domingo, 7 de octubre de 2018

Nuestra inocencia-Wadji Mouawad

Nuestra inocencia, de Wadji Mouawad: un puñetazo teatral inolvidable



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/nuestra-inocencia-de-wadji-mouawad-un-punetazo-teatral-inolvidable/

El pasado domingo tuve el privilegio de presenciar una nueva obra de Wadji Mouawad. En efecto, privilegio, porque la propuesta, los personajes, los argumentos que trata, la puesta en escena, están convirtiendo a este libanés-canadiense en todo un clásico de las tablas, tal vez en la mayor autoridad escénica de nuestro tiempo. Mouawad conmueve, Mouawad provoca, Mouawad emociona. Y su gran virtud: después de presenciar una obra suya, al término, el espectador ya no es el mismo. Y nunca volverá a serlo. Produce una metamorfosis que va más allá de la tan conocida catarsis teatral. Te injerta unas emociones que ya no se desprenderán jamás.

Hasta la fecha, he asistido a cuatro representaciones de obras de MouawadLitoralIncendiosUn obús en el corazón y la del pasado domingo, Nuestra inocencia. Las dos primeras pertenecen a esa monumental tetralogía de La sangre de las promesas, y que se completa con Cielos y Bosques (todas ellas publicadas por KRK ediciones). De Un obús en el corazón —y pro extensión de la obra de Mouawad—, ya hablé aquí en Achtung!:
Pero hoy quiero centrarme en el prodigioso despliegue al que pude asistir en el teatro Valle Inclán del Centro Dramático Nacional. Una obra en francés con subtítulos, cuya intrahistoria nos advierte que se fue prefigurando a medida que se ensayaba. El resultado: un nuevo puñetazo teatral inolvidable.
Cartel de la obra que nos trajo el Centro Dramático Nacional.
Nuestra inocencia, o Notre Innocence, es un texto dramático molesto, que escuece, una serie de acusaciones formuladas por la juventud de ahora hacia nosotros, los propietarios de la cincuentena, más culpables de lo que parece de la situación actual que viven ellos. En efecto, argumentan que son inocentes ante el desgraciado momento en el que se encuentran, prácticamente sin un futuro, y lo hacen lanzando reproches amartillados con furia.
Los protagonistas son un coro, un coro al estilo del clásico coro griego, que durante gran parte de la obra se dirigirá al patio de butacas como una sola voz en un ejercicio de garganta que roza con el síndrome de tourette más desencadenado.
18 jóvenes agriados y enfadados, irritados, que nos arrojan su amargura mientras reflexionan sobre las redes sociales, la pornografía o la sociedad de consumo, acusaciones enmarcadas en un ajuste de cuentas de la juventud actual con quienes hicieron el mayo del 68 y todavía se creen revolucionarios con derecho a exigir algo, a reclamar un activismo que, quizás, ya no pertenezca a estos tiempos.
Los protagonistas de la obra: el coro.

El motivo que desencadena la obra es el suicido aparentemente inexplicable de una mujer joven que decide lanzarse desde la ventana de su casa y deja huérfana a una niña de nueve años. El impacto que este suceso provoca en su pandilla de amigos es demoledor, y hace que salgan a flote todos los reproches y conflictos de esa juventud desamparada, desorientada, que no comprende la realidad a la que se esté enfrentando, y que se siente ahogada por todo lo que les rodea.
De modo que los protagonistas son 18 actores y actrices de entre 23 y 30 años: llevan a cabo un prodigioso despliegue de vitalidad; bailan sobre las tablas, discuten, se mueven espasmódicamente, sostienen un largo rato de inmovilidad mientras recitan pedazos de historia de la vida de la suicida, Valerie, y también de quienes habitaron antes que ella el apartamento del suicidio (un matarife cuyo oficio se detalla con profusión de sangre y vísceras y un obrero industrial polaco que murió de una forma atroz —la cabeza arrancada por unas aspas—). Toda una puesta en abismo de lo que significa vivir manchados de sangre y junto a la omnipresencia de la muerte.
Wadji Mouawad, un futuro Premio Nobel.

