Mostrando entradas con la etiqueta Zweig. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zweig. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de julio de 2019

Sacrificio-Béla Braun




*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/sacrificio-del-mexicano-bela-braun-nada-duele-tanto-como-la-esperanza/

Sacrificio, del mexicano Béla Braun: nada duele tanto como la esperanza

por 

Todo en Sacrificio, primera novela del mexicano Béla Braun, y editada por Nieve de Chamoy, tiene una segunda interpretación, e incluso más de dos, como si la realidad se reflejase en un espejo que fuera un prisma que nos devolviera múltiples posibilidades. Todo se desdobla en esta historia que transita del género negro a la novela cuántica, pasando por uno de los pilares fundamentales que la sostiene: el realismo sucio. Paradójica afirmación esta, porque el juego con el tiempo y los espacios, en principio, debería alejar la obra de Braun de ese presunto “realismo”, pero la ambientación, y la propia trama en sí, tienen mucho de esa marginalidad violenta y sexual que caracteriza este género, con fuerte vocación, además, latinoamericana. En definitiva, Sacrificio, como veremos a continuación, es un debut literario sorprendente. Y sobresaliente. Por eso voy a hablaros de ella en este Odradek de Achtung!

En primer lugar, ubiquémonos en ese título: Sacrificio, y en las dobleces que nos oculta. Ajedrecísticamente hablando, un sacrificio es la entrega de una pieza para ganar una ventaja posterior, ya sea de posición, calidad o tiempo, pero la palabra también se refiere al lugar por antonomasia en donde se realzan sacrificios: un matadero. Y el matadero será un lugar importantísimo para el desenlace del libro.
El ajedrez nos lleva directamente al protagonista: Imre, alias Tili, un precoz campeón, con una extraordinaria proyección que condenará al no realizar, precisamente, un sacrificio que le habría dado la victoria en la partida decisiva, esa que lo podía convertir en Campeón Nacional. Ese sacrificio de caballo por peón no ejecutado lo perseguirá durante toda la vida y, tal y como asegura Imre:
“lo llevo dentro desde entonces, como un veneno de liberación prolongada”.
Imre, con la mente envenenada por el ajedrez.
Desde aquella derrota, Imre inicia una huida, un abandono del ajedrez que también es una huida de su propia vida. Así empieza la novela, con Imre vagando por la Ciudad de México, a la búsqueda de algo que no sabe identificar, atormentado por los años pasados y por algunos acontecimientos ocurridos en la adolescencia, concretamente en la escuela de secundaria, cuando experimentó un primer amor explosivo por su compañera de clase, Mariana.
El cerebro dañado, retorcido, complejo y sufriente de un jugador de ajedrez es todo un topos narrativo. Como ejemplo de ello, otras dos novelas imponentes: La torre herida por el rayo (Destino), de Fernando Arrabal y Novela de Ajedrez (Acantilado) de Stefan Zweig. Los ajedrecistas, tal vez por su mente matemática, son capaces de percibir de una forma peculiar el Universo, que es decir lo mismo que el tiempo y del espacio.


Y hablando de espacio y tiempo, la novela quiebra lo convencional y los retuerce, alterándolos ambos mediante una bifocalización narrativa que es una de sus principales características.
En efecto, en Sacrificio nos encontramos ante un discurso construido a dos voces. Y este es el grandioso acierto de Béla Braun. A la voz sosegada, confundida también, pero seria y represada de Imre, debemos sumar la verborrea desatada y repleta de insultos, expresiones malsonantes, jerga, germanía, o como queramos llamarlo, del otro protagonista del libro: Adrián Amezcua.
Lo realmente interesante es el lugar desde donde se articulan ambas voces. La del protagonista, Imre, en el corazón de una Ciudad de México, de ese D. F. que no reconoce, inmerso en el caos de su propia percepción, de su propio pensamiento, tratando de comprender y, a la par, de sobrevivir.
Por su lado, el divertidísimo (no por ello menos terrible) discurso de Adrián Amezcua tiene lugar en la cárcel, en concreto (al menos en su mayoría, porque hay un pequeño capítulo en el que Amezcuamonologa con Masilla, su compañero de celda) en una sala de interrogatorios donde un anónimo capitán (¿tal vez comandante?) pregunta al preso sobre su relación con Imre.
De esta forma, Béla Braun define a los dos personajes: Imre es activo, Adrián es pasivo, dado que no puede incidir ni actuar en los acontecimientos, que siempre narrará en pasado, mientras que Imreinfluye sobre ese espacio-tiempo maleable para tratar de alterarlo a su favor. Podríamos decir que la peripecia de Imre es onírica y murakamiana, mientras que el discurso de poderosísima oralidad de Amezcua es de componentes rulfianos.



