jueves, 31 de octubre de 2019

Mastodonte-Jaime Reyes



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

https://www.achtungmag.com/mastodonte-de-jaime-reyes-jirones-de-violencia-y-pedazos-de-literatura/

Mastodonte de Jaime Reyes: jirones de violencia y pedazos de literatura

De entre los libros que he podido leer del catálogo de la editorial mexicana Nieve de Chamoy, tal vez Mastodonte, la novela de Jaime Reyes editada en el año 2015, sea uno de sus libros más peculiares. ¿Es una novela? Por supuesto que sí, pero es, también, algunas otras cosas más, gracias a un arquitectura fragmentaria y a la interacción que el autor propone con el lector en su versión digital (algo más atenuada en la edición en papel) que la acerca al concepto de narrativa hipertextual. Además, Jaime Reyes nos propone una fusión, o una transversalidad del texto (un texto, por otra parte, de gran violencia) con la música, para conformar algo más, por tanto, que una novela. Yo diría que Mastodonte es un artefacto narrativo del que os hablo hoy en esta columna de El Odradek de Achtung!

Obviamente, el libro se puede leer como una novela, de forma lineal, pero en su carácter fragmentario encontramos la primera de las peculiaridades que lo hacen tremendamente atractivo. El autor muy bien podría habernos proporcionado, al estilo cortazariano, un tablero de dirección para ir saltando de fragmento en fragmento, pero no es necesario.
La reconstrucción de las historias mediante le intervención del lector permite hacernos una idea clara de las narrativas que contiene la obra, que por otro lado se ha fragmentado con tal acierto que se puede empezar a leer por cualquier lugar, ir saltando, y siempre se nos rearma en la cabeza para resultarnos comprensible.
Esta novela, cuya historia renace una y otra vez de sus pedazos, y esa es una de sus grandes virtudes, sin embargo aborda los despojos (sí, también se trata de una cuestión de fragmentos) de los dos personajes protagonistas; o quizás de un único personaje protagonista, Mastodonte, y de una enigmática mujer (¿o tal vez no tan enigmática?), VB, proyectada por la mente enferma de Mastodonte, que la ha idealizado (ni tan siquiera los lectores podemos contemplarla a través de los propios ojos de Mastodonte, sino a través de sus recuerdos, memorias, pensamientos alucinados).
De esta forma, aunque quebrada y revuelta, lo que Jaime Reyes pone en pie es una novela de género negro, con todos sus componentes muy bien definidos. Tenemos a un matón, Mastodonte, que proviene de un mundo sórdido —el de las luchas de las artes marciales mixtas, eso que ahora está muy de moda y que también denominan UFC, por Ultimate Fight Championship—, un universo que cumple la misma función que el boxeo en las antiguas novelas de gánsteres, o en algunas de las de James Ellroy.
La lucha, o el boxeo, siempre quebrantaron al protagonista de las historias, para sumergirlo así en un mundo insano, ilegal y peligroso. Siguiendo esta premisa, Jaime Reyes maquina un Mastodonte que lucha con furia y, como todos esos personajes de novela negra, cuando golpea en el ring lo que realmente está haciendo es batallar contra su destino, su pasado o sus traumas.
El mexicano Jaime Reyes, autor de Mastodonte.
En el caso de Mastodonte, su brutalidad viene desencadenada por el suicidio de su hermano Matías, inexplicable para él, y que busca entender —o quizás quiera hacer pagar por ello a los demás— reduciendo a pulpa los rostros de sus contrincantes. La construcción psicológica del héroe que en realidad es un antihéroe, idea clásica de la novela negra, está así conseguida. Mastodonte golpea contra el suicidio de su hermano, sin piedad, y eso le da un motivo para frustrase y acumular más ira.
Lamentablemente, este asunto del suicidio del hermano está tomado de la propia experiencia personal del autor. En unas declaraciones a Excelsior.com, afirmaba:
Mastodonte nace de mi propia experiencia de superar el dolor de una pérdida, de los procesos por los que pasa cualquier persona normal que un día se encuentra extraviada en su vida mental, pero sobre todo nace de mi toma de conciencia de que la ira es la emoción que marca hoy, como lo ha hecho ya en otras épocas (o tal vez en todas), la vida del hombre (…) Y lo que yo quise con Mastodonte es, sí, también retratar a ese tipo de hombre, la forma en la que su mente transfiere la ira a su cuerpo, pero sobre todo la manera en la que busca salir una y otra vez del círculo vicioso de sus ideas depresivas”.
Por tanto, si Mastodonte trata de superar el suicidio de su hermano con la violencia del combate, no es demasiado arriesgado afirmar que Jaime Reyes intenta ahuyentar los fantasmas de ese suceso tan terrible de su vida entablando una lucha con la literatura, de ahí su marcado carácter violento y brutal, además de fragmentado. Prosigue el autor con este asunto en la mencionada entrevista:
“Creo que parte de Mastodonte, en lo que tiene que ver conmigo como autor/lector del libro, es aceptar sin grandes culpas mi naturaleza violenta, no tenerle miedo a mi expresividad intensa, muchas veces visceral y agresiva. Y no estoy encabronado, así es mi carácter. Mastodonte, entonces, es brutal porque yo vivo las cosas de esa manera. Y la muerte de mi hermano necesitaba, para mí, un enfrentamiento brutal, intenso, sin muchos rodeos y al tiempo sin la necesidad de develar nada innecesario que me desviara del objetivo central de Mastodonte, que es meditar sobre la ira y la violencia del hombre sobre sí mismo. (…) Mastodonte, como comentaba al inicio, nace de mi propia experiencia de superar el suicidio de mi hermano, que me dejó lleno de odio y de una ira irracional y sin fundamentos claros, es decir, extraviado en un mundo emocional sin sentido”.
En segundo lugar, debemos atender a los personajes secundarios que pasan de forma muy fugaz por la novela, pero que completan esa estructura de noir. Por supuesto, el mafioso, el todopoderoso que decide poner a Mastodonte a su servicio, con su cuadrilla de guardaespaldas. Cuando Mastodonte entra al servicio de este hombre, para asesinar por encargo a otros matones, consuma su caída en los infiernos de los que intentaba salir a golpes (una muy mala decisión la de intentar escapar a puñetazos de un drama personal).

