Mostrando entradas con la etiqueta Antología poética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antología poética. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de abril de 2018

Antología poética-Sylvia Plath (3)



*Esta crítica apareció en el blog de pensamiento poético Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2018/04/16/navona-nos-trae-la-antologia-poetica-de-sylvia-plath-versos-en-la-siberia-del-corazon/

Navona nos trae la Antología poética de Sylvia Plath: versos en la Siberia del corazón

Título: Antología poética
Autor: Sylvia Plath
Editorial: Navona
Calificación: *** (Libro de referencia)
La recuperación de la obra de la poeta norteamericana Sylvia Plath es una extraordinaria noticia para la literatura. Un paso más, un avance en esta tarea, es el más que notable trabajo editorial de Navona, que ha presentado la Antología poética que llevó a cabo el marido de Plath, el también poeta Ted Hughes, de forma póstuma y al poco tiempo de haberse suicidado su esposa. Navona, dentro de su colección de Ineludibles, corona esta labor de reivindicación de la autora presentando una nueva y vigorosa traducción de mano de la también poeta Raquel Lanseros.
Hay que reconocer la dificultad del trabajo de Raquel Lanseros afrontando unos poemas tan complicados como estos que son, además, la expresión de una voz única y personalísima. Es todo un reto, y en el prólogo conciso y directo la traductora reconoce la zozobra y la responsabilidad que significan afrontar semejante desafío, que ha resuelto sobresalientemente.
Hughes ordena las piezas por fecha de composición, con lo que construye una Antología poética que también es un recorrido por la compleja evolución, o tal vez descomposición, de la personalidad de la poeta.
La trayectoria literaria vital de Sylvia Plath, en lo relativo a sus publicaciones es muy escasa. De poesía tan solo publicó un libro: El coloso en 1960. Y una narración ya al final de su vida: La campana de cristal de 1963, que se considera una novela juvenil dado que rememora algunos momentos de la adolescencia de Sylvia, pero que al estar escrita al borde del abismo contiene un inquietante mundo que coquetea con el suicidio, la depresión, la locura y la muerte, acusando una especie de barroquismo desasosegante de novela gótica victoriana.
El primer poema seleccionado por Ted Hughes para la Antología poética ya es toda una declaración del estado de ánimo que se irá apoderando de la escritora a lo largo de su vida, lidiando siempre con los instintos suicidas, el desencanto depresivo y la angustiosa presencia de la muerte.
Se trata de La señorita Drake se dispone a cenar, escrito en 1956, y en donde ya aparece el desequilibrio mental de una paciente de un psiquiátrico. Es la primera gran imagen de la locura que antecede a la muerte y que tanto se repetirá en los poemas siguientes. Por eso, el segundo poema, Solterona, nos permite ver el mundo interior de Sylvia Plath: un mundo yermo y helado, en donde no son capaces de arraigar los sentimientos. En un juego climático, la voz protagonista del poema se resiste a la llegada de su primavera interior. Uno de los principales problemas de la autora, su permanencia continuada en una Siberia del corazón.
Una sensación, la de encontrarse congelada, aplastada, sumergida en el agua, que es una fijación en su vida y en su obra. En A cinco brazas de profundidad nos lo advierte con un verso final desolador; “preferiría respirar agua”. La poeta se ubica en toda una tradición de poetas suicidas que se ahogaron, con referencia especial a Virginia Woolf, de quien admiraba tanto su obra como su muerte.
Por todo esto, el suicidio es un motivo continuado. El poema Suicidio en Egg Rock vuelve a trabajar y percutir sobre los mismos mimbres y nos permite intuir el futuro que le aguardaba a Sylvia. La decadente punta de Egg Rock en Massachusetts se había convertido en el lugar favorito y perfecto de los suicidas. Tenía un magnetismo especial para la autora, que no puede evitar rendirle un poema. En La campana de cristal ya señala esta ubicación como el sitio en el que tal vez podría afrontar su suicidio.
Este Suicidio en Egg Rock es una de las obras maestras de la escritora, y lo es, en parte, por el poderío de sus imágenes, perturbadoras, que traen la presencia de la muerte de una manera descarnada y directa: “las moscas se filtraban por la cuenca del ojo de una raya muerta” o “las palabras de su libro abandonaron las palabras como gusanos”, mientras pasa un “chucho corriendo al galope”, como alertado por la presencia de la desgracia en el lugar.
Aunque aparece en la Antología poética como un poema único, Las piedras es la séptima parte de Poema para un cumpleaños. Se trata de un recuerdo de la terapia de electro choque a la que la autora se sometió después de su primera tentativa de suicidio, buscando una cura a esos impulsos. Los rastros que la electricidad deja en la poeta la llevan a equipararse al monstruo de Frankenstein, algo de lo que, en ciertos aspectos, ya habla también en la novela La campana de cristal.
