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domingo, 3 de noviembre de 2019

Diario de un poeta despechado-Javier Medina Bernal



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/diario-de-un-poeta-despechado-javier-medina-bernal-diario-de-funervivo/


Diario de un poeta despechado, Javier Medina Bernal: diario de funervivo

Hubo un escritor del romanticismo alemán que fabuló sobre un hombre que extravió su sombra. El escritor panameño Javier Medina Bernal ha narrado en Diario de un poeta despechado la historia de una sombra que ha perdido a su persona. El protagonista del libro es, tal y como lo podría definir Roberto Arlt, “una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”. Estamos ante un personaje que solo tiene una certeza, que morirá. En lo demás, se encuentra en una permanente cancelación de necesidades inútiles, para irse despojando de lo que le rodea hasta encontrar el centro de su desesperación. Bernal refleja con luminosidad oscura la realidad social centroamericana y la personalidad de un escritor que no escribe, de un poeta que no hace poesía, de un vegetariano carnívoro, de un enamorado sin novia, de un muerto que todavía sigue viviendo.

Esta entradilla corresponde a la contraportada de la primera edición de Diario de un poeta despechado, y que he tenido el honor de firmar. La obra ha sido Premio de novela Ricardo Miró en 2018, prestigioso certamen panameño, decano de este tipo de concursos y que se viene celebrando desde 1942. El premio, que hace honor en su nombre al poeta y narrador modernista panameño Ricardo Miró, también se concede en otras modalidades como poesía, cuento, teatro y ensayo.
Javier Medina Bernal ya había conseguido el éxito en la convocatoria de relato de 2013 con No estar loco es la muerte, inscribiendo su nombre en el palmarés junto a prestigiosos autores como Enrique Jaramillo Levi o Giovanna Benedetti, y también en la modalidad de poesía del año 2011 con Hemos caminado siglos esta madrugada.
Enrique Jaramillo Levi y Giovanna Benedetti, ganadores también del Ricardo Miró:



El Diario de un poeta despechado (como las anteriores, publicado por el Instituto Nacional de Cultura de Panamá, el INAC), es su tercer premio nacional. Antes de obtenerlo, Bernal había publicado en la editorial mexicana Nieve de Chamoy la que hasta la fecha era su primera y única novela, Lagarto Rey, en donde hacía gala de una voz poderosísima y peculiar a la hora construir el personaje principal.
Esta novela, Lagarto Rey, la reseñamos aquí en Achtung!:
Y, además, también atendimos a uno de sus poemarios, Brujamadre (editado por el Duende gramático):
Con esto quiero decir que el Diario de un poeta despechado significa la, a veces, tan compleja segunda novela de un autor, en especial si en su debut se ha definido con una voz tan propia y particular. De ahí mis preguntas al abordar el texto: ¿Habrá sido capaz de cambiar de registros? ¿Podrá encontrar una voz distinta a la arrolladora de Lagarto Rey? ¿Saldrá del realismo sucio para adentrarse en otros territorios narrativos?


Ahora que conozco mejor a Javier Medina Bernal me doy cuenta de la enorme estupidez de mis preguntas. Obviamente, el autor se ha mostrado como un narrador extraordinariamente solvente, muy capaz del cambio de registros, en especial a la hora de alejarse de la voz de Lagarto Rey y suplirla por la de ese poeta despechado que nos habla desde su diario. Diario. Primera persona. Gran acierto narrativo de Bernal en esta su segunda novela.

El que haya elegido el formato de un diario no es ninguna tontería, y nos muestra la inteligencia del escritor. La novela en forma de diario, confesional o de anotaciones, establece con el lector una afinidad inmediata. Es muy raro que no se produzca una complicidad con el personaje que, en primera persona, nos cuenta sus desgracias, aventuras, o sinsabores.

Podríamos ubicar como el principio de esta relación entre el personaje confesional y el lector apasionado y cómplice la aparición del Werther (Cátedra) de Goethe. Aunque de forma epistolar en este caso, el éxito que alcanzará Goethe es el producto del acierto a la hora de plasmar los sufrimientos, las penas y las alegrías de su joven protagonista, conciliados con el estilo narrativo de moda en la literatura europea de su tiempo: la forma epistolar. Goethe no hace sino perfeccionar la senda marcada por Richardson y Rousseau.

