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sábado, 4 de agosto de 2012

El General del Ejército muerto-Ismaíl Kadaré



EL ALFA DEL CRONOTOPO KADARIANO


Acabo de leer otra vez El General del Ejército muerto, del escritor albanés Ismaíl Kadaré, y la relectura ha sido enormemente satisfactoria. En esta su primera novela –de 1963- ya se pueden encontrar todos y cada uno de los elementos que el autor mezclará, de forma magnífica, en el resto de sus obras. Es un compendio de, al menos, tres elementos definitorios de su novelística: el tiempo atmosférico kadariano, el cronotopo kadariano y los personajes alucinados.

En primer lugar, sorprende lo excepcional de la ambientalidad en la que se enmarcan los sucesos: el clima que nos presenta Kadaré es el clima de una Albania fría, lluviosa, desapacible, nubosa, un tiempo borrascoso. Muchas veces, después, a lo largo de diferentes declaraciones y reflexiones sobre su obra, preguntado acerca de este motivo de presentar un clima helado y hostil en un país de climatología mediterránea, el autor ha manifestado que eso corresponde a una toma de posición: el clima de sus novelas es un tiempo de resistencia, por así llamarlo, que viene a demostrar que en Albania las cosas son desapacibles, plomizas y desagradables, que la gente vive sumida en ese ambiente a través de una climatología que presenta a modo de denuncia. En el resto de sus novelas, Albania aparecerá muchas más veces gélida y ventosa, nevada y turbulenta, asimilándose en este caso una peculiar falacia antropomórfica en donde no es el estado interior del personaje el que se refleja en la naturaleza, sino el ánimo completo de un país, su totalidad: Albania reflejada en su climatología.

El cronotopo kadariano que se desarrolla en El General del Ejército muerto y que, desde el texto, se despliega al resto de sus novelas, aúna un espacio plagado de referencias míticas y mitológicas junto a un tiempo lento y confuso y que muchas veces permuta en onírico. Es habitual que los espacios de montañas y llanuras albanesas se carguen de un contenido heroico, de fábula excavada y extraída de la conciencia más profunda de lo popular, y que los personajes kadareanos se inserten en este mundo a caballo entre realidad y semipercepción, como si asistieran a una alucinación. Es costoso, a veces, para el General, distinguir los sucesos, y duda entre si percibe realidades o sueños; de igual manera le sucede al cura, asaltado por pesadillas, circunstancias que sumergen a estos personajes (será una característica posterior de los demás protagonistas de Kadaré) en un comportamiento de automatismo, desfilando por una realidad que no lo parece, con movimientos alucinados y no del todo conscientes, incluso sorprendidos ante el paso del tiempo.

Las leyendas de la tierra, las tradiciones albanesas, las leyes del antiguo código, del derecho, las tradiciones folclóricas, todas ellas sirven para que al ser contempladas por los dos enviados italianos, el General y el cura, al aparecer tamizadas y matizadas ante la peculiar y particular visión del otro, provoquen reflexiones sobre el belicismo irreparable, la brutalidad, el carácter violento de las gentes de Albania, y el posible destino del pueblo. La novela alberga, además, otra de las tradicionales críticas de Kadaré al sistema totalitario de Hoxha: en ningún momento, en una novela escrita en el periodo de mayor dureza del estalinismo albanés, se hace mención al Partido Comunista y, ni mucho menos, el texto es un compendio de realismo socialista ni dogmas por el estilo.

Es el primer texto de Kadaré todo un brillante compendio de lo que vendrá después, pero no a modo de ensayo general. Engarzada con maestría, en ese tono narrativo áspero, crujiente y rugoso del albanés, la novela ya es una de las mejores de su autor. Sin embargo, y a diferencia de las primeras publicaciones de Hesse o Grass, que a duras penas ya pudieron superar después (si es que lo consiguieron en algún caso), en Kadaré la primera novela, dentro de su excepcionalidad, es tan sólo la puerta a una obra que iguala el texto del debut cuando no, en muchas ocasiones, lo supera. Y eso es lo que de verdad impresiona de este escritor, que sepa mantener y elevar en sus futuros textos lo realizado aquí, en una novela tan redonda y bien construida como es esta su ópera prima.         

