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martes, 7 de julio de 2020

Nubecita-Nora Coss

*Esta crítica apareció originalmente en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/nora-coss-y-su-novela-nubecita-sobre-frontera-cuerpo-infancia-y-oralidad/

Nora Coss y su novela Nubecita: sobre frontera, cuerpo, infancia y oralidad

Hay una editorial mexicana, Nieve de Chamoy, que edita cuidadosamente sus libros y, además, da voz a  nuevas voces de la literatura. Vuelve a hacerlo con Nubecita de Nora Coss, premio Juan Rulfo a una primera novela. Historia magníficamente narrada, con un trabajo del lenguaje brillante y tremendamente divertida. Pero esa diversión en absoluto oculta la dramática historia que nos cuenta, en donde el machismo, las relaciones incestuosas y la competición por el amor de un padre que llevan a cabo dos hermanas quedan reflejadas de forma audaz y estremecedora. Un retrato de la familia actual, de la impostura por conseguir aceptación, tanto personal como social, y un relato sobre la incomunicación y la peligrosa deriva que ha tomado la juventud en el mundo capitalista y consumista en tiempos de la posverdad. Escrita de forma directa y sin anestesias, contundente, arriesgada y eficazmente reivindicativa. Atentos a este libro, en especial quienes os ubicáis al otro lado del charco. Buscadlo.

Sabinas es una localidad mexicana al norte de México, perteneciente al estado de Coahulia, no demasiado lejos de la frontera con Estados Unidos, en su paso por Piedras Negras. Esto es un detalle importante, porque la filtración del colonialismo cultural en Nubecita es un elemento crucial.

En la novela nos encontramos ante una familia mexicana —los Méndez Arreola— zarandeada por todos los vendavales del consumismo norteamericano, incluida la obsesión por conseguir un estatus, un lugar privilegiado dentro de la comunidad, algo tan representativo del american way of life para el que solo tienen ojos los protagonistas del libro, pero sazonado con los comportamientos más provincianos.
De este modo, y dentro del repertorio de anhelos y fracasos que se plantean en la narración, toda ella una batalla de posiciones enfrentadas y aspiraciones en conflicto, el ideal de la familia americana —abandonando el arquetipo de la familia mexicana—, es uno de los principales problemas. Esta lucha plantea problemas de identidad, pero sobre todo se trata de una aspiración a la vida feliz norteamericana, a esa vida de panfletos y propaganda, a esa cultura que bombardea el mundo entero y que poco a poco todos vamos adoptando con mayor o menor resistencia.
En este sentido, el modo de vida americano es un sistema envenenado que termina intoxicando a la familia protagonista del relato. Porque, como ya percibieron a la perfección los diseñadores gráficos de Random House cuando publicaron La broma infinita de Foster Wallace y en la portada colocaron la imagen de una familia norteamericana feliz a la puerta de su casa prototípica, todo es fachada. Detrás se oculta el drama de la deshumanización y el extravío de los valores fundamentales. De esos valores que nos hacen un poco más humanos.

Todo, o casi todo, es apariencia en el sistema universal que ha querido exportarnos Estados Unidos. Así lo muestra el británico Martin Amis en su novela Tren nocturno (Anagrama) en donde la vida idílica de urbanización y campus se ve azotada por un suicidio/crimen inexplicable que esconde la enorme crisis del sistema en su patio trasero.

Sobre estas premisas de la impostura, de la rivalidad por una escasa mejora social que no significa nada, bajo la contaminación consumista, se construye la magnífica narración de Nora Coss. Nace, así, un libro arriesgado y ambiguo, protagonizado por una voz que se desliza peligrosamente hacia la psicopatía aunque, en principio, quiera hacerse pasar por la levantisca mansedumbre de la reacción contestataria de la adolescencia.
Será esta voz uno de los mayores logros literarios de la novela; es la narración en primera persona de Eliana, enfrentada a su hermana Pili por conseguir el amor de un padre calzonazos y cornudo, mientras una madre desquiciada por ascender en el escalafón social se comporta como una mera espectadora, atenta en exclusiva a poder exhibir los entorchados externos del triunfo personal, cristalizados en una obsesión por el ascenso laboral del marido y por la ampliación de la casa con una habitación más.
Este discurso articulado por Eliana arremete contra todo lo socialmente establecido. A ratos nihilista, a ratos punk, a ratos enfermizo, siempre disolvente y sarcástico, producto de una visión de la realidad retorcida (mucho más que distorsionada), en donde se han extraviado los roles de referencia y han saltado por los aires las normas más elementales de convivencia.
Nora Coss logra aquello tan difícil en un escritor que afronta su primera novela: una voz característica del personaje, que nos habla con expresiones y giros propios, que muchas veces utiliza ese spanglish fronterizo, para enarbolar un discurso atómico contra su familia y, por extensión, contra toda la sociedad que la rodea.