Será en El balneario calcinado en donde podamos comprobar en todo su relieve el mundo visual de las composiciones de Sylvia. Son las ruinas del antiguo balneario de Saratoga Springs como un osario blanqueado al sol, también los restos románticos y decadentes de un naufragio. Es el intento de esta poesía la búsqueda de una forma en la que pueda enseñarnos la enfermedad de los cuerpos. La anatomía entendida como un vehículo para la muerte, una vasija en la que viaja la descomposición, la putrefacción, como unas flores colocadas en un jarrón. Pronto se marchitarán.
Por eso, el cuerpo humano es vida y promesa de muerte en la poesía de Sylvia, y de ese desgarro que provoca tal dualidad nacen algunos de sus poemas más hermosos, pero también más torturados. La naturaleza encierra ese ciclo de vida y descomposición, por tanto es un excelente motivo poético al que referirse para explicitar esta contradicción: Olmo, Tulipanes y Amapolas de julio son composiciones que giran sobre este concepto.
Esta comprensión de la existencia lleva, casi de forma inevitable, a un angustioso devenir que se transforma en insomnio; de ahí que el poema Insomne sume, a la exasperación de una vida insoportable, la destrucción que provoca el no poder conciliar el sueño por las noches. Una situación que, quienes la conocemos muy bien, lleva a entender el amanecer de un nuevo día como la llegada de “la enfermedad blanca” que todo lo inunda con una luz de amargura.
Será Espejo un poema que aúne los principales motivos de la escritora de forma contundente. Cierta mitología romántica, el concepto de locura asociado a personajes míticos como la Ofelia de Shakespeare y, como no, la idea del doble, también muy del Romanticismo alemán en su figura de Doppelgänger o “gemelo maligno”. El tema del doble es un referente en Sylvia Plath. Tanto, que a él dedicó su tesis doctoral.
El término “espejo”, generalmente asociado a la figura reflejada en él, es decir, a un doble, es una de las palabras más recurrentes de la poeta en su obra. Ese desdoblamiento extraño —tratado en extensión en La campana de cristal— y que produce cierta incomodidad o rechazo, confraterniza en este caso con las leyendas de las mujeres del agua como por ejemplo Ondina, de Friedich de la Motte Fouqué. De esta manera, el poema Espejo es un compendio de motivos literarios que abarcan desde Shakespeare hasta el Romanticismo alemán.
Toda la brutalidad visceral, la ira de la voz de la poeta, se concreta en uno de sus poemas más célebres, Papá. El ajuste de cuentas con su padre es salvaje e inmisericorde. Los paralelismos que Sylvia establece entre su padre y el nazismo, con mención de los Campos de Exterminio por su fatídico nombre, así como la imagen desmesurada de un ogro que se asemeja, otra vez, a Frankenstein o Drácula, hacen de esta composición una de las más celebres y estudiadas por la crítica.
La violencia verbal, el odio completo, cristaliza en ese “cabrón”, final. Es un arreglo de cuentas psicológico con la figura paterna en donde sale a relucir todo el aborrecimiento, los problemas mentales a los que la poeta se vio sometida y los complejos que revientan en el poema. Como en la Carta al padre de Kafka, la sinceridad de la autora es un alambre de espinas para la memoria del padre.
La Antología poética aporta algunos de los poemas más celebres de la voz de la autora, como Ariel, Muerte y Cía. y Los maniquíes de Múnich. Se trata de una poesía dañina y suicida, hermosamente herida. Al ir leyendo las composiciones sabemos que, irremediablemente, nos acercamos al fatal desenlace concretado en Filo, escrito en 1963, el último poema de la autora.
“Hasta aquí hemos llegado, se acabó”, nos avisa en uno de los versos de Filo. Nosotros sabemos que ahora, con cada lectura, volvemos a conseguir que la poderosa y única voz de Sylvia Plath resuene en nuestro interior y que consiga lo que, curiosamente, no lograron los poemas en ella, encender un fuego de infierno que derrite nuestra propia Siberia interior.

lunes, 19 de marzo de 2018

Antología poética-Sylvia Plath (2)



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/antologia-poetica-de-sylvia-plath-la-gelida-disciplina-del-corazon/

Antología poética de Sylvia Plath: La gélida disciplina del corazón


Desde hace un tiempo se ha venido recuperando, de forma felicísima para la literatura y la poesía, la figura de Sylvia Plath. El trabajo editorial ha sido en la mayoría de las ocasiones notable, con una nueva difusión de sus poemas, la publicación de biografías, —también atendiendo a su narrativa, menos conocida — y reivindicándose así el puesto que merece la poeta de Boston, una de las voces más personales del pasado siglo. En esa línea de renovación de la obra de Sylvia Plath, la editorial Navona acaba de presentar dentro de su colección de Ineludibles, una Antología poética de la autora, que se beneficia de la nueva y moderna puesta al día con la traducción de la poeta jerezana Raquel Lanseros.

