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sábado, 17 de junio de 2017

Paraíso imperfecto-Juan Laborda Barceló


Juan Laborda y su novela Paraíso imperfecto: el genoma de la violencia

*Esta reseña ha aparecido en Achtungmag,com: 
http://www.achtungmag.com/juan-laborda-novela-paraiso-imperfecto-genoma-la-violencia/

Es Paraíso imperfecto (editorial Alrevés), tercera novela de Juan Laborda Barceló, una narración coral que bebe de varias tradiciones literarias para mostrar la descomposición moral de la sociedad del momento. La corrupción, la venganza, el odio, los celos y la violencia, son algunos de los males que enferman al presunto Estado de bienestar. Ubicada en un posible pueblo de Levante, los comportamientos de la comunidad retratada en la novela hermanan el texto con novelistas realistas e, incluso, costumbristas, para llevar a cabo una terrible reflexión sobre las distopías. Y también sobre la utopía del buen gobierno.

En efecto, el texto de Juan Laborda presenta una novela que se alimenta de muchas y variadas fuentes. La acción podría ocurrir en cualquier pueblo de nuestra geografía, y el retrato colectivo que muestra las miserias que carcomen a la comunidad y, por extensión, al ser humano, es un recurso clásico en nuestra literatura. Así, en Paraíso imperfecto podemos hallar ecos de Los bravos, de Jesús Fernández Santos, también de El obispo leproso, de Gabriel Miró e, incluso —por aquello del costumbrismo realista y el protagonismo grupal— de algunas novelas de Galdós o de Cela. Si ampliamos el abanico de referencias con los que esta novela dialoga, también tiene unas gotas de Los Malavoglia, del italiano Giovanni Verga. Incluso la serie de televisión Twin Peaks, ese vodevil a la americana que al final no hace otra cosa que mostrar las vergüenzas de un pueblo en tono de esperpento, asoma por entre las costuras de esta novela.

Todos estos textos que he mencionado comparten las tribulaciones de sus habitantes, que viven inmersos en situaciones injustas o arbitrarias, generalmente derivadas del abuso del poder. La figura de un cacique, las circunstancias que presentan dilemas morales para sus protagonistas, y el intento de cambiar las cosas para alcanzar una sociedad más justa en la lucha por alejarse de las variadas formas mal —ya sean las malas artes de un alcalde borracho de poder o el asesino Bob lynchiano—, son denominador común en todas ellas y, por supuesto, en Paraíso imperfecto.

La violencia es el vehículo desencadenante del cambio de situación en la novela de Juan Laborda, como el crimen de Laura Palmer es el motor de la serie televisiva. Esa violencia puede ser física o sexual, pero en cualquier caso es la maquinaria que moverá a los protagonistas. No en vano, el texto arranca con un asesinato, y algunas muertes más ocurrirán a lo largo de sus páginas, con lo que el libro también entronca con las novelas de la literatura española de los años 70 y 80, donde el crimen servía para mostrar el comportamiento desorientado y asustado de los personajes. Son estas situaciones insoportables las que harán reaccionar, finalmente, a los protagonistas, movidos por una sensación de supervivencia que se impone a la necesidad de justicia. Y muchas veces, esa supervivencia se tornará en venganza.

Gracias e este planteamiento, muy bien buscado por el autor, el dibujo de los personajes aparece difuminado en lo relativo a su comportamiento. Las líneas que pueden concretarlos como buenos o malos no aparecen claras. Salvo el alcalde del pueblo, en su papel de villano, el resto de los personajes del coro se mueven incómodos en una indefinición que tratan de solucionar: a veces cometerán buenos actos, otras harán cosas moralmente reprobables. Será cuestión del lector, como un juez que mira por el ojo de una cerradura, dictaminar quienes se comportaron correctamente y quienes no, aunque la sensación final, tras la lectura, arroja un balance desolador: en esta confrontación literaria no hay ganadores. Pero sí un buen puñado de perdedores.

