empresas como IKEA utilizaron para el embalaje y procesamiento de sus productos la mano de obra de prisioneros políticos de la RDA durante los años 70 y 80. Parece ser que un informe de una auditoría confirmó, hace relativamente poco, que la empresa sueca estaba al corriente de la infamia, lo que llevó al director general de la casa de muebles en Alemania a pedir perdón de forma pública. Una circunstancia que recuerda a otros escándalos, como los de IBM, Porsche, Kodak, la General Motors o Siemens, que se aprovecharon de mano de obra esclava utilizando los prisioneros judíos del Reich de Hitler.

En cualquier caso, los reclutamientos de menores y el empleo de prisioneros políticos, dos reivindicaciones legítimas, quedan diluidas en la narración de Young. Al lector le da la sensación de que, estos motores ideológicos de la historia, se pierden, o han sido traídos de los pelos. Porque la novela es mucho más que eso, y su autor le hace un flaco favor con su nota final, o eso creo, centrando el foco en estos asuntos.

La narración de David Young es sólida, bien construida, perfectamente ensamblada y, durante tres cuartas partes del texto, ordenada y brillante. Un ejercicio luminoso de novela negra, soportada en una ambientación de cinco estrellas y con algunos personajes magníficamente fraguados que alcanzan más allá del estereotipo de buenos y malos, algo tan característico del género, y al que no escapan otros actantes de Hijos de la Stasi. Afortunadamente, Young ha entendido bien cuál es su punto fuerte, y de este tipo de personajes hay más que de los planos y utilitariamente maniqueos. El autor se esfuerza por pintar unas líneas muy difuminadas en los actores claves de la novela, con unos límites borrosos que los vuelven terriblemente atractivos.

Luego, está el asunto de la maraña de la trama, en donde se nos van proporcionando algunas pistas, como una forma de aumentar la intriga, que nunca se resolverán. No digo que esto no se deba hacer, es un recurso lícito, pero a mí no me agrada. Siguiendo la teoría del clavo de Chejov —eso que sostuvo de que si un clavo aparece en una narración es porque el personaje, al final, debe colgarse de él, es decir, que todo lo consignado en el texto debe obedecer a un motivo narrativo—, en la novela negra soy de la opinión de que todos los hallazgos o pistas necesitan de una aclaración posterior o, de lo contrario, no deben existir. El libro de Young cuenta con dos o tres engaños relacionados con este asunto. Aumentan el misterio, ayudan al clímax en un momento determinado, desde luego, pero después decepcionan un poco al lector, al no hallar en el texto una explicación convincente a los enigmas.

Lo que salta a la vista, y está bien claro, es que la novela ha sido merecedora de un premio relacionado con la escena histórica, y en eso, el libro es más que notable. El trabajo de ambientación de la narración en el Berlín de la RDA no es algo sencillo, y Young lo resuelve con precisión y realismo. De hecho, esta novela negra se diferencia de otras novelas negras en eso, en el montaje de un entramado, de una escenografía que aquí es más propia de una novela histórica.

Por ello, y el mensaje lo hago extensivo a todas las editoriales en general, hay que cuidar un poco más los paratextos. En la nota de contraportada se insiste en la correspondencia del libro con la película La vida de los otros, y eso le hace un flaco favor a la novela, y por supuesto al lector, a quien predispone para encontrarse con algo que luego no será así en absoluto. Ambas obras, la novela y la película, tienen en común la RDA. Aquí se terminan las coincidencias.

Y lo mismo sucede con ese insistente martilleo acerca de que la novela de Young nos recuerda a Philip Kerr. Entiendo que la referencia anunciada deberán ser las novelas del detective Bernie Gunther, pero salvo la coincidencia de escenarios y tiempo político (y eso no ocurre nada más que en alguna de las novelas de Kerr) el libro se aleja de su estilo. Una recomendación a los lectores: obvien los paratextos, o tengan la seguridad de que están escritos por personas que o no han leído la novela que recomiendan, o que no han entendido nada.

Hijos de la Stasi es una novela negra con hechuras, una narración que va mucho más allá de la novela de entretenimiento, de la novela de aeropuerto o piscina en la que se suelen convertir este tipo de libros. Trepidante de principio a fin, se resiente en su parte final porque desmenuza su orden y método en un desenlace apresurado y predecible; tal vez demasiado embarullado, pero que como gran virtud nos deja un amargor inquietante al ofrecernos un cierre pesimista, oscuro, y que salva del posible desastre al desaliño, impropio del ejercicio narrativo que Young nos había ofrecido antes.

Porque, tal y como están los tiempos literarios, dado el cariz enfermizo del momento narrativo, el acto de no cerrar un libro con un enfado monumental y con la sensación de que nos han tomado el pelo y hemos dilapidado nuestro valioso tiempo, ya es motivo por el cual debemos contentarnos: al menos por ahora, y hasta que las cosas cambien y pongan en su sitio los libros de farsantes, los de presentadores de telediario metidos a literatos catódicos o los de famosillos cocainómanos con fiebres narrativas —un lugar en los vertederos o, si no quieren que sea tan duro, en uno de esos bonitos puntos verdes de reciclaje—.


jueves, 13 de julio de 2017

El Palacio de los Sueños (2)-Ismaíl Kadaré


*Esta reseña apareció originalmente en el sitio minuevaeadad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/7/5/el-libro-del-mes-el-palacio-de-los-suenos/

Título: El Palacio de los sueños
Autor: Ismaíl Kadaré
Editorial: Cátedra
Número de páginas: 232
Año: 1981

