domingo, 7 de octubre de 2018

Un obús directo al corazón-Wadji Mouawad

El teatro de Wajdi Mouawad: un obús directo al corazón



*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/el-teatro-de-wajdi-mouawad-un-obus-directo-al-corazon/


He visto Litoral. He visto Incendios. He visto las obras de Wajdi Mouawad. Podría decir que, teatralmente, ya me puedo morir tranquilo. Además, he tenido la fortuna de haber visto Un obús en el corazón, adaptación para la escena de una de sus novelas. Es decir, tres obras del mayor genio de los escenarios del siglo XXI. El pasado 27 de marzo fue el día Mundial del Teatro, por ello quiero traer hoy a este genio de las tablas hasta esta columna de El Odradek.

En efecto: He visto Litoral. He visto Incendios. Y he visto Un obús en el corazón. Son obras del libanés, pero nacionalizado canadiense, Wajdi Mouawad, un prodigio narrativo a la hora de situar un texto en escena. Son estas tres obras a las que me refiero las que me cambiaron por completo como espectador de teatro, provocaron una profunda transformación en mi forma de aproximarme a este género y, desde luego, cumplieron a rajatabla con la máxima aristotélica de la catarsis a la que el espectador debe acceder a través de la tragedia.
Catarsis: porque el teatro del libanés provoca una honda conmoción, una purificación emocional y espiritual, una pasión redentora al más puro estilo clásico, aunque, precisamente, las piezas de Mouawad si de algo se alejan, es de las representaciones de teatro clásico.

Sobre las tablas: el despliegue de originalidad en una concepción moderna, muchas veces rompedora, presenta una puesta en escena en donde conviven varias acciones a la vez, incluso separadas por tiempos distintos, así los personajes pueden aparecer desdoblados, o en distintas etapas de su vida, llevando a cabo un teatro cuántico de diferentes planos y líneas de acción que se suceden solapadas, unas sobre otras.
Esta forma de entender el teatro: como un momento y un movimiento continuo del espacio-tiempo. Es una de las claves definitorias de Mouawad. Por eso, aúna el concepto más clásico de catarsis mediante unas historias que destrozan hondamente la resistencia del espectador, con unos recursos narrativos innovadores: y de ahí brota lo absolutamente genial de sus obras.
Presenciar hoy en día una obra de este autor: vendría a ser lo mismo que, en pleno Siglo de Oro, en algún Corral de Comedias, pudiera verse la última de LopeCalderón o Tirso. De ahí la inmensa fortuna que he tenido al poder ver Litoral, Incendios y Un obús en el corazón.
Las dos primeras: Litoral Incendios, forman parte de la tetralogía titulada La sangre de las promesas, que se completa con las obras Bosques Cielos. Es necesario decir de inmediato que esta tetralogía está publicada al completo por la pequeña editorial ovetense KRK ediciones, en unos libritos preciosos, cuidadísimos y que son una joya para el lector.


La cadencia temporal (de esta tetralogía maestra para comprender el mundo desde el teatro del cambio del siglo) es la siguiente: Litoral (1997), Incendios (2003), Bosques (2006) y Cielos (2009). En un instante memorable para el mundo de la escena, las tres primeras se interpretaron seguidas en el Festival de Teatro de Aviñón de 2009. Un momento histórico. Más de once horas de representación, de caviar teatral, de conmoción, de emoción, de estallido.


Estallido: porque, como ese obús en el corazón que da nombre a una de las tres novelas que el autor tiene en su haber, el teatro que compone remueve las tripas hasta lo insoportable, te aproxima al borde la náusea, te arrebata el llanto y te echa una mano a la garganta. Es cierto, es realmente cierto esto de la catarsis aristotélica. Yo no creía mucho en ello, la verdad, y eso que soy habitual consumidor de teatro, pero nunca había abandonado mi butaca transido, cambiado, alterado, machacado, de la forma en que lo hice tras presenciar cada una de las obras de este genio.
Fortuna: tuve la fortuna de disfrutar del primer trago de Mouawad con la puesta en escena de Litoral, hace ya unos años. Recuerdo el aturdimiento al terminar la obra, producto de un asombro que me había devorado durante una representación agotadora, repleta de estímulos emocionales, aderezada con la puesta en escena más rompedora e innovadora que había visto en toda mi vida.
Después: ya hace menos de esto, he podido saborear Incendios de otra forma. Ya sabía quién era este genio libanes-canadiense, y lo que me iba a ofrecer con tanta generosidad en su obra. Incendios, con la dirección de Mario Gas en el teatro de La Abadía de Madrid y de la mano de Nuria Espert, certificó el inolvidable viaje por el asombro que nos ofrece un autor tocado por la mano de las musas de la misma forma que en su época lo estuvieron los grandes del género.