Las editoriales ya lo saben, apostar por publicar poesía es todo un riesgo, porque en este país la poesía anda en muletas y con una pata quebrada, en la mayoría de las ocasiones en manos de diletantes y advenedizos. Por eso, es necesario significarse con ediciones como esta, cuidadas hasta el mínimo detalle, que presentan novedades, y que resultan, a la vez, asequibles al lector.
La Antología poética que nos presenta Navona es aquella que seleccionó el poeta británico Ted Hughes, marido de Sylvia, de forma póstuma tras el suicidio de la autora. Hughes tuvo en cuenta, a la hora de ordenar las piezas, la fecha de composición y no la de publicación. Esto dota a la Antología de una interesante unidad cronológica para apreciar la evolución de la escritora.
Realmente, Sylvia tan sólo logró publicar en vida un libro de poesía, El coloso (1960) y la novela juvenil —que luego resulta muy poco juvenil, la verdad— La campana de cristal (1963), justo antes de suicidarse. Siempre he creído que para aproximarse a la obra de un autor la mejor forma de hacerlo es de una manera cronológica. Una primera obra es la primera por algo, y cada trabajo ocupa el lugar dentro de la trayectoria vital como consecuencia de lo escrito anteriormente. Esto se ve muy claramente en el orden elegido por Ted Hughes.
La obra poética de Sylvia Plath se recoge en casi 300 poemas escritos desde 1956, con un momento determinante en su producción que comprende los seis últimos meses de su vida, donde nacieron algunos de los poemas más importantes para conformar su poética devastada, furiosa y conmovedora. De esta forma, la Antología propuesta por Ted Hughes abarca desde el inquietante La señorita Drake se dispone a cenar —de 1956 y en donde ya aparece la locura, el desequilibrio mental de una paciente psiquiátrica — hasta ese Filo —de 1963— con el que se cierra la selección y que anticipa el trágico final de la autora.

En primer lugar, quiero reconocer el complejísimo trabajo de Raquel Lanseros en la traducción. Solo siendo poeta, únicamente desde la poesía, se puede abordar el enorme desafío que significa la obra de Sylvia Plath. En un pequeño prólogo, corto pero jugoso y tremendamente sincero, la traductora nos muestra con humildad sus miedos y su respeto ante semejante tarea. Y no puede parecerme más acertada su afirmación de que este proceso es como el de
“quien trasvasa un precioso líquido desde una vasija a otra, confiando en no perder demasiadas gotas durante el traslado”.
Esta Antología es, pues, una damajuana repleta del fluido lírico de una mujer que expresó en su poesía el descontento, el drama del mundo en el que vivía, siendo capaz de presentar las imágenes más perturbadoras repletas de una belleza tan fría como extraña, tan conmovedora como triste.
Una muestra de ello es el poema que abre el libro, poema al que me referí antes, el pavoroso La señorita Drake se dispone a cenar. Sacudidos desde el principio por esta imagen de la locura, ya no nos queda otro remedio que rendirnos al mundo que Sylvia pone en pie con cada poema.
Por eso, el segundo poema, Solterona, nos proporciona una perspectiva desde un ventisquero al que nos asomamos para otear sobre el congelado mundo interior que atormenta a la autora, que vive en el invierno y se blinda a la primavera y a todo lo que significa esa estación: le resulta imposible un deshielo del corazón.
Una sensación, la de encontrarse bajo capas de hielo, asfixiada o ahogada, recurrente en la imaginería de Plath, tal y como se nos muestra en A cinco brazas de profundidad, con ese angustioso verso final: “preferiría respirar agua”. En este caso, es la insoportable presencia del padre la que oprime a la escritora. No en vano, tras la muerte de su padre intentó ahogarse en el mar, al estilo de Virginia Woolf; algo antes, en su primer intento de suicidio, y apoyada en los somníferos, también buscó la asfixia.