Novela onírica, género negro, realismo sucio. El componente de la ciudad enferma, sórdida, que exacerba las pulsiones sexuales, además de las criminales, es uno de los temas fundamentales de ese realismo sucio, desde sus padres fundadores, John Fante y Bukowski, pasando por La trilogía sucia de la Habana (Anagrama) del cubano Pedro Juan Gutiérrez o del costarricense Faustino Desinach, este último con toda una serie de títulos que han revitalizado el género, entre los que destacaría dos obras: Efectos personales y Balada clandestina.
El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez.
En la novela de Béla Braun aparece caracteriza la Ciudad de México con estos parámetros alienantes. Es una ciudad peligrosa y enferma, un conglomerado humano en permanente zozobra, que esconde la maldad en su red de pasillos oscuros y escaleras. Imre deambula por este espacio, mientras el discurso presidario de Adrián se realiza desde otro mundo igualmente tenebroso y delicado, la cárcel.
De esta forma, ambos protagonistas, separados —al parecer, según afirma Adrián al comienzo mismo de su discurso, no se ven desde hace diez o veinte años, pero no es un narrador confiable—, comparten una localización afín al realismo sucio, y su devenir se carga de ese onirismo que los lleva a comportarse como figuras mecánicas, casi como peones de ajedrez a los que se puede sacrificar.
El escritor costarricense Faustino Desinach, revitalizador del género del realismo sucio latinoamericano.
El discurso de Adrián jamás obtiene una respuesta, ni por parte del capitán que lo entrevista (¿o es un comandante?), que nunca articula palabra, ni de su compañero de celda Masilla, sumido en un sueño extraño con el que parece no prestar atención. El discurso de Adrián es un discurso kafkiano, como el de ese Joseph K. que por mucho que alce la voz nunca será atendido en El proceso.
Por su parte, las interacciones de Imre son todas dudosas, al menos dudosas en su mente, por tanto en la mente del lector, y nunca sabremos si son reales o ficticias, soñadas o inventadas, y qué parte de ellas le han ocurrido y qué porción serán producto de un desdoblamiento esquizofrénico que lo arrastra, más que a vivir dos realidades, a experimentar una dimensión paralela.
El espacio, entonces, que ambos protagonistas comparten, se encuentra en el recuerdo, en el pasado, en el tiempo compartido en la escuela de secundaria, verdadero motor de la novela. En esa época, durante un campamento campestre llevado a cabo por el colegio, Imre hará su demoledora confesión a sus compañeros, al ser obligado a expresarse en público. A la pregunta del profesor acerca de lo que quería de la vida, admite:
“Soy Imre y tengo tres sueños. El primero es ser campeón nacional de ajedrez. El segundo no se los puedo decir. Y el tercero es que todos ustedes se ahoguen en el río de mierda que pasa allá abajo”.
De los tres sueños, y nótese que se utiliza la palabra sueño, en el primero fracasará al no realizar ese sacrificio al que me refería al principio; el segundo, inconfesable, es su amor por Mariana, y el tercero viene propiciado por el aborrecimiento que tiene el muchacho por sus compañeros de clase que lo mortifican dado que, tal y como Adrián lo califica, es un friki incomprendido, permanentemente ninguneado y sometido a bullying.
Poco después, Imre sorprenderá a Mariana, entre los árboles del bosque, manteniendo relaciones sexuales con otro compañero de clase, justo cuando ha sido acicateado por Adrián (que se había convertido en su protector, porque en este tramo de la novela se ha invertido el rol de los personajes; aquí es Adrián el activo e Imre el pasivo), que lo había convencido de que debía abordar a la muchacha y confesarle lo que sentía.
Béla Braun marca con especial crueldad, sexual y psicológica, el instante de la visión de Imre, al ponerla en palabras de Adrián, y ya sabemos que Adrián es un pendejo deslenguado que todo lo cuenta de manera directa y sin miramientos. Y el impacto, la humillación en Imre, es de tal grado que, y este es otro golpe maestro del autor, de inmediato se desencadena una brutal tormenta sobre el campamento.
No se trata de un recurso, de la llamada falacia patética wertheriana en donde el estado interior del ánimo del personaje se proyecta en la climatología externa; simplemente, estalla la tormenta, trae una riada y ahoga “en el río de mierda” a unos cuantos compañeros de clase. Se acaba de configurar así, para el resto de alumnos, un Imre despechado y vengativo capaz de crear una tormenta para castigar la afrenta sexual y cumplir así su tercer sueño. Desde entonces, aún será tratado en clase de peor forma, hasta que la situación se haga insostenible. Todos lo culpan del terrible suceso.
Béla Braun ha demostrado aquí que ha sabido construir un segundo pasado terrible que, sumado al de ajedrecista, atormentará al protagonista. Vaga por la ciudad a la búsqueda de una nueva realidad, y manifiesta al inicio de su huida:
“En algún lugar tiene que estar la vida”.
Y es una huida que tiene un objetivo claro, la búsqueda de sentido, y como tal comprende Imre esta salida de su casa paterna:
“En algún lugar debe de haber respuestas”.
Imre se aleja de su barrio de la infancia, del lugar en donde ha vivido, como si se tratase de un resucitado que abandona su tumba:
“La colonia que dejé al otro lado de la gran avenida es un cementerio sin cruces, de enormes tumbas con ventanales, y alguna rotonda, las casas que ya no serán mi tumba, el barrio que ya no será mi panteón”.
La afirmación recuerda a esos versos de Dámaso Alonso, cuando dice en su poema Insomnio (del libro Hijos de la ira, de 1944):
“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna…”.
Aunque el poema, escrito un año después del final de la Guerra Civil, tiene ese trasfondo, desde luego, bien podría ser el leitmotiv de la novela Sacrificio, simplemente cambiando la ubicación, Madrid por la Ciudad de México. Al fin y al cabo… ¿acaso las grandes ciudades no poseen algo de tumbas en vida para sus habitantes?
Es así: los dos protagonistas habitan en el interior de sus propios sarcófagos. El de Adrián es físico, la cárcel, la celda, pero el de Imre es psíquico. La dualidad de ambos sepulcros viene reflejada por un juego de capítulos y contra capítulos, tipográficamente emparejados por dos números; uno de ellos, el perteneciente a la huida de Imre, se consigna en números romanos, y le sigue, inmediatamente, el contra capítulo con el discurso de Adrián. La estructura es la siguiente: I, 1, II, 2, III, 3, IV, 4, V, 5…, hasta el final del XI, 11.

Esta técnica de dobles capítulos o como he definido, contra capítulos, ya me la había encontrado antes, elaborada de forma algo distinta, pero con el mismo espíritu que utiliza Béla Braun, en Frías flores de marzo (Alianza), la novela del escritor albanés Ismaíl Kadaré. Las dos realidades (o tal vez irrealidades) conviven a la par, quebrando espacio y tiempo y convirtiendo a Sacrificio, además, en una novela cuántica hasta el punto de que Imre confiesa que:
“tenía miedo de estar despierto y descubrir que nada había pasado en realidad”.
Por último, me queda un detalle que, dada mi pasión por lo húngaro, no he podido pasar por alto. Ya en el nombre del autor, en ese Béla, resuenan ecos magiares, aunque por mucho que he indagado por las redes e Internet, no he encontrado ninguna referencia del escritor a esos presuntos ascendentes húngaros. Por cierto, ya que hablo de Internet, os dejo a continuación dos enlaces a dos entrevistas con Béla Braun llevadas a cabo en televisiones mexicanas.

Programa Molino de viento:
Espacio La entrevista en TVMás:
Vuelvo a lo de Hungría. En la novela, los padres de Imre (que comparte nombre con Imre Kertész, el Premio Nobel de Literatura) hablan en un idioma extraño que, evidentemente, es húngaro. No es difícil llegar a esta conclusión: los padres de Imre son húngaros refugiados en México tras la represión con que la Unión Soviética sofocó la Revolución de 1956 y que trajo la oscura época del kadarismo, en relación con János Kádar, Presidente del Partido Socialista Húngaro.
Y de Hungría nos llega el personaje de Gyula, caracterizado como un demonio, un ser sombrío y espectral que arrastra la muerte tras de sí. Gyula ha sido, durante la infancia de Imre, su maestro, le ha enseñado el ajedrez competitivo. Gyula encarna a esos tipos de la policía secreta húngara o Államvédelmi Hatóság, conocida por sus siglas de ÁVH. Podemos suponer que, el padre de Imre, localizado en México, es extorsionado por Gyula de alguna manera, y el resultado es un intercambio, casi un sacrificio: la entrega del hijo a su maestro de ajedrez.
Un dato más que añadir al misterio parcialmente desvelado: un mensaje en un contestador, con la voz de su padre dirigiéndose a Imre, utiliza la palabra de cortesía servus (se escribe szervusz, aunque el autor opta por la forma fonética y no por la ortográfica). Es un saludo algo más formal que el habitual szia, lo que implica un respeto del padre por el hijo, suponemos que bien ganado en el tablero de ajedrez.
Béla Braun, autor de Sacrificio, durante un concierto. Nótese que lleva una camiseta con la portada de su novela.
Esta trama de trasfondo húngaro es una más de la aberturas que propone una novela caracterizada por el poderoso discurso de la voz de Adrián Amezcua, y que, curiosamente, me ha recordado a la voz narradora que aparece en otra novela publicada por Nieve de Chamoy y de la que ya hablamos aquí, en Achtung! Me refiero a Lagarto Rey, del panameño Javier Medina Bernal.
Y como la literatura, y la música, entablan conversaciones con otros autores y con otros músicos, las voces poderosas de Sacrificio y Lagarto Rey, de Béla Braun y de Medina Bernal (ambos músicos) se unieron para presentar en un concierto las novelas. Aquí os dejo un enlace a tan curioso y original evento, con ambos escritores, mexicano y panameño, sobre el escenario:
Quizás esta música pueda traernos algo de sosiego tras la lectura de Sacrificio, tensa y tremenda novela cuyo corolario podría ser una afirmación de su protagonista:
“Nada duele tanto como la esperanza”.
Y es que, la esperanza, a veces, se encuentra detrás una puerta de metal que, cuando se abre, da paso a un matadero y muestra decepciones que son como horrores. Como lectores, de verdad, os animo a que abráis la puerta metálica de Sacrificio. Lo que encontréis después ya es cosa vuestra, algo que se encuentra dentro de cada uno, pero es indiscutible que, además, disfrutaréis con el hallazgo de una gran novela.

martes, 24 de septiembre de 2013

Reconstrucción-Antonio Orejudo



LEGO NARRATIVO

Reconstrucción, novela de Antonio Orejudo, es, para mi gusto, una de las mejores novelas españolas escritas en el primer decenio de los años 2000.

Ambientada en la Europa del XVI, mal llamada “novela histórica” por algún sector de la crítica, ya que en cuanto a reflexión metaliteraria y constructo artificioso alcanza mucho más lejos de esa etiqueta, llegando a un cierto tipo, incluso, de autoficción. La primera parte del texto muestra un ambiente medieval con personajes ad hoc… pero las siguientes partes se tornan más detectivescas, tratando la narración de encontrar al autor de un libro publicado bajo las siglas MSV, que serán las del aragonés Miguel Servet de Villanueva. Debido a este libro, prohibido en esos momentos, la novela de Orejudo cede protagonismo a lo histórico y, mediante un recurso dialogado, nos cuenta parte de la vida de Servet hasta que fue condenado por Calvino a morir quemado en la hoguera por hereje, tras un polémico proceso eclesiástico.

En Orejudo, nos encontramos con una preocupación por la novela y por los mecanismos y resortes a la hora de narrar. No en vano, Orejudo es filólogo. La literatura se convierte así en materia de creación y de estudio. Por ello, resulta tan fascinante la estructura de Reconstrucción. El peso de la reflexión literaria lo atraviesa todo, y en cualquier lugar de la novela nos asalta una carga que invita a volverse sobre la literatura. Un buen ejemplo son los títulos de los capítulos: Conversación, que hace referencia a la oralidad que obsesiona a Orejudo; Tipos, referente a los tipos de imprenta con los que se construyen los textos; Teoría, expone toda una reflexión sobre la autoría; Expediente, aborda los recursos de narraciones en el interior  de otras narraciones; Reconstrucción o la función de la ficción literaria y la forma de generar historias… Así es la novela, repleta de claves por todas partes, y con la, reconocida por el autor, alusión en el titulo a Derrida, por supuesto, todo un estudio sobre la forma de contar, de narrar, de literaturizar.

Así, la obra se trata de una reflexión acerca de las funciones de la literatura. ¿Cuántas novelas hay en las novelas de Orejudo? En sus textos encontramos un híbrido, una mezcla de géneros, salpicados de la herencia cervantina: novelas insertadas en la trama principal. Al existir tantos relatos, muchos de ellos se colocan en líneas detectivescas, eróticas, humorísticas, picarescos, de aventuras…  Con Reconstrucción, es como si el lector fuera inventado a montar, varias veces y de diferentes maneras, un monumental lego literario.

Curiosamente, y después de sendos premios a sus novelas anteriores, de forma significativa, Reconstrucción no obtuvo ningún galardón. Eso puede dar que pensar acerca de lo que se nos plantea y la forma en que se nos plantea en la obra, quizás la más literaria y compleja de su autor y, por ello, alejada de los premios y, tal vez, la más desconocida y poco apreciada de sus novelas. ¿Por qué? En primer lugar, podría sorprender -de no conocer el espíritu de Orejudo y su carácter innovador- que el autor se oponga en diferentes entrevistas a que Reconstrucción sea encasillada como una novela histórica. Mantiene que no habla de historia pasada, sino de su mundo, de ahí se desprenderían la multitud de claves encontradas en ella. Y también repite en algunas declaraciones una afirmación contundente: el que cuenta las cosas en la novela es Antonio Orejudo, no un narrador, con las opiniones y visiones de Antonio Orejudo. Y el motor del texto es la lectura de Castelo contra Calvino, de Zweig, que le fascinó, no por lo que aparecía en primer plano, sino por la descomunal figura de Miguel Servet que atisbaba al fondo.

Con mucha diferencia respecto a las demás obras de Orejudo, Reconstrucción es su obra maestra. Son tan ricos, tan profundos los guiños metaliterarios y ficcionales que la atraviesan, con una estructura tan compleja y redonda que se cierra a la perfección, cuando muy fácil hubiera resultado un cierre en falso, que resulta prodigioso el desfile de personajes y la acumulación de información desperdigada que el lector va recogiendo para recomponer su propio puzzle literario en donde ningún personaje es quien dice ser ni lo que parece ser.

El resultado final es el de una pieza compuesta con un aspecto brillante, de gran aliento y calado, que concluye con grandes reflexiones e incide en los caracteres humanos y personales de la literatura como forma de subsistir en el mundo, pero también aboga por su independencia y entidad como materia inherente a los saberes humanos. Y es definitorio el primer capítulo, el que recrea la herejía de Münster con un desfile de tipos, de personajes, un pulso histórico a la narración en donde se escribe con dobleces y no se nos dice lo que se está contando, sino que se reflexiona sobre la prospección de la literatura en las almas, su poder a la hora de crear historias. Esta es una primera parte deslumbrante por su riqueza, por su ritmo narrativo, por su estructura dialogada y por esa vuelta de tuerca que representa: nos muestra un libro con voluntad de innovar, un texto que de inmediato se diferenciará de lo escrito hasta ahora en un ejercicio de originalidad arriesgada y muy contundente.

Y que no debería pasar desapercibido ante la tristeza del panorama literario actual.

La novela está cuidada en cada mínimo detalle y las piezas solo pueden encajar de una manera, de haberlas colocado de otra manera habrían arruinado el conjunto final. Las historias y los personajes se desdoblan, el multiperspectivismo narrativo, el polinarrador, los sucesos presentados desde diferentes prismas cuánticos, como deconstruidos en un cuadro cubista, para poder volver a ser montados y reconstruidos y así dotar de un sentido literario a la historia del fanatismo religioso europeo del XVI, junto a una galería de personajes con muchísima mayor entidad que los esperpentos que habían poblado las anteriores páginas de las primeras novelas del autor y que, resultando y funcionando en el hecho literario, ni de lejos adquirían el relieve que consiguen en Reconstrucción, donde no se supeditan al mero acto de narrar, contribuyendo con sus construcciones a un texto de relieve que se convierte en una fiesta de la narración. Un lego de la narrativa perfectamente ensamblado.

martes, 10 de septiembre de 2013

Los cuarenta días del Musa Dagh-Franz Werfel




LA NOVELA COMO ÚLTIMA ESPERANZA

El genocidio armenio, un tema terrible, duro y espinoso, la matanza de estos hombres a manos de los turcos a principios del siglo XX, compone la obra maestra literaria de Franz Werfel. Una novela vibrante y sólida, un monumento a la historia literaturizada, un desarrollo magnífico para narrar unos acontecimientos tan terribles como descarnados. Y todo ello, haciendo gala de un enorme oficio de narrador, controlando los tiempos, los cambios de escena, con ritmo y aliento, con bríos que no desaparecen en su autor, ni en el interés de sus lectores, a lo largo de las 838 páginas de tan extenso trabajo.

Werfel brilla alto en algunas de sus obras, como la musiliana o törlessiana Reunión de bachilleres, junto a la La canción de Bernadette y Una letra femenina azul pálido, todas ellas, en uno u otro sentido, muy recomendables, abarcando una amplitud de registros que se mueven desde el ya mentado Musil hasta el polifacético Zweig. Escrita en 1933, Los cuarenta días del Musa Dagh señala la cota más elevada alcanzada en su literatura, y consagra a Werfel como un escritor con una de las novelas más importantes del siglo XX.

El libro aborda la resistencia de una porción de la comunidad armenia en 1915, refugiada del exterminio turco alrededor del Monte de Moisés, o Musa Dagh, cerca de Antioquía. En sus laderas, se defenderán cerca de cinco mil hombres, marcados y condenados a morir como resultado de la política genocida abanderada por Mehmet Talaat, ministro turco del Interior, e Ismaíl Enver, ministro de la Guerra, con la excusa de la Gran Guerra que se había desencadenado en Europa y en virtud de ciertos intereses geopolíticos de Turquía. Estos asesinatos raciales llevaban tiempo produciéndose, desde mucho antes, pero la Gran Guerra vino a dotarlos de una legitimización y, con ello, de sistematización.

Ante la amenaza del exterminio, casi cinco mil armenios decidirán hacerse fuerte en las inmediaciones del monte, esperando resistir como sea ante y lo que llegue, incluso creyendo con fervor que se recibirá una ayuda de la Primera Europa, la que lidera la intelectualidad y el humanismo: pero desde Francia y Gran Bretaña no alcanzó a llegar ni un solo movimiento. En este sentido, en lo que para mí representa el punto álgido de la novela, su cumbre maestra, se encuentra el intento del alemán Johannes Lepsius, un misionero protestante que busca interceder por el pueblo armenio frente al ministro turco de la guerra Enver Pasha, de forma desoladora e impotente. Aquí traza Werfel algunas de las mejores páginas de su novela, por no decir que sus retratos de ambos contertulios son, sencillamente, excepcionales. Sólo la maestría de Zweig habría podido recrear así semejante entrevista, y la realidad personal y espiritual de sus personajes.

La narración pivota, además, en un personaje protagonista, el armenio Gabriel Bagadrian, de carácter y formación intelectual de tradición europea, que arrastra un background en su educación humanista europea, lo que hace que presencie los sucesos desde un contrapunto diferente que se añadirá al sufrimiento meramente local. En él, en Bagadrian, podría decirse que se comprende toda la dimensión del abandono de la intelectualidad europea a la causa armenia, que se atisba la quiebra de la razón y la tradición humanista que terminaría por disolverse ante la pasmosa permisividad de, no sólo este genocidio, sino del resto de los genocidios del siglo XX –con el nazi a la cabeza de la quiebra definitiva del concepto de hombre, o de hombre ilustrado, si queremos llamarlo así-.

Confesaba Wefel que fue la visión de unos muchachos desarrapados en Damasco en 1929, presumiblemente armenios que trabajaban en condiciones inhumanas en unos telares, lo que lo inspiró para abordar el asunto y que, después, durante un ciclo de conferencias en Alemania, escogió hablar del capítulo quinto, el de la entrevista entre Enver Pachá y el pastor Lepssius, lo que resulta muy significativo. Asoció la situación inhumana de esos niños armenios al fiasco de la tradición humanista –representado en Lepssius y en la inhumanidad de Pachá-. Esos serán los mimbres que tejan el libro, de un carácter conmovedor que, se dice, fue uno de los textos más leídos durante el terrible gueto de Varsovia, dado que Los cuarenta días del Musa Dagh es un libro sobre el sufrimiento, es martirologio, y tal vez en sus palabras los confinados en el gueto encontraron los ánimos para levantarse como lo hicieron.

Una novela que pudo servir, tal vez, de ejemplo valeroso a aquellos hombres y que, ahora, en estos otros tiempos que corren, desde luego se nos muestra como ejemplo de lo que puede llegar a ser y ofrecer un libro tan brillante como desangrado. Y en ello radica su excelencia y trascendencia.

Una novela que golpea conciencias y corazones, que denuncia matanzas y limpiezas étnicas y genocidios, que demuestra que se necesita seguir teniendo esperanzas en el ser humano, aunque el ser humano ya no tenga las esperanzas puestas en sí mismo, y que, al menos, esas esperanzas, tal vez, podamos colocarlas en la literatura. Una obra maestra.