El subjetivismo alcanza en Werther su grado máximo; la carta, ya de por sí un medio de comunicación de noticias, de sentimientos y de vivencias íntimas, ahora adquiere ese aire de misticismo, de vehículo de confidencias, es reveladora de secretos recónditos. Así, las vivencias y experiencias de Werther plasmadas y transmitidas a través de las cartas, que ejercen de intermediario familiar y eficaz a la vez, directo y humano, son como jirones, pedazos o retales de la vida del autor puestos a secar en las páginas de su obra como jugosas tiras de cecina vital que hacen al ávido lector participe de las intimidades.
Richardson y Rousseau, padres de la novela sentimental y epistolar:


Esta definición anterior casa perfectamente con la exposición de las vísceras sentimentales del protagonista en el Diario de un poeta despechado de Bernal, expuesto a la contemplación de los lectores como si de una rana de laboratorio, abierta por la mitad, se tratase.

El poeta modernista panameño Ricardo Miró.

La carta literaria permite analizar los sentimientos en el mismo momento en que éstos nacen y se desarrollan, a la vez que facilita la captación de infinitos matices, de estados contradictorios y conflictivos, de inmediatas intensidades emotivas, de igual forma que sucede con el diario. Ambos, cartas o diarios, responden, en definitiva, a la necesidad de autenticidad y de expresión de sí mismo que el ser humano en la época de Goethe, a las puertas de la edad moderna, buscaba; es el intento de establecer una nueva definición en un mundo sacudido por la crisis de los valores sentimentales.

Goethe, el genio alemán.
Con los diarios literarios del siglo XXI sucede algo parecido. A través de ellos podemos contemplar la debacle espiritual y anímica del protagonista aquejado de una enfermedad mucho peor que la de los hombres en la época de Goethe. Ahora, el protagonista que nos muestra sus entrañas en los diarios está afectado de un profundo solipsismo. Todo gira en derredor del protagonista, incapaz de contemplar otra realidad —yo diría que incluso existencia— que la suya propia.
No es, pues, una casualidad, que tras la carta, fórmula que adoptan los autores de la llamada novela sentimental, desde las Cartas de una Peruana, de Madame Graffigny, hasta las Cartas de Fanny Buttlerd, de Madame Riccoboni, la novela epistolar sufra una evolución que conduzca a su extinción: pasará de ser un intercambio de cartas a una larga serie de cartas de único remitente, sin respuestas, dejando de ser epistolar para convertirse en una suerte de diario. La metamorfosis se inicia con la Pamela (Cátedra) de Richardson, se afianza con el Werther y se generaliza con sus seguidores —como el Jacopo Ortis del italiano Ugo Foscolo por ejemplo (también en Cátedra)—.
Madame Graffigny y Madame Riccoboni según retratos de la época:



Los sentimientos, o tal vez la sensibilidad, se han configurado como un valor literario clave, alrededor del cual el yo literario se recompone buscando el sentido de sí mismo en el mundo de los deseos y de las sensaciones; en una palabra: de las pasiones.



Y para que el lector pueda sentir las pasiones de los personajes en lugar de tener que detenerse y entretenerse reflexionando sobre ellas (esto es, que de alguna forma sea capaz de sentir ese tiempo interior de los personajes por encima de cualquier otra circunstancia), se hace imprescindible que el narrador recurra a la primera persona y no a la tercera, ya que de este modo autor y personaje viven día a día un destino abierto cuyo final ignoran. Conocen su pasado, pero no lo que deparará el porvenir, al que se acercan vertiginosamente, de manera inexorable con cada página, párrafo, renglón, palabra escrita. El lector se ha convertido, así, en contemporáneo de la acción y la vive a la par que el autor la escribe y el personaje la sufre. De ahí la inteligencia de Javier Medina Bernal al elegir los diarios para construir su segunda novela.

