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jueves, 2 de julio de 2020

Los errantes-Olga Tokarczuk

*Esta crítica apareció originalmente en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/olga-tokarczuk-los-errantes-el-teorema-del-viaje-como-perpetuum-mobile/

Olga Tokarczuk: Los errantes, el teorema del viaje como perpetuum mobile

Hoy en esta columna de los viernes de El Odradek de Achtung! os hablamos de la reciente premio Nobel, la polaca Olga Tokarczuk y, en concreto, de su novela Los errantes, publicada por Anagrama. ¿Novela? ¿Podemos calificarla como tal? Desde luego que sí, si mantenemos una mirada literaria moderna y aceptamos de una vez por todas que los géneros híbridos son los dominantes de la narrativa actual. Porque Los errantes es una novela gracias a la globalidad unitaria de lo que trata, compuesta de una serie de relatos interrumpidos por intervenciones de una narradora que, según la literatura del yo, sería la propia autora; formula reflexiones sobre el viaje, sobre la teoría del movimiento y sobre la quietud máxima: el embalsamamiento y, en concreto, su modalidad de la plastinación. Así, entre dos polos, crece un libro excelente, con relatos de calidad rematados con un oficio deslumbrante. Destaca el texto que da título al libro, quizás de las mejores páginas que podemos encontrarnos en los últimos años, o el inquietante Kunicki en sus diferentes entregas. Un recorrido por un gabinete de curiosidades literarias emocionante.

Algo extraño, como extraño ya es de por sí el funcionamiento del mundo editorial, y el de la literatura en general, nos indica que la premio Nobel de 2018, la polaca Olga Tokarczuk, tiene la necesidad de reivindicarse meses después de la concesión del galardón. Y los motivos son, también, algo raros. La concesión del premio por partida doble (los motivos que llevaron a la cancelación del acto en 2018 son de sobra conocidos) junto a la elección del austriaco Peter Handke como ganador del 2019, y toda la polémica que eso ha desencadenado, han dejado a esta extraordinaria narradora en una especie de limbo, entre dos aguas para los lectores, y quizás algo desenfocada para la crítica.

Una muestra de la mala recepción y del despiste generalizado, que Anagrama está solucionando con una capacidad de reacción encomiable (acaban de recuperar la que fue la tercera novela de la polaca, Un lugar llamado antaño), pude constatarlo el otro día en Instagram. En una publicación de la editorial sobre Los errantes me aventuré a comentar que se trata de un libro magnifico, pero rápidamente recibí el exabrupto, porque no puedo calificarlo como una respuesta, de un vehemente y maleducado hater de Tokarczuk.
En esta irreflexiva réplica, aparte de llegar cargada de una mala educación propia del anonimato de las redes sociales, se pueden detectar dos problemas: que la premio Nobel todavía no ha calado, difuminada o nebulosa en España por los motivos que he citado más arriba —apalear a Handke ha resultado más atractivo para la canallesca que ponerse a leer Gran Literatura— y que, Los errantes, no es un texto sencillo (como prácticamente le ocurre a casi todas las obras de calidad); de hecho, se trata de una obra que hay que saber leer y, por tanto, entender, para poder valorar en toda su magnitud: que no está hecha la miel para la boca del asno, pero si la hiel, como demostró nuestro hooligan literario (más hooligan que literario).