¿Literatura albanesa? ¿Pero eso existe? Entendería que muchos se hicieran esta pregunta al leer la reseña de una novela de un autor albanés, del mejor autor albanés de la historia, y de uno de los novelistas fundamentales del siglo XX y parte del XXI; y además, candidato eterno al Nobel, premio Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2009 y ganador del prestigioso Man Booker Internacional. Estas credenciales son más que suficientes para responder a la pregunta: Sí, existe la literatura albanesa. Y El Palacio de los sueños, una de sus cumbres, es una de las novelas claves de finales del siglo XX.
Ismaíl Kadaré desarrolla su narrativa inmerso en el abismo del terror de un Estado totalitario y sanguinario: la Albania comunista de Enver Hoxha. Escribir, y tratar de ir en contra de los preceptos del realismo socialista, significaba jugarse la vida. El Palacio de los sueños es una de las apuestas más arriesgadas de Kadaré, que lo colocó al borde del desastre. La obra fue censurada durante siete años y Kadaré acabó seriamente amenazado por el Régimen. ¿Qué representaba esta novela para resultarles tan peligrosa a los dirigentes del Partido Comunista de Albania?
El Estado totalitario es un engranaje que tritura a los individuos, incluso controlando sus pensamientos: porque el Palacio se encarga de recolectar, estudiar, clasificar e interpretar, los sueños de todos los súbditos del Imperio. Necesita encontrar, entre ellos, los que denuncien futuras conspiraciones para que así puedan ser reprimidas antes de que ocurran; nada puede ser más arbitrario. Tal y como sucedía en el Régimen de Enver Hoxha, un sistema erigido a golpe de sospechas, consolidado con juicios sumarísimos y asesinatos. Esa es la denuncia que ejerce Kadaré en esta novela repleta de símbolos y situada en el Imperio Otomano durante sus tiempos de ocupación de Albania como escenario para, así, establecer una comparación, sin nombrarlo, con el Régimen albanés. Kadaré construye uno de los mayores alegatos contra el totalitarismo comunista, sin mencionar ni una vez al tirano, ni a Stalin, ni a la Unión Soviética, ni a nadie.
Esto es posible porque la novela de Kadaré alcanza mucho más allá, cargada con unos componentes kafkianos y oníricos demoledores. El texto entronca con el imaginario sobre el control de las masas desplegado por George Orwell en su obra 1984. El tema de las novelas de Kadaré siempre gira en torno a la alienación del individuo dentro de una sociedad, la mayoría de las veces zarandeado por reglas tan inhumanas como incomprensibles. En el seno de la distopía se inserta un funcionario, Mark-Alem, que hará carrera en el Palacio, recorriendo todos los estamentos y aprendiendo de las prácticas para descifrar los sueños indeseables. El sistema opera con una malignidad repulsiva y aterradora.

Por todo ello, El palacio de los sueños fue una novela muy peligrosa para su autor, un texto con el que los integrantes de la inteligencia política del Estado de Enver Hoxha se sintieron amenazados. Esta novela, que merece ser calificada como una obra maestra de Kadaré —y no es la única, afortunadamente—, es también la mejor forma de trabar conocimiento, gracias a un texto fascinante, absorbente e inquietante, con una de esas literaturas marginales que encierran obras y autores mayúsculos. Y, por supuesto, la manera en que, una vez descubierto por el lector, Kadaré lo acompañe ya para siempre, con la excelencia de su obra y el descomunal grito de su denuncia.

lunes, 10 de julio de 2017

Arthur Koestler: Nuestro hombre en España-Jorge Freire


Arthur Koestler y el síndrome de Petrarca: la vida como representación literaria


      
               *Esta reseña apareció en el sitio web achtungmag.com:

                http://www.achtungmag.com/arthur-koestler-sindrome-petrarca-la-vida-ficcion-literaria/


No resulta sencillo escribir una biografía sobre Arthur Koestler. Todo en su vida fue vehemente, excesivo, y por momentos, inabarcable. A él debemos una novela importantísima, El cero y el infinito (ediciones Debolsillo), y la visión moderna de la figura del esclavo rebelde Espartaco, gracias a su novela La rebelión de los gladiadores (Edhasa). Encontrar una clave para aproximarse a un personaje tan complejo es todo un desafío para el escritor que desee ahondar en la personalidad de Koestler. Y Jorge Freire, con su libro Arthur Koestler: Nuestro hombre en España (Alrevés), halla la manera de hacerlo no sólo de una manera notable, sino que además nos regala un libro rabiosamente entretenido y absorbente.

Francesco Petrarca, el poeta laureado del siglo XIV, vivió por y para la literatura. Entendió que la mejor obra literaria radicaba en convertir su propia vida en una obra de arte: un precursor de Oscar Wilde a la italiana, un modernista del medievo al estilo de José Asunción Silva o Julio Herrera y Reissig, quienes hicieron por cumplir con la máxima del poeta polaco Tetmajer y el grito de su canto Eviva l´arte! De esa forma, Petrarca respiraba literatura, vivía literatura, dejaba a su paso, como un caracol literario, un rastro de versos y palabras rimadas. Cada gesto, cada acción, estaba pensada de antemano con la vista puesta en la inmortalidad poética.

Tanto quiso perfeccionar esa vida consagrada a la construcción del arte que, Petrarca, aparte de copiar la idea de Dante y Beatriz con su amada Laura, falleció justo cuando iba a cumplir los 70 años. Muchos somos de la opinión de que esa muerte tuvo bastante de provocada, en aras de cerrar o cumplimentar un ciclo de vida perfecto. Después, han sido muchos los autores que han intentado trasvasar sus vidas a la ficción, haciendo de ellas una especie de novela con la intención de ganarse la inmortalidad. Esto es lo que he denominado como el síndrome de Petrarca.

Cuando un estudioso pretende abordar la biografía de un escritor notable, debe ponerse, de inmediato, a desbrozar la tremenda hojarasca de mentiras y dobleces que el autor suele crear a su alrededor. Es patológica la necesidad de los escritores por sentirse como un personaje de sus obras, de intentar imitar a Petrarca esparciendo el humo de la confusión para desdibujar algunos de los aspectos fundamentales de sus biografías. En el caso de Arthur Koestler, es un problema mayúsculo.