El apasionado Ugo Foscolo, autor del Jacopo Ortis.
El Diario de un poeta despechado sigue la máxima del género epistolar, haciéndolo pasar, no como el producto de un novelista, sino como la irradiación de un personaje real que vive y escribe. El artificio conferirá verdad a los personajes ya que a ojos del lector el narrador resulta más real y cercano que la tercera persona.
Se trata por tanto de una ilusión de realidad instaurada por el autor, con el acuerdo tácito de sus lectores, en un mundo en donde —los teóricos de la literatura lo sabemos muy bien, pero los lectores no tanto— la cualidad de veracidad de un texto ya no determina su calidad, pero ayuda a esa identificación lector/autor que resulta imprescindible si estos no son capaces de entender los mecanismos del pacto ficcional.
Javier Medina Bernal, tres veces premio Ricardo Miró.

El protagonista del Diario de un poeta despechado tan solo puede estar seguro de una cosa: de su muerte, de que se morirá. Se nos presenta así un personaje descreído y desarraigado, capaz de conectar con cualquier tipo de lector.  Por ello, este personaje es un vegetariano carnívoro, enamorado sin novia, poeta que no hace poesía, inmerso en la impostura del mundo y del momento que le rodea.
En ese sentido, hay que añadir, además, el desplazamiento a otro país, en este caso hasta Costa Rica, para llevar a cabo una serie de lecturas de poesía tan desastrosas como aniquiladoras de cualquier retazo de orgullo, aprecio o dignidad literaria. La voz de Lagarto Rey ha quedado atrás; era un voz explosiva, sustituida ahora por una conciencia represada e implosiva que mina al protagonista desde el mismo centro de su ser.
Ese ser del siglo XXI que se encuentra en una tremenda lucha contra sí mismo y contra todo lo que lo ha venido caracterizando como ser humano. En la novela de Bernal el protagonista batalla contra todo y contra todos a golpe de cancelaciones: ha extraviado la familia, la literatura, la poesía, y se enfrenta a una existencia que es más bien una limpieza de su pasado, un pasado indeseable, desagradable de recordar, en donde sus padres han fallecido en un accidente de motocicleta, igual que su hermana lo hizo de un tumor cerebral. Todo ello le lleva a pensar que su sitio se encuentra en un túmulo que todavía aguarda vacío junto a ellos. Bernal convierte, así, a su protagonista en un muerto en vida o, en términos del escritor albanés Ismaíl Kadaré: en un funervivo.

Bernal nos muestra el proceso de desnudez del protagonista, que elimina todo lo superfluo para quedarse, únicamente, en voz. Una voz que se manifiesta mediante las palabras escritas en el diario que escribe con la esperanza, que parece ser su última esperanza, de que alguien lo lea alguna vez. En ese deseo de trascender, de cualquier forma que sea posible, aparece de fondo la figura del gran poeta costarricense Jorge Debravo.
Debravo, y este dato no deja de ser curioso, falleció a los 29 años de un accidente de motocicleta, como los padres del protagonista del Diario, al parecer fue arrollado por un conductor ebrio. A pesar de su juventud, tuvo tiempo de escribir y dejar un legado poético extenso, en gran parte póstumo, e incluso el día de su nacimiento se ha instaurado como el día nacional de la poesía en Costa Rica.
Estatua de Jorge Debravo.
Ahora bien, la pregunta es si Debravo ha trascendido porque ese accidente segó de cuajo las posibilidades del genio, elevándolo a la categoría de mito, o bien lo consiguió por la calidad de su poesía. El protagonista del Diario de un poeta despechado bien querría morir como Debravo para, de esa manera, asegurarse una porción de posteridad.
Sea como fuera, el retrato del protagonista del Diario de un poeta despechado es el de un hombre que busca su lugar en un mundo del que se sabe desplazado, con la certeza de que nunca lo encontrará y que tan solo, quizás, lo más adecuado sea construirse un final heroico, épico, arrojándose a un lago después de recordar a Rubén Darío.
Sin embargo, ese hipotético final me parece hasta demasiado activo, demasiado intenso para un hombre que solo se mueve a gusto en los trazos de sus proyectos incumplidos. El protagonista que nos ofrece el autor es un gran retrato, tan enorme como entristecedor, de la verdad repleta de actualidad y desengaños que nos espera oculta detrás de cada esquina cotidiana.
Javier Medina Bernal nos ha regalado, con su segunda novela, un ejercicio de desesperación, pero también un enorme letrero brillante que nos advierte del lugar a donde conducimos nuestras vidas. Y todo ello sin dejar de escribir excelente literatura.

