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lunes, 18 de junio de 2018

La literatura admirable-Varios autores (dir.Jordi Llovet)


*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/la-literatura-admirable-una-habitacion-con-vistas-a-la-lectura-inteligente/

La literatura admirable: una habitación con vistas a la lectura inteligente

La editorial Pasado & Presente ha publicado recientemente un libro qué es muchos libros a la vez. La literatura admirable es un volumen compuesto por 54 pequeños ensayos que son análisis literarios llevados a cargo por 44 firmas eruditas. La interpretación segura y lúcida de estos expertos nos aproxima a las obras que comentan desde una perspectiva que de inmediato nos hace conectar con el libro expuesto (no puedo decir reseñado porque los artículos son trabajos filológicos de gran calado que alcanzan mucho más allá de la mera reseña). El volumen, con el inteligente subtítulo Del Génesis a Lolita, está coordinado por el catedrático de Literatura Comparada, entre otras muchas cosas, Jordi Llovet. La importancia del compendio de libros, autores y críticos que se han reunido aquí me ha llevado a reflexionar sobre este texto y sus múltiples significados en esta columna de El Odradek.

Porque este libro de libros es una continua manera de abrir ventanas a la lectura, porque cada capítulo es el balcón de una habitación que nos permite asomarnos a un genio literario, a una obra inmortal, a un texto determinante a la hora de configurar la historia intelectual de la humanidad. Puede leerse del tirón o utilizarse como libro de consulta, uno puede posarse en el análisis de una obra o de un periodo completo. Esta es una de las mejores virtudes de La literatura admirable.

El primer acierto del libro radica ya en ese subtítulo al que me refería anteriormente: Del Génesis a Lolita. Los que hemos estudiado Literatura Comparada tuvimos la oportunidad de entender la Bibliacomo un relato literario y como un todo, como un libro que ha influido en el resto de las obras que se han escrito posteriormente. Por ello, si el volumen de la editorial Pasado & Presente buscaba reunir las grandes obras que se han escrito, obligatoriamente debía comenzar por la Biblia, entendida como un desbordante compendio de historias, tradiciones y leyendas literaturizadas.
Pero antes del capítulo dedicado a la Biblia, Jordi Llovet nos ofrece una sabrosa introducción. Nos presenta el volumen como un festín de la lectura, de la literatura, al que todos estamos invitados. Son textos que han configurado, con su gran influencia, nuestra forma de pensar y de entender la ficción, la magia de la narración de las historias, a lo largo de los siglos. Pero todo lo que aquí se recopila y se comenta, que es mucho, no tiene voluntad de ser un canon de obligado conocimiento, sino una propuesta de descubrimiento. Es muy posible que, tal y como afirma Llovet:
“quizá sea siempre el lector singular, no las revistas ni los sesudos académicos, quien mejor puede elaborar un canon gracias a su pasión lectoras y su capacidad de discernimiento”.
Las obras maestras que se comentan en este volumen lo han sido gracias a los lectores:
“No es nunca el autor quién hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector. Lector ceñido, con finura, con parsimonia, con el tiempo y una ingenuidad armada (…) Solo él puede conseguir la obra maestra, exigir la particularidad, el cuidado, los efectos inagotables, el rigor, la elegancia, la perdurabilidad, la reanudación. Pero este lector, cuya formación y cuyas fluctuaciones deberían constituir el verdadero tema de la historia de la literatura, se está muriendo”.
El compendio de lecturas que se estudian demuestra que:
“Occidente ha dado al mundo entero una literatura de enorme valor, y que este valor no fue vigente solo en el momento en que se publicaron los libros respectivos, sino que alcanza a todas las generaciones del pasado, presente y porvenir”.
Tal es la importancia de lo que alberga esta literatura admirable.
Los textos que se reúnen en el volumen son el producto de una idea de literatura comparada totalizadora, esa que tenemos todos aquellos que la entendemos así gracias a los estudios comparativos. Llovet demuestra que su comparatismo es de pura cepa al afirmar que:
“el discurso de la literatura constituye un curso fluvial con algunos meandros, corrientes subterráneas y saltos de agua, pero ningún pantano: todo fluye constantemente —en especial desde la aparición de la imprenta a mediados del siglo XV y también a partir del auge de las traducciones entre las distintas lenguas de Europa— y todo hecho literario reproduce, condensa y modifica una larga tradición”.
Sentadas así las bases y el sentido de los libros elegidos, el volumen comienza con su primera parte, Las literaturas clásicas, compuesto por seis análisis de otros seis textos imprescindibles.
Jordi Llovet, el director del volumen.