El comienzo de la obra aturde al espectador, lo deja aplastado sobre butaca. Es una cascada de palabras, un coro como una catarata que habla y habla, que recoge parte de la improvisación que Mouawad llevó a cabo en el taller que impartió en el Théâtre de la Colline de París. Es un knock out directo al oído, agotador y efervescente, con todas esas gargantas formulando preguntas y acusaciones, batallando con nuestra generación en una lucha existencial desesperada. Exigen que nos hagamos responsables de lo que les estamos dejando en herencia. Y lo que les estamos dejando es, de verdad, una porquería.
Tras el asfixiante coro que todavía retumba en la cabeza, la música electrónica a todo volumen contribuye al mayor aturdimiento, y conecta a esa juventud acusadora con la juventud desencadenada, la que nos parece irresponsable e incomprensible. Bailan, se mueven frenéticos mientras su amiga Valerie se empotra contra el suelo. Esto significa el fin de la fiesta, la toma de conciencia con la realidad, esa realidad que viene de la mano de la muerte, siempre.
Los protagonistas bailando en una actuación agotadora.
Los jóvenes se sienten culpables del desastre. Han cometido con Valerie cierto mobbing o acoso vía teléfono móvil con bromas de mal gusto, pero en una reunión que mantienen, repleta de reproches, acaba apareciendo el lado oscuro que oculta cada uno de ellos. Hay una forma de aliviar el dolor: hacerse cargo de Alabama, la hija de nueve años de Valerie.
Discusiones y desencuentros provocados por el suicidio de Valerie.
Sin embargo, en esta niña radica uno de los momentos fundamentales, de los puntos de giro de la obra. Alabama representa la entelequia, el sueño, lo imaginado, la posibilidad de lo que puede ser y no llegará a ocurrir. Alabama es, en su dulce inocencia onírica, la representación del mayor de los males de nuestra sociedad en este momento: la impostura, las vidas ficticias y mentirosas que se camuflan tras un perfil de Facebook o Instagram. Las letales apariencias.
Esta obra polifónica quiere desgajar a la juventud actual de cualquier tipo de culpa heredada del pasado. Del pasado solo somos responsables nosotros, y no podemos cargar sobre los muchachos y sus comportamientos todos los males de la sociedad actual, porque los hemos creado antes de que ellos existieran. Entre esos males, se encuentran la desesperanza y la desesperación que conducen al suicidio.
De esa manera, Nuestra Inocencia abraza, además, otro asunto polémico y controvertido: la cuestión del suicidio. El suicidio es un veneno que destroza a quienes lo presencian o lo sufren. Los amigos, los familiares, se preguntarán siempre por los motivos, por las causas que llevaron a sus seres queridos a tomar esa decisión tan trágica como contundente y si podrían haber hecho algo para evitarlo. Un suicidio, peor si además es el de una persona joven, sume en la zozobra y socaba los pilares de la sociedad.
Por ello, el suicidio tal vez sea una de las acciones más revolucionarias que existen, la guinda de la protesta. Negarse la vida en la sociedad actual es negarle a esa misma sociedad su capacidad de ofrecer una oportunidad, aunque sea solo una, a la persona que ha decidido quitarse la vida.
Sin embargo, y aunque brutal, Mouawad mantiene que suicidarse es un regalo que uno puede hacerse a sí mismo, y que no debemos, quizás, atormentarnos demasiado preguntándonos por los motivos y por nuestra culpabilidad. Ocurre y listo. El suicida es soberano en su decisión y, aquí viene lo terrible, le sobran motivos para hacerlo. Realmente, en el mundo en el que vivimos, a todos nos sobran los motivos para tirarnos por una ventana, y no hay culpables determinados.
Cada acto de la obra es un ejercicio de reflexión relacionado con la muerte, con la sangre, con el cuerpo, con la naturaleza y con la existencia. Cada acto nos ofrece un oscuro retrato del interior de las personas, de nuestro interior, pavoroso, desbocado, egoísta e insolidario, que apenas puede perturbarse ante las muchas desgracias que podemos llegar a presenciar en nuestro mundo.
Y entonces, va Mouawad y nos emociona; lo consigue: consigue lo imposible, perturbarnos con su texto, con sus actores, con su teatro. Con su concepción del mundo, este patio de desgracias, ese escenario de dolores que se transforma dentro de nosotros con una sensación extraña, como de resaca de culpabilidad. Y el milagro ya está obrado.
Mouawad ha conseguido con su obra, aunque sea tan sólo por unos instantes, hacernos mejores personas. ¿Acaso el teatro no trata de eso?

viernes, 7 de septiembre de 2018

El túnel-Ernesto Sabato


*Esta reseña apareció en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/9/3/el-libro-del-mes-el-tunel-de-ernesto-sabato/

