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miércoles, 8 de mayo de 2019

Joseph Brodsky-El explorador polar



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/joseph-brodsky-el-explorador-polar-con-brujula-lirica-y-mapas-de-versos/

Joseph Brodsky: El explorador polar con brújula lírica y mapas de versos

por 

Me da la sensación de que un poeta tan importante, tan genial, como es Joseph Brodsky, no es muy conocido en España, a pesar de haber sido Premio Nobel de Literatura en 1987. Hace muy poco llegó hasta mis manos un volumen antológico de este escritor, publicado por Kriller 71 ediciones y titulado El explorador polar. Los poemas que contiene son de los mejores de Brodsky, y demuestran todo su potencial y su peculiar forma de crear poesía. Por eso, en este Odradek de hoy, ante la magnitud del volumen —no me parece lógico que pase desapercibido para el público lector español—, voy a hablaros de este poeta, de sus poemas, y del libro. Y lo hago con osadía, temeridad e imprudencia, porque no se le puede poner un pero a la completa y esclarecedora introducción (un estudio en toda regla sobre Brodsky) de Ernesto Hernández Busto y que se nos ofrece como un valor añadido que corona el libro. Bueno, eso y que, además, se presenta en versión trilingüe: los poemas en el ruso o el inglés original en que Brodsky los redactó, y sus correspondientes traducciones.

En 1985, Brodsky llevaba ya más de trece años fuera la Unión Soviética, y tenía muy claro que en ningún caso, quisiera o no, podría regresar. De esas fechas es su autobiografía, en donde afirma que:
 “No hay ningún país que domine como Rusia el arte de la destrucción de sus súbditos, y un hombre con una pluma en la mano no puede remediar la situación”.
La URSS estalinista y posestalinista, la URSS del culto a la personalidad y del XX Congreso del PCUS que la denunció, la URSS de las purgas y de los juicios sumarísimos, la URSS del paraíso socialista en la tierra y del héroe positivo en la novela, la URSS del escritor entendido como un ingeniero del alma humana, la URSS de la Unión de Escritores, la URSS de la censura, la URSS, esa misma, que en 1964 juzgó a Brodskyy lo acusó de parasito social. El término acarreaba una condena de cinco años de trabajos forzados.
El 4 de junio de 1972 Joseph Brodsky abandonó la Unión Soviética, tal y como nos cuenta Ernesto Hernández Busto en el prólogo a la edición de El explorador polar, prólogo que titula de forma sugerente y práctica: Como un pez en la arena. Para leer a Joseph Brodsky. El poeta dejó el país con un libro del británico John Donne bajo el brazo. Tenía 32 años y tras una breve escala en Viena y en Londres, recabará en Estados Unidos, donde trabajará para la Universidad de Michigan, entre otras. Adquirirá la nacionalidad norteamericana en 1977, y el Nobel se le otorgará diez años después.
El poeta ha salido de uno de los países que más se han afanado en asesinar a la literatura y a los escritores que la integraban. Con Stalin, la literatura rusa, la de las novelas de GógolTolstói o Dostoievski, dará paso a la literatura soviética, un espanto en donde la literatura proletariala literatura de combate, la denuncia del capitalismo y el héroe socialista, camparán por sus fueros y convertirán a autores como PlatónovPasternakBulgákov Bábel en indeseables del sistema.
Ejecutados sumariamente, exiliados o silenciados, todos ellos pagaron un alto precio por desagradar al poder con sus obras. El adoctrinamiento ideológico y el férreo control (ejercido también por la Unión de Escritores Soviéticos) harán imposible cualquier crítica al régimen. Son años de oscurantismo, donde se desarrollará una literatura inflada y absurda.
Será durante el periodo conocido como deshielo (de 1956 a 1964) cuando se reanime el panorama literario con ediciones de escritores otrora proscritos (BábelPilniakPlatónov) que culminará con la primera gran obra de denuncia del estalinismo en el año 1962: Un día en la vida de Ivan Denísovich(Tusquets) de Alexandr Solzhenitsyn.

