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sábado, 11 de mayo de 2019

Mendelssohn en el tejado-Jiří Weil



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/jiri-weil-y-mendelssohn-en-el-tejado-las-cualidades-de-una-obra-maestra/

Jiři Weil y Mendelssohn en el tejado: las cualidades de una obra maestra

A veces te llega un libro que resulta ser una obra maestra. Quizás convendría definir ese concepto, y seguro que habría variedad de opiniones. Por eso voy a reformular el principio de este Odradek de los viernes: a veces te llega un libro que te transforma, eres una persona al principio de su lectura, y algo te ha quedado dentro que te ha cambiado cuando cierras sus tapas. Pues bien, esta y no otra es la historia de la lectura de Mendelssohn en el tejado, la obra maestra del escritor checo Jiří Weil que publicó hace ya tres años la editorial Impedimenta, y de la que os voy a hablar hoy.

Mendelssohn en el tejado apareció en 1960, de forma póstuma y apenas un año después de que una leucemia acabase con la vida de su autor. Sin duda, es una de las mejores novelas checas, tal vez la mejor, de la segunda mitad del siglo XX.
¿Qué podemos encontrarnos en Mendelssohn en el tejado que la convierte en una experiencia de lectura tan especial?  En primer lugar, el texto reúne todos esos elementos que la convierten en claro ejemplo de lo que ya he denominado en este mismo Odradek como la literatura de Praga; y eso siempre resulta fascinante en una novela.
En la serie de dos entregas que publiqué aquí en Achtung! fui estableciendo las características principales de este tipo de novelas praguenses: Praga y el ahogo, Praga y la muerte, Praga y la enfermedad, Praga y la chatarra, Praga y la basura, Praga y Gustav Meyrink, Praga y Franz Kafka…, categorías a las que se pueden añadir Praga y el Golem, Praga y la crónica negra, Praga y los asesinos…
Pues todas estas categorías, o casi todas, de una u otra forma aparecen reflejadas en la novela de Jiří Weil. Os dejo los dos enlaces a mi serie del análisis de la literatura de Praga por si os interesa profundizar algo más en el asunto:
Mendelssohn en el tejado incorpora todos estos temas afines a la literatura de la ciudad en una narración que se ubica durante los crueles tiempos de la ocupación nazi de Bohemia. De ese modo, y mediante una visión cruda y realista de la sociedad y de la ciudad, y de un tratamiento directo de los hechos históricos, se nos ofrece un complejo tejido coral protagonizado por una serie de personas que se definen por su comportamiento, o posición, en relación a los nazis.
Jiří Weil, el autor de esta obra maestra que es Mendelssohn en el tejado.

Por un lado, tenemos a los checos que han sido invadidos y se ven obligados a trabajar bajo las órdenes de los alemanes, muy a pesar suyo y para salvar la vida. Por otro, los checos colaboracionistas, que han decidido voluntariamente ayudar al invasor a cambio de algunas pequeñas prebendas. Además, tenemos a los checos que han decidido ocultarse del horror y a los checos que han optado por resistir activamente. A todos ellos debemos que añadir a los propios nazis desplazados a la ciudad, desde cargos bajos y medios, hasta el propio Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, apodado como el carnicero de Praga, Reinhard Heydrich.
Y, como no, los judíos checos de Praga, desde los ciudadanos más normales hasta los miembros del Consejo, obligados, también, a colaborar con los nazis de diferentes formas. Bien con trabajos forzados o esclavos, bien contribuyendo al expolio de los otros judíos, o administrando la burocracia necesaria para el proceso de exterminio de los judíos de la zona: primero, mandándolos al campo de tránsito de Terezíny, después, gestionando las listas de aquellos que se enviarían a Auschwitz.
Los aciertos literarios de Jiří Weil en esta composición son muchos, producto de su solidez como escritor y de su gran olfato narrativo. Ha creado una obra coral con muchos personajes, ninguno decididamente protagonista, pero todos ellos son decisivos, interesantes, y ninguno superficial. ¿Cómo lo consigue?
El autor nos muestra los problemas y dilemas psicológicos de cada personaje, éticos también, que se desprenden de su relación con los nazis, ya sean colaboradores, resistentes, ocultos, trabajadores forzados, condenados a muerte o, incluso, aquellos que atentarán contra la vida de Heydrich, e incluso conoceremos durante el primer tercio de la novela lo que atosiga al propio Heydrich. De esa forma, el profundo estudio psicológico de los personajes los caracterizará por sus miedos, dudas o remordimientos ante las acciones que están llevando a cabo.
Por otro lado, la novela ofrece un retrato histórico frío y demoledor, podría decir que deleznable, de los hábitos cotidianos de aquellos días de la ocupación alemana. Las vidas que vemos pasar ante nuestros ojos lectores son las vidas de las personas que se veían en la obligación de afrontar un día más con el pavor a los invasores, con el hambre del racionamiento, con el mutismo y el miedo de los ocultos, con el odio de los resistentes y, sobre todo, con la ignominiosa carga de que en aquellos momentos solo contaba el poder sobrevivir unas horas más, tal vez un día más, y para ello debían hacer cosas moralmente inaceptables, indecentes, crueles o simplemente criminales.