Título: El túnel
Autor: Ernesto Sabato
Editorial: Cátedra
Número de páginas: 165
Año: 1987
Literatura de la desesperanza
Estamos ante la primera novela de Ernesto Sabato que, aunque muchos lo acentúen, como se trata de un apellido de origen italiano —calabrés en concreto— no lleva tilde aunque se pronuncie como esdrújula; con tilde es una castellanización del apellido. Y esta primera obra es una pequeña obra maestra que marcó de forma determinante las letras argentinas.
Me refiero a que El túnel es una pequeña obra maestra debido a su extensión, apenas sobrepasa las cien páginas de texto (las 165 que presenta el volumen de Cátedra que recomendamos se deben al estudio introductorio). Sin embargo, Sabato consigue plasmar, en un recorrido tan breve, la angustia del ser humano que se encuentra en este mundo como un extranjero solitario e indefenso. Una angustia que impulsará a su protagonista, Juan Pablo Castel, a cometer un asesinato.
Y no estoy cometiendo un spoiler literario al afirmar que Castel asesina a su amada, María Iribarne, porque en un golpe de tuerca legendario, que después será muy repetido en la literatura hispanoamericana (recordemos que El túnel se escribió en 1948), Sabato se encarga de anunciárnoslo en la primera e impactante línea de texto: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a Maria Iribarne”.
Desde semejante propuesta de arranque narrativo, y dado que el asesino y el asesinato han quedado al descubierto nada más comenzar, ¿qué nos puede ofrecer Sabato en el armazón narrativo de El túnel?
Pues ahí radica la importancia de la novela, un análisis de la condición trágica del hombre, angustiado en un tipo de soledad metafísica que es producto de un mundo en donde solo importa el poder del dinero y en donde pesan demasiado los errores del pasado. Juan Pablo Castel arrastra esas cargas que se traducen en desesperanza y temor, que terminan concretándose en una pérdida de la identidad y en una aguda conciencia de la angustia.
Sabato crea, de esta manera, un personaje eterno e inmortal, que puede codearse con toda la galería de protagonistas de novelas que abarcan el siglo XX y que sufren del extravío de la identidad y del desarraigo, y que son criminales o se encuentran a la puertas de serlo: el Mersault de Camus, el portero Bloch de Handke, el Linacero de Onetti, los personajes de Houellebecq o el Jacques Austerlitz de Sebald, entre otros muchos.
El túnel es la historia de la desesperanza; es literatura de la desesperanza y de la descomposición de los valores humanos como consecuencia de la sociedad que hemos creado, que nos devora. Por ello, El túnel es una novela oscura e introspectiva, que hurga y ahonda en la conciencia más obtusa y negativa de sus personajes protagonistas, pero también lo hace en las nuestras, consiguiendo que nos preguntemos, de forma incómoda, sobre el objeto y el motivo de nuestra existencia y de aquello que provoca y desencadena nuestros actos.
Reflexión sobre el mal y el bien, la prosa de Sabato desborda ese recipiente moral para adentrarse en un complejo estudio sobre los aspectos más borrosos de nuestra naturaleza, para concluir que existe un solo túnel oscuro y solitario: el propio, el personal e individual, y que los muros de ese túnel, de ese infierno en donde se contiene la esencia del hombre malvado y agresivo que nos devora por dentro, son cada día más herméticos.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Amenaza-Mara Mahía/Oliver Besnier

Oliver Besnier se alió con Mara Mahía para escribir una novela a cuatro manos. Supieron muy bien cómo crear expectación, como vender las cosas de forma original y diferente, y dieron un sorprendente golpe de efecto con esta primera publicación. Originalmente, Amenaza venía firmado por un enigmático M. B. Lunas, seudónimo que Mara y Oliver confabularon juntos. Una vez creado el conveniente misterio se desveló que la novela estaba escrita a cuatro manos.


Nunca he creído mucho en las novelas escritas a cuatro manos, o incluso por colectivos. Sin embargo, un ejemplo de gran brillantez es Q, de Luther Blisset, seudónimo tras el que se encuentra un grupo de cuatro escritores italianos. Ellos hicieron una buena novela, ¿por qué no podría serlo Amenaza?


Y vaya que sí que lo es. Amenaza, seamos exactos, de Mahía/Besnier, es un breve trayecto literario de 97 páginas, repleto de talento y buenas intuiciones narrativas. El libro nos cuenta una destructiva historia familiar de dos hermanas repletas de enconos que no dejan de mirar al pasado trágico; las relaciones tóxicas con los padres, las cargas de culpa, la mala conciencia, los abandonos, la dejadez sentimental, el odio y el resentimiento.
Amenaza es un amargo compendio de las más habituales conductas humanas en una narración desde dos planos que se alternan: la historia de Jana y la historia de Alis. Esta bifocalidad le proporciona una agilidad especial al libro, que salta de un punto de vista a otro, pero siempre dándonos la impresión de que se nos oculta algo.
La tensión en Amenaza va creciendo a medida que las historias se solapan, cuando los odios impregnan no solo las relaciones, también los propios recuerdos. El lastre del pasado, de lo que se hizo en ese pasado, pero también de lo que no se llegó a hacer, es como un cáncer que todo lo corrompe, extendido hasta el tuétano en la familia de las dos hermanas.
Este texto ágil, rápido y voraz, saca a flote el análisis psicológico de los personajes, algo que tal vez ya no esté muy de moda; lo recupera y lo muestra como una forma de hacer buena literatura. Literatura de sentimientos, pero no de sentimientos ñoños, ni blandos, sino literatura de sentimientos caníbales, escritos desde el corazón y los pulmones, desde el hígado y los riñones, poniendo el alma y la anatomía en ello, para un ejercicio muy sólido de honestidad narrativa.
Cuadernos Heimat, nombre que urdió Mara Mahía para la editorial, al igual que el ideario o descripción estética que se busca con ello, no podría debutar mejor. Esta primera entrega —creo que puede encontrarse en la biblioteca del metro de Barcelona—, es una promesa de muchas cosas atractivas e interesantes que pueden venir de la mano creativa de Mara MahíaOliver Besnier. De Mara Mahía, aparte de sus dibujos, venimos disfrutando de sus Maragramas. Una muestra de su originalidad la encontraréis en su Instagram, @maramahia.