Desde este Odradek de los viernes de Achtung! vamos a poner nuestro granito de arena crítico para ayudar a despejar esta situación —algo innecesario por otro lado, ya que la escritora se defiende muy bien con sus propios libros, pero bueno, la realidad es la que es y, ciertamente, el gusto parece que hay que educarlo—.
Teoría del viaje y el movimiento
Al afrontar una lectura como Los errantes es necesario comprender lo que he afirmado en la entradilla de este estudio crítico. Vivimos en la era de los géneros híbridos, en el imperio literario de los textos mixtos, en la narrativa del maridaje de formas, temas y motivos. Por ello, el concepto de novela, y el concepto de novela que Tokarczuk nos propone en Los errantes, escapa a la idea convencional. Y mucha falta nos hace de esto, en abundancia, para imprimir algo de nervio y corazón a una, cada vez más, aletargada producción narrativa plagada de medianías.
Por eso, Los errantes bebe de unas formas que nos trajeron, en la bisagra que separó al siglo XX del XXI, autores como el alemán W. G. Sebald, con quién se suele comparar la obra de la polaca. En efecto, algo tiene del maestro, pero más en la idea totalizadora, en los temas y en la forma de tratarlos, que en el estilo en sí. Los errantes es una novela sin trama, pero que se cose globalmente gracias a sus temas comunes para crear un universo narrativo singular, un todo conectado por el viaje y el movimiento.
La narradora del texto, que como en Sebald se identifica con la autora en lo que sería una autoficción o literatura del yo, nos presenta una serie de entradas, algunas más breves que otras, que son reflexiones sobre sus viajes, sobre su presencia en aviones y salas de espera, sobre el comportamiento de otros viajeros. Tokarczuk es viajera, pero por encima de todo es observadora. Quizás un viajero que se precie deber ser, primero, un mirón despiadado.
Entre los pasajes en donde nos aproxima estas reflexiones de carácter ensayístico y que crean una teoría y psicología del viaje y del viajero, del mundo y del hombre en constante movimiento, se incrustan una serie de relatos que beben de esa misma idea común como una forma de ilustrar las ideas teóricas con ejemplos narrativos ficcionales.
De esa forma, nos encontramos ante una novela disociada: las reflexiones teóricas de la autora sobre los viajes son ejemplificadas con narraciones que actúan al estilo de ejercicios prácticos de lo expuesto anteriormente. Y esa disociación se funde en el magma narrativo, para conseguir una obra compacta, sólida, reflexiva y, en algunos de los relatos, más que sobresaliente.
Teoría de la estática y la momificación (incluye la plastinación)
Las reflexiones de la autora nos transmiten su propia experiencia llevada a cabo en visitas a una serie de museos: en Viena, el Narrenturm, Museo Patológico-Anatómico Federal, y también el Josephinum, uno de los museos médicos más antiguos del mundo con exposiciones anatómicas en cera; en Dresde, el Museo Alemán de Higiene; en Berlín, el Museo de Historia de la Medicina de la Charité; en LeidenBélgica, el Rijksmuseum Boerhaave de historia de la ciencia y la medicina; en Ámsterdam, el museo anatómico Vrolik; en RigaLetonia, el museo de la medicina Paula Stradiņa; en San Petersburgo, el Kunstkamera o Museo Pedro el Grande de Antropología y Etnografía de la Academia de Ciencias Rusa; por último, en Filadelfia, el museo Mütter.
En todos ellos, Tokarczuk se ha topado con momias, especímenes embalsamados y con lo más avanzado en el ámbito de la conservación: cuerpos sometidos a la técnica de la plastinación.
Imagen de un cadáver sometido a la técnica de plastinación.
¿A qué se debe esta obsesión de la voz narrativa principal de Los errantes por las momificaciones y embalsamamientos? El motivo radica en el mismo título del libro. Este manual de la errancia, que analiza las pulsiones del nomadismo, de la necesidad que tienen algunas personas por encontrarse en permanente estado viajero, alcanza su punto culminante en su curioso extremo paradójico. Nada hay más estático e inanimado que una momia, pero a la par es la sublimación del Errante, dado que no ha alcanzado reposo alguno ni después de muerto, y continúa en rotación constante, aunque se encuentre paralizado en un ademán, tras la vitrina de un museo.
El Errante solo alcanzará su destino cuando muera: la tumba, el último lugar de su viaje. Por eso, tal vez, la mayor aspiración de un Errante sea la de convertirse en momia, la de ser plastinado (sin duda, eso sería mucho mejor todavía), como forma de inmortalizarse en un ademan de movimiento eterno (aspiración científica inmemorial, la del eterno movimiento, ese perpetuum mobile que el Errante plastinado, disecado o momificado, exhibe como uno de sus grandes triunfos).
De ahí, la notable historia que Tokarczuk trae hasta las páginas de su libro: la de Angelo Soliman, un nigeriano criado y educado por una marquesa de Mesina y entregado como regalo a un príncipe que era el Gobernador imperial de Sicilia hasta que, en 1755, fue legado vía testamentaria a un importante miembro de la casa de Liechtenstein para quien trabajó en Viena. Gracias a sus exquisitos modales y cultura se convirtió en un importante miembro de la comunidad vienesa, a la sazón Gran Maestre de una logia masónica, llegando a ser amigo personal del emperador José II de Austria.
La historia, hasta aquí, ya resulta sorprendente e interesante, pero a la muerte de Soliman adquiere un giro tan dramático como humillante: su cadáver fue disecado y expuesto de forma inhumana en el Museo de Historia Natural de Viena, ataviado como un espécimen raro, desprovisto de su elegancia y vestido con collares y motivos indígenas para que el vulgo contemplara, y se admirara, ante semejante ejemplar de hombre salvaje.
Retrato del notable Angelo Soliman.
La hija de Soliman trató, en vano, de que Francisco I de Austria le devolviera el cadáver de su padre para así poder enterrarlo dignamente. A esta historia, la autora polaca incorpora la supuesta redacción de tres cartas de la mujer, Josephine Soliman von Feuchtersleben, en donde pasa de rogar y humillarse, a un tono de amenazas ante el absoluto silencio del Emperador. Finalmente, el cuerpo no encontró descanso en la tumba, y ardió en un incendio producto de la Revolución de 1948 acaecida en Viena.
Angelo Soliman consiguió en 2013, de manera póstuma, que una parte de la ignominia fuera reparada: se bautizó con su nombre a una calle vienesa. Esta historia nos presenta el extremo de la errancia por antonomasia, momificado tras una vitrina, en taparrabos, detenido en su perpetuum mobile.
