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martes, 29 de octubre de 2019

Las campanas no doblan por nadie-Charles Bukowski



*Esta crítica apareció en Achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/las-campanas-no-doblan-por-nadie-bukowski-tritura-el-sueno-americano/


Las campanas no doblan por nadie: Bukowski tritura el sueño americano

Hoy, 16 de agosto de 2019, se cumplen 99 años del nacimiento —en la localidad alemana de Andernach— de Heinrich Karl Bukowski, más conocido por los amantes de la literatura como Henry Charles Bukowski, el escritor norteamericano que ha sido emblema del realismo sucio y de la escritura pulp. En Achtung! siempre hemos sido grandes admiradores de Bukowski, y en este su 99 cumpleaños no podemos hacernos a un lado y no hablar de él. Con más motivo si cabe, porque la celebración nos viene de la mano de un nuevo libro que ha publicado la editorial Anagrama: Las campanas no doblan por nadie, que reúne un extenso grupo de relatos inéditos del autor, así como publicados en prensa o en algunas revistas de adultos, eróticas, es decir, pornográficas, en donde se nos revela el Bukowski más surrealista, disparatado, sexual, provocador y divertido. Hoy, en este Odradek de los viernes de Achtung!: ¡Feliz 99 cumpleaños, Chinaski!

En Las campanas no doblan por nadie, el volumen publicado por Anagrama, nos topamos con un Bukowski sorprendente. En primer lugar, ha reducido en estos relatos algunos de sus temas y referencias habituales. Por ejemplo, apenas aparece en esta recopilación el hombre de uñas ennegrecidas por tanto rascarse las hemorroides, y esto no es un comentario meramente escatológico.
Porque las hemorroides, en la literatura de Bukowski, suelen ir unidas al fracaso personal del obrero alienado en la fábrica de producción en cadena. Tiene varios relatos con este tipo de protagonistas, que regresan a casa derrotados tras una jornada laboral demoledora. Por ello, esta afección es sintomática, dado que los personajes de Bukowski representan el lado oscuro del sueño americano (y lo de oscuro no lo digo con segundas, estoy tratando de ser serio, de verdad).
En la faja del libro de Las campanas no doblan por nadie, la editorial Anagrama ha elegido como reclamo una frase que me parece muy acertada: La cara B del sueño americano. En efecto, Bukowski se ha dedicado durante años a reflejar esa otra América —utilicemos aquí el término en todo su expansionismo imperialista y capitalista— plagada de obreros vapuleados por la vida, perdedores, borrachos, locos, putas, maltratadores, jefes abusadores, literatos sin talento… y un largo etcétera de personajes prototípicos que habitan ese lado oscuro de la Tierra de las Oportunidades.
Por todo esto, las hemorroides son bien significativas: de inmediato nos traen una derrota, una dieta fundamentada en la comida rápida y la inactividad frente al televisor como tiempo de ocio (el obrero llega tan destruido a casa que apenas puede emborracharse frente a la tele). Por ello, y aunque ha refrenado la presencia de este mal en el volumen del que os hablo, no se resiste a mostrarnos ese lado de los Estados Unidos concebidos como una gran cadena de producción esclavista, y lo hace, concretamente, en uno de los últimos textos, el descacharrante Una sucia treta contra Dios.
Descacharrante, en efecto, surrealista y pulp, porque el protagonista, un obrero empaquetador en una cadena de montaje, comparte apartamento con un misterioso Adolph, que no es otro sino el mismísimo Adolf Hitler, empeñado en traer al mundo una nueva raza aria. Dejando de lado lo divertido y anecdótico de la situación, Bukowski vierte algunas reflexiones sobre la sociedad del momento (en concreto sobre el individuo de esa sociedad del momento) y dibuja con vivos colores desesperados esa cara B del sueño americano, ahora convertido en pesadilla a causa de la trituradora de su literatura:
De camino a casa, Harry se detuvo a cenar en un restaurante de una cadena. Se sentó solo. La camarera llegó. Era indiferente y aún así falsa, un poco gorda y un poco desdichada. Los gordos y los desdichados se enfrentaban entre sí para alcanzar la supremacía. No tenían la menor oportunidad en un sentido ni otro (…) Harry miró a la gente de su alrededor. Todos parecían feos y cansados. Eran feos y estaban cansados. Eran perdedores. ¿Dónde estaban los ganadores? ¿Dónde estaba la gente hermosa? Todos esos a su alrededor: parecía un crimen estar vivo. Y era uno de ellos (…) Toda la gente de su alrededor consumía la comida absorta en una oscura claudicación”.
Dentro de este panorama devastador pululan los personajes de Bukowski a los que me refería algo más arriba, a los que debemos sumar su propia figura vertida en los relatos, bien como Hank, bien como Chinaski, bien con su nombre y apellidos, pero siempre caracterizado como escritor, bebedor, borracho, mujeriego y algo violento.
Sin embargo, quizás porque la tirada de relatos finales del volumen estaba destinada a publicaciones de voltaje como Hustler y Oui, aparecen algunos personajes no tan comunes en la literatura bukoskiana, al hilo, también, de la actualidad del momento: capos de la mafia y de las drogas y secuestradores de aviones.
Los dos relatos que aparecen en el libro sobre secuestros aéreos, y que de una u otra forma o tienen un móvil sexual o desembocan en sexo, están fechados en 1979 y enero de 1984. El primero, se mantenía inédito, pero el segundo, Surcar los cielos acogedores, apareció en la revista Oui del mes de enero de 1984.
Algunos números de Hustler en cuyo interior aparecen relatos de Bukowski:



Para El avión es el medio de transporte más seguro, que se sostiene sobre los mismos pilares delirantes que alimentan todo el libro, cualquier secuestro aéreo llevado a cabo unos meses antes puede muy bien haber sido material válido para que Bukowski se inspirase, pero el método de los dos hombres con un maletín bomba no puede sino recordar al secuestro llevado a cabo por Dan Cooper (o eso se cree), que el 24 de noviembre de 1974 llevó a cabo un sonadísimo acto de piratería aérea en un Boeing de la Northwest Orient que cubría el trayecto entre Portland Seattle, amenazando con una maleta bomba a la azafata, intercambiando rehenes por 200 mil dólares y, una vez de nuevo en vuelo, saltar en paracaídas para perderse su rastro para siempre.
Retrato robot de Dan Cooper y cartel de captura elaborados por el FBI:


Las frases de los secuestradores, que en el relato toman el avión por mero frenesí sexual, dado que quieren violar a las azafatas, refiriéndose en varias ocasiones a que tienen resuelto el plan de escape, hace pensar en este extraño suceso que todavía continúa sin resolverse en los Estados Unidos.
Por su parte, para el relato publicado en Oui, podría haber servido de ejemplo el secuestro del vuelo 181 de Lufthansa a cargo de cuatro miembros del Frente Popular para la Liberación de Palestina, y que realizaba un trayecto entre Palma de Mallorca y Frankfurt. En lugar de cuatro, son tres los secuestradores de Bukowski, pertenecientes a la organización de Los Guerrilleros por la Libertad, y exigen que el avión vaya a Cuba.
Dos revistas Oui que contienen relatos de Bukowski:


En cualquier caso, Bukowski ficcionaliza un asunto como los secuestros aéreos que en aquellos momentos se encontraba de plena actualidad, salpimentándolo con la dosis erótica y sexual que demandaba la revista para adultos en donde se publicaban los relatos. Pero cierto es que los secuestradores de aviones nos son unos personajes habituales en Bukowski, al igual que sucede con el tono narrativo y la ambientación de No quieres ser mi corazoncito, para el Oui de junio del 1985. Aquí, aparece un policía incorruptible, una femme fatal, una banda de matones y un capo poderosísimo de la mafia que podría haber sido protagonista de cualquier novela o relato de James Ellroy.
Es cierto que Bukowski, cuando no escribe sobre sí mismo, lo hace sobre una visión americana que puede denominarse como pulp y que incluye este tipo de ambientes (valga como ejemplo su última novela detectivesca y titulada así precisamente, Pulp —también publicada por Anagrama—), pero los personajes de este relato, tal vez por las exigencias de que estaba escrito para la revista Oui, son algo diferentes a lo que su autor nos tiene acostumbrado.
Ahora bien, dentro de este compendio de rarezas de Bukowski, hay una que me ha parecido que destaca por encima de todas, y es el relato sin título que aparece entre las páginas 47 y 53, como una sección bajo el epígrafe Tal como aman los muertos, y que aglutina diferentes escritos. Estamos, sorpréndanse ustedes, ante un cuento distópico satírico, quizás una de las mayores joyas que esconde este tesoro de Las campanas no doblan por nadie.
El General Curtis Lemay.
Un nuevo PresidenteWallace, y su Vicepresidente Le May, llevan al país a un estado de sitio, donde la policía represiva campa a sus anchas (con 30 millones de parados y ametralladoras y barricadas amenazando y aislando los barrios negros y pobres). El presidente y vicepresidente retratados están tomados de los auténticos George WallaceGobernador de Alabama, y el General Curtis Lemay (en este caso el apellido va escrito junto) que se presentaron a la carrera electoral de 1968, formado equipo y defendiendo el American Independent Party Against Richard Nixon, alejándose así del bipartidismo oficial entre demócratas y republicanos. Al final ganó Nixon, pero Bukowski, al hilo de la actualidad del momento, presenta una América bajo la hégira represiva de este dúo.
George WallaceGobernador de Alabama, y el General Curtis Lemay durante la campaña electoral.
Bukowski no duda en poner frases demoledoras en boca del Presidente y de su adlátere, como esta:
No soy racista —dijo Wallace—, pero supongo que si un hombre es pobre o negro, es por su culpa”.
En este tono, se nos va pintando una situación en donde el botón del maletín nuclear está en manos de semejantes descerebrados, con bastantes ganas de utilizarlo. Así, las fuerzas represivas se vuelven contra los intelectuales y, de entre ellos, se fijan en los escritores que han hablado de política en sus textos. Le llega el turno de recibir la visita al propio Charles Bukowski, mientras en los Estados Unidos hace furor un producto llamado Whitewash, un colorante blanco que, combinado con una peluca, lograba que los negros pudieran tener alguna oportunidad…
Tres interesantes chapas de la campaña electoral del dúo Wallace/LeMay:



La sátira que el autor pone en pie es destructiva, en un momento determinado se alaban las virtudes del nuevo sistema penitenciario que el nuevo Estado ha puesto en marcha:
“… el nuevo sistema penitenciario consiste solo en encerrarlos. Sin darles de comer. Ahorra un montón de pasta al Estado”.
Y cerca del final del relato, uno de los hombres que ha detenido a Bukowski le hace una revelación secreta en virtud de una extraña idea de lo que puede ser la solidaridad con los desarrapados y los perdedores:
Un capullo como tú se merece ser infeliz”.
Tras esa afirmación, le confiesa que el Presidente y su Vice han pulsado el botón nuclear. La hecatombe posterior pone fin a esta distopía desquiciada con la sentencia:
A Hiroshima le pusieron el nuevo nombre de América”.
Este Bukowski demoledor también resulta una trituradora crítica en los aspectos meramente relacionados con la literatura y la escritura, con el oficio de escritor, muy poco sacrosanto para él, alejado de los que mantienen elucubraciones románticas y que son, la mayoría de las veces, simples diletantes.
En otro texto sin título que se aglutina bajo el epígrafe Tal como aman los muertos, se asegura que:
la mejor manera de estudiar escritura creativa es vivir”.
Por eso, la escritura de Bukowski aparece siempre tan apegada a las experiencias de su autor, a la realidad, en donde pierde tiempo buscando trabajos fugaces que le permitan escribir, al menos, por una semana más. Esta circunstancia la define muy bien en un párrafo de un relato sin título que aparece bajo el epígrafe Un trozo de queso:
Un hombre tiene que liberarse de la presión de una manera u otra antes de poder ser inteligente de veras. Es difícil ser inteligente haciendo cola delante de la beneficencia para que te den unas alubias aguachinadas”.
De manera que, en este libro, que además incluye ilustraciones por mano del propio autor, tenemos una vuelta de tuerca más de un Bukowski especialmente duro e hiriente. El título, Las campanas no doblan por nadie, tiene un claro referente con Hemingway al fondo, y es también el último relato del libro —preparado para el Oui de septiembre de 1985—.
Detalle de la portada que ha elegido Anagrama para Las campanas no doblan por nadie, dibujo propiedad de la tienda de diseño online Regards coupables, especializada en ropa y cuadros de imaginería sexual explícita.
Enfrentado, de nuevo, a una situación pulp, el protagonista termina el relato viéndose en una escena rocambolesca e insostenible, para cerrar con una frase bien elocuente el texto y el volumen:
me puse en pie y me encaré de nuevo con aquello, pensando que, de una manera u otra, esto debe pasarle continuamente a todo el mundo…”.
En este intento de normalizar lo insostenible, de reflejar lo agobiante, de volver cotidiano lo infernal de cada día, Bukowski consiguió las mejores páginas de su literatura. Como ya os he dicho, en Achtung! reclamamos siempre una especial atención especial a este autor, y como muestra os dejo este enlace:
El volumen que nos trae ahora Anagrama representa un compendio perfecto de los rasgos mas hirientes y geniales de esa apisonadora alimentada por vodka y 7 up que fue este escritor para el que cualquier situación impensable era normal y típicamente norteamericana.
¡Feliz 99 cumpleaños, Hank

lunes, 15 de julio de 2019

Sacrificio-Béla Braun




*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/sacrificio-del-mexicano-bela-braun-nada-duele-tanto-como-la-esperanza/

Sacrificio, del mexicano Béla Braun: nada duele tanto como la esperanza

por 

Todo en Sacrificio, primera novela del mexicano Béla Braun, y editada por Nieve de Chamoy, tiene una segunda interpretación, e incluso más de dos, como si la realidad se reflejase en un espejo que fuera un prisma que nos devolviera múltiples posibilidades. Todo se desdobla en esta historia que transita del género negro a la novela cuántica, pasando por uno de los pilares fundamentales que la sostiene: el realismo sucio. Paradójica afirmación esta, porque el juego con el tiempo y los espacios, en principio, debería alejar la obra de Braun de ese presunto “realismo”, pero la ambientación, y la propia trama en sí, tienen mucho de esa marginalidad violenta y sexual que caracteriza este género, con fuerte vocación, además, latinoamericana. En definitiva, Sacrificio, como veremos a continuación, es un debut literario sorprendente. Y sobresaliente. Por eso voy a hablaros de ella en este Odradek de Achtung!

En primer lugar, ubiquémonos en ese título: Sacrificio, y en las dobleces que nos oculta. Ajedrecísticamente hablando, un sacrificio es la entrega de una pieza para ganar una ventaja posterior, ya sea de posición, calidad o tiempo, pero la palabra también se refiere al lugar por antonomasia en donde se realzan sacrificios: un matadero. Y el matadero será un lugar importantísimo para el desenlace del libro.
El ajedrez nos lleva directamente al protagonista: Imre, alias Tili, un precoz campeón, con una extraordinaria proyección que condenará al no realizar, precisamente, un sacrificio que le habría dado la victoria en la partida decisiva, esa que lo podía convertir en Campeón Nacional. Ese sacrificio de caballo por peón no ejecutado lo perseguirá durante toda la vida y, tal y como asegura Imre:
lo llevo dentro desde entonces, como un veneno de liberación prolongada”.
Imre, con la mente envenenada por el ajedrez.
Desde aquella derrota, Imre inicia una huida, un abandono del ajedrez que también es una huida de su propia vida. Así empieza la novela, con Imre vagando por la Ciudad de México, a la búsqueda de algo que no sabe identificar, atormentado por los años pasados y por algunos acontecimientos ocurridos en la adolescencia, concretamente en la escuela de secundaria, cuando experimentó un primer amor explosivo por su compañera de clase, Mariana.
El cerebro dañado, retorcido, complejo y sufriente de un jugador de ajedrez es todo un topos narrativo. Como ejemplo de ello, otras dos novelas imponentes: La torre herida por el rayo (Destino), de Fernando Arrabal y Novela de Ajedrez (Acantilado) de Stefan Zweig. Los ajedrecistas, tal vez por su mente matemática, son capaces de percibir de una forma peculiar el Universo, que es decir lo mismo que el tiempo y del espacio.