Porque la buena literatura no conoce de lugares excluyentes, tal y como al final de Amenaza, con mucha perspicacia, se advierte: el libro se terminó de imprimir “en algún lugar de Polonia”.
Alfred Jarry, cuando estrenó su inmortal obra Ubú, Rey (un 10 de diciembre de 1896 en el Noveau Theatre de París), dio un pequeño discurso introductorio en el que afirmó que:
En cuanto a la acción que va a comenzar, se sitúa en Polonia, o sea, en ninguna parte”.
Por eso Amenaza, la propia editorial de Cuadernos Heimat —por otro lado con mucha fidelidad a lo que Mahía define como Heimat—, se ubican en algún lugar de la ubuesca Polonia, es decir, en ninguna parte y en todas, porque la literatura pertenece al lugar al que llega y desembarca o aterriza, al lugar de nuestro interior en donde la albergamos para que nos acompañe siempre. 

sábado, 1 de septiembre de 2018

La noche divide el día-Mario Blázquez



*Esta crítica apareció en Achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/mario-blazquez-la-noche-divide-el-dia-o-la-escritura-en-las-fosas-abisales/

Mario Blázquez: La noche divide el día o la escritura en las fosas abisales

Un nacimiento siempre es un motivo de alegría. Más aún, si el nuevo alumbramiento es editorial. Como todo recién venido a este mundo, la nueva editorial es pequeña, pero con una virtud esencial: es independiente. Y se llama Editorial Dieci6. Como toda nueva empresa arranca repleta de ilusiones y de fuerza, pero no ignora que las dificultades serán descomunales; los problemas de distribución y visibilidad en el punto de venta, la batalla por intentar conseguir un hueco saturado y monopolizado por los dos grandes grupos editoriales, la necesidad de tener que pagar prácticamente por todo para abrirse camino: desde conseguir un mínimo lugar en la mesa de novedades de la librería de turno, pasando por unas migajas en la prensa… Sin embargo, pese a los obstáculos, en el ánimo se aferra la convicción de mantener una idea propia, una personalidad característica. Para ello, Editorial Dieci6 ha comenzado publicando dos libros, ambos de relatos: Lo imaginado, de Juncal Baeza y La noche divide el día, de Mario Blázquez. Os voy a hablar de este último.

Ya el título del libro de Mario Blázquez, ese La noche divide el día, señala claramente el lugar por donde se van a mover los personajes y las narraciones: En una zona crepuscular y casi cuántica, una brecha de tiempo y luz. Quienes hemos vivido mucho en esta franja ya sabemos la metamorfosis que nos ocurre: nos convertimos en seres opacos que vagamos como alucinados.


Por tanto, los siete relatos que componen el libro están protagonizados por personajes que se encuentran justo en el filo, en el borde de la luz, o en el borde la oscuridad, en esa intersección desde la que están a punto de abalanzarse sobre el abismo de la noche. Y una vez que acceden a esa zona ya se convierten en seres marginales, derrotados y ensimismados, en una especie de zombis de los sentimientos y de la existencia. Utilizando un adjetivo del escritor albanés Ismaíl Kadaré, se vuelven en una especie de funervivos que se deslizan por las noches y que se ocultan por el día para languidecer, hasta agonizar.
Los que me conocen ya lo saben muy bien: durante once años yo fui un funervivo más, atrapado en un infernal trabajo de noche que me obligaba a moverme a contracorriente, tal que estos personajes de Mario Blázquez. Él lo entiende muy bien cuando en el relato Contenido sensible nos presenta a un trabajador nocturno que, además, bucea en el Internet profundo.
Trabajo nocturno, solitario, y el Internet profundo. Esa zona oscura y oculta del ciberespacio. Así son los espacios del libro, indefinidos, como ubicados entre dos luces, y es necesario proyectarse en las zonas de eclipse para poder descubrirlos. Mario Blázquez tiene oficio, nervio y buena mano para levantar este compendio de tinieblas y caracteres neblinosos.
La dicotomía entre el día y la noche no es puramente física. Primero, porque existe una realidad oculta que no podemos percibir ni en los momentos de mayor claridad, un reino de sombras que también es una morada interior. La oscuridad propia forma parte de nosotros. Y en estos relatos los seres luminosos, los seres de luz, han desaparecido por completo. Estamos ante una galería de personajes abisales que, como esos peces que llevan una antena dotada con su propia lucecita, apenas perciben un pequeño sector de lo que les rodea. Y deben entenderlo avanzando, adentrándose en las tinieblas.
Cada ser cavernario del texto interactúa con un lugar apagado y misterioso, desde esa sala de trabajo solitaria, pasando por un cine de madrugada, un cuarto de estar con la televisión encendida hasta las tantas, un extraño viaje a Marruecos que es como el acceso a otra realidad paralela (y como paralela, sometida a leyes incomprensibles), el camino de una carretera secundaria al atardecer, la sórdida trastienda de una tienda a media noche y hasta un sótano regido por otros códigos del espacio y del tiempo, al menos para quienes lo habitan.
Si reflexionamos sobre el título, de nuevo, ese La noche divide el día, encontramos la clave del libro: lo que impera es la oscuridad. En ella, las horas de claridad son anecdóticas. El fenómeno extraño es que disfrutemos de unas horas de luz porque todo, realmente, está sometido al imperio de la noche. La noche se apodera de los personajes, que no parece que sepan defenderse de la vida a pleno sol. Son vampiros sociales. Son seres desgraciados que batallan por escapar de las garras de ese pulpo de oscuridades. Ellos conocen las partes ocultas, esas que no perciben la mayoría de las personas que por el día se creen vivas.
Se trata así, de una noche nutricia: es una noche que se alimenta de las emanaciones de los protagonistas hasta opacarlos, pero que a la vez les insufla un hálito de vida para que puedan continuar sobreviviendo con un latido mayor que el de los seres diurnos. Esta combinación de personajes y lugares en el fragmento crepuscular es el mayor acierto del texto, que lo dota de un relieve inflamado y doloroso, como un tatuaje mal cicatrizado.
Estos lugares de indeterminación existencial arrancan en el primer relato, Sesión golfa:
Viernes, o sábado ya. Cine Ideal. Sesión de las 00:45. A esa hora el cine parece distinto, se acerca más a una película, y la película menos al cine. Versión original con subtítulos en castellano. Las personas, al igual que las películas, tienen varias versiones: la original, la doblada, la censurada o mutilada, la extendida, el montaje del director (…) Las salas nunca se llenan en esas sesiones, no hay más de diez o doce espectadores, algo que resulta atrayente para otro tipo de asistentes: los que pretenden ser invisibles”.

