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martes, 23 de agosto de 2011

El río del olvido -Julio Llamazares-.




LIRISMO COSTUMBRISTA

Podría decirse que El río del olvido es un libro de viajes en su concepción más clásica. En él, su autor realiza un viaje a pie por lugares de la geografía leonesa, siguiendo el curso del río Curueño, en lo que también es un viaje en el tiempo: a medida que camina hacia delante, físicamente, deshace la existencia psicológicamente, acercándose a los lugares en los que ha vivido la infancia.
De esta manera, el libro tiene mucho del Años y leguas de Gabriel Miró, incluso en el intento de realizar una prosa con descripciones líricas y descripciones en mayor o en menor medida poéticas. Sin embargo, lejos de ser un Gabriel y Galán o el ya mencionado Miró, Llamazares entronca directamente con el Camilo José Cela viajero. El libro se encuentra muy cerca, no del celebérrimo Viaje a la Alcarria, sino de otros dos: Primer viaje andaluz y Del Miño al Bidasoa. Curiosamente, el Río del Olvido guarda cierta similitud con este último, obra maestra en la literatura de viajes de Cela, en donde también se siguen los cursos de un río. Ciertos giros, el estilo de la prosa, los vericuetos de la memoria…
Llamazares describe con detenimiento y mimo, hasta el detalle, los pueblos y los lugares por donde transita. Es una literatura pedestre, con todo lo bueno de la palabra, con gusto por el adoquinado, por el polvo del camino. En ese sentido es un libro de viajes enormemente útil para el lector que podría muy bien adentrarse en el mismo tipo de viaje porque en él se da noticia de los lugares ideales en los que parar, se informa de las fondas, pensiones, bares donde poder recuperar fuerzas, se atiende hasta a la última sombra del recodo.
Salvo la ciudad de León en lontananza, desperezada de madrugada al inicio del libro, es un relato de pueblos, de aldeas, de lugares pequeños, algo recónditos a veces, un auténtico viaje de descubrimiento y recuerdo a las interioridades del viajero y a las entrañas de ese paisaje que permanece en la memoria. Existe algo desolador en todo ello, cierta amargura de irrecuperable tránsito, una conciencia del tiempo extraviado y una nostalgia de la infancia. Pero, por otro lado, fiel a la literatura de viajes, se puede trazar una línea sobre el mapa para seguir con pulcritud el itinerario. Tal vez se eche de menos eso, mapas de orientación, al menos en la edición de bolsillo que he manejado. Unos pocos mapas y algunas fotos complementarían muy bien el texto.
Llamazares desayuna, come, cena en las tascas, se pringa con el polvo de los caminos, se asusta de los perros, es importunado por las gallinas, recoge testimonios pintorescos de los lugareños, historias a veces casi increíbles, y construye un collage de viaje conformado por varios prismas: el paisaje real, el imaginario que lleva en su cabeza y los testimonios de los habitantes de los pueblos. Con todo ello, junto a una prosa cuidada y en ocasiones lírica, escribe este Río del olvido que, una vez leído, estará más presente que nunca, más recordado y fresco en la memoria.

Texto con un carácter epigónico de Cela, que dejó el listón muy elevado en cuanto a libros de viajes se refiere. Nosé, quizás sea incapaz de juzgar mejor a quien perpetró semejante espanto como El cielo de Madrid, por muy bueno que sea, o que sean, el resto de sus libros.

lunes, 22 de agosto de 2011

La vuelta al mundo en 81 días -Manuel Leguineche-.



EMPACHO DE EGO

En clave de reportaje periodístico (no en vano Leguineche fue un periodista de amplio recorrido), el autor intenta darnos noticia de cómo pretende dar la vuelta al mundo al estilo de Verne, no ya en 80 días, sino en menor tiempo; disparate propio de alguien suficientemente pagado de sí mismo e intoxicado de ego hasta el punto de sentirse capacitado para vencer a los usos horarios, cuando no con su ingenio, con la ayuda de sus notorios e influyentes, importantes y famosillos amigotes. Para ello, en el colmo del delirio, se sitúa en el mismo lugar en que el personaje de la novela inicia la aventura, en Londres y, desde allí, inicia el recorrido.

Leguineche, con su visión periodística, va dando una información sesgada y partidista, con interpretaciones, a veces, demasiado peregrinas de acontecimientos y situaciones políticas internacionales, de las que él se considera un finísimo analista, pasando por lo que a su juicio un buen viajero debería llevar en el botiquín y llegando hasta las formas en cómo afrontar los problemas aduaneros y burocráticos; aunque me temo que, nosotros, no seremos viajeros con tanta suerte, que no podremos hacer llamadas a amigos en cargos importantes de embajadas o a ex ministros, para que nos echen una mano.

Aunque sometido a otros problemas más excitantes y aventureros, la verdad es que Phileas Fogg jamás habría podido ganar su apuesta en nuestros días. La conclusión a la que llega Leguineche es clara: el mundo actual es un mundo con numerosas fronteras, algunas de ellas, las que se aproximan a países integristas y musulmanes, recelosos en exceso, imposibles de atravesar. Cuando Verne creó su ficción, dar la vuelta al globo era una tarea que se podía llevar a cabo casi sin pasaporte. Así que, ante la evidente facilidad actual que existe a la hora de tomar un medio de transporte, hay que oponer la dificultad de hacerse con un sello de entrada, un visado, para determinados lugares. El mundo sin fronteras del siglo XX y XXI es más que nunca el siglo de las fronteras.

Leguineche se enzarza en una lucha contra la administración, a la que dedica una buena parte de sus páginas, con un relato no siempre bien aclarado y resuelto, y que al final termina cansando, cuando no aburriendo: sinceramente, no me resulta atractivo descubrir lo importante que era Leguineche y los conocidos en las alturas, en las esferas diplomáticas y en el mundo de la comunicación, que al parecer contaba por manojos. Esa lucha administrativa parece ser que es la que le hace perder la apuesta, aunque alcanzada esa parte del libro, al lector ya todo le da igual, salvo unas pequeñas náuseas que ha empezado a sentir mientras leía estos interesantes pasajes. Estas partes dedicadas a los trajines burocráticos apenas disimulan, burdamente, muy burdamente, un auto bombo que resulta más que molesto.

Además, Leguineche, en sus descripciones del viaje a bordo de un carguero o durante su travesía en bus a lo largo de Estados Unidos, acusa cierto maniqueísmo, y sufre el mal endémico del retrato estereotipado, trufado del lugar común, muy a lo periodístico. Esto, es particularmente notorio en sus descripciones de los países islámicos y de los Estados Unidos, lo que lleva a preguntarse qué parte del libro no ha sido escrita en un despacho en lugar de sobre el terreno. En ningún caso, Leguineche puede sacudirse el cliché de la crónica periodística.

Al igual que Twain y Lodge, también decide utilizar un humor paródico, a veces hasta esperpéntico, pero otras veces escoge una especie de visión solidaria artificial que acaba en el tremendismo. En este ir y venir, en esa vorágine del viaje porque sí, las reflexiones románticas sobre el viajero y su destino parecen fuera de sitio, salpicadas con batallitas del autor que aprovecha cualquier instante para demostrarnos su ubicuidad como espectador en directo de la reciente historia del siglo XX. Leguineche no es un viajero, es un negociante que pretende engañarnos. No es el suyo un libro de viajes, es un compendio de anécdotas logradas gracias a un caprichito (emular a Fogg), y redactado a mayor gloria suya.

La conclusión que se saca tras leer el libro es que, hoy en día, Phileas Fogg haría negocio en una agencia de viajes de Low Cost y se dejaría de absurdos desafíos. Y que Leguineche debió decidirse entre viajar o escribir: mejor lo primero, seguro.

Pésimo, pésimo, pésimo: por exasperante, porque uno acaba hasta las narices de este personaje, que es un auténtico plomo resabiado con mucho mundo, pero que ha extraviado la sensibilidad para narrar en algún sórdido despacho. Le dedico estos versos de Bukowski, como un buen corolario a lo que me ha resultado la lectura de este librillo: “Las bibliotecas del mundo se han dormido de aburrimiento con los de tu calaña”.

jueves, 18 de agosto de 2011

El mundo es un pañuelo -David Lodge-.



EMPACHO

El mundo es un pañuelo no es un libro de viajes al uso. En realidad ni tan siquiera es un libro de viajes: es una novela con el trasfondo de los viajes y de ese término tan del siglo XXI, la globalización. En ningún caso se nos proporciona información sobre los lugares que aparecen en la novela (excepto la meramente ficcional), se apunta una leve visión del otro diluida por la trama, resultando un producto final que se aleja completamente del género de libro de viajes y que como novela resulta, la mayoría de las veces, fallida, cuando no frustrante para el lector.

Lodge intenta sustentar su discurso en una especie de novela de la posmodernidad si atendemos a algunos de los materiales empleados: humor, ironía al estilo de la de Mark Twain, discursos y escenas fragmentadas, un lenguaje a veces retorcido, todo salpicado de elementos urbanos, de aeropuertos, de casas-colmena deshumanizadas, inmerso en un ritmo frenético que construye un artificio apenas digerible.

Además, a ello añade la crítica al mundo universitario, mastica y regurgita sus propias interpretaciones de las principales teorías literarias (la deconstrucción de Derridá, el formalismo ruso), muchas veces sin venir al caso, lo que conduce la trama por vericuetos y ramificaciones aburridas que despistan al lector. Es imposible referirse a esta novela como un libro de viajes: es una narración en clave, en clave porque debajo de toda ella se encuentra el Perceval, la búsqueda del Santo Grial, deformado por un juego de espejos bufos que el autor maneja.

Muchas veces parece que a Lodge no le interese nada más que acumular personajes, todos los nombres contienen un guiño intelectualoide, aplastadas las situaciones y los cuadros narrativos por un culturalismo que traba la narración, que la convierte en un ejercicio de fuegos artificiales en donde parece quererse demostrar la inmensa sabiduría y conocimientos del autor. Porque la erudición no parece un buen material para cimentar una novela, al menos no por ella misma.

Lodge no se ha parado a pensar, como narrador, si todo esto puede resultarle interesante al lector. La trama, intrincada, estúpida en algunos casos, sostenida por personajes no ya increíbles, sino del todo irritantes por su falsedad, acaba resolviéndose con cuatro golpes de cansancio ya más que intuidos desde lejos (las coincidencias de la serendipia, el juego de las hermanas gemelas, la hija que se acaba encontrando con un padre presuntamente inesperado) que sumen al libro en un transito tibio, muchas veces aburrido y del que nos queda la sensación de que le sobra, a su coro, más de una decena larga de personajes y más de un par de centenares de páginas.

A lomos de la presunta posmodernidad, de la critica a un sector -el literario y el científico y universitario- y a caballo del doble juego presuntamente genial, Lodge escribe un pastiche fallido en el que, además, demuestra tener muy poco respeto por sus lectores, olvidándose por tanto de una de las teorías que, por cierto, también critica en su vorágine literaria: la de la recepción. Lectores que, las más de las veces, cerrarán el libro, cuando no irritados, si cansados y antes de alcanzar su final. La tesis de Lodge de que el mundo es un pañuelo alcanza más allá: para él, el mundo entero es un escenario, como el grupo de rock canadiense Rush afirma en uno de sus discos, All the World´s Stage. Sí, todo el mundo es un escenario, pero en la novela de Lodge, en su mundo, un escenario de tercera.

Pedante y empachado de sí mismo, ahíto de humoradas británicas que son eso, presuntas humoradas que no tienen maldita la gracia. Texto presuntamente cosmopolita que rezuma de localismo en sus críticas, muy interesantes para los que las puedan descifrar. Una puesta en falso del mito del Grial, pesado, aburrido, repetitivo, que crea una enorme galería de personajes todos tan planos y, lo peor, predecibles: y todo ello adornado con una ceguera y una autosuficiencia que hacen del libro una de las novelas más insoportables que he leído en el último año.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Guía para viajeros inocentes -Mark Twain-.




IRRITANTE HUMORADA

Inocencia es un curioso concepto para adornar el título de este libro de viajes. Precisamente de eso, de inocencia, es de lo que adolece su autor, Mark Twain, permanente anclado en la crítica mordaz, en el detalle sarcástico, en la visión paródica, con una mirada que puede ser calificada de muchas formas, pero en absoluto, de inocente.
Como libro de viajes, construido a partir de notas tomadas en el sitio y reelaboradas posteriormente, proporciona una cumplida información al lector de los lugares que se visitan, aunque pasadas por el tamiz del exacerbado espíritu crítico de su autor. De esa manera, se pone en pie toda una retórica desmitificadora del viaje en donde la mayoría de los lugares visitados no brillan por lo que son, o por lo que en el imaginario colectivo deberían ser, sino por lo que dejan de ser. Asistimos a demoledoras perspectivas de París, de Venecia, de Grecia, pero donde este high burlesque se ensaña, se muestra más enconado, es en los relatos que interesan al recorrido por Tierra Santa. El discurso, la mayoría de las veces en primera persona, ayuda a aproximar el proceso destructivo de los tópicos, uno por uno: desde los perros de Estambul hasta la Vía Dolorosa, pasando por el Puente de los Suspiros o el Partenón. Todo es machacado, triturado, reducido a unas cenizas críticas por un Mark Twain puntilloso, metódico y hasta maniático en su tarea destructora de lugares comunes mediante procelosas ékfrasis.
Twain no es un viajero cómodo, que se conforme con cualquier cosa, y desea hacer uso de su derecho a la réplica, a no contentarse, como un borrego más, ante lo que está viendo. Twain se revela, y por ello, es en Tierra Santa en donde debe afrontar los mayores y más disparatados tópicos. ¿Cuántos clavos de Cristo, pedazos de la verdadera Cruz, reliquias incorruptas, debe aceptar como auténticas antes de colmarse su paciencia? Arremete contra la inocencia del viajero, que todo lo interpreta desde su mercantilismo, desde su espíritu recolector de souvenirs, contra los guías aprovechados, contra los países que alimentan sus propios tópicos como una forma de retroalimentar su historia y su turismo…
El problema radica en que ese tono paródico, muchas veces insertado en una especie de relatos periodísticos, se acaba haciendo cansado. El libro, como libro de viajes, cumple a la perfección con lo que se puede esperar del mismo: una visión del otro continua (pero desmesurada e intolerante), una comparación de lo extranjero con lo propio (algo chauvinista y patriotera) y unas veleidades de crítica literaria sobre otros libros de viajes y otros viajeros que, la verdad, se atojan a veces tan excesivas como inoportunas.
Twain critica desde el humor y la ácida parodia el viaje turístico organizado como artefacto mercantil del que todos (viajeros y visitados) obtienen beneficio (recuerdos o propinas). Sin embargo, elegir semejante tono para un trayecto tan largo, de más de 600 páginas, a veces cansa y otras, cuando el autor hace gala de una brillantez algo impostada, acaba hartando.

La verdad, he terminado hasta las narices de gracietas, de dobles sentidos, de jueguecitos de palabras, de dardos envenenados, de espíritu crítico y sorna hasta la náusea. Cansino y, a ratos, lo peor que le puede suceder a Twain: aburrido.