domingo, 14 de julio de 2019

Brujamadre-Javier Medina Bernal



Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/brujamadre-de-javier-medina-bernal-o-una-moderna-elegia-minimalista/

Brujamadre de Javier Medina Bernal o una moderna elegía minimalista

La elegía se caracteriza, desde los inmemoriales tiempos grecolatinos, por ser un texto de lamento, en donde se llora una pérdida, aunque no sea necesariamente la de un ser querido. Con el paso del tiempo, este género, fundamentalmente poético, ha pasado a ocuparse de lo fúnebre, recordando a la persona que ha muerto. En este sentido, dentro de esta compleja tradición (porque escribir poesía elegíaca no es nada sencillo) se inserta el poemario del panameño Javier Medina Bernal, Brujamadre, editado por El duende gramático.

En efecto, elegía, cuyo objeto en este caso es la muerte de la madre del autor. Por tanto, un poemario que jamás hubiera querido escribir Javier Medina Bernal, tal y como me comentaba hace poco en un correo electrónico. Medina Bernal maneja con aplomo y también con cierta obsesión, la muerte como uno de sus referentes en su imaginario narrativo. Así pudimos comprobarlo ya en su excelente novela-debut Lagarto Rey (Nieve de Chamoy), un magnífico juego literario asentado en una poderosísima voz narrativa y al que ya dedicamos un espacio aquí en Achtung!:
La muerte, también será un asunto de importancia en su próxima publicación, la novela Diario de un poeta despechado, ganadora del LXXVI Concurso Nacional de Literatura de Panamá, Ricardo Miró 2018, y que ya he tenido la fortuna de poder leer y disfrutar antes de su aparición. Medina Bernal, narrador, poeta y músico (cantautor, esa compleja catalogación que no significa lo mismo en Europa, Latinoamérica o Estados Unidos), es un autor multipremiado. Este mismo premio Ricardo Miró lo ha ganado, también, en 2011 y 2013, pero en poesía y relato respectivamente.
Así, alcanzamos este poemario, Brujamadre, el que nunca quiso escribir. En la contraportada del libro se hace una amplia referencia al género elegíaco, se pone el foco en que el dolor es uno de sus motores (quizás el único), y se muestra como uno de los grandes desafíos literarios para cualquier autor: no es nada sencillo escribir sobre la muerte de una madre, ya sea en verso o en prosa, sin caer en los lugares comunes, las expresiones fáciles, superando el exorcismo terapéutico, y dejando un texto conmovedor que se signifique por sus virtudes artísticas. No creo que sea necesario que afirme que el panameño lo consigue con brillantez.
La muerte de la madre (y lo sé por experiencia) es una situación bloqueadora, que deja al escritor inmovilizado, sin capacidad de reacción durante un tiempo. Después, cuando se ha tomado un poco de distancia, se aborda ese texto que uno jamás desearía escribir. Bernal ha conseguido llevarlo a cabo, y notablemente, por el contrario, yo no he sido, por el momento, capaz.
A todo lo que he llegado es a marcar con una crucecita roja al margen un lugar de mi futura novela (que ni siquiera tiene nombre todavía) y que andaba escribiendo en aquellos momentos, algo que ya hizo el cántabro José María de Pereda con motivo de la trágica muerte de su primogénito, que se suicidó, señalando con una cruz en el manuscrito de Peñas arriba el instante del suceso —en concreto, en la página 18 del capítulo XX—.
Sin embargo, Bernal ha sido capaz de ir más allá del signo conmemorativo, de actuar con la poesía para enjugar el dolor, al contrario que el propio Pereda, a quien la muerte de su madre sumió en el desánimo y en la postración, o más lejos que en mi caso, cuando incapaz de encontrar recursos literarios propios he tenido que recurrir a partes del Paraíso de la Comedia de Dante para poder anestesiarme con literatura.
Por tanto, reaccionar literariamente, elegíacamente, ante el fallecimiento de una madre, no es un asunto al alcance de cualquiera. Esta literatura del duelo, por llamarla de alguna manera, habitualmente deriva en dirección a la mala literatura, porque es difícil abstraerse, o sobreponerse, a la mera escritura terapéutica que ciega al autor, le lleva al sentimentalismo y, de la mano de ese sentimentalismo trágico, llegan las figuras de repetición y lo trillado.