El relato Kunicki, administrado en varias partes, es otro de los lugares maestros del libro. Una historia de la desaparición de una mujer con su hijo durante unas vacaciones en la isla croata de Vis, que afecta profundamente al marido, especialmente tras su reaparición como si nada hubiera ocurrido, después de haber sido buscados con todos los medios posibles (helicóptero incluido).
Los tres días de la desaparición, que para el hombre son un martirio, han sido una especie de fuga al Paraíso de la madre con su hijo. Ellos dos ya no son los mismos tras el regreso, especialmente la mujer. Y eso acaba por destruir al hombre. En esos días, ella ha descubierto la itinerancia, la errancia, y se ha convertido en una persona distinta, algo que su pareja es incapaz no solo de comprender, sino de aceptar. La respuesta a la pregunta de por qué esa desaparición de tres días, de esa errancia de tres días aun sabiéndose angustiosamente buscados, la encontraremos casi al final del libro.
En el desenlace del relato, una ligerísima transición maestra nos muestra el potencial narrativo de Tokarczuk y el empleo de los materiales narrativos de una forma pasmosa.
Teoría de la Gran Literatura
Puesta en pie la teoría del viaje, del movimiento, de la errancia, la polaca también despliega su propia teoría de lo que es Gran Literatura, y lo hace mediante la escritura de algunos relatos prodigiosos. Para ello no necesita teorizar acerca de nada, tan solo narrar una historia de forma apabullante. Una de esas historias es la del Festín del Miércoles de Ceniza, acerca de un Errante marino que conduce un ferry; otra es La historia de Philip Verheyen escrita por su discípulo y confidente Willem Van Horssen, en donde una pierna amputada, no un ser humano, ejerce de objeto errante.
Philip Verheyen fue un cirujano y anatomista belga, pródigo en disecciones de cadáveres y padre del descubrimiento del talón de Aquiles en 1693. Pero lo realmente fascinante en toda esta historia que nos narra su discípulo es el problema médico que tortura al anatomista: amputado de una pierna, sufre de dolores en lo que califica miembro fantasma. Es el territorio de la paradoja que tanto gusta a Tokarczuk: el especialista en disecciones carece de una extremidad, un miembro errante que no dejará de doler.
Grabado de Philip Verheyen.
Dentro de estos relatos médicos íntimamente relacionados con la disección y el embalsamamiento, Viajes del doctor Blau, en donde el médico va en busca de la herencia misteriosa del profesor Mole y su técnica de plastinación de cadáveres, es otra muestra del magisterio literario de la premio Nobel. El líquido de conservación, denominado agua estigia, también nos aproxima a la idea de errancia, puesto que otra cosa sino Errantes eran las almas que cruzaban la laguna Estigia en la barca de Caronte.
Los errantes es una novela pródiga en relatos sobre partes del cuerpo. Además de la pierna fantasma de Verheyen y el talón de Aquiles, de la anatomía rellena de paja de Angelo Soliman, de los especímenes sometidos a plastinación, nos topamos con un delicioso relato sobre la introducción secreta del corazón de Chopin en la Polonia por entonces repartida en manos de potencias extranjeras.
Columna de la iglesia de la Santa Cruz en Varsovia, en cuyo interior reposa el corazón de Chopin.
De mucho, y mucho bueno, trata esta novela de Los errantes, y he dejado para el final, de entre otros relatos notables, el que da título al libro, demostración de Gran Literatura de verdad, uno de los mejores textos que he leído en mucho tiempo. Y lo es por la elección del espacio, un Moscú inhóspito e inclemente con el ciudadano de a pie, también por la protagonista, atosigada con los cuidados de un niño enfermo y por un marido nada empático. Ánnushka, al igual que la mujer del relato Kunicki, encontrará en la errancia un bálsamo temporal a su situación. Son tal para cual.
Un día, simplemente, no vuelve a casa, se alía con una mendigo, la errante bientapada, y hace del monumental cefalópodo que es el metro moscovita su hábitat durante un tiempo. De línea en línea, de transbordo en transbordo, de tren en tren y de vagón en vagón, se nos muestra una historia sobre la deshumanización y la búsqueda del sentido que lleva a errar, a mantenerse en movimiento para huir de la desgracia. Una obra maestra que ya justifica por completo todo el libro.
Olga Tokarczuk, premio Nobel de literatura 2018 y autora de Los errantes.
Teorema de los Errantes
La explicación a esta obsesión de Olga Tokarczuk por lo errante, ya sea humano o una parte de la anatomía humana, tras el monumental despliegue literario, culmina en una serie de reflexiones que cristalizan el motivo principal del libro.
Simplemente, el ser humano, a veces, no es capaz de convivir con su dolor porque no lo comprende. Ya lo afirma Verheyen:
“Debemos investigar nuestro propio dolor”.      
Y así lo rubrica la propia narradora-autora con estas palabras tan repletas de sentido en las que demuestra que la errancia separa lo civilizado de la barbarie:
lo volátil, lo móvil, lo ilusorio equivale a lo civilizado. Los bárbaros no viajan, simplemente van directos a su objetivo o hacen incursiones de conquista”.
Ni el mundo, ni el ser que lo habita, son una isla.  Por ello, la errancia nos coloca a salvo de lo que nos atenaza, aterra:
muévete, no dejes de moverte (…) Quién rige los destinos del mundo no tiene poder sobre el movimiento y sabe que nuestro cuerpo al moverse es sagrado, solo escaparás de él mientras te estés moviendo (…) En cuanto te despistes y pares te atraparán sus enormes manos, te convertirán en un monigote (…) Convivirás a diario con el dolor”.
Por supuesto, el escritor es el primero de los Errantes. Y también el primero de los especímenes plastinados:
nos inmortalizaremos mutuamente en hojas de papel, nos plastinaremos, nos sumergiremos en el formaldehído de frases”.
De esta forma, se explica el espíritu viajero y errante de Olga Tokarczuk, también el de la desaparecida mujer de la mujer de Kunicki, y la renuncia al hogar de Ánnushka, que se refugia en el metro de Moscú. Y al fondo de todo ello aparece otro Errante más: nosotros, lectores, que vagamos por el libro y sus párrafos en busca de movimiento. El movimiento que solo consigue la literatura con mayúsculas, la literatura de Olga Tokarczuk.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Joseph Brodsky-El explorador polar



