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lunes, 15 de julio de 2019

Sacrificio-Béla Braun




*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/sacrificio-del-mexicano-bela-braun-nada-duele-tanto-como-la-esperanza/

Sacrificio, del mexicano Béla Braun: nada duele tanto como la esperanza

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Todo en Sacrificio, primera novela del mexicano Béla Braun, y editada por Nieve de Chamoy, tiene una segunda interpretación, e incluso más de dos, como si la realidad se reflejase en un espejo que fuera un prisma que nos devolviera múltiples posibilidades. Todo se desdobla en esta historia que transita del género negro a la novela cuántica, pasando por uno de los pilares fundamentales que la sostiene: el realismo sucio. Paradójica afirmación esta, porque el juego con el tiempo y los espacios, en principio, debería alejar la obra de Braun de ese presunto “realismo”, pero la ambientación, y la propia trama en sí, tienen mucho de esa marginalidad violenta y sexual que caracteriza este género, con fuerte vocación, además, latinoamericana. En definitiva, Sacrificio, como veremos a continuación, es un debut literario sorprendente. Y sobresaliente. Por eso voy a hablaros de ella en este Odradek de Achtung!

En primer lugar, ubiquémonos en ese título: Sacrificio, y en las dobleces que nos oculta. Ajedrecísticamente hablando, un sacrificio es la entrega de una pieza para ganar una ventaja posterior, ya sea de posición, calidad o tiempo, pero la palabra también se refiere al lugar por antonomasia en donde se realzan sacrificios: un matadero. Y el matadero será un lugar importantísimo para el desenlace del libro.
El ajedrez nos lleva directamente al protagonista: Imre, alias Tili, un precoz campeón, con una extraordinaria proyección que condenará al no realizar, precisamente, un sacrificio que le habría dado la victoria en la partida decisiva, esa que lo podía convertir en Campeón Nacional. Ese sacrificio de caballo por peón no ejecutado lo perseguirá durante toda la vida y, tal y como asegura Imre:
lo llevo dentro desde entonces, como un veneno de liberación prolongada”.
Imre, con la mente envenenada por el ajedrez.
Desde aquella derrota, Imre inicia una huida, un abandono del ajedrez que también es una huida de su propia vida. Así empieza la novela, con Imre vagando por la Ciudad de México, a la búsqueda de algo que no sabe identificar, atormentado por los años pasados y por algunos acontecimientos ocurridos en la adolescencia, concretamente en la escuela de secundaria, cuando experimentó un primer amor explosivo por su compañera de clase, Mariana.
El cerebro dañado, retorcido, complejo y sufriente de un jugador de ajedrez es todo un topos narrativo. Como ejemplo de ello, otras dos novelas imponentes: La torre herida por el rayo (Destino), de Fernando Arrabal y Novela de Ajedrez (Acantilado) de Stefan Zweig. Los ajedrecistas, tal vez por su mente matemática, son capaces de percibir de una forma peculiar el Universo, que es decir lo mismo que el tiempo y del espacio.


Y hablando de espacio y tiempo, la novela quiebra lo convencional y los retuerce, alterándolos ambos mediante una bifocalización narrativa que es una de sus principales características.
En efecto, en Sacrificio nos encontramos ante un discurso construido a dos voces. Y este es el grandioso acierto de Béla Braun. A la voz sosegada, confundida también, pero seria y represada de Imre, debemos sumar la verborrea desatada y repleta de insultos, expresiones malsonantes, jerga, germanía, o como queramos llamarlo, del otro protagonista del libro: Adrián Amezcua.
Lo realmente interesante es el lugar desde donde se articulan ambas voces. La del protagonista, Imre, en el corazón de una Ciudad de México, de ese D. F. que no reconoce, inmerso en el caos de su propia percepción, de su propio pensamiento, tratando de comprender y, a la par, de sobrevivir.
Por su lado, el divertidísimo (no por ello menos terrible) discurso de Adrián Amezcua tiene lugar en la cárcel, en concreto (al menos en su mayoría, porque hay un pequeño capítulo en el que Amezcuamonologa con Masilla, su compañero de celda) en una sala de interrogatorios donde un anónimo capitán (¿tal vez comandante?) pregunta al preso sobre su relación con Imre.
De esta forma, Béla Braun define a los dos personajes: Imre es activo, Adrián es pasivo, dado que no puede incidir ni actuar en los acontecimientos, que siempre narrará en pasado, mientras que Imreinfluye sobre ese espacio-tiempo maleable para tratar de alterarlo a su favor. Podríamos decir que la peripecia de Imre es onírica y murakamiana, mientras que el discurso de poderosísima oralidad de Amezcua es de componentes rulfianos.