El carnicero de Praga, el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, Reinhard Heydrich.

De esa forma la cala histórica que lleva a cabo el autor en el momento temporal determinado de la ocupación se reviste de dos capas de barniz literario: la propiamente documental, los hechos registrados, y la personal, con el desarrollo interno de los personajes. De esta forma, tenemos una novela histórica impecable, muy del estilo de las de Stefan Zweig, por ejemplo, solo que Jiří Weil ha sabido humanizar a los personajes históricos y elevar a la categoría de héroes a los secundarios.
Novela histórica y novela coral, novela realista y psicológica, novela de Praga —de esa Praga de la quincalla, de la chatarra y la suciedad de Bohumil Hrabal, novela de la Praga de los asesinos y los asesinatos, de las crónicas negras de Egon Erwin Kisch, y novela de los autómatas, novela de la Pragade Meyrink, al fin, y de su Golem, porque Mendelssohn en el tejado es, por encima de todo, la novela de la Praga de las estatuas.
Mendelssohn en el tejado es una novela de estatuas, algo que define a Praga, con un censo estatuario descomunal. No en vano, el Mendelssohn que se encuentra en el tejado es la efigie del compositor ubicada en un alero del tejado del Rudolfinum, el complejo arquitectónico musical que con la llegada de los nazis había sido renombrado como la Casa de la Música Alemana y, obviamente, la estatua de un compositor judío como Mendelssohn sobraba en la azotea.
Litografía en color de Edmond Maurus datada en1935 y que ha servido para la portada de la novela que ha elegido la editorial Impedimenta.

La orden del Reichsprotektor es la de tirar la estatua de Mendelssohn, pero como nadie sabe distinguirla están a punto de acabar con la de Wagner (dado que tenía la nariz de apariencia más mosaica de todas las efigies). Este malentendido inicial, con mucha ironía y humor satírico al mejor estilo del Švejk de Hašek, es un inicio de la novela magnifico, pero también algo engañoso.
Desde la bufonada inicial, el texto irá derivando, se irá introduciendo en la oscuridad, la crudeza, pasando por alguna pequeña paliza (que rompe algún diente con profusión de sangre), para adentrarse en conductas cada vez más violentas y miserables, alcanzado el asesinato e, incluso, las ejecuciones sumarísimas.
El espiral de crueldad de Jiří Weil con sus personajes desemboca en un par de capítulos finales tan memorables como los del principio son algo chocarreros; lamentablemente, estos capítulos finales no tienen nada de lo zafio que nos llevó a sonreírnos al principio, ni la carga irónica. Nada que se le parezca. El final de Mendelssohn en el tejado es épico, pero también se presenta cargado de lirismo, como una forma, quizás, de anestesiar la brutal crueldad que se describen en esas páginas finales.
Detalle de una de las puertas de entrada al campo de Terezín.
Al final, toda la literatura de Praga que ha ido desarrollado sus motivos a lo largo del texto, incluso esa Praga de las estatuas que tanta presencia tiene —hasta se mencionan las efigies del Puente de Carlos—, todo eso ha desembocado en una literatura de la Praga de los asesinos, de la Praga de la muerte y los carniceros. De la Praga de la sangre.
Por estos capítulos finales, la novela funciona sobre nosotros, lectores, como una carga de profundidad. Nos ha ido llevando de la mano por una crecida de horrores hasta el clímax más inhumano y virulento, y en ese proceso nos ha obligado a cambiar; percibimos que algo se ha transformado en nosotros.
La ocupación nazi en la Plaza Vieja de Praga y con la iglesia de Nuestra Señora de Tyn al fondo.
Con Jiří Weill y Mendelssohn en el tejado nos hemos ido dando cuenta, y aceptando, que la cobardía es una forma de supervivencia válida en según qué momentos, que no existen finales felices, solo finales, generalmente injustos, pero finales al fin y al cabo. Que un héroe puede ser cualquiera que se plantee un dilema moral, aunque no haga nada para resolverlo, y que siempre existirá gente dispuesta al sacrificio, lo que dota a estas páginas empapadas de sangre con el dorado brillo del optimismo y la esperanza.
Esperanza: a pesar de su discurso terrible, del retrato fantasmal (algo muy praguense, por cierto) y de su final anegado en dolor. Y si con todo ello, somos capaces de cerrar el libro creyendo en que el bien resiste y que la humanidad merece la pena, eso, sin duda, se debe a la inmensa maestría del autor que ha sido capaz de componer estas páginas tan inolvidables como estremecedoras. Inolvidable y estremecedora: las características necesarias, al menos dos de ellas, de una obra maestra de la literatura.

domingo, 26 de junio de 2011

El Pentateuco de Isaac -Ángel Wagenstein-.