Se acaba de formular la cosmogonía de todos los relatos que componen el libro. Es viernes, o tal vez sábado, se transita por la frontera inexacta y dudosa de la franja que divide dos días. Las personas albergan muchas versiones diferentes en su interior, versiones oscurecidas, tapiadas, condenadas, que dejan aflorar en función al momento y al lugar en donde se encuentran; es decir, presentan una mayor o menor resistencia a la intensidad de la luz que se propone traspasarlas y herirlas como a un San Sebastián. Y el momento de indecisa luminosidad es el instante preferido de quienes pretenden ser invisibles.

Los funervivos de Kadaré son seres que terminan por volverse invisibles a causa de la alucinación que les provoca el moverse entre las dos placas tectónicas de la imaginación y la realidad. El cine casi se parece a una película en esos momentos de la madrugada, es decir: lo real se metamorfosea en lo imaginario, lo imaginario en lo real, hasta que sólo los invisibles son incapaces de distinguir entre una u otra circunstancia.
Por eso, es en estos lugares en donde se entablan relaciones con otros personajes al límite de la oscuridad. En las salas de cine dos funervivos se reconocen, también en el sótano que aparece en el relato La noche divide el día, o como ocurre con los extraños compañeros de trabajo nocturno en Contenido sensible. Los seres crepusculares solo pueden relacionarse en el no-lugar, parafraseando a Marc Augé, del crepúsculo.
Cuando las sombras los ocultan a todos, ellos, víctimas de un tenebroso fenómeno de anagnórisis, se descubren unos a otros porque es en esos instantes de claroscuro cuando imaginación y realidad se confunden:
Se apagan las luces, la sala queda completamente oscura y las voces se apagan, cortantes. La mayor atención del evento se concentra en ese intervalo entre el sombrío silencio y el comienzo. Muchas veces, incluso más emocionante que el evento en sí. Las expectativas suelen ser superiores a la realidad. Eso es lo que Héctor, en ese preludio, valora: es superior la imagen que tiene de Leiza, la expectativa, que ella en sí”.
En el extraño viaje marroquí del relato Caminos de distorsión, el protagonista vive por las noches una realidad alucinada y paralela. Sólo la recepcionista del hotel parece comprender que se trata de un ser que se desliza por el borde de la luz, o que patina por el asidero de la oscuridad. De hecho, ambos también parecen reconocerse:
Aparecí por la recepción y fue entonces cuando la chica del hiyab, mi amiga en los tránsitos entre el día y la noche, entre la realidad y la ficción, me miró de un modo extraño”.
A veces, se nos presentan personajes en el borde justo del abismo, momentos antes de abandonar la luz y abrazarse a la oscuridad. Tal ocurre en el interesante relato I ching y todo lo demás, en donde el pasadizo a lo oscuro se encuentra justo al atravesar una puerta que lleva a la habitación en donde duerme la borrachera una chica anónima, que dos muchachos han rescatado de la calle. Al cerrarse esa puerta,
solo queda un rectángulo de luz, el contorno de la puerta, contrastando con la oscuridad”.
Y la decisión de albergar la noche en el interior de los personajes ya ha sido tomada.
El primer párrafo de Contenido sensible explicita claramente lo que significa esta vida clandestina en la oscuridad; el protagonista, trabajador nocturno, reflexiona:
Estoy convencido de que la noche lo modifica todo: los lugares, las personas, las emociones, las percepciones; las malas ideas se traducen en malas ideas con posibilidades. La noche abre puertas que durante el día permanecen cerradas. Desde hace tiempo me escondo, trato de evitarla, refugiándome en una zona segura. Por el día, me basta con no exponerme. Digamos que vivo en una capa más profunda de la realidad visible, en un nivel oculto”.
Es el corolario del trabajador nocturno, que percibe esa otra realidad, la verdadera: una realidad terrible que permite que afloren esos horrores ajenos a los ciudadanos diurnos, horrores que les son ajenos, aunque se encuentran allí, a su lado, solo que ellos no pueden percibirlos; nosotros, afincados en nuestro eclipse, sí que podemos:
Toda esa basura que veía por la noche era la misma que me rodeaba por el día en la calle (…) Llegué a la conclusión de que estamos en las dos porciones de la red, solo que hay una parte de nosotros indexada y otra no. Una que se muestra y otra que se oculta”.
Los seres abisales, del crepúsculo, de la zona oscura, o como queramos llamarla, están condenados a habitar en ella. Les resulta imposible zafarse y si se aventuran a exterior, entonces, perciben su propia marginalidad en toda la brutalidad de su dimensión:
Descubrimos un exterior donde no era noche ni día, una franja de tiempo elíptica en la que apenas coincidíamos con otras personas. Parecíamos cuerpos varados en el vacío, noctívagos a los que algún desajuste había impulsado a existir allí. Éramos sombras visibles unos para otros, guardando con celo el hecho de que no debíamos estar ahí, no queríamos ver ni ser vistos”.
Por ese motivo, los personajes de este libro de relatos de Mario Blázquez son seres condenados a lo oscuro, que boquean en la asfixia del día, que únicamente son capaces de adquirir formas y relieve en el corazón de la noche, cuando la mayoría duerme, ignorantes de que en esos momentos se están escribiendo libros como este que nos ha traído la Editorial Dieci6.

