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lunes, 22 de octubre de 2018

Poemas desde mi jardín-Alfonso Aguado ortuño


Por su parte, Poemas desde mi jardín presenta un propuesta deconstructivista de las Bucólicas de Virgilio, lo que en principio es muy interesante, pero el poemario tal vez termine algo lastrado por cierto barroquismo que albergan los textos, a veces recargados. Se trata de una visión exultante del jardín en el que descansa el poeta, que alcanza desde lo micro hasta lo macro.
En efecto, porque la mirada lirica de Ortuño se puede detener en los insectos, en las diminutas criaturas, pero también en los aviones que sobrevuelan ese jardín. De esta forma conforma un bodegón animado de numerosas plantas, animalillos, en el cual el propio poeta se inserta, componiendo al final una especie de retrato de escritor en su jardín con aspecto arcimboldesco.
El poeta, ya viejo, descansa en ese jardín, pero lejos del ambiente bucólico virgiliano, aquí no impera un ambiente lírico, sino antilírico“Se escuchan pájaros/ de mal agüero y los perros no paran/ de ladrar a mi alrededor”.
El poeta no encuentra ese acomodo vivificador que Virgilio experimentaba en la naturaleza, al revés, está incómodo, junto a “tijeretas y babosas”“la aridez impera”. Tal vez sea este jardín un reflejo de la vejez del escritor que, en un alarde de poesía cuántica, se ha contemplado en un poema “desde el tejado me veo más viejo, con pocas ganas, sentado, enfermizo”.
De esta forma, se nos propone un texto saturado, dificultoso. Narrativo en su poeticidadque, a pesar del evidente simbolismo que puedan poseer las plantas e insectos que aparecen —y son muchos, desde luego— busca en la escasez de imágenes acercarnos esa mirada magnificada de pulgones, libélulas o gatos que pululan en derredor de un yo poético que, cada vez más, se metamorfosea con el entorno: “Formo parte de estos árboles, de estas plantas”, afirma contundente y certero.
El poemario se transforma, así, casi en un insectario, un estudio entomológico y natural de las especies que circundan a ese hombre, poeta envejecido y cansado que quizás se da a la tierra antes de tiempo, derrotado. Pero no es una asimilación con el entorno traumática, al contrario, la adecuación del hombre con el jardín es afable y tranquila, lenta, como si la naturaleza representase lo temporal de la vida y lo eterno de la muerte: “Tiene mi jazmín mil flores y mil dolores tengo”.
La simbología del jardín, con sus flores y sus plantas, es rica y compleja, porque en los brotes, en los retoños, florecen recuerdos antiguos convocados por el sentimiento bucólico. Pero una vez más, esa naturaleza contiene en sí misma su propia descomposición“el trastero abierto deja ver las cajas enmohecidas donde guardo los recuerdos”.
Impertérrito, el poeta accede a la noche del jardín, una noche que trae inquietudes para su ánimo que “sangra lombrices de tierra”. Los pavorosos recuerdos y el dolor de antaño se enlazan con los insectos que horadan el suelo y se mueven entre el mantillo y el barro.  El hombre es un súbdito de la naturaleza y, por eso, los poemas que compone son como plantas. Si las plantas no se riegan no crecen y se agostan; los poemas que compone son “bajitos” porque “no los riega casi nadie con su mirada”.
Algunas composiciones están aromatizadas de haikus, pero no cumplen estrictamente ni con sus leyes ni con su espíritu porque así lo decide el poeta. Porque el poeta es como un cuervo “capaz de entonar todos/ los sonidos del mundo”. Y en mitad de esa naturaleza que es descomposición y muerte, el yo lírico se encuentra como en su “cementerio”. Demasiados frutos en descomposición, demasiada vida empeñada en pudrir como para no entender que todo lo que ocurre en ese jardín es un retorno a la fusión espiritual con la naturaleza. Y la mariposa de la esfinge de la calavera, que aparece sobre el ocaso, transporta los recuerdos de su padre y la advertencia de la fragilidad del tiempo presente.
Es una realidad áspera, la realidad de la vida, la realidad del jardín, la realidad de esta naturaleza antivirgiliana en la que la lírica de Arcimboldo que se ha puesto en pie termina por marcar la dirección que toma el protagonista: el abandono del jardín para siempre. ¿Es una muerte poética? ¿El acceso a una dimensión superior? ¿La quiebra de una tradición compositiva deconstruida?
En cualquier caso, estos Poemas desde mi jardín, por momentos excesivos y por veces vertiginosos, son el manifiesto de un momento muy determinado de un poeta cansado que buscaba el reacomodo en la naturaleza, y que le dio la espalda. Desde ahí, cada cual puede cargar de sentido metafórico y simbólico esta naturaleza muerta de Ortuño.

viernes, 1 de julio de 2011

Bucólicas -Virgilio-.