Novela onírica, género negro, realismo sucio. El componente de la ciudad enferma, sórdida, que exacerba las pulsiones sexuales, además de las criminales, es uno de los temas fundamentales de ese realismo sucio, desde sus padres fundadores, John Fante y Bukowski, pasando por La trilogía sucia de la Habana (Anagrama) del cubano Pedro Juan Gutiérrez o del costarricense Faustino Desinach, este último con toda una serie de títulos que han revitalizado el género, entre los que destacaría dos obras: Efectos personales y Balada clandestina.
El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez.
En la novela de Béla Braun aparece caracteriza la Ciudad de México con estos parámetros alienantes. Es una ciudad peligrosa y enferma, un conglomerado humano en permanente zozobra, que esconde la maldad en su red de pasillos oscuros y escaleras. Imre deambula por este espacio, mientras el discurso presidario de Adrián se realiza desde otro mundo igualmente tenebroso y delicado, la cárcel.
De esta forma, ambos protagonistas, separados —al parecer, según afirma Adrián al comienzo mismo de su discurso, no se ven desde hace diez o veinte años, pero no es un narrador confiable—, comparten una localización afín al realismo sucio, y su devenir se carga de ese onirismo que los lleva a comportarse como figuras mecánicas, casi como peones de ajedrez a los que se puede sacrificar.
El escritor costarricense Faustino Desinach, revitalizador del género del realismo sucio latinoamericano.
El discurso de Adrián jamás obtiene una respuesta, ni por parte del capitán que lo entrevista (¿o es un comandante?), que nunca articula palabra, ni de su compañero de celda Masilla, sumido en un sueño extraño con el que parece no prestar atención. El discurso de Adrián es un discurso kafkiano, como el de ese Joseph K. que por mucho que alce la voz nunca será atendido en El proceso.
Por su parte, las interacciones de Imre son todas dudosas, al menos dudosas en su mente, por tanto en la mente del lector, y nunca sabremos si son reales o ficticias, soñadas o inventadas, y qué parte de ellas le han ocurrido y qué porción serán producto de un desdoblamiento esquizofrénico que lo arrastra, más que a vivir dos realidades, a experimentar una dimensión paralela.
El espacio, entonces, que ambos protagonistas comparten, se encuentra en el recuerdo, en el pasado, en el tiempo compartido en la escuela de secundaria, verdadero motor de la novela. En esa época, durante un campamento campestre llevado a cabo por el colegio, Imre hará su demoledora confesión a sus compañeros, al ser obligado a expresarse en público. A la pregunta del profesor acerca de lo que quería de la vida, admite:
Soy Imre y tengo tres sueños. El primero es ser campeón nacional de ajedrez. El segundo no se los puedo decir. Y el tercero es que todos ustedes se ahoguen en el río de mierda que pasa allá abajo”.
De los tres sueños, y nótese que se utiliza la palabra sueño, en el primero fracasará al no realizar ese sacrificio al que me refería al principio; el segundo, inconfesable, es su amor por Mariana, y el tercero viene propiciado por el aborrecimiento que tiene el muchacho por sus compañeros de clase que lo mortifican dado que, tal y como Adrián lo califica, es un friki incomprendido, permanentemente ninguneado y sometido a bullying.