El autor quiere demostrarnos la tesis que plantea en el título de Paraíso imperfecto. La valoración de culpabilidad o de inocencia es relativa, y casi todos los actos pueden justificarse, en principio, por terribles que sean. Los personajes experimentan una evolución que los conduce de un extremo a otro, como le sucede al grupo de personas que desean revertir el mal gobierno del alcalde. Esta es la paradoja del Paraíso imperfecto, el intento de crear una sociedad más justa que, en su seno, continúa aquejada de los mismos males. Es la deriva de las buenas intenciones de este grupo, que una vez en el poder, y como mayor logro, pone en marcha un cine club, la que entronca con la temática de las distopías. Quizás sea porque en el mundo del cine todo parece perfecto, y el cine club representa eso, el estado ideal de las cosas gracias a un control que parece tan perfecto como irreal e imposible.

Bajo ese nuevo régimen, el pulso del pueblo sigue latiendo de la misma forma: la muerte, la violencia y el crimen, que iniciaban la novela durante la política del alcalde, aparecen también en el desenlace. Es el colapso de la utopía. Y esa quiebra del Estado ideal siempre ocurrirá, porque depende del espíritu humano que es voluble, caprichoso, ambicioso e infame. Aquí es donde quiere llegar Juan Laborda, después de un reguero de melancolía y de personajes amargos, firmando una novela descorazonadora en donde no cabe la posibilidad de redención si no es, acaso, mediante el sufrimiento.

La novela presenta un estudio casi entomológico, una cala en una comunidad durante un tiempo determinado. Y da la sensación de que, al término del libro, los mismos comportamientos de violencia e injusticias van a continuar produciéndose en el pueblecito levantino. Porque esas conductas están impresas en nuestro ADN. En ese ADN que, lamentablemente, nos hace humanos.





miércoles, 24 de agosto de 2011

Mazurca para dos muertos -Camilo José Cela-.