Toda la vida de Arthur Koestler está sometida a un prisma de impostura, que el propio autor se encargó de plasmar en sus escritos autobiográficos. La naturaleza cambiante de sus ideales, capaz de abrazar hasta las heces una ideología y, después, la contraria, y la convulsa situación geopolítica que le tocó vivir, han hecho del trabajo de Jorge Freire para el libro Arthur Koestler: Nuestro hombre en España, una tarea de Sherlock Holmes. Ha tenido que recurrir a otras fuentes que no dependían de la palabra del propio autor, para así poder aproximarse a la verdad de algunos de los hechos más importantes. Y como muestra, la extensa y exacta bibliografía de referencia que ofrece al final de sus páginas.

De esa forma, y gracias a la tarea de investigación, Freire ha tenido el olfato del excelente periodista o del veterano detective, y ha sabido localizar y ubicarse en el punto fundamental de la biografía de Koestler. Se ha depositado con delicadeza sobre el momento crucial de su vida, aquél en donde todo virará, se escorará y dará un cambio. El instante de iluminación en mitad de la mayor oscuridad humana, el punto sobre el cual se apoyará la posterior producción literaria y personal del autor. Porque ya nada será lo mismo para Koestler tras su detención en Málaga y su encarcelamiento en el franquista penal de Sevilla. Allí, penderá sobre él la posibilidad de una condena a muerte, mientras contempla cómo muchos presos republicanos son torturados y ejecutados: tres meses de cárcel y la cercanía de la muerte, un drama humano que tiene los efectos de una epifanía; algo, por cierto, muy literario.

El mundo de la creación artística está repleto de obras de arte que se crearon a partir de ese súbito fogonazo inspirador, de la visión de un segundo crucial en la vida del escritor que lo cambiará todo. De entre todos ellos, dos son mis favoritos: la estancia en una sucia pensión londinense de Johan Georg Hamman, el llamado Mago del norte, que desde 1757, y hasta el verano de 1758, permanece encerrado y angustiado en un cuartucho, fracasada su misión comercial —por llamarla de alguna manera, aunque era un tejemaneje político— que debería culminar con la venta al mejor postor de ese extraño territorio llamado Könisberg. De la experiencia, acicateada por la febril lectura de la biblia, surge un hombre nuevo. La otra epifanía a la que me refiero es la de un joven funcionario amargado de Praga, que durante la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912 escribe, en apenas ocho horas, su relato La condena. Desde entonces, y habiéndose demostrado así mismo que podía hacerlo, la vida de Franz Kafka ya no será la misma. Acababa de nacer para la literatura.

Al estilo de Hamman, de Kafka, y de tantos otros, Arthur Koestler experimenta una profunda transformación durante su estancia en el penal de Sevilla. Desde ese instante revelador, ya no será el mismo. Es el cimiento vital del Koestler que más admiro, el autor de El cero y el infinito. Pero mostrar de una forma aislada ese acontecimiento lo dejaría desprovisto de gran parte de su sentido e importancia. Por ello, Jorge Freire alterna en su libro dos planos temporales. Uno, que podríamos denominar de falso presente, en el que describe de forma bien documentada y con unos magníficos tintes novelescos los momentos que abarcan desde la detención de Koestler en Málaga —excelentes son las páginas que reflejan la llamada desbandá del ejército republicano o de lo que quedaba de él, tristemente conocida, también, como la masacre de la carretera Malaga-Almería del 7 de febrero de 1937, y en la que fueron asesinados miles de civiles que huían de la caída de Málaga en manos franquistas— hasta su liberación del penal sevillano, pasando por los delicados primeros momentos del ingreso en prisión con los temores y angustias del escritor a medida que van pasando los días, a medida que contempla como las condenas a muerte y los paseillos se suceden con los presos que se encuentran a su alrededor. En él va fraguando un carácter distinto a su persistente optimismo: desde ahora contemplará las cosas con el prisma de la amargura y con ciertos tintes de derrota.

El segundo plano temporal que se combina con el falso presente del Koestler ubicado en plena Guerra Civil, son los capítulos biográficos y lineales de la vida del autor que abarcan desde su nacimiento, incluso con noticia del noviazgo de sus padres, hasta el mismo momento de la detención. Entonces, las dos líneas temporales ya convergen para convertirse en una vía única. Este recurso de bicefalia narrativa, que alterna los espacios y los tiempos, proporciona a la biografía de Freire un aire novelesco y ágil que cristaliza en un trabajo vertiginoso y enormemente entretenido. Y además, hace comprensibles ciertas actitudes y comportamientos de Koestler, al poderlos contemplar desde la visión global que nos ha proporcionado el conocer su recorrido vital hasta el penal sevillano, a la par que leemos cómo está siendo su estancia en dicha cárcel. Esta es la clave del emocionante disfrute que nos ofrece este libro.

Después, los acontecimientos tras ser puesto en libertad se suceden. Evidentemente, había que dedicarle espacio y párrafos a El cero y el infinito, pero sin duda, lo mollar de la biografía de Koestler, ya ha sucedido. Ahora, solo nos queda por contemplar los bandazos ideológicos del autor, y yo creo que, además, cierto sentimiento de desarraigo que germina en el espíritu de Koestler. Un desarraigo que será una seña de identidad de la sociedad superviviente de las dos Guerras Mundiales, amén de una marca literaria de la novela posterior a los años 50 del pasado siglo.

Finalmente, porque no podía ser de otro modo en un hombre aquejado por el síndrome de Petrarca, Koestler se suicida asediado por una terrible enfermedad. Y lo hace en compañía de su tercera esposa, Cynthia, 21 años menor que él. Al parecer, fueron encontrados por una española, Amelia Marino, que acudió a la casa del escritor en Londres para hacer limpieza. La pareja había consumido barbitúricos y alcohol, y Koestler aún se encontraba con una copa en la mano. Sin duda, una puesta en escena cargada de dandismo y, por qué no decirlo, de petrarquismo.