EL HUMOR OS HARÁ LIBRES

-reseña editada en la revista digital Frontera D-

El Trabajo os hará Libres, semejante frase recibía a los deportados en los campos de concentración nazis, lo que ya hacía pensar acerca de las características del lugar en el que ingresaban: mediante el trabajo se liberarían de la reclusión, y se liberarían porque el trabajo estaba diseñado para la consunción y, a través de ella, llegaba la muerte, la auténtica liberadora del preso.
A Cada Cual según Corresponda, se podía leer en el acceso a otro campo de concentración que frecuentará el protagonista de la novela El Pentateuco de Isaac, Isaac Jacob Blumenfeld, personaje de ficción que en su devenir novelesco conocerá en sus carnes lo más sórdido de los campos nazis y de la era soviética. Sin embargo, esa dualidad de preso, de prisionero de Hitler y de Stalin, dista mucho de tratarse de una mera invención porque, desgraciadamente, miles fueron los deportados que pasaron por los campos nazis para luego recalar en los soviéticos. Como ejemplo, ahí está la odisea de Margarete Buber-Neumann, media vida transcurrida a caballo de ambos universos concentracionarios, como relata con pulso firme y prosa fría en su libro de hace ya algunos años. Como ella, otros muchos autores se han decidido a denunciar semejante barbarie, y el búlgaro Ángel Wagenstein no ha querido ser ajeno a esa denuncia. Así lo hace en su obra El Pentateuco de Isaac, toda una reivindicación del inhumano siglo XX, ese siglo que, para otro escritor búlgaro, Ivan Vazov, era un siglo brutal y de las bestias. Aunque murió en 1921, Vazov ya presentía todo el terror que se ejercería sobre la humanidad a lo largo de ese periodo.
En esa senda se inserta el relato de Wagenstein, en donde el protagonista aparece zarandeado por los acontecimientos, intentando comprender y comprendiendo –tal y como así lo reconoce- la mayoría de las veces muy poco. Porque muy poco es su seso, nos confiesa que anda corto de entendederas, y sólo de esa manera se entiende que de tan buen grado asuma los vaivenes, crueles vaivenes, que la Historia ejecuta con su persona. El principal juguete de la Historia con el protagonista, con Isaac Blumenfeld, es el concepto de nacionalidad. Hasta cinco nacionalidades diferentes llega a tener el personaje, en un claro paralelismo con el Pentateuco, los cinco libros sagrados que componen la Torá para los judíos –no hay que olvidar que Blumenfeld, como no podía ser de otra manera, es judío-. Pero los números no se detienen ahí, y saben ser crueles con él porque, además de tener cinco patrias, vive dos guerras mundiales y es internado en tres campos de concentración. Así que Blumenfeld, que inicia la historia como sastre del Imperio Austrohúngaro, pronto se ve convertido en ciudadano polaco, después en soviético, más tarde en un ser infrahumano en el Tercer Reich, para terminar como apátrida antes de recuperar la nacionalidad soviética.
Sin ninguna duda, el libro es un monumental ejercicio de denuncia política literaria, pero Wagenstein no estructura una gran novela de denuncia del sistema al estilo de los Koestler, Manea, Kadaré o Solzhenitsyn, escritores que han denunciado el estalinismo y el nazismo desde una perspectiva muy diferente: carentes de humor, sin apenas ironía. Porque es el humor, la ironía, lo que protege a Isaac Blumenfeld de los criminales caprichos de la Historia. Dos veces es llamado a filas y por dos ocasiones se queda a punto de entrar en combate. Se suceden aquí unas escenas que recuerdan a un libro que sin duda ha tenido mucha influencia en el autor a la hora de pergeñar a su protagonista y que son Las Aventuras del Valeroso Soldado Schwejk, del checo Jaroslav Hasek. Existe una larga línea de conexión entre el Blumenfeld de Wagenstein y el Schwejk de Hasek. Tanto Blumenfeld como Schwejk son pícaros, pero pícaros no al estilo del Lazarillo de Tormes sino que más bien, dado su comportamiento en el ambiente militar, recuerdan al avezado Estebanillo González, que se las ingenia con los Tercios de Flandes durante la Guerra de los Treinta Años.
Si bien Blumenfeld no llega a entrar en combate, soporta muchos meses de acuertelamiento, con toda su parafernalia, y en esa vida cuartelaria se abre la vía más directa con el Schwejk de Hasek. Muchas de las historias y anécdotas que refleja recuerdan o evocan pasajes del Schwejk. Y, por supuesto, también en la manera de interpretar la realidad, desde un punto de vista ciertamente ingenuo o bobalicón. En ese sentido cabe destacar las continuas referencias en la novela de Wagenstein al saber popular, cuajada de refranes, repleta de frases hechas y salpicada de chistes sobre judíos que encierran reflexiones de gran retranca, la mayoría de las veces protagonizadas por un judío prototípico, Mendel, que hace las veces de tonto del pueblo. El recurso de aludir a ese judío Mendel siempre aparece a mano cuando se trata de ilustrar alguna historia particularmente escabrosa o de rubricar una reflexión especialmente densa.
Es este recurso a la humorada, tan del soldado Schwejk, del humor desaforado, irónico y ácido, incluso a destiempo en mitad de las mayores penurias y brutalidades, lo que salva al personaje de sucumbir a sus tristes destinos –igual que Schwejk con su socarronería evita ser devorado por la vorágine de la Gran Guerra-. Se hace difícil de creer que un deportado, un interno de un campo de Hitler, un condenado a la Kolimá estalinista, pueda afrontar su destino con humor e ironía pero ese será el elemento fundamental que le haga la vivencia más llevadera, así como el elemento diferenciador de otros libros que tratan estos temas –a excepción, quizás, de la algo sobrevalorada película La Vida es Bella, del oscarizado Roberto Benigni-. El humor no ha tenido nunca cabida al hablar de Auschwitz y, si en el caso de Benigni aparece, no lo hace de una manera muy certera al confundirse con la sensiblería. Ahora bien, Wagenstein consigue lo nunca visto hasta ahora y, ya sea entre los crematorios nazis o frente a los eternos campos nevados de Stalin, la visión humorística ayuda, no sólo a hacerse con una visión nueva y enriquecida de la situación, sino a que su protagonista pueda afrontar y solucionar el mal trago manteniéndose con vida.
Por eso, más que nunca en este Pentateuco de Isaac, se podría cambiar la fatídica frase de El Trabajo os hará Libres por la de El Humor os hará Libres o, más concretamente, por la sentencia El Humor os Salvará.
Tal vez, lo que realmente quiera decir Ángel Wagenstein, es que el humor salvará al hombre de las garras de la Historia.