El primero de ellos, que como ya he argumentado ha sido elegido con gran criterio comparatista, es la Biblia; la Biblia como artefacto literario de gran influencia, algo que puede sorprender al lector profano, pero no a quienes hemos estudiado literatura comparada. La Biblia nos parece decisiva a causa de la sombra que proyecta sobre el desarrollo de temas, motivos y tradiciones a lo largo de la producción posterior de los textos de ficción.
Solo hay que pensar en el Libro de Job (una narración propia de las mejores novelas, aprovechada por Joseph Roth, por ejemplo) o en El cantar de los cantares (y su adopción posterior por genios poéticos como San Juan de la Cruz). Y qué decir de la sombra del Apocalipsis sobre la literatura actual, en las novelas de ciencia ficción o de la posmodernidad.
Porque en la pequeña introducción que Llovet hace a esta parte de literaturas clásicas, determina que:
“Hay algo que define a los clásicos, y esto es la enorme influencia que ejercen, y siguen ejerciendo, en la producción de la literatura posterior a su época. Tanto la Edad Media (…) como las épocas moderna y contemporánea acusan la impronta de aquellas literaturas antiguas, las cuales, pues, pueden ser consideradas el punto de partida de una larguísima tradición, viva todavía. La Biblia, omnipresente en la literatura europea, constituye uno de los principales substratos de Moby Dick, de Melville, por ejemplo, como la Odisea constituye el trasfondo de Ulises de James Joyce”.
La influencia de Ovidio en Shakespeare, la de Píndaro o Sófocles en Hölderlin o Rilke significan que:
“el curso de la literatura es una vasta y no acabada tradición que toma sus modelos, o los subvierte, a partir de los modelos forjados por los autores clásicos”.
Además de la Biblia, en esta parte desfilan los artículos sobre la imprescindible Odisea de Homero, Las Bacantes de Eurípides, la compleja extrañeza de la Eneida de Virgilio, ese alfa y omega de la literatura que son las Metamorfosis de Ovidio —auténtica leche proteica literaria—, y la obra en prosa de Luciano de Samósata, esos Relatos verídicos aquí comentados por una eminencia en la materia como es Carlos García Gual y que son, en palabras de Llovet:
“uno de los puntos de partida de la tradición narrativa y ficcional de la prosa medieval, moderna y contemporánea”.
La segunda parte de La literatura admirable nos aproxima obras de Las literaturas de la Edad Media: ocho textos de una importancia capital como lo son El Caballero del León de Chrétien de Troyes, Tristán e Iseo, la Crónica de Ramón Muntaner, esos tres libros determinantes y monumentales que han modelado nuestra idea de la ficción y de la poesía moderna, me refiero a la Comedia de Dante, el Cancionero de Petrarca y El Decamerón de Boccaccio, junto a los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer y La Celestina de Fernando de Rojas —magníficamente glosada por un maestro de la magnitud de Francisco Rico—.
Prestemos atención por un momento a esa trinidad literaria italiana. Nos encontramos ante uno de los núcleos decisivos de las obras compendiadas en el libro. Son tres autores y tres textos que tienen gran parte de culpa de que seamos como somos, de que nuestros anhelos de ficción vuelvan, una y otra vez, a buscar esos mismos motivos que nos hacen felices cuando leemos. Beatriz y Laura nos han ayudado a configurar un tipo de amor lírico que forma parte de todos nosotros, mientras Boccaccio ha tenido gran parte de culpa en la estructura moderna que presentan muchas de las mejores novelas que conocemos.
Dante, Petrarca y Boccacio:





La Época Moderna es la tercera parte del libro. Aquí tenemos 11 artículos para 14 obras que han sido importantísimas a causa de la proyección que han llevado a cabo sobre nuestra literatura actual. Orlando furioso de Ludovico Ariosto (analizado por el gran experto Raffaele Pinto), la primera piedra de la novela moderna en nuestro crucial Lazarillo de Tormes (de nuevo disfrutamos de la mirada de Francisco Rico), tres obras de Shakespeare —Hamlet, El Rey Lear, Antonio y Cleopatra—, Don Quijote de la Mancha (visita obligada, más aún si se nos muestra de la mano de Domingo Ródenas), lasFábulas de La Fontaine, La Princesa de Cléves de Madame de Lafayette, Robinson Crusoe de Daniel Defoe (por Fernando Savater), esa distopía fundamental que son Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, Manon Lescaut de Antoine-Françoise Prevost, el tan desternillante como profundo y sorprendente Cándido de Voltaire, y Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos.
Uno de los legendarios grabados de Gustavo Doré para ilustrar El Quijote.