Evidentemente, el suicido de Koestler, fiel a lo excesivo y turbulento de su vida, no podía asemejarse al de Cesare Pavese, por ejemplo, que murió solo en una habitación de un hotel de Turín, tras atiborrarse con 16 envases de somníferos. Resultaba mucho más literario el seguir los pasos de Heinrich Von Kleist, que se suicidó de un disparo a orillas del lago Wansee junto a su amada Adolfine, o el escenario del propio Stefan Zweig en Petrópolis, inerte en la cama y abrazado a su segunda esposa Lotte, ambos víctimas del mordisco del veneno.


Jorge Freire ha comprendido esto a la perfección y ha elaborado una biografía literaria de un personaje que exigía semejante tratamiento. Nada menos que literatura, eso pone Freire en pie, un trabajo que se empapa y suda literatura. Es la única manera de retratar a una de esas figuras que vivieron y sufrieron el siglo XX hasta que se le tatuó a fuego en la piel. Y Arthur Koestler no se merecía menos de un libro como este.

martes, 27 de junio de 2017

Respuestas de la tierra-Ronald Campos


CASTILLA VISTA CON OJOS TROPICALES

*Esta reseña apareció en el sitio de pensamiento poético, Blog Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/06/16/castilla-vista-con-ojos-tropicales-respuestas-de-la-tierra-de-ronald-campos/

Cuando la poeta Montserrat Doucet le envió a un Miguel Delibes, ya enfermo y retirado de la literatura, su poemario Paisajes hacia lo hondo, el escritor vallisoletano le respondió con una carta en la que afirmaba, con una sentencia no exenta de nostalgia, pero también con algo de rabia: “Otro libro de Castilla. La arruinada Castilla madre de pueblos”.
            En efecto, una Castilla desolada, áspera y dura, tal y como habitualmente la han visto los poetas, desde Machado a Juan Ramón Jiménez, pasando por Unamuno y Claudio Rodríguez. Y Delibes no era ajeno a que en el poemario de Montserrat Doucet esta visión tensa, de una tierra incómoda y cuarteada, continuaba con la tradición.
            Ronald Campos, en su poemario Respuestas de la tierra, también se ha ubicado sobre las tierras castellanas para mostrarnos su mirada poética. En ese sentido, abraza toda la cosmovisión lírica anterior, pero, de repente, la Castilla que aparece tras el tamiz de sus versos es una región bien distinta a lo poetizado hasta ahora: porque Ronald Campos observa Castilla con ojos tropicales.
            La Castilla como región poética, amasada por Ronald Campos en Respuestas de la tierra, es una tierra repleta de sorpresas que se le revela como una extraña amalgama de piedra y naturaleza desbocada. La hibridación entre el trópico y la meseta queda establecida ya en uno de los primeros poemas del libro, Castilla y León, en donde se produce un primer e inmediato reconocimiento del poeta con el paisaje, gracias a una lengua común (aquí el llamado “yo poético” pertenece al del autor, dado que enfoca este poemario como un poemario de viajes y las vivencias desgajadas de los mismos). Un lenguaje similar, el que se habla allá y acá, lenguaje castellano que establece un puente de reconocimiento y, gracias a él, el poeta puede definirse: “Tu lengua con que me mantengo//reptil//con antaños presentimientos”. El poeta asume su cualidad tropical en la figura del reptil, identificado con alguna de las 255 especies de reptiles que habitan Costa Rica y que tienen su espejo en nuestras pizpiretas lagartijas que descansan sobre las paredes rurales, empachadas del sol inclemente.
            De esta forma, y tal y como argumenta Montserrat Doucet en su espléndido prólogo al poemario, se produce una invasión de animales tropicales que, invocados por la mirada poética, poblarán el espacio castellano. Así, el acueducto segoviano se metamorfosea en iguana de piedra: “Esta iguana de piedra//sacude sus escamas alborales//Empuja a lengüetazos//coches a mis umbrales” (en Spleen segoviano). Tal es la riqueza y originalidad de estas imágenes, que el poeta puede sentirse transido en ocelote por la contemplación de la catedral de Valladolid en el poema Catedral, sus huesos se inflan “como boas” en El otoño, salpicando las composiciones con lagartijas, cigüeñas, “panteras de viento”, un “jabalí de frío”, el “águila-tigre de claridades” o una “videollamada con búfalos en la garganta” (en De repente, Valladolid).
            Después, aparece el motivo de la piedra. De esa piedra reptiliana sobre la que se calienta la iguana, esa piedra que forma parte del paisaje castellano como el bosque lluvioso lo es de Costa Rica. Para Ronald Campos la piedra está viva, ya sea formando parte de los frontales y portones de las catedrales, ya sea en una conexión cósmica percibida en el desfiladero de la Yecla, en Burgos, o en las torres del horizonte de Monte El Viejo, en Palencia. La piedra transporta un código en su interior, un mensaje que es como una carga de ADN; la piedra, los sillares, emanan una sustancia en la que el poeta reconoce el paso del tiempo, la permanencia eterna e inmóvil en ese devenir, y se proyecta en ellas como un viajero atemporal, cuántico. Lo que ha sucedido delante de la piedra continúa ocurriendo, y ocurrirá siempre.
            Estas piedras castellanas conforman una vegetación viva y característica de la región, como en Costa Rica lo es la vegetación exuberante. Se produce una simbiosis entre la materia tropical del poeta y el ecosistema castellano. Así, el otoño es “un quetzal de cuero atrapado entre los árboles//¡Alpaca de lluvias trastabillando,//con náuseas de planicies//sobre los campos de Castilla!//El otoño…”. El ave trepadora, el camélido, colocados por ensalmo lírico en el corazón del otoño castellano.
            Es Respuestas de la tierra un poemario ambiental, un ejercicio de versificación que busca atrapar la luz, la quietud trágica y monumental de los espacios castellanos: “Bordear la catedral//es entregarle devotamente un rostro al mediodía”, afirma en Spleen segoviano, para comprender que la presencia de lo sagrado en las piedras causa un impacto en el alma que “es terminar por colocarle//a la tarde una silla,//y paralizarla ahí, con un clavo oliendo a escaleras”.
            El poemario, en su segunda parte, amplía el viaje al resto de España —Valencia, Granada, Barcelona, Madrid, Sevilla, Córdoba…—, para, en la tercera, expandirse con un recorrido por Europa —Berlín, Ámsterdam, París, Venecia, Atenas, Budapest, Praga…—, ciudades y experiencias poéticas siempre repletas de una espiritualidad que emana de la fuente de la Historia, una Historia cosida a golpes de sangre y pasiones.
            Ronald Campos busca en Respuestas de la tierra establecer un diálogo con el tiempo y con la Historia, con esos códigos que se ocultan en los materiales que conforman los monumentos y así, tal vez, poder desvelar algunos de los misterios que guarda el espacio y el tiempo, porque “todo —guirnaldas, gárgola, rosetón y agujas—//pretende —lo mismo que en la piedra en la literatura—//vaciar el vacío y el terrible misterio de las cosas”.
            Desvelar “el terrible misterio de las cosas”… ¿Acaso no es esa la primigenia labor de la poesía?
           