El suicidio es un motivo recurrente, por tanto, en el imaginario de la poeta. De esa forma, el poema Suicidio en Egg Rock parece mostrar el camino que Sylvia iba a seguir en el futuro. La punta de Egg Rock en Massachusetts, con un faro decadente, proporcionaba el lugar perfecto para llevar a cabo un suicidio. En su novela La campana de cristal ya hace referencia al lugar como un sitio muy adecuado para este cometido. Curiosamente, en este poema, la voz es la de un hombre, algo poco común en las composiciones de la autora, lo que muy bien podría significar la definitiva toma de conciencia de que su única salida, tarde o temprano, sería suicidarse.
Las imágenes son poderosísimas, un compendio de rabia, dolor y frustración. Desde ese “chucho corriendo al galope”, pasando por “las moscas se filtraban por la cuenca del ojo de una raya muerta”, o “las palabras de su libro abandonaron las palabras como gusanos”, en posible referencia al suicidio de Virginia Woolf que tanto obsesionaba a Sylvia Plath, o a la novela Al faro. Este poema es una de las obras maestras de su autora. Inquietante, directo, con esa atmósfera marinera de escollera en donde la muerte es algo apestoso y oprimente.
En esa raya muerta encontramos la continuada presencia de la muerte, la premonición cadavérica que se apodera de parte de la poesía de la mujer. Todo ello se aglutina, además, en cierta recreación o evocación del mito del monstruo de Frankenstein en Las piedras. Aunque aparece en la Antologíacomo un poema aislado, se trata de la séptima parte del extenso Poema para un cumpleaños. En esta poesía la autora recrea sus sesiones de electro shock tras su primer intento de suicidio, cuando intentaron curarla con ese tipo de terapia. Las descargas y las cicatrices recomponen a las personas mentalmente enfermas como a un nuevo monstruo de Frankenstein. Puede completarse esta poesía con la lectura de los capítulos 12 y 13 de La campana de cristal. El texto, además, está basado en una antigua leyenda antropológica sobre la resurrección.

l impacto visual de las composiciones de Sylvia tiene una muestra de su maestría en El balneario calcinado, en donde se refiere a las ruinas del antiguo balneario de Saratoga Springs. Los restos del edificio son como el cadáver de un animal cuyos huesos, su costillar, se blanqueara al sol, o tal vez como el despojo herrumbroso de un naufragio.
A veces, la poesía de Sylvia Plath parece querer mostrarnos el cuerpo enfermo, el cuerpo como un recipiente no solo de la locura, sino también como un elemento perteneciente a la naturaleza que acabará descompuesto, como las flores, como ese balneario incendiado; todo alberga, en su interior, un preludio mortal.
Son motivos que se repiten en, por ejemplo, el poema Olmo y en Amapolas de julio: las plantas, los árboles, asociados a la enfermedad y a la muerte. Interesante concepto que también aparece corporeizado en el significado mortal que posee la fruta para la poeta española Montserrat Doucet.
En Insomne, la permanente exposición a las pastillas para dormir termina por inmunizar al enfermo, que suma al sufrimiento de vivir el suplicio de no dormir y permanecer, así, permanentemente enganchado a la realidad y esa incómoda percepción de la nueva mañana que solo podemos entender quienes dedicamos las horas de nuestra angustia a esperar “la enfermedad blanca” del nuevo día.
No quiero abandonar este somero repaso a la Antología sin detenerme brevemente en el poema Papá, analizado hasta el hartazgo por la crítica que siempre señala asuntos relacionados con el complejo de Electra en esta composición. Simplemente, quiero manifestar, de nuevo, el impacto que produce su lectura gracias a la brutalidad encerrada en los paralelismos con el nazismo, los campos de exterminio y la caracterización del padre como un Hitler, incluso como un Drácula, y ese demoledor “cabrón” final.
Por supuesto, la Antología reúne muchos de los poemas más conocidos o determinantes de Sylvia Plath, como Ariel, Muerte y Cía o Los maniquíes de Múnich. Todos ellos son pedazos, costras, partes de ese gélido corazón de la autora que parece ya no responder a ningún estímulo, que dicta una poesía destructiva de una belleza enferma, ante la cual el lector solo puede dejarse mecer, derivando y asistiendo a lo que será el inevitable final, que se anuncia en Filo, su último poema.

“Hasta aquí hemos llegado, se acabó”, enuncia la poeta en uno de los versos de Filo. Pero nada se había terminado. Al contrario, la muchacha del corazón gélido, la poeta de la angustia y del suicidio, Sylvia Plath como cuerpo de literatura, acababa de empezar justo en donde Filo colocaba su punto y final, que no era más que, en una curiosa metamorfosis, un punto y seguido en el camino de la eterna memoria de los poetas.