POLIFONÍA

Si he llegado a una conclusión tras mi curso en El Escorial, Lecturas de Delibes, es que ser lector de Delibes es poco menos que un apostolado y, a veces, tiene un punto de fanatismo literario. Merecen una reflexión un par de aspectos del curso que van unidos: por un lado la cata o corte del perfil del público asistente y, por otro, la polarización amor-Delibes/odio-Cela.
Entre el público asistente, un gran número de profesores de secundaria, enamorados hasta el tuétano de Miguel Delibes, curiosamente muchos de ellos profesores de secundaria en colegios de provincias, cercanos a la cincuentena y, muchas personas, digamos, algo maduras… Como si la literatura de Miguel Delibes calara con mayor profundidad en el prototipo de lector: maestro de escuela veterano, nada urbanita, que se ha visto y se ve reflejado en la prosa típica de El camino o Las ratas, por ejemplo. Gente sin complicaciones literarias, que gusta de la calidez y la cercanía de un texto (además de que casi todos, en uno u otro momento, declararon haber visto pasear a Delibes por el Campo Grande). Y este es un punto clave para hilvanarlo con la inquina que se respiraba en contra de Camilo José Cela (y siempre hablo desde la perspectiva del público, que no de los ponentes ni de los directores del curso, aunque algún ponente sí que lanzó su puyita contra el de Padrón). Porque resulta que la prosa de Cela no es nada cálida, es más bien fría, para qué vamos a engañarnos, desagradable, y esa aspereza se asimila a su carácter altanero y soberbio tras obtener el Nobel, premio que los fundamentalistas delibescos, y yo mismo también, creemos que estaba en la pluma del vallisoletano, pero, ¡ojo!, no sólo en la suya.
Si ponemos en paralelo ambas trayectorias literarias nos encontramos con algunos datos interesantes. Vaya por delante que he sido tan fanático de Cela como de Delibes, que he leído casi por completo la producción literaria de ambos y que yo también retiré discretamente mi apoyo y seguimiento a Cela tras su mal ganar aquel Nobel porque, después de los primeros momentos de alegría, muy pronto me di cuenta que le hacia un flaco favor, empezó a destruir al autor, devorado por sí mismo, por el histrión que se fabricó. Y por supuesto, lo poco que escribió después fue deleznable.
Por partes: ambos autores presentan una colección de obras maestras incuestionable. El Pascual Duarte, La colmena, la Mazurca para dos muertos (sobre la que volveré brevemente más adelante), Cristo versus Arizona, El viaje a la Alcarria, El primer viaje andaluz y Del Miño al Bidasoa, en el caso de Cela; Las ratas, Las guerras de nuestros antepasados, Madera de héroe, El camino, Diario de un emigrante y Diario de un cazador. Ambos autores pasarán al canon con, al menos, una obra. En el caso de Cela será la Mazurca y aunque en Delibes eso sea más discutible y no resulte tan claro, aunque para mí su legado se encuentre en Madera de héroe, puede que lo haga con El camino, por ejemplo, o con el Diario de un cazador –aunque la gran obra de la trilogía de los Diarios de Lorenzo sea el Diario de un emigrante-.
Obviamente, ambos escritores poseen fiascos completos como por otra parte es lógico en producciones que abarcan tantísimos años, décadas. Así como la primera novela de Cela, el Pascual, ya es una obra maestra, no está tan tocado por los hados Delibes, y patina con sus dos primeros intentos: La sombra del ciprés es alargada (terrible) y Aún es de día (simplemente fallida). En eso, Cela no le va a la zaga, porque se marca un pastiche pedante y de un barroquismo insoportable (en una coctelera mezcla lo peor del Tiempo perdido de Proust y lo más pernicioso de La montaña mágica de Mann) en sus dos siguientes obras: Pabellón de reposo y en Mrs. Caldwell habla con su hijo y, visto el resultado, creo que Mrs. Caldwell mejor podría haberse callado o, al menos, hablar más bajito. Luego, hay volúmenes verdaderamente deleznables en ambos autores: ese ejercicio delirante y por encargo que es La catira en Cela (sin olvidar el Oficio de Tinieblas 5 y el San Camilo) o en Delibes el Diario de un jubilado (con Sazatornil hemos topado). Y los finales de sus trayectorias literarias: el ridículo de Cela con su autoplagio en Madera de boj y con la verdadera acusación de plagio, lo que es infinitamente peor, en La cruz de San Andrés. Y en Delibes, quienes ya hayan leído mi blog lo saben, y si no pueden consultar más abajo, ese desastre completo que es El hereje.
Por último, en este paralelismo, cabe señalar a ambos como enormes cuentistas, hacedores de relatos magníficos, maestros del género, pero también pesadísimos en sus tics: uno con su cruzada por el vocabulario soez, el tremendismo localista y el histrionismo; el otro, denso y recurrente hasta la náusea con la caza y la pesca. Luces y sombras en ambos que no justifican, en absoluto, un odio o un amor acérrimo por ninguno de ellos, o al menos me dificultan mucho entender la polaridad amor-odio en contra de Cela y a favor de Delibes que pude, no ya palpar, sino incluso saborear en cada comida posterior a las ponencias. Como si el lector de Delibes, por aquello de cierto estigma de perdedor y de resultar menos mediático, fuera un degustador de otro tipo de literatura, y que Cela fuera, fundamentalmente, para borricos, independientemente de que esta legión de profesores de secundaria delibesianos tenga que enseñar, supongo que a regañadientes, algún libro del gallego en el programa de la ESO, como me consta.
Por eso, voy a dedicar unas líneas a una obra maestra absoluta de Cela, a quien, con el amargor de su indigesto y tóxico show de los últimos años, había perdido cariño y no defendí como debería en algún momento: Mazurca para dos muertos. Esta novela tiene un primer germen en la escasamente brillante San Camilo 1936, que sería una especie de búsqueda o ensayo general de la voz reiterativa que encuentra Cela en la Mazurca y que prolonga con maestría en otro de sus grandes trabajos: el Cristo versus Arizona. Esa originalidad, y ese registro pleno y colorista, de una verborrea léxica deslumbrante en la Mazurca, agoniza ya lamentablemente en Madera de boj. Ese es el recorrido que hace su voz, desde un primer inicio titubeante y flojo en San Camilo hasta su fin en Madera de boj, pero que deja una innovación estilística, un estilo propio e inigualable en la Mazurca y el Cristo.
Si decían los entendidos en literatura y música, o en musicología, y lo siguen diciendo, que en algunas obras de Carpentier –El siglo de las luces, Concierto barroco y La consagración de la Primavera- se pueden escuchar cuartetos de cuerda de fondo, o que en las sombras de Thomas Bernhard se esconde una construcción paralela o similar a la fuga y emplea técnicas sinfónicas de repetición al estilo del leitmotiv, se puede asegurar que, en la Mazurca, el ritmo de las frases, sus cadencias, desde el principio, parecen ajustarse a ese tipo de pieza musical, obviamente: una dimensión que lleva un poco más allá, todavía, la novela de Cela, inmersa toda ella en una polifonía de matices y cromatismo que más se asemeja a una composición musical que a una literaria. Es una de las aportaciones más notorias de Cela, que lo ubican, o ubicarán, en la historia literaria como un autor monumental.