Y dentro de este esquema de novela negra no podía faltar la femme fatale, que es la mujer de las siglas, VB, orbitando permanentemente en la cabeza de Mastodonte, con la que parece compartir un pasado y hasta un lugar ideal: Shanghai. Como toda mujer fatal, al principio ha significado una liberación para el protagonista, pero con su abandono, después, se ha convertido en un sufrimiento, una obsesión. De esta forma, Mastodonte intenta recoger los pedazos de su vida mediante los recuerdos, sin darse cuenta de que lo pulverizan todavía más.
Tal y como nos explica Jaime Reyes en la entrevista de Excelsior.com:
Mastodonte es así, describe pedazos de vida de un hombre enfurecido que lo único que sabe hacer para no sentir dolor es golpear, golpear hasta matar, como el más grande, famoso, adinerado, amado y admirado de los peleadores de artes marciales mixtas, nuestro deporte favorito en el siglo 21. La chica complementa o explica, de alguna manera, este retrato. Es una mujer onírica, enferma del síndrome de Cótard, hipersexual, violenta, pero con la suficiente materia emocional e intelectual para abrazar y abrasar al Mastodonte. VB es muy atractiva, al menos para mí”.
La función de Shangai y de VB en la novela son las de un lugar imaginario e idealizado en donde poder encontrar descanso. Una retirada utópica de la realidad, porque Mastodonte jamás encontrará descanso. Pero ese imaginario que le resulta sedante, con la mujer como protagonista, se sostiene sobre un pasado de sexo y drogas, violento y turbio, que termina de apuntalar esta novela de género deconstruida que nos propone el autor.
La estructura quebrada y siempre cambiante le permite a Jaime Reyes saltar de un tema a otro sin que la narrativa se resienta. De esa manera, aprovecha para insertarnos fragmentos técnicos sobre lucha (en concreto la manera de pegar un puñetazo) y cierta aproximación a la literatura médica.
La medicina, al igual que el elemento musical, que trataré después, resulta de una importancia crucial. Mastodonte se ha destrozado la espalda en un extraño accidente automovilístico teñido de intento de suicidio, y VB sufre de un más que curioso síndrome, lo que justifica su desaparición, y que es otro de los grandes aciertos de la novela: el síndrome de Cótard.
Esta enfermedad puede que a algunos os suene de haberla oído en series tan célebres como House o, en la más reciente, New Amsterdam. Enfermedad mental, consiste en que el paciente se cree muerto, un cadáver, delira sobre cómo se pudren sus órganos e, incluso, llega a creer que ya no existe.
Foto de la ficha policial de Richard Chase, el Vampiro de Sacramento, aquejado del síndrome de Cótard.

Cabe destacar que Richard Chase, un asesino en serie no demasiado conocido y bautizado como el Vampiro de Sacramento, sufría esta enfermedad. Es innecesario que hable aquí de sus espeluznantes crímenes. Os dejo este enlace por si queréis saber más bajo vuestra propia responsabilidad:
Volviendo a Mastodonte, debo repetir que me parece un golpe de absoluta genialidad por parte de Jaime Reyes que la novia del asesino padezca una enfermedad que le haga creerse muerta. La novela, de esa manera, se asienta sobre la personalidad de dos personajes que en realidad son como despojos de carne putrefacta —no debemos olvidar que, tras el accidente de coche, la espalda de Mastodonte experimenta una especie de necrosis lumbar—.
Los términos médicos, junto con los de lucha, unidos a la música que mantiene una presencia abrumadora en la novela, son los elementos hipertextuales que el autor ha montado, sobre todo, para que Mastodonte se lea en dispositivos móviles. La idea de Reyes es muy clara:
Los que gustan de música heavy saben que en realidad no hay gran truco en el título, e incluso en la musicalidad literaria de Mastodonte. Existe una banda estadunidense de metal progresivo que se llama así, Mastodon, y sus temas, si bien no son fragmentados como los parágrafos de Mastodonte, tienden a ser mantras que logran su tesitura ideal a través de la progresión simétrica y asimétrica de muchas de sus armonías. La música heavy ha estado en mi vida desde que nací y es lo que más disfruto. Más o menos sé de las bandas que hay y más o menos conozco sus discos, por eso el playlist de Mastodonte, en realidad, llevaba años construyéndose en mi memoria, estuvo ahí a priori Mastodonte como libro”.
La novela negra se nos presenta guiada por referencias continuas al heavy metal, que el lector del formato en e-book puede escuchar a través de los hipervínculos que le ofrece el libro. Por supuesto, en otros hipervínculos aparecen las referencias médicas y las técnicas de lucha.
Aquí os dejo un enlace a Clandestiny, un vídeo de la canción de Mastodon, la banda norteamericana de Sludge Metal:
Y aquí os pongo la playlist confeccionada por el autor, que se encuentra en Spotify y acompaña la lectura de la novela:
Podría parecer que la versión en papel extravíe algunas de estas intenciones metatextuales, y ese es un temor que alimenta el propio autor al creer que al realizar una versión tradicional de la obra sería:
complicado que lograra transmitir fácilmente la idea de la experiencia hipertextual o multimediática”.
Sin embargo, eso no sucede. La novela está formidablemente montada, y en ningún caso se resiente por despojarla, en su edición en papel, de parte del hipertexto. El objetivo de su autor de
crear un mantra narrativo que fluya, por supuesto, en la literalidad de las palabras, pero también entre los significados que puedan tener los parágrafos del libro en conjunto y los momentos de los que está construido”,
funciona a la perfección. Y funciona porque la naturaleza del personaje, un ser destruido que vive en permanente grado de alucinación, en una narcolepsia que dificulta separar la realidad del ensueño, de la evocación, o del delirio psicótico, se trasvasa a la propia estructura. Mastodonte es un ser roto, y el libro también se nos muestra destruido.
Algunos de los magníficos libros publicados por Nieve de Chamoy. Podéis encontrar reseñas sobre ellos aquí en Achtung!
Mastodonte necesita reconstruir los pedazos de su vida y el lector debe reconstruir los jirones de la novela. En este momento, Jaime Reyes ha creado el perfil de su público: un lector-Mastodonte.
 El autor no se propuso una arquitectura narrativa que tuviera que ser exclusivamente electrónica, y los excelentes resultados como novela en un soporte convencional demuestran que nos encontramos ante una gran novela, aunque la despojemos de los hipervínculos. Al final, siempre queda, cuando esta existe, la buena literatura.
Las voces de la historia, la mezcla de tramas y de diferentes tiempos y lugares, hacen de Mastodonte un ejercicio por momentos delirante y dotan a la novela de una personalidad propia con un relieve monstruoso y atractivo. Monstruoso por la brutalidad de los personajes, atractivo por la lección de difícil literatura puesta en papel, o en el universo digital, con firmeza y solidez.
La espléndida portada de la novela Mastodonte, editada por la mexicana Nieve de Chamoy.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Todo es Borges-Álvaro Valderas