            

sábado, 17 de junio de 2017

Paraíso imperfecto-Juan Laborda Barceló


Juan Laborda y su novela Paraíso imperfecto: el genoma de la violencia

*Esta reseña ha aparecido en Achtungmag,com
http://www.achtungmag.com/juan-laborda-novela-paraiso-imperfecto-genoma-la-violencia/

Es Paraíso imperfecto (editorial Alrevés), tercera novela de Juan Laborda Barceló, una narración coral que bebe de varias tradiciones literarias para mostrar la descomposición moral de la sociedad del momento. La corrupción, la venganza, el odio, los celos y la violencia, son algunos de los males que enferman al presunto Estado de bienestar. Ubicada en un posible pueblo de Levante, los comportamientos de la comunidad retratada en la novela hermanan el texto con novelistas realistas e, incluso, costumbristas, para llevar a cabo una terrible reflexión sobre las distopías. Y también sobre la utopía del buen gobierno.

En efecto, el texto de Juan Laborda presenta una novela que se alimenta de muchas y variadas fuentes. La acción podría ocurrir en cualquier pueblo de nuestra geografía, y el retrato colectivo que muestra las miserias que carcomen a la comunidad y, por extensión, al ser humano, es un recurso clásico en nuestra literatura. Así, en Paraíso imperfecto podemos hallar ecos de Los bravos, de Jesús Fernández Santos, también de El obispo leproso, de Gabriel Miró e, incluso —por aquello del costumbrismo realista y el protagonismo grupal— de algunas novelas de Galdós o de Cela. Si ampliamos el abanico de referencias con los que esta novela dialoga, también tiene unas gotas de Los Malavoglia, del italiano Giovanni Verga. Incluso la serie de televisión Twin Peaks, ese vodevil a la americana que al final no hace otra cosa que mostrar las vergüenzas de un pueblo en tono de esperpento, asoma por entre las costuras de esta novela.

Todos estos textos que he mencionado comparten las tribulaciones de sus habitantes, que viven inmersos en situaciones injustas o arbitrarias, generalmente derivadas del abuso del poder. La figura de un cacique, las circunstancias que presentan dilemas morales para sus protagonistas, y el intento de cambiar las cosas para alcanzar una sociedad más justa en la lucha por alejarse de las variadas formas mal —ya sean las malas artes de un alcalde borracho de poder o el asesino Bob lynchiano—, son denominador común en todas ellas y, por supuesto, en Paraíso imperfecto.

La violencia es el vehículo desencadenante del cambio de situación en la novela de Juan Laborda, como el crimen de Laura Palmer es el motor de la serie televisiva. Esa violencia puede ser física o sexual, pero en cualquier caso es la maquinaria que moverá a los protagonistas. No en vano, el texto arranca con un asesinato, y algunas muertes más ocurrirán a lo largo de sus páginas, con lo que el libro también entronca con las novelas de la literatura española de los años 70 y 80, donde el crimen servía para mostrar el comportamiento desorientado y asustado de los personajes. Son estas situaciones insoportables las que harán reaccionar, finalmente, a los protagonistas, movidos por una sensación de supervivencia que se impone a la necesidad de justicia. Y muchas veces, esa supervivencia se tornará en venganza.

Gracias e este planteamiento, muy bien buscado por el autor, el dibujo de los personajes aparece difuminado en lo relativo a su comportamiento. Las líneas que pueden concretarlos como buenos o malos no aparecen claras. Salvo el alcalde del pueblo, en su papel de villano, el resto de los personajes del coro se mueven incómodos en una indefinición que tratan de solucionar: a veces cometerán buenos actos, otras harán cosas moralmente reprobables. Será cuestión del lector, como un juez que mira por el ojo de una cerradura, dictaminar quienes se comportaron correctamente y quienes no, aunque la sensación final, tras la lectura, arroja un balance desolador: en esta confrontación literaria no hay ganadores. Pero sí un buen puñado de perdedores.