martes, 4 de enero de 2011

Novela de Ajedrez -Stefan Zweig-.




NEGRAS JUEGAN Y PIERDEN

A Stefan Zweig los horrores del nazismo, la brutalidad de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, lo dejaron sin patria. Como dice Sebald, en Campo Santo, reflexionando acerca del concepto de patria: “Destruir la patria es lo mismo que destruir a la persona (…). Y no hay una nueva patria.(…). La patria es el país de la infancia y la juventud. Quién la ha perdido sigue estando perdido, aunque haya aprendido a no tambalearse en el extranjero como si estuviera borracho”. Ese fue su mal, su castigo, la carga de la que intentó huir y la que nunca pudo superar.
Hasta la época de Stefan Zweig, hasta los malditos años de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad nunca jamás había descendido a semejante cotas de inhumanidad. Bien es cierto que antes hubo una Gran Guerra con su cuota de masacres y carnicerías, antes, incluso, una Revolución Francesa que trajo de la mano la guillotina y el Terror, pero nunca antes la civilización moderna fue consciente, como en tiempos del nazismo, de encontrarse a tan escasos pasos de desaparecer al estilo de la Antigua Roma, la Gracia Clásica o el Egipto Faraónico. En esos momentos, le tocó a un intelectual, a Zweig, soportar esa carga, darse cuenta de cómo se comportaba el ser humano y, por ende, todo un país, una patria, metida de lleno en las matanzas.
Zweig nació en Viena en el año 1881, una ciudad que representaría muy bien el desmoronamiento del periclitado régimen de los Habsburgo, empezando con el Pacto de Versalles, ese desmembramiento de la nación y esa agonía del concepto de patria para el escritor. Para Sebald, ahora en su ensayo Pútrida Patria, “el concepto de patria es relativamente nuevo. Se acuñó precisamente en el momento en que la patria dejó de ser un sitio donde permanecer y en el que individuos y grupos sociales enteros se vieron obligados a darle la espalda y emigrar. Por ello, ese concepto, como no es raro que ocurra, está en relación mutua con aquello a lo que se refiere. Cuanto más se habla de la patria, menos existe ésta (…). La experiencia de la pérdida de la patria no puede repararse nunca”. Exactamente eso le sucedió a Zweig, se vio obligado a darle la espalda y a enfermar, definitivamente, de patria.
Porque Zweig se vio obligado a abandonar su Austria, su Viena, su Salzburgo, ciudades no destruidas por un terremoto como la Lisboa de 1700, ni por un incendio como Londres, ni por una erupción volcánica al estilo de Pompeya y Herculano, ni tan siquiera por un bombardeo o raid devastador aliado, al estilo de lo que le ocurrió a Berlín; no, simplemente extravió su Viena, su Austria entera, porque le era imposible, ya, vivir en ellas. Y eso lo refleja ampliamente en sus obras, a través de la decadencia y descomposición de la sociedad de la época.
Doble pérdida de identidad si tenemos en cuenta que, además de vienés, Zweig era judío, un judío con identidad nacional condenado, como desde entonces tantos millones de judíos, a ser un judío sin identidad y sin destino. Estos dos problemas, la ausencia de una identidad y una patria usurpada de donde fue arrancado a la fuerza, lo condujeron al suicidio. Porque en un principio el escritor planteó su resistencia y su lucha ante las adversidades con un exilio dolorosísimo pero esperanzado que, al final, exiliado sin patria, creyendo firmemente en la victoria del nazismo, se convirtió en un suicidio como forma particular de resistencia.