Luego, por la mañana, cada uno transita con su propio albedo de miserias, cansancio y desesperación, mientras las criaturas que se han bebido la luna se embozan en su tenebrosa capa de oscuridades, con el pavor de que alguien sea capaz de abismarse en su interior y, entonces, se percate de la monstruosidad del mundo.

sábado, 4 de agosto de 2018

Reconstrucción-Antonio Orejudo (2)



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/8/2/el-libro-del-mes-reconstruccion-de-antonio-orejudo/

Título: Reconstrucción
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Tusquets
Número de páginas: 270
Año: 2005

Los poderes de la Gran Literatura

Reconstrucción, de Antonio Orejudo, posiblemente sea la mejor novela española que se haya escrito en los 18 años que llevamos de siglo XXI. Y esta afirmación no esta formulada a la ligera. Se trata de un texto apasionante, un ejercicio textual y narrativo de primera magnitud, además de rabiosamente entretenido.
Es verdaderamente complejo encontrar alguna otra obra que se le aproxime, al menos entre las firmadas por ese grupo de escritores consagrados que ha perdido el don de la inspiración y que nunca tuvo la gracia de la literatura, por mucho que editoriales y grandes grupos comerciales se empeñen en mentirnos para hacernos creer lo contrario.
Por ese motivo, la novela de Orejudo es tan impresionante; porque representa una forma de novelar ubicada a años luz del tedio habitual del novelista español de estos momentos: no se refocila en el aburrimiento facilón de temas sobre la Guerra Civil (cada vez más manoseada y enmohecida), no se desliza en una autoficción pedante y complaciente, tan vacía como irritante, y por supuesto no presenta los tics habituales de las novelas de esos autores consagrados que escriben con el piloto automático puesto y despreciando a sus lectores.
Todo en esta Reconstrucción de Antonio Orejudo es Gran Literatura. Un mosaico complejo y deslumbrante de una época histórica oscura, la Europa del siglo XVI, la Europa de la herejía de Münster: la primera parte del libro en donde se narra con detenimiento este suceso es de lo mejor que se haya escrito en los últimos años. Y después nos embarcamos en la búsqueda de Miguel Servet, esa indagación literario-detectivesca sobre el personaje y sobre su enconada relación con Calvino, en un retrato que hubiera fascinado al propio Stefan Zweig (de hecho el texto de Zweig de Castelo contra Calvino es uno de los motores inspiradores de la novela).
La pasión narrativa de Orejudo es contagiosa, y lo que puede parecernos a simple vista una mera novela histórica, monumental, pero novela histórica al fin y al cabo, es mucho más que eso: se trata de un libro con claves, escrito en un código literario repleto de guiños meta ficcionales, un delicioso trampantojo que oculta reflexiones sobre la propia escritura y la creación, sobre los motores de la ficción, en una especie de puzle en donde nada es lo que parece.
De esta forma, se conforma una de las mejores novelas españolas, un regalo para el lector que encontrara la recreación de un mundo fascinante atravesado, además, por ese peculiar sentido del humor de Orejudo, con esa pasión por construir personajes inolvidables e insertarlos en el marco de historias perfectas.
Reconstrucción es puro entretenimiento, además de un enorme homenaje al oficio de escritor y recompensa al empeño de los lectores que buscan obras de calidad. Sin duda, para Mi Nueva Edad, no se trata sólo del libro del mes, sino del libro más adecuado para un mes como el de agosto, una novela que puede viajar con nosotros, que soporta sin inmutarse las tardes de canícula, las mañanas playeras y hasta las paellas del tres al cuarto.
Un libro que sabe sobreponerse a la vulgaridad del veraneo e, incluso, a la chabacanería de esos selfis de pies chapoteando al borde de las piscinas. Tal es el poder de Orejudo, de Reconstrucción y de la buena literatura.

martes, 17 de julio de 2018

Glosas-Karl Kraus



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/glosas-de-karl-kraus-advertencia-ante-los-males-de-la-sobre-informacion/