Este tipo de literatura, que tal vez debería de caracterizarse por su excepcionalidad, parece haberse convertido, en la permanente prostitución de la industria literaria y editorial, en un producto masificado, como si vender los sentimientos y dolores de los autores ante una pérdida fuera algo más lucrativo que otro tipo de géneros.
El duelo, la narrativa del duelo, la poesía elegíaca, entran así en la mesa de novedades. El dolor se bestselleriza, y quedan pocos autores que manejen el asunto con sinceridad y honradez. Pero aún existen, y Brujamadre, de Medina Bernal, es un buen ejemplo de este tipo de resistencia. Ni una concesión. Solo poesía. Buena poesía.
El lector siempre ha tenido una relación malsana con la elegía, ya fuera narrativa o poética. Somos humanos, y aproximarnos al dolor ajeno, meter las narices en el sufrimiento de los demás, produce una especie de extraño placer. No alcanza a ese acto de egoísmo de los jueces que se enteran de la muerte de Iván Ilich y celebran que no han sido ellos los finados, pero sí que este tipo de textos poseen algo de catárquico.
De hecho, ante mi imposibilidad para hacerlo, me he redimido un poco, he alcanzado cierto grado de catarsis por el dolor de Bernal, agradeciéndole que, llorando la pérdida de su madre, yo haya sido capaz de hacerlo por la mía a través de la lectura de su poemario.
Así de importante es el asunto. Siempre que el tono elegíaco sea el adecuado, y de su calidad se desprenda esa condición de conectividad con el lector que se verá arropado, abrazado por un manto de palabras que lo solidarizan con el autor, y los convierte, a ambos, en deudos de la misma desgracia, avanzando juntos gracias a la poesía.

La elegía desafía a su autor de dos maneras: tiene que superar la vergüenza (o pudor, o como deseemos llamarlo) de mostrar sus sentimientos como nervios abiertos al aire, expuestos a la picota pública, y en segundo lugar sobreponerse a ese estado de postración, de imposibilidad ante el dolor para poder llegar a realizar el duelo, y ponerse a escribir. Creo que en la forma de la superación de ambas trabas radica el éxito o el fracaso de un texto elegíaco. Muchos autores superventas, flojos o fatuos, vacíos, han sido mentirosos e inútiles a la hora de manejar su propio dolor y como resultado han firmado porquerías movidas por las modas, el oportunismo y la prosa patética, contrapuesta a esa prosa poética que caracteriza a algunos textos elegíacos —como el excepcional Mortal y rosa (Cátedra) de FranciscoUmbral, escrito en memoria de su hijo, muerto a los cinco años por una leucemia—.

Otros grandes autores que han creado elegías inolvidables, además del propio Umbral, son Jorge Manrique con sus célebres Coplas por la muerte de su padre, Lorca y el Llanto por Sánchez Mejías, la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, o qué decir, fuera del ámbito de lo hispánico, de la Elegía de Marienbad de Goethe —de tristeza devastadora ante el rechazo de un amor—, o las Elegías de Duino de Rilke —en este caso, el praguense no canta tanto a una pérdida humana como sobrenatural: quiebra de la conciencia, sentido de la existencia, el dolor por sí mismo…—.
Páginas de las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.
Dentro de la narrativa, quiero destacar Los verbos auxiliares del corazón (Alfaguara), del húngaro Péter Esterházy, conjunto de textos cuyo motor común nace del duelo por la muerte de su madre, hasta el punto de presentar cada página como una esquela. Esterházy eleva a su madre a la categoría de mito, y esto mismo realiza, en cierta manera, Medina Bernal desde el inicio de su Brujamadre, ya en el propio título y en el primer texto que sirve de introducción al poemario.
Portada y paginas interiores (como esquelas) de la novela de Esterházy:


Desde el principio, el autor busca reflejar las cualidades sobrenaturales que toda madre posee para con su hijo. El niño contempla a la madre como alguien superior, un personaje que, casi como un superhéroe, es capaz de todo. De ahí el título de Brujamadre, de la necesidad del autor-niño en creer que su madre era capaz de volar como las brujas, pero siendo una bruja buena, obviamente. La madre volará, y con ella también volará el hijo. Un proceso de mitificación materno que todos hemos llevado a cabo en un momento u otro de la infancia, y que Medina Bernal quiere señalar como el punto de partida de su elegía.
Brujamadre es un poemario minimalista, introspectivo y cuidadoso, siguiendo la máxima de que menos es más, reprimiendo los recursos para significar el dolor y el lirismo, caminando contenido para no caer dentro de la fosa de lo ya dicho, de la cursilería, del sentimentalismo manido.
Lo primero que llama la atención es la conversión de la madre en un órgano: el órgano enfermo que le causará la muerte. Así, el libro se abre con el poema Páncreas, de cinco micro-partes que estremecen por su belleza directa y por el doloroso sonido que los articula. El principio es demoledor:
Ruina en donde creció el recuerdo.
Te supe esclava.
Tus pasos supe.
Te supe sonido”.
Después, se plantea el más complejo de los actos, el de la despedida, la imposibilidad de separarse de la madre una vez muerta:
Mastiqué tu despedida
al fondo del túnel”.
Esa despedida imposible, que debemos ingerir, admitir, como una bola enorme que se nos atraviesa en la garganta…
Me ha resultado sorprendente la tercera micro-parte de Páncreas, en donde se refiere a un “trópico sol”en relación con el fallecimiento de la madre. Me ha impactado, porque ese sol también fue objeto de terribles reflexiones en mi caso. Cuando falleció mi madre —toda ella pulmón como la de Medina Bernal era páncreas— en el hospital de cuidados paliativos de Guadarrama, recién entraba el mes de diciembre. Y era un atípico día de diciembre, luminoso hasta la herida, con el brillo de un sol inútil y sin esperanza, porque el nuevo día, para mi madre, era un día sin futuro y, por tanto, aquel odioso sol que calentaba a destiempo, un sol funesto y desalentador.
Encontraré el diente
que metieron en tu páncreas,
madre”.
Esto asegura Bernal, o la voz poética de Bernal, y refleja ese impulso que yo también sentí (¿quién no?) de imponerse a médicos, fármacos y tratamientos, y encargarse personalmente de la curación de la madre enferma, de encontrar el tumor, en mi caso en un pulmón, y ser capaz de arrancarlo de cuajo con las propias manos… para volver de inmediato a la realidad y darnos cuenta de que en la habitación de la enferma ya solo habita un estado de ánimo:
Y el miedo allí
desnudo”.
Así es el inicio de Brujamadre, con ese poema Páncreas que sublima todo el dolor experimentado por el autor durante los momentos previos a la muerte de su madre. Ya sé que no se debe confundir a la voz poética con la voz del autor —y siempre se lo advierto así a los alumnos de mis talleres—, pero en este caso es inevitable, por la relación de amistad que me une con él y por el conocimiento de su obra, disociar la fusión de ambas voces me resulta imposible. La voz poética de Brujamadre no es una voz ficcional o impostada, es la voz real y honesta del autor.
Un personaje invitado, y quizás no demasiado querido por parte del autor, irrumpe en el poemario: la figura del padre. Un padre que, aunque distanciado de la madre, asegura que también a él le ha afectado el deceso. El poema se convierte en un dialogo entre padre e hijo, donde la voz del hijo actúa casi de inquisidor, y las respuestas del padre lo enternecen:
Pero si tú no la querías, dije.
Créame, hijo, créame, un pedacito de mí se ha muerto”.
El poemario se ha convertido, por un breve instante, en un discurso narrativo y dialógico, pero pronto recupera el tono lírico para reflejar este sentimiento del padre alejado de la madre, pero que siente la pérdida:
Mi padre:
un ángel de piedra que
en la noche
quiere volver a ser carne
y volar”.
Los órganos son los culpables del dolor. Así, El pulmón de mi padre refleja la noche del velatorio de la madre, en donde las imágenes potentes se han transformado en esa “noche de velorio” en lo que el poeta denomina:
mi canto
de rabia”.
El odio es una de las mejores formas de consuelo, parece argumentarse en el poemario. En otros versos, el poeta implora:
Permita,
mamá,
que su hijo
odie”.
El hijo le pregunta al padre sobre el momento en que volverá a casa, pero el poeta ya no lo hará jamás porque, con sus versos, gracias a ellos, es capaz de protegerse ante cualquier mal:
Soy poeta.
Soy mi Dios.
Soy Dios”.
El poeta, como creador, es perfectamente entendido por Medina Bernal como un neutralizador de los peligros, un resucitador de los seres queridos, gracias a su discurso lírico, a su poiesis, que nunca fue más una poiesis de Lázaro, poiesis de resurrección mediante la palabra. La muerte, le ha forjado, ha hecho algo más sabio al poeta. No en vano, tal y como titula otro poema (uno de los mejores del libro), Los poetas convocan la sombra. Y esa convocación de las sombras es el mismo lenguaje que comprenden las brujas, las brujas buenas, insisto, una categoría a la que ya pertenece la madre, en su tránsito.