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/joseph-brodsky-el-explorador-polar-con-brujula-lirica-y-mapas-de-versos/

Joseph Brodsky: El explorador polar con brújula lírica y mapas de versos

por 

Me da la sensación de que un poeta tan importante, tan genial, como es Joseph Brodsky, no es muy conocido en España, a pesar de haber sido Premio Nobel de Literatura en 1987. Hace muy poco llegó hasta mis manos un volumen antológico de este escritor, publicado por Kriller 71 ediciones y titulado El explorador polar. Los poemas que contiene son de los mejores de Brodsky, y demuestran todo su potencial y su peculiar forma de crear poesía. Por eso, en este Odradek de hoy, ante la magnitud del volumen —no me parece lógico que pase desapercibido para el público lector español—, voy a hablaros de este poeta, de sus poemas, y del libro. Y lo hago con osadía, temeridad e imprudencia, porque no se le puede poner un pero a la completa y esclarecedora introducción (un estudio en toda regla sobre Brodsky) de Ernesto Hernández Busto y que se nos ofrece como un valor añadido que corona el libro. Bueno, eso y que, además, se presenta en versión trilingüe: los poemas en el ruso o el inglés original en que Brodsky los redactó, y sus correspondientes traducciones.

En 1985, Brodsky llevaba ya más de trece años fuera la Unión Soviética, y tenía muy claro que en ningún caso, quisiera o no, podría regresar. De esas fechas es su autobiografía, en donde afirma que:
 “No hay ningún país que domine como Rusia el arte de la destrucción de sus súbditos, y un hombre con una pluma en la mano no puede remediar la situación”.
La URSS estalinista y posestalinista, la URSS del culto a la personalidad y del XX Congreso del PCUS que la denunció, la URSS de las purgas y de los juicios sumarísimos, la URSS del paraíso socialista en la tierra y del héroe positivo en la novela, la URSS del escritor entendido como un ingeniero del alma humana, la URSS de la Unión de Escritores, la URSS de la censura, la URSS, esa misma, que en 1964 juzgó a Brodskyy lo acusó de parasito social. El término acarreaba una condena de cinco años de trabajos forzados.
El 4 de junio de 1972 Joseph Brodsky abandonó la Unión Soviética, tal y como nos cuenta Ernesto Hernández Busto en el prólogo a la edición de El explorador polar, prólogo que titula de forma sugerente y práctica: Como un pez en la arena. Para leer a Joseph Brodsky. El poeta dejó el país con un libro del británico John Donne bajo el brazo. Tenía 32 años y tras una breve escala en Viena y en Londres, recabará en Estados Unidos, donde trabajará para la Universidad de Michigan, entre otras. Adquirirá la nacionalidad norteamericana en 1977, y el Nobel se le otorgará diez años después.
El poeta ha salido de uno de los países que más se han afanado en asesinar a la literatura y a los escritores que la integraban. Con Stalin, la literatura rusa, la de las novelas de GógolTolstói o Dostoievski, dará paso a la literatura soviética, un espanto en donde la literatura proletariala literatura de combate, la denuncia del capitalismo y el héroe socialista, camparán por sus fueros y convertirán a autores como PlatónovPasternakBulgákov Bábel en indeseables del sistema.
Ejecutados sumariamente, exiliados o silenciados, todos ellos pagaron un alto precio por desagradar al poder con sus obras. El adoctrinamiento ideológico y el férreo control (ejercido también por la Unión de Escritores Soviéticos) harán imposible cualquier crítica al régimen. Son años de oscurantismo, donde se desarrollará una literatura inflada y absurda.
Será durante el periodo conocido como deshielo (de 1956 a 1964) cuando se reanime el panorama literario con ediciones de escritores otrora proscritos (BábelPilniakPlatónov) que culminará con la primera gran obra de denuncia del estalinismo en el año 1962: Un día en la vida de Ivan Denísovich(Tusquets) de Alexandr Solzhenitsyn.

Sin embargo, el final del gobierno de Jruschov dará paso a Leonid Brézhnev, con él se invertirá el proceso de denuncia de la era de Stalin, recuperándolo positivamente. Así, se acabará con la tendencia tolerante hacia una crítica del estalinismo, pero el testimonio, los documentos, ya estaban editados. Finalmente, Solzhenitsyn acabará siendo expulsado del país, pero no por ello cejará en su línea de denuncia, que continuará con El primer círculo y El pabellón de cáncer, ambas de 1968 (y también ambas en Tusquets). El camino de la denuncia se había abierto para los novelistas y unos pocos ya habían demostrado cómo podían hacerlo


De esa forma, será el exilio el lugar desde donde se luche contra ese periodo de gran estancamiento, y parte de las letras rusas irán recuperándose. Brodsky será uno de los mayores representantes, si no el mayor, de los autores de la diáspora, como ya era el mejor poeta de la época soviética.
Como afirma Fernando Presa, en su presentación a la Historia de las literaturas eslavas (Cátedra):
“en los antiguos países socialistas dominaban las visiones derivadas del marxismo-leninismo, y así surgían y desaparecían «grandes escritores» según fuera su relación ideológica con el poder”.
Brodsky, con apenas unos años de trabajos forzados, de los que cumplió uno —al parecer gracias a la mediación de Sartre—, había salido muy bien parado, pero lo acabó pagando con el exilio forzoso, un exilio que pasó por varias fases. Primero, el 31 de diciembre de 1971, el poeta recibió una carta oficial desde Israel (no conocía al remitente de nada y él no había mantenido correspondencia alguna con ese país): se le invitaba a emigrar en esa dirección. Una jugada algo sorprendente.
La segunda fase fue algo más explícita, dado que se le otorgó un visado para emigrar a Israel desde la Oficina oficial que tramitaba estos asuntos. Visado que él nunca había pedido. La tercera advertencia fue menos sutil. Si no abandonaba la Unión Soviética se exponía a que el próximo invierno fuera, para él, especialmente frio. No había más que decir; no pudo llevarse consigo a sus padres ancianos y enfermos, y aunque lo intentó después en numerosas ocasiones, nunca más volvió a verlos.
Brodsky dando clases en la Universidad de Míchigan. ¿Sabían sus alumnos la suerte que tenían?

