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lunes, 12 de marzo de 2018

La mirada que respira-Victor M. Pérez Benítez



*Esta crítica apareció en la web de Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/3/5/la-mirada-que-respira-de-victor-m-perez-benitez/

Título: La mirada que respira
Autor: Victor M. Pérez Benítez
Editorial: Libros ENCASA
Número de páginas: 129
Año: 2017

La mirada que respira versos y recuerdos

El pasado 23 de febrero el poeta Victor M. Pérez Benítez presentó en Motril, su localidad natal, el libro de memorias La mirada que respira. Digo bien, poeta ante todo, porque Victor M. Pérez Benítez acumula una dilatada carrera poética, que ahora acaba de apuntalar con este libro de recuerdos de infancia, escrito con un delicado pulso lírico y mucho saber hacer porque, al final, la literatura se trata de eso: de saber hacer.
La mirada que respira es la de un hombre cercano a los sesenta años que nos cuenta su infancia. Visto así podría parecernos un libro de memorias más, pero Victor hace trampa. Porque juega con ventaja, con la ventaja privilegiada de su prodigiosa percepción lírica. Es decir, que es capaz de contemplarlo todo filtrado con un tamiz poético. Es un tahúr de la escritura, porque de esa forma consigue acercarnos aquella época del primer televisor en color, del Tour de Francia ganado por Ocaña en el año 73, del primer automóvil de su padre, de las andanzas escolares…, todo ello, retratado con los ojos y la pluma de un hombre que se siente poeta.
De esta forma, el libro destila una prosa pausada y contenida que en algunos momentos me ha recordado al Gabriel Miró de Años y leguas, y he visto en la figura infantil de Víctor un trasunto de ese Sigüenza mironiano, tal vez por la intensidad de su percepción de la realidad, tan cargada de matices que parece dibujada en cuadros repletos de sol y luz.
Así es, La mirada que respira no deja de ser un libro de recuerdos, de las vivencias normales de un chaval andaluz, pero es esa luminosidad poética la que lo convierte en algo diferente. Son recuerdos, y cuando se recuerda inevitablemente se ficcionaliza. Al separar lo que deseamos narrar de lo que no, estamos realizando literatura, porque tan sólo decidimos mostrar una parte de aquello que nos sucedió: la que necesitamos contar.
De esta forma, y desde aquella falsa autobiografía del Lazarillo de Tormes que todos tomaron, durante siglos, como cierta, los libros de memorias se han movido a horcajadas sobre la fina línea que separa la verdad de la ficción. Por eso, a Dante le preguntaban cómo había sido su descenso a los Infiernos cuando se lo encontraban reposando en la vereda de un camino, lamentando su exilio. Por culpa de estos autores, y de muchos otros, debemos acercarnos a la autobiografía con cierta precaución. Yo, desde luego, la llamo ficción autobiográfica. Y así quiero calificar a este trabajo tan especial.
Indudablemente, Victor M. Pérez Benítez ha vertido en las páginas la verdad, o al menos lo que él entiende como su verdad. Una verdad literaria brillante, casi cegadora, pero adornada con quilates de poesía. No puede ser mejor, para un autor, que escribir una obra en donde se alberga una verdad literaria. Un trabajo literario será de calidad en tanto que mantenga en su seno una verdad literaria, oxímoron delicioso, puesto que la literatura, como dijo Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras. Pero en aquello que Víctor miente…, miente muy bien.
La primera falacia amable es presentarnos un texto en forma de narrativa que está más cerca de la prosa poética, de la propia poesía en sí, que de cualquier otro género. A Víctor los recuerdos se le vuelven dulces y sabrosos, repletos de sol, entre aromas de cañaverales y periódicos viejos, manchados con la tinta del pasado. Simplemente, su visión poética de rayos x se le apodera, de una forma tiránica y gozosa.
El libro es un receptáculo de recuerdos, pero además es un compendio de aquellos escritores que han marcado la personalidad del autor. Por encima de ellos aparece Benedetti, pero también cita a Rilke, a Faulkner o a Bukowski y su “pájaro azul”, porque Víctor sabe muy bien en dónde se ubica el espíritu de la escritura: en algún lugar entre el cerebro y el corazón.
Y nos sigue engañando, porque de repente brotan versos, los versos de algunos poemas suyos que intercala para ilustrar la narración como si nos mostrara unos cromos impresos en la tricromía arcoíris del poeta. Estamos ante un narrador simbólico que la mayoría de las cosas que nos cuenta sirven para remachar la tesis fundamental que se desprende del libro: la vida es avanzar. Todo es camino, empinado y esforzado, para poder ganar una posición de calma desde donde poder otear, de un vistazo, y contemplar satisfecho lo que se ha sido, también lo que se es, y es muy probable que, incluso, lo que se llegará a ser.
Desde ese lugar, en las alturas, Víctor se convierte en un Caspar David Friedich poético. Un escritor que, al igual que se muestra en el cuadro del pintor alemán El caminante sobre el mar de nubes, despliega su mirada que respira y es capaz de disolver las brumas del pasado y alcanzar más allá de las inseguridades que nos traen las nieblas de la memoria.
Hay toda una teoría del esfuerzo y de la escalada aplicada al devenir vital, desde los escalones de la subida a casa, pasando por las cumbres del Tourmalet, las partidas de ajedrez o el examen de selectividad. Son todas ellas las etapas de un mismo anhelo: vivir con esfuerzo para poder aprovechar esas pequeñas treguas benedettianas, que el autor entiende como los momentos en los que se sienta a escribir. Porque escribir es recordar.
Victor M. Pérez Benítez nos trae un tratado de la vida con ojos poéticos, un libro de instrucciones plagado de reflexiones y con algunas certezas que muy bien podrían resumir el espíritu de este texto, de La mirada que respira poesía. Pero no es un intento de comprender el pasado, porque tal y como asegura “conforme transcurre la vida, se dejan de entender unas cosas y se empiezan a comprender aquellas que no se entendían”. Una buena advertencia para todos aquellos que hemos entrado en la cincuentena con un puñado de verdades y un saco repleto de interrogantes.
Escribir es un acto de coraje y valentía, nos dice, y con ese arrojo se ha enfrentado el poeta a su pasado, lo ha pulido hasta convertirlo en algo cargado de ciertos componentes de realismo mágico a la granadina, de ribetes azorinianos y con unamuniana carga filosófica. Esto se puede resumir en una de las poesías del autor que aparece en el texto y que nos habla de los gusanos de seda. Esos gusanos de seda son la infancia, pero también significan el paso del tiempo en las hojas de morera que roen, y cuando eclosionan, se nos presenta otra metáfora más del paso de esta vida consistente en cumplir estaciones hasta alcanzar la edad adulta.
Los que no somos privilegiados como Víctor, extraviamos la mirada infantil al llegar a ese momento. Él se ampara en su poesía, en su forma de percibir a un niño correteando eternamente entre los cañaverales como un guardián entre el centeno, un eterno enfermo del complejo de Peter Panque ha elegido la escritura para mantener los ojos fijos en la infancia, aunque los párpados ya sean de adulto.
Así que todo radica en la vista, en esa mirada que respira. Respira versos. Y es capaz de hacer de una autobiografía un libro de poemas sin escribirlo en versos, y de la vida todo un poema de arquitectura solar y palabras envasadas en bolsistas de azucarillos que debemos añadir al café amargo de nuestras existencias. Sólo así ganaremos esta batalla que Victor M. Pérez Benítez ha doblegado con la recuperación de la memoria que siempre viaja colgada de sus versos.

sábado, 17 de junio de 2017

Paraíso imperfecto-Juan Laborda Barceló


Juan Laborda y su novela Paraíso imperfecto: el genoma de la violencia

*Esta reseña ha aparecido en Achtungmag,com: 
http://www.achtungmag.com/juan-laborda-novela-paraiso-imperfecto-genoma-la-violencia/

Es Paraíso imperfecto (editorial Alrevés), tercera novela de Juan Laborda Barceló, una narración coral que bebe de varias tradiciones literarias para mostrar la descomposición moral de la sociedad del momento. La corrupción, la venganza, el odio, los celos y la violencia, son algunos de los males que enferman al presunto Estado de bienestar. Ubicada en un posible pueblo de Levante, los comportamientos de la comunidad retratada en la novela hermanan el texto con novelistas realistas e, incluso, costumbristas, para llevar a cabo una terrible reflexión sobre las distopías. Y también sobre la utopía del buen gobierno.

En efecto, el texto de Juan Laborda presenta una novela que se alimenta de muchas y variadas fuentes. La acción podría ocurrir en cualquier pueblo de nuestra geografía, y el retrato colectivo que muestra las miserias que carcomen a la comunidad y, por extensión, al ser humano, es un recurso clásico en nuestra literatura. Así, en Paraíso imperfecto podemos hallar ecos de Los bravos, de Jesús Fernández Santos, también de El obispo leproso, de Gabriel Miró e, incluso —por aquello del costumbrismo realista y el protagonismo grupal— de algunas novelas de Galdós o de Cela. Si ampliamos el abanico de referencias con los que esta novela dialoga, también tiene unas gotas de Los Malavoglia, del italiano Giovanni Verga. Incluso la serie de televisión Twin Peaks, ese vodevil a la americana que al final no hace otra cosa que mostrar las vergüenzas de un pueblo en tono de esperpento, asoma por entre las costuras de esta novela.

Todos estos textos que he mencionado comparten las tribulaciones de sus habitantes, que viven inmersos en situaciones injustas o arbitrarias, generalmente derivadas del abuso del poder. La figura de un cacique, las circunstancias que presentan dilemas morales para sus protagonistas, y el intento de cambiar las cosas para alcanzar una sociedad más justa en la lucha por alejarse de las variadas formas mal —ya sean las malas artes de un alcalde borracho de poder o el asesino Bob lynchiano—, son denominador común en todas ellas y, por supuesto, en Paraíso imperfecto.

La violencia es el vehículo desencadenante del cambio de situación en la novela de Juan Laborda, como el crimen de Laura Palmer es el motor de la serie televisiva. Esa violencia puede ser física o sexual, pero en cualquier caso es la maquinaria que moverá a los protagonistas. No en vano, el texto arranca con un asesinato, y algunas muertes más ocurrirán a lo largo de sus páginas, con lo que el libro también entronca con las novelas de la literatura española de los años 70 y 80, donde el crimen servía para mostrar el comportamiento desorientado y asustado de los personajes. Son estas situaciones insoportables las que harán reaccionar, finalmente, a los protagonistas, movidos por una sensación de supervivencia que se impone a la necesidad de justicia. Y muchas veces, esa supervivencia se tornará en venganza.

Gracias e este planteamiento, muy bien buscado por el autor, el dibujo de los personajes aparece difuminado en lo relativo a su comportamiento. Las líneas que pueden concretarlos como buenos o malos no aparecen claras. Salvo el alcalde del pueblo, en su papel de villano, el resto de los personajes del coro se mueven incómodos en una indefinición que tratan de solucionar: a veces cometerán buenos actos, otras harán cosas moralmente reprobables. Será cuestión del lector, como un juez que mira por el ojo de una cerradura, dictaminar quienes se comportaron correctamente y quienes no, aunque la sensación final, tras la lectura, arroja un balance desolador: en esta confrontación literaria no hay ganadores. Pero sí un buen puñado de perdedores.

El autor quiere demostrarnos la tesis que plantea en el título de Paraíso imperfecto. La valoración de culpabilidad o de inocencia es relativa, y casi todos los actos pueden justificarse, en principio, por terribles que sean. Los personajes experimentan una evolución que los conduce de un extremo a otro, como le sucede al grupo de personas que desean revertir el mal gobierno del alcalde. Esta es la paradoja del Paraíso imperfecto, el intento de crear una sociedad más justa que, en su seno, continúa aquejada de los mismos males. Es la deriva de las buenas intenciones de este grupo, que una vez en el poder, y como mayor logro, pone en marcha un cine club, la que entronca con la temática de las distopías. Quizás sea porque en el mundo del cine todo parece perfecto, y el cine club representa eso, el estado ideal de las cosas gracias a un control que parece tan perfecto como irreal e imposible.

Bajo ese nuevo régimen, el pulso del pueblo sigue latiendo de la misma forma: la muerte, la violencia y el crimen, que iniciaban la novela durante la política del alcalde, aparecen también en el desenlace. Es el colapso de la utopía. Y esa quiebra del Estado ideal siempre ocurrirá, porque depende del espíritu humano que es voluble, caprichoso, ambicioso e infame. Aquí es donde quiere llegar Juan Laborda, después de un reguero de melancolía y de personajes amargos, firmando una novela descorazonadora en donde no cabe la posibilidad de redención si no es, acaso, mediante el sufrimiento.

La novela presenta un estudio casi entomológico, una cala en una comunidad durante un tiempo determinado. Y da la sensación de que, al término del libro, los mismos comportamientos de violencia e injusticias van a continuar produciéndose en el pueblecito levantino. Porque esas conductas están impresas en nuestro ADN. En ese ADN que, lamentablemente, nos hace humanos.





martes, 23 de agosto de 2011

El río del olvido -Julio Llamazares-.




LIRISMO COSTUMBRISTA

Podría decirse que El río del olvido es un libro de viajes en su concepción más clásica. En él, su autor realiza un viaje a pie por lugares de la geografía leonesa, siguiendo el curso del río Curueño, en lo que también es un viaje en el tiempo: a medida que camina hacia delante, físicamente, deshace la existencia psicológicamente, acercándose a los lugares en los que ha vivido la infancia.
De esta manera, el libro tiene mucho del Años y leguas de Gabriel Miró, incluso en el intento de realizar una prosa con descripciones líricas y descripciones en mayor o en menor medida poéticas. Sin embargo, lejos de ser un Gabriel y Galán o el ya mencionado Miró, Llamazares entronca directamente con el Camilo José Cela viajero. El libro se encuentra muy cerca, no del celebérrimo Viaje a la Alcarria, sino de otros dos: Primer viaje andaluz y Del Miño al Bidasoa. Curiosamente, el Río del Olvido guarda cierta similitud con este último, obra maestra en la literatura de viajes de Cela, en donde también se siguen los cursos de un río. Ciertos giros, el estilo de la prosa, los vericuetos de la memoria…
Llamazares describe con detenimiento y mimo, hasta el detalle, los pueblos y los lugares por donde transita. Es una literatura pedestre, con todo lo bueno de la palabra, con gusto por el adoquinado, por el polvo del camino. En ese sentido es un libro de viajes enormemente útil para el lector que podría muy bien adentrarse en el mismo tipo de viaje porque en él se da noticia de los lugares ideales en los que parar, se informa de las fondas, pensiones, bares donde poder recuperar fuerzas, se atiende hasta a la última sombra del recodo.
Salvo la ciudad de León en lontananza, desperezada de madrugada al inicio del libro, es un relato de pueblos, de aldeas, de lugares pequeños, algo recónditos a veces, un auténtico viaje de descubrimiento y recuerdo a las interioridades del viajero y a las entrañas de ese paisaje que permanece en la memoria. Existe algo desolador en todo ello, cierta amargura de irrecuperable tránsito, una conciencia del tiempo extraviado y una nostalgia de la infancia. Pero, por otro lado, fiel a la literatura de viajes, se puede trazar una línea sobre el mapa para seguir con pulcritud el itinerario. Tal vez se eche de menos eso, mapas de orientación, al menos en la edición de bolsillo que he manejado. Unos pocos mapas y algunas fotos complementarían muy bien el texto.
Llamazares desayuna, come, cena en las tascas, se pringa con el polvo de los caminos, se asusta de los perros, es importunado por las gallinas, recoge testimonios pintorescos de los lugareños, historias a veces casi increíbles, y construye un collage de viaje conformado por varios prismas: el paisaje real, el imaginario que lleva en su cabeza y los testimonios de los habitantes de los pueblos. Con todo ello, junto a una prosa cuidada y en ocasiones lírica, escribe este Río del olvido que, una vez leído, estará más presente que nunca, más recordado y fresco en la memoria.

Texto con un carácter epigónico de Cela, que dejó el listón muy elevado en cuanto a libros de viajes se refiere. Nosé, quizás sea incapaz de juzgar mejor a quien perpetró semejante espanto como El cielo de Madrid, por muy bueno que sea, o que sean, el resto de sus libros.