Novela con aires de mazurca chopiniana, con un ritmo peculiar de saudade que ya aparece desde las primeras líneas. Una novela que entra por el oído, como si fuera fabricada de retales de una tradición oral riquísima y toda una aventura para el lector será sumergirse en sus aguas densas y mareantes de borrasca u orballo, independientemente de las mamarrachadas del autor, de que fuera mejor o peor persona (¿debe anularse la obra meritoria de un autor por ser mala persona?; aún no he dado con esa respuesta).


martes, 23 de agosto de 2011

El río del olvido -Julio Llamazares-.




LIRISMO COSTUMBRISTA

Podría decirse que El río del olvido es un libro de viajes en su concepción más clásica. En él, su autor realiza un viaje a pie por lugares de la geografía leonesa, siguiendo el curso del río Curueño, en lo que también es un viaje en el tiempo: a medida que camina hacia delante, físicamente, deshace la existencia psicológicamente, acercándose a los lugares en los que ha vivido la infancia.
De esta manera, el libro tiene mucho del Años y leguas de Gabriel Miró, incluso en el intento de realizar una prosa con descripciones líricas y descripciones en mayor o en menor medida poéticas. Sin embargo, lejos de ser un Gabriel y Galán o el ya mencionado Miró, Llamazares entronca directamente con el Camilo José Cela viajero. El libro se encuentra muy cerca, no del celebérrimo Viaje a la Alcarria, sino de otros dos: Primer viaje andaluz y Del Miño al Bidasoa. Curiosamente, el Río del Olvido guarda cierta similitud con este último, obra maestra en la literatura de viajes de Cela, en donde también se siguen los cursos de un río. Ciertos giros, el estilo de la prosa, los vericuetos de la memoria…
Llamazares describe con detenimiento y mimo, hasta el detalle, los pueblos y los lugares por donde transita. Es una literatura pedestre, con todo lo bueno de la palabra, con gusto por el adoquinado, por el polvo del camino. En ese sentido es un libro de viajes enormemente útil para el lector que podría muy bien adentrarse en el mismo tipo de viaje porque en él se da noticia de los lugares ideales en los que parar, se informa de las fondas, pensiones, bares donde poder recuperar fuerzas, se atiende hasta a la última sombra del recodo.
Salvo la ciudad de León en lontananza, desperezada de madrugada al inicio del libro, es un relato de pueblos, de aldeas, de lugares pequeños, algo recónditos a veces, un auténtico viaje de descubrimiento y recuerdo a las interioridades del viajero y a las entrañas de ese paisaje que permanece en la memoria. Existe algo desolador en todo ello, cierta amargura de irrecuperable tránsito, una conciencia del tiempo extraviado y una nostalgia de la infancia. Pero, por otro lado, fiel a la literatura de viajes, se puede trazar una línea sobre el mapa para seguir con pulcritud el itinerario. Tal vez se eche de menos eso, mapas de orientación, al menos en la edición de bolsillo que he manejado. Unos pocos mapas y algunas fotos complementarían muy bien el texto.
Llamazares desayuna, come, cena en las tascas, se pringa con el polvo de los caminos, se asusta de los perros, es importunado por las gallinas, recoge testimonios pintorescos de los lugareños, historias a veces casi increíbles, y construye un collage de viaje conformado por varios prismas: el paisaje real, el imaginario que lleva en su cabeza y los testimonios de los habitantes de los pueblos. Con todo ello, junto a una prosa cuidada y en ocasiones lírica, escribe este Río del olvido que, una vez leído, estará más presente que nunca, más recordado y fresco en la memoria.

Texto con un carácter epigónico de Cela, que dejó el listón muy elevado en cuanto a libros de viajes se refiere. Nosé, quizás sea incapaz de juzgar mejor a quien perpetró semejante espanto como El cielo de Madrid, por muy bueno que sea, o que sean, el resto de sus libros.