Este recital de talentos y obras deslumbrantes deja paso a la conocida como Época Contemporánea, que es la parte que mayor número de textos aporta al volumen: un total de 29 obras estudiadas y que abarcan desde las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge, los Cuentos fantásticos de E.T.A Hoffmann, pasando por la poesía de Leopardi, Eugenio Oneguin de Pushkin, Dickens y Los papeles póstumos del Club Pickwick (analizada por Jordi Llovet), Balzac, Moby Dick, Charlotte Brontë, Madame Bovary y Flaubert, Baudelaire y Las flores del mal (leídas por Gonzalo Pontón), Dostoyevski y Crimen y castigo, Tolstói y Guerra y Paz, hasta los Relatos de Chéjov, la poesía de Darío (comentada por Luis Alberto de Cuenca), El difunto Mattia Pascal de Pirandello (de nuevo por el genial Raffaele Pinto), Joyce y Dublineses, Proust y En busca del tiempo perdido, El proceso yKafka o Virginia Woolf, Musil, Faulkner, Borges (sus Ficciones analizadas también por Llovet), Nabókov y su Lolita, Rulfo y Pedro Páramo, Italo Calvino…, entre otros, terminando de una forma muy original y acertada: con El cuaderno gris de Josep Pla, un compendio de inteligencia e imaginación que muy bien podría calificarse como el destilado de todas las obras comentadas anteriormente.
Josep Plá, propietario de una visión de la realidad cargada de inteligencia y humor.
Desde luego, en La literatura admirable casi son todos los que están, porque la selección de obras comentadas es magnífica, aunque, obviamente, se echan de menos algunos títulos. Y soy consciente de la enorme dificultad a la hora de seleccionar obras para un volumen de estas características. Simplemente, yo habría cambiado El proceso de Kafka por La transformación y Nuestros antepasados de Calvinopor Si una noche de invierno un viajero… Simplemente, me parecen más determinantes.
Habría dejado fuera, porque me parecen obras sobre valoradas por la crítica acomodada (sí, lo sé, esto que afirmo es un sacrilegio según para quién, pero llevo con resignación mi cruz), El gran Gatsby de Fitzgerald, Pedro Páramo de Rulfo y la Lolita de Nabókov (aunque entiendo su función provocativa al colocarla en el subtítulo del libro junto a la Biblia).
Quizá las hubiera cambiado por Berlín Alexanderplatz de Döblin, por El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias o por El tambor de Hojalata de Grass. También habría añadido algo de Cortazar, pero solo se trata de mis gustos, porque en esto de confeccionar listas literarias, o pseudo cánones, nos ocurre como con el fútbol, que en cada español hay un entrenador: pues en cada lector convenientemente informado y formado se alberga un Harold Bloom.
El poeta Luis Alberto de Cuenca se encarga de traernos la poesía de Rubén Darío.
Mucho y muy bueno nos ofrece La literatura admirable, que todavía tiene espacio, en sus casi 700 páginas, de regalarnos una guinda a quienes gustamos de las cosas bien hechas y de los apéndices bibliográficos. Se nos presenta un compendio de las mejores ediciones en español de las obras tratadas, así como de los estudios más relevantes que se han llevado a cabo sobre dichos textos. El resultado es casi el de una biblioteca ideal compuesta por las mejores ediciones posibles, incluso de la obra en su versión original.
Porque esa es la magnífica sensación que queda al leer La literatura admirable, la idea de que los libros comentados deben de estar, obligatoriamente, en nuestra biblioteca, y si es posible, todos ellos leídos, dado que conforman la mayor colección de saberes y ficciones que haya podido alumbrar la humanidad.
Pasado & Presente ha editado un libro necesario para acercar algunos títulos no tan conocidos al lector ávido de asomarse a nuevos mundos literarios que, sin embargo, llevan esperando ahí desde hace siglos. Sólo era necesario que alguien pusiera la atención sobre ellos.
Esa es la mayor virtud de este libro: cuando lo cierras necesitas salir corriendo a una librería para comprarte todos los títulos que aparecen en él, desterrando del plan de lecturas personal la literatura de consumo y las mesas de novedades destinadas a exhibir los productos del capitalismo literario.
Simplemente, La literatura admirable vuelve aún más inteligentes a los lectores.

lunes, 12 de marzo de 2018

La mirada que respira-Victor M. Pérez Benítez



*Esta crítica apareció en la web de Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/3/5/la-mirada-que-respira-de-victor-m-perez-benitez/

Título: La mirada que respira
Autor: Victor M. Pérez Benítez
Editorial: Libros ENCASA
Número de páginas: 129
Año: 2017