Poco después, Imre sorprenderá a Mariana, entre los árboles del bosque, manteniendo relaciones sexuales con otro compañero de clase, justo cuando ha sido acicateado por Adrián (que se había convertido en su protector, porque en este tramo de la novela se ha invertido el rol de los personajes; aquí es Adrián el activo e Imre el pasivo), que lo había convencido de que debía abordar a la muchacha y confesarle lo que sentía.
Béla Braun marca con especial crueldad, sexual y psicológica, el instante de la visión de Imre, al ponerla en palabras de Adrián, y ya sabemos que Adrián es un pendejo deslenguado que todo lo cuenta de manera directa y sin miramientos. Y el impacto, la humillación en Imre, es de tal grado que, y este es otro golpe maestro del autor, de inmediato se desencadena una brutal tormenta sobre el campamento.
No se trata de un recurso, de la llamada falacia patética wertheriana en donde el estado interior del ánimo del personaje se proyecta en la climatología externa; simplemente, estalla la tormenta, trae una riada y ahoga “en el río de mierda” a unos cuantos compañeros de clase. Se acaba de configurar así, para el resto de alumnos, un Imre despechado y vengativo capaz de crear una tormenta para castigar la afrenta sexual y cumplir así su tercer sueño. Desde entonces, aún será tratado en clase de peor forma, hasta que la situación se haga insostenible. Todos lo culpan del terrible suceso.
Béla Braun ha demostrado aquí que ha sabido construir un segundo pasado terrible que, sumado al de ajedrecista, atormentará al protagonista. Vaga por la ciudad a la búsqueda de una nueva realidad, y manifiesta al inicio de su huida:
En algún lugar tiene que estar la vida”.
Y es una huida que tiene un objetivo claro, la búsqueda de sentido, y como tal comprende Imre esta salida de su casa paterna:
En algún lugar debe de haber respuestas”.
Imre se aleja de su barrio de la infancia, del lugar en donde ha vivido, como si se tratase de un resucitado que abandona su tumba:
La colonia que dejé al otro lado de la gran avenida es un cementerio sin cruces, de enormes tumbas con ventanales, y alguna rotonda, las casas que ya no serán mi tumba, el barrio que ya no será mi panteón”.
La afirmación recuerda a esos versos de Dámaso Alonso, cuando dice en su poema Insomnio (del libro Hijos de la ira, de 1944):
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna…”.
Aunque el poema, escrito un año después del final de la Guerra Civil, tiene ese trasfondo, desde luego, bien podría ser el leitmotiv de la novela Sacrificio, simplemente cambiando la ubicación, Madrid por la Ciudad de México. Al fin y al cabo… ¿acaso las grandes ciudades no poseen algo de tumbas en vida para sus habitantes?
Es así: los dos protagonistas habitan en el interior de sus propios sarcófagos. El de Adrián es físico, la cárcel, la celda, pero el de Imre es psíquico. La dualidad de ambos sepulcros viene reflejada por un juego de capítulos y contra capítulos, tipográficamente emparejados por dos números; uno de ellos, el perteneciente a la huida de Imre, se consigna en números romanos, y le sigue, inmediatamente, el contra capítulo con el discurso de Adrián. La estructura es la siguiente: I, 1, II, 2, III, 3, IV, 4, V, 5…, hasta el final del XI, 11.