Sin embargo, el final del gobierno de Jruschov dará paso a Leonid Brézhnev, con él se invertirá el proceso de denuncia de la era de Stalin, recuperándolo positivamente. Así, se acabará con la tendencia tolerante hacia una crítica del estalinismo, pero el testimonio, los documentos, ya estaban editados. Finalmente, Solzhenitsyn acabará siendo expulsado del país, pero no por ello cejará en su línea de denuncia, que continuará con El primer círculo y El pabellón de cáncer, ambas de 1968 (y también ambas en Tusquets). El camino de la denuncia se había abierto para los novelistas y unos pocos ya habían demostrado cómo podían hacerlo


De esa forma, será el exilio el lugar desde donde se luche contra ese periodo de gran estancamiento, y parte de las letras rusas irán recuperándose. Brodsky será uno de los mayores representantes, si no el mayor, de los autores de la diáspora, como ya era el mejor poeta de la época soviética.
Como afirma Fernando Presa, en su presentación a la Historia de las literaturas eslavas (Cátedra):
“en los antiguos países socialistas dominaban las visiones derivadas del marxismo-leninismo, y así surgían y desaparecían «grandes escritores» según fuera su relación ideológica con el poder”.
Brodsky, con apenas unos años de trabajos forzados, de los que cumplió uno —al parecer gracias a la mediación de Sartre—, había salido muy bien parado, pero lo acabó pagando con el exilio forzoso, un exilio que pasó por varias fases. Primero, el 31 de diciembre de 1971, el poeta recibió una carta oficial desde Israel (no conocía al remitente de nada y él no había mantenido correspondencia alguna con ese país): se le invitaba a emigrar en esa dirección. Una jugada algo sorprendente.
La segunda fase fue algo más explícita, dado que se le otorgó un visado para emigrar a Israel desde la Oficina oficial que tramitaba estos asuntos. Visado que él nunca había pedido. La tercera advertencia fue menos sutil. Si no abandonaba la Unión Soviética se exponía a que el próximo invierno fuera, para él, especialmente frio. No había más que decir; no pudo llevarse consigo a sus padres ancianos y enfermos, y aunque lo intentó después en numerosas ocasiones, nunca más volvió a verlos.
Brodsky dando clases en la Universidad de Míchigan. ¿Sabían sus alumnos la suerte que tenían?

Su obra, publicada en la URSS de forma clandestina, o samizdat, no vería la luz oficial hasta 1987, año en que se le otorga el Premio Nobel y a la par el país convulsiona ante el aperturismo de Gorbachov y sus célebres perestroika y glásnost.
Por tanto, la tarea del poeta en el exilio siempre resulta penosa, como la de cualquier escritor que ha renunciado a su país y, por tanto, a su lenguaje. La patria del escritor es su lenguaje, ante el cual ha sufrido un doble extrañamiento. Primero, ha vivido durante años en un sistema represivo que convierte la lengua en un instrumento desgastado e inexpresivo acorde con la oficialidad, diríase que un régimen totalitario es todo un sistema sintáctico (tal y como afirma la doctora Eugenia Popeanga) y, después, se aleja de ella al tener que expresarse en la lengua del país de acogida e, incluso, prosigue con la tarea literaria en ese idioma.
Brodsky frente a su máquina de escribir.
Este es motivo por el cual la edición de la antología de Brodsky publicada por Kriller 71 ediciones sea trilingüe: el escritor no renunció a proseguir con su obra original en inglés, aunque siempre reconoció las grandes dificultades que tuvo para conseguirlo.

Discurso y memoria, lengua y tiranía, van unidas de la mano. Para el escritor rumano Norman Manea, la lengua es un elemento de identidad usurpado por el dictador y el sistema que lo ampara, hasta sentirse extraño de su propio lenguaje. Los comunistas han convertido el lenguaje en una lengua de madera —tal y cómo la califica en su novela El regreso del húligan (Tusquets)—, en una abominación repetitiva repleta de fórmulas sin contenido que tan sólo era válida para transmitir con éxito la doctrina ideológica. Una lengua de madera, nos dice, que se solidificaba en:
“los eslóganes, los tópicos, las amenazas, la doblez, la convención, las mentiras pequeñas y grandes, redondas y angulosas, incoloras y de colores, hediondas e inodoras, al igual que las mentiras insípidas de todo tipo, en la calle, en casa, en el tren, en el estadio, en el hospital, en la sastrería y en el juzgado. La estupidez irradiaba por doquier, era difícil permanecer inmune”.
añade:
el sistema de partido único de la dictadura socialista se fue haciendo gradualmente con el control de cualquier forma de propiedad privada: la tierra y los bancos, la industria y las escuelas, las granjas y los hospitales y los periódicos (…) todo. También pasó a controlar la lengua. Todos éramos propiedad del Estado, y la rígida lengua del partido dominaba nuestra vida diaria”.
El escritor rumano exiliado en Estados UnidosNorman Manea.