Era tal el dolor de ver y constatar las atrocidades de su pueblo que fue incapaz de soportarlo. Como sostiene Peter Weiss en La Estética de la Resistencia: “Mantener el equilibrio entre los vivos con todos los muertos que llevamos dentro, con nuestro lamento por los muertos y con nuestra propia muerte, que tenemos ante los ojos”, es circunstancia que a Zweig se le hizo imposible. Las atrocidades eran tales y de tal magnitud que convivir con ellas en el futuro para Zweig –en especial si como el creía Hitler ganaba y se perpetuaba tras la guerra- era un esfuerzo que colmaba más allá de sus fuerzas vitales. Para Sebald, de nuevo en su obra Campo Santo, era impensable que Zweig pudiera convivir con “la obscenidad de una sociedad psíquica y socialmente deformada y el escándalo de que la historia, como si no hubiera pasado nada, pudiera proseguir luego prácticamente imperturbada”.
Motivos, todos, que Carlos Soldevilla resume, en su estudio crítico a modo de introducción a las Obras Completas de Zweig en la Editorial Juventud, de la siguiente manera: “Y se comprende que un sensitivo como Zweig, personalmente a salvo, no tuviese fuerzas para soportar el tremendo impacto que produjo en su espíritu, no solamente la tragedia de su gente, sino el derrumbe de una concepción idealista del mundo y, especialmente, de esa Europa que tanto amo y de la que, en cierto modo, pudo considerarse como hijo mimado”. No en vano, sus memorias, que hablan y no paran de la pérdida de ese estatus, de ese orden otrora ejemplar anterior a la guerra, se titulan El Mundo de Ayer, con el clarificador subtítulo de cómo se sentía aún sin patria: Memorias de un Europeo.
El ser humano, para Zweig, era capaz de lo mejor y de lo peor, en sus novelas siempre los personajes sucumben a la llamada del abismo y, bajo la idea de un hombre de naturaleza responsable, aparecen otros hombres, más primitivos. Sus novelas de Blut und Geist –Sangre y Espíritu-, no fueron sino un preludio de la propia y personal suerte que correría el autor. De hecho, que eligiera retratar a personajes en biografías como las de Erasmo y Fouché no es coincidencia. Ambos personajes supieron atravesar grandes tormentas –la Europa del siglo XVI con sus guerras de religión y la de finales del XVIII con la sacudida napoleónica- sin perder el rumbo y con mano firme, ejemplo de lo que deberían ser los dirigentes y pensadores de la época actual ya que tanto uno como otro, Fouché como Erasmo, ofrecen un cuadro de inseguridad y de angustia de unos tiempos que prefiguraban la época que le tocó vivir a Zweig. Y por qué no, un augurio del propio final de Zweig lo encontramos en su retrato de Von Kleist, en la obra En Combate contra el Demonio –Holderlin, Kleist, Nietzsche-, escritor que también se suicidó.
Zweig se encontraba en 1939 pasando una temporada en Londres. Días antes del estallido de la guerra pudo viajar, tal vez azuzado por un sentimiento premonitorio, a su Austria por entonces ya anexionada al Reich hitleriano tras el Anschluss. En Viena se despidió de su ciudad y de su madre para regresar a Londres y, desde allí y con los hechos bélicos ya consumados, trasladarse con su segunda mujer al Brasil. Con sus obras prohibidas en el Gran Reich –por tanto en Austria también-, como ciudadano británico, tuvo una maldita visión: vio a Hitler vencedor de la guerra. Y se avergonzó del futuro y también del presente. Tuvo tiempo de denunciar toda la brutalidad del nazismo en su Novela de Ajedrez pero lo que podría haber sido un fértil valladar contra la barbarie se detuvo ahí. Se quitó la vida en Petrópolis, junto a su esposa. En palabras de Carlos Soldevilla: “Al perder la fe en sus ideales humanísticos había perdido la voluntad de vivir. El aliento embriagador del trópico no había logrado curarle de la fina añoranza de su Salzburgo mozartiano”.
¿Para qué voy a hablar de Novela de Ajedrez después todo esto?. Simplemente, creo, que esta es su mejor critica: recordar al firme y fino intelectual que la escribió. Después, lo que resta es maravillarnos con ella y leerla una y otra vez.