Nora Coss, autora de la excelente Nubecita, publicada por Nieve de Chamoy.
Pero cuidado, porque debajo de este torrente de palabras, que puede parecer meramente un artificio divertido, se revela una personalidad oprimida por los cánones oficiales de lo reconocido socialmente como correcto. Eliana sufre por su aspecto físico, en contraposición a la belleza de su hermana, que utiliza como arma arrojadiza para obtener lo que desea sin detenerse ante nada, incluso seduciendo a su propio padre. Eliana está enormemente presionada por la religión y la presencia de Dios, por el conato de educación que recibe de su madre, en donde solo importa mantener las formas y no escandalizar.
Toda esta presión, en lugar de explotar, implosiona. Un día, Eliana enmudece, en un giro de la novela tan sorprendente como genial. Su verborrea disparada se trasmuta en sus pensamientos, ribeteados de un peligro paranoico que continuamente sitúan la acción de la novela al borde de la tragedia. Y como giro narrativo añadido, la repentina mudez de Eliana le proporciona un sentido auditivo ultrasensible, y puede escuchar todos los ruidos y conversaciones que ocurren a su alrededor, incluso lejos, con lo que se dota al personaje de una nueva cualidad que proporciona mucho juego en la novela.
La autora, Nora Coss, lleva quince años dedicada al teatro, y en principio Nubecita nació en su cabeza como tal, como obra de teatro, pero se le apoderó la voz narradora de la protagonista, que para decir todo lo que tenía que decir (y es mucho) necesitaba abrigarse con la prosa. Aun así, en esa ristra de conflictos a la que me refería antes, de agones, que son los que activan las obras de teatro, ha quedado el rastro de la idea original. En Nubecita todo es conflicto, y mediante el conflicto, el roce brutal entre placas tectónicas de personalidad se dispara y moviliza la acción. Esa ha sido la aportación teatral al texto narrativo.
Desde el silencio de la protagonista, paradójicamente, asistimos a un vendaval ingobernable de afirmaciones y situaciones crudas, en donde se camina por la borrosa línea de algunos temas terribles como el incesto, el abuso, el acoso sexual, la infidelidad, la hipocresía de la iglesia y, finalmente, el maltrato de género e, incluso, la enfermedad mental. La soledad de Eliana es insondable, únicamente desde el silencio consigue encontrar su personalidad, pero eso no indica que haya solucionado el problema de la identidad.
Nieve de Chamoy se viene caracterizando por la publicación de novelas en donde destacan voces narrativas poderosas y originales, generalmente cargadas de frustración y violencia, entendidas como una respuesta a la incómoda situación social que soportan. Un ejemplo de este tipo de voces lo encontramos en otros libros de la editorial, de los que ya me ocupado en algunos artículos: Lagarto Rey del panameño Javier Medina Bernal, o MastodonteSacrificio y Negro corazón de los mexicanos Jaime Reyes, Béla Braun y Mateo Miguel, respectivamente. Os dejo enlaces a estos estudios críticos:
La narración de Eliana es subjetiva e interesada, pero no por ello menos cierta, válida, y llega hasta nosotros cargada de toda la furia de la incomprensión y el aislamiento. El acontecimiento principal y movilizador del texto es la necesidad de amor de la protagonista, en concreto del amor de su padre, totalmente desviado hacia la otra hermana. Se inicia así una competición insana, repleta de dobleces y malentendidos, que no puede acabar de otra forma que no sea en desastre.
Frontera, cuerpo, infancia y oralidad, elementos valorados positivamente por el jurado del Juan Rulfo a la hora de premiar a la novela, son las claves de Nubecita.
Frontera, porque aparte de un cronotopo de literatura fronteriza física (entre México y Estados Unidos, como ya comenté más arriba) y con todas las filtraciones e intoxicaciones que esa circunstancia provoca en la familia de la protagonista —como ese día ritual institucionalizado una vez al año en que la familia visita el mall de Eagle Pass para realizar compras compulsivas, a la americana—, encontramos otro tipo de fronteras más difusas pero igual de conflictivas: la que separa una relación de amor paterno filial de un incesto, la que marca los límites entre un matrimonio mal avenido y la violencia de género, la que indica hasta dónde puede o no puede llegar la iglesia o un sacerdote en su relación con una feligresa —“el único novio que he tenido ha sido el padre Miguel”, nos dice inocentemente Eliana—, la que aleja el discurso verbal incontinente de la absoluta mudez, la que establece un carácter rebelde de una enfermedad mental y, la mas importante, la que distingue entre el ser y el parecer, entre lo que se es realmente y lo que se quiere aparentar: “Ser pobre sale caro, me explicó una vez mama”, nos aclara Eliana. Y en una discusión entre el matrimonio encontramos la definición de las aspiraciones de la madre:
De rato papa le gritoneó: a ver si ya te dedicas a ser mi esposa y no la de ese cabrón, al cabo ya tengo el dinero, ¿no? Y mamá le remató: sí, pero no la clase”.
Cuerpo, en el estallido sexual de Pili, la hermana de la protagonista, pero también en la anatomía menos afortunada de Eliana, cuerpo inmerso en esa turbulencia del tránsito de la infancia a la adolescencia, cuerpo en la mudez como causa psicológica que afecta a la narradora, cuerpo el de la madre y que es deseado por el amigo del padre pero no tanto por el propio padre…
Eliana ocupa una anatomía que le produce rechazo, un mal muy habitual y tristemente contemporáneo de la juventud constreñida por una sociedad que ha equivocado por completo los ideales de belleza. En este párrafo, además, podemos comprobar el peculiar lenguaje de la protagonista, fresco, vivo, repleto de expresiones del habla popular, spanglish, que logran que el discurso nos llegue como lectores, nos cale como una fina llovizna de palabras:
¡Cuánta desilusión puede caber en un espejo de dos metros por uno cincuenta! Esa imagen de mí no la podré borrar nunca. Una señora tamalera malquerida y desvelada se vería como una miss universo al lado mío. Era una disgrace to women Kind. Y ahí, con la panza fuera, con las chichis apretadas y el gordito de la espalda que se desbordaba en esa horrenda blusa, pensé: ¿por qué no mejor me arrancan la piel y me dejan andar en puros órganos y salimos de pedos?”.
Infancia: ya lo he comentado hace un instante, ambas hermanas abandonan la infancia para adentrarse en los tortuosos caminos de la adolescencia, pero lo llevan a cabo de formas distintas. Pili con su primera menstruación, descubriendo las formas de su cuerpo para obtener sus deseos, utilizadas como chantaje, mientras en Eliana esta transformación es mucho más mental que física. Mientras Pili se dirige hacia la madurez física pero no intelectual, el proceso en Eliana es a la inversa.
Oralidad: Toda la novela es un convite narrativo de primera, un jolgorio expresivo, una celebración del discurso oral, un vertido de los pensamientos desbocados de la protagonista que se alimentan de expresiones populares, de la contaminación lingüística del inglés, de los giros propios de la niña que combina sus expresiones con referencias a canciones de la música popular o del rock. Nora Coss demuestra aquí lo gran narradora que es, porque si, generalmente, un personaje se define por sus actos, en esta ocasión Eliana se define por sus pensamientos. Otro acierto en el haber de la escritora, mucho más meritorio si tenemos en cuenta que nos encontramos ante su primera novela.
La autora en el día que recibió el Premio Juan Rulfo a una primera novela por Nubecita.
Festival narrativo, historia de una familia estructurada, los Méndez Arreola, que realmente está desestructurada, intoxicación fronteriza en donde la hibridación cultural lejos de aportar riqueza atrae miserias, envidias, odios, un retrato de lo contemporáneo si como tal podemos entender una cala en la vida urbanita cotidiana de los personajes del libro, que aparecen como un reflejo de las realidades más habituales de esta modernidad terriblemente egoísta que nos acompaña.
Al fin y al cabo la literatura es el reflejo del momento que vivimos, y estos son los momentos que nos han tocado vivir. Estos son los momentos de Nubecita. De verdad, no os la perdáis porque, además de todo lo dicho, es una novela extraordinariamente divertida. Y solo eso, ya sería mucho en el panorama actual literario que soportamos. Reconozcámosles a Nieve de Chamoy y a Nora Coss todo el mérito que tiene sacar adelante un texto como Nubecita.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Diario de un poeta despechado-Javier Medina Bernal



