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martes, 7 de julio de 2020

Nubecita-Nora Coss

*Esta crítica apareció originalmente en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/nora-coss-y-su-novela-nubecita-sobre-frontera-cuerpo-infancia-y-oralidad/

Nora Coss y su novela Nubecita: sobre frontera, cuerpo, infancia y oralidad

Hay una editorial mexicana, Nieve de Chamoy, que edita cuidadosamente sus libros y, además, da voz a  nuevas voces de la literatura. Vuelve a hacerlo con Nubecita de Nora Coss, premio Juan Rulfo a una primera novela. Historia magníficamente narrada, con un trabajo del lenguaje brillante y tremendamente divertida. Pero esa diversión en absoluto oculta la dramática historia que nos cuenta, en donde el machismo, las relaciones incestuosas y la competición por el amor de un padre que llevan a cabo dos hermanas quedan reflejadas de forma audaz y estremecedora. Un retrato de la familia actual, de la impostura por conseguir aceptación, tanto personal como social, y un relato sobre la incomunicación y la peligrosa deriva que ha tomado la juventud en el mundo capitalista y consumista en tiempos de la posverdad. Escrita de forma directa y sin anestesias, contundente, arriesgada y eficazmente reivindicativa. Atentos a este libro, en especial quienes os ubicáis al otro lado del charco. Buscadlo.

Sabinas es una localidad mexicana al norte de México, perteneciente al estado de Coahulia, no demasiado lejos de la frontera con Estados Unidos, en su paso por Piedras Negras. Esto es un detalle importante, porque la filtración del colonialismo cultural en Nubecita es un elemento crucial.

En la novela nos encontramos ante una familia mexicana —los Méndez Arreola— zarandeada por todos los vendavales del consumismo norteamericano, incluida la obsesión por conseguir un estatus, un lugar privilegiado dentro de la comunidad, algo tan representativo del american way of life para el que solo tienen ojos los protagonistas del libro, pero sazonado con los comportamientos más provincianos.
De este modo, y dentro del repertorio de anhelos y fracasos que se plantean en la narración, toda ella una batalla de posiciones enfrentadas y aspiraciones en conflicto, el ideal de la familia americana —abandonando el arquetipo de la familia mexicana—, es uno de los principales problemas. Esta lucha plantea problemas de identidad, pero sobre todo se trata de una aspiración a la vida feliz norteamericana, a esa vida de panfletos y propaganda, a esa cultura que bombardea el mundo entero y que poco a poco todos vamos adoptando con mayor o menor resistencia.
En este sentido, el modo de vida americano es un sistema envenenado que termina intoxicando a la familia protagonista del relato. Porque, como ya percibieron a la perfección los diseñadores gráficos de Random House cuando publicaron La broma infinita de Foster Wallace y en la portada colocaron la imagen de una familia norteamericana feliz a la puerta de su casa prototípica, todo es fachada. Detrás se oculta el drama de la deshumanización y el extravío de los valores fundamentales. De esos valores que nos hacen un poco más humanos.

Todo, o casi todo, es apariencia en el sistema universal que ha querido exportarnos Estados Unidos. Así lo muestra el británico Martin Amis en su novela Tren nocturno (Anagrama) en donde la vida idílica de urbanización y campus se ve azotada por un suicidio/crimen inexplicable que esconde la enorme crisis del sistema en su patio trasero.

Sobre estas premisas de la impostura, de la rivalidad por una escasa mejora social que no significa nada, bajo la contaminación consumista, se construye la magnífica narración de Nora Coss. Nace, así, un libro arriesgado y ambiguo, protagonizado por una voz que se desliza peligrosamente hacia la psicopatía aunque, en principio, quiera hacerse pasar por la levantisca mansedumbre de la reacción contestataria de la adolescencia.
Será esta voz uno de los mayores logros literarios de la novela; es la narración en primera persona de Eliana, enfrentada a su hermana Pili por conseguir el amor de un padre calzonazos y cornudo, mientras una madre desquiciada por ascender en el escalafón social se comporta como una mera espectadora, atenta en exclusiva a poder exhibir los entorchados externos del triunfo personal, cristalizados en una obsesión por el ascenso laboral del marido y por la ampliación de la casa con una habitación más.
Este discurso articulado por Eliana arremete contra todo lo socialmente establecido. A ratos nihilista, a ratos punk, a ratos enfermizo, siempre disolvente y sarcástico, producto de una visión de la realidad retorcida (mucho más que distorsionada), en donde se han extraviado los roles de referencia y han saltado por los aires las normas más elementales de convivencia.
Nora Coss logra aquello tan difícil en un escritor que afronta su primera novela: una voz característica del personaje, que nos habla con expresiones y giros propios, que muchas veces utiliza ese spanglish fronterizo, para enarbolar un discurso atómico contra su familia y, por extensión, contra toda la sociedad que la rodea.

Nora Coss, autora de la excelente Nubecita, publicada por Nieve de Chamoy.
Pero cuidado, porque debajo de este torrente de palabras, que puede parecer meramente un artificio divertido, se revela una personalidad oprimida por los cánones oficiales de lo reconocido socialmente como correcto. Eliana sufre por su aspecto físico, en contraposición a la belleza de su hermana, que utiliza como arma arrojadiza para obtener lo que desea sin detenerse ante nada, incluso seduciendo a su propio padre. Eliana está enormemente presionada por la religión y la presencia de Dios, por el conato de educación que recibe de su madre, en donde solo importa mantener las formas y no escandalizar.
Toda esta presión, en lugar de explotar, implosiona. Un día, Eliana enmudece, en un giro de la novela tan sorprendente como genial. Su verborrea disparada se trasmuta en sus pensamientos, ribeteados de un peligro paranoico que continuamente sitúan la acción de la novela al borde de la tragedia. Y como giro narrativo añadido, la repentina mudez de Eliana le proporciona un sentido auditivo ultrasensible, y puede escuchar todos los ruidos y conversaciones que ocurren a su alrededor, incluso lejos, con lo que se dota al personaje de una nueva cualidad que proporciona mucho juego en la novela.
La autora, Nora Coss, lleva quince años dedicada al teatro, y en principio Nubecita nació en su cabeza como tal, como obra de teatro, pero se le apoderó la voz narradora de la protagonista, que para decir todo lo que tenía que decir (y es mucho) necesitaba abrigarse con la prosa. Aun así, en esa ristra de conflictos a la que me refería antes, de agones, que son los que activan las obras de teatro, ha quedado el rastro de la idea original. En Nubecita todo es conflicto, y mediante el conflicto, el roce brutal entre placas tectónicas de personalidad se dispara y moviliza la acción. Esa ha sido la aportación teatral al texto narrativo.
Desde el silencio de la protagonista, paradójicamente, asistimos a un vendaval ingobernable de afirmaciones y situaciones crudas, en donde se camina por la borrosa línea de algunos temas terribles como el incesto, el abuso, el acoso sexual, la infidelidad, la hipocresía de la iglesia y, finalmente, el maltrato de género e, incluso, la enfermedad mental. La soledad de Eliana es insondable, únicamente desde el silencio consigue encontrar su personalidad, pero eso no indica que haya solucionado el problema de la identidad.
Nieve de Chamoy se viene caracterizando por la publicación de novelas en donde destacan voces narrativas poderosas y originales, generalmente cargadas de frustración y violencia, entendidas como una respuesta a la incómoda situación social que soportan. Un ejemplo de este tipo de voces lo encontramos en otros libros de la editorial, de los que ya me ocupado en algunos artículos: Lagarto Rey del panameño Javier Medina Bernal, o Mastodonte, Sacrificio y Negro corazón de los mexicanos Jaime Reyes, Béla Braun y Mateo Miguel, respectivamente. Os dejo enlaces a estos estudios críticos:
La narración de Eliana es subjetiva e interesada, pero no por ello menos cierta, válida, y llega hasta nosotros cargada de toda la furia de la incomprensión y el aislamiento. El acontecimiento principal y movilizador del texto es la necesidad de amor de la protagonista, en concreto del amor de su padre, totalmente desviado hacia la otra hermana. Se inicia así una competición insana, repleta de dobleces y malentendidos, que no puede acabar de otra forma que no sea en desastre.
Frontera, cuerpo, infancia y oralidad, elementos valorados positivamente por el jurado del Juan Rulfo a la hora de premiar a la novela, son las claves de Nubecita.
Frontera, porque aparte de un cronotopo de literatura fronteriza física (entre México y Estados Unidos, como ya comenté más arriba) y con todas las filtraciones e intoxicaciones que esa circunstancia provoca en la familia de la protagonista —como ese día ritual institucionalizado una vez al año en que la familia visita el mall de Eagle Pass para realizar compras compulsivas, a la americana—, encontramos otro tipo de fronteras más difusas pero igual de conflictivas: la que separa una relación de amor paterno filial de un incesto, la que marca los límites entre un matrimonio mal avenido y la violencia de género, la que indica hasta dónde puede o no puede llegar la iglesia o un sacerdote en su relación con una feligresa —“el único novio que he tenido ha sido el padre Miguel”, nos dice inocentemente Eliana—, la que aleja el discurso verbal incontinente de la absoluta mudez, la que establece un carácter rebelde de una enfermedad mental y, la mas importante, la que distingue entre el ser y el parecer, entre lo que se es realmente y lo que se quiere aparentar: “Ser pobre sale caro, me explicó una vez mama”, nos aclara Eliana. Y en una discusión entre el matrimonio encontramos la definición de las aspiraciones de la madre:
“De rato papa le gritoneó: a ver si ya te dedicas a ser mi esposa y no la de ese cabrón, al cabo ya tengo el dinero, ¿no? Y mamá le remató: sí, pero no la clase”.
Cuerpo, en el estallido sexual de Pili, la hermana de la protagonista, pero también en la anatomía menos afortunada de Eliana, cuerpo inmerso en esa turbulencia del tránsito de la infancia a la adolescencia, cuerpo en la mudez como causa psicológica que afecta a la narradora, cuerpo el de la madre y que es deseado por el amigo del padre pero no tanto por el propio padre…
Eliana ocupa una anatomía que le produce rechazo, un mal muy habitual y tristemente contemporáneo de la juventud constreñida por una sociedad que ha equivocado por completo los ideales de belleza. En este párrafo, además, podemos comprobar el peculiar lenguaje de la protagonista, fresco, vivo, repleto de expresiones del habla popular, spanglish, que logran que el discurso nos llegue como lectores, nos cale como una fina llovizna de palabras:
“¡Cuánta desilusión puede caber en un espejo de dos metros por uno cincuenta! Esa imagen de mí no la podré borrar nunca. Una señora tamalera malquerida y desvelada se vería como una miss universo al lado mío. Era una disgrace to women Kind. Y ahí, con la panza fuera, con las chichis apretadas y el gordito de la espalda que se desbordaba en esa horrenda blusa, pensé: ¿por qué no mejor me arrancan la piel y me dejan andar en puros órganos y salimos de pedos?”.
Infancia: ya lo he comentado hace un instante, ambas hermanas abandonan la infancia para adentrarse en los tortuosos caminos de la adolescencia, pero lo llevan a cabo de formas distintas. Pili con su primera menstruación, descubriendo las formas de su cuerpo para obtener sus deseos, utilizadas como chantaje, mientras en Eliana esta transformación es mucho más mental que física. Mientras Pili se dirige hacia la madurez física pero no intelectual, el proceso en Eliana es a la inversa.
Oralidad: Toda la novela es un convite narrativo de primera, un jolgorio expresivo, una celebración del discurso oral, un vertido de los pensamientos desbocados de la protagonista que se alimentan de expresiones populares, de la contaminación lingüística del inglés, de los giros propios de la niña que combina sus expresiones con referencias a canciones de la música popular o del rock. Nora Coss demuestra aquí lo gran narradora que es, porque si, generalmente, un personaje se define por sus actos, en esta ocasión Eliana se define por sus pensamientos. Otro acierto en el haber de la escritora, mucho más meritorio si tenemos en cuenta que nos encontramos ante su primera novela.
La autora en el día que recibió el Premio Juan Rulfo a una primera novela por Nubecita.
Festival narrativo, historia de una familia estructurada, los Méndez Arreola, que realmente está desestructurada, intoxicación fronteriza en donde la hibridación cultural lejos de aportar riqueza atrae miserias, envidias, odios, un retrato de lo contemporáneo si como tal podemos entender una cala en la vida urbanita cotidiana de los personajes del libro, que aparecen como un reflejo de las realidades más habituales de esta modernidad terriblemente egoísta que nos acompaña.
Al fin y al cabo la literatura es el reflejo del momento que vivimos, y estos son los momentos que nos han tocado vivir. Estos son los momentos de Nubecita. De verdad, no os la perdáis porque, además de todo lo dicho, es una novela extraordinariamente divertida. Y solo eso, ya sería mucho en el panorama actual literario que soportamos. Reconozcámosles a Nieve de Chamoy y a Nora Coss todo el mérito que tiene sacar adelante un texto como Nubecita.

jueves, 31 de octubre de 2019

Negro corazón-Mateo Miguel



*Esta crítica aapreció en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/negro-corazon-del-autor-mexicano-mateo-miguel-entre-la-carne-y-el-alma/

Negro corazón, del autor mexicano Mateo Miguel: entre la carne y el alma


En los originales marcapáginas de la editorial Nieve de Chamoy, en forma de cono de helado y que es el logo de la editorial, aparece una máxima: Literatura en-cono para gustos audaces. Con la lectura del libro Negro Corazón, del mexicano Mateo Miguel, he terminado de comprender el juego de palabras y le he dado sentido. Tuvo que ser mi amigo panameño, el escritor y cantautor Javier Medina Bernal, que me visitó la pasada semana, quien me explicó que la Nieve de Chamoy es un helado de sabores tradicionales frutales, pero también algo extremos si se elaboran con tequila o mezcal; además, lleva el chamoy, que es un condimento que incluye chile y fruta deshidratada para lograr un sabor entre dulce y ácido y, como no, picante. Este apunte culinario es muy importante a la hora de comprender y poder unir todas la claves para hablar, hoy, en este Odradek de Achtung!, de la novela Negro Corazón.

Porque la obra de Mateo Miguel publicada por Nieve de Chamoy en el año 2016, es la representación libresca de ese helado al que me refería antes. Es un libro picante, a la par ácido y por momentos dulce, con una prosa refrescante en donde su vitalidad radica en la pasión del autor por el buen escribir.
En efecto, Negro Corazón es el helado editorial de la editorial Nieve de Chamoy, un libro coronado de especias eróticas, de narraciones sexuales, pero que esconde una firme arquitectura narrativa y una historia desgarradoramente actual.
Me comentan que Mateo Miguel no es un escritor muy conocido en México. Es una pena, debería serlo, porque su escritura es magnífica. Estamos ante un estilista, capaz de meterse en dos voces muy distintas que articulan la historia. Y la historia es la narración de cómo empieza, se desarrolla y fracasa, una relación sentimental entre un hombre y una mujer. También, la historia psicológica, sexual y erótica, de una atracción enfermiza. Una relación tóxica que amarga todo el amor que ella siente: al final, la destrucción sentimental de Braulio e Ivonne.
Dos logos de la editorial en donde aparece el cono de helado de chamoy:


¿Qué elementos nos encontramos en esta historia chamoyesca, por lo picantito, por lo descarado, por lo prohibido, que la convierten en un libro tan atractivo? Mateo Miguel nos presenta su historia narrada a dos voces y, a su vez, dividida en dos partes. La parte inicial, Primero la carne, cede mayor protagonismo a las declaraciones masculinas que exponen su visión de la relación, es Braulio quien nos habla, fundamentalmente de dos asuntos esenciales: el deseo y los celos.
En la segunda mitad, El alma después, el discurso, mucho más fragmentado que su réplica masculina, le corresponde a la mujer. Ivonne se centra en la idea de lo que es el amor para ella, pero también aborda el asunto de los celos y, curiosamente, se refiere en multitud de ocasiones a la venganza.
De esta forma, Mateo Miguel ha compuesto un díptico de personalidades, un paso a dos masculino-femenino que, mediante su discurso, nos presenta un análisis psicológico y sexual de los protagonistas, en donde se ofrece, además, un estudio de las costumbres y procedimientos sexuales en México y en los Estados Unidos en estos primeros años del siglo XXI.
El discurso masculino es duro y directo, cargado de resquemor y con una ira contenida. Braulio es un ser meramente sexual, un prototipo de hombre machista que antepone su propio placer a cualquier otro asunto. Por ese motivo manifiesta que:
“las amantes son para el placer”.
Es egoísta, la mujer no le importa, o parece no importarle, en absoluto, pero fundamentalmente resulta un celoso enfermizo, además de un infiel, para convertirse la radiografía psicológica de su carácter en el retrato de un maltratador.

Ese es uno de los problemas principales de esta visión sexual y social del momento, que Ivonne vive siempre al filo, o inmersa de lleno en el maltrato, tanto físico como psicológico. La parte masculina del libro, Primero la carne, ya nos avisa de cuáles son los intereses primarios del discurso del hombre, así como esa segunda, El alma después, caracterizará a la mujer que despliega un mundo sentimental apoyado siempre en los recuerdos reprimidos que, al final, terminan brotando.
El autor ha tomado partido desde el principio por el personaje femenino, desde los mismos encabezamientos de cada una de las partes de la novela, y aunque el título general haga referencia a cómo ve Braulio el corazón de Ivonne, negro, resulta paradójico porque se nos muestra el corazón del hombre más oscuro y retorcido.
Frascos de la popular salsa de chamoy.
Sin embargo, la venenosa historia de sexo, abusos, celos y venganzas, terminará también por corromper el corazón de la mujer, y ambos músculos acabarán ennegrecidos y perdidos en un callejón sin salida repleto de amargura y tristeza. Esta es una de las tesis del libro: una relación puede destrozarte tanto como para volverte un impotente sentimental para el resto de tu vida.
Estoy, ahora, hablando de patologías, y junto a la impotencia sentimental nos encontramos en la novela de Mateo Miguel con un hombre adicto al sexo, comido por los celos y la posesión única de la mujer que ama, un maltratador y un abusador psicológico, al que da su réplica una mujer hipersensible e hipersexuada.
Ivonne ha desarrollado una disociación que le hace capaz de aislarse o alejarse si mantiene una relación sexual forzada o no consentida. Estamos ante una muer traumatizada por los abusos sufridos de niña, en el seno de la familia —concretamente su tío Marcelo con el pretexto de unas clases de piano— y por el momento crítico en que perdió su sexualidad, que se nos presenta con cierto complejo de lolita, también, con un anhelo enfermizo por recuperar la infancia que perdió a golpe de iniquidades, que piensa en llevar a cabo su venganza de Braulio, que utiliza el sexo como un arma en contra de su ex amante y en contra de sí misma, para cuajar un cuadro mental de gran complejidad.
Si analizamos la historia de maduración, o de tránsito desde la infancia a la juventud, la pubertad de Ivonne y los ritos de paso necesarios que debería haber experimentado para conformar su personalidad, hallamos un extraordinario trabajo psicológico del autor que se apoya en los hechos que nos narra. A los abusos del tío pianista hay que sumar la figura de un padre obsesionado por la limpieza, pero que bebe sin control y se vuelve violento, que golpea a la madre y a las hijas, y cuyo carácter autoritario es insoportable.
El autor, Mateo Miguel, poco dado a prodigarse en redes. Esta foto es de su perfil público de Facebook.
Después, llegarán las sesiones de Ivonne con un psiquiatra con el que experimenta un amor impulsivo jamás correspondido y el despertar al nuevo mundo como criatura sexual con la violación que de ella hace su novio Mariano, mayor que ella, casado y esperando un niño. Un Mariano que resultará ser un cobarde cuando, encañonado por la pistola del padre de Ivonne, niegue cualquier relación con ella.
La vida sexual de la mujer estará repleta de problemas y situaciones que son producto de los malos entendidos derivados de la visión que de ella se hacen los hombres. Experimentará otro abuso a  manos de un enfermero, y su relación, la que podría salvarla, con Braulio, se pudrirá por los celos enfermizos.
Tras la ruptura, el camino sexual de Ivonne seguirá siendo terriblemente complejo y duro: aparecerá, ya en los Estados Unidos, un camionero llamado Willy, un malote tatuado que aguarda con un arma cargada el momento de encontrar a su mujer que le abandonó y al tipo que se la llevó, y que además pertenece a la Mara Salvatrucha. Entregada a él, Ivonne ejecutara su venganza sexual sobre Braulio en otra pésima decisión.
Este cuadro mental masculino/femenino tan completo y laberíntico, en donde cada palabra pronunciada por los personajes, cada matiz, encierra en lo más profundo un tragaluz que nos proporciona el acceso a los problemas que torturan sus mentes, se complementa con la multitud de referencias literarias que un comparatista puede extraer de la novela.
Independientemente de que su autor las haya leído o no, o las conozca en mayor o en menor medida, los ecos que resuenan en Negro corazón, la conversación que entabla con otras grandes obras literarias, le proporcionan un relieve especial. En el texto encontramos algo del más descarado y sexual Henry Miller (en especial el de la trilogía de La crucifixión rosada: Nexus, Sexus y Plexus —en Alfaguara os tres volúmenes—), así como del Marques de Sade en Justine —Cátedra— (Ivonne, a veces, me recuerda a este personaje paradigmático de la novela erótica, casi pornográfica) y en La filosofía en el tocador —Valdemar—  (en lo relativo al despliegue sexual de las armas de seducción femeninas).
Henry Miller y el Marqués de Sade:


Por otro lado, el personaje femenino posee algunas características, especialmente percibidas por los hombres, de la Lolita de Nabokov —en Anagrama— , y en el asunto de las venganzas urdidas como hilo que continua entrelazando la relación una vez terminada, y en la corrupción del hombre para con la mujer, encuentro ecos de Las amistades peligrosas de Chorderlos de Laclos —en Cátedra— .
Nabokov y Chorderlos de Laclos:


Pero la cosa no termina aquí. Los celos, necesariamente, conversan con otras grandes obras de autores inmortales que los han abordado: Cervantes y Shakespeare, así como ciertas cuestiones y visiones del concepto de lo que es honroso y honorable en Braulio recuerdan, por momentos, a piezas de teatro del Siglo de Oro español, especialmente aquellos dramas calderonianos, en donde la cuestión del honor es el motor de la tragedia.


El personaje femenino aglutina algo de la Justine de Sade, como ya he dicho —especialmente en cuanto a que es una criatura sexual, o es vista así, exclusivamente así, por los hombres—, pero también de La Regenta de Clarín —en sus recuerdos de la infancia inconformista y peligrosa que, en principio, estaba destinada a ser modélica y se fue torciendo— y de la Lolita de Nabokov —por su aspecto y comportamientos algo infantiles, una inocencia que, sin duda, provoca todavía más a los hombres—.



Y en ese dialogo que mantiene Mateo Miguel con otras obras y escritores universales, no puedo pasar por alto la deconstrucción de algunos de los cuentos más populares, como el de Caperucita Roja, en donde Braulio se caracteriza como el lobo e Ivonne, obviamente, incluso en el aspecto externo y la forma de vestir, en la inocente (o quizás, después, no tan inocente Caperucita), en este caso Rosa.
Y una relación de comparación más. En muchas ocasiones el discurso de Ivonne me ha recordado a los discursos femeninos, cargados de reproches, pero también de amor y delicadeza, que Ovidio pone en boca de las mujeres de las Cartas de las heroínas (también conocidas como las Heroidas —en Alianza Editorial—) y que lanzan contra sus amantes, esos que siempre tuvieron algún otro motivo para abandonarlas. ¿Acaso no es Ivonne la gran heroína de esta novela?

Así, hemos repasado los mimbres psicológicos (excelentes mimbres) con los que el autor caracteriza la relación con los personajes. Mateo Miguel, como buen estilista, además, hace un esfuerzo brillante por dotar a cada uno de ellos de un discurso propio y claramente reconocible, apoyado en el léxico y en las variantes usadas en sus formas de hablar.


El discurso masculino resulta más técnico, propio de lo que sería un oficinista o un hombre de negocios, circular, siempre dando vueltas sobre el mismo asunto: los celos. Es un relato obsesivo, similar casi a la deposición ante un juez, con ciertos visos de letanía en frases que se repiten, como la que inicia la novela y que aparece varias veces más:
“Así era, así es, así será”.
Esta coletilla puede dar a entender la imposibilidad de que se puedan alterar ciertos acontecimientos o ciertos comportamientos, como si existiera una predestinación sobre lo que puede ocurrirnos; es decir, que cualquier relación amorosa está condenada al fracaso, fundamentalmente porque siempre hacen acto de presencia los celos.
Además, el discurso de Braulio se completa con algunos extractos de emails que son como un aporte de pruebas documentales ante un juez. En esta primera parte el lector de la novela de Mateo Miguel hace las veces de un jurado que escucha las pruebas acusadoras, mientras que en la segunda, la que corresponde al discurso femenino, el papel del lector es más el de un psicólogo.
Psicólogo, porque mientras el discurso masculino se apega a lo sexual y carnal, a la posesión y a la exclusividad, la parte femenina en donde Ivonne da rienda suelta a sus declaraciones se sustenta en un mundo mucho más idealizado, con muchos retazos de infantilismo, y apoyado por un léxico característico: más coloquial, con expresiones comunes, locales, y construcciones de adjetivos larguísimos e imposibles, salteados de palabras y frases en inglés.
La  mujer nos habla de que su padre experimenta un enfado:
“archimegarrecontrasuperultrafuriosisisisísimo”.
Es un ejemplo de este tipo de súper adjetivos forzados que van nutriendo esa narración de Ivonne, que conforman su personalidad desbordante, pero también desbordada por todo lo que le ha tocado vivir. Al final, su historia es una historia de abusos, machismo, de cómo entiende el hombre que debe actuar una mujer: a su servicio. Por ello, tras las historias de celos y sexo, en el retrato psicológico se esconderá ese mal de nuestro siglo XXI que es la violencia de género. Y esa violencia nos proporciona una víctima: Ivonne.
No quiero olvidarme del extraordinario epílogo de la novela, en donde nos sumimos en lo que un narrador omnisciente denomina:
“Un tiempo fuera del tiempo —el tiempo de los amantes—”,
recurso que le permite al autor, de forma fraccionada, saltar adelante y atrás para poner un broche de relumbrón a su narración.
Negro corazón es una novela clave en el catálogo de Nieve de Chamoy, porque define perfectamente el espíritu de esa literatura en-cono para gustos audaces: es arriesgada, estimulante, novedosa y transgresora. Es el tipo de novelas que gustan a la editorial. Es el ideario de la editorial. Es puritita Nieve de Chamoy.

Mastodonte-Jaime Reyes



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

https://www.achtungmag.com/mastodonte-de-jaime-reyes-jirones-de-violencia-y-pedazos-de-literatura/

Mastodonte de Jaime Reyes: jirones de violencia y pedazos de literatura

De entre los libros que he podido leer del catálogo de la editorial mexicana Nieve de Chamoy, tal vez Mastodonte, la novela de Jaime Reyes editada en el año 2015, sea uno de sus libros más peculiares. ¿Es una novela? Por supuesto que sí, pero es, también, algunas otras cosas más, gracias a un arquitectura fragmentaria y a la interacción que el autor propone con el lector en su versión digital (algo más atenuada en la edición en papel) que la acerca al concepto de narrativa hipertextual. Además, Jaime Reyes nos propone una fusión, o una transversalidad del texto (un texto, por otra parte, de gran violencia) con la música, para conformar algo más, por tanto, que una novela. Yo diría que Mastodonte es un artefacto narrativo del que os hablo hoy en esta columna de El Odradek de Achtung!

Obviamente, el libro se puede leer como una novela, de forma lineal, pero en su carácter fragmentario encontramos la primera de las peculiaridades que lo hacen tremendamente atractivo. El autor muy bien podría habernos proporcionado, al estilo cortazariano, un tablero de dirección para ir saltando de fragmento en fragmento, pero no es necesario.
La reconstrucción de las historias mediante le intervención del lector permite hacernos una idea clara de las narrativas que contiene la obra, que por otro lado se ha fragmentado con tal acierto que se puede empezar a leer por cualquier lugar, ir saltando, y siempre se nos rearma en la cabeza para resultarnos comprensible.
Esta novela, cuya historia renace una y otra vez de sus pedazos, y esa es una de sus grandes virtudes, sin embargo aborda los despojos (sí, también se trata de una cuestión de fragmentos) de los dos personajes protagonistas; o quizás de un único personaje protagonista, Mastodonte, y de una enigmática mujer (¿o tal vez no tan enigmática?), VB, proyectada por la mente enferma de Mastodonte, que la ha idealizado (ni tan siquiera los lectores podemos contemplarla a través de los propios ojos de Mastodonte, sino a través de sus recuerdos, memorias, pensamientos alucinados).
De esta forma, aunque quebrada y revuelta, lo que Jaime Reyes pone en pie es una novela de género negro, con todos sus componentes muy bien definidos. Tenemos a un matón, Mastodonte, que proviene de un mundo sórdido —el de las luchas de las artes marciales mixtas, eso que ahora está muy de moda y que también denominan UFC, por Ultimate Fight Championship—, un universo que cumple la misma función que el boxeo en las antiguas novelas de gánsteres, o en algunas de las de James Ellroy.
La lucha, o el boxeo, siempre quebrantaron al protagonista de las historias, para sumergirlo así en un mundo insano, ilegal y peligroso. Siguiendo esta premisa, Jaime Reyes maquina un Mastodonte que lucha con furia y, como todos esos personajes de novela negra, cuando golpea en el ring lo que realmente está haciendo es batallar contra su destino, su pasado o sus traumas.
El mexicano Jaime Reyes, autor de Mastodonte.
En el caso de Mastodonte, su brutalidad viene desencadenada por el suicidio de su hermano Matías, inexplicable para él, y que busca entender —o quizás quiera hacer pagar por ello a los demás— reduciendo a pulpa los rostros de sus contrincantes. La construcción psicológica del héroe que en realidad es un antihéroe, idea clásica de la novela negra, está así conseguida. Mastodonte golpea contra el suicidio de su hermano, sin piedad, y eso le da un motivo para frustrase y acumular más ira.
Lamentablemente, este asunto del suicidio del hermano está tomado de la propia experiencia personal del autor. En unas declaraciones a Excelsior.com, afirmaba:
“Mastodonte nace de mi propia experiencia de superar el dolor de una pérdida, de los procesos por los que pasa cualquier persona normal que un día se encuentra extraviada en su vida mental, pero sobre todo nace de mi toma de conciencia de que la ira es la emoción que marca hoy, como lo ha hecho ya en otras épocas (o tal vez en todas), la vida del hombre (…) Y lo que yo quise con Mastodonte es, sí, también retratar a ese tipo de hombre, la forma en la que su mente transfiere la ira a su cuerpo, pero sobre todo la manera en la que busca salir una y otra vez del círculo vicioso de sus ideas depresivas”.
Por tanto, si Mastodonte trata de superar el suicidio de su hermano con la violencia del combate, no es demasiado arriesgado afirmar que Jaime Reyes intenta ahuyentar los fantasmas de ese suceso tan terrible de su vida entablando una lucha con la literatura, de ahí su marcado carácter violento y brutal, además de fragmentado. Prosigue el autor con este asunto en la mencionada entrevista:
“Creo que parte de Mastodonte, en lo que tiene que ver conmigo como autor/lector del libro, es aceptar sin grandes culpas mi naturaleza violenta, no tenerle miedo a mi expresividad intensa, muchas veces visceral y agresiva. Y no estoy encabronado, así es mi carácter. Mastodonte, entonces, es brutal porque yo vivo las cosas de esa manera. Y la muerte de mi hermano necesitaba, para mí, un enfrentamiento brutal, intenso, sin muchos rodeos y al tiempo sin la necesidad de develar nada innecesario que me desviara del objetivo central de Mastodonte, que es meditar sobre la ira y la violencia del hombre sobre sí mismo. (…) Mastodonte, como comentaba al inicio, nace de mi propia experiencia de superar el suicidio de mi hermano, que me dejó lleno de odio y de una ira irracional y sin fundamentos claros, es decir, extraviado en un mundo emocional sin sentido”.
En segundo lugar, debemos atender a los personajes secundarios que pasan de forma muy fugaz por la novela, pero que completan esa estructura de noir. Por supuesto, el mafioso, el todopoderoso que decide poner a Mastodonte a su servicio, con su cuadrilla de guardaespaldas. Cuando Mastodonte entra al servicio de este hombre, para asesinar por encargo a otros matones, consuma su caída en los infiernos de los que intentaba salir a golpes (una muy mala decisión la de intentar escapar a puñetazos de un drama personal).

Y dentro de este esquema de novela negra no podía faltar la femme fatale, que es la mujer de las siglas, VB, orbitando permanentemente en la cabeza de Mastodonte, con la que parece compartir un pasado y hasta un lugar ideal: Shanghai. Como toda mujer fatal, al principio ha significado una liberación para el protagonista, pero con su abandono, después, se ha convertido en un sufrimiento, una obsesión. De esta forma, Mastodonte intenta recoger los pedazos de su vida mediante los recuerdos, sin darse cuenta de que lo pulverizan todavía más.
Tal y como nos explica Jaime Reyes en la entrevista de Excelsior.com:
“Mastodonte es así, describe pedazos de vida de un hombre enfurecido que lo único que sabe hacer para no sentir dolor es golpear, golpear hasta matar, como el más grande, famoso, adinerado, amado y admirado de los peleadores de artes marciales mixtas, nuestro deporte favorito en el siglo 21. La chica complementa o explica, de alguna manera, este retrato. Es una mujer onírica, enferma del síndrome de Cótard, hipersexual, violenta, pero con la suficiente materia emocional e intelectual para abrazar y abrasar al Mastodonte. VB es muy atractiva, al menos para mí”.
La función de Shangai y de VB en la novela son las de un lugar imaginario e idealizado en donde poder encontrar descanso. Una retirada utópica de la realidad, porque Mastodonte jamás encontrará descanso. Pero ese imaginario que le resulta sedante, con la mujer como protagonista, se sostiene sobre un pasado de sexo y drogas, violento y turbio, que termina de apuntalar esta novela de género deconstruida que nos propone el autor.
La estructura quebrada y siempre cambiante le permite a Jaime Reyes saltar de un tema a otro sin que la narrativa se resienta. De esa manera, aprovecha para insertarnos fragmentos técnicos sobre lucha (en concreto la manera de pegar un puñetazo) y cierta aproximación a la literatura médica.
La medicina, al igual que el elemento musical, que trataré después, resulta de una importancia crucial. Mastodonte se ha destrozado la espalda en un extraño accidente automovilístico teñido de intento de suicidio, y VB sufre de un más que curioso síndrome, lo que justifica su desaparición, y que es otro de los grandes aciertos de la novela: el síndrome de Cótard.
Esta enfermedad puede que a algunos os suene de haberla oído en series tan célebres como House o, en la más reciente, New Amsterdam. Enfermedad mental, consiste en que el paciente se cree muerto, un cadáver, delira sobre cómo se pudren sus órganos e, incluso, llega a creer que ya no existe.
Foto de la ficha policial de Richard Chase, el Vampiro de Sacramento, aquejado del síndrome de Cótard.

Cabe destacar que Richard Chase, un asesino en serie no demasiado conocido y bautizado como el Vampiro de Sacramento, sufría esta enfermedad. Es innecesario que hable aquí de sus espeluznantes crímenes. Os dejo este enlace por si queréis saber más bajo vuestra propia responsabilidad:
Volviendo a Mastodonte, debo repetir que me parece un golpe de absoluta genialidad por parte de Jaime Reyes que la novia del asesino padezca una enfermedad que le haga creerse muerta. La novela, de esa manera, se asienta sobre la personalidad de dos personajes que en realidad son como despojos de carne putrefacta —no debemos olvidar que, tras el accidente de coche, la espalda de Mastodonte experimenta una especie de necrosis lumbar—.
Los términos médicos, junto con los de lucha, unidos a la música que mantiene una presencia abrumadora en la novela, son los elementos hipertextuales que el autor ha montado, sobre todo, para que Mastodonte se lea en dispositivos móviles. La idea de Reyes es muy clara:
“Los que gustan de música heavy saben que en realidad no hay gran truco en el título, e incluso en la musicalidad literaria de Mastodonte. Existe una banda estadunidense de metal progresivo que se llama así, Mastodon, y sus temas, si bien no son fragmentados como los parágrafos de Mastodonte, tienden a ser mantras que logran su tesitura ideal a través de la progresión simétrica y asimétrica de muchas de sus armonías. La música heavy ha estado en mi vida desde que nací y es lo que más disfruto. Más o menos sé de las bandas que hay y más o menos conozco sus discos, por eso el playlist de Mastodonte, en realidad, llevaba años construyéndose en mi memoria, estuvo ahí a priori Mastodonte como libro”.
La novela negra se nos presenta guiada por referencias continuas al heavy metal, que el lector del formato en e-book puede escuchar a través de los hipervínculos que le ofrece el libro. Por supuesto, en otros hipervínculos aparecen las referencias médicas y las técnicas de lucha.
Aquí os dejo un enlace a Clandestiny, un vídeo de la canción de Mastodon, la banda norteamericana de Sludge Metal:
Y aquí os pongo la playlist confeccionada por el autor, que se encuentra en Spotify y acompaña la lectura de la novela:
Podría parecer que la versión en papel extravíe algunas de estas intenciones metatextuales, y ese es un temor que alimenta el propio autor al creer que al realizar una versión tradicional de la obra sería:
“complicado que lograra transmitir fácilmente la idea de la experiencia hipertextual o multimediática”.
Sin embargo, eso no sucede. La novela está formidablemente montada, y en ningún caso se resiente por despojarla, en su edición en papel, de parte del hipertexto. El objetivo de su autor de
“crear un mantra narrativo que fluya, por supuesto, en la literalidad de las palabras, pero también entre los significados que puedan tener los parágrafos del libro en conjunto y los momentos de los que está construido”,
funciona a la perfección. Y funciona porque la naturaleza del personaje, un ser destruido que vive en permanente grado de alucinación, en una narcolepsia que dificulta separar la realidad del ensueño, de la evocación, o del delirio psicótico, se trasvasa a la propia estructura. Mastodonte es un ser roto, y el libro también se nos muestra destruido.
Algunos de los magníficos libros publicados por Nieve de Chamoy. Podéis encontrar reseñas sobre ellos aquí en Achtung!
Mastodonte necesita reconstruir los pedazos de su vida y el lector debe reconstruir los jirones de la novela. En este momento, Jaime Reyes ha creado el perfil de su público: un lector-Mastodonte.
 El autor no se propuso una arquitectura narrativa que tuviera que ser exclusivamente electrónica, y los excelentes resultados como novela en un soporte convencional demuestran que nos encontramos ante una gran novela, aunque la despojemos de los hipervínculos. Al final, siempre queda, cuando esta existe, la buena literatura.
Las voces de la historia, la mezcla de tramas y de diferentes tiempos y lugares, hacen de Mastodonte un ejercicio por momentos delirante y dotan a la novela de una personalidad propia con un relieve monstruoso y atractivo. Monstruoso por la brutalidad de los personajes, atractivo por la lección de difícil literatura puesta en papel, o en el universo digital, con firmeza y solidez.
La espléndida portada de la novela Mastodonte, editada por la mexicana Nieve de Chamoy.