La mirada que respira versos y recuerdos

El pasado 23 de febrero el poeta Victor M. Pérez Benítez presentó en Motril, su localidad natal, el libro de memorias La mirada que respira. Digo bien, poeta ante todo, porque Victor M. Pérez Benítez acumula una dilatada carrera poética, que ahora acaba de apuntalar con este libro de recuerdos de infancia, escrito con un delicado pulso lírico y mucho saber hacer porque, al final, la literatura se trata de eso: de saber hacer.
La mirada que respira es la de un hombre cercano a los sesenta años que nos cuenta su infancia. Visto así podría parecernos un libro de memorias más, pero Victor hace trampa. Porque juega con ventaja, con la ventaja privilegiada de su prodigiosa percepción lírica. Es decir, que es capaz de contemplarlo todo filtrado con un tamiz poético. Es un tahúr de la escritura, porque de esa forma consigue acercarnos aquella época del primer televisor en color, del Tour de Francia ganado por Ocaña en el año 73, del primer automóvil de su padre, de las andanzas escolares…, todo ello, retratado con los ojos y la pluma de un hombre que se siente poeta.
De esta forma, el libro destila una prosa pausada y contenida que en algunos momentos me ha recordado al Gabriel Miró de Años y leguas, y he visto en la figura infantil de Víctor un trasunto de ese Sigüenza mironiano, tal vez por la intensidad de su percepción de la realidad, tan cargada de matices que parece dibujada en cuadros repletos de sol y luz.
Así es, La mirada que respira no deja de ser un libro de recuerdos, de las vivencias normales de un chaval andaluz, pero es esa luminosidad poética la que lo convierte en algo diferente. Son recuerdos, y cuando se recuerda inevitablemente se ficcionaliza. Al separar lo que deseamos narrar de lo que no, estamos realizando literatura, porque tan sólo decidimos mostrar una parte de aquello que nos sucedió: la que necesitamos contar.
De esta forma, y desde aquella falsa autobiografía del Lazarillo de Tormes que todos tomaron, durante siglos, como cierta, los libros de memorias se han movido a horcajadas sobre la fina línea que separa la verdad de la ficción. Por eso, a Dante le preguntaban cómo había sido su descenso a los Infiernos cuando se lo encontraban reposando en la vereda de un camino, lamentando su exilio. Por culpa de estos autores, y de muchos otros, debemos acercarnos a la autobiografía con cierta precaución. Yo, desde luego, la llamo ficción autobiográfica. Y así quiero calificar a este trabajo tan especial.
Indudablemente, Victor M. Pérez Benítez ha vertido en las páginas la verdad, o al menos lo que él entiende como su verdad. Una verdad literaria brillante, casi cegadora, pero adornada con quilates de poesía. No puede ser mejor, para un autor, que escribir una obra en donde se alberga una verdad literaria. Un trabajo literario será de calidad en tanto que mantenga en su seno una verdad literaria, oxímoron delicioso, puesto que la literatura, como dijo Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras. Pero en aquello que Víctor miente…, miente muy bien.
La primera falacia amable es presentarnos un texto en forma de narrativa que está más cerca de la prosa poética, de la propia poesía en sí, que de cualquier otro género. A Víctor los recuerdos se le vuelven dulces y sabrosos, repletos de sol, entre aromas de cañaverales y periódicos viejos, manchados con la tinta del pasado. Simplemente, su visión poética de rayos x se le apodera, de una forma tiránica y gozosa.
El libro es un receptáculo de recuerdos, pero además es un compendio de aquellos escritores que han marcado la personalidad del autor. Por encima de ellos aparece Benedetti, pero también cita a Rilke, a Faulkner o a Bukowski y su “pájaro azul”, porque Víctor sabe muy bien en dónde se ubica el espíritu de la escritura: en algún lugar entre el cerebro y el corazón.
Y nos sigue engañando, porque de repente brotan versos, los versos de algunos poemas suyos que intercala para ilustrar la narración como si nos mostrara unos cromos impresos en la tricromía arcoíris del poeta. Estamos ante un narrador simbólico que la mayoría de las cosas que nos cuenta sirven para remachar la tesis fundamental que se desprende del libro: la vida es avanzar. Todo es camino, empinado y esforzado, para poder ganar una posición de calma desde donde poder otear, de un vistazo, y contemplar satisfecho lo que se ha sido, también lo que se es, y es muy probable que, incluso, lo que se llegará a ser.
Desde ese lugar, en las alturas, Víctor se convierte en un Caspar David Friedich poético. Un escritor que, al igual que se muestra en el cuadro del pintor alemán El caminante sobre el mar de nubes, despliega su mirada que respira y es capaz de disolver las brumas del pasado y alcanzar más allá de las inseguridades que nos traen las nieblas de la memoria.
Hay toda una teoría del esfuerzo y de la escalada aplicada al devenir vital, desde los escalones de la subida a casa, pasando por las cumbres del Tourmalet, las partidas de ajedrez o el examen de selectividad. Son todas ellas las etapas de un mismo anhelo: vivir con esfuerzo para poder aprovechar esas pequeñas treguas benedettianas, que el autor entiende como los momentos en los que se sienta a escribir. Porque escribir es recordar.
Victor M. Pérez Benítez nos trae un tratado de la vida con ojos poéticos, un libro de instrucciones plagado de reflexiones y con algunas certezas que muy bien podrían resumir el espíritu de este texto, de La mirada que respira poesía. Pero no es un intento de comprender el pasado, porque tal y como asegura “conforme transcurre la vida, se dejan de entender unas cosas y se empiezan a comprender aquellas que no se entendían”. Una buena advertencia para todos aquellos que hemos entrado en la cincuentena con un puñado de verdades y un saco repleto de interrogantes.
Escribir es un acto de coraje y valentía, nos dice, y con ese arrojo se ha enfrentado el poeta a su pasado, lo ha pulido hasta convertirlo en algo cargado de ciertos componentes de realismo mágico a la granadina, de ribetes azorinianos y con unamuniana carga filosófica. Esto se puede resumir en una de las poesías del autor que aparece en el texto y que nos habla de los gusanos de seda. Esos gusanos de seda son la infancia, pero también significan el paso del tiempo en las hojas de morera que roen, y cuando eclosionan, se nos presenta otra metáfora más del paso de esta vida consistente en cumplir estaciones hasta alcanzar la edad adulta.
Los que no somos privilegiados como Víctor, extraviamos la mirada infantil al llegar a ese momento. Él se ampara en su poesía, en su forma de percibir a un niño correteando eternamente entre los cañaverales como un guardián entre el centeno, un eterno enfermo del complejo de Peter Panque ha elegido la escritura para mantener los ojos fijos en la infancia, aunque los párpados ya sean de adulto.
Así que todo radica en la vista, en esa mirada que respira. Respira versos. Y es capaz de hacer de una autobiografía un libro de poemas sin escribirlo en versos, y de la vida todo un poema de arquitectura solar y palabras envasadas en bolsistas de azucarillos que debemos añadir al café amargo de nuestras existencias. Sólo así ganaremos esta batalla que Victor M. Pérez Benítez ha doblegado con la recuperación de la memoria que siempre viaja colgada de sus versos.

jueves, 13 de julio de 2017

El Palacio de los Sueños-Ismaíl Kadaré (2)


*Esta reseña apareció originalmente en el sitio minuevaeadad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/7/5/el-libro-del-mes-el-palacio-de-los-suenos/