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/diario-de-un-poeta-despechado-javier-medina-bernal-diario-de-funervivo/


Diario de un poeta despechado, Javier Medina Bernal: diario de funervivo

Hubo un escritor del romanticismo alemán que fabuló sobre un hombre que extravió su sombra. El escritor panameño Javier Medina Bernal ha narrado en Diario de un poeta despechado la historia de una sombra que ha perdido a su persona. El protagonista del libro es, tal y como lo podría definir Roberto Arlt, “una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”. Estamos ante un personaje que solo tiene una certeza, que morirá. En lo demás, se encuentra en una permanente cancelación de necesidades inútiles, para irse despojando de lo que le rodea hasta encontrar el centro de su desesperación. Bernal refleja con luminosidad oscura la realidad social centroamericana y la personalidad de un escritor que no escribe, de un poeta que no hace poesía, de un vegetariano carnívoro, de un enamorado sin novia, de un muerto que todavía sigue viviendo.

Esta entradilla corresponde a la contraportada de la primera edición de Diario de un poeta despechado, y que he tenido el honor de firmar. La obra ha sido Premio de novela Ricardo Miró en 2018, prestigioso certamen panameño, decano de este tipo de concursos y que se viene celebrando desde 1942. El premio, que hace honor en su nombre al poeta y narrador modernista panameño Ricardo Miró, también se concede en otras modalidades como poesía, cuento, teatro y ensayo.
Javier Medina Bernal ya había conseguido el éxito en la convocatoria de relato de 2013 con No estar loco es la muerte, inscribiendo su nombre en el palmarés junto a prestigiosos autores como Enrique Jaramillo Levi o Giovanna Benedetti, y también en la modalidad de poesía del año 2011 con Hemos caminado siglos esta madrugada.
Enrique Jaramillo Levi y Giovanna Benedetti, ganadores también del Ricardo Miró:



El Diario de un poeta despechado (como las anteriores, publicado por el Instituto Nacional de Cultura de Panamá, el INAC), es su tercer premio nacional. Antes de obtenerlo, Bernal había publicado en la editorial mexicana Nieve de Chamoy la que hasta la fecha era su primera y única novela, Lagarto Rey, en donde hacía gala de una voz poderosísima y peculiar a la hora construir el personaje principal.
Esta novela, Lagarto Rey, la reseñamos aquí en Achtung!:
Y, además, también atendimos a uno de sus poemarios, Brujamadre (editado por el Duende gramático):
Con esto quiero decir que el Diario de un poeta despechado significa la, a veces, tan compleja segunda novela de un autor, en especial si en su debut se ha definido con una voz tan propia y particular. De ahí mis preguntas al abordar el texto: ¿Habrá sido capaz de cambiar de registros? ¿Podrá encontrar una voz distinta a la arrolladora de Lagarto Rey? ¿Saldrá del realismo sucio para adentrarse en otros territorios narrativos?


Ahora que conozco mejor a Javier Medina Bernal me doy cuenta de la enorme estupidez de mis preguntas. Obviamente, el autor se ha mostrado como un narrador extraordinariamente solvente, muy capaz del cambio de registros, en especial a la hora de alejarse de la voz de Lagarto Rey y suplirla por la de ese poeta despechado que nos habla desde su diario. Diario. Primera persona. Gran acierto narrativo de Bernal en esta su segunda novela.

El que haya elegido el formato de un diario no es ninguna tontería, y nos muestra la inteligencia del escritor. La novela en forma de diario, confesional o de anotaciones, establece con el lector una afinidad inmediata. Es muy raro que no se produzca una complicidad con el personaje que, en primera persona, nos cuenta sus desgracias, aventuras, o sinsabores.

Podríamos ubicar como el principio de esta relación entre el personaje confesional y el lector apasionado y cómplice la aparición del Werther (Cátedra) de Goethe. Aunque de forma epistolar en este caso, el éxito que alcanzará Goethe es el producto del acierto a la hora de plasmar los sufrimientos, las penas y las alegrías de su joven protagonista, conciliados con el estilo narrativo de moda en la literatura europea de su tiempo: la forma epistolar. Goethe no hace sino perfeccionar la senda marcada por Richardson y Rousseau.

El subjetivismo alcanza en Werther su grado máximo; la carta, ya de por sí un medio de comunicación de noticias, de sentimientos y de vivencias íntimas, ahora adquiere ese aire de misticismo, de vehículo de confidencias, es reveladora de secretos recónditos. Así, las vivencias y experiencias de Werther plasmadas y transmitidas a través de las cartas, que ejercen de intermediario familiar y eficaz a la vez, directo y humano, son como jirones, pedazos o retales de la vida del autor puestos a secar en las páginas de su obra como jugosas tiras de cecina vital que hacen al ávido lector participe de las intimidades.
Richardson y Rousseau, padres de la novela sentimental y epistolar:


Esta definición anterior casa perfectamente con la exposición de las vísceras sentimentales del protagonista en el Diario de un poeta despechado de Bernal, expuesto a la contemplación de los lectores como si de una rana de laboratorio, abierta por la mitad, se tratase.

El poeta modernista panameño Ricardo Miró.

La carta literaria permite analizar los sentimientos en el mismo momento en que éstos nacen y se desarrollan, a la vez que facilita la captación de infinitos matices, de estados contradictorios y conflictivos, de inmediatas intensidades emotivas, de igual forma que sucede con el diario. Ambos, cartas o diarios, responden, en definitiva, a la necesidad de autenticidad y de expresión de sí mismo que el ser humano en la época de Goethe, a las puertas de la edad moderna, buscaba; es el intento de establecer una nueva definición en un mundo sacudido por la crisis de los valores sentimentales.