Los propios críticos acusan cierta pérdida de calidad en los poemas de Brodsky escritos en inglés. Brodsky era un poeta del lenguaje, fundamentalmente y por encima de todo, y comprendo que deseara continuar siéndolo en otro idioma antes de perder esa clave de su identidad lírica. Sin embargo, el poeta estadounidense Robert Hass define la fase inglesa de Brodsky de una forma hermosa, pero tremendamente desoladora. Para él, la lectura en inglés del ruso le proporciona la misma sensación de:
caminar entre las ruinas de lo que alguna vez fue un noble edificio”.
Por su parte, Charles Simic, poeta serbio-estadounidense, opina que Brodsky estuvo desacertado al intentar mantener rima y métrica a la hora de elaborar sus poemas en el nuevo idioma. Incluso, entre los testimonios de entendidos que valoran el paso de Brodsky al inglés y que se nos ofrecen en la introducción de El explorador polar, destaca el del crítico y escritor británico John Bayley, que piensa que Brodsky fue un poeta de primera en ruso, pero de segunda en inglés.
Hass, Simic y Bayley, críticos con la poesía en inglés de Brodsky:



A mí, todas estas afirmaciones me producen cierta desazón, pero entiendo la dificultad de reprogramarse en otra lengua mientras se mantienen las estructuras líricas internas de la materna, algo que un crítico (de nuevo recurro a la introducción de Ernesto Hernández Busto) denomina como una especie de efecto doppler. Prefiero quedarme con algo más simple, que Brodsky explica en estas declaraciones al respecto de su decisión de adoptar el inglés para sus composiciones desde 1976. Lo hizo:
por la razón habitual que impulsa a un escritor a escribir: para dar un impulso a la lengua o para obtenerlo de ella”.
Sea como fuera, el libro El explorador polar nos trae una antología de Brodsky que por momentos resulta estremecedora, y siempre emociona. Tras arrancar con un poema impactante, Cerca de nuestro fuego, aquella noche…, un ejemplo del imaginario estético de régimen nocturno durandiano en el que se mueve habitualmente la lírica de Brodsky, rápidamente aparece una de las obras maestras del autor, el poema largo Elegía mayor a John Donne, esa misma composición tras cuya lectura Anna Ajmátova le dijo con admiración:
¡No tienes ni idea de lo que has escrito!
Ya he comentado que, en el momento del exilio, Brodsky portaba en su bolsillo un libro de John Donne. El ruso había escrito la Elegía diez años antes de su expulsión, y al parecer, sería la composición que le devolvería al panorama literario tras los años de censura. Esta Elegía, con tan solo las primeras tiradas de versos, esas que están dedicadas a todo lo que duerme junto a John Donne —en un sueño de muerte— ya estaría justificada la obra maestra e, incluso, la compra del libro de Kriller 71 ediciones.
John Donne, siempre admirado por Brodsky.
Ese Londres que duerme, esa voz que de repente se escucha y que es el alma del propio Donne, mezcla tintes de Dickens junto a colores de Dostoievski, en este caso unos colores grises, tristes, afligidos.
Una vez superado este prodigio, del libro brotan otros poemas igualmente emotivos, como Una segunda Navidad a orillas…, uno de mis favoritos en su sencilla nostalgia, En la región de los lagos, de una ironía casi destructiva, o En el centenario de Anna Ajmátova, que culmina el recuerdo de la poeta con estos versos demoledores:
me inclino ante tu parte corruptible que yace
en la tierra natal a la que devolviste
el don de la palabra para los sordomudos”.
Tampoco hay que pasar por alto composiciones como Yo entré en aquella jaula en lugar de la fiera…El busto de Tiberio o la Intervención en la Sorbona, sin olvidarnos, entre otros muchos poemas, del que presta su nombre al libro, ese El explorador polar que ahora transcribo íntegro como ejemplo de la genialidad de Brodsky, particularmente en los dos últimos y memorables versos:
Devorados ya todos los perros. En su diario
no ha quedado hoja en blanco. La foto de la esposa
cubierta de palabras, a modo de rosario:
en su rostro el lunar de una fecha dudosa.
Otra foto: la hermana. Pero no se consterna;
marca su latitud. Mientras tanto se ve
que la gangrena, oscura, le sube por la pierna
como la media de una mujer de cabaret”.
Mucho de esto, llamémoslo como queramos, o simplemente llamémoslo poesía, es lo que podemos encontrar en este libro. Un libro de poesía, en efecto, que según la definía Brodsky en una conversación con la periodista Brenda Lyons —llevada cabo en Massachusetts en 1987—, podía producir:
un estado de aceleración mental (…) cortocircuitos mentales, y lo hace mejor que nadie. Eso es lo que me fascina de la poesía y lo que yo mismo estoy tratando de llevar a cabo”.
Aceleración mental, cortocircuito, finalmente, emoción: Joseph Brodsky. Os lo presento, por si no lo conocíais.