Título: El Palacio de los sueños
Autor: Ismaíl Kadaré
Editorial: Cátedra
Número de páginas: 232
Año: 1981

¿Literatura albanesa? ¿Pero eso existe? Entendería que muchos se hicieran esta pregunta al leer la reseña de una novela de un autor albanés, del mejor autor albanés de la historia, y de uno de los novelistas fundamentales del siglo XX y parte del XXI; y además, candidato eterno al Nobel, premio Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2009 y ganador del prestigioso Man Booker Internacional. Estas credenciales son más que suficientes para responder a la pregunta: Sí, existe la literatura albanesa. Y El Palacio de los sueños, una de sus cumbres, es una de las novelas claves de finales del siglo XX.
Ismaíl Kadaré desarrolla su narrativa inmerso en el abismo del terror de un Estado totalitario y sanguinario: la Albania comunista de Enver Hoxha. Escribir, y tratar de ir en contra de los preceptos del realismo socialista, significaba jugarse la vida. El Palacio de los sueños es una de las apuestas más arriesgadas de Kadaré, que lo colocó al borde del desastre. La obra fue censurada durante siete años y Kadaré acabó seriamente amenazado por el Régimen. ¿Qué representaba esta novela para resultarles tan peligrosa a los dirigentes del Partido Comunista de Albania?
El Estado totalitario es un engranaje que tritura a los individuos, incluso controlando sus pensamientos: porque el Palacio se encarga de recolectar, estudiar, clasificar e interpretar, los sueños de todos los súbditos del Imperio. Necesita encontrar, entre ellos, los que denuncien futuras conspiraciones para que así puedan ser reprimidas antes de que ocurran; nada puede ser más arbitrario. Tal y como sucedía en el Régimen de Enver Hoxha, un sistema erigido a golpe de sospechas, consolidado con juicios sumarísimos y asesinatos. Esa es la denuncia que ejerce Kadaré en esta novela repleta de símbolos y situada en el Imperio Otomano durante sus tiempos de ocupación de Albania como escenario para, así, establecer una comparación, sin nombrarlo, con el Régimen albanés. Kadaré construye uno de los mayores alegatos contra el totalitarismo comunista, sin mencionar ni una vez al tirano, ni a Stalin, ni a la Unión Soviética, ni a nadie.
Esto es posible porque la novela de Kadaré alcanza mucho más allá, cargada con unos componentes kafkianos y oníricos demoledores. El texto entronca con el imaginario sobre el control de las masas desplegado por George Orwell en su obra 1984. El tema de las novelas de Kadaré siempre gira en torno a la alienación del individuo dentro de una sociedad, la mayoría de las veces zarandeado por reglas tan inhumanas como incomprensibles. En el seno de la distopía se inserta un funcionario, Mark-Alem, que hará carrera en el Palacio, recorriendo todos los estamentos y aprendiendo de las prácticas para descifrar los sueños indeseables. El sistema opera con una malignidad repulsiva y aterradora.

Por todo ello, El palacio de los sueños fue una novela muy peligrosa para su autor, un texto con el que los integrantes de la inteligencia política del Estado de Enver Hoxha se sintieron amenazados. Esta novela, que merece ser calificada como una obra maestra de Kadaré —y no es la única, afortunadamente—, es también la mejor forma de trabar conocimiento, gracias a un texto fascinante, absorbente e inquietante, con una de esas literaturas marginales que encierran obras y autores mayúsculos. Y, por supuesto, la manera en que, una vez descubierto por el lector, Kadaré lo acompañe ya para siempre, con la excelencia de su obra y el descomunal grito de su denuncia.

lunes, 10 de julio de 2017

Arthur Koestler: Nuestro hombre en España-Jorge Freire


Arthur Koestler y el síndrome de Petrarca: la vida como representación literaria


      
               *Esta reseña apareció en el sitio web achtungmag.com:

                http://www.achtungmag.com/arthur-koestler-sindrome-petrarca-la-vida-ficcion-literaria/


No resulta sencillo escribir una biografía sobre Arthur Koestler. Todo en su vida fue vehemente, excesivo, y por momentos, inabarcable. A él debemos una novela importantísima, El cero y el infinito (ediciones Debolsillo), y la visión moderna de la figura del esclavo rebelde Espartaco, gracias a su novela La rebelión de los gladiadores (Edhasa). Encontrar una clave para aproximarse a un personaje tan complejo es todo un desafío para el escritor que desee ahondar en la personalidad de Koestler. Y Jorge Freire, con su libro Arthur Koestler: Nuestro hombre en España (Alrevés), halla la manera de hacerlo no sólo de una manera notable, sino que además nos regala un libro rabiosamente entretenido y absorbente.

Francesco Petrarca, el poeta laureado del siglo XIV, vivió por y para la literatura. Entendió que la mejor obra literaria radicaba en convertir su propia vida en una obra de arte: un precursor de Oscar Wilde a la italiana, un modernista del medievo al estilo de José Asunción Silva o Julio Herrera y Reissig, quienes hicieron por cumplir con la máxima del poeta polaco Tetmajer y el grito de su canto Eviva l´arte! De esa forma, Petrarca respiraba literatura, vivía literatura, dejaba a su paso, como un caracol literario, un rastro de versos y palabras rimadas. Cada gesto, cada acción, estaba pensada de antemano con la vista puesta en la inmortalidad poética.