Goethe, el genio alemán.
Con los diarios literarios del siglo XXI sucede algo parecido. A través de ellos podemos contemplar la debacle espiritual y anímica del protagonista aquejado de una enfermedad mucho peor que la de los hombres en la época de Goethe. Ahora, el protagonista que nos muestra sus entrañas en los diarios está afectado de un profundo solipsismo. Todo gira en derredor del protagonista, incapaz de contemplar otra realidad —yo diría que incluso existencia— que la suya propia.
No es, pues, una casualidad, que tras la carta, fórmula que adoptan los autores de la llamada novela sentimental, desde las Cartas de una Peruana, de Madame Graffigny, hasta las Cartas de Fanny Buttlerd, de Madame Riccoboni, la novela epistolar sufra una evolución que conduzca a su extinción: pasará de ser un intercambio de cartas a una larga serie de cartas de único remitente, sin respuestas, dejando de ser epistolar para convertirse en una suerte de diario. La metamorfosis se inicia con la Pamela (Cátedra) de Richardson, se afianza con el Werther y se generaliza con sus seguidores —como el Jacopo Ortis del italiano Ugo Foscolo por ejemplo (también en Cátedra)—.
Madame Graffigny y Madame Riccoboni según retratos de la época:



Los sentimientos, o tal vez la sensibilidad, se han configurado como un valor literario clave, alrededor del cual el yo literario se recompone buscando el sentido de sí mismo en el mundo de los deseos y de las sensaciones; en una palabra: de las pasiones.



Y para que el lector pueda sentir las pasiones de los personajes en lugar de tener que detenerse y entretenerse reflexionando sobre ellas (esto es, que de alguna forma sea capaz de sentir ese tiempo interior de los personajes por encima de cualquier otra circunstancia), se hace imprescindible que el narrador recurra a la primera persona y no a la tercera, ya que de este modo autor y personaje viven día a día un destino abierto cuyo final ignoran. Conocen su pasado, pero no lo que deparará el porvenir, al que se acercan vertiginosamente, de manera inexorable con cada página, párrafo, renglón, palabra escrita. El lector se ha convertido, así, en contemporáneo de la acción y la vive a la par que el autor la escribe y el personaje la sufre. De ahí la inteligencia de Javier Medina Bernal al elegir los diarios para construir su segunda novela.

El apasionado Ugo Foscolo, autor del Jacopo Ortis.
El Diario de un poeta despechado sigue la máxima del género epistolar, haciéndolo pasar, no como el producto de un novelista, sino como la irradiación de un personaje real que vive y escribe. El artificio conferirá verdad a los personajes ya que a ojos del lector el narrador resulta más real y cercano que la tercera persona.
Se trata por tanto de una ilusión de realidad instaurada por el autor, con el acuerdo tácito de sus lectores, en un mundo en donde —los teóricos de la literatura lo sabemos muy bien, pero los lectores no tanto— la cualidad de veracidad de un texto ya no determina su calidad, pero ayuda a esa identificación lector/autor que resulta imprescindible si estos no son capaces de entender los mecanismos del pacto ficcional.
Javier Medina Bernal, tres veces premio Ricardo Miró.

El protagonista del Diario de un poeta despechado tan solo puede estar seguro de una cosa: de su muerte, de que se morirá. Se nos presenta así un personaje descreído y desarraigado, capaz de conectar con cualquier tipo de lector.  Por ello, este personaje es un vegetariano carnívoro, enamorado sin novia, poeta que no hace poesía, inmerso en la impostura del mundo y del momento que le rodea.
En ese sentido, hay que añadir, además, el desplazamiento a otro país, en este caso hasta Costa Rica, para llevar a cabo una serie de lecturas de poesía tan desastrosas como aniquiladoras de cualquier retazo de orgullo, aprecio o dignidad literaria. La voz de Lagarto Rey ha quedado atrás; era un voz explosiva, sustituida ahora por una conciencia represada e implosiva que mina al protagonista desde el mismo centro de su ser.
Ese ser del siglo XXI que se encuentra en una tremenda lucha contra sí mismo y contra todo lo que lo ha venido caracterizando como ser humano. En la novela de Bernal el protagonista batalla contra todo y contra todos a golpe de cancelaciones: ha extraviado la familia, la literatura, la poesía, y se enfrenta a una existencia que es más bien una limpieza de su pasado, un pasado indeseable, desagradable de recordar, en donde sus padres han fallecido en un accidente de motocicleta, igual que su hermana lo hizo de un tumor cerebral. Todo ello le lleva a pensar que su sitio se encuentra en un túmulo que todavía aguarda vacío junto a ellos. Bernal convierte, así, a su protagonista en un muerto en vida o, en términos del escritor albanés Ismaíl Kadaré: en un funervivo.