Aunque alguno se rasgue las vestiduras o no alcance a entender tal afirmación (quizás sea porque no ha visto una obra de Wadji Mouawad) su nombre pude colocarse a continuación de esta lista: EsquiloCervantesShakespeareMoliereLope de VegaCalderónTirso de MolinaValle InclánIonescoPirandelloBrecht… Tan grande, tal es el calado del autor al que estoy dedicando esta columna.
Aunque no hubiera escrito nada más: simplemente por las dos primeras obras que conforman la tetralogía de La sangre de las promesas, esos Litoral e Incendios, el escritor ya se habría ganado un lugar de honor en el Parnaso teatral, junto a los nombres que he citado antes y sin ningún tipo de recelos o problemas.
Estas dos obras: ofrecen una indagación en los orígenes de la violencia del hombre, en la forma más descarnada de sus comportamientos, pero también una reflexión sobre el amor como motor universal y la presencia permanente de la muerte. Son obras cargadas de tristeza, incómodas, plagadas de monólogos desgarradores, de personajes arrollados por el dolor de los recuerdos, traumatizados por experiencias violentas en permanente búsqueda de sus raíces, es decir, de su identidad. Y todo ello, al final, para concluir, o mostrarnos, la eterna bestialidad del ser humano.

En el comienzo de esta columna: me he referido, también, a la adaptación teatral de Un obús en el corazón, una de las tres novelas de Mouawad. De ellas, tenemos edición en español de la última, Ánima(Destino), del año 2012. La novela Un obús en el corazón fue escrita en 2007 y representada en los madrileños Teatros del Canal por un conmovedor, monumental y estremecedor Hovik Keuchkerian.


El intenso monólogo: es un puñetazo en la conciencia de cada espectador. Como ya ocurre en Incendios, será un recuerdo de la niñez del propio autor lo que sostenga la angustia del protagonista: en Beirut y con seis años Mouawad presenció cómo las milicias cristianas acribillaban en un atentado un autobús repleto de refugiados palestinos, al comienzo de aquella devastadora guerra civil libanesa que tan presente está en todas sus obras.
Esta escena: la del autobús, narrada de una u otra manera, articula la tesis de Wajdi Mouawad respecto a la brutalidad del hombre y la única forma de redención, que es a través del perdón, pero sin perder de vista los elementos decisivos de su teatro: el recuerdo, la reivindicación de las víctimas y la reparación de los inocentes al traerlos con nosotros, a nuestro lado, sentándolos en la butaca contigua, cuando no sobre las propias rodillas para que los acunemos con infinito cariño al estilo del cuerpo del padre muerto de Litoral o de esa madre que fallece de cáncer en Un obús en el corazón.
La enfermedad, la muerte, el pavor, los miedos, la violencia: todo ello lo representa esa mujer de las extremidades de madera que aterroriza al protagonista de Un obús en el corazón, y que tan sólo podrá superar enfrentándose a ella, es decir, a la realidad, a las cicatrices, al dolor, a la necesidad de tomar conciencia de que, todo ello, es lo que nos hace humanos.

He visto: Litoral: He visto: Incendios. He visto: Un obús en el corazón. Aún no he leído la única novela traducida al español de Wajdi Mouawad, pero espero hacerlo pronto. Si no habéis visto LitoralIncendios, o Un obús en el corazón, no dejéis de hacerlo en cuanto se os presente la oportunidad. Cambiará vuestra forma de ver algunas cosas y la rotura que os provocará en el interior ya jamás podrá ser reparada, ni siquiera mal remendada.
Y desde entonces: seréis uno más de los que viajan, de quienes viajamos, con el cuerpo hecho jirones y la convicción de que, como asegura en Incendiosla infancia es un cuchillo en la garganta por culpa de Wajdi Mouawad. Y podemos reconocernos como si formáramos parte de una sociedad secreta porque en nuestro interior se acuna ese tremendo costurón, el remendón del teatro del genio libanés incorporado a nosotros y que ya nunca podrá sernos extirpado.
En cierto modo: es un tipo de herida gozosa. Bueno: es realmente el agujero de un obús que nos golpeó, directamente, en el corazón. Y ya no hay quién lo saque de allí. Y tampoco queremos que eso ocurra nunca.