Su obra, publicada en la URSS de forma clandestina, o samizdat, no vería la luz oficial hasta 1987, año en que se le otorga el Premio Nobel y a la par el país convulsiona ante el aperturismo de Gorbachov y sus célebres perestroika y glásnost.
Por tanto, la tarea del poeta en el exilio siempre resulta penosa, como la de cualquier escritor que ha renunciado a su país y, por tanto, a su lenguaje. La patria del escritor es su lenguaje, ante el cual ha sufrido un doble extrañamiento. Primero, ha vivido durante años en un sistema represivo que convierte la lengua en un instrumento desgastado e inexpresivo acorde con la oficialidad, diríase que un régimen totalitario es todo un sistema sintáctico (tal y como afirma la doctora Eugenia Popeanga) y, después, se aleja de ella al tener que expresarse en la lengua del país de acogida e, incluso, prosigue con la tarea literaria en ese idioma.
Brodsky frente a su máquina de escribir.
Este es motivo por el cual la edición de la antología de Brodsky publicada por Kriller 71 ediciones sea trilingüe: el escritor no renunció a proseguir con su obra original en inglés, aunque siempre reconoció las grandes dificultades que tuvo para conseguirlo.

Discurso y memoria, lengua y tiranía, van unidas de la mano. Para el escritor rumano Norman Manea, la lengua es un elemento de identidad usurpado por el dictador y el sistema que lo ampara, hasta sentirse extraño de su propio lenguaje. Los comunistas han convertido el lenguaje en una lengua de madera —tal y cómo la califica en su novela El regreso del húligan (Tusquets)—, en una abominación repetitiva repleta de fórmulas sin contenido que tan sólo era válida para transmitir con éxito la doctrina ideológica. Una lengua de madera, nos dice, que se solidificaba en:
“los eslóganes, los tópicos, las amenazas, la doblez, la convención, las mentiras pequeñas y grandes, redondas y angulosas, incoloras y de colores, hediondas e inodoras, al igual que las mentiras insípidas de todo tipo, en la calle, en casa, en el tren, en el estadio, en el hospital, en la sastrería y en el juzgado. La estupidez irradiaba por doquier, era difícil permanecer inmune”.
añade:
el sistema de partido único de la dictadura socialista se fue haciendo gradualmente con el control de cualquier forma de propiedad privada: la tierra y los bancos, la industria y las escuelas, las granjas y los hospitales y los periódicos (…) todo. También pasó a controlar la lengua. Todos éramos propiedad del Estado, y la rígida lengua del partido dominaba nuestra vida diaria”.
El escritor rumano exiliado en Estados UnidosNorman Manea.

Los propios críticos acusan cierta pérdida de calidad en los poemas de Brodsky escritos en inglés. Brodsky era un poeta del lenguaje, fundamentalmente y por encima de todo, y comprendo que deseara continuar siéndolo en otro idioma antes de perder esa clave de su identidad lírica. Sin embargo, el poeta estadounidense Robert Hass define la fase inglesa de Brodsky de una forma hermosa, pero tremendamente desoladora. Para él, la lectura en inglés del ruso le proporciona la misma sensación de:
caminar entre las ruinas de lo que alguna vez fue un noble edificio”.
Por su parte, Charles Simic, poeta serbio-estadounidense, opina que Brodsky estuvo desacertado al intentar mantener rima y métrica a la hora de elaborar sus poemas en el nuevo idioma. Incluso, entre los testimonios de entendidos que valoran el paso de Brodsky al inglés y que se nos ofrecen en la introducción de El explorador polar, destaca el del crítico y escritor británico John Bayley, que piensa que Brodsky fue un poeta de primera en ruso, pero de segunda en inglés.
Hass, Simic y Bayley, críticos con la poesía en inglés de Brodsky:



A mí, todas estas afirmaciones me producen cierta desazón, pero entiendo la dificultad de reprogramarse en otra lengua mientras se mantienen las estructuras líricas internas de la materna, algo que un crítico (de nuevo recurro a la introducción de Ernesto Hernández Busto) denomina como una especie de efecto doppler. Prefiero quedarme con algo más simple, que Brodsky explica en estas declaraciones al respecto de su decisión de adoptar el inglés para sus composiciones desde 1976. Lo hizo:
por la razón habitual que impulsa a un escritor a escribir: para dar un impulso a la lengua o para obtenerlo de ella”.
Sea como fuera, el libro El explorador polar nos trae una antología de Brodsky que por momentos resulta estremecedora, y siempre emociona. Tras arrancar con un poema impactante, Cerca de nuestro fuego, aquella noche…, un ejemplo del imaginario estético de régimen nocturno durandiano en el que se mueve habitualmente la lírica de Brodsky, rápidamente aparece una de las obras maestras del autor, el poema largo Elegía mayor a John Donne, esa misma composición tras cuya lectura Anna Ajmátova le dijo con admiración:
¡No tienes ni idea de lo que has escrito!
Ya he comentado que, en el momento del exilio, Brodsky portaba en su bolsillo un libro de John Donne. El ruso había escrito la Elegía diez años antes de su expulsión, y al parecer, sería la composición que le devolvería al panorama literario tras los años de censura. Esta Elegía, con tan solo las primeras tiradas de versos, esas que están dedicadas a todo lo que duerme junto a John Donne —en un sueño de muerte— ya estaría justificada la obra maestra e, incluso, la compra del libro de Kriller 71 ediciones.
John Donne, siempre admirado por Brodsky.
Ese Londres que duerme, esa voz que de repente se escucha y que es el alma del propio Donne, mezcla tintes de Dickens junto a colores de Dostoievski, en este caso unos colores grises, tristes, afligidos.
Una vez superado este prodigio, del libro brotan otros poemas igualmente emotivos, como Una segunda Navidad a orillas…, uno de mis favoritos en su sencilla nostalgia, En la región de los lagos, de una ironía casi destructiva, o En el centenario de Anna Ajmátova, que culmina el recuerdo de la poeta con estos versos demoledores:
me inclino ante tu parte corruptible que yace
en la tierra natal a la que devolviste
el don de la palabra para los sordomudos”.
Tampoco hay que pasar por alto composiciones como Yo entré en aquella jaula en lugar de la fiera…El busto de Tiberio o la Intervención en la Sorbona, sin olvidarnos, entre otros muchos poemas, del que presta su nombre al libro, ese El explorador polar que ahora transcribo íntegro como ejemplo de la genialidad de Brodsky, particularmente en los dos últimos y memorables versos:
Devorados ya todos los perros. En su diario
no ha quedado hoja en blanco. La foto de la esposa
cubierta de palabras, a modo de rosario:
en su rostro el lunar de una fecha dudosa.
Otra foto: la hermana. Pero no se consterna;
marca su latitud. Mientras tanto se ve
que la gangrena, oscura, le sube por la pierna
como la media de una mujer de cabaret”.
Mucho de esto, llamémoslo como queramos, o simplemente llamémoslo poesía, es lo que podemos encontrar en este libro. Un libro de poesía, en efecto, que según la definía Brodsky en una conversación con la periodista Brenda Lyons —llevada cabo en Massachusetts en 1987—, podía producir:
un estado de aceleración mental (…) cortocircuitos mentales, y lo hace mejor que nadie. Eso es lo que me fascina de la poesía y lo que yo mismo estoy tratando de llevar a cabo”.
Aceleración mental, cortocircuito, finalmente, emoción: Joseph Brodsky. Os lo presento, por si no lo conocíais.

