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martes, 30 de junio de 2020

Zorro-Dubravka Ugrešić

*Esta crítica apareció orignalmente en achtungmag.com:


Zorro de Dubravka Ugrešić: reivindicación del escritor de clase económica


Zorro, de la croata Dubravka Ugrešić y publicado por Impedimenta, es un artilugio literario seductor. Atiende a multitud de facetas relacionadas con los libros y la literatura, incluso analiza el mercado editorial y la función de los escritores, de antes y de ahora, pero, sobre todo, entre autoficción, biografía e investigación filológica, nos impone el irrefrenable deseo de la autora por mostrarnos como se crean los cuentos. Para ello, Ugrešić escribe un trampantojo por donde desfilan pedazos de libros y retazos de las vidas de Boris Pilniak o Vladimir Nabokov, junto a biografías de autores casi desconocidos y perdidos y personajes que lograron ser una nota a pie de página en la historia de la literatura. En el trasfondo, el terrible conflicto de la antigua Yugoslavia, los croatas, los serbios… y una visión narrativa del mundo en el que vivimos en donde el misterio de la creación de relatos, ese cómo se crean los cuentos, puede ayudarnos: veamos el horror de nuestro mundo con los ojos de un niño. Creemos cuentos y, tal vez así, nuestra vida sea mejor.

Tal es la atractiva propuesta de esta autora, figura capital de las letras croatas con un puesto bien ganado gracias a textos como El museo de la rendición incondicional o El ministerio del dolor. Estamos, por tanto, ante una autora de reconocido recorrido, que además se ha significado a la hora de tomar la voz de la guerra y del exilio causados por las guerras en la antigua Yugoslavia, y que le granjearon la enemistad de muchos compatriotas.

Por ello, una escritora de este nivel puede plantearse un libro partiendo de una única y absorbente premisa: ¿cómo se crean los cuentos?, que es lo mismo que tratar de analizar los mecanismos de la ficción. Desde aquí, Dubravka Ugrešić pone en marcha una narrativa autoficcional que tiene mucho de tratado de literatura comparada. El resultado es un libro inclasificable y, por eso, fascinante.
La idea de buscar las fuentes originales, aquellas de las que se alimenta la ficción, de entrada, ya nos anuncia una lectura exigente en algo que no puede entenderse como una novela al uso. Pero ¿quién desea a estas alturas otra novela al uso? Zorro destila un gota a gota emanado de las notas a pie, es decir, de aquello que sucede en la literatura con letra pequeña, pero que atañe directamente a la letra mayúscula, es decir, a la obra maestra.
El empeño de la autora en fijar una lente de aumento sobre los instantes en los que se generaba literatura mientras todos miraban hacia otro lado, permite que desgarre el papel de la ficción para alcanzar más allá de la mirada convencional de los lectores de libros.
Cuando todos, lectores y crítica, observaban fijamente a Nabokov, a su lado se estaba desarrollando una historia de esas de letra diminuta, que se agiganta con el análisis de Dubravka Ugrešić. Porque la historia que nos muestra acerca de Nabokov es la historia de Dorothy Leuthold, una especie de chofer y secretaria accidental del escritor, bautizada por la autora como Little Miss Footnote (Pequeña señorita Nota al pie de Página).
A pesar de ser solo eso en la historia literaria de Nabokov, una nota a pie de página, esa mujer quizás haya resultado mucho más importante para su literatura. En efecto, Ugrešić nos cuenta la historia de Nabokov y esta mujer, pero además añade la de Nabokov y su pasión por las mariposas, relatando un suceso cargado de alto voltaje sexual, justo cuando una mariposa se detiene sobre el pubis de Dorothy Leuthold. ¿Qué hacía la mujer con la falda levantada mientras buscaban mariposas en el fondo de un cañón rocoso? Para más información sobre el acontecimiento, os remito al libro.
Nabokov y Pilniak, muy presentes en Zorro:


De modo que así se escribe la literatura, partiendo de sucesos nimios, como nimio parece el escritor japonés Tagaki. Pero, al igual que la mariposa sobre el pubis, que se magnifica por obra de la presencia de Nabokov, Tagaki adquiere tintes gigantescos gracias a la atención que le depara otro titán de las letras rusas: Boris Pilniak. Y esta historia es el corazón de libro de Ugrešić dado que, producto de la investigación de Pilniak sobre el autor japonés, publicó en 1926 un pequeño escrito de apenas diez páginas titulado Un cuento sobre cómo se crean los cuentos. Y de aquí, además, el nombre del libro: Zorro.
¿Por qué Zorro? Durante su visita a Kobe un guía condujo a Pilniak hasta el templo del zorro:
“El zorro es el dios de la astucia y de la traición (…) El zorro es el dios de los escritores”.
Pilniak redacta estas impresiones tras visitar el templo. Efectivamente, su olfato de fino estilista ha sabido captar muy bien la analogía. El escritor, los escritores, somos como los zorros; siempre astutos y mentirosos, vendiendo nuestras historias, nuestras ficciones, que los lectores engullen creyéndolas a pies juntillas gracias a ese maravilloso pacto ficcional en donde se suspende la incredulidad ante el poderoso influjo de la literatura. Somos el lobo, o el zorro si lo prefieren, que engaña a la Caperucita Roja que es nuestro lector. Si sabemos hacerlo bien, una y otra vez acabara en la casa de la abuelita, que es nuestra narración.
Nabokov durante una de sus búsquedas de mariposas.
Pero a la autora de Zorro le preocupan también esa multitud de ideas, incluso de obras comenzadas y que se trabajan pero se abandonan, todas esas historias que no llegan a cristalizar en el proyecto literario del autor, pero que sin ellas las que obtienen éxito no existirían:
 “Muchas historias en la vida de un escritor  terminan como litopediones, como embriones narrativos”.
Y son, precisamente, estas historias que se quedan varadas en el limbo narrativo las que vienen a demostrarnos una inquietante verdad:
“Todos somos notas a pie de página”.
Y lo somos en tanto en cuanto que somos susceptibles de ser, en uno u otro momento, material narrativo que, por las cuestiones que sea, se terminó abandonando. Es decir, somos producto del olvido de alguien por cuya vida hemos pasado de forma nebulosa. Todos llevamos en nuestro interior el personaje protagonista de una gran novela que al final forma parte de un lado del decorado, tal vez disfrazado de árbol. Hay que preguntarse urgentemente algo: ¿Qué nos diferencia de ser personajes literarios?, ¿qué nos hace poseer la conciencia de que somos reales? Eso lo dejaremos para Unamuno.
El filósofo y politólogo (entre otros adjetivos) Isahia Berlin también aparece en Zorro, y lo hace gracias a su peculiar división de los escritores en dos grupos zoológicos: erizos y zorros. Erizos son aquellos que escriben y piensan desde la comodidad de una única idea, y los zorros prefieren reunir diferentes ideas producto de experiencias variadas. ¿Unos son homogéneos y otros heterogéneos? Tal vez. ¿Unos son peores que otros? En absoluto.
Isahia Berlin y su peculiar división de escritores en erizos y zorros.
Porque los erizos saben una sola cosa, pero de importancia capital, y los zorros abarcan una gran variedad, pero quizás no de asuntos tan importantes… Erizos son Platón, Lucrecio, Dante, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche, Ibsen, Proust… El escuadrón de zorros que se muestra incapacitado para el reduccionismo del mundo a una idea exclusiva se nutre de ilustres como Heródoto, Aristóteles, Erasmo, Shakespeare, Montaigne, Molière, Goethe, Pushkin, Balzac, Joyce… Y vosotros, escritores que me leéis ahora, ¿Qué sois, erizos o zorros? Daos un tiempo. Yo he contestado que soy zorro a tontas y a locas. Ahora lo pienso dos veces y no lo tengo tan claro. Por cierto, para Dubravka Ugrešić el escritor Boris Pilniak era un zorro.
La taxonomía zoológica continúa en el libro de Ugrešić como una brillante forma de entender la literatura. Peculiar e inteligente es la siguiente división que establece entre los escritores y los estudiosos de la literatura:
“La literatura universal puede compararse con una ballena a la que (…) se adhieren los peces llamados limpiadores o rémora. Estos peces rémora se pegan al cuerpo de la ballena y succionan los parásitos de su piel. Utilizan a la ballena como fuente de alimentación, de protección y medio de transporte. Si no existieran los peces rémora, los parásitos  colonizarían el cuerpo del cetáceo y se corrompería. Yo no me hago ilusiones acerca de mi propio talento literario. Soy un pez limpiador de la literatura. Mi misión es ocuparme de la salud de la ballena”.
Pero hay otros parásitos en este enorme cetáceo literario que son mucho más letales y no cumplen con la función sanitaria: las parejas de los escritores. En Zorro se nos habla de una relación casi vampírica:
“La más famosa entre nosotros era la viuda de un escritor mundialmente célebre, exiliado, que había muerto hacía mucho tiempo, pero del cual se había empezado a hablar como de un gran escritor hacía relativamente poco”.
La autora analiza el proceso de comercialización del legado y de la memoria de un autor, otra forma de crear una historia, un cuento se podría decir, manejado en manos de otros:
“Ese es nuestro tiempo moderno: el tiempo de la supervivencia. La vida se ha convertido en un lujo, y la literatura todavía más”.
Ugrešić analiza esta forma de erigir un mito y pasa a criticar los resortes que alimentan la literatura de hoy en día, esa literatura que es un lujo:
“Los escritores hoy ya no molestan al público con lecturas, sino que llevan a cabo una suerte de espectáculo. El público, cuyos estándares receptivos se han educado con la televisión e internet, es literariamente cada vez más analfabeto y busca un entretenimiento rápido e inequívoco”.
Porque hoy en día la profesión de escritor se tambalea ante este tipo de concepciones y mercadeo:
“La vida literaria solo es emocionante mientras uno está sentado a la mesa de trabajo, entre cuatro paredes. Todo lo demás produce sensación de fracaso, humano y profesional, si es que se puede llamar profesión a la escritura seria (…) Cuantos menos motivos reales para la fama, más calificada se considera una persona para entrar en la órbita de los famosos. Porque el público es el que establece los criterios, no nosotros”.
Ante ese panorama demoledor no puedo dejar de traer este artículo que ya escribí hace tiempo:
De esta forma hemos accedido a una era de la mediocridad:
“la primera y la más importante es la batalla contra la mediocridad (…) La mediocridad es el principio fundamental de cualquier actividad artística. No hay industria que se sostenga solo en la excelencia y al mismo tiempo resulte exitosa”.
Como vemos, el libro Zorro es mucho más que una mera búsqueda de cómo se crean los cuentos, también nos habla de la forma en que se pervierte la literatura y la indefensión de los autores de calidad. La vida se ha reducido a unos tuits, y es ahí en donde el autor debe tomar su decisión más importante: o creemos que la inadaptación y la falta de idoneidad son errores del sistema, o entendemos que el valor literario es cuestión de tener un buen lobby. El objetivo final es contar con el mayor número de simpatizantes posibles.
Dubravka Ugrešić, la autora del magnífico Zorro.
¿Qué significa esto? Es lo que, durante la entrega del Premio literario Amazon, uno de los presentes argumentó como algo definitivo para el éxito de un novelista online, conseguir una adecuada masa crítica de seguidores. ¿Es esto literatura? No, es algo mucho peor. Lo que denomino vida literaria. Esa que corrompe las virtudes del autor y lo convierten en un mamarracho obsesionado por el numero de seguidores y los likes… Algo que exigen muchas editoriales para poder publicar, una pescadilla venenosa que se mordisquea la cola.
Lúcida Dubravka Ugrešić, desde luego, que también reflexiona sobre el papel del escritor en la cadena de producción editorial, y coincide en aquello que tantas veces he mantenido. Para los grandes grupos el autor es lo de menos. Afortunadamente, todavía quedan editoriales (suelen ser las independientes) que entienden el lugar del escritor como un lugar privilegiado, y no como se nos asegura en el libro:
“Todos los que viven de la literatura y a costa de ella, y todos los que están cínicamente convencidos de que, en toda esta cadena, el puesto del autor es el más bajo. Tienen razón: en toda esta cadena, el puesto del autor es el más bajo”.
Son palabras que desmoralizan, agrias, vertidas por una autora cansada o desengañada por una realidad en donde:
“cada vez es más frecuente la práctica de que los honorarios no lleguen a la cuenta del escritor, y también es más frecuente la posibilidad de que el escritor de clase económica desista porque luchar por un honorario más o menos digno tiene sentido, pero luchar por una propina no lo tiene”.
¿Os suena? A mí sí, desde luego. He atravesado durante años por un desierto con cinco novelas publicadas que jamás rindieron rédito. Unas migajas inaceptables y mentirosas que aparecían en liquidaciones que sistemáticamente me he negado a aceptar. Por eso, hay que decir bien alto que editoriales como la que publica a Dubravka Ugrešić, Impedimenta, o la que afortunadamente me edita ahora, Ediciones del Subsuelo, consideran al autor como su bien principal y más valioso. Esto es un milagro dentro del panorama editorial depauperado.
Enrique Redel, a la cabeza de Impedimenta, con sus tesoros: los libros que edita.
El concepto que acuña Dubravka Ugrešić de escritor de clase económica no puede ser más acertado. Somos todos los que hemos luchado, y luchamos, por dejar un obra. El escritor top-class se limita a bramar sus estúpidas invectivas desde las columnas de los periódicos, a publicar sus bazofias en grandes grupos y a mirarse al ombligo. Con el paso de los años se diluirán en el anonimato del feroz mercado de novedades, pero Zorro seguirá ocupando su lugar en los anaqueles. Esto es literatura.
Dubravka Ugrešić en Zorro está firmemente apegada a la realidad, a esa realidad literaria en donde muchos editores serían felices si existiera una literatura sin autores. Así todo sería más sencillo, incluso para los lectores de infra literatura. Por eso, que Impedimenta, con Enrique Redel a la cabeza, cuide sus libros, se preocupe por privilegiar a sus traductores, ofrezca un catálogo de calidad (lo que implica un enorme riesgo) y publique textos como este Zorro, nos reconcilia con la idea de que escribir todavía merece la pena.
Estas reflexiones, y otras muchas, se desprenden del magnífico libro de Dubravka Ugrešić: mucho más que una novela o un tratado sobre literatura. Un análisis sobre el arte de escribir en la era de la crisis de las humanidades, bajo el imperio del analfabetismo digital. Una actividad de riesgo que siempre se verá recompensada con libros como este.