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/todo-es-borges-de-alvaro-valderas-todo-es-literatura-y-palimpsesto/

Todo es Borges de Álvaro Valderas: Todo es literatura y palimpsesto

Hay un tipo de literatura que habla de literatura, que es literatura sobre literatura, cuyo corazón se compone de la propia creación literaria, dejando de lado argumentos novelísticos, personajes y peripecias para, simplemente, convertirse en sí misma de forma autorreferencial. Esto es la metaliteratura. Y en Todo es Borges, del leonés, pero afincado en Panamá, Álvaro Valderas, el ejercicio metaliterario se convierte en un complejo y fascinante juego. Su título ya lo dice todo: Borges como padre de lo metaliterario, del juego metatextual, alguien que es como un lugar omnipresente a donde, cualquier retruécano narrativo, sintáctico o léxico, nos acaba llevando, por muchas vueltas que demos.

En efecto, el libro de Valderas es un libro de juego literario, que coloca al lector ante un complejo puzle textual. En ese sentido, tiene algo de literatura ergódica, y apasiona —en su profunda complejidad— la forma simple y clara con que está montado. Pero como ya he dicho que Todo es Borges, antes debo relatar la manera, preñada de casualidad y causalidad, en que este libro-palimpsesto alcanzó un lugar entre mis plúteos.
Como si fuera una puesta en abismo entre escritores, y una puesta en abismo entre ciudades, países y continentes, la literatura se abrió paso. El autor panameño Javier Medina Bernal, afincado en Viena, me envió dos libros del escritor de La Bañeza que vive en Panamá. Uno es Tumbamuerto y otros relatos criminales caribeños (Ediciones del Serbal): Valderas, como buen borgiano, también ama la narrativa del género negro.

El otro libro era este Todo es Borges, que de inmediato atrajo mi curiosidad. Para un poco más adelante he dejado la lectura y la crítica de Tumbamuerto (que prometo aparecerá aquí en Achtung!), dado que he sucumbido a la fascinación de este cubo de Rubik literario, pócima narrativa de brujo, sopa de letras y palimpsestos, borgiana declaración de intenciones y de heterónimos. En efecto, juego de heterónimos, también, ¿puede haber mayor despiste literario que los heterónimos?
Tengo mucho que aclarar, lo sé. Empezaré por lo curioso de su casa editorial: ninguna. Simplemente, una Independently Published, es decir, editado de forma personal tras su paso por un formato de ebook en Amazon que, creo, le restaría mucha gracia al libro. Porque se trata de un libro sobre libros, de textos sobre textos, de autores (ficticios) que especulan sobre autores reales. Demasiado como para no resistirse a publicarlo en papel.
Luego, nos encontramos ante el misterio de su fortuna y recepción, es decir, de sus lectores. Al parecer lo hemos leído, según el cálculo optimista de su autor, dos personas. Entiendo que el propio Javier Medina Bernal que me lo envió, y recomendó, y yo mismo. En fin, deseo que algún lector más haya podido disfrutar ya de esta Caja de Pandora de las palabras; está a la venta en Amazon, y además en papel. ¿A qué esperáis?
El escritor panameño Javier Medina Bernal, que me hizo llegar el fascinante Todo es Borges de Álvaro Valderas.
Lo de los heterónimos: ahora voy con ellos. Álvaro Valderas es escritor, y como tal, es un mentirosillo. Nos lo demuestra ya en el prólogo del libro, al que subtitula como Prólogo que es mentira. Así que ya empezamos descubriendo las cartas desde el principio. Y también ocultándolas. El juego borgiano está en marcha, ese juego que activará el lector de la misma forma en que se encendían aquellos enormes condensadores que proyectaban imágenes fabulosas en la isla de Morel, movidos por la marea oceánica, también por la marea de la lectura, en la ingeniosa novela de Bioy Casares (por otro lado, el gran amigo de Borges, su otro yo literario, un Doctor Jekyll para el furioso mixtificador Mr Borges/Hyde).