El autor quiere demostrarnos la tesis que plantea en el título de Paraíso imperfecto. La valoración de culpabilidad o de inocencia es relativa, y casi todos los actos pueden justificarse, en principio, por terribles que sean. Los personajes experimentan una evolución que los conduce de un extremo a otro, como le sucede al grupo de personas que desean revertir el mal gobierno del alcalde. Esta es la paradoja del Paraíso imperfecto, el intento de crear una sociedad más justa que, en su seno, continúa aquejada de los mismos males. Es la deriva de las buenas intenciones de este grupo, que una vez en el poder, y como mayor logro, pone en marcha un cine club, la que entronca con la temática de las distopías. Quizás sea porque en el mundo del cine todo parece perfecto, y el cine club representa eso, el estado ideal de las cosas gracias a un control que parece tan perfecto como irreal e imposible.

Bajo ese nuevo régimen, el pulso del pueblo sigue latiendo de la misma forma: la muerte, la violencia y el crimen, que iniciaban la novela durante la política del alcalde, aparecen también en el desenlace. Es el colapso de la utopía. Y esa quiebra del Estado ideal siempre ocurrirá, porque depende del espíritu humano que es voluble, caprichoso, ambicioso e infame. Aquí es donde quiere llegar Juan Laborda, después de un reguero de melancolía y de personajes amargos, firmando una novela descorazonadora en donde no cabe la posibilidad de redención si no es, acaso, mediante el sufrimiento.

La novela presenta un estudio casi entomológico, una cala en una comunidad durante un tiempo determinado. Y da la sensación de que, al término del libro, los mismos comportamientos de violencia e injusticias van a continuar produciéndose en el pueblecito levantino. Porque esas conductas están impresas en nuestro ADN. En ese ADN que, lamentablemente, nos hace humanos.





miércoles, 14 de junio de 2017

Windows on the World-Frédéric Beigbeder


Título: Windows on the World
Autor: Frédéric Beigbeder
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 314
Año: 2003

UNA VENTANA ABIERTA AL PAVOR
         
*Esta reseña ha aparecido en Minuevaedad.com: 
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/3/el-libro-del-mes-windows-world/

            Desde que sucedieron los ataques a las Torres Gemelas, un puño de angustia se me ha quedado atravesado en la garganta. Siempre he necesitado saber más, tratar de comprender algunos aspectos del horror para que, con ese conocimiento, pudiera hacérseme, quizás, algo más asequible. Sin embargo, nada de lo que leía o veía, podía desanudarme ese dolor. Nada… hasta que me topé con esta novela del autor francés Frédéric Beigbeder, al que ya conocía por la divertida, algo polémica y todo un éxito editorial, 13,99 euros. Sin embargo, otro tono muy distinto es el de Windows on the World.
            El 11 de septiembre de 2001, a las 8.46 de la mañana, el primer avión se estrella contra la torre Norte del World Trade Center y se desencadena el infierno. Unos momentos antes, Carthew Yorston y sus dos niños, estaban tomando un desayuno en el Windows on the World, un famoso restaurante ubicado en la planta 107. Desde este instante, arranca una carrera por la supervivencia que viene marcada por una batalla contra el reloj y que se refleja en la novela con una estructura dramática muy original: cada capítulo dura un minuto (la narración ha comenzado un poco antes, a las 8.30 en punto, y termina a las fatídicas 10.29 horas). La historia de Yorston y sus hijos es la historia de la hora y cuarenta y cinco minutos que transcurrieron entre el impacto del avión y el colapso de la torre Norte. Pero, por supuesto, la novela es mucho más que esa narración tremenda, dura, con un final estremecedor.
            La novela de Beigbeder, con insertos de la vida del propio escritor en donde reflexiona sobre lo ocurrido mientras se documenta para la redacción de la obra —y que termina enfermo de horror y violencia— es, además, un compendio del mal, el reflejo de esa lucha eterna que enfrenta a la luz con la oscuridad, al genocidio con los inocentes. La peripecia del padre y sus dos niños, su relación con otras personas que buscan sobrevivir al espanto, los camareros, unos clientes y otros trabajadores de la torre, son los gritos contenidos de Beigbeder en su empeño por que no se los olvide jamás; para que debajo de las toneladas de escombros, de hierros calcinados y vidrios derretidos, podamos colocar las caras y los nombres de quienes fueron sepultados por la locura asesina del siglo XXI.
            Recuerdo que, mientras estaba en una biblioteca pública corrigiendo las pruebas de imprenta de la que entonces sería mi tercera novela, el rumor de lo sucedido ese dia de 2001 empezó a brotar entre los estudiantes que preparaban sus exámenes. Quizás, lo que más contribuyó a atenazar ese pavor y esa desesperanza en mi garganta, fueron las inmensas sonrisas y los gestos de felicidad de una juventud alimentada de odio y fracaso, que celebraba un ataque en pleno corazón de los Estados Unidos como un triunfo personal y miserable. Es esta obra, Windows on the World, una forma de que recuperemos el resuello, aunque no seamos capaces de volver a la calma a tenor de los acontecimientos actuales. Pero lo que sí espero —lo deseo de corazón— es que si alguno de aquellos muchachos de la ira y la inhumanidad, ahora ya no tan muchachos, llegan a leerla algún día, puedan borrar las sonrisas de sus rostros y entender la verdadera magnitud de la tragedia.