lunes, 29 de julio de 2019

El ala izquierda. Cegador, I-Mircea Cărtărescu



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/cegador-i-viaje-al-big-bang-del-universo-narrativo-de-mircea-cartarescu/

Cegador, I: viaje al Big Bang del Universo narrativo de Mircea Cărtărescu

por 

Algo me llama poderosamente la atención de los comentarios de quienes han leído la novela de Mircea Cărtărescu, El ala izquierda, Cegador, I, publicada por Impedimenta. La mayoría, lectores que mantienen blogs, la gente del Instagram literario, ciertos sectores de la crítica, coinciden en dos cosas: el libro, más que el libro la manera de escribir del rumano, es extraordinaria, y no han entendido muy bien, algunos insisten en que no han comprendido nada, de lo que dice. No deja de ser curioso que, a pesar de no vislumbrar lo que Cărtărescu nos quiere decir —como cegados por el descomunal entramado de Cegador, I— reconozcan, aun así, la infinita calidad literaria que atesora el libro y además, que de entre una prosa anclada en unos recursos complejísimos, eso hay que reconocerlo, tales como el onirismo, lo que denomino el estilo gore-lírico, junto a una especie de literatura patológica, y otros aspectos que iré comentando, no hayan conseguido extraer el motivo o motivos principales que nutren Cegador, I. De todo esto os hablo hoy, todavía hechizado e hipnotizado por el influjo de las palabras del rumano, en este Odradek de los viernes de Achtung!

Vaya por delante una cosa: no puedo decidirme, aún, y manifestar que Cegador, I es la obra maestra de Cărtărescu, aunque lo sospecho. Y no puedo hacerlo porque el peso de Solenoide es aplastante y porque Cegador, I es una parte incompleta que conforma una trilogía.
En Cegador, I hay momentos superiores a Solenoide, algo que jamás hubiera podido creer, como por ejemplo ese capítulo extraordinario que narra la lucha entre las fuerzas del bien y del mal en un pueblo perdido y que significa el origen de la familia del protagonista, Mircea, o los acontecimientos acaecidos en Nueva Orleans, o los sucesos del ascensor, o la semana de estancia del protagonista en la guardería…, pero necesito completar la lectura del tríptico para afirmar mi veredicto, que de momento dejo levemente en el aire. Insto a Impedimenta para que se den prisa, se lo ruego de rodillas, lo imploro, y que nos traigan lo antes posible los dos volúmenes que faltan.

Porque seamos sinceros y claros: desde alguna novela de Kadaré simplemente imposible de repetir (El accidente, por ejemplo, o Spiritus, ambas en Alianza Editorial), o el Austerlitz de Sebald (en Anagrama), yo no había leído nada como esto en un autor europeo. Y cuando digo esto me refiero a Solenoide y Cegador, I. De Solenoide, que fue nuestro libro del año pasado aquí en Achtung!, os dejo el enlace a la crítica que hice:
Y cuando digo que no he leído en un autor europeo, salvo Kadaré y Sebald, nada como Cegador, I en muchísimo tiempo, me estoy refiriendo a una complejidad que es producto de un entrelazamiento narrativo que podría definir como cuántico, además de fractálico. Porque en Cegador, I todo tiene relación con todo, unas partes se refieren a otras, desde lo micro a lo macro, y la función metaliteraria es tan abrumadoramente abismal que todo el libro se convierte en un cono de succión, en un agujero negro que envuelve al lector hasta desorientarlo por completo (bendita desorientación, por cierto), y expulsarlo después en la página final tras haber atravesado por un continuo de literatura fascinante y conmovedora.
Un continuo de literatura, me parece una expresión que define muy bien este primer volumen de Cegador, dado que siempre literaturiza lo mismo, lo haga el autor de una forma o de otra, da igual, Cărtărescu nos habla de los mismos asuntos, pero los presenta de tantas y tan diferentes formas —que además sufren mutaciones y sub mutaciones—, que su lectura es como formar parte de una gloriosa secta, en este caso la secta de los lectores que intentan comprender las claves del rumano.
Parece, como decía más arriba, que mucha gente no termina de entender las claves de esta primera entrega del tríptico. Es lógico, la estructura y la escritura del libro no ayudan, no por su complejidad, que también —es un texto difícil—, sino porque la estructura de este volumen, entiendo, deberá complementarse con los otros próximos dos libros.
Cegador, I se presenta como una trilogía que reproduce las partes de una mariposa. De manera que el primer volumen sería el ala ubicada en el lado izquierdo del lepidóptero. Este lado se divide en tres partes, y cada parte en capítulos. Los capítulos se conectan internamente entre ellos, algunas historias que empiezan en un capítulo reaparecen más tarde, otras no, pero todo acaba formado ese continuo de literatura, espacio y tiempo.
Por lo tanto, no estamos ante una novela, aunque a primera vista nos pueda parecerlo, sino ante la reproducción de una galaxia literaria, con sus capítulos que son como supernovas fulgurantes, sus agujeros de gusano que conectan partes del principio con partes del final, con alteraciones espacio-temporales, con una reproducción en papel y repleta de letras, del principio del Universo.
Cegador, I es un ejemplo de lo que califico como Big Bang narrativo (igual que sucede en las dos novelas de Kadaré que mencioné antes, Spiritus y El accidente), en donde el conglomerado de los materiales que el rumano coloca sobre el escritorio, ultra concentrados, comprimidos, estallan para extenderse a lo largo de 422 páginas que conforman una primera constelación. Después, vendrán las otras dos galaxias, esos dos volúmenes que restan y que espero se relacionen entre ellos por túneles narrativos como sucede en este libro en más de una ocasión, al estilo, por ejemplo, del entrelazamiento cuántico.