Nuestra inocencia-Wadji Mouawad

Nuestra inocencia, de Wadji Mouawad: un puñetazo teatral inolvidable



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/nuestra-inocencia-de-wadji-mouawad-un-punetazo-teatral-inolvidable/

El pasado domingo tuve el privilegio de presenciar una nueva obra de Wadji Mouawad. En efecto, privilegio, porque la propuesta, los personajes, los argumentos que trata, la puesta en escena, están convirtiendo a este libanés-canadiense en todo un clásico de las tablas, tal vez en la mayor autoridad escénica de nuestro tiempo. Mouawad conmueve, Mouawad provoca, Mouawad emociona. Y su gran virtud: después de presenciar una obra suya, al término, el espectador ya no es el mismo. Y nunca volverá a serlo. Produce una metamorfosis que va más allá de la tan conocida catarsis teatral. Te injerta unas emociones que ya no se desprenderán jamás.

Hasta la fecha, he asistido a cuatro representaciones de obras de MouawadLitoralIncendiosUn obús en el corazón y la del pasado domingo, Nuestra inocencia. Las dos primeras pertenecen a esa monumental tetralogía de La sangre de las promesas, y que se completa con Cielos y Bosques (todas ellas publicadas por KRK ediciones). De Un obús en el corazón —y pro extensión de la obra de Mouawad—, ya hablé aquí en Achtung!:
Pero hoy quiero centrarme en el prodigioso despliegue al que pude asistir en el teatro Valle Inclán del Centro Dramático Nacional. Una obra en francés con subtítulos, cuya intrahistoria nos advierte que se fue prefigurando a medida que se ensayaba. El resultado: un nuevo puñetazo teatral inolvidable.
Cartel de la obra que nos trajo el Centro Dramático Nacional.
Nuestra inocencia, o Notre Innocence, es un texto dramático molesto, que escuece, una serie de acusaciones formuladas por la juventud de ahora hacia nosotros, los propietarios de la cincuentena, más culpables de lo que parece de la situación actual que viven ellos. En efecto, argumentan que son inocentes ante el desgraciado momento en el que se encuentran, prácticamente sin un futuro, y lo hacen lanzando reproches amartillados con furia.
Los protagonistas son un coro, un coro al estilo del clásico coro griego, que durante gran parte de la obra se dirigirá al patio de butacas como una sola voz en un ejercicio de garganta que roza con el síndrome de tourette más desencadenado.
18 jóvenes agriados y enfadados, irritados, que nos arrojan su amargura mientras reflexionan sobre las redes sociales, la pornografía o la sociedad de consumo, acusaciones enmarcadas en un ajuste de cuentas de la juventud actual con quienes hicieron el mayo del 68 y todavía se creen revolucionarios con derecho a exigir algo, a reclamar un activismo que, quizás, ya no pertenezca a estos tiempos.
Los protagonistas de la obra: el coro.

El motivo que desencadena la obra es el suicido aparentemente inexplicable de una mujer joven que decide lanzarse desde la ventana de su casa y deja huérfana a una niña de nueve años. El impacto que este suceso provoca en su pandilla de amigos es demoledor, y hace que salgan a flote todos los reproches y conflictos de esa juventud desamparada, desorientada, que no comprende la realidad a la que se esté enfrentando, y que se siente ahogada por todo lo que les rodea.
De modo que los protagonistas son 18 actores y actrices de entre 23 y 30 años: llevan a cabo un prodigioso despliegue de vitalidad; bailan sobre las tablas, discuten, se mueven espasmódicamente, sostienen un largo rato de inmovilidad mientras recitan pedazos de historia de la vida de la suicida, Valerie, y también de quienes habitaron antes que ella el apartamento del suicidio (un matarife cuyo oficio se detalla con profusión de sangre y vísceras y un obrero industrial polaco que murió de una forma atroz —la cabeza arrancada por unas aspas—). Toda una puesta en abismo de lo que significa vivir manchados de sangre y junto a la omnipresencia de la muerte.
Wadji Mouawad, un futuro Premio Nobel.