            Eso busca Beigbeder en su novela. Y eso se merecen las 2801 víctimas que convirtieron sus vidas en un martirio.

lunes, 5 de junio de 2017

Los Cinco y yo-Antonio Orejudo

Título: Los Cinco y yo
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Tusquets
Número de páginas: 251
Año: 2017

UN ANTONIO OREJUDO BAJO EN CALORÍAS

*Esta reseña ha sido publicada en el sitio Achtungmag.com:  
http://www.achtungmag.com/antonio-orejudo-calorias/
        
                Antonio Orejudo parece haber renunciado en gran parte a lo que ha sido una de las señales más reconocibles de su literatura: el humor. No era un humor de gruesos brochazos, sino un humor inteligente y sibilino, un humor disolvente y con una pizca de mala leche que recorría gozosamente sus novelas. Sin embargo, poco queda ya de ese rasgo en Los Cinco y yo, su última y esperadísima novela publicada por Tusquets, que se muestra como un texto desnaturalizado, bajo en calorías literarias cuando el autor nos tenía acostumbrados a jugosas cucharadas de caviar narrativo.
            Indudablemente, este cambio en el enfoque de su trabajo resiente la obra hasta unirla a lo menos brillante de la producción del escritor madrileño, tal vez junto a la irregular Un momento de descanso que, no obstante, sí mantenía las señas identitarias del autor. Los Cinco y yo no es la mejor obra de Orejudo, algo que en cualquier otro escritor sería sinónimo de fiasco. Afortunadamente, en Orejudo la más floja de sus obras puede ser tomada como un trabajo de calidad al que muchos escritores actuales no se acercarán, ni de lejos, en toda su vida. El problema con creadores de talento, al estilo del músico irlandés Van Morrison, por ejemplo, es que siempre se les exige lo mejor y nos decepcionamos cuando sólo nos ofrecen un desmayado notable.
Me resultaría sencillo hacer una crítica afirmando que Los Cinco y yo es una novela excelente —comparada con la mayoría de lo que se publica actualmente es bastante posible que eso sea así—, pero hace tiempo que prefiero juzgar el trabajo de Orejudo en comparación con el resto de su producción, dado que juega en otra liga, tal es el talento del escritor que nos ocupa. Y en esa comparación, esta novela no alcanza a situarse entre las mejores.
            En efecto, Los Cinco y yo decepciona un tanto. Entristece el intuir todo lo que esta novela podía albergar y no ha conseguido desarrollar, y es una pena que la narrativa de Orejudo tome un camino que, obligatoriamente y como condición de evolución, necesite traicionar la originalísima y peculiar voz de su autor. Orejudo hace un trabajo de metaficción en esta obra. No duda en sumergirse a sí mismo como personaje, junto al escritor Rafael Reig, en las profundidades del texto, componiendo un collage de autoficción que, sin embargo, se empacha de modernidad y retórica literaria con un resultado mate.
            La obra arranca muy bien, con uno de esos principios de Orejudo en los que el lector se siente hipnotizado por sus palabras y las páginas van cayendo en una lectura prodigiosa. Sin embargo, hay un momento en que el asunto deja de funcionar. Y es cuando se fragua esa mezcla de la ficción de los personajes de Los Cinco, los muchachos creados por la escritora Enyd Blyton, que comienzan a desfilar por la novela en comandita con el devenir del propio Orejudo. Así, los mundos literarios de Los Cinco toman un relieve de realidad al contarse lo que fue de sus vidas más allá de sus libros, perdidos en coqueteos con las drogas o el sexo, incluso con una intervención en una guerra, o sus peripecias enmarañadas en el mundo de los negocios.
            Los personajes de Blyton salen de la infancia y se hacen adultos en las páginas de Orejudo, pero todo resulta algo forzado, incluso desganado. En muchas ocasiones da la impresión de que Orejudo escribe con el piloto automático puesto, como por compromiso o por la necesidad de llenar un determinado número de páginas. En esta obra su narrativa ha perdido nervio. Y si bien la idea de mezclar las vidas de la pandilla de Los Cinco con las evoluciones del Orejudo personaje es un recurso que podría funcionar muy bien, al final el texto le resulta al lector algo que jamás pensaría encontrarse en una obra de este autor: aburrido. Y quizás este sea el mayor pecado de un escritor que ha firmado Ventajas de viajar en tren y Fabulosas narraciones por historias, tal vez dos de las más divertidas y jocosas novelas de la literatura española.
            En otra ocasión, con motivo de su novela Reconstrucción, Antonio Orejudo montó un artefacto literario serio y atravesado de metaliteratura, con guiños intelectuales y referenciales, alumbrando una obra maestra rotunda y contundente: una de las mejores novelas que se han escrito en este país en décadas. Sin embargo, su segunda aproximación a este tipo de texto se desvanece a medida que transcurren sus páginas, que son poco alimenticias, me atrevería a calificarlas como light, ofreciéndole al lector un sucedáneo de Orejudo. Los Cinco y yo es de lo más decente que se ha publicado este año, pero no es una de las mejores novelas de su autor.
            Lo que ocurre es que Antonio Orejudo es tan bueno que, incluso su copia más desnaturalizada, ofrece un sabor literario que brilla por encima de todo lo demás. Pero a quienes hemos degustado la pata negra, nos joroba.

            

jueves, 1 de junio de 2017

Gilda en los Andes-Fernando Marañón



Título: Gilda en los Andes
Autor: Fernando Marañón
Editorial: Berenice
Número de páginas: 410
Año: 2017

ESTO ES ENTRETENIMIENTO

*Esta reseña ha aparecido en Minuevaedad.com: 
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/31/el-libro-del-mes-gilda-en-los-andes/

