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miércoles, 2 de mayo de 2018

El corazón es un cazador solitario-Carson McCullers


*Esta critica apareció en el sitio Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/5/1/el-libro-del-mes-el-corazon-es-un-cazador-solitario/

Título: El corazón es un cazador solitario
Autor: Carson McCullers
Editorial: Seix Barral
Número de páginas: 386
Año: 2017
El prodigioso latido literario de un corazón sureño
En el año 2017 se conmemoró el 100 aniversario del nacimiento de la escritora estadounidense Carson McCullers, un referente dentro de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Escrita en 1940, El corazón es un cazador solitario fue su primera creación, puesta en marcha cuando la autora tan solo contaba con veintitrés años.
Sorprende, y mucho, que a esa edad se pueda firmar un debut literario tan rutilante y perfecto, con una obra de una arquitectura narrativa sobresaliente y un grupo de protagonistas que, a modo de coro, se mueven magistralmente entre los complicados dilemas morales y problemas existenciales que McCullers quiere presentarnos.
Ambientada en una pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos, las cuestiones candentes del momento en que fue escrita la novela desfilan por sus páginas con una limpieza y una claridad determinantes: racismo, pobreza, alcoholismo, sindicalismo, miseria, violencia, frustraciones y fracasos, aspiraciones truncadas, para las cuales cada personaje se ajusta a ellas como en un traje a medida.
McCullers refleja el turbulento mundo de la ciudad sórdida y empobrecida en donde las estructuras de poder están fosilizadas, las tradiciones son indestructibles y los habitantes se revuelven y luchan contra el determinismo social, sin conseguir el éxito.
De entre la galería de personajes destaca una muchacha, Mick Kelly, de incipiente carácter creativo y musical, que verá agostadas sus aspiraciones, cercenadas de cuajo al entrar, forzadamente, en la edad adulta.
Junto a Kelly, otros personajes inolvidables la acompañaran en el caldo de amargura en donde se cuece esta portentosa narración: el impresionante sordomudo John Singer que actúa como una especie de confesor de la comunidad, el extraño y oscuro propietario del café Nueva York, Biff Brannon, el alcohólico y violento sindicalista Jake Blount o el doctor Copeland, un afroamericano devorado por la mala relación con sus hijos y consumido por el racismo imperante de la época.
Todos ellos, junto a numerosos personajes secundarios dotados de una entidad arrebatadora, componen un escenario devastado de almas perdidas, de fracasos dolorosos, en donde el paso del tiempo sólo consigue abrir más aún las heridas de los recuerdos. La propia ciudad es, así, otro personaje de la novela: parece que nada pueda prosperar en su seno, intoxicando de odio y hastío a todos y cada uno de sus habitantes.
El corazón es un cazador solitario representa un claro ejemplo del estilo literario denominado como Gótico Sureño, al que también se adscriben William Faulkner, por ejemplo, o Tennesse Williams, en donde el análisis psicológico de los personajes es tan devastador como contundente.
En el mundo de McCullers se mueven los perdedores, los derrotados por la vida, demostrando que la angustia que late en los corazones de sus protagonistas es, además de incurable, el material perfecto para construir una de las joyas literarias de nuestro tiempo.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Matadero Cinco-Kurt Vonnegut



*Esta reseña apareció en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/9/6/el-libro-del-mes-matadero-cinco-de-kurt-vonnegut/


Título: Matadero Cinco
Autor: Kurt Vonnegut
Editorial: Alfaguara
Número de páginas: 192
Año: 2006