Y hablando de espacio y tiempo, la novela quiebra lo convencional y los retuerce, alterándolos ambos mediante una bifocalización narrativa que es una de sus principales características.
En efecto, en Sacrificio nos encontramos ante un discurso construido a dos voces. Y este es el grandioso acierto de Béla Braun. A la voz sosegada, confundida también, pero seria y represada de Imre, debemos sumar la verborrea desatada y repleta de insultos, expresiones malsonantes, jerga, germanía, o como queramos llamarlo, del otro protagonista del libro: Adrián Amezcua.
Lo realmente interesante es el lugar desde donde se articulan ambas voces. La del protagonista, Imre, en el corazón de una Ciudad de México, de ese D. F. que no reconoce, inmerso en el caos de su propia percepción, de su propio pensamiento, tratando de comprender y, a la par, de sobrevivir.
Por su lado, el divertidísimo (no por ello menos terrible) discurso de Adrián Amezcua tiene lugar en la cárcel, en concreto (al menos en su mayoría, porque hay un pequeño capítulo en el que Amezcuamonologa con Masilla, su compañero de celda) en una sala de interrogatorios donde un anónimo capitán (¿tal vez comandante?) pregunta al preso sobre su relación con Imre.
De esta forma, Béla Braun define a los dos personajes: Imre es activo, Adrián es pasivo, dado que no puede incidir ni actuar en los acontecimientos, que siempre narrará en pasado, mientras que Imreinfluye sobre ese espacio-tiempo maleable para tratar de alterarlo a su favor. Podríamos decir que la peripecia de Imre es onírica y murakamiana, mientras que el discurso de poderosísima oralidad de Amezcua es de componentes rulfianos.



Novela onírica, género negro, realismo sucio. El componente de la ciudad enferma, sórdida, que exacerba las pulsiones sexuales, además de las criminales, es uno de los temas fundamentales de ese realismo sucio, desde sus padres fundadores, John Fante y Bukowski, pasando por La trilogía sucia de la Habana (Anagrama) del cubano Pedro Juan Gutiérrez o del costarricense Faustino Desinach, este último con toda una serie de títulos que han revitalizado el género, entre los que destacaría dos obras: Efectos personales y Balada clandestina.
El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez.
En la novela de Béla Braun aparece caracteriza la Ciudad de México con estos parámetros alienantes. Es una ciudad peligrosa y enferma, un conglomerado humano en permanente zozobra, que esconde la maldad en su red de pasillos oscuros y escaleras. Imre deambula por este espacio, mientras el discurso presidario de Adrián se realiza desde otro mundo igualmente tenebroso y delicado, la cárcel.
De esta forma, ambos protagonistas, separados —al parecer, según afirma Adrián al comienzo mismo de su discurso, no se ven desde hace diez o veinte años, pero no es un narrador confiable—, comparten una localización afín al realismo sucio, y su devenir se carga de ese onirismo que los lleva a comportarse como figuras mecánicas, casi como peones de ajedrez a los que se puede sacrificar.
El escritor costarricense Faustino Desinach, revitalizador del género del realismo sucio latinoamericano.
El discurso de Adrián jamás obtiene una respuesta, ni por parte del capitán que lo entrevista (¿o es un comandante?), que nunca articula palabra, ni de su compañero de celda Masilla, sumido en un sueño extraño con el que parece no prestar atención. El discurso de Adrián es un discurso kafkiano, como el de ese Joseph K. que por mucho que alce la voz nunca será atendido en El proceso.
Por su parte, las interacciones de Imre son todas dudosas, al menos dudosas en su mente, por tanto en la mente del lector, y nunca sabremos si son reales o ficticias, soñadas o inventadas, y qué parte de ellas le han ocurrido y qué porción serán producto de un desdoblamiento esquizofrénico que lo arrastra, más que a vivir dos realidades, a experimentar una dimensión paralela.
El espacio, entonces, que ambos protagonistas comparten, se encuentra en el recuerdo, en el pasado, en el tiempo compartido en la escuela de secundaria, verdadero motor de la novela. En esa época, durante un campamento campestre llevado a cabo por el colegio, Imre hará su demoledora confesión a sus compañeros, al ser obligado a expresarse en público. A la pregunta del profesor acerca de lo que quería de la vida, admite:
Soy Imre y tengo tres sueños. El primero es ser campeón nacional de ajedrez. El segundo no se los puedo decir. Y el tercero es que todos ustedes se ahoguen en el río de mierda que pasa allá abajo”.
De los tres sueños, y nótese que se utiliza la palabra sueño, en el primero fracasará al no realizar ese sacrificio al que me refería al principio; el segundo, inconfesable, es su amor por Mariana, y el tercero viene propiciado por el aborrecimiento que tiene el muchacho por sus compañeros de clase que lo mortifican dado que, tal y como Adrián lo califica, es un friki incomprendido, permanentemente ninguneado y sometido a bullying.
Poco después, Imre sorprenderá a Mariana, entre los árboles del bosque, manteniendo relaciones sexuales con otro compañero de clase, justo cuando ha sido acicateado por Adrián (que se había convertido en su protector, porque en este tramo de la novela se ha invertido el rol de los personajes; aquí es Adrián el activo e Imre el pasivo), que lo había convencido de que debía abordar a la muchacha y confesarle lo que sentía.
Béla Braun marca con especial crueldad, sexual y psicológica, el instante de la visión de Imre, al ponerla en palabras de Adrián, y ya sabemos que Adrián es un pendejo deslenguado que todo lo cuenta de manera directa y sin miramientos. Y el impacto, la humillación en Imre, es de tal grado que, y este es otro golpe maestro del autor, de inmediato se desencadena una brutal tormenta sobre el campamento.
No se trata de un recurso, de la llamada falacia patética wertheriana en donde el estado interior del ánimo del personaje se proyecta en la climatología externa; simplemente, estalla la tormenta, trae una riada y ahoga “en el río de mierda” a unos cuantos compañeros de clase. Se acaba de configurar así, para el resto de alumnos, un Imre despechado y vengativo capaz de crear una tormenta para castigar la afrenta sexual y cumplir así su tercer sueño. Desde entonces, aún será tratado en clase de peor forma, hasta que la situación se haga insostenible. Todos lo culpan del terrible suceso.
Béla Braun ha demostrado aquí que ha sabido construir un segundo pasado terrible que, sumado al de ajedrecista, atormentará al protagonista. Vaga por la ciudad a la búsqueda de una nueva realidad, y manifiesta al inicio de su huida:
En algún lugar tiene que estar la vida”.
Y es una huida que tiene un objetivo claro, la búsqueda de sentido, y como tal comprende Imre esta salida de su casa paterna:
En algún lugar debe de haber respuestas”.
Imre se aleja de su barrio de la infancia, del lugar en donde ha vivido, como si se tratase de un resucitado que abandona su tumba:
La colonia que dejé al otro lado de la gran avenida es un cementerio sin cruces, de enormes tumbas con ventanales, y alguna rotonda, las casas que ya no serán mi tumba, el barrio que ya no será mi panteón”.
La afirmación recuerda a esos versos de Dámaso Alonso, cuando dice en su poema Insomnio (del libro Hijos de la ira, de 1944):
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna…”.
Aunque el poema, escrito un año después del final de la Guerra Civil, tiene ese trasfondo, desde luego, bien podría ser el leitmotiv de la novela Sacrificio, simplemente cambiando la ubicación, Madrid por la Ciudad de México. Al fin y al cabo… ¿acaso las grandes ciudades no poseen algo de tumbas en vida para sus habitantes?
Es así: los dos protagonistas habitan en el interior de sus propios sarcófagos. El de Adrián es físico, la cárcel, la celda, pero el de Imre es psíquico. La dualidad de ambos sepulcros viene reflejada por un juego de capítulos y contra capítulos, tipográficamente emparejados por dos números; uno de ellos, el perteneciente a la huida de Imre, se consigna en números romanos, y le sigue, inmediatamente, el contra capítulo con el discurso de Adrián. La estructura es la siguiente: I, 1, II, 2, III, 3, IV, 4, V, 5…, hasta el final del XI, 11.