martes, 12 de marzo de 2019

Correo literario-Wisława Szymborska



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/correo-literario-de-nordica-libros-wislawa-szymborska-contra-el-mundo/

Correo literario de Nórdica libros: Wisława Szymborska contra el mundo


En el rincón de color blanquirrojo (y no es porque esta mujer sea del Atlético, sino porque esos son los colores de la bandera de Polonia), tenemos a la Premio Nobel de literatura del año 1996 y extraordinaria poeta, Wisława Szymborska. En el otro rincón del ring, de color oscuro plagio, de color negro epígono, de color ceniza diletante, tenemos a los aprendices a literatos. Puede comenzar el combate. Arbitra el Odradek de los viernes. Y el combate se llama Correo literario, publicado por Nórdica Libros.

En efecto, la poeta Wisława Szymborska llevó una especie de consultorio de escritores (mejor dicho, de aspirantes a serlo) en la revista Vida literaria —Życie literackie— que apareció en Polonia, concretamente en Cracovia, el 4 de febrero de 1951. Dice mucho del interés de los polacos por la literatura que ya en 1951, y después de los horrores que habían pasado durante la Segunda Guerra Mundial, tuvieran tanta pasión por las letras, sobre todo ante el previsible futuro de horrores comunistas que se avecinaban… Aunque entiendo que es un mecanismo inherente al ser humano ese “vivir para contarlo”, en palabras del inmortal Gabo y, creo que también de otro polaco no menos inmortal: Ryszard Kapuściński.
Fue en 1953 cuando Szymborska entró a formar parte del consejo de redacción de la revista (del que ya no se apearía hasta 1981), pero hubo de esperar al 27 de noviembre de 1963 para estrenar la sección Correo literario, como una forma de comunicación, mediante respuesta crítica, con los autores que habían enviado sus textos a la revista. La sección, coordinada por dos personas, tenía a la poeta como una de ellas. La otra fue el bielorruso Włodzimierz Maciąg, filólogo, historiador, crítico literario y también profesor.
El consultorio funcionó durante 21 años, y otra polaca, Teresa Walas (doctora, crítica literaria, y profesora en la Universidad Jagellónica de la asignatura de Antropología de la Literatura) decidió reunir 236 de estas respuestas y publicarlas en el año 2000 bajo el título de Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor.
Teresa Walas lo tenía muy claro, se había percatado, de ahí ese paréntesis en el título de la publicación, de que Szymborska había estado luchando desde el consultorio contra la falta de talento, los epígonos, la terrible diletancia, y otros males que suelen dinamitar la base de la buena literatura.
Dos imágenes de Szymborska recogiendo el Premio Nobel de Literatura:


Szymborska trata de disuadir a quienes, con evidente falta de talento y voluntad de copia, han iniciado un camino pervertido en la literatura. Lo hace con un humor ácido y disolvente a veces, en otras ocasiones de forma más o menos irónica, pero no suele mostrarse excesivamente sensible con los sentimientos de los escritores en ciernes, esa es la verdad. Le gusta llamar a las cosas por su nombre.
El principal objetivo de Szymborska era que la gente que enviaba sus manuscritos:
Entendieran cosas elementales, les animaba a que reflexionaran sobre el texto recién escrito, a que fueran mínimamente críticos consigo mismos. Y, lo más importante, los animaba a leer libros”.
Szymborska toca aquí los dos caballos de batalla primordiales de todo aquél que imparte un taller literario de escritura creativa o se encuentra comprometido con la valoración de textos, de relatos o poemas de escritores que comienzan: el completo blindaje y la no aceptación de la crítica (que es tomada como una ofensa personal), además de la necedad (porque es una necedad, para qué vamos a darle más vueltas) de personas que, queriendo escribir, no han leído un libro en su vida.
Puedo comprender, en un ejercicio de tolerancia, que las críticas se encajen mal, al fin y al cabo a nadie le gusta que le digan cosas negativas, en especial si son sobre un trabajo intelectual que se considera sublime. Pero lo de no leer y querer ser escritor es algo que jamás he podido comprender.
Dos sellos polacos con Szymborska como portagonista:


Y es un problema que genera textos repletos de lugares comunes aburridísimos, porque quienes no han leído nada consideran construcciones como “el cielo azul”, “el mar embravecido” o “las perlas de tus dientes”, hallazgos poéticos de primera magnitud. Un poco de Homero o de Rubén Darío les haría comprender lo desgastadas y aburridas que están ya estas palabras. No hay anda nuevo bajo el sol, ser original es tremendamente complejo, pero si además no has leído nunca, entonces, ignoras todo aquello que se ha dicho, el cómo se dijo y el quién lo dijo, y demuestras tener muy poca afición a esa escritura que arrastras por el lodo de tu ignorancia. Volvamos con Szymborska.
La polaca embiste en sus respuestas contra algo sobre lo que también nos advierte Charles Bukowski en algunos de sus escritos: que los conocidos jaleen la falta de talento del amigo, hijo, novio o vecino (consígnese en femenino también, por supuesto), porque de esa forma le están infligiendo un daño irreparable. Afirma Szymborska:
El problema empieza cuando el autor de una de esas rimas ocasionales, correctas, oye que sus conocidos le dicen: ˂˂Es muy bueno, tío, tienes que publicarlo en algún sitio˃˃. Como consecuencia, lo que puede ser agradable y adecuado en un cierto contexto y que ha gustado a la muchacha elegida, de ojos grandes, azules, cae en manos de un redactor injusto que no comparte esa admiración”.
Jalear este tipo de escaso talento por motivos de amistad, parentesco o vecindario lleva a que los aprendices se crean escritores profesionales, con los consecuentes problemas que semejante ilusión acarrea: “a mi vecino le gusta, a mi madre, a mi novio o novia les parece un texto de talento incomparable”, se dice sorprendido el autor, al toparse de frente con el muro de la crítica y con el añadido, ahora, de estos tiempo que corren, “lo he colgado en redes y he tenido 500 likes”, una mamarrachada contra la que Szymborska no se vio en la tesitura de tener que combatir. Pero amigo escritor en ciernes (por no llamarte otra cosa), ¿te has preguntado si esos elogios son sinceros, te has preguntado por el tipo de gusto crítico y conocimiento literario de quienes se ocultan tras los likes?
En una de las respuestas del Correo literarioSzymborska presenta el siguiente argumento sobre alguien que ha leído un poemita en una reunión social y ha sido recibido con vítores:
Alguien le comenta al autor: ˂˂Tendría usted que mandarlo a algún sitio para que lo publiquen, sería una pena que no quedara ninguna huella˃˃ (…) No es un buen consejo (…) Cuando sí que se va a echar a perder, es cuando acabe sobre el escritorio de alguna redacción y empiecen a analizarlo con criterios literarios. Y al final digan que eso no es poesía, con lo que causaran al autor un enorme disgusto. Disgusto que se podría haber evitado”.
Cámbiese la lectura del poemilla en una reunión social por Instagram, y nos encontramos ante una candente situación actual sobre lo que tiene éxito en redes, pero los críticos no consideran o consideramos como poesía, aunque se nos intente hacer pasar como tal. ¿Os suena esta polémica? Qué de-Sastre.
Szymborska lo tiene muy claro en cuestiones relativas al talento literario, y no puedo estar más de acuerdo con ella cuando afirma:
El talento… Algunos lo tienen, y otros no lo tendrán nunca. Y que conste que eso no significa que esos otros no tengan nada que hacer. Pueden llegar a ser excelentes bioquímicos o descubrir, por ejemplo, el polo norte”.
Aunque pueda sonar duro, soy de la misma opinión. Un escritor nace con ese talento, no se hace. ¡Un momento caballero!, me dirá algún lector, ¡Oiga usted!, casi indignado: ¿Usted que se dedica a impartir talleres de escritura me está queriendo decir que no merecen la pena porque sin talento no se puede aprender a escribir?
Es una gran pregunta. El taller, la escuela de letras, cumple varias funciones: la primera y primordial, proporcionarle unos ingresos a quienes lo imparten, ingresos que les permiten pagar algunas facturas, echar gasolina como todo hijo de vecino e, incluso, y esto es lo más importante, poder hacer la compra para conseguir la heroicidad de comer cada día.
La versión polaca del Correo literario.

Después, además y como quién no quiere la cosa, ayuda a refinar el talento bruto de algún alumno que verdaderamente lo tenga y sirve de criba para conseguir que abandonen un montón de pésimos escritores y personajes pesados que acuden a este tipo de talleres creyendo que cumplen una función social de entretenimiento y tertulia, como si fueran a un salón de té o asistieran a un ameno curso de patchwork. Es decir: a pasar el rato y si se tercia, hasta puede que lleguen a conocer gente.
Por último, el taller literario puede limar y pulir un poco a quienes se dejen pulir y limar (que esa es otra) y que suelen ser aquellos seres generosos que han dejado la soberbia y el ego en la puerta antes de empezar. Así que la rimbombante escuela de letras, en lo estrictamente literario, ayuda al que apunta maneras, desespera al que carece de talento, y da un empujoncito leve al modesto. Pero no crea escritores de la nada, ni tampoco desde la ignorancia de los alumnos. Eso, el talento para ser escritor, ya se trae puesto de casa. Aportemos aquí otra recomendación de Szymborska en respuesta a una persona de Nowograd:
Las facultades de filología polaca forman sobre todo a profesores, pero no enseñan a escribir buenos poemas. Ninguna clase magistral (…) puede ayudar a crear talento”.
Y no digamos nada de las facultades de filología españolas
En fin, que esto del talento y su posibilidad (o no) de aprenderlo, o tal vez aprehenderlo, nos queda clarísimo tras esta contestación a U.T. de Cracovia:
¿Qué se supone que debería aprender un escritor yendo a una escuela? (…) la literatura no tiene ningún misterio técnico; en todo caso, ningún misterio que no pueda descifrar un profano con algo de talento (…) Es el oficio menos profesional de todas las actividades artísticas (…) El camino al Parnaso está abierto para todo el mundo. En apariencia, claro está, porque, a fin de cuentas, lo que decide es la genética”.
La genética de tener talento, obviamente, ese que se lleva de serie como unos ojos azules o, como es mi caso, como unos grandes pies planos. No poseer ese talento no significa ser un borrico. Acaba de decírnoslo Szymborska en la cita anterior. Uno, seguramente, vale para otras cosas, generalmente mucho más útiles que la literatura. Realmente los escritores no valemos para nada, o casi para nada. Somos buenos en asustarnos, preocuparnos, mirar embobados, estar mano sobre mano, aburrirnos y quejarnos y, a veces, pero muy raramente, podemos ser buenos en escribir. Sí, eso creo, que los escritores también somos capaces de escribir. Y añade Szymborska:
El talento literario es uno entre muchos talentos. Se pueden tener otros”.
Así que a todos aquellos, por cientos o miles, que se creen escritores talentosos, jaleados por amistades, familiares, Szymborska no tiene problemas en recalcarles una de las mejores frases de este Correo literario:
El talento literario no es un fenómeno de masas”.
Y más adelante responde a una pregunta llegada desde Łubin:
¿Cómo llegar a ser escritor? La pregunta que nos hace usted es muy delicada (…) Pues bien, hay que tener algo de talento”.
Y si pese a todo esto, el aspirante persiste en su empecinamiento, quizás otra reflexión interesante de Szymborska puede que le saque de dudas:
Persiste todavía la romántica idea de que ser poeta es el mayor de los honores y un gran prestigio. En realidad, el mayor honor y el mayor prestigio es hacer de forma intachable o que uno sabe hacer”.
Es el Correo literario un libro que, quizás, contenga menos humor del que se nos ha querido vender, incluso menos ironía de lo que pueda parecer. Por momentos me parece arisco, pero repleto de sentido común y amor por la literatura.
En la redacción de la revista se recibían manuscritos que presentaban los mismos problemas a los que nos solemos enfrentar en nuestros talleres de escritura creativa. Uno de ellos es la infame presentación de un texto que se supone debemos leer para valorarlo. Es algo que jamás he podido comprender, y Szymborska tampoco:
¿Por qué tendría que apetecernos leer eso, si todo parece indicar que al autor ni siquiera le apeteció pasarlo a limpio?.
Este mundo de la literatura que tanto amamos, visto desde nuestra perspectiva, se divide entre quienes leen y quienes escriben. Por eso, si Szymborska encontraba suficientes motivos en un manuscrito para hacerle entender a su autor que como escritor no tenía ningún futuro, no dudaba en intentar reconducirlo al otro lado, el de la lectura. Así, le recomienda a un remitente de la localidad de Chorzów:
Le espera a usted una vida fantástica, una vida de lector, y de lector de los mejores, de lector desinteresado; la vida de un amante de la literatura, un amante que será siempre el miembro más fuerte de la pareja, es decir, no el que tiene que conquistar, sino el que es conquistado. Leerá usted las cosas más diversas por el puro placer de leer. No tendrá usted que estar pendiente de ˂˂recursos˃˃, ni ponerse a pensar si se podría escribir mejor o igual de bien, pero de otra manera (…) Dante será para usted Dante (…) De noche, no le torturará la duda de por qué Fulanito, que no rima, ha sido publicado y yo, que lo he rimado todo y he contado las sílabas con los dedos, ni siquiera he tenido unas palabras de respuesta”.
Este Correo literario está repleto de estas y otras respuestas y consideraciones sobre la literatura, conformando una especie de manual de primer uso para primerizos que siempre cometen los mismos errores, o de recordatorio para aquellos que llevamos escribiendo, impartiendo clases, y podemos caer en algunos errores de bulto por pereza o desidia. Szymborska, como una guardiana incansable, está ahí, vigilante.


De esa forma, aborda cuestiones relativas a la necesidad de poseer un instinto innato para dedicarse a ser escritor —y volvemos a lo de antes, un instinto innato, es decir, que no se puede aprender después—, un instinto literario —que igualmente se trae ya puesto de fábrica—, nos habla sobre asuntos relativos a la poesía —por cierto, “el poeta nace con oído”, nos confiesa Szymborska, que de poesía sabe un rato—, de la inspiración y de la importancia de trabajar los textos, de los lugares comunes y las imágenes manidas, de la percepción y sensibilidad especiales que necesita el escritor, de si se tiene algo que decir o no, de cómo la literatura debe tratar de emocionar, de los temas y de la construcción de los personajes…
En fin, que este Correo literario es todo un tratado urgente de literatura para las trincheras en las que muchos se mueven, pero también para quienes combatimos en primera línea y sufrimos más de la cuenta, o más de lo que sería recomendable para nuestra salud mental, a epígonos, diletantes, aficionados, pero, sobre todo, ególatras, maleducados y caraduras.
Si tuviera presupuesto, regalaría un ejemplar de Correo literario a cada uno de estos personajes. Sería la mejor forma de cerrarles la boca porque Wisława Szymborska es irónica, y graciosa a veces, pero por encima de todo hace gala de una espectacular e impagable mala leche que se agradece mucho en estos tiempos que corren de buenismos literarios y tibiezas críticas.