Califiqué a Solenoide como un libro escrito con un tipo de realismo mágico que denominé realismo mágico de Muntenia, pero en esta ocasión me veo obligado a cambiar el término, porque Cegador, I se sostiene sobre una concepción literaria de gore-lírico, ayudado por lo que llamo, también, literatura patológica (en similitud con esa anatomía patológica médica que se ocupa del estudio de biopsias, muestras tumorales, autopsias…).
El estilo gore-lírico que pone en marcha Cărtărescu se cimenta en la continua aparición de ambientes sórdidos, tanto externos como internos. En los externos siempre encontramos esa Bucarestherrumbrosa y decadente, plagada de lugares angustiosos, abandonados, derruidos, subterráneos, con pasillos interminables, con cúpulas enormes y agorafóbicas, cristalinas y opacas en su cegadoraluminiscencia, con pasajes inquietantes, hospitales terroríficos, salas de disección equipadas con herramientas y ganchos y escalpelos inquisitoriales y de tortura, junto a salas infantiles pavorosas, que además están sujetas a un tiempo alterado, inhumano e irreal.
Lo gore, se concreta en la multitud de enfermos deformes, en la aparición de tumores, lesiones cutáneas, enfermedades incurables, enanos y jorobados, pacientes aquejados de males que los deforman grotescamente, una parada de los freaks que sufre incluso Mircea, el protagonista, aquejado de una especie de hemiplejia que le deforma el rostro.
Y también aparecen los ciegos, porque aquí la ceguera es un acceso al conocimiento, reflejada en el masajista que trata al muchacho Mircea de su parálisis facial, por ejemplo, y que al estilo de Ernesto Sabato forma parte de un grupo de elegidos que previamente lo cegó de una manera brutal y medieval. Aunque no lo olvidemos, el masajista fue cegado, precisamente, cuando accedió al conocimiento del origen de la creación.
Aquí, acabo de mencionar dos de los temas fundamentales del libro: el acceso al conocimiento y el misterio de la creación. Ya sea la creación del ser humano, ya sea la creación literaria. La literatura es, para Cărtărescu, la puesta en marcha de mundos con personajes que se saben precisamente eso, personajes, escritos por un ser superior. Esto es lo que tratan de comprender los protagonistas de Cegador, I.
Los personajes del libro habitan esa galaxia-libro, ¿pero quién los ha creado? Es evidente, un autor. Y desde ese mundo microscópico de la prosa se abre toda una reflexión que se dirige al macrocosmos que habitamos en nuestra realidad: nosotros soñamos y escribimos un texto sobre unos personajes que, así, toman vida, pero a nosotros nos está escribiendo un Dios superior, que está siendo escrito por otra deidad que, a su vez, y en el continuo de literatura y creación, está siendo escrito por otro Dios, y ese por otro, y por otro…, en una puesta en abismo ascendente que alcanza el infinito.
Tratar de comprender este misterio constituye el peregrinaje principal de los personajes del libro, una idea unamuniana, si se quiere, pero que mezclada con la concepción macro cósmica alcanza mucho más allá que la novela Niebla (Cátedra) del bilbaíno. El vasco nos presentó a un personaje que visitaba a su autor para quejarse porque no quería morir, y el escritor iba a matarlo de una indigestión. Cărtărescuno presenta a un personaje luchando contra su destino literario, sino a todo un mundo, un Universo complejo que se desparrama más allá de las páginas que lo contienen, más lejos del propio libro, toda una humanidad de personajes que va a la búsqueda de encontrar y reconocer a su autor.

En Cegador, I, no se trata de esos Seis personajes en busca de autor (Alianza Editorial) pirandellianos, el problema de comprender la existencia y tratar de encontrar a un creador válido es el de toda una humanidad de millones de seres y de lugares conformados de palabras. Conseguirlo, es obtener el conocimiento, destapar los misterios, hallar, finalmente, la verdadera almendra de la creación.

Y esa almendra central, o huevo cósmico, dado que Cegador, I reproduce el Universo a escala micro, consiste en desvelar los enigmas del nacimiento, porque solo en el origen se encuentra el Dios conformador de todo. Y si hablamos de creación, es imposible obviar a la madre, ella es el núcleo, la persona que nos ha traído al mundo. Por eso, gran parte de Cegador, I se centra en el personaje de la madre de Cărtărescu, aproximándose con ello a una especie de autobiografía psicodélica cargada de momentos simbólicos reflejados con una lírica muy peculiar.
La madre, por tanto, es otro de los temas que trata la novela, pero una madre vista como ese motor primigenio, entendida como una incógnita, como un misterio eleusino, como una Deméter nutricia que nos da la vida y luego nos sigue alimentado, protectora y vivificadora. Pero como dadora de vida, la madre lleva aparejada la muerte con ella, y es también una Perséfone, una Proserpina. Obviamente, la madre del autor se identifica con la tarea creativa del escritor, que otorga y quita la vida de los personajes que construye, de modo que el escritor es una especie, también, de amable Deméter y de cruel asesino que domina el mundo de los muertos, como Proserpina.
La autoría, la idea de creación literaria dadora de existencia y aniquilación, la reflexión metaliteraria que este concepto acarrea, es el planeta sobre el cual se construye y orbita Cegador, I.
Así que hemos profundizado, limado, retirado la carne y dejado el hueso literario de la obra al descubierto para comprender de qué materias se compone. Hemos llevado a cabo un trabajo de anatomía patológica literaria, hasta adentrarnos en las mismas hélices de ADN de la novela para concluir que sus temas determinantes son la creación literaria entendida como la construcción de un Universo, la búsqueda de identidad de los personajes extrapolable a nuestra propia identidad, la comprensión del autor como una madre y, a la vez, como un habitante de un inframundo en donde juguetea con la vida y con la muerte. Ese es el misterio que necesitamos alcanzar y decodificar.
Cărtărescu, en su lucidez, sabe que la mejor forma para descifrar estos misterios es mediante el vehículo de los sueños, algo muy presente en su obra y que, como ya he comentado en otros artículos sobre el rumano, bebe de una tradición literaria de las letras rumanas de finales de los años 60, cuando se empleó esta técnica, llamada onirismo, para tratar de burlar al control estatal escribiendo en un lenguaje literario que pusiera las cosas difíciles a los censores.
Los sueños, igual que la presencia de los insectos, y en concreto de las mariposas, son formas de conectar las narraciones que componen la novela; ejercen como puertas de acceso a otras dimensiones que, a su vez, explican diferentes cuadros narrativos que se nos han planteado. Los insectos, por supuesto, forman parte del gore-lírico, y muchas veces se insertan en escenas terroríficas que, gracias al imaginario sensorial del rumano, se atenúan con descripciones poéticas sorprendentes.
Todo, en Cegador I, y al igual que en Solenoide, resulta sorprendente. Por eso afirmaba no haber leído prácticamente nada así, nada igual, siendo Cărtărescu, además, un autor que no quiere hacer ciencia ficción, ni literatura de terror —de hecho, se encuentra a años luz de esa intención—, pero que se nutre de estos géneros dándoles un toque tan personal que los desfigura. Al leer las páginas de Cegador, I no se tiene en absoluto la sensación de estar leyendo algo pavoroso, aunque no puedo evitar encontrar similitudes entre el rumano y el horror cósmico lovecraftiano que, sin embargo, no se me aparecen durante la lectura, sino tras una posterior reflexión.
Alcanzamos, así, el meollo del asunto, la clave definitiva de Cegador, I: los personajes, todo ese Universo en busca de su autor, lo acaban encontrando. Es más, se produce una anagnórisis en el pasaje del masajista ciego, que reconoce al joven Mircea como su futuro autor, porque en esto radica el mayor retruécano, o salto, o vuelta de tuerca de la novela. Los personajes no es que busquen a su autor, lo que hacen es crear al autor que luego los escribirá. Y Cegador, I se detiene en el mismo instante en que Mircea ha sido alumbrado al mundo literario y conformado como escritor.
Mircea, como autor, nace de un huevo cósmico que previamente necesita de un sacrificio ritual, en una decena de páginas finales alucinógenas, pero que están describiendo lo que sería el Big Bang del Universo de los personajes cartaresianos. Es el golpe de gracia al volumen: en un instante cuántico que va más allá de toda concepción lógica del tiempo y del espacio, serán los personajes quienes alumbren al escritor que los escribirá, ungido ahora con esa luz del conocimiento, porque ya ha entendido, una luz cegadora que ilumina todos sus chacras y brilla como un diamante de luz sobre su cabeza, igual que la corona aureolada de los santos o del mismísimo Dios.
Cărtărescu ha entendido, en efecto. Está en posesión del conocimiento que lo llevará a escribir Cegador, I y el resto de los volúmenes, y toda su obra. Hemos asistido a un doble nacimiento del escritor: desde el interior de su madre, y desde sus propios personajes.
Y todo esto, sumamente complejo, esta literatura de alto voltaje, no sería posible sin un elemento crucial para nosotros, los lectores españoles: el descomunal trabajo de traducción llevado a cabo por Marian Ochoa de Eribe, que resuelve la complicación de este Universo poniéndolo en palabras que reflejan la enorme carga de talento del rumano, con toda su fuerza y su potencia, su lirismo, su gore, sus descripciones médicas y entomológicas, con un grado de maestría ante el cual solo resta terminar aquí esta crítica como homenaje a la traductora de Cegador, I; traductora que se ha metamorfoseado en el propio Cărtărescu como en su momento (y qué suerte tenemos los españoles en estos casos) Ramón Sánchez Lizarralde fue Kadaré o Miguel Sáenz se transformó en Thomas Bernhard, Sebald o en Günter Grass.
Mircea Cărtărescu y Marian Ochoa de Eribe. Nunca un autor debió estar mas contento con su traductora