Historia de un peregrino del tiempo

            Es Matadero Cinco, del estadounidense Kurt Vonnegut, lo que podría denominarse como una novela total. En ella, se combinan diferentes técnicas narrativas y tácticas compositivas para atrapar al lector de una forma profunda y conmovedora.
            La historia, o tal vez la Historia —con mayúsculas— de Billy Pilgrim, y ese nombre ya dice mucho, puesto que Pilgrim significa “peregrino”, es la de un viajero en el tiempo, la de un preso americano en manos alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, la de un recluso en el zoo de un planeta extraterrestre que exhibe a ejemplares humanos, la de un superviviente de un accidente de aviación…, todo ello a la vez.
            El protagonista vive sus vidas, o su única vida descompuesta en diferentes planos temporales, a golpe de salto cuántico, mientras la verdadera historia que se quiere contar, tan tremenda y cruel, se mantiene al fondo, agazapada como un depredador que nos dejará sangrando por efecto de sus garras.
La historia que de verdad se cuenta en Matadero Cinco –es decir, la Historia, con las mayúsculas de la vergüenza— es la del bombardeo y destrucción de la ciudad de Dresde por parte de los aliados. Esta matanza, tan terrible como Hiroshima o Nagasaki, por citar otros dos bombardeos tristemente célebres, permaneció oculta durante un tiempo en el bando vencedor como algo de lo que era indeseable hablar. La ciudad fue reducida a escombros y murieron cerca de 135.000 personas, y Kurt Vonnegut, como prisionero de guerra, se encontraba allí, encerrado en el barracón número cinco de un matadero reconvertido en refugio.
            El problema que semejante barbarie presenta al escritor radica en saber encontrar una forma de aproximarse a la matanza sin que la novela resulte asfixiante, deprimente o insoportable. Así, el autor concibe un plan magistral y nos entrega un alegato antibelicista, sin vencedores ni vencidos, mediante una visión fragmentada, muchas veces disparatada y con visos de esperpento. Solo de esa forma puede conseguir una visión completa y compleja del horror, a la par que reflexiona, muy profundamente, sobre la condición humana.
            La novela pertenece a lo que desde hace tiempo vengo calificando como novela cuántica —tal vez una de las más importantes en este género—, una forma de abordar la realidad más allá de lo meramente convencional, porque lo que vemos y percibimos no es lo único que existe. Recurriendo a técnicas y recursos narrativos tomados de la mecánica cuántica, el autor quiebra las convenciones y obtiene una visión mucho más real de lo que allí ocurrió y que llega mucho más lejos de las formas en las que hemos intentado interpretarlo, entenderlo o asimilarlo.
            El tiempo y el espacio no obedecen al tiempo y el espacio que conocemos. De esa forma, todo ocurre al mismo tiempo en un pasapresenturo fragmentado, donde los personajes viven una bilocación en diferentes planos y en diferentes vidas, creándose la novela ante nuestros ojos de lectores perplejos y divertidos.

            Matadero Cinco es una obra maestra, y Vonnegut un escritor sensacional, pero más allá de la obra cuántica y de la facilidad con que podemos leerla, e incluso encontrarnos con la sonrisa optimista en algunos de sus párrafos, nos topamos, a su término, con el paisaje desolado y triste de la ruinas de la ciudad de Dresde; unas ruinas muy semejantes al alma humana. Un alma que solo puede redimirse mediante composiciones artísticas tan bellas y originales como esta novela, que con humor y cierto optimismo nos permiten volver a respirar de nuevo.

sábado, 24 de octubre de 2015

Menos que cero-Bret Easton Ellis


LA CONGELACIÓN DE LA MODERNIDAD

Cabe preguntarse si existe vida literaria, talento, algún signo de escritura, en las obras anteriores o posteriores de un autor eclipsado por un éxito mayúsculo. Esta pregunta ya me la formulé con Chuck Palahniuk tras su exitosa Club de lucha –y afortunadamente la respuesta fue afirmativa–. Me atrevo a decir que el resto de sus novelas son mucho más sobresalientes que el debut que lo encumbró. Siguiendo con algunos de los representantes de la llamada Generation X, me he planteado la misma duda con otro de sus grandes autores, Bret Easton Ellis: ¿cabía esperar algo decente antes o después de la abrumadoramente exitosa American Psycho? El problema era mío, desde luego, causa de mi ignorancia supina: aunque, obviamente, las andanzas del asesino en serie Bateman lo habían encumbrado mundialmente, ya su primera novela, Menos que cero, había sido un triunfo literario en los Estados Unidos.
Y motivos para ello, para ser un texto magnífico, no le faltan, hasta el punto que deja a la exitosa American Psycho como una obrita menor que sólo cobra sentido si se lee en paralelo, o buscándole interpretación junto al Infierno de la Divina Comedia de Dante, asunto al que dedicaré otra entrada más adelante en esta misma bitácora. En efecto, el estilo de Menos que cero ya presenta a un escritor debutante que ha sabido encontrar una aterradora voz propia, vestida con algunos recursos demoledores: la distancia, el automatismo, la frialdad y la indiferencia en la narración de unos sucesos que se presentan casi como planos o secuencias, como retales o retazos, como video clips fugaces que golpean al lector una y otra vez, página tras página, en una concatenación fulgurante de hastío, drogas, violencia, sexo y amargura sin sentido que revuelven el estómago.
Clay, el protagonista, es un universitario que ha regresado a casa por las vacaciones de navidad. El panorama que se encuentra en Los Ángeles es demoledor. Todo lo que ocurre en su mundo sucede de una manera automática, desprovista de sentido, de alma, de aura, de sensaciones, y ocurre porque así tiene que ocurrir, sin más, en un remedo de relaciones humanas que son como cáscaras o sucedáneos, desde las paterno y materno filiales, pasando por las que se establecen entre hermanos, hasta las de pareja. El sexo es mecánico, las drogas lo inundan todo, y el dinero es el único imperativo que mueve las ideas de los personajes. En ese caldo de cultivo, prolifera la prostitución de componente sádico, e incluso el consumo de pornografía hardcore, llegando hasta las snuff movies. El mundo de Clay es un mundo de lujo que oculta tras sus gafas de sol un vertedero de depravación. Un mundo que necesita de psiquiatras y cócteles para poder sobrellevarse, un mundo de coches de lujo, de clubs de campo y putos para sostenerse, así como de canales de video clips y pinchazos de heroína con los que sustituir la decepcionante realidad podrida hasta las raíces.
Entre la high class de Los Ángeles, conformada por cineastas, artistas, modelos y miembros de una sofisticada jet-set alcoholizada, campan a sus anchas los trapicheos de los camellos (muchos personajes tienen su propio dealer), los prostitutos del comercio del sexo masculino, las agencias de acompañantes que son mucho más que eso, y los grupos de rock and roll con sus groupies como excusa de sexo, alcohol y drogas conseguidas y consumidas a gran velocidad. A todo ello asiste Clay, como el resto de los personajes de la novela, y por supuesto el propio lector, desde el pasmo alucinado, con una visión gélida y congelada. Todos se mueven en un compás robótico, como maniquíes, narrados desde una distancia automática que, lejos de disminuir el dolor de la herida, aumenta el grado del daño. Un daño helado, desalmado, cruel, ilógico, inhumano y deshumanizado, insensible, un dolor de papelinas, de rayas de coca: de morgue.  


lunes, 10 de marzo de 2014

Hijo de Satanás-Charles Bukowski



SUMATORIO DE DERROTAS

Charles Bukowski es un poeta duro y un novelista desagradable. Si ambas cualidades se unen en la concentración de un relato breve, el resultado es un mazazo desolador para el lector. Es el caso del volumen de narraciones Hijo de Satanás –en su título original Septuagenarian stew–, publicado en España allá por 1993 y con un buen puñado de reediciones, el mejor ejemplo de esto. De toda la literatura que he leído de Charles Bukowski, esta es la colección de relatos más negra, desoladora y deprimente de su autor, que aúna algunas de sus obras maestras en una modalidad tan compleja como el corto recorrido narrativo.

Hijo de Satanás no contiene, fundamentalmente, nada distinto al resto de trabajos de su autor, fundamentado en una recopilación de textos sobre fracaso y derrota, quizás esta vez más centrado en boxeadores, trabajadores manuales, pordioseros y vagabundos, ludópatas de hipódromo, jockeys, cómicos sin gracia y escritores venidos a menos o vendidos al sistema… la fauna habitual que desfila por las páginas de Bukowski. Sin embargo, el volumen encierra un aspecto que resulta estremecedor. Muchos de estos textos están escritos presentando a unos personajes que “aparentemente” han triunfado en el american way of life, pero solo “aparentemente” para, finalmente, demostrar con todo el peso de su caída el fracaso más absoluto. Si la desgracia, la hipocresía, la miseria, eran temas afines y típicos, por no decir tópicos, en las obras de Bukowski, este Hijo de Satanás se escribe y concibe centralmente desde un único tema: la derrota o, si lo ampliamos o le ponemos huesos y carnes, podría asegurar que es un trabajo sobre la figura del perdedor.

Desde el estremecedor y violento cuento que da título e inicia el libro, pasando por el demoledor Un día y el mordaz Los escritores, los relatos levantan con una escritura sucia las costras de las heridas más infames del sistema, y dejan algo así como una sensación de diente con el nervio al aire que en algunas ocasiones se hace muy difícil de tragar.

Un ejemplo lo encontramos en el relato Mala noche: “tenía 47 años, toda su vida había ido de un trabajo estúpido a otro trabajo estúpido. Nunca había tenido una ocupación decente (…) Nada en la tele. Monty se sirvió un whisky. Había estado casado dos veces. En las dos ocasiones el comienzo había sido prometedor. Había habido risas y comprensión, y el sexo no había estado mal con ninguna de las dos mujeres. Pero gradualmente los matrimonios se convertían en empleos. Carecían de variedad. En seguida esos dos matrimonios se habían vuelto un concurso, un concurso de quién podía agotar al otro. Se habían vuelto un juego del odio. Monty tuvo que abandonar las dos veces (…) ¿Cuántas vidas había como la suya? ¿Cuánta gente que simplemente continuaba de modo insensato?” (traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro).

Evidentemente, Charles Bukowski no es solo un autor de sexo y borracheras (algo que cada vez me parece ver más claro en Henry Miller, en un proceso a la inversa que he experimentado con este autor). Bukowski me habla del corazón humano, lo examina y lo procesa, para concluir con una completa y nada compleja derrota. Y aquí radica el acierto, lo que hace de Hijo de Satanás la recopilación más abrumadora de su autor, que esas derrotas (la del boxeador que se imagina triunfante, la del jockey o el entrenador de beisbol drogadictos y borrachos, la del matrimonio con hijos que se ahogan en ginebra), todas y cada una de las derrotas aquí narradas, se producen en el seno de un país, Estados Unidos, en el cual, como dice Bukowski en su relato El ganador: “era un buen sitio donde estar cuando se era ganador”.

Estados Unidos y cualquier sitio, obviamente, son los mejores sitios del mundo para el triunfo. Pero vivimos instalados en un sistemático maltrato de los derrotados, de ahí lo terrible de esta suma de derrotas narradas con tanto vigor como lucidez por Charles Bukowski.

En efecto, este no es un mundo para perdedores.

Unos textos aterradores y aplastantes, tal vez demasiado concretos en figuras típicas norteamericanas del universo Chinaski como el jugador de hipódromo o el jockey, con las que podría encontrarme menos familiarizado, pero con la composición de algunos personajes inolvidables: el obrero manual aginebrado, el cómico envodkado, los escritores envidiosos, el chef malhumorado, el niño matoncillo de barrio deprimido o el boxeador sentenciado, bien se merecen rozar lo excelente.

lunes, 23 de julio de 2012

Poemas-E.E.Cummings


STILNOVISMO DESESTRUCTURADO


Reconozco que he llegado hasta E.E. Cummings de la misma forma en que un glorioso día llegue al novelista John Fante: gracias a Bukowski. Ambos son anteriores a él, y si alcancé a Fante porque Bukowski lo reconocía como su inspirador, lo adoraba como un novelista de nervio –y tenía razón, desde luego-, a Cummings lo cita como una de sus referencias poéticas más importantes. De esa forma, podría establecer una ecuación sencilla: si Bukowski es un extraordinario novelista que se dice influido por Fante, que resulta ser un extraordinario autor, Cummings debería ser un poeta mayúsculo puesto que Charles Bukowski, si en algo destaca toda su maestría, si merece una fama duradera y prestigiosa, es como poeta. Sin embargo, la ecuación falló, y Cummings, caótico y desestructurado, me ha resultado muy por debajo de su auto declarado pupilo.

Sin embargo, hay un detalle sorprendente en Cummings que me ha resultado llamativo, y es la presencia -entre experimentación, quebranto de las normas estilísticas, anarquía compositiva-, la presencia de fondo, poderosa, de la escuela del dolce stil nuovo, de esa nueva forma de poetizar iniciada por el provenzal Arnaut Daniel y su  trovar clus, seguido de los Guinizelli, Calvalcanti y el propio Dante. Y, de ahí, mi enorme sorpresa y el jugo que le he podido extraer a los poemas, caóticos y muchas veces parapetados tras una enorme barrera de incomprensibilidad, fugazmente iluminados por ecos de esta poesía trovadoresca de los maestros d´amore.

A simple vista, una forma como la de Cummings no parece la más adecuada para remedar a poetas enfrascados con una de las composiciones más complejas de la poesía, la sextina, inventada por el propio Arnaut Daniel, en la que glosaban muchos de sus cantos de amor los stilnovistas. Sin embargo, aparecen unas composiciones amorosas en Cummings harto sorprendentes. Por supuesto, su prologuista y traductor Alfonso Canales ya nos pone de sobre aviso en la introducción al poemario, lo que hace, desde luego, que Cummings pueda ser leído (y quién dice leído dice también ligeramente entendido) con otros ojos.

Así, y como una caja poética que contiene otra caja poética que a su vez encierra otra, del stil nuovo se alcanza a Ezra Pound, redescubridor de la trova provenzal, relanzador de los stilnovistas y una de las mayores influencias reconocidas de Cummings. De esta manera, queda trazado el camino poético, de Daniel a Pound y de Pound a Cummings, incluso y finalmente, de Cummings a Bukowski, pero eso es otra historia. Ante semejante recorrido, se pueden entender esas formas amorosas descompuestas en los poemas (los citaré por sus primeros versos) “quiero tu cuerpo cuando está con tu/cuerpo”, o en la composición “Señora del Silencio” -¿estamos ante una reescritura de una desestructurada y moderna donna della salute?-; “desde hace mucho tiempo mi corazón ha estado con el tuyo” y “llevo tu corazón en mí”, nos acercan ya y son algo más que meros ecos de la Vida Nueva de Dante, y “desde que yo te amo”, “querida mía desde que/ tú y/yo estamos del todo obsesionados”, “siempre mi corazón se abra a las avecillas” y el bucólico “cuánto te quiero (prenda querida)”, generan con su lectura un extraño chirrido al principio, incomprensible, que se transforma en un cosquilleo placentero cuando uno puede identificar la rica y larga tradición provenzal en la que Cummings ha decidido instalarse con esos versos.

Por supuesto, la selección de poemas de Cummings puede incluir algunos completamente ilegibles en donde cada palabra y cada letra se deshace retorcida, o composiciones de sesgo político... Sin embargo, este acercamiento provenzal es el que me ha resultado más válido, por lo original, chocante si se me apura, y deseo pensar que fue en esta fusión de originalidad y ternura, de sensibilidad acribillada por el acerico de la modernidad, con todo lo de potente que tiene, lo que cautivó a Charles Bukowski.

Eso deseo pensar.

Muchos poemas resultan de una frialdad insoportable, algunos de ellos son absolutamente incomprensibles e intraducibles -y tampoco muy legibles en inglés-. Cummings se autoimpone una dictadura demasiada férrea, una dictadura de la forma presuntamente nueva o rompedora que aniquila muchos de los recursos de su poesía presentándola helada; sin embargo, esa relectura nueva de los provenzales resulta enriquecedora desde una forma innovadora.