Esta técnica de dobles capítulos o como he definido, contra capítulos, ya me la había encontrado antes, elaborada de forma algo distinta, pero con el mismo espíritu que utiliza Béla Braun, en Frías flores de marzo (Alianza), la novela del escritor albanés Ismaíl Kadaré. Las dos realidades (o tal vez irrealidades) conviven a la par, quebrando espacio y tiempo y convirtiendo a Sacrificio, además, en una novela cuántica hasta el punto de que Imre confiesa que:
tenía miedo de estar despierto y descubrir que nada había pasado en realidad”.
Por último, me queda un detalle que, dada mi pasión por lo húngaro, no he podido pasar por alto. Ya en el nombre del autor, en ese Béla, resuenan ecos magiares, aunque por mucho que he indagado por las redes e Internet, no he encontrado ninguna referencia del escritor a esos presuntos ascendentes húngaros. Por cierto, ya que hablo de Internet, os dejo a continuación dos enlaces a dos entrevistas con Béla Braun llevadas a cabo en televisiones mexicanas.

Programa Molino de viento:
Espacio La entrevista en TVMás:
Vuelvo a lo de Hungría. En la novela, los padres de Imre (que comparte nombre con Imre Kertész, el Premio Nobel de Literatura) hablan en un idioma extraño que, evidentemente, es húngaro. No es difícil llegar a esta conclusión: los padres de Imre son húngaros refugiados en México tras la represión con que la Unión Soviética sofocó la Revolución de 1956 y que trajo la oscura época del kadarismo, en relación con János KádarPresidente del Partido Socialista Húngaro.
Y de Hungría nos llega el personaje de Gyula, caracterizado como un demonio, un ser sombrío y espectral que arrastra la muerte tras de sí. Gyula ha sido, durante la infancia de Imre, su maestro, le ha enseñado el ajedrez competitivo. Gyula encarna a esos tipos de la policía secreta húngara o Államvédelmi Hatóság, conocida por sus siglas de ÁVH. Podemos suponer que, el padre de Imre, localizado en México, es extorsionado por Gyula de alguna manera, y el resultado es un intercambio, casi un sacrificio: la entrega del hijo a su maestro de ajedrez.
Un dato más que añadir al misterio parcialmente desvelado: un mensaje en un contestador, con la voz de su padre dirigiéndose a Imre, utiliza la palabra de cortesía servus (se escribe szervusz, aunque el autor opta por la forma fonética y no por la ortográfica). Es un saludo algo más formal que el habitual szia, lo que implica un respeto del padre por el hijo, suponemos que bien ganado en el tablero de ajedrez.
Béla Braun, autor de Sacrificio, durante un concierto. Nótese que lleva una camiseta con la portada de su novela.
Esta trama de trasfondo húngaro es una más de la aberturas que propone una novela caracterizada por el poderoso discurso de la voz de Adrián Amezcua, y que, curiosamente, me ha recordado a la voz narradora que aparece en otra novela publicada por Nieve de Chamoy y de la que ya hablamos aquí, en Achtung! Me refiero a Lagarto Rey, del panameño Javier Medina Bernal.
Y como la literatura, y la música, entablan conversaciones con otros autores y con otros músicos, las voces poderosas de Sacrificio y Lagarto Rey, de Béla Braun y de Medina Bernal (ambos músicos) se unieron para presentar en un concierto las novelas. Aquí os dejo un enlace a tan curioso y original evento, con ambos escritores, mexicano y panameño, sobre el escenario:
Quizás esta música pueda traernos algo de sosiego tras la lectura de Sacrificio, tensa y tremenda novela cuyo corolario podría ser una afirmación de su protagonista:
Nada duele tanto como la esperanza”.
Y es que, la esperanza, a veces, se encuentra detrás una puerta de metal que, cuando se abre, da paso a un matadero y muestra decepciones que son como horrores. Como lectores, de verdad, os animo a que abráis la puerta metálica de Sacrificio. Lo que encontréis después ya es cosa vuestra, algo que se encuentra dentro de cada uno, pero es indiscutible que, además, disfrutaréis con el hallazgo de una gran novela.

domingo, 3 de marzo de 2019

Lagarto Rey-Javier Medina Bernal



*Esta crítica apareció en acgtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/javier-medina-bernal-y-lagarto-rey-el-reptil-borracho-en-el-ojo-del-escritor/

Javier Medina Bernal y Lagarto Rey: el reptil borracho en el ojo del escritor


