miércoles, 18 de septiembre de 2013

A la caza de la mujer-James Ellroy



LA CONFESIÓN DE UN PERRO (QUIZÁS NO TAN) RABIOSO

Con permiso de Chandler y de algún otro ilustre, debo afirmar que a mí no me gusta la novela negra, realmente quién me gusta es Ellroy. Y Philip Kerr, pero éste en otro nivel distinto, de quién espero otras cosas diferentes cuando abordo sus textos. Aclarado este punto, reafirmado el que Ellroy me gusta como autor, independientemente de que escriba novela de género, me asomo A la caza de la mujer, texto confesional y hasta psicoanalítico que puede resultar, a quién desconozca la personalidad de su autor, un libro insoportable, incluso obra de un enfermo ególatra, pero que para los seguidores de Ellroy resultará una confesión magnética, visceral y entretenidísima –esto, tal vez, es su principal virtud… aunque cabe preguntarse  ¿cuándo Ellroy no ha resultado entretenido?-.

Ellroy lleva arrastrando en su literatura un drama personal y una marca de estilo impuesta por las circunstancias. El drama personal se remonta a su infancia, al asesinato todavía por resolver de su madre Jean, que luego trataría de exorcizar hasta cierto punto en La Dalia Negra, sin conseguirlo, a la vista de este A la caza de la mujer. Porque la confesión del libro es que Ellroy, en sus relaciones con las mujeres, siempre ha buscado reencontrarse con su madre, y reconciliarse con ella. Reconciliarse, en efecto, porque desde hace más de cincuenta años aquella muerte atormenta al autor, por encima de que se desconozca el nombre del asesino. Divorciados, su madre le preguntó a un James Ellroy, que contaba con diez años, si deseaba mantenerse de su lado en el proceso de despedazamiento familiar, y James le dijo que deseaba estar con su padre. Su toma de posición fue recompensada con una bofetada y el pequeño James, humillado y ofendido, deseó que su madre muriera de inmediato. En efecto, a los tres meses, era asesinada.

Ellroy se culpó, y en el libro que nos ocupa lo sigue manteniendo, que la muerte de la madre era culpa suya. Establece un conducto directo entre aquel deseo y el asesinato, y esa idea se ha fijado en su pensamiento. Hubo el intento de La Dalia Negra, y del sobresaliente Mis rincones oscuros, pero el problema nunca fue superado. De esa manera, la historia desemboca en A la caza de la mujer, el trauma marca su vida y sus relaciones con el otro sexo. A ello se añade la marca impuesta por las circunstancias a la que me refería anteriormente: si quería publicar debía acortar sus libros, y de ahí su estilo directo y telegráfico, dinámico, una puñada en la cara del lector, a menudo desbordado por la velocidad de lo narrado. Su confesión en A la caza de la mujer, aunque no sea novela y el que no necesitaría ese traje, se ajusta firmemente a ese estilo hard-boiled, resultando el texto absorbente, vehemente, un carrusel que agarra de las solapas al lector y lo zarandea como a la puerta de un barucho de mala muerte en un callejón de Los Ángeles.

Pero, por eso mismo, porque Ellroy es Ellroy, engreído e insoportable, egocéntrico y enfant terrible, agent provocateur, y todos los términos en francés que puedan ocurrírsenos, por ello, por todo ello, habrá quién no aguante dos páginas de esta historia y la abandone aborrecido del recital de narcisismo desplegado. Estamos hablando de la truculenta vida del autor, por ejemplo, de la Trilogía Americana, dos de los tres libros que la integran, tal vez, los mejores que se hayan escrito en el género. Y eso ya merecería la atención de sus lectores.

Y si bien es cierto que alguien se preguntará lo que le pueden importar los traumas de este hombre, así como sus conquistas, su relación con el alcohol y las drogas, y sus historias con las mujeres, en el fondo impera una tremenda verdad: su madre fue asesinada realmente y eso condicionó, ha condicionado su vida y su escritura, su literatura, situando estas memorias -si así queremos denominarlas- muy por encima de otros recuerdos y confesiones de autores más pendientes de mostrar con quienes han comido, se han codeado, las fiestas a las que han ido, todo ello embadurnado en complejas y autoindulgentes visiones e interpretaciones literarias. Este, no es el caso.