Un texto opresivo, mentalista, derrotado, embrutecido por las botrancas y los abrigos de cuero del Reich Milenario, resistente, lúcido y valiente.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Vida y Destino -Vasili Grossman-.



LA LITERATURA DE LA BARBARIE

De entre todos los siglos que jalonan la historia de la humanidad no cabe duda de que el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, que se podrían entender como una sola, con un periodo de tensa tregua de veinte años en donde los problemas que desembocaron en la primera conflagración no hicieron sino crecer, lejos de quedar resueltos, hasta estallar en un segundo conflicto mucho peor; el siglo XX es, con mucho, en cuanto a muerte, destrucción, sangre, masacres, asesinatos y crímenes, el peor o, como lo define Imré Kértesz en su Kaddish por el Hijo no Nacido: “el siglo, ese pelotón de fusilamiento en servicio permanente”.
¿Qué podía hacer el individuo inmerso en esta batalla? Todorov opina, en su Memoria del Mal, Tentación del Bien: “¿Cómo será recordado, algún día, este siglo? ¿Se llamará el siglo de Stalin y Hitler? Eso sería conceder a los tiranos un honor que no merecen? ¿Se le dará el nombre de los escritores y pensadores más influyentes en vida, los que suscitaban mayor entusiasmo y controversia, aunque se advierta, con posterioridad, que casi siempre se equivocaron en sus elecciones y que indujeron a error a los millones de lectores que les admiraban? (...) Por mi parte, preferiría que se recordaran, de este siglo sombrío, las luminosas figuras de los pocos individuos de dramático destino y lucidez implacable que siguieron creyendo, a pesar de todo, que el hombre merece seguir siendo el objetivo del hombre”.
A tal efecto, para recordar a esas figuras que lucieron como pocas en el transcurso de la oscuridad del siglo, he elegido a un escritor que se enfrentó de variadas maneras a la barbarie, aunque siempre tuvo muy claro que el hombre merece seguir siendo objetivo del hombre: Vassili Grossman, que, a su modo y como corresponsal en el frente de la batalla, dio testimonio del mundo en llamas, unas llamas que intentó sofocar con su escritura.
Judío de lengua rusa y nacionalidad soviética, Grossman pasó a la historia de la literatura por dos novelas: Vida y Destino y Todo Pasa, ambas un arriesgado análisis de la sociedad totalitaria que le tocó vivir pero con la que no siempre fue crítico. Todorov opina de él: “El Destino de Grossman comporta un enigma que podría formularse así: ¿cómo es posible que sea el único escritor soviético conocido por haber sufrido una conversión radical, pasando de la sumisión a la revuelta, de la ceguera a la lucidez? ¿El único en haber sido, primero, un servidor ortodoxo y temeroso del régimen, y en haberse atrevido, más tarde, a enfrentarse con el problema del Estado totalitario en toda su magnitud?”.
Será el conflicto de la Segunda Guerra Mundial el que lleve a Grossman a cambiar de perspectiva ante el régimen soviético, de ahí la importancia que tuvo para él, y Todorov continúa con este análisis: “Grossman sufre una completa mutación: de sometido a hombre que ansía y busca la libertad. Al principio, Grossman se definía a sí mismo como marxista”. Los personajes de sus primeros escritos –su novela larga Stepán Kolchugin consagrada a la vida de los obreros- eran personajes típicamente soviéticos, típicamente plegados al sistema. En el año 1933 detuvieron a su prima Nadia, que le había ayudado mucho en su carrera de literato, pero no hizo nada por ayudarla. Después, en el 1937, fueron dos escritores, dos de sus mejores amigos y vinculados a su mismo grupo literario, Pereval, los purgados, ante la pasividad de Grossman. En 1938 el ejecutado será su tío, y su indiferencia continúa, es un fiel producto al servicio del Partido. Incluso en el 1937 firmó una petición de pena de muerte colectiva para los implicados en uno de los procesos de Moscú, Bujarín entre ellos. La delación y la sumisión eran el modo de supervivencia impuesto en el régimen de Stalin al que Grossman no era ajeno. Eran los peores años de la pesadilla del estalinismo.