Toda la obra que Impedimenta ha publicado de Cărtărescu lleva el sello de Marian Ochoa de Eribe, y solo podemos congratularnos por ello. Por eso, porque necesito reconocerlo urgentemente, hoy acabo la columna mencionándola a ella, porque de su trabajo se desprende este Cărtărescu y este Cegador, I, tan magistrales como ilimitados.

sábado, 11 de mayo de 2019

Mendelssohn en el tejado-Jiří Weil



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/jiri-weil-y-mendelssohn-en-el-tejado-las-cualidades-de-una-obra-maestra/

Jiři Weil y Mendelssohn en el tejado: las cualidades de una obra maestra

A veces te llega un libro que resulta ser una obra maestra. Quizás convendría definir ese concepto, y seguro que habría variedad de opiniones. Por eso voy a reformular el principio de este Odradek de los viernes: a veces te llega un libro que te transforma, eres una persona al principio de su lectura, y algo te ha quedado dentro que te ha cambiado cuando cierras sus tapas. Pues bien, esta y no otra es la historia de la lectura de Mendelssohn en el tejado, la obra maestra del escritor checo Jiří Weil que publicó hace ya tres años la editorial Impedimenta, y de la que os voy a hablar hoy.

Mendelssohn en el tejado apareció en 1960, de forma póstuma y apenas un año después de que una leucemia acabase con la vida de su autor. Sin duda, es una de las mejores novelas checas, tal vez la mejor, de la segunda mitad del siglo XX.
¿Qué podemos encontrarnos en Mendelssohn en el tejado que la convierte en una experiencia de lectura tan especial?  En primer lugar, el texto reúne todos esos elementos que la convierten en claro ejemplo de lo que ya he denominado en este mismo Odradek como la literatura de Praga; y eso siempre resulta fascinante en una novela.
En la serie de dos entregas que publiqué aquí en Achtung! fui estableciendo las características principales de este tipo de novelas praguenses: Praga y el ahogo, Praga y la muerte, Praga y la enfermedad, Praga y la chatarra, Praga y la basura, Praga y Gustav Meyrink, Praga y Franz Kafka…, categorías a las que se pueden añadir Praga y el Golem, Praga y la crónica negra, Praga y los asesinos…
Pues todas estas categorías, o casi todas, de una u otra forma aparecen reflejadas en la novela de Jiří Weil. Os dejo los dos enlaces a mi serie del análisis de la literatura de Praga por si os interesa profundizar algo más en el asunto:
Mendelssohn en el tejado incorpora todos estos temas afines a la literatura de la ciudad en una narración que se ubica durante los crueles tiempos de la ocupación nazi de Bohemia. De ese modo, y mediante una visión cruda y realista de la sociedad y de la ciudad, y de un tratamiento directo de los hechos históricos, se nos ofrece un complejo tejido coral protagonizado por una serie de personas que se definen por su comportamiento, o posición, en relación a los nazis.
Jiří Weil, el autor de esta obra maestra que es Mendelssohn en el tejado.

Por un lado, tenemos a los checos que han sido invadidos y se ven obligados a trabajar bajo las órdenes de los alemanes, muy a pesar suyo y para salvar la vida. Por otro, los checos colaboracionistas, que han decidido voluntariamente ayudar al invasor a cambio de algunas pequeñas prebendas. Además, tenemos a los checos que han decidido ocultarse del horror y a los checos que han optado por resistir activamente. A todos ellos debemos que añadir a los propios nazis desplazados a la ciudad, desde cargos bajos y medios, hasta el propio Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, apodado como el carnicero de Praga, Reinhard Heydrich.
Y, como no, los judíos checos de Praga, desde los ciudadanos más normales hasta los miembros del Consejo, obligados, también, a colaborar con los nazis de diferentes formas. Bien con trabajos forzados o esclavos, bien contribuyendo al expolio de los otros judíos, o administrando la burocracia necesaria para el proceso de exterminio de los judíos de la zona: primero, mandándolos al campo de tránsito de Terezíny, después, gestionando las listas de aquellos que se enviarían a Auschwitz.
Los aciertos literarios de Jiří Weil en esta composición son muchos, producto de su solidez como escritor y de su gran olfato narrativo. Ha creado una obra coral con muchos personajes, ninguno decididamente protagonista, pero todos ellos son decisivos, interesantes, y ninguno superficial. ¿Cómo lo consigue?
El autor nos muestra los problemas y dilemas psicológicos de cada personaje, éticos también, que se desprenden de su relación con los nazis, ya sean colaboradores, resistentes, ocultos, trabajadores forzados, condenados a muerte o, incluso, aquellos que atentarán contra la vida de Heydrich, e incluso conoceremos durante el primer tercio de la novela lo que atosiga al propio Heydrich. De esa forma, el profundo estudio psicológico de los personajes los caracterizará por sus miedos, dudas o remordimientos ante las acciones que están llevando a cabo.
Por otro lado, la novela ofrece un retrato histórico frío y demoledor, podría decir que deleznable, de los hábitos cotidianos de aquellos días de la ocupación alemana. Las vidas que vemos pasar ante nuestros ojos lectores son las vidas de las personas que se veían en la obligación de afrontar un día más con el pavor a los invasores, con el hambre del racionamiento, con el mutismo y el miedo de los ocultos, con el odio de los resistentes y, sobre todo, con la ignominiosa carga de que en aquellos momentos solo contaba el poder sobrevivir unas horas más, tal vez un día más, y para ello debían hacer cosas moralmente inaceptables, indecentes, crueles o simplemente criminales.