No deja de sorprenderme una circunstancia: con lo que me gusta Ellroy no he incluido en esta bitácora nunca una crítica de ningún libro suyo. Ni de Amérca, ni de Seis de los grandes, ni de El asesino de la carretera, títulos todos ellos imprescindibles para el género y para la literatura. Eso me recuerda que en breve debo hacerlo, que tengo una deuda contraída con los ratos de excelente diversión y entretenimiento que me han proporcionado, anclados sólidamente en una gran calidad rezumante. Cuando el primer libro de Ellroy que reseño aquí es A la caza de la mujer, eso resulta significativo. Incluso el título lo es, que lo podría confundirse con una novela sobre un asesino en serie. Y en cierto modo la literatura de Ellroy, toda esa literatura, es así, la de un asesino en serie. Sus párrafos no son sino una pistola cargada, a veces.

Otras veces, ya es un calibre del 45 humeante que nos ha dado entre los ojos.

Es necesario poner algo de distancia entre un texto confesional y biográfico y sus novelas. Algunas de sus legendarias novelas negras necesariamente deben situarse por encima de este libro, pero sólo por eso. Un texto obsesivo, sociópata, atormentado y abrumador para un libro desmesurado y desbordado como su autor. Una confesión relampagueante.

martes, 10 de septiembre de 2013

Los cuarenta días del Musa Dagh-Franz Werfel




LA NOVELA COMO ÚLTIMA ESPERANZA

El genocidio armenio, un tema terrible, duro y espinoso, la matanza de estos hombres a manos de los turcos a principios del siglo XX, compone la obra maestra literaria de Franz Werfel. Una novela vibrante y sólida, un monumento a la historia literaturizada, un desarrollo magnífico para narrar unos acontecimientos tan terribles como descarnados. Y todo ello, haciendo gala de un enorme oficio de narrador, controlando los tiempos, los cambios de escena, con ritmo y aliento, con bríos que no desaparecen en su autor, ni en el interés de sus lectores, a lo largo de las 838 páginas de tan extenso trabajo.

Werfel brilla alto en algunas de sus obras, como la musiliana o törlessiana Reunión de bachilleres, junto a la La canción de Bernadette y Una letra femenina azul pálido, todas ellas, en uno u otro sentido, muy recomendables, abarcando una amplitud de registros que se mueven desde el ya mentado Musil hasta el polifacético Zweig. Escrita en 1933, Los cuarenta días del Musa Dagh señala la cota más elevada alcanzada en su literatura, y consagra a Werfel como un escritor con una de las novelas más importantes del siglo XX.

El libro aborda la resistencia de una porción de la comunidad armenia en 1915, refugiada del exterminio turco alrededor del Monte de Moisés, o Musa Dagh, cerca de Antioquía. En sus laderas, se defenderán cerca de cinco mil hombres, marcados y condenados a morir como resultado de la política genocida abanderada por Mehmet Talaat, ministro turco del Interior, e Ismaíl Enver, ministro de la Guerra, con la excusa de la Gran Guerra que se había desencadenado en Europa y en virtud de ciertos intereses geopolíticos de Turquía. Estos asesinatos raciales llevaban tiempo produciéndose, desde mucho antes, pero la Gran Guerra vino a dotarlos de una legitimización y, con ello, de sistematización.

Ante la amenaza del exterminio, casi cinco mil armenios decidirán hacerse fuerte en las inmediaciones del monte, esperando resistir como sea ante y lo que llegue, incluso creyendo con fervor que se recibirá una ayuda de la Primera Europa, la que lidera la intelectualidad y el humanismo: pero desde Francia y Gran Bretaña no alcanzó a llegar ni un solo movimiento. En este sentido, en lo que para mí representa el punto álgido de la novela, su cumbre maestra, se encuentra el intento del alemán Johannes Lepsius, un misionero protestante que busca interceder por el pueblo armenio frente al ministro turco de la guerra Enver Pasha, de forma desoladora e impotente. Aquí traza Werfel algunas de las mejores páginas de su novela, por no decir que sus retratos de ambos contertulios son, sencillamente, excepcionales. Sólo la maestría de Zweig habría podido recrear así semejante entrevista, y la realidad personal y espiritual de sus personajes.

La narración pivota, además, en un personaje protagonista, el armenio Gabriel Bagadrian, de carácter y formación intelectual de tradición europea, que arrastra un background en su educación humanista europea, lo que hace que presencie los sucesos desde un contrapunto diferente que se añadirá al sufrimiento meramente local. En él, en Bagadrian, podría decirse que se comprende toda la dimensión del abandono de la intelectualidad europea a la causa armenia, que se atisba la quiebra de la razón y la tradición humanista que terminaría por disolverse ante la pasmosa permisividad de, no sólo este genocidio, sino del resto de los genocidios del siglo XX –con el nazi a la cabeza de la quiebra definitiva del concepto de hombre, o de hombre ilustrado, si queremos llamarlo así-.