El comienzo de la obra aturde al espectador, lo deja aplastado sobre butaca. Es una cascada de palabras, un coro como una catarata que habla y habla, que recoge parte de la improvisación que Mouawad llevó a cabo en el taller que impartió en el Théâtre de la Colline de París. Es un knock out directo al oído, agotador y efervescente, con todas esas gargantas formulando preguntas y acusaciones, batallando con nuestra generación en una lucha existencial desesperada. Exigen que nos hagamos responsables de lo que les estamos dejando en herencia. Y lo que les estamos dejando es, de verdad, una porquería.
Tras el asfixiante coro que todavía retumba en la cabeza, la música electrónica a todo volumen contribuye al mayor aturdimiento, y conecta a esa juventud acusadora con la juventud desencadenada, la que nos parece irresponsable e incomprensible. Bailan, se mueven frenéticos mientras su amiga Valerie se empotra contra el suelo. Esto significa el fin de la fiesta, la toma de conciencia con la realidad, esa realidad que viene de la mano de la muerte, siempre.
Los protagonistas bailando en una actuación agotadora.
Los jóvenes se sienten culpables del desastre. Han cometido con Valerie cierto mobbing o acoso vía teléfono móvil con bromas de mal gusto, pero en una reunión que mantienen, repleta de reproches, acaba apareciendo el lado oscuro que oculta cada uno de ellos. Hay una forma de aliviar el dolor: hacerse cargo de Alabama, la hija de nueve años de Valerie.
Discusiones y desencuentros provocados por el suicidio de Valerie.
Sin embargo, en esta niña radica uno de los momentos fundamentales, de los puntos de giro de la obra. Alabama representa la entelequia, el sueño, lo imaginado, la posibilidad de lo que puede ser y no llegará a ocurrir. Alabama es, en su dulce inocencia onírica, la representación del mayor de los males de nuestra sociedad en este momento: la impostura, las vidas ficticias y mentirosas que se camuflan tras un perfil de Facebook o Instagram. Las letales apariencias.
Esta obra polifónica quiere desgajar a la juventud actual de cualquier tipo de culpa heredada del pasado. Del pasado solo somos responsables nosotros, y no podemos cargar sobre los muchachos y sus comportamientos todos los males de la sociedad actual, porque los hemos creado antes de que ellos existieran. Entre esos males, se encuentran la desesperanza y la desesperación que conducen al suicidio.
De esa manera, Nuestra Inocencia abraza, además, otro asunto polémico y controvertido: la cuestión del suicidio. El suicidio es un veneno que destroza a quienes lo presencian o lo sufren. Los amigos, los familiares, se preguntarán siempre por los motivos, por las causas que llevaron a sus seres queridos a tomar esa decisión tan trágica como contundente y si podrían haber hecho algo para evitarlo. Un suicidio, peor si además es el de una persona joven, sume en la zozobra y socaba los pilares de la sociedad.
Por ello, el suicidio tal vez sea una de las acciones más revolucionarias que existen, la guinda de la protesta. Negarse la vida en la sociedad actual es negarle a esa misma sociedad su capacidad de ofrecer una oportunidad, aunque sea solo una, a la persona que ha decidido quitarse la vida.
Sin embargo, y aunque brutal, Mouawad mantiene que suicidarse es un regalo que uno puede hacerse a sí mismo, y que no debemos, quizás, atormentarnos demasiado preguntándonos por los motivos y por nuestra culpabilidad. Ocurre y listo. El suicida es soberano en su decisión y, aquí viene lo terrible, le sobran motivos para hacerlo. Realmente, en el mundo en el que vivimos, a todos nos sobran los motivos para tirarnos por una ventana, y no hay culpables determinados.
Cada acto de la obra es un ejercicio de reflexión relacionado con la muerte, con la sangre, con el cuerpo, con la naturaleza y con la existencia. Cada acto nos ofrece un oscuro retrato del interior de las personas, de nuestro interior, pavoroso, desbocado, egoísta e insolidario, que apenas puede perturbarse ante las muchas desgracias que podemos llegar a presenciar en nuestro mundo.
Y entonces, va Mouawad y nos emociona; lo consigue: consigue lo imposible, perturbarnos con su texto, con sus actores, con su teatro. Con su concepción del mundo, este patio de desgracias, ese escenario de dolores que se transforma dentro de nosotros con una sensación extraña, como de resaca de culpabilidad. Y el milagro ya está obrado.
Mouawad ha conseguido con su obra, aunque sea tan sólo por unos instantes, hacernos mejores personas. ¿Acaso el teatro no trata de eso?

viernes, 7 de septiembre de 2018

El túnel-Ernesto Sabato


*Esta reseña apareció en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/9/3/el-libro-del-mes-el-tunel-de-ernesto-sabato/