Valerio Magrelli-La vicevida




*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/valerio-magrelli-la-vicevida-y-las-poeticas-ventajas-de-viajar-en-tren/

Valerio Magrelli: La vicevida y las poéticas ventajas de viajar en tren

por 

Hoy vamos a hablar de trenes y de estaciones de ferrocarril en este Odradek de los viernes. Y voy a hacerlo por dos motivos: el primero es por esa fascinación que ejercen los ferrocarriles en los escritores, algo que desde siempre me ha mantenido hipnotizado, y el segundo motivo, el más importante, es por la publicación de un libro de gran belleza lírica que contiene hermosas reflexiones sobre el asunto. Me refiero a La vicevida: trenes y viajes en tren, escrito por el poeta italiano Valerio Magrelli y publicado por Kriller 71 ediciones. Se pone en marcha el tren literario de Achtung!

En efecto, los escritores siempre nos hemos sentido poderosamente atraídos por esa poética de los trenes que posee una mística especial. En muchas ocasiones me quedo como atontado contemplando las vías, que se pierden en una larguísima recta que termina con una curva apenas perceptible, cuando estoy en los andenes de la estación de Torrelodones.
Yo he sido de esa generación que se recorrió Europa en Interrail hace ya casi 30 años, y muchos de los mejores recuerdos que tengo, y sensaciones, están asociadas al tren. Por eso, al leer el libro de Valerio Magrelli, he visto que somos coincidentes en gran parte de las percepciones. Se puede afirmar que los escritores compartimos un imaginario ferroviario común.
Antes de proseguir, quiero atender al título del libro: La vicevida. Es muy interesante, porque el autor mantiene que la vicevida es aquel momento en el cual nos encontramos esperando otra cosa. El viajero del ferrocarril se encuentra, en ese instante, de camino a un sitio, con el deseo de llegar a destino. Esos intervalos en los que:
más que vivir, esperamos vivir, o mejor dicho, vivimos en espera de otra cosa (…) Son los momentos en los cuales actuamos como vehículos de nosotros mismos. Es lo que llamaría la vicevida”.
Mientras aguardamos a algo, realmente no lo estamos viviendo; de lo anterior se deduce que nos comportamos en esos momentos como sumidos en un tiempo de espera latente, larvario, en fase de pupación. Y esta idea resulta más comprensible cuando Magrelli añade como instantes de vicevida a:
la burocracia y a la enfermedad (entendida como“burocracia del cuerpo”)”.
Ambos, burocracia y enfermedad, son dos momentos aterradores, pero el detalle de la enfermedad entendida como burocracia del cuerpo, como algo que nos mantiene a la espera insoportable de un resultado que será la curación o la muerte, es una idea brillante que anuncia que tipo de reflexiones, pensamientos y analogías, nos brindará este poeta suspicaz e inteligente en el libro. Un libro que, por otra parte, y tiempo es ya de decirlo, es de narrativa, o al menos de ese tipo de narrativa delicada y sensible, con gusto por fijarse en la naturaleza diminuta de algunas cosas y mostrarnos el asombro descomunal que se desprende de ellas.
Solo un observador con sentido lírico puede construir un texto conformado de pequeños textos que son como apuntes del natural, punzadas impresionistas apoyadas en todo tipo de elementos ferroviarios. Desde la tristeza de los pasos a nivel, las cantinas de las estaciones, la palanca del freno de emergencia o el silencio en los compartimentos. De todo ello extrae Magrelli una imagen que nos llega con fuerza, que nos transmite la mirada del autor y que consigue hacerla nuestra.
Al fin y al cabo, todos hemos viajado en tren, y ahora, con la lectura de La vicevida, percibimos con mayor intensidad algunos detalles pretéritos de nuestros trayectos gracias a la forma en que Magrellilos coloca delante de nosotros que, como lectores —y a menudo se habla de la lectura como un viaje— nos desplazamos por las páginas de La vicevida asistiendo a la sorpresa de algunas de las reflexiones y sintiéndonos completamente identificados con ellas.
Magrelli consigue algo bien complejo, establecer una empatía con el lector, que también se ha visto reflejado en la ventana del compartimento mientras veía, fugazmente, el desfile del paisaje (o bueno, no tan fugazmente, según de que desesperante tren se trate). El cristal ejerce de “médium” con dos propiedades: mostrar el paisaje y, de repente, el rostro del viajero que lo contempla, que se aparece como una máscara. Incluso al estilo de una Alicia lewiscarrolesca, el viajero parece que haya sido capaz de “girar al otro lado”.
Pero dejemos tranquilo a Lewis Carroll, porque en esta reflexión sobre la ventanilla espejada y la imagen reflejada subyace, o más que subyacer impone su enorme presencia, Luigi Pirandello y su descomunal reflexión sobre nuestra cara en el espejo que desarrollada en la novela Uno, ninguno y cien mil (El acantilado).