El carnicero de Praga, el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, Reinhard Heydrich.

De esa forma la cala histórica que lleva a cabo el autor en el momento temporal determinado de la ocupación se reviste de dos capas de barniz literario: la propiamente documental, los hechos registrados, y la personal, con el desarrollo interno de los personajes. De esta forma, tenemos una novela histórica impecable, muy del estilo de las de Stefan Zweig, por ejemplo, solo que Jiří Weil ha sabido humanizar a los personajes históricos y elevar a la categoría de héroes a los secundarios.
Novela histórica y novela coral, novela realista y psicológica, novela de Praga —de esa Praga de la quincalla, de la chatarra y la suciedad de Bohumil Hrabal, novela de la Praga de los asesinos y los asesinatos, de las crónicas negras de Egon Erwin Kisch, y novela de los autómatas, novela de la Pragade Meyrink, al fin, y de su Golem, porque Mendelssohn en el tejado es, por encima de todo, la novela de la Praga de las estatuas.
Mendelssohn en el tejado es una novela de estatuas, algo que define a Praga, con un censo estatuario descomunal. No en vano, el Mendelssohn que se encuentra en el tejado es la efigie del compositor ubicada en un alero del tejado del Rudolfinum, el complejo arquitectónico musical que con la llegada de los nazis había sido renombrado como la Casa de la Música Alemana y, obviamente, la estatua de un compositor judío como Mendelssohn sobraba en la azotea.
Litografía en color de Edmond Maurus datada en1935 y que ha servido para la portada de la novela que ha elegido la editorial Impedimenta.

La orden del Reichsprotektor es la de tirar la estatua de Mendelssohn, pero como nadie sabe distinguirla están a punto de acabar con la de Wagner (dado que tenía la nariz de apariencia más mosaica de todas las efigies). Este malentendido inicial, con mucha ironía y humor satírico al mejor estilo del Švejk de Hašek, es un inicio de la novela magnifico, pero también algo engañoso.
Desde la bufonada inicial, el texto irá derivando, se irá introduciendo en la oscuridad, la crudeza, pasando por alguna pequeña paliza (que rompe algún diente con profusión de sangre), para adentrarse en conductas cada vez más violentas y miserables, alcanzado el asesinato e, incluso, las ejecuciones sumarísimas.
El espiral de crueldad de Jiří Weil con sus personajes desemboca en un par de capítulos finales tan memorables como los del principio son algo chocarreros; lamentablemente, estos capítulos finales no tienen nada de lo zafio que nos llevó a sonreírnos al principio, ni la carga irónica. Nada que se le parezca. El final de Mendelssohn en el tejado es épico, pero también se presenta cargado de lirismo, como una forma, quizás, de anestesiar la brutal crueldad que se describen en esas páginas finales.
Detalle de una de las puertas de entrada al campo de Terezín.
Al final, toda la literatura de Praga que ha ido desarrollado sus motivos a lo largo del texto, incluso esa Praga de las estatuas que tanta presencia tiene —hasta se mencionan las efigies del Puente de Carlos—, todo eso ha desembocado en una literatura de la Praga de los asesinos, de la Praga de la muerte y los carniceros. De la Praga de la sangre.
Por estos capítulos finales, la novela funciona sobre nosotros, lectores, como una carga de profundidad. Nos ha ido llevando de la mano por una crecida de horrores hasta el clímax más inhumano y virulento, y en ese proceso nos ha obligado a cambiar; percibimos que algo se ha transformado en nosotros.
La ocupación nazi en la Plaza Vieja de Praga y con la iglesia de Nuestra Señora de Tyn al fondo.
Con Jiří Weill y Mendelssohn en el tejado nos hemos ido dando cuenta, y aceptando, que la cobardía es una forma de supervivencia válida en según qué momentos, que no existen finales felices, solo finales, generalmente injustos, pero finales al fin y al cabo. Que un héroe puede ser cualquiera que se plantee un dilema moral, aunque no haga nada para resolverlo, y que siempre existirá gente dispuesta al sacrificio, lo que dota a estas páginas empapadas de sangre con el dorado brillo del optimismo y la esperanza.
Esperanza: a pesar de su discurso terrible, del retrato fantasmal (algo muy praguense, por cierto) y de su final anegado en dolor. Y si con todo ello, somos capaces de cerrar el libro creyendo en que el bien resiste y que la humanidad merece la pena, eso, sin duda, se debe a la inmensa maestría del autor que ha sido capaz de componer estas páginas tan inolvidables como estremecedoras. Inolvidable y estremecedora: las características necesarias, al menos dos de ellas, de una obra maestra de la literatura.

sábado, 5 de enero de 2019

Solenoide-Mircea Cӑrtӑrescu



*Esta crítica aparcio en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/solenoide-de-mircea-c%D3%91rt%D3%91rescu-libro-del-ano-2018-para-achtung/

Solenoide de Mircea Cӑrtӑrescu: Libro del año 2018 para Achtung!

Cuando ya es muy significativa la polvareda literaria que ha levantado la publicación de la novela Cegador por parte de la editorial Impedimenta, en Achtung! hemos elegido Solenoide como libro del 2018. Es nuestro Rey de Reyes literario, que ocupa el puesto de Libro del Año, ese mismo que en 2017 otorgamos a Philippe Sands y su obra Calle Este/Oeste (Anagrama). Aunque hace tiempo que terminé la lectura de Solenoide, todavía me siento aturdido por el descubrimiento de un libro total, complejo, exigente y delicioso. Su autor, obviamente me refiero al escritor rumano Mircea Cӑrtӑrescu, en los últimos tiempos se ha visto aupado al éxito gracias a esta obra impactante. En Achtung! somos así, independientes, y hacemos lo que nos da la gana, está en nuestro ADN: cuando ya todo el mundo habla de su siguiente trabajo, Cegador, nosotros vamos a centrarnos en Solenoide porque, y aunque ni siquiera fue un libro originalmente publicado por Impedimenta en 2018, en España ha experimentado su boom durante este año que ahora se muere, además del éxito de lectores y de crítica, y nos ha traído la más que evidente consagración del autor. Vamos a intentar abarcar una parte del enorme caudal narrativo de esta novela que, sin ninguna duda, es uno de los libros más importantes que se hayan escrito a largo de estos 18 añitos que ya van cumplidos de siglo XXI.