El mundo de las redes sociales está mal visto. Y con razón: la cantidad de idiotas, violentos y maleducados que se han apoderado de ellas las han convertido en un vertedero de mamarrachos y estúpidos. Te piden amistad para, acto seguido, proponerte que asegures que te gusta la milanesa de un recóndito restaurante bonaerense al que jamás llegarás, o las tortillas de patatas de la madre de uno, o una clínica de estética y cirugía láser ubicada en Toronto. Por eso, y por los haters, por culpa de ellos mucha gente deja Instagram o Facebook. Y hacen bien. Pero están concediendo un triunfo a todos esos desgraciados, porque al abandonar se privan de los milagros que las redes pueden proporcionar. Aquí, en este Odradek de hoy, voy a hablaros de uno. Concretamente se trata de un milagro literario.

Por amistad virtual, por afinidad o por buen rollo generado en la distancia, este bendito Instagram literario del que tanto os hablo, me ha proporcionado una de esas sorpresas que solo son posibles en las redes. Un escritor panameño, sin ningún intento de someterme a la lectura obligatoria de su obra, simplemente con las ganas de hacerme un regalo, me envió desde Viena, lugar en donde se afinca, un ejemplar de su primera novela, Lagarto Rey, publicada en 2018 por  una editorial mexicana, Nieve de Chamoy, y el paquete llegó hasta Torrelodones.
Analicemos el asunto: escritor panameño-Viena-editorial mexicana-Torrelodones. Solo la red, soloInstagram, puede favorecer semejante tipo de intercambio. Es pura magia, y sería una lástima abandonar o renunciar a que te sucedan este tipo de cosas por culpa de un puñado de bobos que te obliguen a dejar las redes. Hay que aguantar una cosa, para poder disfrutar de la otra. Ya he dicho estas palabras que, realmente, van dirigidas a una buena amiga propietaria de una cuenta importante en Instagram que se ha visto obligada a cerrar por culpa de los acosadores. Ella ya sabe.
Me llegó la novela, atractivamente editada, de Javier Medina Bernal. Pues sí, mi olfato literario suele funcionar bien. De inmediato, empecé con la lectura: bingo. Estamos ante una obra que necesita, desesperadamente, de muchos más lectores. No pude evitar hacer un pequeño video de 59 segundos en mi cuenta de @literatura_instantanea, afirmando lo mucho que me había gustado, pero quienes me conocen bien saben que dedicaría este Odradek de los viernes de Achtung! a explicar algo más pormenorizadamente los motivos de mi entusiasmo.
El autor: el escritor y músico panameño Javier Medina Bernal.
En Lagarto Rey aparecen algunos de esos procedimientos narrativos innovadores que se asientan en una agresividad verbal inusitada y que han proliferado en la literatura hispanoamericana de los últimos años, en concreto aquella que puede definirse como literatura de frontera o más concretamente transfronteriza (¿hay algo más transfronterizo que un escritor panameño en Viena y que publica con una editorial mexicana?).
En el interior de la narración se substancia esta carga transfronteriza y transcultural con una mezcla de personajes y discursos panameños, argentinos, mexicanos e, incluso checos, todos sumidos en el torrente de la poderosa arenga de la voz protagonista. Porque digámoslo sin perder ya mas tiempo, la voz protagonista, esa primera persona que subyuga y arrebata por su violencia y delicadeza, es el gran acierto maestro narrativo de Javier Medina Bernal. Esa voz es su novela Lagarto Rey.
Esa voz que no puede callarse, la voz de un borracho que en la primera línea de la novela ya se confiesa con el gozo de la embriaguez que tal vez solo experimentó así aquel Santo Bebedor de Joseph Roth:
¡Ja! Soy alcohólico. Sí. La reputa de alcohólico. ¿Y qué?”.
Desde aquí, esa voz está capacitada para desgranar el tipo de discurso que desee. A veces lo impregna con un toque de lirismo al estilo de aquel otro literato-Tourette enfermo de palabras y que con sus versos construía discursos, Nicanor Parra; en otras ocasiones es una voz dura y certera que con nitidez se fija en lo turbio del mundo que nos rodea. Esta voz es un recurso fundamental de lo que podríamos denominar el realismo sucio, un género muy en boga en estos tiempos, no solo en la literatura hispanoamericana.
La mayoría de los críticos suelen situar el nacimiento del realismo sucio como género literario a caballo de los años 1970 y 1980, pero en opinión de uno de sus máximos exponentes, Charles Bukowski, y también en la mía propia, el abanico temporal es mucho más amplio y será John Fante el iniciador de esta corriente (así designado por el propio Bukowski en el prólogo que escribe a la novela de FantePregúntale al polvo), aunque para la crítica uno de los claros antecesores sea J. D. Salinger, con un realismo sucio tal vez encontrado en sus cuentos, pero que en absoluto creo que aparezca en sus novelas.
Bukowski y Fante, las dos referencias fundacionales del realismo sucio:


Las características del realismo sucio son minimalismo, parquedad en la expresión, concisión, incluso pobreza de elementos. Es lo contextual y no lo formal lo que aplasta al lector, lo que impacta sobre nosotros a la hora de llevar a cabo la lectura. Como ejemplo definitorio de la corriente se podrían citar los textos Pregúntale al polvo (1939) y Camino de los Ángeles (1933) —aunque escrita en 1933, sólo se publicó póstumamente en 1985, y su éxito inició una recuperación de la obra del autor— ambas de John Fante, y Cartero (1971) de Bukowski.



Considerado como gran maestro del realismo sucio, también aparece el cuentista Raymond Carver, aunque se debe tomar con prudencia su trabajo y su producción a la vista de las reveladoras confesiones de su editor Gordon Lish (parece que su tarea alcanzaba mucho más allá que la de ser mero editor, actuando casi de co-autor y retocando muchísimo, hasta la reescritura, algunos de los textos de Carver) y quizás cierta fase de Hemingway.
Otros autores que, siempre según la crítica, caben en esta definición de realismo sucio, son el norteamericano Chuck Palahniuk, fundamentalmente con su éxito Club de lucha (1996), y ya en el ámbito de lo hispánico el poeta Roger Wolfe —aunque nacido en Inglaterra, se ha criado en Alicante, y su poesía y producción literaria ha sido en español—, el también poeta, el vasco Karmelo C. Iribarren, el novelista cubano Pedro Juan Gutiérrez con su Trilogía sucia de La Habana (1999), una tendencia de gran arraigo en Cuba, asentada en la pulsión sexual, como una vía sexual de escape a la dictadura, mientras que en Costa Rica, el realismo sucio es manejado por el novelista y cuentista Faustino Desinach, pero como una manera de denunciar y poner de relieve una realidad enferma y empobrecida: la denuncia de los más desfavorecidos y marginales. Con ello se nos presenta un doble aspecto de la corriente según el país en el cual se inscriba: sexo liberador de la realidad o denuncia escatológica de esa misma realidad, pero una realidad, en ambos casos, insoportable.
El escritor y fotógrafo costarricense Faustino Desinach, uno de los máximos exponentes del realismo sucio en su país:


Todas estas referencias literarias aparezcan en la novela, desde el Chinaski bukowskiano hasta Jaime Sabines, que pueden encontrarse junto a Cabrera Infante o Rulfo, pero no solo las literarias, también las musicales, porque desde el mismo Lagarto Rey que hace referencia al venerado Jim Morrison de The Doors, pasando por Silvio Rodríguez o Jeff Buckley y hasta Pablo Milanés, y porque el protagonista es un cantautor perdedor, de abultada panza cervecera, acusado de plagio hasta por el artista español Depedro, y que al final no consigue colocar sus canciones para que las cante Paulina Rubio, una delirante posibilidad que ofrece la novela, ni para que las cante nadie.
Jeff Buckley y Jim Morrison, dos referencias culturales y musicales para el protagonista de Lagarto Rey:


Así que lo cierto es que la realidad también es insoportable para el narrador-protagonista de la novela de Javier Median Bernal. De ahí su inmersión en la bebida y esa apreciación deforme de lo que le rodea. Por todo ello, en Lagarto Rey se exploran también fenómenos de marginación urbana, ligados a la locura, al desequilibrio producto del alcohol, y la represión social, psíquica y sexual.
 Esta es una tendencia habitual de la variación hispanoamericana del género, que incorporará en su discurso áreas de la vida social censuradas en el discurso literario tradicional (el ámbito del sexo, de lo indecente, el mundo de la prostitución o el alcoholismo, lo que no se dice ni se escribe públicamente) junto a la apropiación de los nuevos discursos urbanos de los marginados.
De esta manera, se consigue una ruptura del equilibrio del discurso, que así se vincula con posiciones postmodernas, y plantea desde una posición distanciada y transgresora la reivindicación de las culturas marginales y de la contracultura, así como la revisión crítica de los mitos y construcciones ideológicas. Todo ello con expresiones repletas de coloquialismos que proporcionan gran inmediatez y complicidad con el lector. Veamos este párrafo de Lagarto Rey:
Ya vuelvo.
Ya volví.
Buscaba otra cerveza”.
Gran parte de la producción narrativa de este realismo sucio se construirá como una reacción crítica a los procesos de desintegración social, descomposición moral y corrupción generalizada que se darán en los países de Hispanoamérica a partir de 1980. Diversos aspectos, como las estrategias revolucionarias o las contrarrevolucionarias, la venta o la entrega del país a la corrupción y a la hipocresía  política, el lavado de dinero y el narcotráfico, la marginación cultural y social, la destrucción ecológica, serán tratados en los textos: la deformación carnavalesca, lo paródico, las metamorfosis y desdoblamientos, el humor grotesco y el esperpento, todo ello empleado para ofrecer la imagen de un mundo dislocado, mundo en deterioro y descomposición, en donde las fantasías o las apariencias se contraponen  a un  mundo deforme, clandestino o marginal, regido por la exclusión, la represión y la violencia, el trastrueque de identidades y la enajenación… Elementos, todos ellos, muy de actualidad en la narrativa de Javier Medina Bernal y en su peculiar visión de Panamá la Vieja.
La editorial mexicana Nieve de Chamoy ha acertado plenamente con la publicación de Javier Medina Bernal.
En efecto, todo el libro de Lagarto Rey está atravesado por ese lenguaje popular, sencillo, que narra las historias de la gente común, también de quienes se mueven en las zonas limítrofes de la sociedad. Tan limítrofes que dan lugar a escenas delirantes, como el entierro del profesor Luigi. La obra cuenta, así, con la originalidad del mundo que refleja y en el cual se ubica la acción: un país de América Latina en donde las raíces indígenas permanecen bien presentes. Lo que de inmediato nos fusiona con cierto realismo mágico.
Esta afirmación puede sorprender en un principio, dada la mayoritaria tendencia de los cuentistas hispanoamericanos de finales de siglo XX y de principios de XXI a desmarcarse del realismo mágico, al que reconocen y tributan su agradecimiento, sin renegar de él, pero con el que no quieren identificarse.
En Javier Medina Bernal no parece existir ese problema: crea así, en su texto, una curiosa oposición de realismo sucio frente a realismo mágico cuyo resultado es el de una ciudad como Panamá que muy bien podríamos definir como ciudad sucia, al igual que las apariciones de México D. F., sumándose así a otras ciudades sucias del tipo de La Habana, San José o Río de Janeiro, por ejemplo, y en el ámbito externo de lo latinoamericano, San FranciscoNueva YorkÁmsterdam
El discurso del protagonista de Javier Medina Bernal es un discurso que a menudo califica como juanrulfiano, y no es en vano, dado que gran parte de la novela la pasa charlando con fantasmas: su abuela, su prima lola, su editora de prensa, el profesor Luigi… Y ya sabemos que gracias a Rulfo, y a esos fantasmas de Pedro Páramo, podemos beber en las raíces del realismo mágico.
Quizás, este híbrido literario que aúna realismo sucio y realismo mágico pueda dar como producto, también, la tendencia apuntada por algunos críticos, la llamada Gótico Tropical. En principio, parecer ser una corriente literaria originaria de Costa Rica. Para el crítico y escritor Juan Murillo, se trata de :
una parafernalia gótica —una puesta en escena gótica (con referentes a la locura, los cementerios, los fantasmas, el espiritismo, la brujería…), etc., cohabita con un naturalismo descriptivo de escasez de recursos, apenas descriptivo y que utiliza problemas escabrosos y de miserias sociales en la ciudad de San José como ambientación para el desarrollo de las historias”.
Un vistazo rápido y desnudo demuestra que este realismo sucio minimalista lo que hace es denunciar y tomar posición frente a lacras y dramas, frente a parte de esa tradicional cultura de la violencia que se ha expandido por Latinoamérica como un maremoto originado en la novela de la violenciacolombiana (con profusión de sicarios y asesinatos), pero producto no sólo de una moda sino de una realidad: los países más desarrollados de la Latinoamérica actual hace mucho tiempo que dejaron de ser las Suizas de Centroamérica para convertirse en países corruptos y peligrosos. La voz narradora de Lagarto Rey bien lo sabe:
en esta Latinoamérica de buitres y hienas es importante saber inglés —el idioma del enemigo— para poder humillar a los que no saben”.
En efecto, este es un lenguaje directo, rápido como un disparo o un puñetazo, que te derrota por por k.o, que aturde al lector, un lector sobrepasado, muchas veces, por la verdadera dimensión de las situaciones disparatadas narradas en torrentera y que, gracias a eso, a esa ausencia de lo que sería el regodearse o el entretenerse en lo profundamente truculento, el texto no cae en el tremendismo sencillo y resulta enormemente eficaz. Porque el panzón protagonista lo tiene clarísimo:
Bebo para escapar (ni siquiera para olvidar), no para hacer amigos ni ser leyenda”.
Es Lagarto Real una disección de la realidad de Hispanoamérica mediante la simpleza de una exposición verbal de acusada oralidad, con el gozo del abrazo del amigo de taberna y la espuma de las cervezas: tan fácil y tan directa como los resortes de la locura, la borrachera y la muerte. Y es, en esta sencillez, en donde el vozarrón etílico de su protagonista consigue un eco amplificado tan divertido como profundamente literario.