Entonces estalló la guerra, y Grossman, en el 1941, se lanzó a defender a su patria. Esa experiencia le cambiaría del todo. Como dice uno de sus personajes en Vida y Destino, “sentía que, luchando contra los alemanes, luchaba por una vida libre en Rusia, que la victoria sobre Hitler sería también una victoria sobre los campos de la muerte donde habían perecido su madre, sus hermanas, su padre”.
Grossman se convirtió en corresponsal de guerra, en el más célebre de la URSS. Estuvo en Moscú, Stalingrado, Ucrania, Polonia y entró en Berlín en el 1945. A finales de la guerra se enteró de una información clave para el resto de su vida y que influiría absolutamente en su producción literaria: supo que, en 1944, su propia madre fue víctima de los Einsatzgruppen que actuaron en una Aktion en Berdichev –una de las “capitales” judías de Ucrania-, cuando la localidad fue ocupada.
Tras la muerte de Stalin en el año 1953, comienza un leve deshielo en la Unión Soviética, y Grossman cree llegado su momento. Aprovecha la nueva coyuntura para ponerse manos a la obra en la que sería su obra maestra: Vida y Destino, cuyo inicio data del año 1955, y elabora también la primera versión de Todo Pasa. Grossman finalizaría Vida y Destino en el año 1960 pero, aunque ya transcurridos siete años desde el deceso de Stalin, todavía no era posible publicar semejante novela en la Unión Soviética, ni siquiera bajo el leve deshielo de Jruschov. La obra llegó a la KGB, que procedió a su secuestro. Empezaba así la lucha de Grossman, la otra lucha después de la sostenida durante la Segunda Guerra Mundial, por que viera la luz una de las novelas capitales sobre la Guerra del siglo XX.
Grossman murió de cáncer en 1964 si saber nada de su novela, ignorando si algún día vería la luz o si las pocas copias existentes habían sido destruidas. La obra no aparecería hasta las décadas de los 70 y 80, y lo haría en el extranjero. Ambas novelas, Vida y Destino y Todo Pasa, eran producto de la conversión de su autor, conversión que experimentó durante la Guerra y que despertó su conciencia judía, identificándose por completo con uno de los protagonistas de Vida y Destino: Strum. De hecho, el personaje, en el libro, confiesa que nunca había tomado conciencia de que era un judío hasta que se vio inmiscuido en la guerra. Fue Hitler y el comportamiento de sus tropas –los batallones volantes- quienes se encargaron de que el personaje ficticio –Strum- y su encarnadura real, el escritor –Grossman- se dieran cuenta de su naturaleza hebrea con todo lo que eso conllevaba: un descubrimiento de la realidad opresora, del desarraigo, del aplastamiento al que los sometía el Estado totalitario; unas circunstancias ante las que ya era hora de revelarse. Todos los judíos de Berdichev fueron asesinados, la madre de Grossman entre ellos, circunstancias que el escritor refleja fielmente en su novela Vida y Destino. Por si esto fuera poco, la toma de conciencia judía y la nueva posición ante la realidad se consolidó a medida que Grossman avanzaba por los terrenos liberados, primero por Ucrania, y descubría las pruebas de la limpieza étnica de las tropas de Hitler, hasta que llegó al campo de concentración de Treblinka. Tal fue el impacto, que se puso manos a la obra: investigó sobre el campo, interrogó a testigos, supervivientes, también a algún verdugo, y culminó El Infierno de Treblinka, el primer testimonio publicado sobre los campos de extermino. A la par, el genocidio hitleriano se convertiría en uno de los temas recurrentes de Vida y Destino, además del antisemitismo ruso y ucraniano, que también obtuvieron su hueco en la novela.
Pero la conversión de Grossman no sólo se debe a su toma de posición judía: durante el conflicto pudo comparar comportamientos y decisiones de los dos tiranos –Hitler y Stalin- estableciendo por sus actos un paralelismo y una equivalencia; ambos era igual de sanguinarios y una vez derrotado en el campo de batalla el primero, debía luchar intelectualmente contra el segundo. El nazismo denunció las verdades sobre el supuesto paraíso comunista, descubrió los lagers, la inhumanidad de Stalin, y toda esa publicidad no fue ajena a Grossman. Ahora, ya no sólo denunciara la brutalidad del nazismo, sino que también hablará, como bellamente remarca Tododrov, del “el chirrido combinado de los alambres de púas de la taiga siberiana y del campo de Auschwitz”.