Bernal nos muestra el proceso de desnudez del protagonista, que elimina todo lo superfluo para quedarse, únicamente, en voz. Una voz que se manifiesta mediante las palabras escritas en el diario que escribe con la esperanza, que parece ser su última esperanza, de que alguien lo lea alguna vez. En ese deseo de trascender, de cualquier forma que sea posible, aparece de fondo la figura del gran poeta costarricense Jorge Debravo.
Debravo, y este dato no deja de ser curioso, falleció a los 29 años de un accidente de motocicleta, como los padres del protagonista del Diario, al parecer fue arrollado por un conductor ebrio. A pesar de su juventud, tuvo tiempo de escribir y dejar un legado poético extenso, en gran parte póstumo, e incluso el día de su nacimiento se ha instaurado como el día nacional de la poesía en Costa Rica.
Estatua de Jorge Debravo.
Ahora bien, la pregunta es si Debravo ha trascendido porque ese accidente segó de cuajo las posibilidades del genio, elevándolo a la categoría de mito, o bien lo consiguió por la calidad de su poesía. El protagonista del Diario de un poeta despechado bien querría morir como Debravo para, de esa manera, asegurarse una porción de posteridad.
Sea como fuera, el retrato del protagonista del Diario de un poeta despechado es el de un hombre que busca su lugar en un mundo del que se sabe desplazado, con la certeza de que nunca lo encontrará y que tan solo, quizás, lo más adecuado sea construirse un final heroico, épico, arrojándose a un lago después de recordar a Rubén Darío.
Sin embargo, ese hipotético final me parece hasta demasiado activo, demasiado intenso para un hombre que solo se mueve a gusto en los trazos de sus proyectos incumplidos. El protagonista que nos ofrece el autor es un gran retrato, tan enorme como entristecedor, de la verdad repleta de actualidad y desengaños que nos espera oculta detrás de cada esquina cotidiana.
Javier Medina Bernal nos ha regalado, con su segunda novela, un ejercicio de desesperación, pero también un enorme letrero brillante que nos advierte del lugar a donde conducimos nuestras vidas. Y todo ello sin dejar de escribir excelente literatura.

jueves, 31 de octubre de 2019

Mastodonte-Jaime Reyes



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

https://www.achtungmag.com/mastodonte-de-jaime-reyes-jirones-de-violencia-y-pedazos-de-literatura/

Mastodonte de Jaime Reyes: jirones de violencia y pedazos de literatura

De entre los libros que he podido leer del catálogo de la editorial mexicana Nieve de Chamoy, tal vez Mastodonte, la novela de Jaime Reyes editada en el año 2015, sea uno de sus libros más peculiares. ¿Es una novela? Por supuesto que sí, pero es, también, algunas otras cosas más, gracias a un arquitectura fragmentaria y a la interacción que el autor propone con el lector en su versión digital (algo más atenuada en la edición en papel) que la acerca al concepto de narrativa hipertextual. Además, Jaime Reyes nos propone una fusión, o una transversalidad del texto (un texto, por otra parte, de gran violencia) con la música, para conformar algo más, por tanto, que una novela. Yo diría que Mastodonte es un artefacto narrativo del que os hablo hoy en esta columna de El Odradek de Achtung!