Esta técnica de dobles capítulos o como he definido, contra capítulos, ya me la había encontrado antes, elaborada de forma algo distinta, pero con el mismo espíritu que utiliza Béla Braun, en Frías flores de marzo (Alianza), la novela del escritor albanés Ismaíl Kadaré. Las dos realidades (o tal vez irrealidades) conviven a la par, quebrando espacio y tiempo y convirtiendo a Sacrificio, además, en una novela cuántica hasta el punto de que Imre confiesa que:
tenía miedo de estar despierto y descubrir que nada había pasado en realidad”.
Por último, me queda un detalle que, dada mi pasión por lo húngaro, no he podido pasar por alto. Ya en el nombre del autor, en ese Béla, resuenan ecos magiares, aunque por mucho que he indagado por las redes e Internet, no he encontrado ninguna referencia del escritor a esos presuntos ascendentes húngaros. Por cierto, ya que hablo de Internet, os dejo a continuación dos enlaces a dos entrevistas con Béla Braun llevadas a cabo en televisiones mexicanas.

Programa Molino de viento:
Espacio La entrevista en TVMás:
Vuelvo a lo de Hungría. En la novela, los padres de Imre (que comparte nombre con Imre Kertész, el Premio Nobel de Literatura) hablan en un idioma extraño que, evidentemente, es húngaro. No es difícil llegar a esta conclusión: los padres de Imre son húngaros refugiados en México tras la represión con que la Unión Soviética sofocó la Revolución de 1956 y que trajo la oscura época del kadarismo, en relación con János KádarPresidente del Partido Socialista Húngaro.
Y de Hungría nos llega el personaje de Gyula, caracterizado como un demonio, un ser sombrío y espectral que arrastra la muerte tras de sí. Gyula ha sido, durante la infancia de Imre, su maestro, le ha enseñado el ajedrez competitivo. Gyula encarna a esos tipos de la policía secreta húngara o Államvédelmi Hatóság, conocida por sus siglas de ÁVH. Podemos suponer que, el padre de Imre, localizado en México, es extorsionado por Gyula de alguna manera, y el resultado es un intercambio, casi un sacrificio: la entrega del hijo a su maestro de ajedrez.
Un dato más que añadir al misterio parcialmente desvelado: un mensaje en un contestador, con la voz de su padre dirigiéndose a Imre, utiliza la palabra de cortesía servus (se escribe szervusz, aunque el autor opta por la forma fonética y no por la ortográfica). Es un saludo algo más formal que el habitual szia, lo que implica un respeto del padre por el hijo, suponemos que bien ganado en el tablero de ajedrez.
Béla Braun, autor de Sacrificio, durante un concierto. Nótese que lleva una camiseta con la portada de su novela.
Esta trama de trasfondo húngaro es una más de la aberturas que propone una novela caracterizada por el poderoso discurso de la voz de Adrián Amezcua, y que, curiosamente, me ha recordado a la voz narradora que aparece en otra novela publicada por Nieve de Chamoy y de la que ya hablamos aquí, en Achtung! Me refiero a Lagarto Rey, del panameño Javier Medina Bernal.
Y como la literatura, y la música, entablan conversaciones con otros autores y con otros músicos, las voces poderosas de Sacrificio y Lagarto Rey, de Béla Braun y de Medina Bernal (ambos músicos) se unieron para presentar en un concierto las novelas. Aquí os dejo un enlace a tan curioso y original evento, con ambos escritores, mexicano y panameño, sobre el escenario:
Quizás esta música pueda traernos algo de sosiego tras la lectura de Sacrificio, tensa y tremenda novela cuyo corolario podría ser una afirmación de su protagonista:
Nada duele tanto como la esperanza”.
Y es que, la esperanza, a veces, se encuentra detrás una puerta de metal que, cuando se abre, da paso a un matadero y muestra decepciones que son como horrores. Como lectores, de verdad, os animo a que abráis la puerta metálica de Sacrificio. Lo que encontréis después ya es cosa vuestra, algo que se encuentra dentro de cada uno, pero es indiscutible que, además, disfrutaréis con el hallazgo de una gran novela.

martes, 4 de enero de 2011

Novela de Ajedrez -Stefan Zweig-.




