A LA LUZ DE LOS CANDELABROS
Hay un componente teatral en las novelas de Sándor Márai y, por supuesto, este componente resulta fundamental en este libro, que tal vez pasa por ser uno de los mejores trabajos del húngaro, algo bien difícil de dictaminar dentro de una narrativa repleta de títulos tan exitosos como de evidente calidad. Varias han sido las adaptaciones de las novelas de Márai al teatro y El último encuentro presenta una estructura de teatralidad sustentada en uno de los principales pilares de la dramaturgia: el monólogo. Porque los dos amigos que se reencuentran después de más de cuarenta años entablan un diálogo que no es sino una suma de sus respectivos monólogos.
En las novelas de Márai es habitual esa puesta en escena: alguien,
siempre, está contando y, alguien, siempre, está escuchando. Y esos monólogos
se superponen al monólogo interior y a los pensamientos y sentimientos de los
personajes, se establece así un “tiempo interior” que acaba casi coincidiendo
con el tiempo físico de la narración, en este caso un devenir lento y cansado,
una mirada a un pasado perdido, extraviado ya para siempre.
No en vano, es la evocación de ese pasado, de ese tiempo lento, y de
ese monologar con calma, lo que hace de este libro la novela más austrohúngara de su autor: grandes
pilares morales del antiguo régimen aparecen entre las líneas del texto. El
ejército, el valor de la lealtad, la camaradería y la amistad, pero también la
cuestión del honor y la limpieza del mismo, y cómo no, la traición y la
venganza. Y el arte. Todo lo que hizo florecer el espíritu de una época y que en
esta novela crepuscular, claramente, ha entrado ya en declive, quedando detrás
de todo ello una única aspiración: la del conocimiento de la verdad.
Será mediante la búsqueda de la verdad de los acontecimientos, de los
velados motivos, la forma en la que los protagonistas recuperen la identidad
que habían perdido a lo largo de sus vidas, reafirmándose en su mutua amistad.
Con ello, con el alumbramiento de la verdad, se encuentra la identidad, y eso
trae la respuesta al sentido de sus vidas, al sentido de unas vidas que han
deambulado durante cuatro décadas como desalmadas, extraviadas, sin reconocerse
en sus acciones. Esto hace, de la novela, el trabajo de estudio más psicológico
de su autor, lo que es mucho decir, porque las novelas del húngaro siempre son estudios
de la psicología de sus personajes.
Declive, en efecto, y no deja de ser, por ello, bien significativo, que
los protagonistas se encuentran en la ancianidad, en la misma ancianidad del
Imperio que agoniza. El texto queda barrido, así, por una melancolía de los
recuerdos, una especie de raro spleen
literario conformado por amargura, saudade
imperial y una delicadeza aterciopelada en lo mullido de cada párrafo. Si
Sándor Márai es un relojero literario, tal vez en El último encuentro compuso la maquinaria de su carillón más
perfecto.
La amenaza de un pasado sin resolver, con deudas pendientes y asuntos
por zanjar, atormenta la conciencia de los amigos. Sí, amigos, aunque uno
intentó asesinar al otro durante una cacería, por causa de una infidelidad: ese
es el problema que deben exorcizar a la luz de las bujías de los candelabros,
en un ambiente crepuscular que revela a los dos ancianos casi como a dos
muertos en vida enmarañados en una reflexión sobre el amor, la amistad y el
peso del polvoriento paso del tiempo. Todo ello enmarcado en una prosa
milimétrica, con un estilo y de una suavidad realmente sorprendente (de nuevo:
gracias a su traductora, Judit Xantus, enorme pérdida literaria).
Quizás, en El último encuentro,
Márai buscó responder a esas preguntas que, como asegura al final del libro, no se pueden formular con palabras. Las
respuestas al amor, a las pasiones, a la amistad: a la vida.
Novela a la luz de los candelabros, junto a los castillos, a las emperatrices, a las sonatinas de piano y con las copitas de licor. Una prosa luminosa escrita sobre palacetes umbríos, un fresco
de pasiones realmente admirable, un retablo de la amistad, de la vejez y, cómo
no, de la muerte.