ÉGLOGAS PARA LA ETERNIDAD


Son las Bucólicas piedra angular de un género elefancíaco que conocerá multitud de seguidores, de imitadores y de obras: el género pastoril. Desde los diez poemas reunidos en las Bucólicas se catapulta toda una tradición que se nutrirá de ellos y que influirá en obras tan ilustres como La Arcadia, El Decamerón, La Jerusalén Liberada, El Cancionero, El Quijote, El Persiles… firmadas por Sannazaro, Boccaccio, Tasso, Petrarca, Cervantes, pero también por Dante, Garcilaso, Juan del Encinza, Lope de Vega, Jorge de Montemayor, Gaspar Gil Polo, Fray Luis de León, Spenser, Milton, y un largo etcétera que reconocieron en sus obras y en sus versos la decisiva presencia de Virgilio.
Las Bucólicas son, en cuanto a poesía pastoril, un grupo de composiciones, de églogas, que describen la estancia de sus personajes en un mundo ideal, mundo ideal relacionado con el campo, protagonizadas por pastores que disponen del tiempo suficiente para componer versos, cantar, tañer, embromarse, discutir en rimas y dirimir enconados torneos de ingenio. Son poemas de gran carga narrativa y dramática, tanto que en numerosas ocasiones se pudieron poner en escena. Y por decirlo todo, como nada hay nuevo bajo el sol, ya Virgilio tenía a su maestro en este género: su antecedente es Teócrito de Siracusa, iniciador de la materia pastoril con su colección de poemas titulada Idilios. En estas poesías se encuentran ya los elementos que Virgilio recreará y potenciará en lo que se le considera, habitualmente, como una obra de juventud.
Cabe destacar la moderna función metaliteraria que se encuentra en el interior de los poemas de las Bucólicas. Función metaliteraria ya que la composición, égloga virgiliana, tiende a ser poesía que versa sobre poesía, poemas en cuyo interior se cuecen otros poemas, composiciones en donde los protagonistas componen en concursos, ejecutan sus propios versos.
Resulta curioso que en unas composiciones poéticas de antes de Cristo –compuestas entre el 42 y el 37-, se traten ya temas políticos con una clara intención de poner el dedo en la llaga. Sorprende, en primer lugar porque no parece que una composición meramente poética y consagrada a la belleza como la égloga virgiliana pueda servir de vehículo de denuncias y, en segundo lugar, porque nos consta que Virgilio era un protegido que tenía mucho más que callar que denunciar. Me estoy refiriendo, obviamente, a la circunstancia de las expropiaciones de las tierras: muchos de los pastores fueron obligados al destierro porque sus tierras eran concedidas como recompensa a los soldados. Sin embargo, Virgilio, que denuncia semejante atropello en su primera Bucólica de Melibeo y Títiro, podía estar bien tranquilo porque se sabía a salvo de tales desmanes protegido como estaba por Octavio, el Emperador, que respetó sus tierras mantuanas en reconocimiento a su gran prestigio como poeta.
Sea como fuere, el tema sorprende de entrada en un égloga pastoril en donde se reúnen todos lo tópicos del género: un pastor recostado a la sombra de un árbol a la par que toca la flauta o canta, el paisaje silvestre, el amor de los pastores, las continuadas referencias mitológicas, los atardeceres, los riachuelos, la miel de las abejas… y en mitad de todo ello irrumpe la figura del pastor Melibeo, que debe abandonar sus terrenos, y entorna un canto que no es de amor precisamente, sino de destierro.
Dejando a un lado este motivo anecdótico –o quizás no tan anecdótico puesto que el tema de las expropiaciones se vuelve a repetir en la égloga novena, de Lícidas y Meris-, también me gustaría destacar la égloga cuarta. Es una égloga puesta toda ella en boca del poeta, sin injerencias de otros personajes, y que le otorgó a Virgilio no sólo gran parte de la fama sino la aceptación de su poesía en el ámbito cristiano –estoy convencido que esta égloga es la principal culpable de que el poeta acompañe a Dante en la Divina Comedia- al considerarla como una premonición o un poema mesiánico anunciador de la venida de Cristo. Quizás Virgilio en esta Bucólica no pretendiera referirse más que al advenimiento, al comienzo de una nueva Edad de Oro, que asocia al misterioso nacimiento de un niño –Jesucristo según una interpretación mesiánica, o el propio Octavio Augusto, en otra más mundana-. En cualquier caso, esta profecía es tan misteriosa como la de Dante y su lebrel en la Divina Comedia, y no les han faltado interpretaciones a ambas.
Del resto de las composiciones, la tercera, en donde Menalcas y Dametas entablan una florida competición arbitrada por Palemón, que incapaz de decidirse, como incapaz es Virgilio de elegir el mejor de entre sus poemas, decreta, llevado más allá en esa referida función metaliteraria que antes comenté, unas correctas tablas. Este motivo de las justas poéticas se volverá a repetir en la égloga séptima, entre Coridón y Tirsis, en donde demuestran su saber en epigramas –y esta vez si hay un vencedor: a juicio de Melibeo el triunfo es para Coridón. En la sexta, dos muchachos atan y obligan a cantar a Sileno, cuyo canto es un espectacular resumen de temas fabulosos y mitológicos.
Por último, la Bucólica décima, dedicada por Virgilio a su amigo Cornelio Galo, poeta pionero del género elegíaco que se vio en la obligación de suicidarse al haber caído en desgracia. Aparece en la composición un Galo enfermo de amores que muy bien podría ser la extensión de la desesperación de todos nosotros, los lectores, ante unos u otros aspectos de la vida. Pues bien, en la égloga se nos da la solución: “Todo lo vence el Amor y al Amor nos rindamos nosotros”.