NEGRAS JUEGAN Y PIERDEN

A Stefan Zweig los horrores del nazismo, la brutalidad de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, lo dejaron sin patria. Como dice Sebald, en Campo Santo, reflexionando acerca del concepto de patria: “Destruir la patria es lo mismo que destruir a la persona (…). Y no hay una nueva patria.(…). La patria es el país de la infancia y la juventud. Quién la ha perdido sigue estando perdido, aunque haya aprendido a no tambalearse en el extranjero como si estuviera borracho”. Ese fue su mal, su castigo, la carga de la que intentó huir y la que nunca pudo superar.
Hasta la época de Stefan Zweig, hasta los malditos años de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad nunca jamás había descendido a semejante cotas de inhumanidad. Bien es cierto que antes hubo una Gran Guerra con su cuota de masacres y carnicerías, antes, incluso, una Revolución Francesa que trajo de la mano la guillotina y el Terror, pero nunca antes la civilización moderna fue consciente, como en tiempos del nazismo, de encontrarse a tan escasos pasos de desaparecer al estilo de la Antigua Roma, la Gracia Clásica o el Egipto Faraónico. En esos momentos, le tocó a un intelectual, a Zweig, soportar esa carga, darse cuenta de cómo se comportaba el ser humano y, por ende, todo un país, una patria, metida de lleno en las matanzas.
Zweig nació en Viena en el año 1881, una ciudad que representaría muy bien el desmoronamiento del periclitado régimen de los Habsburgo, empezando con el Pacto de Versalles, ese desmembramiento de la nación y esa agonía del concepto de patria para el escritor. Para Sebald, ahora en su ensayo Pútrida Patria, “el concepto de patria es relativamente nuevo. Se acuñó precisamente en el momento en que la patria dejó de ser un sitio donde permanecer y en el que individuos y grupos sociales enteros se vieron obligados a darle la espalda y emigrar. Por ello, ese concepto, como no es raro que ocurra, está en relación mutua con aquello a lo que se refiere. Cuanto más se habla de la patria, menos existe ésta (…). La experiencia de la pérdida de la patria no puede repararse nunca”. Exactamente eso le sucedió a Zweig, se vio obligado a darle la espalda y a enfermar, definitivamente, de patria.
Porque Zweig se vio obligado a abandonar su Austria, su Viena, su Salzburgo, ciudades no destruidas por un terremoto como la Lisboa de 1700, ni por un incendio como Londres, ni por una erupción volcánica al estilo de Pompeya y Herculano, ni tan siquiera por un bombardeo o raid devastador aliado, al estilo de lo que le ocurrió a Berlín; no, simplemente extravió su Viena, su Austria entera, porque le era imposible, ya, vivir en ellas. Y eso lo refleja ampliamente en sus obras, a través de la decadencia y descomposición de la sociedad de la época.
Doble pérdida de identidad si tenemos en cuenta que, además de vienés, Zweig era judío, un judío con identidad nacional condenado, como desde entonces tantos millones de judíos, a ser un judío sin identidad y sin destino. Estos dos problemas, la ausencia de una identidad y una patria usurpada de donde fue arrancado a la fuerza, lo condujeron al suicidio. Porque en un principio el escritor planteó su resistencia y su lucha ante las adversidades con un exilio dolorosísimo pero esperanzado que, al final, exiliado sin patria, creyendo firmemente en la victoria del nazismo, se convirtió en un suicidio como forma particular de resistencia.