Título: El túnel
Autor: Ernesto Sabato
Editorial: Cátedra
Número de páginas: 165
Año: 1987
Literatura de la desesperanza
Estamos ante la primera novela de Ernesto Sabato que, aunque muchos lo acentúen, como se trata de un apellido de origen italiano —calabrés en concreto— no lleva tilde aunque se pronuncie como esdrújula; con tilde es una castellanización del apellido. Y esta primera obra es una pequeña obra maestra que marcó de forma determinante las letras argentinas.
Me refiero a que El túnel es una pequeña obra maestra debido a su extensión, apenas sobrepasa las cien páginas de texto (las 165 que presenta el volumen de Cátedra que recomendamos se deben al estudio introductorio). Sin embargo, Sabato consigue plasmar, en un recorrido tan breve, la angustia del ser humano que se encuentra en este mundo como un extranjero solitario e indefenso. Una angustia que impulsará a su protagonista, Juan Pablo Castel, a cometer un asesinato.
Y no estoy cometiendo un spoiler literario al afirmar que Castel asesina a su amada, María Iribarne, porque en un golpe de tuerca legendario, que después será muy repetido en la literatura hispanoamericana (recordemos que El túnel se escribió en 1948), Sabato se encarga de anunciárnoslo en la primera e impactante línea de texto: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a Maria Iribarne”.
Desde semejante propuesta de arranque narrativo, y dado que el asesino y el asesinato han quedado al descubierto nada más comenzar, ¿qué nos puede ofrecer Sabato en el armazón narrativo de El túnel?
Pues ahí radica la importancia de la novela, un análisis de la condición trágica del hombre, angustiado en un tipo de soledad metafísica que es producto de un mundo en donde solo importa el poder del dinero y en donde pesan demasiado los errores del pasado. Juan Pablo Castel arrastra esas cargas que se traducen en desesperanza y temor, que terminan concretándose en una pérdida de la identidad y en una aguda conciencia de la angustia.
Sabato crea, de esta manera, un personaje eterno e inmortal, que puede codearse con toda la galería de protagonistas de novelas que abarcan el siglo XX y que sufren del extravío de la identidad y del desarraigo, y que son criminales o se encuentran a la puertas de serlo: el Mersault de Camus, el portero Bloch de Handke, el Linacero de Onetti, los personajes de Houellebecq o el Jacques Austerlitz de Sebald, entre otros muchos.
El túnel es la historia de la desesperanza; es literatura de la desesperanza y de la descomposición de los valores humanos como consecuencia de la sociedad que hemos creado, que nos devora. Por ello, El túnel es una novela oscura e introspectiva, que hurga y ahonda en la conciencia más obtusa y negativa de sus personajes protagonistas, pero también lo hace en las nuestras, consiguiendo que nos preguntemos, de forma incómoda, sobre el objeto y el motivo de nuestra existencia y de aquello que provoca y desencadena nuestros actos.
Reflexión sobre el mal y el bien, la prosa de Sabato desborda ese recipiente moral para adentrarse en un complejo estudio sobre los aspectos más borrosos de nuestra naturaleza, para concluir que existe un solo túnel oscuro y solitario: el propio, el personal e individual, y que los muros de ese túnel, de ese infierno en donde se contiene la esencia del hombre malvado y agresivo que nos devora por dentro, son cada día más herméticos.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Amenaza-Mara Mahía/Oliver Besnier

Oliver Besnier se alió con Mara Mahía para escribir una novela a cuatro manos. Supieron muy bien cómo crear expectación, como vender las cosas de forma original y diferente, y dieron un sorprendente golpe de efecto con esta primera publicación. Originalmente, Amenaza venía firmado por un enigmático M. B. Lunas, seudónimo que Mara y Oliver confabularon juntos. Una vez creado el conveniente misterio se desveló que la novela estaba escrita a cuatro manos.


Nunca he creído mucho en las novelas escritas a cuatro manos, o incluso por colectivos. Sin embargo, un ejemplo de gran brillantez es Q, de Luther Blisset, seudónimo tras el que se encuentra un grupo de cuatro escritores italianos. Ellos hicieron una buena novela, ¿por qué no podría serlo Amenaza?