Confesaba Wefel que fue la visión de unos muchachos desarrapados en Damasco en 1929, presumiblemente armenios que trabajaban en condiciones inhumanas en unos telares, lo que lo inspiró para abordar el asunto y que, después, durante un ciclo de conferencias en Alemania, escogió hablar del capítulo quinto, el de la entrevista entre Enver Pachá y el pastor Lepssius, lo que resulta muy significativo. Asoció la situación inhumana de esos niños armenios al fiasco de la tradición humanista –representado en Lepssius y en la inhumanidad de Pachá-. Esos serán los mimbres que tejan el libro, de un carácter conmovedor que, se dice, fue uno de los textos más leídos durante el terrible gueto de Varsovia, dado que Los cuarenta días del Musa Dagh es un libro sobre el sufrimiento, es martirologio, y tal vez en sus palabras los confinados en el gueto encontraron los ánimos para levantarse como lo hicieron.

Una novela que pudo servir, tal vez, de ejemplo valeroso a aquellos hombres y que, ahora, en estos otros tiempos que corren, desde luego se nos muestra como ejemplo de lo que puede llegar a ser y ofrecer un libro tan brillante como desangrado. Y en ello radica su excelencia y trascendencia.

Una novela que golpea conciencias y corazones, que denuncia matanzas y limpiezas étnicas y genocidios, que demuestra que se necesita seguir teniendo esperanzas en el ser humano, aunque el ser humano ya no tenga las esperanzas puestas en sí mismo, y que, al menos, esas esperanzas, tal vez, podamos colocarlas en la literatura. Una obra maestra.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Noviembre de una capital-Ismaíl Kadaré



ANUNCIO DE LO QUE VENDRÁ DESPUÉS

Albania en la encrucijada, Albania frente al abismo, Albania en el tránsito, Albania terminando una época y empezando otra, Albania empezando una nueva historia y cerrando otra, Albania liberándose y Albania encadenándose como Prometeo: Albania en su cruce de caminos, todo eso es la novela Noviembre de una capital; donde la capital es Tirana, y noviembre es el mes de noviembre de 1944, momento en el que, tras encarnizadas luchas, los guerrilleros comunistas libran el combate definitivo ante las tropas invasoras nazis, triunfan y, bajo las máximas estalinistas, deciden el rumbo que tomará el país durante las siguientes decenas de años.

Kadaré refleja dos tipos bien diferentes de luchas, las militares, llevadas a cabo por los partisanos contra los alemanes en el paisaje urbano, con plazas donde permanecen varados carros blindados semiderruidos o batallas por tomar el control del edificio donde se ubica la emisora de radio, y la otra contienda, la política, la llevada contra el enemigo de clase, la que conduce a detenciones de albaneses por otros albaneses, la que comprende la incipiente purga de la clase poderosa, de los burgueses adinerados, por parte de las tropas populares.

Liberación y comunismo se dan la mano en una serie de escenas que reflejan cuáles serán las directrices que gobernarán la nueva Albania, la joven y nueva Albania: represalias, terror, juicios sumarísimos, sadismo, revanchas, venganzas y arbitrariedades. El texto, conformado por el aliento de un gran número de personajes, compone la ya clásica forma de narración coral que Kadaré ha utilizado en El gran invierno, por ejemplo, como una manera de aproximarse a las vidas cotidianas (aunque en este caso sean vidas cotidianas enmarcadas en el estado excepcional de una guerra y de una liberación y del advenimiento del comunismo), las vidas comunes de quienes compondrán el cuerpo de la Albania del régimen.

Por estas páginas desfilan hombres y mujeres comunes, no hay héroes de grandes gestas bélicas, tan sólo voces que componen una sola voz modulada en dos tonos: los represaliados y los represaliadores, los vencedores que a la par son vencidos, y viceversa, en un ejercicio desquiciado y absurdo de encadenamiento político donde las fuerzas de seguridad del pueblo, encargadas de eso, de su seguridad, serán las que mayor inseguridad le provoquen; es una paradoja más que añadir a la colección de paradojas que se plantea en Noviembre de una capital, donde los libertadores son carceleros, la justicia peca de injusticia, el amanecer resulta un anochecer, la alborada de la nueva Albania será el crepúsculo de todo un país, y el sistema de libertades se tornará en un conjunto de arbitrariedades. De la utopía a la distopía.