Era tal el dolor de ver y constatar las atrocidades de su pueblo que fue incapaz de soportarlo. Como sostiene Peter Weiss en La Estética de la Resistencia: “Mantener el equilibrio entre los vivos con todos los muertos que llevamos dentro, con nuestro lamento por los muertos y con nuestra propia muerte, que tenemos ante los ojos”, es circunstancia que a Zweig se le hizo imposible. Las atrocidades eran tales y de tal magnitud que convivir con ellas en el futuro para Zweig –en especial si como el creía Hitler ganaba y se perpetuaba tras la guerra- era un esfuerzo que colmaba más allá de sus fuerzas vitales. Para Sebald, de nuevo en su obra Campo Santo, era impensable que Zweig pudiera convivir con “la obscenidad de una sociedad psíquica y socialmente deformada y el escándalo de que la historia, como si no hubiera pasado nada, pudiera proseguir luego prácticamente imperturbada.
Motivos, todos, que Carlos Soldevilla resume, en su estudio crítico a modo de introducción a las Obras Completas de Zweig en la Editorial Juventud, de la siguiente manera: “Y se comprende que un sensitivo como Zweig, personalmente a salvo, no tuviese fuerzas para soportar el tremendo impacto que produjo en su espíritu, no solamente la tragedia de su gente, sino el derrumbe de una concepción idealista del mundo y, especialmente, de esa Europa que tanto amo y de la que, en cierto modo, pudo considerarse como hijo mimado”. No en vano, sus memorias, que hablan y no paran de la pérdida de ese estatus, de ese orden otrora ejemplar anterior a la guerra, se titulan El Mundo de Ayer, con el clarificador subtítulo de cómo se sentía aún sin patria: Memorias de un Europeo.
El ser humano, para Zweig, era capaz de lo mejor y de lo peor, en sus novelas siempre los personajes sucumben a la llamada del abismo y, bajo la idea de un hombre de naturaleza responsable, aparecen otros hombres, más primitivos. Sus novelas de Blut und Geist –Sangre y Espíritu-, no fueron sino un preludio de la propia y personal suerte que correría el autor. De hecho, que eligiera retratar a personajes en biografías como las de Erasmo y Fouché no es coincidencia. Ambos personajes supieron atravesar grandes tormentas –la Europa del siglo XVI con sus guerras de religión y la de finales del XVIII con la sacudida napoleónica- sin perder el rumbo y con mano firme, ejemplo de lo que deberían ser los dirigentes y pensadores de la época actual ya que tanto uno como otro, Fouché como Erasmo, ofrecen un cuadro de inseguridad y de angustia de unos tiempos que prefiguraban la época que le tocó vivir a Zweig. Y por qué no, un augurio del propio final de Zweig lo encontramos en su retrato de Von Kleist, en la obra En Combate contra el Demonio –Holderlin, Kleist, Nietzsche-, escritor que también se suicidó.
Zweig se encontraba en 1939 pasando una temporada en Londres. Días antes del estallido de la guerra pudo viajar, tal vez azuzado por un sentimiento premonitorio, a su Austria por entonces ya anexionada al Reich hitleriano tras el Anschluss. En Viena se despidió de su ciudad y de su madre para regresar a Londres y, desde allí y con los hechos bélicos ya consumados, trasladarse con su segunda mujer al Brasil. Con sus obras prohibidas en el Gran Reich –por tanto en Austria también-, como ciudadano británico, tuvo una maldita visión: vio a Hitler vencedor de la guerra. Y se avergonzó del futuro y también del presente. Tuvo tiempo de denunciar toda la brutalidad del nazismo en su Novela de Ajedrez pero lo que podría haber sido un fértil valladar contra la barbarie se detuvo ahí. Se quitó la vida en Petrópolis, junto a su esposa. En palabras de Carlos Soldevilla: “Al perder la fe en sus ideales humanísticos había perdido la voluntad de vivir. El aliento embriagador del trópico no había logrado curarle de la fina añoranza de su Salzburgo mozartiano”.
¿Para qué voy a hablar de Novela de Ajedrez después todo esto?. Simplemente, creo, que esta es su mejor critica: recordar al firme y fino intelectual que la escribió. Después, lo que resta es maravillarnos con ella y leerla una y otra vez.

Un texto opresivo, mentalista, derrotado, embrutecido por las botrancas y los abrigos de cuero del Reich Milenario, resistente, lúcido y valiente.