Nos encontramos ante la invención de Valderas, un artefacto que se pone en marcha con la lectura, que activará el lector como esos rayos de tormenta restauraban la vida eléctrica en el corpachón de remiendos de Frankenstein. Valderas ha creado un monstruo realmente complicado: es la isla literaria moreliana, es un mapa textual a base de cosidos y cicatrices de párrafos y palabras.

¿No has leído La invención de Morel (Austral)? En este enlace te explico los motivos por los cuales deberías leerla, pero, ojo, contiene eso en lo que yo no creo cuando hablo de literatura, pero que a muchos les disgusta tanto: spoilers. Y los spoilers o adelantos de lo que ocurre, pueden matar esta novela tan peculiar. Leedla primero, sin acceso a estudios preliminares, y después mirad este link:
Valderas es el tercero, el tercero en concordia, que trastea en el laboratorio de esos Jekyll Hyde, de esos Bioy y Borges, y experimenta con este brebaje compuesto de las esencias de las narraciones, capaz de convertir un libro en una combinación de combinaciones cabalísticas, en laberinto de voces y mentiras, en mensajes indescifrables que nos traen a sus heterónimos que se mueven como homúnculos, como pequeños golems de la palabra que han cobrado vida precisamente gracias a ese misterio de la creación: las palabras.
Borges y Bioy Casares alimentan este Todo es Borges:


Las palabras convertidas en frases, las frases en párrafos, los párrafos en páginas, las páginas en historias, las historias en libros…, pero a los heterónimos de Valderas no les importan esas historias, sino lo que se esconde debajo de ellas. Por eso, todo gira en torno a la literatura palimpsesto.
No hay nada más misteriosamente gozoso que un palimpsesto. Un texto que, debajo, oculta otro texto: quizás diga lo mismo, o algo totalmente diferente. O guarde en su secreto soterrado mensajes verdaderamente revolucionarios, satánicos, impenetrables, pero que afloran a la vista gracias a la sabiduría del investigador que ha conseguido desentrañarlos, es decir, que ha llevado el palimpsesto hasta la luz, que es capaz de arrancarlo de la oscuridad de su entierro.
Un ejemplo de palimpsesto. Puede verse el texto debajo, escrito en otro sentido.
Vayamos a la idea principal del asunto, que Valderas nos explica así en ese prólogo que es mentira:
todos los libros componen un solo Libro de arena cuyas frases se funden cuando cerramos las tapas, se reordenan y nunca podremos volver a leer las mismas, porque nadie puede bañarse dos veces en el mismo libro. Y también es cierto que todas las bibliotecas del mundo son, en el fondo, un solo y gigante libro, un texto de arena en que se pueden (…) mezclar las obras”.
El concepto se ha tomado del relato El Libro de arena (Alianza Editorial) publicado por Borges en un volumen homónimo en 1975. Según el autor, esta es su obra maestra, y en el cuento aparece un libro que, una vez leída una de sus páginas, es imposible volver a encontrarla, porque se está reescribiendo continuamente.