Vaya por delante esto: Solenoide es una novela total. ¿Y qué es una novela total? Un texto que lo abarca todo, que se alimenta, voraz e insaciable, de nuestros más oscuros imaginarios, que destila un lirismo inteligente hasta a la hora de describir las mayores aberraciones y miserias, que abarca las inquietudes, los miedos y las esperanzas de las que se nutren las novelas que conforman la historia de la literatura y que alberga en su interior una verdad literaria dorada y reluciente como ese interior del maletín que aparecía en la película Pulp Fiction.
Todos los libros el libro
A la pregunta de qué es lo que podemos encontrarnos en las casi 800 páginas de Solenoide debo responder que todo. Absolutamente todo. Cӑrtӑrescu se toma su tiempo narrativo para desplegar un manto de literatura sobre los lectores, un capote que termina por cubrirnos por completo. Un baño pegajoso de un mundo onírico, pesadillesco, sentimental, una crónica de Bucarest interpretada en un realismo mágico de Muntenia.
Este imaginario valaco permite al escritor desplegar todo un repertorio de elementos y recursos narrativos que nos va enseñando como si los albergase en las pequeñas vitrinas de su propio gabinete entomológico; en frasquitos, en matraces que destilan fórmulas magistrales de capítulos en los que conviven en simbiosis gotas de serendipia, sueños, recuerdos, pánicos de infancia, decepciones adolescentes, crisis y anhelos de escritor, Doppelgängers inquietantes y elementos de ciencia ficción enfebrecida.
Cada muestra de este gabinete del doctor Cӑrtӑrescu es un libro en sí mismo: por eso todos los libros se contienen en este libro-carrusel. Atenderé a unos pocos que me parecen especialmente importantes a la hora de tratar de comprender este código Voynich literario: el libro de la Bucarest triste, el libro de los Gemelos Malignos, el libro de la Arquitectura del Dolor, el libro de los Insectos, el libro de los Sueños y el libro de la Cuántica. Solo son algunos de ellos, porque la lectura de Solenoide puede ser tan vertical y profunda como desee cada uno, primer signo de aquellas narraciones que han terminado siendo grandes obras literarias.
El libro de la Bucarest triste
Que Bucarest es una ciudad afligida en la literatura, depresiva y oscurecida, es una visión corriente en autores como Gregor Von Rezzori o Norman Manea. Es una ciudad de bajezas, decadente en su belleza herida, oprimida y opresiva, hambrienta y ratesca, polvorienta y herrumbrosa y, por todo ello, como si los vapores de la urbe emanaran de un gran caldero que cociera una poción hipnótica, es un lugar prodigioso y soñado. Y no puede ser de otro modo para Cӑrtӑrescu.
Cӑrtӑrescu ofrece una peculiar visión literaria de Bucarest en Solenoide.
La visión de Bucarest a los ojos de Cӑrtӑrescu es una visión que realmente proviene de los ojos de su corazón: es más que memoria de su infancia y recuerdo de una época, alcanza más allá del tiempo y de la historia y lo inunda todo con una oleada de amargura. Me resultaría muy sencillo afirmar que la verdadera protagonista de Solenoide es la ciudad de Bucarest, pero sería reducir la crítica a una verdad simplista.
Bucarest, en este libro, es una presencia, un ente tóxico que permanece inficionándolo todo, un páramo de arenas movedizas y herrumbre en las que el protagonista chapotea tratando de mantenerse a flote, y de cuyo abrazo mefítico puede soltarse gracias, quizás, al efecto liberador de los solenoides.
Bucarest es un estado de ánimo en la narrativa de Cӑrtӑrescu. Bucarest es la visión de un cuerpo destruido, arruinado, del cadáver de un gigante venido de otros mundos, de otros tiempos.
Bucarest también es el propio cuerpo del protagonista, de ese narrador que reconoce su decadencia física en los edificios ruinosos, lo abyecto de sus actos fisiológicos en las emanaciones de una ciudad que se embalsama con ladrillos desdentados, piedras mordisqueadas y edificios quebrados.
“Bucarest es la ciudad más triste que se haya erigido jamás sobre la faz de la tierra”.
Es una afirmación contundente. Pero es que se trata de la Bucarest escrita, soñada, imaginada, moldeada en la cabeza del protagonista a golpes y derrotas.
El libro de los Gemelos Malignos
El protagonista de Solenoide es uno, pero también es otro, o al menos los restos de otro que se albergan en su cuerpo como los pedazos de un naufragio anatómico que aparecen en las orillas de su piel. Los restos de una cuerda en el interior de su ombligo, los trozos de recuerdos de un hermano del que no se sabe muy bien qué fue, el reflejo mental de una persona que se mueve, vive y actúa a las espaldas.
La vida de este personaje se expone en demenciales expositores y vitrinas, se refleja entre las maquinarias agonizantes de comunismo en una fábrica abandonada o en el fondo de las páginas de un diario que es tanto memoria de pesadillas como de insomnios.
La presencia absoluta de ese otro yo, en principio el hermano, es la permanente presencia de lo que pudieron ser los rumanos liberados del Régimen del tirano, el reflejo de aquella vida que habrían podido llevar, esa otra vida al margen de felicidades obligatorias y forzadas conmemoraciones revolucionarias.
Por eso, en Solenoide hay una corriente oculta, una vida oculta, una poética de lugares que están por ser descubiertos aunque lleven allí toda la vida; porque son descubiertos con una forma nueva, diferente o distinta, de mirar: entonces, y solo entonces, aparecen cementerios ocultos, puertas a otras dimensiones temporales, pasadizos espaciales a torreones condenados, habitaciones que nunca existieron y que siempre estuvieron ahí.
La otra vida, la vida que no es la vida del protagonista, es una especie de catálogo de sucesos automatizados. Las rutinas cuánticas de acudir al colegio a dar las clases, los comportamientos simétricos del claustro de profesores, el aburrimiento de aquellos que han confeccionado una existencia con intenciones bastardas.
Pero la verdadera bilocación del protagonista de la novela se produce en ese momento del pasado remoto en el cual decide leer su poema La caída ante un grupo selecto de intelectuales en la Facultad de Letras. Aquello debía ser el aldabonazo a su carrera como escritor, pero los doctos señores destruyen su poema de treinta páginas, lo reducen a cenizas, una política de tierra quemada literaria que convierte al autor en un paria sin patria y, automáticamente, lo desdobla en dos: el fracasado y el escritor que pudo ser y jamás fue. Y lo deja muy claro con la siguiente afirmación:
“De Hölderlin pasé a ser Scardanelli, encerrado durante treinta años en su torreón levantado sobre las estaciones del año”.
Crueldad de Cӑrtӑrescu con el fracaso literario: cuando el monumental poeta romántico alemán Hölderlin enloqueció fue recluido en una torre por 30 años, haciéndose llamar Scardanelli, renegando de su nombre original de poeta. Esta es una de las claves en las que podemos leer Solenoide, como las dos vidas del protagonista: una en la que triunfa como poeta, otra en la que como prisionero de Bucarest escribe sus sueños y diarios delirantes al estilo de un Scardanelli que mojase sus pies en el Dâmboviţa.
Este es el peor gemelo, el verdadero gemelo maligno que angustia al personaje protagonista. Cuando es Scardanelli todo él “apestaba a tinta como otros apestaban a tabaco”, era, como dijo una vez Kafka: “un ser hecho de literatura”.
Un ser que embarrancó, que fracasó en sus versos y dio lugar al personaje surrealista que nos narra con extrañeza las heridas cotidianas de Bucarest y las cicatrices que le van dejando en la piel.
El libro de la Arquitectura del Dolor
Este es un libro que se cimenta en la metaliteratura. En la metaliteratura como herida. En la escritura como destrucción:
“Amo la literatura, la sigo amando, es un vicio del que no puedo escapar y que algún día me destruirá”.
De esta forma aparece el capítulo 6 del libro, un capitulo definitivo en cuanto a la reflexión metaliteraria, un capítulo que parece especialmente escrito para cada uno de nosotros. Y cuando un libro parece creado en exclusiva para quien lo lee, entonces, acaba de traspasar una dimensión y se convierte en trascendente, en obra maestra. El capítulo 6 reflexiona sobre las posibles respuestas a la pregunta de por qué uno se convierte en escritor, o que motivos le llevarán a no serlo, y son contestadas de una forma desgarradora:
“La literatura es una máquina de crear, en primer lugar, beatitud, y luego decepción (…) Como escritor te irrealizas con cada libro que escribes. Siempre quieres escribir sobre tu vida y siempre solo escribes sobre literatura (…) Multiplicas mundos cuando tu propio mundo debería bastar para llenas millones de vidas (…) La escritura devora tu vida y tu cerebro como la heroína (…) La literatura es, demasiadas veces, un eclipse de la mente y del cuerpo del que escribe”.
Y en el capítulo 9 se nos advierte de que no estamos ante un libro, sino ante una especie de informe de anormalidades y anomalías, todos ellos:
“fantasmagóricos y transparentes, pues así son los mundos en los que vivimos simultáneamente”.
La vida es un puzle al que necesariamente debemos dotar de otro sentido. Las estatuas demenciales y gigantescas se aferran a los mecanismos de la existencia y abandonan las salas capitulares. Esas estatuas han activado sus dispositivos vivenciales alimentados por el dolor de los demás, que es nuestro dolor.
El extraordinario dibujo de la rusa Anastasia Savinova que para la portada de Solenoide ha elegido la editorial Impedimenta.
El libro de los Insectos
Solenoide es un compendio de entomología. Ya desde su primera frase, “he cogido piojos otra vez”, nos queda bien patente que cualquier tipo de parásito, artrópodo, miriápodo o lepidóptero, aparecerá en la novela como pinchado a sus páginas como con un alfilercito.
Hay una obsesión con las polillas, como en Austerlitz de Sebald, por ejemplo, y es que este insecto ejemplifica la fugacidad de los anhelos, lo volátil de la vida, el absurdo de encontrar la verdad en la luz.
El insecto, las larvas, los caparazones, no son más que ejemplos de un mundo micro cuántico que nosotros reproducimos en nuestra irrealidad macro cuántica. También somos insectos, gigantescos, erráticos. Derrotados.
Luego, está la mantis. La mantis destructora y devoradora, que se precipita desde el abismo de los peores sueños para dar forma a las pesadillas. La mantis es el régimen de Ceauşescu, es el hombre vencido si entender los motivos de su derrota. La mantis es el escritor, también el no-escritor. La mantis es el hombre. La mantis somos todos nosotros.
El libro de los Sueños
Solenoide es un texto mental, un destilado cerebral de los mundos oníricos de su personaje principal. Nada es lo que parece, todo navega por las turbias aguas de un surrealismo deforme y aterrador. Es una parada de ideas e imágenes simbólicas que son como un desfile de freaks cuya poética podría resumirse en los espeluznantes capítulos 6 y 9.
Estamos ante un trampantojo de novela, un trampantojo de algo que ni siquiera sabemos lo que está imitando. Si la literatura es engaño, es falsedades y mentiras, Solenoide es la verdad absoluta. Es una de las pocas novelas en las que no necesitamos, ni maldita falta que nos hace, establecer pacto ficcional alguno. ¿Para qué?
No tenemos problemas en creer en los extraños visitantes, viajeros que llegan a los pies de la cama al caer el sueño; creeremos sin problemas en ciudades que levitan gracias a sus solenoides magnéticos y que arrancan barrios de cuajo; estamos tan seguros de todo ello que Solenoide ya ni tan siquiera es un artefacto herido de ficción. Simplemente es un mecanismo que toma el control de los lectores, se aferra a nuestro pecho, expande sus raíces y nos permite leer sin plantearnos nada. Solo por el placer de disfrutar del sueño de la realidad y de la realidad tridimensional de una literatura inolvidable.
El libro de la Cuántica
Evidentemente, el primer derrotero cuántico de Solenoide aparece en la escisión en dos personajes del protagonista, aquél que obtiene éxito con su poesía y el que no. Esto da lugar a una explosión, a un Big Bang de universos, de multiversos, en donde se multiplican las líneas de acciones distintas pero, a la vez, paralelas: “mil millones de yos posibles, probables, casuales y necesarios”, tal y como lo define Cӑrtӑrescu.
Solenoide es una novela que es muchas novelas y que palpita en un ejemplar que sostenemos en las manos y que es, a la par, muchos ejemplares. Solenoide es una abertura, un portal, el acceso al cerebro de su autor, también el acceso a los cerebros de sus lectores. Solenoide es la mirada de Cӑrtӑrescu sobre lo que nos rodea, sobre lo cotidiano, pero es, por encima de todo, nuestra mirada alucinada sobre la realidad que nos hemos construido.
Y al terminar la novela descubrimos la crueldad del escritor rumano en toda su dimensión. Ha creado una obra maestra que se mueve más allá del tiempo y del espacio para decirnos, simplemente, que nada de aquello a lo que nos aferramos nos permite creer en la seguridad. Que estamos flotando bajo los efectos de un solenoide, indefensos, varados siempre en el mismo lugar pavoroso.
Jugando con la tradición literaria, Cӑrtӑrescu juguetea con la repetición de la mítica imagen de Thomas Bernhard en el espejo:

Solenoide es el museo de los horrores de Cӑrtӑrescu y, por eso, es nuestro museo de los horrores. Un crítico, no recuerdo su nombre ahora mismo, ha dicho que con esta novela se inaugura el Siglo XXIliterario. Yo creo que lo empezó Sebald con Austerlitz, y después lo encaminó Kadaré con novelas como El accidente, Réquiem por Linda B. o La cena equivocada.
Ahora, Cӑrtӑrescu se ha incrustado en esta tradición de la nueva novela de este siglo, y es un poco Sebald, un poco Kadaré, bastante Pynchon y Foster Wallace… En eso consiste la genialidad, en reconocer la tradición y entender a sus maestros para, de repente, formar parte de ellos y explicarnos en un libro deslumbrante como:
“las legiones de demonios habían parasitado (…) nuestra vida interior”.
¿Por qué todo esto nos resulta tan agrio, desabrido, inquietante, desagradable? Porque estamos, con Solenoide, abrazados a la literatura de verdad. Esa que abre nuestras heridas y después formula preguntas en nuestra alma que quizás no seremos capaces de responder. No podemos pedirle algo semejante a muchos otros libros, quizás a muy pocos. Es posible que únicamente a Solenoide.
Puedes leer aquí la crítica al libro Calle Este/Oeste, que elegimos como Libro del Año 2017 en Achtung!: