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viernes, 17 de enero de 2014

Violetas de marzo-Philip Kerr



VIOLETAS MARCHITAS

Decepcionado. Esa es la sensación que tengo al terminar la lectura de estas Violetas de marzo que tanto prometían y, quizás, la culpa no sea de la novela, sino mía, por esperar demasiadas cosas de una primera obra, del debut de un autor que me había fascinado con la que ya me parece, casi con toda seguridad, su novela maestra, Una investigación filosófica. En esa obra, Kerr se encuentra en estado de gracia, y por ello, tal vez, no sea demasiado justo a la hora de juzgar estas violetas, su ópera prima literaria.

A todo ello puede contribuir, también, que no soy un fanático del género negro, que me gustan autores que hacen novela negra, pero como autores en sí, no como género. Quiero decir que para mi Ellroy es un escritor mayúsculo que me cautiva como creador de historias y personajes, no como autor de género, y me ocurre lo mismo con Kerr, en mi opinión su Investigación filosófica alcanza mucho más allá de una mera novela negra, para convertirse en una obra independiente y con mayúsculas, al estilo de la Trilogía USA de Ellroy, por ejemplo. En ese género negro, del que –insisto- no soy muy aficionado, reconozco las obras maestras, Cosecha roja de Hammett (curiosamente su debut) o la sorprendente El complot mongol, de Rafael Bernal y que inaugura el género en México.

Sentadas estas bases de mis gustos, me acerqué a las Violetas de marzo de Philip Kerr con grandes expectativas, pero apenas reconocí algunos trazos del inmenso autor de la Investigación filosófica en la obra, y mi decepción aumentó todavía más en relación al marco elegido para desarrollar la trama: el seno del Tercer Reich, del que, por motivos literarios, fundamentalmente, he sido un estudioso durante buena parte de mi vida literaria –yo también he enmarcado varias de mis obras en esa época-.

Kerr abrirá todo un ciclo, el del detective Bernie Gunther, con sus tres obras iniciales, las conocidas como Trilogía berlinesa, y que luego serán prorrogadas con otras tres más y, dado el éxito, se culminarán todavía con otro trío más. De esa forma, las novelas de Bernie Gunther dentro de la novelística de Kerr, sumarán 9 obras, una parte fundamental de su línea creativa, de ahí que me decidiera a aventurarme con la lectura de lo que considero parte maestra y crucial del autor.

Encontramos en Violetas de marzo todos los males de una primera novela, personajes estereotipados, una puesta en escena forzada y unos diálogos que pasan por ser presuntamente frescos y chisposos y que son barrocos y en numerosas ocasiones delirantes. Kerr elige el género negro para su debut y cae en todas sus trampas. La ambientación es aquí una sobre ambientación con numerosos paseos de los personajes por Berlín para que el autor pueda nombrar y renombrar y ahogar con topónimos y nombres de calles al atónito lector. Además, la puesta en escena en el Berlín de las Olimpiadas de 1936 resulta grandilocuente, como el capítulo en donde el protagonista ve correr a Jesse Owens.

Da la sensación de que Kerr podría haber ubicado la enmarañada y aburrida trama en cualquier otro momento histórico. La ubicación se trata de un ejercicio de mera documentación: Gunther podría haber pululado por la antigua Roma, la Italia renacentista o las barricadas de la Gran Guerra, y hubiera dado igual. Enmarcar la trama en el Tercer Reich es una cuestión ornamental, de un barroquismo que enmascara a golpes de erudición las fallas del producto literario y sus procedimientos algo tramposos.

Como dije, los diálogos no funcionan, aquejados del mismo mal que las reflexiones del protagonista y su oposición al Reich, al sistema político, y es que las maneras de hablar son contemporáneas, proyectadas desde la época presente al marco literario elegido, creando una permanente sensación de anacronismo que baña todo la lectura de la obra y que, o se soluciona con el aluvión de nombres y palabras en alemán como una forma de dar el pego, o con algunos chistes de doble sentido sobre las situaciones de entonces, que la mayoría de las veces, además, necesitarían de una nota aclaratoria.

Dejo, para terminar, la forzada presencia de un preboste del Reich: Hermann Göring, que aparece como personaje literario. Era obvio que, tal y como se desarrolla el invento de Kerr, había que decantarse por la aparición de un personaje de calado histórico, que para ello se insertó la acción en un determinado espacio-tiempo. Podría haber sido el propio Hitler, o Himmler, quizás demasiado para esta primera entrega (no descarto que puedan aparecer en las siguientes, que no he leído todavía). Göring interviene de una forma tan teatral, tan plagada de estereotipos y ademanes manidos, con una carga de imaginería histórica que se nos transmite la impresión cultural actual que de esa figura política poseemos, y en ningún caso la verdadera percepción que del momento tendría el detective en su época. Este es el problema que afea la novela, y que siempre aparece presente en el texto arruinándolo por completo. Del desenlace final, delirante, en el campo de Dachau, tras lo que he comentado, prefiero no decir nada.

Aún así, y por ser Kerr, todavía le daré una oportunidad a su Berlin Noir y, en un tiempo, espero poder leer la segunda entrega de las andanzas del detective Gunther, con la esperanza de que haya encontrado mejor acomodo o de que el monumental autor de Una investigación filosófica vaya cuajando sus palabras a medida que perfecciona sus obras.

Un texto recargado y enmarañado, para una novela que podría calificar de sobre escrita y estereotipada pero que, por algunas gritas de su estructura consigue asomar, pocas veces, es cierto, la genialidad de su autor.

martes, 27 de septiembre de 2011

Una investigación filosófica -Philip Kerr-.




WITTGENSTEIN MANCHADO DE SANGRE

Esta novela se me apareció entre los anaqueles de segunda mano de la librería situada en la calle Dulcinea. De inmediato, recordé que la había recomendado en sus clases un excelente profesor que tuve hace algún tiempo, Rodríguez Lafuente, especialista en cine, muy entendido en novela negra y en ese tipo de universos. Yo, por mi parte, no soy un seguidor del género. Una vez, en otra librería ya desaparecida, la de la calle Apodaca, a unas preguntas sobre Ellroy que le hacía al dependiente, me repuso: ¿eres un seguidor de la novela negra? A lo que le contesté: no me gusta la novela negra, me gusta Ellroy. Soy un seguidor de Ellroy nada más, de Ellroy como inmenso novelista.
Es cierto, el género de la novela de crímenes nunca me ha atraído. De joven leí mucho a Conan Doyle, para constatar que en ese autor existe la vida más allá de Sherlock Holmes, y también alguna que otra de las de Agatha Christie, sin más. Incluso, por otros motivos, frecuenté un par de veces a Kathy Reichs, pero se encuentran, todos, a años luz del universo y la prosa de Ellroy. El nuevo boom de la novela negra nórdica, con finlandeses, noruegos, islandeses, suecos… e incluso esa novelista de las aventurillas venecianas, simplemente, me parecen repulsivos.
Sin embargo, en Philip Kerr y su Investigación filosófica he encontrado un giro diferente y novedoso. Sin duda, no es la economía de palabras de Ellroy (impuesta por sus editores) ni su estilo eléctrico, lo que me ha cautivado. Realmente se encuentra en las antípodas de ese estilo, con párrafos algo farragosos y muchas disquisiciones morales y filosóficas, algunas incluso pedantes que, sin embargo, están bien incrustadas para dar sentido a la trama.
Kerr hace un ejercicio de erudición filosófica a través de sus personajes, tanta, que a veces resulta un poco increíble, pero aún así obtiene un producto notable. Soy consciente de que no es sencillo darle un giro novedoso al género, y en eso radica gran parte de su éxito: lleva la novela negra en Una investigación filosófica a otra dimensión, es el gran acierto del libro.
No se puede perder de vista, además, que está escrita en 1992, y que el Londres de 2013 que perfila, repleto de innovaciones técnicas y futuristas, añade un condimento de ciencia ficción al asunto. Kerr no es un Julio Verne, en lo que a clarividencia de sus predicciones se refiere, pero aún así acierta en muchas. Lamentablemente, el paso del tiempo resiente la obra, que debió ser deslumbrante leída en su momento, porque algunas de las perspectivas que atisba para nuestro inmediato futuro han quedado ahora tan desfasadas que resultan ridículas, y otras, simplemente, son disparates. Pero aún así, y a pesar de su obsesión por enmarañarse con los asuntos informáticos, el libro merece mucho la pena.
Una investigación filosófica se cimenta en la estructura clásica de policía que busca a un asesino, en este caso un asesino en serie. La originalidad radica en los perfiles de ambos protagonistas, nada planos y que intentan alejarse de los tópicos, en particular en el caso del criminal, que apodado como Wittgenstein, desarrolla toda una sangrienta y maquiavélica visión del propio filósofo y de su aparataje ideológico. Es el punto fuerte de Kerr, que inventa un malvado sólido y casi legendario. Que después el libro vaya perdiendo fuelle a medida que avanza, hasta desinflarse en un final algo apresurado y bastante previsible, no resta un ápice del interés y del mérito que ha tenido la novela en sus tres cuartas partes, deslumbrante a ratos, con unas visiones de un Londres del siglo XXI desbordantes y atractivas y con una fluidez, pese a los vericuetos filosóficos, vertiginosa.
La próxima vez que me pregunten si me gusta la novela negra diré, de nuevo, que no. Que lo que me gusta es Ellroy, y añadiré, si la lectura de alguna novela suya más que pienso realizar en breve confirma mis expectativas, que también me gusta Kerr.

Una novela notable. Reconozco la más que evidente maestría e innovación que Kerr lleva a cabo para elevar el texto desde una mera novela de crímenes a otro nivel, por lo que se merece un reconocimiento sangriento, apocalíptico, filosófico, wittgensteniano e, incluso, sofista.