Y vaya que sí que lo es. Amenaza, seamos exactos, de Mahía/Besnier, es un breve trayecto literario de 97 páginas, repleto de talento y buenas intuiciones narrativas. El libro nos cuenta una destructiva historia familiar de dos hermanas repletas de enconos que no dejan de mirar al pasado trágico; las relaciones tóxicas con los padres, las cargas de culpa, la mala conciencia, los abandonos, la dejadez sentimental, el odio y el resentimiento.
Amenaza es un amargo compendio de las más habituales conductas humanas en una narración desde dos planos que se alternan: la historia de Jana y la historia de Alis. Esta bifocalidad le proporciona una agilidad especial al libro, que salta de un punto de vista a otro, pero siempre dándonos la impresión de que se nos oculta algo.
La tensión en Amenaza va creciendo a medida que las historias se solapan, cuando los odios impregnan no solo las relaciones, también los propios recuerdos. El lastre del pasado, de lo que se hizo en ese pasado, pero también de lo que no se llegó a hacer, es como un cáncer que todo lo corrompe, extendido hasta el tuétano en la familia de las dos hermanas.
Este texto ágil, rápido y voraz, saca a flote el análisis psicológico de los personajes, algo que tal vez ya no esté muy de moda; lo recupera y lo muestra como una forma de hacer buena literatura. Literatura de sentimientos, pero no de sentimientos ñoños, ni blandos, sino literatura de sentimientos caníbales, escritos desde el corazón y los pulmones, desde el hígado y los riñones, poniendo el alma y la anatomía en ello, para un ejercicio muy sólido de honestidad narrativa.
Cuadernos Heimat, nombre que urdió Mara Mahía para la editorial, al igual que el ideario o descripción estética que se busca con ello, no podría debutar mejor. Esta primera entrega —creo que puede encontrarse en la biblioteca del metro de Barcelona—, es una promesa de muchas cosas atractivas e interesantes que pueden venir de la mano creativa de Mara MahíaOliver Besnier. De Mara Mahía, aparte de sus dibujos, venimos disfrutando de sus Maragramas. Una muestra de su originalidad la encontraréis en su Instagram, @maramahia.

Porque la buena literatura no conoce de lugares excluyentes, tal y como al final de Amenaza, con mucha perspicacia, se advierte: el libro se terminó de imprimir “en algún lugar de Polonia”.
Alfred Jarry, cuando estrenó su inmortal obra Ubú, Rey (un 10 de diciembre de 1896 en el Noveau Theatre de París), dio un pequeño discurso introductorio en el que afirmó que:
En cuanto a la acción que va a comenzar, se sitúa en Polonia, o sea, en ninguna parte”.
Por eso Amenaza, la propia editorial de Cuadernos Heimat —por otro lado con mucha fidelidad a lo que Mahía define como Heimat—, se ubican en algún lugar de la ubuesca Polonia, es decir, en ninguna parte y en todas, porque la literatura pertenece al lugar al que llega y desembarca o aterriza, al lugar de nuestro interior en donde la albergamos para que nos acompañe siempre. 

sábado, 1 de septiembre de 2018

La noche divide el día-Mario Blázquez



*Esta crítica apareció en Achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/mario-blazquez-la-noche-divide-el-dia-o-la-escritura-en-las-fosas-abisales/

Mario Blázquez: La noche divide el día o la escritura en las fosas abisales

Un nacimiento siempre es un motivo de alegría. Más aún, si el nuevo alumbramiento es editorial. Como todo recién venido a este mundo, la nueva editorial es pequeña, pero con una virtud esencial: es independiente. Y se llama Editorial Dieci6. Como toda nueva empresa arranca repleta de ilusiones y de fuerza, pero no ignora que las dificultades serán descomunales; los problemas de distribución y visibilidad en el punto de venta, la batalla por intentar conseguir un hueco saturado y monopolizado por los dos grandes grupos editoriales, la necesidad de tener que pagar prácticamente por todo para abrirse camino: desde conseguir un mínimo lugar en la mesa de novedades de la librería de turno, pasando por unas migajas en la prensa… Sin embargo, pese a los obstáculos, en el ánimo se aferra la convicción de mantener una idea propia, una personalidad característica. Para ello, Editorial Dieci6 ha comenzado publicando dos libros, ambos de relatos: Lo imaginado, de Juncal Baeza y La noche divide el día, de Mario Blázquez. Os voy a hablar de este último.

Ya el título del libro de Mario Blázquez, ese La noche divide el día, señala claramente el lugar por donde se van a mover los personajes y las narraciones: En una zona crepuscular y casi cuántica, una brecha de tiempo y luz. Quienes hemos vivido mucho en esta franja ya sabemos la metamorfosis que nos ocurre: nos convertimos en seres opacos que vagamos como alucinados.