Pirandello es una de las referencias culturales que brotan en el libro, pero hay muchas más. Magrelli es un poeta que sabe reconocer sin problemas la deuda contraída con sus inspiradores, y en los textos aparecen referencias a David GrossmanKarl Kraus, Paul ValeryHenri MicheauxGeorges DubyRilkePushkin o Rimbaud, solo por citar a los más conocidos. Todos ellos se han subido, de la mano de Magrelli, a este ferrocarril narrativo que es La vicevida.
Es así: un ferrocarril narrativo compuesto de pequeños vagones o compartimentos. Como en todo tren, la composición del convoy empieza por una locomotora que, además, llega cargada de significado inicial al agrupar los textos bajo el epígrafe de Infancia del tren. Y la locomotora de La vicevida no puede ser otra, pues, que el recuerdo de esos viajes nocturnos de juventud, durmiendo en cualquier rincón del vagón atestado, colocado de mala manera, pero soportándolo sin problemas porque:
la juventud es un fenómeno nocturno”.
Sin olvidarnos, además, de la fascinación que casi todos hemos sentido por los trenes en la infancia, como cuando yo esperaba la llegada de mi abuelo en la estación de Chamartín. Venía en el Talgo desde Zaragoza y un círculo solar en la lejanía anunciaba el faro de la locomotora y el momento de mi mayor alegría. Pero, a veces, también hemos experimentado temor, o incluso miedo, como Magrelli recuerda, a bajarnos en la parada equivocada, perdernos o equivocarnos de tren. Por ello, a tiernas edades, lo más seguro y fascinante era jugar con los trenes de juguete, o subir en las atracciones de feria, una forma de curtirnos ante las futuras despedidas y desencantos que muy posiblemente nos traerían algunas vías y apeaderos en el futuro…
Una conclusión firme se desmenuza de este libro de Magrelli. Hasta cierto momento, y a pesar de que el viajero se encontraba inmerso en esa vicevida, el tren, o sus compartimentos, eran un lugar en donde se producía algún tipo de comunicación. En mi cabeza, y en la de Magrelli creo que también, hay un punto en el cual el tren es un espacio de relaciones, que todavía no ha accedido al malditismo del no-lugarproclamado Marc Augé, ese sitio de indefinición que hace imposible todo tipo de intercambio relacional.
Antes, el tren con sus compartimentos, las estaciones de ferrocarril acogedoras, hacían de este medio de transporte uno de los más amigables. Se charlaba con el compañero de asiento, se compartía comida y bebida (en mi caso, elijo el caso más exacerbado, entre Atenas Bucarest, brandy y filetes empanados con un boxeador de Kiev y un estudiante de canto de Rumania). Me da la sensación de que este libro se encuentra en un instante de bisagra entre la extinción del viaje en tren como un suceso relacional y la configuración del viaje en tren como un no-lugar de absoluto aislamiento.
El autor de La vicevidaValerio Magrelli.
La desaparición de aquellas composiciones antiguas de los vagones, con pequeños habitáculos como habitaciones, ha favorecido en la actualidad la llegada de convoyes largos y diáfanos, anodinos y despersonalizados en toda su frialdad. Por supuesto, de ello también se ha percatado Magrelli.