Tanto quiso perfeccionar esa vida consagrada a la construcción del arte que, Petrarca, aparte de copiar la idea de Dante y Beatriz con su amada Laura, falleció justo cuando iba a cumplir los 70 años. Muchos somos de la opinión de que esa muerte tuvo bastante de provocada, en aras de cerrar o cumplimentar un ciclo de vida perfecto. Después, han sido muchos los autores que han intentado trasvasar sus vidas a la ficción, haciendo de ellas una especie de novela con la intención de ganarse la inmortalidad. Esto es lo que he denominado como el síndrome de Petrarca.

Cuando un estudioso pretende abordar la biografía de un escritor notable, debe ponerse, de inmediato, a desbrozar la tremenda hojarasca de mentiras y dobleces que el autor suele crear a su alrededor. Es patológica la necesidad de los escritores por sentirse como un personaje de sus obras, de intentar imitar a Petrarca esparciendo el humo de la confusión para desdibujar algunos de los aspectos fundamentales de sus biografías. En el caso de Arthur Koestler, es un problema mayúsculo.

Toda la vida de Arthur Koestler está sometida a un prisma de impostura, que el propio autor se encargó de plasmar en sus escritos autobiográficos. La naturaleza cambiante de sus ideales, capaz de abrazar hasta las heces una ideología y, después, la contraria, y la convulsa situación geopolítica que le tocó vivir, han hecho del trabajo de Jorge Freire para el libro Arthur Koestler: Nuestro hombre en España, una tarea de Sherlock Holmes. Ha tenido que recurrir a otras fuentes que no dependían de la palabra del propio autor, para así poder aproximarse a la verdad de algunos de los hechos más importantes. Y como muestra, la extensa y exacta bibliografía de referencia que ofrece al final de sus páginas.

De esa forma, y gracias a la tarea de investigación, Freire ha tenido el olfato del excelente periodista o del veterano detective, y ha sabido localizar y ubicarse en el punto fundamental de la biografía de Koestler. Se ha depositado con delicadeza sobre el momento crucial de su vida, aquél en donde todo virará, se escorará y dará un cambio. El instante de iluminación en mitad de la mayor oscuridad humana, el punto sobre el cual se apoyará la posterior producción literaria y personal del autor. Porque ya nada será lo mismo para Koestler tras su detención en Málaga y su encarcelamiento en el franquista penal de Sevilla. Allí, penderá sobre él la posibilidad de una condena a muerte, mientras contempla cómo muchos presos republicanos son torturados y ejecutados: tres meses de cárcel y la cercanía de la muerte, un drama humano que tiene los efectos de una epifanía; algo, por cierto, muy literario.

El mundo de la creación artística está repleto de obras de arte que se crearon a partir de ese súbito fogonazo inspirador, de la visión de un segundo crucial en la vida del escritor que lo cambiará todo. De entre todos ellos, dos son mis favoritos: la estancia en una sucia pensión londinense de Johan Georg Hamman, el llamado Mago del norte, que desde 1757, y hasta el verano de 1758, permanece encerrado y angustiado en un cuartucho, fracasada su misión comercial —por llamarla de alguna manera, aunque era un tejemaneje político— que debería culminar con la venta al mejor postor de ese extraño territorio llamado Könisberg. De la experiencia, acicateada por la febril lectura de la biblia, surge un hombre nuevo. La otra epifanía a la que me refiero es la de un joven funcionario amargado de Praga, que durante la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912 escribe, en apenas ocho horas, su relato La condena. Desde entonces, y habiéndose demostrado así mismo que podía hacerlo, la vida de Franz Kafka ya no será la misma. Acababa de nacer para la literatura.

Al estilo de Hamman, de Kafka, y de tantos otros, Arthur Koestler experimenta una profunda transformación durante su estancia en el penal de Sevilla. Desde ese instante revelador, ya no será el mismo. Es el cimiento vital del Koestler que más admiro, el autor de El cero y el infinito. Pero mostrar de una forma aislada ese acontecimiento lo dejaría desprovisto de gran parte de su sentido e importancia. Por ello, Jorge Freire alterna en su libro dos planos temporales. Uno, que podríamos denominar de falso presente, en el que describe de forma bien documentada y con unos magníficos tintes novelescos los momentos que abarcan desde la detención de Koestler en Málaga —excelentes son las páginas que reflejan la llamada desbandá del ejército republicano o de lo que quedaba de él, tristemente conocida, también, como la masacre de la carretera Malaga-Almería del 7 de febrero de 1937, y en la que fueron asesinados miles de civiles que huían de la caída de Málaga en manos franquistas— hasta su liberación del penal sevillano, pasando por los delicados primeros momentos del ingreso en prisión con los temores y angustias del escritor a medida que van pasando los días, a medida que contempla como las condenas a muerte y los paseillos se suceden con los presos que se encuentran a su alrededor. En él va fraguando un carácter distinto a su persistente optimismo: desde ahora contemplará las cosas con el prisma de la amargura y con ciertos tintes de derrota.