Ese continuo está tomado de la idea de que es imposible bañarse dos veces en el agua del mismo río, según manifestó Heráclito. Así, podemos entender que nunca leemos dos veces el mismo texto, porque siempre nos encontramos ante un libro que, aunque parezca el mismo, es diferente.
Heráclito, en un cuadro de Rubens.
Dejando a un lado componentes mágicos y malignos o demoniacos —con los que Borges tizna su relato de El Libro de arena—, la idea del libro como río en el que sumergirse, y que siempre será diferente, entronca con mi interpretación de la literatura que desde años he guiado mi forma de trabajo como comparatista. Los que me conocen lo han oído ya muchas veces, pero lo repetiré una vez más porque nunca es tarde para cosechar nuevos cómplices.
Un libro no es un libro, sino un compendio de todos los libros que se han escrito, que entra en conversación con todos los autores y obras anteriormente escritas, y con las que se redactarán en el futuro. Esta conversación entre obras y autores de presente y futuro es continua (de nuevo encontramos esta idea de continuo, como el río de Heráclito) porque los libros son como galaxias conectadas entre sí por agujeros de gusano que interrelacionan unos textos con otros, saltando en el tiempo, de atrás hacia adelante y viceversa, pudiendo un autor del siglo XXI influir en un autor de siglo XVII.
Cuando leemos una de estas galaxias literarias incorporamos su texto a nuestro muro interior de lecturas y, desde allí, entra en conexión con otros libros que hemos leído, conversa con ellos, y teje toda una red de relaciones que se alimentan unas a otras. Así, una lectura anterior ilumina a una reciente, y una lectura nueva arroja luz sobre algo que leímos hace años y que ahora, súbitamente, toma sentido. Este es, pues, el verdadero Libro de arena: nuestro propio libro interior, nuestra galaxia privada de lecturas.
Álvaro Valderas, autor de Todo es Borges.
Ya reivindiqué esta forma de leer, consistente en algunos aspectos más, en este artículo que publiqué hace un tiempo aquí, en Achtung!:
Y antes, párrafos más arriba, me referí a la literatura ergódica. Aquí puedes saber algo más:
De forma que, el ejercicio de Valderas, alcanza el punto culminante de la formulación basándose en el mecanismo del Libro de arena borgiano. El juego se haría de la siguiente manera:
Compondríamos nuestros propios textos con palabras, frases o letras de otros anteriores”.
Dicho y hecho, un grupo de autores se reúne para llevar este asunto a blanco sobre negro. Y estos escritores que ejecutarán piruetas textuales y nos presentarán sus trabajos e investigaciones son: Mateo Domínguez, Miguel Pedrera, Justo Arias, Rogelio Salvador, Rafael del Río, Manuel Iglesias y Antonio Valbuena. Pues bien, aquí están los heterónimos, porque igual que Todo es Borges, ahora, todos son Álvaro Valderas. De hecho, en un momento dado, Mateo Domínguez afirma (con bastante desfachatez) que:
Adelantándome, por orden de edición, a mi querido amigo Miguel Pedrera, al que considero parte de mí mismo…”.
Antes de entrar en los trabajos de estos heterónimos (hay uno que se apellida Río y otro luce un Valbuena asaz sospechoso por su parecido con Valderas), aún se nos regala un segundo prólogo en donde se nos insiste en el método de la recombinación de palabras. Se trata de una maniobra de deturpación del texto, que partiendo de su stemma original se va descomponiendo en diferentes versiones hasta alcanzar una configuración que no se parece en nada a su origen. El experimento, llevado a cabo con un fragmento de Macbeth, arroja un diálogo final completamente alejado de su intención inicial.
Después, para insistir en el método, se desmenuzará un poema de Alberti, dejándolo en sus letras mondas y lirondas como las raspas de una sardina. De esta manera, el autor demuestra en su segundo prólogo que:
Cualquier letra, cualquier palabra, probablemente todas las frases de todos los idiomas, ya han sido infinitamente repetidas antes de que las pronunciemos nosotros con afán de innovadores. En este libro solo hemos pretendido divertirnos a costa de ese hecho universalmente conocido, fabricando puzles que hagan trabajar al lector vago, especie muy común en nuestras bibliotecas”.
Esta afirmación es una joya por dos motivos: primero, por la importancia que tiene para aleccionar al escritor primerizo que se presenta en talleres literarios sin haber leído un libro, pero que aspira a ser escritor brillante y original de talento desbordante, y pretende, también, haber creado una obra excepcionalísima con imágenes como el mar embravecido, el colérico viento o los dientes como perlas… A este sujeto hay que recordarle que ya todo está escrito, que no sea vago, que para escribir necesita invertir la mitad de su tiempo en leer.
Descomposición en letras del poema de Alberti.
En segundo lugar, el libro intenta hacer que trabaje el lector vago, es un libro para esforzados: es, ejemplarmente, un espécimen de literatura ergódica.
De forma que todo ha cobrado sentido, es decir, lo ha perdido en función del desorden de las palabras. Y se nos advierte:
Este permiso no podrá ser reproducido sin el libro, previo escrito del editor, no total ni parcialmente. Este escrito previo no total del editor, el libro, ni parcialmente ni sin permiso, podrá ser reproducido. Ni este escrito previo, no total, del editor ni el libro, podrá ser reproducido parcialmente sin permiso. O como sea”.
Creo que está muy claro. Así que ya podemos pasar al trabajo que presenta Mateo Domínguez sobre el libro bíblico del Génesis (no se podría comenzar más que por el principio, obviamente). Mateo, como un evangelista de lo alfanumérico, se sumerge en combinaciones de ceros y unos que sustituyen las palabras santas:

Y después, otorgando valores a cada letra, conforma un curioso discurso bíblico:

A continuación, Miguel Pedrera nos presenta un método de reconstrucción reordenación, busca mensajes ocultos en las citas iniciales y en las dedicatorias que incluyen los escritores al principio de sus obras, así como en las primeras frases de sus textos. Vargas Llosa, al principio de Pantaléon y las visitadoras (Santillana), reproduce una cita en francés de Flaubert, que sometida al filtro revela un mensaje angustioso del autor:
No puedo iniciar esta novela sin ayuda; me aterra no poseer ya el don”.

 Una llamada de auxilio tan terrible como premonitoria, porque ahora podemos afirmar que ya no posee el don, quizás desde hace tiempo. Este método de trabajo entronca directamente con el escritor Antonio Orejudo que, en su novela Ventajas de viajar en tren (Tusquets) presenta un personaje, Montoro, que sostiene ante la editora Helga Pato que los autores clásicos españoles forman parte de una red de difusión de mensajes subliminales, la que sería la logia de los anagramáticos a la que pertenece Garcilaso (que diseminó anagramáticamente la palabra TOLEDO, con el oscuro objeto de persuadir al Emperador para que volviera a España). Y no sólo Garcilaso, sino muchos otros autores:
desde los tiempos de la primitiva poesía heroica ciertos poetas habían aprendido a diseminar en sus textos con fines variados palabras o sonidos diversos, los anagramas (…) Garcilaso de la Vega había salido de Toledo contra su voluntad, para acompañar a Carlos V por Italia y Francia. Durante este período había escrito los versos en los que Montoro detectó anagramas antes de saber que se llamaban así y antes de saber que existía una técnica para componerlos. Garcilaso diseminó total o parcialmente, anagramáticamente, la palabra TOLEDO: aquí TO, allí LE, allá DO o TLE o ELT, o íntegramente, TO-LE-DO, para persuadir al Emperador de que volviera, para que no se olvidara de aquella ciudad (…) Helga lo oyó hablar de un grupo de poetas y escritores que desde hacía muchos siglos hasta hoy formaban una logia conocedora de sofisticadas técnicas hipnóticas, que utilizaban para sugestionar a los lectores, capaz de anular el juicio y de hacer creer a quién leyese sus escritos lo que a ellos pudiera o lo que les encargaba el patrón de turno”.
Como resulta que Todo es BorgesOrejudo publica tras Ventajas de viajar en tren una novela titulada Reconstrucción (Tusquets), en una curiosa coincidencia con este método que ha puesto en marcha Miguel Pedrera, y en donde afirma que:
Es que el verbo no es la única carne. Lo que Pfister cuenta no es lo que sucedió, sino el relato de lo que sucedió (…) Aquellos hechos que conserva en la memoria son semillas que han germinado con el tiempo gracias a la imaginación. Son sucesos que se enriquecen solo por el hecho de contarlos, de someterlos al juicio de otra persona (…) Esta reconstrucción es solamente un orden de palabras. La morfosintaxis es la única herramienta que Pfister tiene a su alcance para explicarse precariamente el mundo, para orientarse en el caos y para tratar de ser en él medianamente justo”.
Casi resultan aterradoras tantas coincidencias: Esta reconstrucción es solamente un orden de palabras… ¿Acaso esto no demuestra que, evidentemente, Todo es Borges?
Garcilaso, el gran anagramático (según Orejudo).
En estos enlaces os hablo un poco más de las dos obras de Orejudo que os he citado:


Y así, el resto de los heterónimos continúan con sus trabajos desde otros puntos de vista. Dentro del esfuerzo deductivo de Justo Arias, que reelabora un texto de Sherwood Anderson, se nos descubre una frase que puede resumir el motivo que busca Álvaro Valderas con Todo es Borges:
“Las historias que contaba no empezaban en ninguna parte ni conducían a ninguna parte”.
Quizás, esta sea la función final de la literatura: entretener sin una finalidad, la pureza de la narrativa elevada a su máxima esencia. Después, Rogelio Salvador que trabaja con el Drácula de Stoker, nos recuerda que:
todo cuanto leemos, según la situación, pudo querer decir otra cosa”.
Y por eso, ejecuta con el texto de Stoker una serie de variantes que nos recuerdan a los Ejercicios de estilo (Cátedra) de Raymond Queneau, uno de los principales miembros del OuLiPo.
¿No has leído Drácula? ¿En tu cabeza solo campan los colmillos de Christopher Lee o el juego de sombras chinescas de Coppola? En este enlace te cuento lo que te estás perdiendo:

Por supuesto, hay más heterónimos empeñados en descifrar mensajes y afirmaciones, en reelaborar y recombinar para atrapar el palimpsesto que se oculta bajo las obras de autores inmortales. Pero ya basta, eso lo dejo para quienes se hagan con un ejemplar de Todo es Borges y lo lean teniendo en cuenta que, tal y como se afirma al final de la obra:
un verdadero libro nunca puede considerarse terminado”.
Por eso, mantengo que los libros son un universo en expansión. Por eso y, como se afirma en este desconcertante envoltorio metatextual que es Todo es Borges:
El mundo, que acaba con nosotros, puede recomenzar con un verso hallado en cualquier cajón”.
Recomencemos, por tanto, otra vez. Leamos otro libro…

martes, 29 de octubre de 2019

Las campanas no doblan por nadie-Charles Bukowski



*Esta crítica apareció en Achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/las-campanas-no-doblan-por-nadie-bukowski-tritura-el-sueno-americano/


Las campanas no doblan por nadie: Bukowski tritura el sueño americano

Hoy, 16 de agosto de 2019, se cumplen 99 años del nacimiento —en la localidad alemana de Andernach— de Heinrich Karl Bukowski, más conocido por los amantes de la literatura como Henry Charles Bukowski, el escritor norteamericano que ha sido emblema del realismo sucio y de la escritura pulp. En Achtung! siempre hemos sido grandes admiradores de Bukowski, y en este su 99 cumpleaños no podemos hacernos a un lado y no hablar de él. Con más motivo si cabe, porque la celebración nos viene de la mano de un nuevo libro que ha publicado la editorial Anagrama: Las campanas no doblan por nadie, que reúne un extenso grupo de relatos inéditos del autor, así como publicados en prensa o en algunas revistas de adultos, eróticas, es decir, pornográficas, en donde se nos revela el Bukowski más surrealista, disparatado, sexual, provocador y divertido. Hoy, en este Odradek de los viernes de Achtung!: ¡Feliz 99 cumpleaños, Chinaski!