Por ello, quizá, el coche-cama ejerce una fuerza todavía poderosa en el autor. Ese recinto en donde, además de dormir, compartes litera con otra persona. Es lo único, ya, que impide que el tren se convierta en un no-lugar completo.
Las estaciones han sucumbido a esa calificación de no-lugar: Londres (por cierto que en el libro nos habla de las ratas de la estación, y allí siguen, puedo atestiguarlo), Roma TerminiMoscú… Conglomerados, todos ellos, destinados como útiles espacios para el intercambio de pasajeros, pero no de relaciones, interacciones o conversaciones. Quizás, en eso tenga mucho que decir la transformación de las cantinas en cafés. Un término que lo decía todo con su significado.
Así que el ferrocarril ahora invita a la reflexión interna. A fijarse en lo que nos rodea, pasados los alegres tiempos en los que se podía compartir, tal cómo me ocurrió a mí, por ejemplo, una garrafa de vino del Chianti entre Florencia y Burdeos, junto a una animada charla con desconocidos.
Esa reflexión, la interiorización de Magrelli, le lleva a fijarse en algunos aspectos que no dejan de sorprenderme, como cuando en un trayecto en ferrocarril por Austria, en el interior de un tren moderno e impecable, sin embargo, de la observación del exterior, le llega un mensaje muy distinto: “un aire sombrío” de los pueblecitos que entronca directamente con esa idea tan de Thomas Bernhard de que la campiña austriaca encierra un espíritu del mal y la enfermedad. Y claro, de esa percepción del mal, aunque Magrelli no llegue a entender muy bien el motivo, surge bruscamente la asociación con los vagones sellados que iban de camino de los lagers:
las hileras de los balcones floridos, tan oscuramente floridos, me evocaban las deportaciones”.
Todo el lirismo del ferrocarril, que puede llegar a enfermarnos casi de forma estendhaliana, se transforma en ese instante en un elemento al servicio del mal.
Hemos dejado atrás el tren como vehículo de encuentros, ahora es contenedor de reflexiones individuales, y tal vez por ello la segunda parte del libro se titula Soledades, y en ella los ojos poéticos de Magrelli extraen reflexiones líricas de los aspectos más variopintos: desde la posibilidad de escribir un poema siguiendo el ritmo del traqueteo, “yambos ferroviarios”, tal y como los denomina, hasta la tristeza de esas periferias que debe recorrer el convoy antes de ganar la estación central de la ciudad. Viajar en tren puede producir:
una intoxicación de soledad”.
Sin embargo, y lo afirmo ya, eso es lo que nos gusta a los escritores. A mi cabeza viene Austerlitz (Anagrama) de Sebald, y toda la puesta en marcha de una poética de las estaciones (AmberesLondresParís) como lugares de desarraigo y tristeza.

Otros relatos, como la novela Trenes rigurosamente vigilados (Seix Barral) de Bohumil Hrabal o Jefe de estación Fallmerayer (El acantilado) de Joseph Roth, impregnan con un halo de amargura la lectura, y esa amargura emana directamente de las vías, de los convoyes, de las casetas de los jefes de estación. Es inevitable, y una parte de la belleza que contiene el texto de Magrelli se debe a su tristeza emboscada, o no tan emboscada, en figuras de gran lirismo y en cavilaciones que ahondan en las vías muertas de nuestros sentimientos.

Esta profundidad casi telúrica se muestra en todo su esplendor en la tercera parte, Una comunidad ferroviaria, el trayecto más intimista de todo el libro. Aquí se hace perceptible toda la angustia, no en vano empieza reflexionando sobre el Holocausto (de nuevo esa disfunción ferroviaria), para después fijarse en los pobres que piden en los vagones y en los suicidas que se arrojan a las vías:
expuestos a esa intolerable carga de pena que ha empujado a alguien bajo nuestras ruedas (…) Nada se crea, y nada se destruye: su dolor realmente no ha desaparecido, sino que ha sido distribuido entre los presentes, aunque en partes desiguales. Y cuando se reparte, pesa un poco más”.
Estamos en la parte de mayor dramatismo del libro, y si algo dramático puede encontrarse en un tren, eso es el freno de mano para emergencias, como lo define muy bien:
Todo el tren colgando de una manija”.
Y después, retornando a esa idea del tren transmutado de lugar de relación e intercambio a no-lugaraugeiano, esta reflexión sobre los compartimentos y su eliminación:
Están desapareciendo los compartimentos (…) El tren fue el único medio de transporte que, consintiendo la idea de un lugar circunscrito, favoreció la coagulación de pequeñas comunidades nacidas por azar. De allí nacían retículas de conversaciones, embriones de relaciones humanas destinadas a disolverse al final del viaje, pero a veces más tenaces que un simple tramo ferroviario. Eran microscópicas colmenas de encuentros, pliegues de significado, puntos de recogida de historias, recogida y clasificación”.
Por ello, el tren, punto de recogida historias y urdimbre de tramas, entendido a la antigua usanza, ha sido siempre vehículo de inspiración literaria, desde Kafka a Borges con ese Juan Dahlmann que se dirige al Sur de su desgracia, o desde Highsmith y Agatha Christie como lugar efervescente para el crimen, pasando por PasternakKapuściński y Martin Amis, hasta SolzhenitsynSebald o Antonio Orejudo y sus Ventajas de viajar en tren (Tusquets).

El ferrocarril, como mero producto de consumo, los auriculares a todo volumen, el ensimismamiento del viajero sobre sus teléfonos móviles y el vagón de silencio de los AVE (que, a pesar de todo, resulta ser una bendición), han favorecido, también, a que el vagón sea un no-lugar tan no-lugar como la sala de espera de un aeropuerto o la recepción de un hotel. Y a eso ha contribuido también, y Magrelli así lo anota:
Otra gran especie extinguida: el vagón restaurante anaranjado, vacío y no muy luminoso”.
Para culminar con esta parte que, en ciertos aspectos, es un glosario de la decadencia de los atractivos del tren, o un encendido elogio de todo aquello que hizo que nos enamoráramos del tren hasta contemplarlo con ojos poéticos, Magrelli recurre a la visión que desde las alturas, y gracias a herramientas modernas como el Google Earth, se obtiene de las estaciones y nudos ferroviarios:
Parecen gigantescos enchufes eléctricos, con sus andenes como inmensos cables (…) Son imágenes plausibles, sí, pero seriamente abstractas (…) Hedor y cubículos y emboscadas. Freidurías, inmigrados, corros de gente. Un hormiguero de pequeños y desesperados tráficos por sobrevivir”.
Valga este ejemplo para mostrar el tipo de prosa brillante, que atiende al detalle desde lo micro hasta lo macro, de Valerio Magrelli. Con la última parte del libro, titulada La vicevida, el tren narrativo del autor llega a su destino como este Odradek de los viernes arriba ya a su estación final.
Es La vicevida un libro para leer en pequeños trayectos, disfrutar de sus textos entre estación y estación, y maravillarse, siempre, de que el destino lírico del ferrocarril cabe en la pluma de un poeta que se ha convertido en maquinista de sus propias reflexiones, que nos ha hecho partícipes de ellas como lectores y, así, viajeros del asombro.