El segundo plano temporal que se combina con el falso presente del Koestler ubicado en plena Guerra Civil, son los capítulos biográficos y lineales de la vida del autor que abarcan desde su nacimiento, incluso con noticia del noviazgo de sus padres, hasta el mismo momento de la detención. Entonces, las dos líneas temporales ya convergen para convertirse en una vía única. Este recurso de bicefalia narrativa, que alterna los espacios y los tiempos, proporciona a la biografía de Freire un aire novelesco y ágil que cristaliza en un trabajo vertiginoso y enormemente entretenido. Y además, hace comprensibles ciertas actitudes y comportamientos de Koestler, al poderlos contemplar desde la visión global que nos ha proporcionado el conocer su recorrido vital hasta el penal sevillano, a la par que leemos cómo está siendo su estancia en dicha cárcel. Esta es la clave del emocionante disfrute que nos ofrece este libro.

Después, los acontecimientos tras ser puesto en libertad se suceden. Evidentemente, había que dedicarle espacio y párrafos a El cero y el infinito, pero sin duda, lo mollar de la biografía de Koestler, ya ha sucedido. Ahora, solo nos queda por contemplar los bandazos ideológicos del autor, y yo creo que, además, cierto sentimiento de desarraigo que germina en el espíritu de Koestler. Un desarraigo que será una seña de identidad de la sociedad superviviente de las dos Guerras Mundiales, amén de una marca literaria de la novela posterior a los años 50 del pasado siglo.

Finalmente, porque no podía ser de otro modo en un hombre aquejado por el síndrome de Petrarca, Koestler se suicida asediado por una terrible enfermedad. Y lo hace en compañía de su tercera esposa, Cynthia, 21 años menor que él. Al parecer, fueron encontrados por una española, Amelia Marino, que acudió a la casa del escritor en Londres para hacer limpieza. La pareja había consumido barbitúricos y alcohol, y Koestler aún se encontraba con una copa en la mano. Sin duda, una puesta en escena cargada de dandismo y, por qué no decirlo, de petrarquismo.

Evidentemente, el suicido de Koestler, fiel a lo excesivo y turbulento de su vida, no podía asemejarse al de Cesare Pavese, por ejemplo, que murió solo en una habitación de un hotel de Turín, tras atiborrarse con 16 envases de somníferos. Resultaba mucho más literario el seguir los pasos de Heinrich Von Kleist, que se suicidó de un disparo a orillas del lago Wansee junto a su amada Adolfine, o el escenario del propio Stefan Zweig en Petrópolis, inerte en la cama y abrazado a su segunda esposa Lotte, ambos víctimas del mordisco del veneno.


Jorge Freire ha comprendido esto a la perfección y ha elaborado una biografía literaria de un personaje que exigía semejante tratamiento. Nada menos que literatura, eso pone Freire en pie, un trabajo que se empapa y suda literatura. Es la única manera de retratar a una de esas figuras que vivieron y sufrieron el siglo XX hasta que se le tatuó a fuego en la piel. Y Arthur Koestler no se merecía menos de un libro como este.

sábado, 24 de octubre de 2015

Menos que cero-Bret Easton Ellis


LA CONGELACIÓN DE LA MODERNIDAD

Cabe preguntarse si existe vida literaria, talento, algún signo de escritura, en las obras anteriores o posteriores de un autor eclipsado por un éxito mayúsculo. Esta pregunta ya me la formulé con Chuck Palahniuk tras su exitosa Club de lucha –y afortunadamente la respuesta fue afirmativa–. Me atrevo a decir que el resto de sus novelas son mucho más sobresalientes que el debut que lo encumbró. Siguiendo con algunos de los representantes de la llamada Generation X, me he planteado la misma duda con otro de sus grandes autores, Bret Easton Ellis: ¿cabía esperar algo decente antes o después de la abrumadoramente exitosa American Psycho? El problema era mío, desde luego, causa de mi ignorancia supina: aunque, obviamente, las andanzas del asesino en serie Bateman lo habían encumbrado mundialmente, ya su primera novela, Menos que cero, había sido un triunfo literario en los Estados Unidos.
Y motivos para ello, para ser un texto magnífico, no le faltan, hasta el punto que deja a la exitosa American Psycho como una obrita menor que sólo cobra sentido si se lee en paralelo, o buscándole interpretación junto al Infierno de la Divina Comedia de Dante, asunto al que dedicaré otra entrada más adelante en esta misma bitácora. En efecto, el estilo de Menos que cero ya presenta a un escritor debutante que ha sabido encontrar una aterradora voz propia, vestida con algunos recursos demoledores: la distancia, el automatismo, la frialdad y la indiferencia en la narración de unos sucesos que se presentan casi como planos o secuencias, como retales o retazos, como video clips fugaces que golpean al lector una y otra vez, página tras página, en una concatenación fulgurante de hastío, drogas, violencia, sexo y amargura sin sentido que revuelven el estómago.
Clay, el protagonista, es un universitario que ha regresado a casa por las vacaciones de navidad. El panorama que se encuentra en Los Ángeles es demoledor. Todo lo que ocurre en su mundo sucede de una manera automática, desprovista de sentido, de alma, de aura, de sensaciones, y ocurre porque así tiene que ocurrir, sin más, en un remedo de relaciones humanas que son como cáscaras o sucedáneos, desde las paterno y materno filiales, pasando por las que se establecen entre hermanos, hasta las de pareja. El sexo es mecánico, las drogas lo inundan todo, y el dinero es el único imperativo que mueve las ideas de los personajes. En ese caldo de cultivo, prolifera la prostitución de componente sádico, e incluso el consumo de pornografía hardcore, llegando hasta las snuff movies. El mundo de Clay es un mundo de lujo que oculta tras sus gafas de sol un vertedero de depravación. Un mundo que necesita de psiquiatras y cócteles para poder sobrellevarse, un mundo de coches de lujo, de clubs de campo y putos para sostenerse, así como de canales de video clips y pinchazos de heroína con los que sustituir la decepcionante realidad podrida hasta las raíces.
Entre la high class de Los Ángeles, conformada por cineastas, artistas, modelos y miembros de una sofisticada jet-set alcoholizada, campan a sus anchas los trapicheos de los camellos (muchos personajes tienen su propio dealer), los prostitutos del comercio del sexo masculino, las agencias de acompañantes que son mucho más que eso, y los grupos de rock and roll con sus groupies como excusa de sexo, alcohol y drogas conseguidas y consumidas a gran velocidad. A todo ello asiste Clay, como el resto de los personajes de la novela, y por supuesto el propio lector, desde el pasmo alucinado, con una visión gélida y congelada. Todos se mueven en un compás robótico, como maniquíes, narrados desde una distancia automática que, lejos de disminuir el dolor de la herida, aumenta el grado del daño. Un daño helado, desalmado, cruel, ilógico, inhumano y deshumanizado, insensible, un dolor de papelinas, de rayas de coca: de morgue.  