Una  novela que será el compendio de futuros textos aún más brillantes, con esa prosa dura con el rigor de la muerte de los cadáveres desenterrados, con el olor a la tierra mojada, a las pellas de barro de los túmulos removidos. Y la valentía de su autor por escribir así, de esa manera, en el corazón del régimen; después vendrán un puñado de obras maestras. Sin ellas, este General del Ejército muerto ya sería un texto fuera de serie, pero es que, por dificultoso que parezca, narraciones posteriores demostrarán que es la primera novela de un mago de la literatura universal.

domingo, 22 de julio de 2012

Biografías del Terror-Laureano Albán


EL DEBER DEL LLANTO


No resulta sencillo escribir sobre el poeta costarricense Laureano Albán. Si uno dedica un poco de tiempo a mirar algunas reseñas críticas sobre su obra, fundamentalmente en internet porque en España –a pesar de los premios y el reconocimiento que ha obtenido en nuestro país- es bien dificultoso hallar textos sobre su poesía (apenas tres o cuatro), se descubre bien pronto que la personalidad del poeta eclipsa el juicio de los análisis. O bien se expresan desde la más rendida admiración o desde un búnker de aborrecimiento, cuando no de odio.

De esta manera, intentando no contagiarme del epíteto desmedido e injustificado o de la crítica vil y torticera, abordo estas Biografías del Terror, libro del año 1984, estremecedor por el tema tratado y de unas cotas líricas que alcanzan mucho más allá de una mera reivindicación política y que hacen saltar los goznes de la llamada poesía comprometida. Albán recupera a las víctimas con la palabra poética, las invoca para rescatarlas del olvido, y teje con ellas un conjunto de poemas que buscan hacer justicia con la memoria de los muertos. Nunca la poesía fue más justa que en estos poemas.

Albán da voz a los muertos, después de ahondar en sus terribles realidades gracias a la consulta de los informes de Amnistía Internacional; un trabajo de archivo que se plasma en esas voces, que muchas veces se expresan en los poemas bien lamentándose de su destino o dirigiéndose a los seres queridos que han dejado, brusca e incomprensiblemente arrebatados de ellos por los mecanismos del totalitarismo. La barbarie en Argentina, Chile y Uruguay ha deshumanizado a estos nombres, borrando lo que de hombres hay tras sus apellidos. Albán, rehumaniza a las víctimas acercando el foco, la lupa lírica, a los trabajos que poseían antes de la sangrienta represalia, como si esos trabajos fueran los que definen, en cierto modo, la naturaleza humana y sean, por ello, el motivo por el cual debe recordarse a quienes tan injustamente han sido tratados.

Un fotógrafo asesinado es poetizado en una composición que remeda los preparativos de un retrato, un albañil ve salpicado su poema con términos empleados en la construcción, un médico es autopsiado e, incluso, un español es insertado en una especie de paradoja histórica temporal, encontrando la muerte en el Nuevo Mundo a manos del régimen dictatorial de la misma forma en que la hallaron sus antepasados ante los indígenas.

Albán realiza un trabajo de memorias, que dignifica al asesinado con la repetición de su nombre y sitúa en una zona de oscuridad al verdugo, inutilizada su tarea execrable a fuerza de palabras y a golpe de versos en los que levanta a los muertos extraviados y los atrae al presente. En este sentido, fundamental es el poema que dedica a Juan Gelman, uno de los momentos más conmovedores del libro, y que parece compendiar en él todas las intenciones de Albán con las víctimas y su afán de recuperarlas.

El libro se mueve en términos de claridad-oscuridad, de luz-sombra, de ascenso-caída, polarizado con la vida y la muerte, y les puede parecer, a quienes no alcanzan a otear mucho más allá de sus narices hispanoamericanas, una suerte de victimario oportunista o un ejercicio propagandístico de bastarda denuncia del mal, incluso se podría caer en la tentación (de mano de la ignorancia) de calificar a Albán como a un poeta menor o un poeta de lo obvio (por el mero hecho de tratar de un tema tan común en las políticas latinoamericanas como es la muerte y la sangre).

Nada está más lejos de eso: cualquier crítica en ese sentido denota el profundo desconocimiento del autor y de su poesía o una inquina hacia su trabajo desde la bajeza. Simplemente, habría que dedicarle un instante al texto, a las Biografías del Terror, mirar sus versos con sinceridad, para encontrarse un libro que trasciende al tiempo, al dolor, y al sufrimiento de los siglos.  Pero suplicar sinceridad y limpieza, amplitud de miras, en cierto tipo de seres humanos, es una quimera, como bien demuestran las atrocidades que se contienen en el magnífico y sensible, pero duro y terrible a la par,  poemario de Laureano Albán.

El autor sitúa la función de la poesía comprometida en otro nivel: la dignifica alcanzando alturas de obra maestra, porque ante la miseria del hombre, ante la cortedad de miras, ante las críticas de los resentidos, ante los soberbios, ante los engreídos y, especialmente ante los inmorales, se sitúan frontalmente estas Biografías del Terror, y triunfan. Un poemario que abofetea las caras de los prejuiciosos, de los que hacen gala de una vileza tan sólo comparable a la enormidad de su soberbia encastillada en su ignorancia mayúscula.