El mundo reflejado en Brujamadre es un lugar de sufrimiento cruel. Un mundo que viene marcado por las pérdidas, unas pérdidas que, a pesar de su infinito dolor, hacen que te aproximes más al recuerdo del ser querido que cuando aún estaba vivo. Así de tremendos son estos versos:
Espero
a que mi padre muera.
Para verlo muerto y empezar a quererlo.
Callado.
Mi padre
sin culpa”.
Porque, ojo, Brujamadre, que se planteaba como una elegía a la madre fallecida, ha ido derivando a la relación del poeta con su padre, del poeta con el mundo, con un mundo en donde, ahora, permanece el infinito hueco de la madre fallecida.
Hay que aprender a sobrevivir con esos huecos. Yo lo sé bien: he perdido a toda mi familia, excepto a mi hermana, y desde muy pronto tuve que superar las muertes de abuelos, después la de mi padre, más tarde la de mi hermano y, finalmente, la de mi madre. Esos huecos pueden llenarse con el cemento de la literatura, pero de todos ellos solo he sido capaz de escribir sobre mi hermano. Quién sabe si esta crítica de Brujamadre no sea el principio del desbloqueo en lo referente a elaborar mi propia elegía sobre mi madre, o tal vez este texto lo sea ya.
Brujamadre está repleto de imágenes y versos impactantes. El juego con la dicotomía luz/oscuridad es uno de los motivos del poemario:
Píntame el cuerpo de negro, madre.
Hazme noche.
Ayúdame a conocer lo oscuro,
el dolor del cielo”.
Javier Medina Bernal pone en pie un discurso lírico mediante el cual elabora su propio duelo, recupera la figura de la madre, se aproxima al padre y, en un gran ejercicio poético, nos hace partícipes del dolor, de nuestro propio y colectivo dolor, sofocándolo con versos.
Si la literatura debe resultar, en ciertos casos, como una terapia de catarsis, no solo para el autor, sino también para el lector, Brujamadre es un ejemplo de eso. Las sensaciones que nos genera, el estremecimiento, solo se encuentran en la buena poesía: aquella que se hizo con el alma, se escribió con el corazón, y se firmó con sufrimiento.
No hay otra forma. Javier Medina Bernal conoce bien el camino. Aunque preferiría no saberlo.