La prosa de Kadaré recorre los descampados, los vericuetos de la Tirana en llamas, de la Tirana en ruinas, de la Tirana asediada y asfixiada por los combates en la que alborea un futuro de pesadilla. Son los vencedores quienes se arrogan la capacidad de juzgar bajo el prisma de las nuevas leyes, son los vencedores los que se permiten crear una nueva casta, la de los desclasados, son los vencedores en la batalla ideológica y política quienes establecen una nueva visión del mundo bajo el prisma del comunismo. Son los vencedores quienes se creen que liberan a los compatriotas de antiguos crímenes, pero se equivocan porque, parafraseando una letra de una canción de Paul Weller, la historia probará con el tiempo que las leyes de hoy serán los crímenes del mañana.

Y en el caso de Albania, eso no fue nunca más certero.

Aún siendo una notable novela de Kadaré se trata de eso, de notable. Notable en comparación con otros textos sobresalientes y con algunos pedazos de su producción tan magníficos que dejan a este texto un poquitín por debajo. Me da la sensación de que la novela no consigue ocupar un lugar destacado entre la obra del albanés.

jueves, 5 de septiembre de 2013

84, Charing Cross Road-Helene Hanff



LO ESTÉRIL DE LO IMPOSTADO

Realmente no, no es un buen libro este 84, Charing Cross Road. Es efectista, está coloreado de una capa de pedantería que no es sino un ejercicio de ego de una escritora mediocre y, lo que es peor –porque parece que han engañado algunos críticos con ello-, en ningún caso es un conmovedor ejercicio de amor a los libros, ni una reivindicación de la literatura, ni nada por el estilo. Es un descomunal monumento al ego llevado a cabo por una autora discretísima.

Argumentalmente insostenible, estructurado en una secuencia de cartas cruzadas entre la propia escritora desde Estados Unidos y una librería de Londres, la novela supuestamente desarrolla la peculiar relación en la distancia que va fraguando entre la compradora y el librero. Supuestamente, afirmo, porque el libro, estéril en emociones y en el retrato de los personajes (y mucho hace para ello el talante impostado de las cartas), presenta a una autora caricaturizada en su papel de pseudo intelectual encastillada, amante de la literatura clásica inglesa, contrapuesta a un Frank Doel, el librero, difuminado, apenas esbozado, tras las respuestas comerciales que van tornándose en líneas de forzada calidez.

Porque no, aquí no hay tal calidez humana, ni sensibilidad, ni esos elementos que nos intentan vender los editores y parte de la crítica. La novela es un texto menor, casi diminuto me atrevería a decir, aburrido por muchos momentos, que presenta una narración casi inexistente en las cartas cruzadas, y que se despacha con una extensa enunciación culturalista de autores y volúmenes, citas de obras y de títulos a mayor gloria de los conocimientos de su autora. En este sentido, 84, Charing Cross Road, puede terminar resultando irritante, sin entrar a valorar el peculiar sentido del humor de Hanff, la mayoría de las veces lindando con lo repelente.

Pero el libro cayó de pie, fue abrazado por la crítica y por los lectores, soberanos a la hora de decidir aquello que merece la pena. Realmente, esos lectores fueron engañados en la maniobra comercial, deseosos como estaban de que alguien escribiera un libro que hablara sobre libros, o sobre la lectura, sobre el coleccionismo y el mismo fetichismo que sentían ellos. La identificación forzada, esa que se pretende de la autora con los lectores, con los devoradores de obras, los que bucean a la búsqueda de volúmenes en las librerías de viejo, se quiebra, falla. Es imposible establecer ninguna conexión con un texto plano, que por decreto se ha decidido que es algo totalmente diferente a lo que realmente resulta: un ejercicio de la pedantería ridícula de la autora Helene Hanff.

Ese texto es un fiasco: el fiasco que representa un texto que se vende como un homenaje y una declaración incondicional de amor a los libros y que no es sino una acumulación de presuntas genialidades de su autora, aplastado por el peso del culturalismo, lastrado por la incapacidad narrativa y herido de muerte por el tono de desgana y descuido generales que lo atraviesa. Y ya, que sí, que lo sé, que es todo verdad, que realmente ocurrió, que las cartas son reales… Entonces, si eso es cierto, todavía empeoran mucho más las cosas.