Obviamente, el libro se puede leer como una novela, de forma lineal, pero en su carácter fragmentario encontramos la primera de las peculiaridades que lo hacen tremendamente atractivo. El autor muy bien podría habernos proporcionado, al estilo cortazariano, un tablero de dirección para ir saltando de fragmento en fragmento, pero no es necesario.
La reconstrucción de las historias mediante le intervención del lector permite hacernos una idea clara de las narrativas que contiene la obra, que por otro lado se ha fragmentado con tal acierto que se puede empezar a leer por cualquier lugar, ir saltando, y siempre se nos rearma en la cabeza para resultarnos comprensible.
Esta novela, cuya historia renace una y otra vez de sus pedazos, y esa es una de sus grandes virtudes, sin embargo aborda los despojos (sí, también se trata de una cuestión de fragmentos) de los dos personajes protagonistas; o quizás de un único personaje protagonista, Mastodonte, y de una enigmática mujer (¿o tal vez no tan enigmática?), VB, proyectada por la mente enferma de Mastodonte, que la ha idealizado (ni tan siquiera los lectores podemos contemplarla a través de los propios ojos de Mastodonte, sino a través de sus recuerdos, memorias, pensamientos alucinados).
De esta forma, aunque quebrada y revuelta, lo que Jaime Reyes pone en pie es una novela de género negro, con todos sus componentes muy bien definidos. Tenemos a un matón, Mastodonte, que proviene de un mundo sórdido —el de las luchas de las artes marciales mixtas, eso que ahora está muy de moda y que también denominan UFC, por Ultimate Fight Championship—, un universo que cumple la misma función que el boxeo en las antiguas novelas de gánsteres, o en algunas de las de James Ellroy.
La lucha, o el boxeo, siempre quebrantaron al protagonista de las historias, para sumergirlo así en un mundo insano, ilegal y peligroso. Siguiendo esta premisa, Jaime Reyes maquina un Mastodonte que lucha con furia y, como todos esos personajes de novela negra, cuando golpea en el ring lo que realmente está haciendo es batallar contra su destino, su pasado o sus traumas.
El mexicano Jaime Reyes, autor de Mastodonte.
En el caso de Mastodonte, su brutalidad viene desencadenada por el suicidio de su hermano Matías, inexplicable para él, y que busca entender —o quizás quiera hacer pagar por ello a los demás— reduciendo a pulpa los rostros de sus contrincantes. La construcción psicológica del héroe que en realidad es un antihéroe, idea clásica de la novela negra, está así conseguida. Mastodonte golpea contra el suicidio de su hermano, sin piedad, y eso le da un motivo para frustrase y acumular más ira.
Lamentablemente, este asunto del suicidio del hermano está tomado de la propia experiencia personal del autor. En unas declaraciones a Excelsior.com, afirmaba:
Mastodonte nace de mi propia experiencia de superar el dolor de una pérdida, de los procesos por los que pasa cualquier persona normal que un día se encuentra extraviada en su vida mental, pero sobre todo nace de mi toma de conciencia de que la ira es la emoción que marca hoy, como lo ha hecho ya en otras épocas (o tal vez en todas), la vida del hombre (…) Y lo que yo quise con Mastodonte es, sí, también retratar a ese tipo de hombre, la forma en la que su mente transfiere la ira a su cuerpo, pero sobre todo la manera en la que busca salir una y otra vez del círculo vicioso de sus ideas depresivas”.
Por tanto, si Mastodonte trata de superar el suicidio de su hermano con la violencia del combate, no es demasiado arriesgado afirmar que Jaime Reyes intenta ahuyentar los fantasmas de ese suceso tan terrible de su vida entablando una lucha con la literatura, de ahí su marcado carácter violento y brutal, además de fragmentado. Prosigue el autor con este asunto en la mencionada entrevista:
“Creo que parte de Mastodonte, en lo que tiene que ver conmigo como autor/lector del libro, es aceptar sin grandes culpas mi naturaleza violenta, no tenerle miedo a mi expresividad intensa, muchas veces visceral y agresiva. Y no estoy encabronado, así es mi carácter. Mastodonte, entonces, es brutal porque yo vivo las cosas de esa manera. Y la muerte de mi hermano necesitaba, para mí, un enfrentamiento brutal, intenso, sin muchos rodeos y al tiempo sin la necesidad de develar nada innecesario que me desviara del objetivo central de Mastodonte, que es meditar sobre la ira y la violencia del hombre sobre sí mismo. (…) Mastodonte, como comentaba al inicio, nace de mi propia experiencia de superar el suicidio de mi hermano, que me dejó lleno de odio y de una ira irracional y sin fundamentos claros, es decir, extraviado en un mundo emocional sin sentido”.
En segundo lugar, debemos atender a los personajes secundarios que pasan de forma muy fugaz por la novela, pero que completan esa estructura de noir. Por supuesto, el mafioso, el todopoderoso que decide poner a Mastodonte a su servicio, con su cuadrilla de guardaespaldas. Cuando Mastodonte entra al servicio de este hombre, para asesinar por encargo a otros matones, consuma su caída en los infiernos de los que intentaba salir a golpes (una muy mala decisión la de intentar escapar a puñetazos de un drama personal).

Y dentro de este esquema de novela negra no podía faltar la femme fatale, que es la mujer de las siglas, VB, orbitando permanentemente en la cabeza de Mastodonte, con la que parece compartir un pasado y hasta un lugar ideal: Shanghai. Como toda mujer fatal, al principio ha significado una liberación para el protagonista, pero con su abandono, después, se ha convertido en un sufrimiento, una obsesión. De esta forma, Mastodonte intenta recoger los pedazos de su vida mediante los recuerdos, sin darse cuenta de que lo pulverizan todavía más.
Tal y como nos explica Jaime Reyes en la entrevista de Excelsior.com:
Mastodonte es así, describe pedazos de vida de un hombre enfurecido que lo único que sabe hacer para no sentir dolor es golpear, golpear hasta matar, como el más grande, famoso, adinerado, amado y admirado de los peleadores de artes marciales mixtas, nuestro deporte favorito en el siglo 21. La chica complementa o explica, de alguna manera, este retrato. Es una mujer onírica, enferma del síndrome de Cótard, hipersexual, violenta, pero con la suficiente materia emocional e intelectual para abrazar y abrasar al Mastodonte. VB es muy atractiva, al menos para mí”.
La función de Shangai y de VB en la novela son las de un lugar imaginario e idealizado en donde poder encontrar descanso. Una retirada utópica de la realidad, porque Mastodonte jamás encontrará descanso. Pero ese imaginario que le resulta sedante, con la mujer como protagonista, se sostiene sobre un pasado de sexo y drogas, violento y turbio, que termina de apuntalar esta novela de género deconstruida que nos propone el autor.
La estructura quebrada y siempre cambiante le permite a Jaime Reyes saltar de un tema a otro sin que la narrativa se resienta. De esa manera, aprovecha para insertarnos fragmentos técnicos sobre lucha (en concreto la manera de pegar un puñetazo) y cierta aproximación a la literatura médica.
La medicina, al igual que el elemento musical, que trataré después, resulta de una importancia crucial. Mastodonte se ha destrozado la espalda en un extraño accidente automovilístico teñido de intento de suicidio, y VB sufre de un más que curioso síndrome, lo que justifica su desaparición, y que es otro de los grandes aciertos de la novela: el síndrome de Cótard.
Esta enfermedad puede que a algunos os suene de haberla oído en series tan célebres como House o, en la más reciente, New Amsterdam. Enfermedad mental, consiste en que el paciente se cree muerto, un cadáver, delira sobre cómo se pudren sus órganos e, incluso, llega a creer que ya no existe.
Foto de la ficha policial de Richard Chase, el Vampiro de Sacramento, aquejado del síndrome de Cótard.