Las similitudes entre nazismo y comunismo quedan reflejadas en una de la escenas de Vida y Destino, en donde un viejo bolchevique detenido por los nazis entabla una jugosa y sustanciosa conversación con un alto oficial que debe interrogarle y en donde se demuestra que ambos regímenes son imágenes recíprocas una de la otra. No es de extrañar, entonces, que la novela fuera secuestrada por el KGB (confirmando así esa teórica reciprocidad de los regímenes, desde luego). El paralelismo era, ciertamente, sonrojante: la Noche de los Cuchillos Largos germana tenía su equivalente en las purgas de Stalin, el extermino de los judíos era similar al de los Kulaks, los campos de concentración tuvieron su réplica en los lagers, Auschwitz era a Kolimá y a Vorkutá como la Gestapo a la KGB.
Además, la bomba atómica y el impacto que Hiroshima y Nagasaki produjeron en Grossman también tuvieron fiel reflejo en su literatura: Strum, protagonista de Vida y Destino, hará un descubrimiento como físico que se relaciona con la fisión nuclear y que le valdrá una llamada de felicitación del propio Stalin. No hay que olvidar que Grossman era químico de formación y todo el proceso de la fabricación de la bomba atómica –proceso del que la URSS estuvo mucho tiempo huérfana- a la fuerza tuvo que llamar la atención en él, máxime una vez vistas las consecuencias del infierno desencadenado sobre territorio japonés por los resultados del Proyecto Manhattan. De hecho, en 1953 Grossman escribió un relato breve titulado Abel, que refleja el estado de ánimo de los pilotos y la tripulación del Enola Gay y el de las víctimas, salpicado de frases con un contenido tan humanista como esta: “Ni ese niño de cuatro años ni su abuela comprendieron porque les incumbía a ellos, precisamente, pagar las cuentas de Pearl Harbor y de Auschwitz”.
Como ya dije arriba, la muerte de su madre, o mejor dicho, el descubrimiento de la muerte de su madre a manos de un Einsatzcommando, marcaron el punto de inflexión en el carácter de Grossman, una vez más influido por los acontecimientos acaecidos en la Guerra Mundial. Vida y Destino, dedicada a ella, es la expresión de los pensamientos que le inspiró: compasión por su destino, admiración por su ejemplo, algo paralelo al destino de la Unión Soviética y de sus ciudadanos. Para Grossman, su madre ejemplarizó “el destino de la humanidad en tiempos inhumanos”. En Vida y Destino la madre de Strum es fusilada por los nazis al estilo de la propia madre de Grossman; he ahí su homenaje.
Otro de los motivos de la toma de conciencia antitotalitaria y que marcó a Grossman fue la victoria de los rusos en Stalingrado, y que tan bien refleja en Vida y Destino. En Stalingrado se produjo un cambio ideológico significativo en contra del régimen de Stalin que se autodenominaba con el lema de el socialismo en un solo país. Sin embargo, no se defenderá la ciudad a orillas del Volga a través de consignas comunistas, ni citando a Marx y a Engels, no, sino que se recurrirá a mencionar el espíritu de Pedro el Grande, la heroicidad de Alexander Nevsky, empleando el popularismo de la Historia, enardeciendo el sentimiento nacionalista, identificando así a la nación con sus glorias pasadas. La ideología de Stalin, del Partido, el sistema en sí, no eran suficientes para calar en el pueblo, para llamarlo a resistir, y tuvo que ser ese nacionalismo exacerbado el que hiciera reflexionar a Grossman: un efecto más de la Segunda Guerra Mundial, el debilitamiento del ideal comunista que, no obstante, sobreviviría al nazismo.
Una resistencia inútil de Grossman; escritor que, en fin, sufrió el axioma de Rousseau al que me refería en la reseña del libro Invierno en Praga de Mnacko, de que en las relaciones entre los hombres, lo que peor puede sucederle a uno es encontrarse bajo el dominio de otro, y aún es peor si ese uno intenta, para mayor desgracia, hacer literatura.

Notable por la minestrone de personajes, algo caótica por la excesiva extensión, pero también por es un descomunal esfuerzo narrativo encastillado entre las ruinas devastadas de Stalingrado y en los laboratorios de agua pesada.