Lo primero que sorprende en esta Gilda en los Andes de Fernando Marañón, un experto cinéfilo con una solvente y dilatada carrera como crítico, es la elección de una estructura clásica de novela de género para llevar a cabo su particular homenaje al cine, repleto de guiños, requiebros y misterios. En efecto, misterios, porque el cine entraña en sí mismo un misterio, ese asombro que se pone en marcha cuando las luces de la sala se apagan.
 Y qué mayor enigma que aquello que permanece oculto en el interior de una lata de película, o tal vez al final de la misma, cuando ya han desfilado todos los títulos de crédito y esperamos que aparezca el sargento Nick Furia, parche en el ojo y empachado de cuero, para reclutar al Capitán América… Entonces, si leemos a Fernando Marañón, descubrimos que al final del metraje de una extraña película de culto pueden albergarse unos fotogramas secretos capaces de acabar con la estabilidad de un Estado nórdico, de comprometer a una monarquía o de poner en danza a espías que vinieron del frío con el gatillo fácil.
            Espías, en efecto, Fernando Marañón opta por el género negro (¿existe, junto con el western, otro género que cuadre mejor con el lenguaje del celuloide?) para vestir con ese traje a su novela y retratar, así, a un grupo de cínicos y desengañados, movidos por un motivo tan cinematográfico como es el intento de tomar “el último tren”, ya que estos personajes suelen encontrar en las últimas oportunidades, siempre, su fracaso, así como los motivos para hallar una nueva esperanza.
El género negro le exige al autor un rígido respeto por una serie de códigos que mantiene a la perfección: los malos son malísimos y los buenos algo inocentes, todos fuman y beben muchísimo, las mujeres son fatales y se codean con asesinos sin escrúpulos, los personajes secundarios poseen una presencia contundente en la historia, y la acción se desliza como por un embudo hasta reventar con un desenlace sorprendente. Fernando Marañón entiende esta novela como lo que debe ser una película: puro entretenimiento. Entretenimiento por encima de otras consideraciones.
La lectura de Gilda en los Andes es una aventura virada en sepia, una inmersión en esa noche americana del ártico en donde se desarrolla gran parte de la trama, una oscuridad con destellos de gran cine y de buena literatura que, cuando finalmente se han encendido las luces de la sala, nos ha dejado metidos en nuestra propia película. Una película en donde ya no hay ni buenos ni malos, ni espías ni asesinos; nos queda, y eso es lo mejor, el agradable regusto de una sólida narración.

            

jueves, 25 de mayo de 2017

Varios Autores-Revista Crátera de crítica y poesía contemporánea.


PRESENTACIÓN DE LA REVISTA DE CRÍTICA Y POESÍA CONTEMPORÁNEA CRÁTERA: POESÍA PARA TIEMPOS DESHUMANIZADOS
            
                     *Esta reseña ha aparecido en el blog de pensamiento poético Verde Luna en: 
           
     https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/05/25/presentacion-de-la-revista-de-critica-y-poesia-contemporanea-cratera-poesia-para-tiempos-deshumanizados/

             El pasado 21 de abril, envuelto en las celebraciones del día del libro, se celebró en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares algo que podría calificarse como un acto doblemente heroico: la presentación de Crátera, una nueva revista de poesía, y del libro de haikus La soledad encendida. Doblemente heroico, en efecto, porque en los tiempos que corren para las humanidades, la literatura, y no digamos ya para la poesía, demuestra un arrojo rayano con la inconciencia plantearse la publicación de una “Revista de crítica y poesía contemporánea”, tal y como se define la publicación. Y no digamos ya, además, hacerlo coincidir con un libro de coleccionista, una extraña joya artesanal y preñada de haikus, editada por Ultramarina Cartonera, un extraordinario trabajo al que dedicaremos una reseña, en esta misma bitácora, más adelante.

            Los autores del proyecto Crátera son tres poetas de largo recorrido: Heberto de Sysmo, sinónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, Gregorio Muelas y Jorge Ortiz Robla. Estos poetas, radicados en Valencia, quieren prestarle atención, con una periodicidad trimestral, a los vericuetos de la poesía que se realiza actualmente, y no sólo en su Comunidad Autónoma, sino en cualquier lugar del mundo. Con esa vocación universalista nace la revista, y lo demuestra bien pronto: en este primer número se incluye un apartado de traducción que nos trae la voz de un poeta ruso, Robert Rozhdestvensky, en la traslación de Natalia Litvinova; de uno rumano, Mircea Petean, a cargo Elisabeta Botan; del premio Nobel italiano, Eugenio Montale, en un trabajo de Carlos Vitale, y de la alemana Hilde Domin, adaptada por Gema Estudillo.
            Una crátera es una vasija que, preferentemente, se utilizaba para almacenar una mezcla de agua y vino que se servía en las comidas de la antigüedad clásica. Con semejante naturaleza, no es de extrañar que esta revista-damajuana guarde en su interior una combinación poética de alta graduación en cuanto a la calidad de lo ofertado. En primer lugar, una pléyade de poetas nacionales de la talla de Siles, Guinda, Veyrat, Azaústre… que además se agrupan bajo un delicioso epígrafe: Inéditos, lo que hace aún más atractiva, si cabe, esta selección. Después, La mirada de Basho, un apartado que continúa la pasión de los directores de la revista por la forma del haiku y en el que Susana Benet, Ricardo Virtanen y Gorka Arellano exhiben buen hacer y músculo poético. Además, un llamativo apartado dedicado a la poesía experimental, con los artefactos visuales de Atilano Sevillano y Rafael Marín.

            Como la revista se define “de crítica”, no permanece ajena a la hora de realizar una serie de lecturas de poemarios en el apartado de Reseñas, que se complementan con otras valoraciones algo más breves en el apartado Leído por, y que todas en conjunto forman un corpus crítico que se culmina en la sección de Investigación con un trabajo de Justo Serna sobre los aforismos de Juan Ramón Jiménez. Después de este despliegue poético y crítico, la revista Crátera todavía ofrece más, en la forma de una entrevista a Marcus Versus, escritor y director de una editorial independiente de poesía. Sin olvidarnos del magnífico dibujo de la cubierta de la revista, una ilustración que el poeta y grabador Juan Carlos Mestre ha cedido especialmente para la ocasión.
            De igual manera, en la presentación de la revista también se nos ofreció más: intervino la traductora Elisabeta Botan, que hizo las veces de maestra de ceremonias, y se nos regaló un interludio musical que culminó este esfuerzo heroico de un grupo de poetas que pretende hablar y escribir sobre poesía, sobre humanidades en tiempos deshumanizados.

            Solo resta ya, servir el vino albergado en el corazón de esta crátera poética y que el aedo comience con el recital de sus páginas.