jueves, 18 de julio de 2013

Confabulario definitivo-Juan José Arreola



LA MISOGINIA COMO ARTE NARRATIVO


Tras la lectura de los relatos de Arreola queda un inevitable regusto a misoginia en el lector, como si la concepción que el mexicano tiene de la mujer fuera acorde con el tradicional machismo que tanto se critica en su país: una visión, la mayoría de las veces, meramente utilitaria. En los cuentos de Arreola que se han incluido en Confabulario la imagen de la mujer como acompañante, que debe satisfacer al macho; aparece como personaje secundario e irrelevante que resulta, cuanto menos, llamativa, sobre todo si se contrapone a esa otra interpretación, destructiva y maligna para el hombre, que también aparece en estos textos.

Si nos fijamos en La migala, Arreola dibuja ese tipo de mujer insensible y capaz de sembrar el dolor en el corazón del hombre, destruyéndolo, asemejándola a una araña, a un ser venenoso, a un insecto: diríase que a una mantis religiosa. Que esa mujer se llame Beatriz no es casualidad, y el mexicano dinamita así uno de los mitos femeninos creados desde la perspectiva masculina y eternizado por Dante y Petrarca: la donna angelicata, puesto que resulta inconcebible que una Beatriz cause tal infierno en el interior del protagonista y que lo lleve a comprarse una araña para que la angustia que desencadena su amada se vea ahogada por la angustia de la amenaza del artrópodo.

Desmontada la mujer curativa, la donna della salute convertida en mujer venenosa, Arreola puede fijar su foco en otra característica: la mujer como objeto, como algo meramente utilitario, incluso como un ser indefenso y zarandeado por los avatares de una vida, vida de leyes y rigores masculinos, que necesita del rescate por parte de un hombre generoso y dispuesto a ello -en este sentido, son varias las mujeres que deambulan por las creaciones de Arreola en el papel de viudas, de madres desamparadas con hijos, de mujeres frágiles que necesitan, imperiosamente, del sexo fuerte para enderezar sus destinos desnortados-.

Esas mujeres objeto pueden ser las que aparecen en la “Parábola del trueque” o las de “Anuncio”, meros maniquíes al estilo de las muñecas hinchables, o la fémina sumisa de "Una mujer amaestrada", y también las que son víctimas del adulterio o lo cometen, manoseadas como mercancías sexuales, incluso ninguneadas como en “El faro”, o disputadas como trozos de carne y estigmatizadas a la mirada masculina en “Corrido”, o el estereotipo que se ofrece de las dos mujeres de “El rinoceronte”: dos caras igual de maniqueas y machistas del papel que en el matrimonio debería ocupar la mujer.

La composición de los protagonistas en Arreola, en sus cuentos, deja muy pocos resquicios a los personajes femeninos, generalmente meros comparsas de los hombres, a quienes suelen iluminar chispazos de genialidad –o de genio, según se mire-, mientras ellas languidecen allí, en las sombras de las esquinas de la página, o entre las tapas del libro repleto de chascarrillos y lucecitas inteligentes en los que trasuda la presunta originalidad del narrador que, no podría ser de otro modo, es genuinamente masculina.

De estas formas, tantas formas, Beatrices y Lauras se han convertido en espectros dañinos que acechan al hombre para someterlo a un imperio de dolor con sus males, o bien, son meros maniquíes, Hortensias inofensivas que pueden remplazarse en el mercado… Pero cuidado, porque incluso ellas, las muñecas, con un mal uso, pueden provocar la muerte.

En este grupo de cuentos todavía hay algunos que se salvan, aunque las maneras chocarreras de su autor, y cierta tendencia a ser cansino y moroso, acaban irritando al lector que agradece las gotas de talento que aparecen, aunque mal administradas o enfocadas, en textos como “El prodigioso miligramo” o “Los alimentos terrestres” donde, las buenas ideas narrativas degeneran alarmantemente en tostón... ¡pero, ay, ese hambre secular del de Góngora y Argote, más allá de toda poesía!