Cabe destacar que Richard Chase, un asesino en serie no demasiado conocido y bautizado como el Vampiro de Sacramento, sufría esta enfermedad. Es innecesario que hable aquí de sus espeluznantes crímenes. Os dejo este enlace por si queréis saber más bajo vuestra propia responsabilidad:
Volviendo a Mastodonte, debo repetir que me parece un golpe de absoluta genialidad por parte de Jaime Reyes que la novia del asesino padezca una enfermedad que le haga creerse muerta. La novela, de esa manera, se asienta sobre la personalidad de dos personajes que en realidad son como despojos de carne putrefacta —no debemos olvidar que, tras el accidente de coche, la espalda de Mastodonte experimenta una especie de necrosis lumbar—.
Los términos médicos, junto con los de lucha, unidos a la música que mantiene una presencia abrumadora en la novela, son los elementos hipertextuales que el autor ha montado, sobre todo, para que Mastodonte se lea en dispositivos móviles. La idea de Reyes es muy clara:
Los que gustan de música heavy saben que en realidad no hay gran truco en el título, e incluso en la musicalidad literaria de Mastodonte. Existe una banda estadunidense de metal progresivo que se llama así, Mastodon, y sus temas, si bien no son fragmentados como los parágrafos de Mastodonte, tienden a ser mantras que logran su tesitura ideal a través de la progresión simétrica y asimétrica de muchas de sus armonías. La música heavy ha estado en mi vida desde que nací y es lo que más disfruto. Más o menos sé de las bandas que hay y más o menos conozco sus discos, por eso el playlist de Mastodonte, en realidad, llevaba años construyéndose en mi memoria, estuvo ahí a priori Mastodonte como libro”.
La novela negra se nos presenta guiada por referencias continuas al heavy metal, que el lector del formato en e-book puede escuchar a través de los hipervínculos que le ofrece el libro. Por supuesto, en otros hipervínculos aparecen las referencias médicas y las técnicas de lucha.
Aquí os dejo un enlace a Clandestiny, un vídeo de la canción de Mastodon, la banda norteamericana de Sludge Metal:
Y aquí os pongo la playlist confeccionada por el autor, que se encuentra en Spotify y acompaña la lectura de la novela:
Podría parecer que la versión en papel extravíe algunas de estas intenciones metatextuales, y ese es un temor que alimenta el propio autor al creer que al realizar una versión tradicional de la obra sería:
complicado que lograra transmitir fácilmente la idea de la experiencia hipertextual o multimediática”.
Sin embargo, eso no sucede. La novela está formidablemente montada, y en ningún caso se resiente por despojarla, en su edición en papel, de parte del hipertexto. El objetivo de su autor de
crear un mantra narrativo que fluya, por supuesto, en la literalidad de las palabras, pero también entre los significados que puedan tener los parágrafos del libro en conjunto y los momentos de los que está construido”,
funciona a la perfección. Y funciona porque la naturaleza del personaje, un ser destruido que vive en permanente grado de alucinación, en una narcolepsia que dificulta separar la realidad del ensueño, de la evocación, o del delirio psicótico, se trasvasa a la propia estructura. Mastodonte es un ser roto, y el libro también se nos muestra destruido.
Algunos de los magníficos libros publicados por Nieve de Chamoy. Podéis encontrar reseñas sobre ellos aquí en Achtung!
Mastodonte necesita reconstruir los pedazos de su vida y el lector debe reconstruir los jirones de la novela. En este momento, Jaime Reyes ha creado el perfil de su público: un lector-Mastodonte.
 El autor no se propuso una arquitectura narrativa que tuviera que ser exclusivamente electrónica, y los excelentes resultados como novela en un soporte convencional demuestran que nos encontramos ante una gran novela, aunque la despojemos de los hipervínculos. Al final, siempre queda, cuando esta existe, la buena literatura.
Las voces de la historia, la mezcla de tramas y de diferentes tiempos y lugares, hacen de Mastodonte un ejercicio por momentos delirante y dotan a la novela de una personalidad propia con un relieve monstruoso y atractivo. Monstruoso por la brutalidad de los personajes, atractivo por la lección de difícil literatura puesta en papel, o en el universo digital, con firmeza y solidez.
La espléndida portada de la novela Mastodonte, editada por la mexicana Nieve de Chamoy.