Glosas de Karl Kraus: advertencia ante los males de la sobre información

Hace muchos años, pero muchos que son demasiados, realicé mi primera carrera: podemos llamarla de forma inútil y rimbombante como Ciencias de la Información, o decir que me hice, simple y llanamente, periodista. Entonces, ignoraba que estos eran unos estudios de carácter enciclopédico destinados a saber muy poco de mucho, para poder realizar un trabajo que estaba condenado a desaparecer con el paso del tiempo, tras una mutación en donde el periodismo se haría un harakiri con sus grandes firmas sectarias, sus becarios explotados y sus periodistas de carrera haciendo fotocopias y preparando cafés. Tampoco nos dijeron en aquella carrera ni una sola palabra, pero ni una sola, nada de nada sobre los grandes periodistas europeos que habían elevado la profesión casi a un mito (que como todo mito ahora es un cadáver). Me refiero a nombres como Egon Erwin Kisch, Joseph Roth o Karl Kraus. No, a ellos, como otras tantas cosas que no me enseñaron en aquella lamentable carrera, tuve que descubrirlos por mi cuenta.

No pretendo llevar a cabo ninguna reflexión en esta columna de El Odradek que tenga que ver con el desempeño en la actualidad del oficio periodístico, que muy bien podría hacerlo, sino comentar un libro que se ha publicado recientemente con el título de Glosas, y cuyo autor es uno de esos tres periodistas a los que me refería antes: concretamente el austriaco Karl Kraus.
En efecto, el libro titulado Glosas, editado por Ediciones del Subsuelo, y seleccionado, traducido y comentado en su epílogo por Adan Kovacsics, nos acerca el ingenio, el humor y la sátira de Kraus como elementos, instrumentos y armas al servicio de la crítica social. Porque las Glosas son una forma de fustigar, de meter el dedo en el ojo, de molestar e irritar al entorno vienés de la época mediante la crítica elegante e inteligente, pero a la par, demoledora.
Bueno, un momento, me dirá ahora el lector… ¿Quién diablos es este Kraus? La pregunta es muy pertinente, porque este intelectual es poco conocido, o casi nada, en el ámbito de lo hispánico. Karl Kraus es un escritor vienés de comienzos del siglo XX, que igual escribía novelas que aforismos, poesías o ensayos y obras de teatro, pero que se destacó en su faceta de periodista, concretamente como editor de La antorcha (Die Fackel), revista emblemática que se mantuvo activa desde 1899 hasta 1936.

 esos son muchos años de sacudir a diestro y siniestro, de forma incansable, de señalar, de acusar, de criticar y de buscar una regeneración del ámbito social: esa Viena, esa Austria, que abarcará desde el Imperio Austrohúngaro, pasando por el periodo de entreguerras y hasta el pavoroso auge del nazismo.
Mediante esta publicación, Kraus acusó la falsa moral de su época, atacó a los nefastos gestores y burócratas, especialmente en el terreno de la política económica, se metió con lo indigno de la cultura acomodada y, especialmente, inició su cruzada personal contra otros periodistas porque en la prensa radicaba, según él, el origen de todo, dado que ayudaba a fijar y alentar todos los males anteriormente expuestos.
Joseph Roth y Egon Erwin KIsch, ejemplos de periodismo combativo y de calidad:

Y la destrucción del lenguaje es el primer paso para obtener una plena descomposición social que permita campar a sus anchas a los advenedizos. Kraus entendía que esa prensa a la que atacaba furiosamente era la culpable del deterioro, por su laxitud en la redacción de los textos, por el poco cuidado, por la falta de atención y la corrupción del oficio que él intentaba mantener honrado y honroso en todo lo alto mediante el ardiente fuego de su Antorcha.
El olfato destructivo de Kraus es notable, no en vano, y en palabras de su traductor Adan Kovacsics, vertidas en una entrevista realizada por Carlos Fortea:
Kraus fue uno de los grandes escritores apocalípticos del siglo XX”.
Es decir, Kraus intuía el derrumbamiento que se aproximaba. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que el austriaco ya veía el problema inmensamente destructor que acarreaba el empobrecimiento del lenguaje. Una nación con un lenguaje devastado es una nación que está herida moralmente. Y la herida moral puede llevar, como de hecho llevó, a comportamientos aberrantes.
Karl Kraus no era ajeno a una intuición que fue una triste realidad: los sistemas totalitarios y tiránicos se apoderan del lenguaje, lo someten a su filtro, lo esclavizan colocándolo a su servicio y al de su propaganda, con lo que el lenguaje extravía por completo su significado primordial mutando en una antilengua.
Por ejemplo, la distopía escrita por Orwell es pródiga en ejemplos de procesos que conducen aldeslenguaje. Así, encontramos en las páginas de 1984 conceptos que luego han sido claves a la hora de formular una poética de la distopía como neolengua doblepensarcrimental, el hablar con graznidos a la manera de los patos, pathablar o cuaquear, sustentado todo ello en una Policía del pensamiento y por un Ministerio de la Verdad cuyos esfuerzos van dirigidos a crear un idioma reducido de palabras mediante la destrucción sistemática de los términos.
El lenguaje es un arma muy poderosa para el Estado, que intentará someterlo a sus intereses porque, tal y como afirma Kovacsics en la entrevista citada anteriormente:
El empobrecimiento del lenguaje es un problema moral, un problema político, existencial, estético. El lenguaje deja de conectarse con el pensamiento y con la experiencia, se torna automático, maquinal, recurre continuamente al tópico, el cual, según Kraus, mata la imaginación y la capacidad de sentir y de compadecerse”.
Imposible no establecer una comparación, llegados a este punto, con el proceso de establecimiento de la Neolengua que propone Orwell en 1984, basada en añadir prefijos, pero monótonos, simples, iguales, desgastados e inexpresivos, que sustituyen a toda una pléyade de adjetivos.
Aún se encuentran muchos más experimentos de idiomas totalitarios en la literatura de distopías; me refiero a textos como La naranja mecánica, de Anthony Burgess y Nosotros de Evgueni Zamiátin. En La naranja mecánica, una parte de los protagonistas, la parte más asocial, emplea un vocabulario denominado como nadsat, especie de jerga de los inadaptados, de aquellos que mediante la ultra-violencia están escapando al control estatal. En Nosotros, de Zamiátin, el lenguaje del Estado totalitario conduce a la deshumanización y al sometimiento.
Estamos, así, ante lo que el escritor rumano Norman Manea denomina y denuncia como la lengua de madera del régimen de Ceauşescu en su libro El regreso del húligan, o lo que el checo Ivan Klímacalifica de lenguaje yerkish en su novela Amor y basura. Los Estados totalitarios han conseguido igualar por abajo, con la pobreza de las expresiones de sus deslenguajes, todo el sistema político que controlan. No en vano, Norman Manea denomina a este lenguaje empobrecido el código de los cautivos. No cabe duda, podemos considerar el sistema totalitarista como un sistema sintáctico.
Kraus lucha contra este deterioro tan peligroso desde sus Glosas, un conjunto de textos breves que incluía en su Die Fackel y con los que pretendía llamar la atención sobre determinados aspectos de una forma muy concreta: el presunto avance tecnológico, ese progreso que también se ve reflejado en el acceso a la información, puede provocar una sobre información que acabe en deshumanización.
Sus Glosas son reflexiones sobre noticias que han aparecido en la prensa, pero algunas veces no necesita ni siquiera poner en marcha ningún discurso ni razonamiento, con tan solo copiar la noticia o una frase de una declaración, la glosa está compuesta, porque la barbaridad, lo cómico, lo atroz, se revela muchas veces por sí solo.
Adan Kovacsics.

Kraus, al estilo de Egon Kirsch, se basa en noticias de sucesos, de tribunales, en anuncios matrimoniales o de búsqueda de pareja, en los sucesos del día a día que aparecen en los periódicos y a los que la gente, normalmente, no presta demasiada atención. De hecho, ante la pregunta formulada a un escritor británico de novela negra acerca de sus fuentes para idear semejantes argumentos apasionantes, el escritor aseguró que todos los días dedicaba varias horas a leer la prensa, y siempre encontraba pequeñas noticias que eran un filón para sus novelas: pequeñas noticias que pasan desapercibidas para quienes no poseen ese espíritu periodístico casi detectivesco que era una de las cualidades de Kraus.
Con ese olfato, Kraus denuncia en sus Glosas, y en palabras de Adan Kovacsics, un progreso:
que no era un proceso evolutivo, sino una postura, una actitud que se caracterizaba por la estupidez, por la tendencia a tragarse cualquier cosa y por una mezcla absurda e irreflexiva de elementos hipermodernos y anticuados”.
Es como si nos estuviéramos definiendo ahora, generación del Iphone, de la posverdad y de las fake news, somos el grupo de personas mejor informadas de la historia y, por ello, las más expuestas a la mayor trama de desinformación que haya existido.
Y somos así porque nunca hemos sido mucho de escuchar. Los avisos han estado siempre ahí, aunque no hayan entrado a formar parte del temario, por ejemplo, de la carrera de Ciencias de la Información(tan rimbombante ella), en donde pueden pasar cinco años de estudio sin que se mencione a KrausRoth Egon Kisch, por citar tan solo a tres de los buenos que, indudablemente, hay muchos más.
Karl Kraus.

Karl Kraus es un completo desconocido para el lector español, tanto como lo es Egon Kisch y, un poco menos, Joseph Roth. Sin embargo, y también de la mano de Adan Kovacsics, la editorial El acantiladoya había publicado un compendio de artículos publicados en Die Fackel y la editorial Minúscula una colección de aforismos titulada Dichos y contradichos.



No en vano, Kovacsics comparte esta preocupación por la degradación del lenguaje que era determinante para Kraus; también, en El acantilado, apareció su interesantísimo Guerra y lenguaje, en donde Kovacsics analiza la metamorfosis del lenguaje hasta convertirse en un mero instrumento de propaganda capaz de influir sobre las personas de una forma trágica.
Por todo ello, debemos felicitarnos ahora por el suceso de que Ediciones del subsuelo, siempre fieles a publicar ensayos y autores con clara vocación de pensamiento, nos traiga estas Glosas de Kraus que, además de alertarnos y hacernos reflexionar sobre el antes y el ahora, el ayer y el futuro, son capaces, en muchas ocasiones, de pintarnos la sonrisa en la cara, e incluso nos permiten alguna que otra carcajada.
Esa es la gran virtud de la sátira bien entendida, bien ejecutada, y puesta al servicio de la inteligencia.