Por tanto, los siete relatos que componen el libro están protagonizados por personajes que se encuentran justo en el filo, en el borde de la luz, o en el borde la oscuridad, en esa intersección desde la que están a punto de abalanzarse sobre el abismo de la noche. Y una vez que acceden a esa zona ya se convierten en seres marginales, derrotados y ensimismados, en una especie de zombis de los sentimientos y de la existencia. Utilizando un adjetivo del escritor albanés Ismaíl Kadaré, se vuelven en una especie de funervivos que se deslizan por las noches y que se ocultan por el día para languidecer, hasta agonizar.
Los que me conocen ya lo saben muy bien: durante once años yo fui un funervivo más, atrapado en un infernal trabajo de noche que me obligaba a moverme a contracorriente, tal que estos personajes de Mario Blázquez. Él lo entiende muy bien cuando en el relato Contenido sensible nos presenta a un trabajador nocturno que, además, bucea en el Internet profundo.
Trabajo nocturno, solitario, y el Internet profundo. Esa zona oscura y oculta del ciberespacio. Así son los espacios del libro, indefinidos, como ubicados entre dos luces, y es necesario proyectarse en las zonas de eclipse para poder descubrirlos. Mario Blázquez tiene oficio, nervio y buena mano para levantar este compendio de tinieblas y caracteres neblinosos.
La dicotomía entre el día y la noche no es puramente física. Primero, porque existe una realidad oculta que no podemos percibir ni en los momentos de mayor claridad, un reino de sombras que también es una morada interior. La oscuridad propia forma parte de nosotros. Y en estos relatos los seres luminosos, los seres de luz, han desaparecido por completo. Estamos ante una galería de personajes abisales que, como esos peces que llevan una antena dotada con su propia lucecita, apenas perciben un pequeño sector de lo que les rodea. Y deben entenderlo avanzando, adentrándose en las tinieblas.
Cada ser cavernario del texto interactúa con un lugar apagado y misterioso, desde esa sala de trabajo solitaria, pasando por un cine de madrugada, un cuarto de estar con la televisión encendida hasta las tantas, un extraño viaje a Marruecos que es como el acceso a otra realidad paralela (y como paralela, sometida a leyes incomprensibles), el camino de una carretera secundaria al atardecer, la sórdida trastienda de una tienda a media noche y hasta un sótano regido por otros códigos del espacio y del tiempo, al menos para quienes lo habitan.
Si reflexionamos sobre el título, de nuevo, ese La noche divide el día, encontramos la clave del libro: lo que impera es la oscuridad. En ella, las horas de claridad son anecdóticas. El fenómeno extraño es que disfrutemos de unas horas de luz porque todo, realmente, está sometido al imperio de la noche. La noche se apodera de los personajes, que no parece que sepan defenderse de la vida a pleno sol. Son vampiros sociales. Son seres desgraciados que batallan por escapar de las garras de ese pulpo de oscuridades. Ellos conocen las partes ocultas, esas que no perciben la mayoría de las personas que por el día se creen vivas.
Se trata así, de una noche nutricia: es una noche que se alimenta de las emanaciones de los protagonistas hasta opacarlos, pero que a la vez les insufla un hálito de vida para que puedan continuar sobreviviendo con un latido mayor que el de los seres diurnos. Esta combinación de personajes y lugares en el fragmento crepuscular es el mayor acierto del texto, que lo dota de un relieve inflamado y doloroso, como un tatuaje mal cicatrizado.
Estos lugares de indeterminación existencial arrancan en el primer relato, Sesión golfa:
Viernes, o sábado ya. Cine Ideal. Sesión de las 00:45. A esa hora el cine parece distinto, se acerca más a una película, y la película menos al cine. Versión original con subtítulos en castellano. Las personas, al igual que las películas, tienen varias versiones: la original, la doblada, la censurada o mutilada, la extendida, el montaje del director (…) Las salas nunca se llenan en esas sesiones, no hay más de diez o doce espectadores, algo que resulta atrayente para otro tipo de asistentes: los que pretenden ser invisibles”.

Se acaba de formular la cosmogonía de todos los relatos que componen el libro. Es viernes, o tal vez sábado, se transita por la frontera inexacta y dudosa de la franja que divide dos días. Las personas albergan muchas versiones diferentes en su interior, versiones oscurecidas, tapiadas, condenadas, que dejan aflorar en función al momento y al lugar en donde se encuentran; es decir, presentan una mayor o menor resistencia a la intensidad de la luz que se propone traspasarlas y herirlas como a un San Sebastián. Y el momento de indecisa luminosidad es el instante preferido de quienes pretenden ser invisibles.

