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sábado, 20 de julio de 2019

Franz Kafka. El hombre que trascendió a su tiempo-Radek Malý y Renáta Fučiková



*Esta crítica pareció en Achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/el-hombre-que-trascendio-a-su-tiempo-desintoxicarse-de-la-idea-de-kafka/

El hombre que trascendió a su tiempo: desintoxicarse de la idea de Kafka

Hoy, en este Odradek de los viernes, nos toca reflexionar, de nuevo, sobre Kafka, algo que nos encanta. La culpa de ello la tiene un libro que no hace mucho nos llegó a la redacción de Achtung! y que es una gran obra de arte. Se trata de Franz Kafka: El hombre que trascendió a su tiempo, de Radek Malý y de la ilustradora Renáta Fučiková, publicado por la editorial Libros del zorro rojo.

El libro nos presenta una fusión entre textos e imágenes. Mientras, por una parte, se va desgranando la biografía de Kafka, atendiendo a los aspectos más notables y llamativos, pero siempre incidiendo en que el escritor era un hombre normal y corriente, pero de un talento excepcional, por el otro lado se ilustran las escenas más representativas de su vida, y también de algunos pasajes de su obra.

Los textos son claros y directos, y nos aproximan la existencia de Kafka de una manera fácil. La maravillosa tarea de ilustración de Fučiková, completamente realizada a tinta negra, cuadra a la perfección para iluminar oscuramente la vida humana y literaria de Kafka. Porque de eso se trata, de iluminar con oscuridad una existencia que en las primeras páginas del libro, el checo Radek Malý —poeta, traductor y especialista en literatura infantil—, responsable de los textos, resume de la manera siguiente:
Kafka tuvo conflictos con el mundo, y el mundo todavía los tiene con Kafka”.
La estructura del libro va repasando todos los aspectos de esa vida en conflicto con el mundo, desde los propios de su personalidad y psicología hasta otros que han llevado a Kafka a convertirse en mucho más que un escritor: una pieza de merchandising, un suvenir turístico, el icono omnipresente de la ciudad de Praga. Por eso, no en vano, el primer capítulo del libro, que ejerce a modo de introducción al personaje, se titula: El fenómeno Kafka: famoso contra su voluntad.
Radek Malý y Renáta Fučiková:


Este problema de la fama indeseada de Kafka ha dado para muchas interpretaciones, pero no debemos engañarnos, Franz Kafka era una persona que deseaba, al fin y al cabo, que lo dejasen escribir tranquilo. Nada más. Que luego encargara a su albacea y mejor amigo que destruyera sus manuscritos cuando muriese, y el amigo no le hiciera ni caso, es un asunto meramente anecdótico.

Una de las extraordinarias ilustraciones del libro.

Anecdótico, sí, porque es obvio que así nos ha podido llegar el legado de su literatura, gracias a ese amigo algo traidor, gracias a Max Brod, pero esa salvación del donoso escrutinio, de la hoguera, que pedía Kafka, por sí sola, no habría conseguido nada, o apenas gran cosa.

El amigo Max Brod, seguramente pensando ya en como metamorfosear a Kafka

Me explico: Brod salvó los textos de Kafka: entre ellos tres novelas inacabadas: El procesoEl castillo y El desaparecido (también conocido como América). Al estar inacabadas, la versión que nos ha llegado de ellas corresponde al orden que estableció el propio Brod, por tanto, no sabemos realmente cómo sería la obra original si Kafka hubiera podido darles término.

Pero un hecho es irrefutable, había publicado en vida el libro de relatos Contemplación, en 1913, con una resonancia nula, el relato La condena en 1916 (con la misma recepción, nula), El fogonero(fragmento del esbozo de la novela El desaparecido) en 1913, La transformación en 1915, En la colonia penitenciaria y otro libro de relatos, Un médico rural, ambos de 1919, aparte de algunos textos sueltos para revistas. Pese a etas publicaciones, Kafka era un desconocido para el público, tan solo apreciado por los intelectuales y amigos más allegados del círculo en el que se movía.
El binomio Brod-Kafka es indestructible. Frente a la tumba de Kafka se encuentra esta placa que conmemora a Brod, que sin embargo está enterrado en Tel-Aviv.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que el público, aunque hubiera editado al completo El procesoEl castillo El desaparecido, es muy posible que jamás reparara en él, que esas novelas, tenidas ahora como algunas de las más influyentes e importantes de la literatura universal, transitarían sin pena ni gloria. Y al público le podemos perdonar su cortedad de entendederas o su inherente estupidez en todo lo relacionado con el arte, y más en particular con la literatura, ¿pero a la crítica? Porque la ceguera de la crítica con Kafka alcanza niveles de incompetencia estratosférica (recordemos, había publicado en vida La transformación, debo insistir en eso).
Algunas publicaciones originales de las obras de Kafka:



Entonces… ¿cómo es que Kafka ha llegado a ser lo que representa ahora? Pues a pesar de ser ninguneado en vida por crítica y público, manoseado (para bien o mal) por sus valedores tras su muerte, los motivos del triunfo se deben a algo extra literario, porque ni la publicación apresurada y manipulada de El proceso en 1925, con un Kafka que había fallecido el 3 de junio de 1924, ni la de El castillo en 1926 (vendió mucho menos de las 1500 copias que conformaban la primera edición), ni El desaparecidoen 1927, significaron gran cosa en la difusión de la obra ni de la personalidad del autor.
En el libro aparece una de las mejores, tal vez la mejor, recreación de El Odradek, objeto vivo que se menciona en el relato de Kafka titulado La preocupación del padre de familia.

Además, los libros de Kafka fueron quemados (ahora sí, brutal ironía) en las piras nazis, y después prohibidos por los gobiernos comunistas que asolaron la Europa que se congelaba tras el Telón de acero. Para unos, era un artista judío degenerado, para los otros no se ajustaba al miserable paradigma de encefalograma plano que imponía el realismo socialista con su héroe positivo.
Un Kafka en color para su encarnación como objeto de la Praga turística.
Pero hete aquí que Max Brod dio con la tecla para convertir a Kafka en una marca registrada, un icono de Praga y, por el camino, menos mal, un genio de la literatura alemana y un padre de la literatura moderna. ¿Cómo lo hizo? Lo santificó. Brod convirtió la figura de Kafka en la de un mártir de la literatura y, después, lo ascendió a los altares de forma beatífica. El vehículo para ello fue la biografía que escribió sobre su amigo, desde un punto de vista admirativo, en donde nos presenta a un Kafka que casi parece un santo, sufriendo permanentemente por llevar a cabo su literatura, viviendo por y para esa pasión. Acababa, como he leído alguna vez por ahí, de metamorfosearlo.
La biografía de Kafka perpetrada por Max Brod. El inicio de la beatificación.
El proceso no ocurrió de la noche a la mañana, claro. En el libro Franz Kafka: El hombre que trascendió a su tiempo hay un capítulo dedicado a todo esto de lo que os vengo hablando: Kafka en el país de Kafka. Hasta 1957 no se publicó la primera traducción al checo de una de sus obras, concretamente El proceso.
Aquí os dejo un documentazo, el propio Max Brod explicando en televisión los motivos que lo llevaron a la no destrucción de la obra de Kafka:
Los siguientes años vieron el aumento del interés en su obra, que culminó con el primer Congreso sobre Kafka, celebrado en el Castillo Liblice, a 30 kilómetros al norte de Praga, en donde los sesudos intelectuales comunistoides trataron de interpretar su obra a la luz del marxismo y del realismo socialista, pero también hubo quienes lo veían como una forma de apagar los rescoldos que todavía quedaban del modelo estalinista en Checoslovaquia. Curiosamente, Kafka, el asocial, el insociable, el outsider, ahora se convertía en un arma arrojadiza contra la opresión intelectual del pensamiento único totalitario.
El Castillo Liblice, un lugar muy comunista para celebrar el primer Congreso sobre Kafka.
El Congreso, celebrado del 27 al 28 de mayo, tuvo grandes opositores. En el excelente artículo Kafka como detonador político del eslovaco Eduard Goldstücker, profesor de literatura y diplomático (se puede consultar, en traducción de Faustino Eguberrien, el PDF o el artículo en el blog Viento Sur), nos dice al respecto:
Alfred Kurella atacó con severidad nuestra conferencia, sosteniendo que Kafka era un escritor decadente cuya obra no tenía absolutamente ningún interés para una sociedad que construía el socialismo. En nuestra conferencia, los representantes de la República Democrática Alemana habían desarrollado una orientación que, de una parte, reconocía la calidad de Kafka como artista y escritor pero que, de otra, —según lo que decían— reflejaba en sus obras las condiciones sociales del capitalismo y, por encima de todo, la alienación que golpeaba al ser humano en la sociedad capitalista, una realidad que no tenía nada que decir y que ver con los seres humanos de la nueva sociedad, los que estaban construyendo el socialismo. En suma, la representación de Alemania del Este consideraba a Kafka como un simple fenómeno histórico”.
Alfred Kurella fue un importante funcionario del partido de la RDA, que representaba de forma rigurosa la línea estalinista en materia cultural. Este funcionario de la cultura —no creo que haya un término peor para definir a alguien relacionado con la cultura (¿cuántos de estos miserables sufrimos en España?)—, exiliado en la URSS desde 1933 y de vuelta a la RDA en 1954, escribió un artículo, tras la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, que tuvo la desfachatez de titular: Franz Kafka, el padre espiritual de la contrarrevolución checoslovaca. Ahí queda ese ejemplo de volubilidad, cambio de chaqueta y miseria espiritual a la hora de mantener las propias convicciones.
Eduard Goldstücker.
Volviendo al Congreso, los defensores de Kafka se agarraron a un tema muy del gusto marxista: la alienación, indudablemente uno de los estilemas de la obra kafkiana, tal y como nos cuenta Eduard Goldstücker:
La mayor parte de las intervenciones en la conferencia expresaron un punto de vista exactamente opuesto (se refiere a las ideas de os conservadores acérrimos como Kurella). Argumentaban que el solo hecho de una conquista del poder por el Partido Comunista en un país no representaba ninguna garantía de una solución automática a los problemas de la alienación. Sosteníamos, de forma mayoritaria, que durante el período de transición del capitalismo al socialismo, la alienación continuaba siendo un fenómeno social muy presente. Personalmente, afirmé que, sobre la base de mi experiencia personal, podía muy bien existir una situación en la que el ciudadano se sintiera como profundamente más alienado en una sociedad socialista que en una sociedad capitalista. Esta observación fue naturalmente considerada como un casus belli.
A pesar del Congreso, la obra de Kafka seguía bajo sospecha. Es significativa la anécdota que reflejaGoldstücker a este respecto. Durante una visita a Praga en 1965 del escritor soviético Ilya Ehrenburg, gran valedor de la obra kafkiana, la Unión de Escritores Checoslovacos organizó una comida en su honor. Goldstücker le manifestó su agradecimiento por reivindicar a Kafka dentro del sistema comunista, tanto, que se habían publicado sus obras, al fin, en la Unión Soviética, pero Ehrenburg le respondió algo tristemente demoledor:
He visto un volumen ruso sobre Kafka en las librerías de Sofía. Creo que hemos publicado a Kafka en ruso para los lectores búlgaros”.
En la URSS, ese volumen ya estaba secuestrado. Sin embargo, la pedestalización y ascenso a los cielos literarios de Kafka según los términos de Brod terminó cuajando con la llegada de la postmodernidad y la apropiación del mito. Estudios, ingentes y mastodónticas biografías, ediciones críticas, reseñas, tesis doctorales…  Podría decirse que, cuando Kafka resucitó tras unos años muerto, años que resultaron convulsos, se dio cuenta de que se había convertido en un suvenir cultural y en un referente desnaturalizado de consumo rápido.
Vasos de chupito, marcapáginas, postales, tazas, lápices, bolígrafos, bombones, todo Kafka convertido en merchandising:


En el volumen editado por Libros del zorro rojo, se hace un recorrido por otros aspectos que interpretados, y otras veces mal interpretados, han contribuido a la imagen más pública y manida de Kafka: el judaísmo, las mujeres a las que amó (o le amaron, si es que realmente hubo alguna que lo hiciera de verdad), su enfermedad, la relación con su padre y su familia y, como no, su muerte.
Todo ello, sometido a la iluminación oscura de la tinta negra de la praguense Renáta Fučíková, la principal culpable de que el libro sea una obra de arte. Especialmente notables son las puestas en una especie de mini novela gráfica de los relatos La condenaLa metamorfosis y Un artista del hambre.
Cuatro ejemplos de las magníficas ilustraciones del libro:


De manera que nos encontramos ante un libro completísimo, a pesar de lo conciso de sus capítulos, que resultan ideales para quien desee aproximarse a la figura de Kafka entendiendo que solo era un hombre que necesitaba escribir, inmerso en mundo que se lo impedía. Es una desintoxicación del mito, una visión de la realidad completada con la interpretación pictórica que nos ayuda a acercarnos a Kafka de una forma diferente y a la par bellísima.


Si después, os interesa saber más de la literatura de Praga, aquí os dejo sendos enlaces de dos entregas que realizamos sobre este asunto en Achtung!:

sábado, 11 de mayo de 2019

Mendelssohn en el tejado-Jiří Weil



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/jiri-weil-y-mendelssohn-en-el-tejado-las-cualidades-de-una-obra-maestra/

Jiři Weil y Mendelssohn en el tejado: las cualidades de una obra maestra

A veces te llega un libro que resulta ser una obra maestra. Quizás convendría definir ese concepto, y seguro que habría variedad de opiniones. Por eso voy a reformular el principio de este Odradek de los viernes: a veces te llega un libro que te transforma, eres una persona al principio de su lectura, y algo te ha quedado dentro que te ha cambiado cuando cierras sus tapas. Pues bien, esta y no otra es la historia de la lectura de Mendelssohn en el tejado, la obra maestra del escritor checo Jiří Weil que publicó hace ya tres años la editorial Impedimenta, y de la que os voy a hablar hoy.

Mendelssohn en el tejado apareció en 1960, de forma póstuma y apenas un año después de que una leucemia acabase con la vida de su autor. Sin duda, es una de las mejores novelas checas, tal vez la mejor, de la segunda mitad del siglo XX.
¿Qué podemos encontrarnos en Mendelssohn en el tejado que la convierte en una experiencia de lectura tan especial?  En primer lugar, el texto reúne todos esos elementos que la convierten en claro ejemplo de lo que ya he denominado en este mismo Odradek como la literatura de Praga; y eso siempre resulta fascinante en una novela.
En la serie de dos entregas que publiqué aquí en Achtung! fui estableciendo las características principales de este tipo de novelas praguenses: Praga y el ahogo, Praga y la muerte, Praga y la enfermedad, Praga y la chatarra, Praga y la basura, Praga y Gustav MeyrinkPraga y Franz Kafka…, categorías a las que se pueden añadir Praga y el GolemPraga y la crónica negra, Praga y los asesinos…
Pues todas estas categorías, o casi todas, de una u otra forma aparecen reflejadas en la novela de Jiří Weil. Os dejo los dos enlaces a mi serie del análisis de la literatura de Praga por si os interesa profundizar algo más en el asunto:
Mendelssohn en el tejado incorpora todos estos temas afines a la literatura de la ciudad en una narración que se ubica durante los crueles tiempos de la ocupación nazi de Bohemia. De ese modo, y mediante una visión cruda y realista de la sociedad y de la ciudad, y de un tratamiento directo de los hechos históricos, se nos ofrece un complejo tejido coral protagonizado por una serie de personas que se definen por su comportamiento, o posición, en relación a los nazis.
Jiří Weil, el autor de esta obra maestra que es Mendelssohn en el tejado.

Por un lado, tenemos a los checos que han sido invadidos y se ven obligados a trabajar bajo las órdenes de los alemanes, muy a pesar suyo y para salvar la vida. Por otro, los checos colaboracionistas, que han decidido voluntariamente ayudar al invasor a cambio de algunas pequeñas prebendas. Además, tenemos a los checos que han decidido ocultarse del horror y a los checos que han optado por resistir activamente. A todos ellos debemos que añadir a los propios nazis desplazados a la ciudad, desde cargos bajos y medios, hasta el propio Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, apodado como el carnicero de PragaReinhard Heydrich.
Y, como no, los judíos checos de Praga, desde los ciudadanos más normales hasta los miembros del Consejo, obligados, también, a colaborar con los nazis de diferentes formas. Bien con trabajos forzados o esclavos, bien contribuyendo al expolio de los otros judíos, o administrando la burocracia necesaria para el proceso de exterminio de los judíos de la zona: primero, mandándolos al campo de tránsito de Terezíny, después, gestionando las listas de aquellos que se enviarían a Auschwitz.
Los aciertos literarios de Jiří Weil en esta composición son muchos, producto de su solidez como escritor y de su gran olfato narrativo. Ha creado una obra coral con muchos personajes, ninguno decididamente protagonista, pero todos ellos son decisivos, interesantes, y ninguno superficial. ¿Cómo lo consigue?
El autor nos muestra los problemas y dilemas psicológicos de cada personaje, éticos también, que se desprenden de su relación con los nazis, ya sean colaboradores, resistentes, ocultos, trabajadores forzados, condenados a muerte o, incluso, aquellos que atentarán contra la vida de Heydrich, e incluso conoceremos durante el primer tercio de la novela lo que atosiga al propio Heydrich. De esa forma, el profundo estudio psicológico de los personajes los caracterizará por sus miedos, dudas o remordimientos ante las acciones que están llevando a cabo.
Por otro lado, la novela ofrece un retrato histórico frío y demoledor, podría decir que deleznable, de los hábitos cotidianos de aquellos días de la ocupación alemana. Las vidas que vemos pasar ante nuestros ojos lectores son las vidas de las personas que se veían en la obligación de afrontar un día más con el pavor a los invasores, con el hambre del racionamiento, con el mutismo y el miedo de los ocultos, con el odio de los resistentes y, sobre todo, con la ignominiosa carga de que en aquellos momentos solo contaba el poder sobrevivir unas horas más, tal vez un día más, y para ello debían hacer cosas moralmente inaceptables, indecentes, crueles o simplemente criminales.

El carnicero de Praga, el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, Reinhard Heydrich.

De esa forma la cala histórica que lleva a cabo el autor en el momento temporal determinado de la ocupación se reviste de dos capas de barniz literario: la propiamente documental, los hechos registrados, y la personal, con el desarrollo interno de los personajes. De esta forma, tenemos una novela histórica impecable, muy del estilo de las de Stefan Zweig, por ejemplo, solo que Jiří Weil ha sabido humanizar a los personajes históricos y elevar a la categoría de héroes a los secundarios.
Novela histórica y novela coral, novela realista y psicológica, novela de Praga —de esa Praga de la quincalla, de la chatarra y la suciedad de Bohumil Hrabal, novela de la Praga de los asesinos y los asesinatos, de las crónicas negras de Egon Erwin Kisch, y novela de los autómatas, novela de la Pragade Meyrink, al fin, y de su Golem, porque Mendelssohn en el tejado es, por encima de todo, la novela de la Praga de las estatuas.
Mendelssohn en el tejado es una novela de estatuas, algo que define a Praga, con un censo estatuario descomunal. No en vano, el Mendelssohn que se encuentra en el tejado es la efigie del compositor ubicada en un alero del tejado del Rudolfinum, el complejo arquitectónico musical que con la llegada de los nazis había sido renombrado como la Casa de la Música Alemana y, obviamente, la estatua de un compositor judío como Mendelssohn sobraba en la azotea.
Litografía en color de Edmond Maurus datada en1935 y que ha servido para la portada de la novela que ha elegido la editorial Impedimenta.

La orden del Reichsprotektor es la de tirar la estatua de Mendelssohn, pero como nadie sabe distinguirla están a punto de acabar con la de Wagner (dado que tenía la nariz de apariencia más mosaica de todas las efigies). Este malentendido inicial, con mucha ironía y humor satírico al mejor estilo del Švejk de Hašek, es un inicio de la novela magnifico, pero también algo engañoso.
Desde la bufonada inicial, el texto irá derivando, se irá introduciendo en la oscuridad, la crudeza, pasando por alguna pequeña paliza (que rompe algún diente con profusión de sangre), para adentrarse en conductas cada vez más violentas y miserables, alcanzado el asesinato e, incluso, las ejecuciones sumarísimas.
El espiral de crueldad de Jiří Weil con sus personajes desemboca en un par de capítulos finales tan memorables como los del principio son algo chocarreros; lamentablemente, estos capítulos finales no tienen nada de lo zafio que nos llevó a sonreírnos al principio, ni la carga irónica. Nada que se le parezca. El final de Mendelssohn en el tejado es épico, pero también se presenta cargado de lirismo, como una forma, quizás, de anestesiar la brutal crueldad que se describen en esas páginas finales.
Detalle de una de las puertas de entrada al campo de Terezín.
Al final, toda la literatura de Praga que ha ido desarrollado sus motivos a lo largo del texto, incluso esa Praga de las estatuas que tanta presencia tiene —hasta se mencionan las efigies del Puente de Carlos—, todo eso ha desembocado en una literatura de la Praga de los asesinos, de la Praga de la muerte y los carniceros. De la Praga de la sangre.
Por estos capítulos finales, la novela funciona sobre nosotros, lectores, como una carga de profundidad. Nos ha ido llevando de la mano por una crecida de horrores hasta el clímax más inhumano y virulento, y en ese proceso nos ha obligado a cambiar; percibimos que algo se ha transformado en nosotros.
La ocupación nazi en la Plaza Vieja de Praga y con la iglesia de Nuestra Señora de Tyn al fondo.
Con Jiří Weill y Mendelssohn en el tejado nos hemos ido dando cuenta, y aceptando, que la cobardía es una forma de supervivencia válida en según qué momentos, que no existen finales felices, solo finales, generalmente injustos, pero finales al fin y al cabo. Que un héroe puede ser cualquiera que se plantee un dilema moral, aunque no haga nada para resolverlo, y que siempre existirá gente dispuesta al sacrificio, lo que dota a estas páginas empapadas de sangre con el dorado brillo del optimismo y la esperanza.
Esperanza: a pesar de su discurso terrible, del retrato fantasmal (algo muy praguense, por cierto) y de su final anegado en dolor. Y si con todo ello, somos capaces de cerrar el libro creyendo en que el bien resiste y que la humanidad merece la pena, eso, sin duda, se debe a la inmensa maestría del autor que ha sido capaz de componer estas páginas tan inolvidables como estremecedoras. Inolvidable y estremecedora: las características necesarias, al menos dos de ellas, de una obra maestra de la literatura.

miércoles, 8 de mayo de 2019

El astronauta de Bohemia-Jaroslav Kalfař

*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:
Título: El astronauta de Bohemia
Autor: Jaroslav Kalfař
Editorial: Tusquets
Número de páginas: 332
Año: 2017
El debut cósmico de Jaroslav Kalfař
La imagen de un viajero espacial solitario en su nave, perdido en la inmensidad del cosmos, siempre ha tenido una potencia y un atractivo imposible de evitar entre artistas y creadores. Desde grupos como Steve Miller Band y canciones como Starman o Space Oddity de Bowie, pasando por películas como AlienMoon (curiosamente el debut como director de Duncan Jones, el hijo del propio David Bowie) o The Martian, hasta novelas como la que hoy proponemos en Mi Nueva Edad como libro del mes de mayo: El astronauta de Bohemia.
En efecto, el protagonista, un astronauta checo enviado cerca de Venus para recoger un misterioso polvo espacial, protagoniza una narración repleta de humor ácido e ironía, en una especie de cruce temático entre el 2001 de Arthur C. Clarke y El soldado Švejk de Hašek. Y su soledad no es del todo completa, dado que se le aparece de forma recurrente una especie de alienígena con pinta de araña o escarabajo, ciertamente kafkiano, adicto a la Nutella y que no cesa de hacerle preguntas filosóficas y existenciales.
El alienígena servirá, en diferentes ocasiones, como motor que active los recuerdos, los flash backs mediante los cuales el protagonista va recordando su infancia y adolescencia, un tiempo que coincide con el final de la Checoslovaquia comunista y la Revolución de Terciopelo; con un agravante: su padre era un miembro importante de la Policía Secreta, un torturador al servicio del Partido, un delator, y el astronauta de Bohemiaintenta, con su hazaña espacial, borrar esos pecados del padre que lo estigmatizan como hijo.
Esta es la primera novela de Jaroslav Kalfař, un joven praguense emigrado a Estados Unidos y que ha sabido disfrutar de todos los resortes que allí ponen en las Universidades a disposición de los nuevos talentos literarios: y nosotros desde aquí nos morimos de envidia.
En cualquier caso, y por muchos recursos que le pongan a uno a su alcance, se necesita de un talento para llevar a cabo una buena obra, y Kalfař demuestra con esta novela que lo posee. Es El astronauta de Bohemia un trabajo narrativo manejado con pulso firme y decisión, un texto sólido y tremendamente divertido, pero de un profundo calado que se hace especialmente sensible cuando trata los asuntos delicados del régimen comunista.
La apuesta de Kalfař es arriesgada, y por ello bien resuelta. Con valentía literaria, creando una novela de esas que te agarran y no te sueltan hasta que la has leído hasta el final. Jaroslav Kalfař bebe de las distintas tradiciones y temas de la narrativa checa para montar un espectáculo literario que se alimenta de la visión irónica de Bohumil Hrabal, la modernidad cibernética de Karel Čapek, una porción de la visión del mundo de Kafka y la introspección psicológica de Milan Kundera.
Con todas estas influencias, casi resulta imposible que, teniendo talento, la novela salga mal. Kalfař coloca todas las referencias en equilibrio y en su sitio, y se convierte, con El astronauta de Bohemia, en un autor al que, necesariamente, debemos seguir desde ahora en su vuelo solitario por el cosmos de las letras y la literatura.

lunes, 19 de octubre de 2015

Mientras dan las nueve-Leo Perutz

UN THRILLER KAFKIANO

Una cinematográfica amargura queda en el lector como poso al término de Mientras dan las nueve, la que tal vez sea la obra maestra del escritor praguense Leo Perutz. “Cinematográfica”, porque su novela lo es, en efecto, y quienes me conocen saben de mi poca simpatía por lo cinematográfico pero, sin embargo, o pese a ello, la propuesta de Perutz es casi sobresaliente. La leyenda sobre esta obra se alimenta del interés, o casi la adoración, del propio Alfred Hitchcock por el texto, que lo utilizó en alguna escena de una de sus filmaciones. Los derechos de la novela, ya representada como obra de teatro con gran éxito, y publicada por entregas en prestigiosos diarios de Praga, Viena y Berlín, fueron adquiridos, al parecer, por una importante compañía cinematográfica. Sin embargo, pese a sus evidentes cualidades narrativas para la gran pantalla, jamás fue llevada a ella.
La historia, un drama de impotencia y fracaso en la persona de Stanislau Demba, se estructura en una inspirada construcción de secuencias que mucho tienen de cinematográficas, cargadas de un componente visual y ambiental que aproximan a su autor hasta ciertos momentos del vienés Schnitzler en su Relato soñado, y salpicadas de esos elementos absurdos que, como buen praguense, hereda de Kafka. Porque la tenacidad en la impotencia de su lucha, y el fracaso al que se ve abocado el protagonista, hermanan a Stanislau Demba con Gregorio Samsa y, algunos de los instantes delirantes de la obra, así como su rica variedad de disparatados personajes secundarios, lo hacen con El proceso.
 Algo tiene Viena, o tal vez mucho, de opresiva, enigmática, onírica, cruel y aniquiladora del individuo. Sólo así puede explicarse esta recurrencia en la literatura, el que dicha ciudad aparezca habitualmente bajo aspectos asfixiantes. Perutz construye una visión urbana agobiante que aplasta la individualidad y que conecta directamente con los discursos de Thomas Bernhard, por ejemplo, o con las visiones desesperadas de Joseph Roth. El protagonista huye de una ciudad deshumanizada, donde sus habitantes han extraviado la empatía por su semejante, en donde casi es imposible encontrar unas migajas de solidaridad, y cuando esa circunstancia ocurre, todo se vuelve en contra de Demba, tal es su destino fatal.
Mientras dan las nueve es una obra de secundarios, dado que los personajes secundarios sustentan el texto. Y no son unos secundarios cualquiera: crispan los nervios del lector, erizan la paciencia del protagonista, y terminan por agotar su resistencia. Por las páginas de la novela desfila todo un compendio de lo que sería el retrato de la sociedad vienesa de la época, desde los sustratos más bajos, integrados por los tenderos y los obreros, pasando por las clases burguesas repletas de oficinistas chupatintas, hasta los grandes banqueros, los hombres de negocios y las personas acaudaladas. Todos estos secundarios aparecen con un único objetivo, el de  interactuar con Demba hasta demostrar la imposibilidad del protagonista para conseguir sus objetivos, como si la sociedad vienesa, toda Viena, al fin y al cabo, conspiraran en su contra para quebrantar su voluntad.
Alejada de otro de tipo de historias más esotéricas como puedan ser El Marqués de Bolívar o El Judas de Leonardo, Leo Perutz busca un misterio más terrenal en Mientras dan las nueve, pero lo carga con cierta denuncia, el de la sociedad de su tiempo, el de la sociedad de consumo y del dinero; por encima de todo, son las cadenas que el propio hombre se autoimpone para no ser capaz, jamás, de alcanzar nunca su propia libertad. No en vano, el texto fue publicado por entregas en la prensa con ese título, Libertad, lo que dice bien a las claras lo que buscaba transmitir Perutz con esta novela, que se transforma, así, en una especie de parábola sobre el fracaso de la condición humana que no consigue culminar ni uno solo de sus anhelos cuando trata de sacudirse el yugo que le oprime, parábola del estudiante Stanislau Demba, una especie de Ecce Homo vienés condenado a sufrir en sus carnes para servirnos, a todos, de ejemplo.
Una lectura cargada de prometeicas cadenas, esposada, angustiada, huidiza y exhausta, pero también una lectura notable, gracias a una deslumbrante arquitectura narrativa y a un magnífico manejo de los resortes del misterio, sin descuidar por ello los toques de humor, a veces absurdo, a veces disolvente como un chorretón de lejía.  

domingo, 8 de julio de 2012

Kafka -Max Brod-


LA FUNDACIÓN DEL MITO

Puede que no sea el mejor texto sobre Kafka, y realmente creo que es el peor. Y puede que esté escrito desde una trinchera, más bien desde un búnker de admiración, que lo intoxica todo. Es obvio que sus datos no sólo no son objetivos, sino que Max Brod oculta información, manipula la vida de Kafka, lo pedestaliza, lo remodela a sus anchas para crear el mito que, desde entonces, desde este texto, ya será para siempre y para nosotros.

Y Brod comete, además, un enorme pecado al narrarnos la vida de Kafka: a veces aburre. Es moroso, abruma con sus notas a pie, de una densidad intolerable que va más allá de lo que un editor juicioso podría permitir, se pierde en insignificancias y vela sucesos trascendentes... Pero ambos eran amigos. Era el amigo de Kafka, de eso no queda duda, y por ello, aunque fuera sólo por eso, por la visión que de Kafka tiene quien estuvo con él, junto a él mucho tiempo, el libro ya merece la pena.

Y todo lo anterior queda eclipsado por ser el origen del mito y el arranque de un ingente número de estudios y textos infinitamente mejores y mejorados sobre la figura de Kafka que remiten como punto de partida a este trabajo de Brod, sin el cual hubieran sido imposibles. En eso radica su mérito, enorme.

La aproximación de Brod está estructurada de una manera puramente biográfica, desde el nacimiento y la infancia recorre la vida del escritor hasta su muerte en el sanatorio austriaco en el que recaba en los últimos momentos. Es un recorrido no exento de emoción, pero también lastrado por la admiración casi enfermiza del amigo. Brod, muchas veces, cita de memoria palabras y frases de Kafka que nos hacen preguntarnos si vivió junto a él permanentemente anotando todo lo que decía, o bien su memoria es prodigiosa. Sí, es cierto que Kafka empleó la mayor parte de su tiempo, por desgracia, en redactar cartas a los amigos, las amantes, y a rellenar un diario exhaustivo y agotador en lugar de escribir más literatura. Gracias a ese diario se pueden saber con detalle la mayoría de los movimientos de Kafka, pero ciertas afirmaciones y recuerdos demasiado exactos de Brod me hacen preguntarme si Franz Kafka era observado por su amigo como un insecto al microscopio; si él era el único que ignoraba su genialidad mientras, alrededor, todos anotaban y pugnaban por recordar hasta el menor de sus movimientos, hasta el último hálito (como es el caso de Gustav Janouch y esos recuerdos tan minuciosos -como ciertamente increíbles en un enorme porcentaje-, aunque poseen su encanto).

No deja de ser inquietante percibir eso, cómo todos lo que rodeaban a un Kafka incomprendido y solitario se mantenían en la creencia de que era un genio para la posteridad, y que él ni siquiera pudiera imaginarlo. Es otra de las paradojas de la existencia de Kafka, glosada en cientos de libros una y otra vez, fascinante, mientras para él resultaba de lo más anodina. En ese sentido, Brod aporta muchísimas declaraciones de su amigo, quizás sea el material más enriquecedor del libro, bien entresacadas de los diarios, de cartas personales, de charlas de café... aunque después de leer la biografía uno no sabe si entiende, ahora, mejor o incluso peor, a Kafka.

Brod disecciona a su amigo para desnudarlo ante el lector y volver a vestirlo, al final del libro, ya con los ropajes que nunca lo abandonaran: los de mito literario del siglo XX. Brod lo empezó todo, ignoramos que sabríamos de Kafka actualmente, cómo lo valoraríamos, sin la contribución de Max Brod: aunque esté plagada de errores o sea, cuanto menos, bastante cuestionable en muchos de sus aspectos.

Un texto crucial por lo que representa: la fundación del mito y del modelo literario kafkiano, el primero que pone el empeño y el esfuerzo en acercarnos una de las figuras más importantes de la literatura universal.