En Las campanas no doblan por nadie, el volumen publicado por Anagrama, nos topamos con un Bukowski sorprendente. En primer lugar, ha reducido en estos relatos algunos de sus temas y referencias habituales. Por ejemplo, apenas aparece en esta recopilación el hombre de uñas ennegrecidas por tanto rascarse las hemorroides, y esto no es un comentario meramente escatológico.
Porque las hemorroides, en la literatura de Bukowski, suelen ir unidas al fracaso personal del obrero alienado en la fábrica de producción en cadena. Tiene varios relatos con este tipo de protagonistas, que regresan a casa derrotados tras una jornada laboral demoledora. Por ello, esta afección es sintomática, dado que los personajes de Bukowski representan el lado oscuro del sueño americano (y lo de oscuro no lo digo con segundas, estoy tratando de ser serio, de verdad).
En la faja del libro de Las campanas no doblan por nadie, la editorial Anagrama ha elegido como reclamo una frase que me parece muy acertada: La cara B del sueño americano. En efecto, Bukowski se ha dedicado durante años a reflejar esa otra América —utilicemos aquí el término en todo su expansionismo imperialista y capitalista— plagada de obreros vapuleados por la vida, perdedores, borrachos, locos, putas, maltratadores, jefes abusadores, literatos sin talento… y un largo etcétera de personajes prototípicos que habitan ese lado oscuro de la Tierra de las Oportunidades.
Por todo esto, las hemorroides son bien significativas: de inmediato nos traen una derrota, una dieta fundamentada en la comida rápida y la inactividad frente al televisor como tiempo de ocio (el obrero llega tan destruido a casa que apenas puede emborracharse frente a la tele). Por ello, y aunque ha refrenado la presencia de este mal en el volumen del que os hablo, no se resiste a mostrarnos ese lado de los Estados Unidos concebidos como una gran cadena de producción esclavista, y lo hace, concretamente, en uno de los últimos textos, el descacharrante Una sucia treta contra Dios.
Descacharrante, en efecto, surrealista y pulp, porque el protagonista, un obrero empaquetador en una cadena de montaje, comparte apartamento con un misterioso Adolph, que no es otro sino el mismísimo Adolf Hitler, empeñado en traer al mundo una nueva raza aria. Dejando de lado lo divertido y anecdótico de la situación, Bukowski vierte algunas reflexiones sobre la sociedad del momento (en concreto sobre el individuo de esa sociedad del momento) y dibuja con vivos colores desesperados esa cara B del sueño americano, ahora convertido en pesadilla a causa de la trituradora de su literatura:
De camino a casa, Harry se detuvo a cenar en un restaurante de una cadena. Se sentó solo. La camarera llegó. Era indiferente y aún así falsa, un poco gorda y un poco desdichada. Los gordos y los desdichados se enfrentaban entre sí para alcanzar la supremacía. No tenían la menor oportunidad en un sentido ni otro (…) Harry miró a la gente de su alrededor. Todos parecían feos y cansados. Eran feos y estaban cansados. Eran perdedores. ¿Dónde estaban los ganadores? ¿Dónde estaba la gente hermosa? Todos esos a su alrededor: parecía un crimen estar vivo. Y era uno de ellos (…) Toda la gente de su alrededor consumía la comida absorta en una oscura claudicación”.
Dentro de este panorama devastador pululan los personajes de Bukowski a los que me refería algo más arriba, a los que debemos sumar su propia figura vertida en los relatos, bien como Hank, bien como Chinaski, bien con su nombre y apellidos, pero siempre caracterizado como escritor, bebedor, borracho, mujeriego y algo violento.
Sin embargo, quizás porque la tirada de relatos finales del volumen estaba destinada a publicaciones de voltaje como Hustler y Oui, aparecen algunos personajes no tan comunes en la literatura bukoskiana, al hilo, también, de la actualidad del momento: capos de la mafia y de las drogas y secuestradores de aviones.
Los dos relatos que aparecen en el libro sobre secuestros aéreos, y que de una u otra forma o tienen un móvil sexual o desembocan en sexo, están fechados en 1979 y enero de 1984. El primero, se mantenía inédito, pero el segundo, Surcar los cielos acogedores, apareció en la revista Oui del mes de enero de 1984.
Algunos números de Hustler en cuyo interior aparecen relatos de Bukowski:



Para El avión es el medio de transporte más seguro, que se sostiene sobre los mismos pilares delirantes que alimentan todo el libro, cualquier secuestro aéreo llevado a cabo unos meses antes puede muy bien haber sido material válido para que Bukowski se inspirase, pero el método de los dos hombres con un maletín bomba no puede sino recordar al secuestro llevado a cabo por Dan Cooper (o eso se cree), que el 24 de noviembre de 1974 llevó a cabo un sonadísimo acto de piratería aérea en un Boeing de la Northwest Orient que cubría el trayecto entre Portland Seattle, amenazando con una maleta bomba a la azafata, intercambiando rehenes por 200 mil dólares y, una vez de nuevo en vuelo, saltar en paracaídas para perderse su rastro para siempre.
Retrato robot de Dan Cooper y cartel de captura elaborados por el FBI:


Las frases de los secuestradores, que en el relato toman el avión por mero frenesí sexual, dado que quieren violar a las azafatas, refiriéndose en varias ocasiones a que tienen resuelto el plan de escape, hace pensar en este extraño suceso que todavía continúa sin resolverse en los Estados Unidos.
Por su parte, para el relato publicado en Oui, podría haber servido de ejemplo el secuestro del vuelo 181 de Lufthansa a cargo de cuatro miembros del Frente Popular para la Liberación de Palestina, y que realizaba un trayecto entre Palma de Mallorca y Frankfurt. En lugar de cuatro, son tres los secuestradores de Bukowski, pertenecientes a la organización de Los Guerrilleros por la Libertad, y exigen que el avión vaya a Cuba.
Dos revistas Oui que contienen relatos de Bukowski:


En cualquier caso, Bukowski ficcionaliza un asunto como los secuestros aéreos que en aquellos momentos se encontraba de plena actualidad, salpimentándolo con la dosis erótica y sexual que demandaba la revista para adultos en donde se publicaban los relatos. Pero cierto es que los secuestradores de aviones nos son unos personajes habituales en Bukowski, al igual que sucede con el tono narrativo y la ambientación de No quieres ser mi corazoncito, para el Oui de junio del 1985. Aquí, aparece un policía incorruptible, una femme fatal, una banda de matones y un capo poderosísimo de la mafia que podría haber sido protagonista de cualquier novela o relato de James Ellroy.
Es cierto que Bukowski, cuando no escribe sobre sí mismo, lo hace sobre una visión americana que puede denominarse como pulp y que incluye este tipo de ambientes (valga como ejemplo su última novela detectivesca y titulada así precisamente, Pulp —también publicada por Anagrama—), pero los personajes de este relato, tal vez por las exigencias de que estaba escrito para la revista Oui, son algo diferentes a lo que su autor nos tiene acostumbrado.
Ahora bien, dentro de este compendio de rarezas de Bukowski, hay una que me ha parecido que destaca por encima de todas, y es el relato sin título que aparece entre las páginas 47 y 53, como una sección bajo el epígrafe Tal como aman los muertos, y que aglutina diferentes escritos. Estamos, sorpréndanse ustedes, ante un cuento distópico satírico, quizás una de las mayores joyas que esconde este tesoro de Las campanas no doblan por nadie.
El General Curtis Lemay.
Un nuevo PresidenteWallace, y su Vicepresidente Le May, llevan al país a un estado de sitio, donde la policía represiva campa a sus anchas (con 30 millones de parados y ametralladoras y barricadas amenazando y aislando los barrios negros y pobres). El presidente y vicepresidente retratados están tomados de los auténticos George WallaceGobernador de Alabama, y el General Curtis Lemay (en este caso el apellido va escrito junto) que se presentaron a la carrera electoral de 1968, formado equipo y defendiendo el American Independent Party Against Richard Nixon, alejándose así del bipartidismo oficial entre demócratas y republicanos. Al final ganó Nixon, pero Bukowski, al hilo de la actualidad del momento, presenta una América bajo la hégira represiva de este dúo.
George WallaceGobernador de Alabama, y el General Curtis Lemay durante la campaña electoral.
Bukowski no duda en poner frases demoledoras en boca del Presidente y de su adlátere, como esta:
No soy racista —dijo Wallace—, pero supongo que si un hombre es pobre o negro, es por su culpa”.
En este tono, se nos va pintando una situación en donde el botón del maletín nuclear está en manos de semejantes descerebrados, con bastantes ganas de utilizarlo. Así, las fuerzas represivas se vuelven contra los intelectuales y, de entre ellos, se fijan en los escritores que han hablado de política en sus textos. Le llega el turno de recibir la visita al propio Charles Bukowski, mientras en los Estados Unidos hace furor un producto llamado Whitewash, un colorante blanco que, combinado con una peluca, lograba que los negros pudieran tener alguna oportunidad…
Tres interesantes chapas de la campaña electoral del dúo Wallace/LeMay:



La sátira que el autor pone en pie es destructiva, en un momento determinado se alaban las virtudes del nuevo sistema penitenciario que el nuevo Estado ha puesto en marcha:
“… el nuevo sistema penitenciario consiste solo en encerrarlos. Sin darles de comer. Ahorra un montón de pasta al Estado”.
Y cerca del final del relato, uno de los hombres que ha detenido a Bukowski le hace una revelación secreta en virtud de una extraña idea de lo que puede ser la solidaridad con los desarrapados y los perdedores:
Un capullo como tú se merece ser infeliz”.
Tras esa afirmación, le confiesa que el Presidente y su Vice han pulsado el botón nuclear. La hecatombe posterior pone fin a esta distopía desquiciada con la sentencia:
A Hiroshima le pusieron el nuevo nombre de América”.
Este Bukowski demoledor también resulta una trituradora crítica en los aspectos meramente relacionados con la literatura y la escritura, con el oficio de escritor, muy poco sacrosanto para él, alejado de los que mantienen elucubraciones románticas y que son, la mayoría de las veces, simples diletantes.
En otro texto sin título que se aglutina bajo el epígrafe Tal como aman los muertos, se asegura que:
la mejor manera de estudiar escritura creativa es vivir”.
Por eso, la escritura de Bukowski aparece siempre tan apegada a las experiencias de su autor, a la realidad, en donde pierde tiempo buscando trabajos fugaces que le permitan escribir, al menos, por una semana más. Esta circunstancia la define muy bien en un párrafo de un relato sin título que aparece bajo el epígrafe Un trozo de queso:
Un hombre tiene que liberarse de la presión de una manera u otra antes de poder ser inteligente de veras. Es difícil ser inteligente haciendo cola delante de la beneficencia para que te den unas alubias aguachinadas”.
De manera que, en este libro, que además incluye ilustraciones por mano del propio autor, tenemos una vuelta de tuerca más de un Bukowski especialmente duro e hiriente. El título, Las campanas no doblan por nadie, tiene un claro referente con Hemingway al fondo, y es también el último relato del libro —preparado para el Oui de septiembre de 1985—.
Detalle de la portada que ha elegido Anagrama para Las campanas no doblan por nadie, dibujo propiedad de la tienda de diseño online Regards coupables, especializada en ropa y cuadros de imaginería sexual explícita.
Enfrentado, de nuevo, a una situación pulp, el protagonista termina el relato viéndose en una escena rocambolesca e insostenible, para cerrar con una frase bien elocuente el texto y el volumen:
me puse en pie y me encaré de nuevo con aquello, pensando que, de una manera u otra, esto debe pasarle continuamente a todo el mundo…”.
En este intento de normalizar lo insostenible, de reflejar lo agobiante, de volver cotidiano lo infernal de cada día, Bukowski consiguió las mejores páginas de su literatura. Como ya os he dicho, en Achtung! reclamamos siempre una especial atención especial a este autor, y como muestra os dejo este enlace:
El volumen que nos trae ahora Anagrama representa un compendio perfecto de los rasgos mas hirientes y geniales de esa apisonadora alimentada por vodka y 7 up que fue este escritor para el que cualquier situación impensable era normal y típicamente norteamericana.
¡Feliz 99 cumpleaños, Hank