Los funervivos de Kadaré son seres que terminan por volverse invisibles a causa de la alucinación que les provoca el moverse entre las dos placas tectónicas de la imaginación y la realidad. El cine casi se parece a una película en esos momentos de la madrugada, es decir: lo real se metamorfosea en lo imaginario, lo imaginario en lo real, hasta que sólo los invisibles son incapaces de distinguir entre una u otra circunstancia.
Por eso, es en estos lugares en donde se entablan relaciones con otros personajes al límite de la oscuridad. En las salas de cine dos funervivos se reconocen, también en el sótano que aparece en el relato La noche divide el día, o como ocurre con los extraños compañeros de trabajo nocturno en Contenido sensible. Los seres crepusculares solo pueden relacionarse en el no-lugar, parafraseando a Marc Augé, del crepúsculo.
Cuando las sombras los ocultan a todos, ellos, víctimas de un tenebroso fenómeno de anagnórisis, se descubren unos a otros porque es en esos instantes de claroscuro cuando imaginación y realidad se confunden:
Se apagan las luces, la sala queda completamente oscura y las voces se apagan, cortantes. La mayor atención del evento se concentra en ese intervalo entre el sombrío silencio y el comienzo. Muchas veces, incluso más emocionante que el evento en sí. Las expectativas suelen ser superiores a la realidad. Eso es lo que Héctor, en ese preludio, valora: es superior la imagen que tiene de Leiza, la expectativa, que ella en sí”.
En el extraño viaje marroquí del relato Caminos de distorsión, el protagonista vive por las noches una realidad alucinada y paralela. Sólo la recepcionista del hotel parece comprender que se trata de un ser que se desliza por el borde de la luz, o que patina por el asidero de la oscuridad. De hecho, ambos también parecen reconocerse:
Aparecí por la recepción y fue entonces cuando la chica del hiyab, mi amiga en los tránsitos entre el día y la noche, entre la realidad y la ficción, me miró de un modo extraño”.
A veces, se nos presentan personajes en el borde justo del abismo, momentos antes de abandonar la luz y abrazarse a la oscuridad. Tal ocurre en el interesante relato I ching y todo lo demás, en donde el pasadizo a lo oscuro se encuentra justo al atravesar una puerta que lleva a la habitación en donde duerme la borrachera una chica anónima, que dos muchachos han rescatado de la calle. Al cerrarse esa puerta,
solo queda un rectángulo de luz, el contorno de la puerta, contrastando con la oscuridad”.
Y la decisión de albergar la noche en el interior de los personajes ya ha sido tomada.
El primer párrafo de Contenido sensible explicita claramente lo que significa esta vida clandestina en la oscuridad; el protagonista, trabajador nocturno, reflexiona:
Estoy convencido de que la noche lo modifica todo: los lugares, las personas, las emociones, las percepciones; las malas ideas se traducen en malas ideas con posibilidades. La noche abre puertas que durante el día permanecen cerradas. Desde hace tiempo me escondo, trato de evitarla, refugiándome en una zona segura. Por el día, me basta con no exponerme. Digamos que vivo en una capa más profunda de la realidad visible, en un nivel oculto”.
Es el corolario del trabajador nocturno, que percibe esa otra realidad, la verdadera: una realidad terrible que permite que afloren esos horrores ajenos a los ciudadanos diurnos, horrores que les son ajenos, aunque se encuentran allí, a su lado, solo que ellos no pueden percibirlos; nosotros, afincados en nuestro eclipse, sí que podemos:
Toda esa basura que veía por la noche era la misma que me rodeaba por el día en la calle (…) Llegué a la conclusión de que estamos en las dos porciones de la red, solo que hay una parte de nosotros indexada y otra no. Una que se muestra y otra que se oculta”.
Los seres abisales, del crepúsculo, de la zona oscura, o como queramos llamarla, están condenados a habitar en ella. Les resulta imposible zafarse y si se aventuran a exterior, entonces, perciben su propia marginalidad en toda la brutalidad de su dimensión:
Descubrimos un exterior donde no era noche ni día, una franja de tiempo elíptica en la que apenas coincidíamos con otras personas. Parecíamos cuerpos varados en el vacío, noctívagos a los que algún desajuste había impulsado a existir allí. Éramos sombras visibles unos para otros, guardando con celo el hecho de que no debíamos estar ahí, no queríamos ver ni ser vistos”.
Por ese motivo, los personajes de este libro de relatos de Mario Blázquez son seres condenados a lo oscuro, que boquean en la asfixia del día, que únicamente son capaces de adquirir formas y relieve en el corazón de la noche, cuando la mayoría duerme, ignorantes de que en esos momentos se están escribiendo libros como este que nos ha traído la Editorial Dieci6.

Luego, por la mañana, cada uno transita con su propio albedo de miserias, cansancio y desesperación, mientras las criaturas que se han bebido la luna se embozan en su tenebrosa capa de oscuridades, con el pavor de que alguien sea capaz de abismarse en su interior y, entonces, se percate de la monstruosidad del mundo.