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jueves, 27 de julio de 2017

La soledad encendida-Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo



*Esta crítica apareció en el blog de pensamiento poético Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/07/24/la-soledad-encendida-haikus-un-museo-natural-del-verso/


Título: La soledad encendida
            Autores: Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo.
            Editorial: Ultramarina Cartonera.

La soledad encendida, haikus: un museo natural del verso

Un haiku es como un chispazo, un destello, un relámpago poético. Por tanto, un haijin será un hombre-relámpago, un poeta que viaja con el asombro en la mochila, con el resplandor de la poesía colgado de sus parpados y prendido de sus dedos. Este libro, todo en él, es extraordinario. Es la historia de dos haijines que decidieron entremezclar sus poemas como si combinaran los naipes de una baraja de sorpresas. Pero también es la muestra de un gran amor por la edición. En ese sentido, todo el libro es un enorme haiku conformado de pequeños haikus, un descomunal asombro preñado de otros asombros que lo convierten en un monumento poético.
A la editorial Ultramarina Cartonera le corresponde el orgullo de firmar un ejemplar que es un pura sangre de la edición: un libro bello, un libro artesano y artesanal compuesto con materiales japoneses (bambú o tela de kimono) y plagado de ilustraciones únicas. Numerado y exclusivo, no hay dos ejemplares iguales ni dos portadas similares. En lo relativo a los deliciosos dibujos con motivos japoneses, son las manos de Susana Benet y de Sara García Lafont las que consiguen conectar con la naturaleza nipona mediante sus ilustraciones. Y como todo en el libro es brillante, el prólogo de Mila Villanueva y el epílogo de Raul Fortes Guerrero enmarcan los haikus. Unos poemas escritos a dos manos, sin declarar su autoría porque el poema japonés es eso, una emanación de la naturaleza en donde bien poca importancia tiene el poeta. Los dos haijines, vehículo que se encarga de plasmar el asombro, son dos poetas comprometidos con el haiku, dos poetas en estado permanente de aware o emoción: Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo.
Pero antes de referirme al trabajo de estos dos poetas en La soledad encendida, no puedo menos que rendir un tributo a quienes me pusieron por vez primera en contacto con el haiku, allá por el año 2002. Fueron poetas, y también fueron dos, con ocasión de un libro firmado a medias, como si el haiku tuviera que venir acunado por un dúo de creadores, recelando de la individualidad. El texto, otro libro exquisito, una joya para los bibliófilos, de cuidada edición a cargo de la editorial Celya, se titula Paisajes hacia lo hondo. Un título realmente acertado para definir lo que representa el haiku para el haijin: la proyección en la naturaleza de un profundo estado de comunión con lo que le rodea. Y las poetas eran Almudena Urbina y Montserrat Doucet.
Son los haikus de La soledad encendida un recorrido por las variadas formas de estas composiciones líricas ancestrales. Hay, desde haikus a la naturaleza, pasando por haikus de Año Nuevo, e incluso haikus urbanos, una modalidad que no ha tenido mucho éxito en Japón, quizás por lo moderno, pero que sí se construye con gran aceptación en Europa. Y hay haikus tristes, y haikus intrigantes, y los hay de saludo a la vida, o sobre gatos, ranas y sapos, perros e insectos. Sobre árboles, flores y plantas, pájaros y ganado, incluso sobre agua y lluvia, demostrando que esta composición es versátil, que su traje rítmico se adecúa a la perfección a cualquier asunto, aunque a veces pueda alejarse algo de esa pureza sacrosanta que para los entendidos debe reunir el haiku.
El haiku clásico debe ceñirse estrictamente a tres reglas determinantes: en primer lugar a una métrica concreta (esos 5-7-5 versos en cada una de sus líneas); después, necesariamente, debe alejar el yo, la persona, el componente humano, de la impresión poética; y por supuesto, tiene que reflejar un instante vivido en la naturaleza, que aparecerá en los versos como congelado, atrapado, producto de ese momento deslumbrante que tiene que haberle sucedido al haijin.
Sin embargo, es cuando los haijines Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo desabrochan un poco esta camisa de fuerza estilística, alcanzan, quizás, las composiciones de mayor belleza. Panteras, colibrís o cisnes, engalanan sus pelajes y plumajes con el collar de estos versos. Y rayos, tormentas, nieves y soles resplandecen con mayor brío. Son instantes capturados con la red de la poesía, quedando detenidos en el tiempo, en la memoria, y ya para siempre en nuestra percepción, como ese gato que regresa de la lonja y huele a pescado, o ese perro que regala lametones a un niño delgado, o esas grullas que destacan en el cielo…
En efecto, es el título de la soledad encendida una definición gráfica. Casi anatómica, del efecto germinativo del haiku en el interior de la fisiología sensitiva del poeta. El haiku nace en un momento de intimidad lírica, y lo hace como una descarga eléctrica. Atraviesa al haijin con una sacudida de alta tensión, y los voltios poéticos encienden, literalmente, la inspiración compositiva ante aquello que se está presenciando. Entonces, ese instante queda apresado en la cabeza y el corazón del poeta como el insecto en el cazamariposas, y desde allí, pasa a conformar un libro como este que nos presentan Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo: un compendio de belleza que es un gabinete entomológico, en donde cada ejemplar poético aparece expuesto en su vitrina, atravesado por un alfilerazo de sensibilidad lírica, detenidos en el tiempo y en el espacio, desplegando sus vivos colores, sus delicados perfumes a tierra mojada tras la tormenta, a pan recién horneado en la tahona, a nieve invernal, y hablándonos con el sonido de las grullas en el estío y el lenguaje de los arroyos en otoño.
Todo esto es La soledad encendida. Pero, por encima de formas, composiciones, y versos, es un mayúsculo poemario al que cualquier día le saldrán alas y, dejando un leve polvillo tras de sí, saldrá volando por una de nuestras ventanas, a la búsqueda de otros lugares en donde anidar. En ese momento, nosotros también seremos ya haijines. Prisioneros, de por vida, en la belleza del latigazo del verso.

martes, 27 de junio de 2017

Respuestas de la tierra-Ronald Campos


CASTILLA VISTA CON OJOS TROPICALES

*Esta reseña apareció en el sitio de pensamiento poético, Blog Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/06/16/castilla-vista-con-ojos-tropicales-respuestas-de-la-tierra-de-ronald-campos/

Cuando la poeta Montserrat Doucet le envió a un Miguel Delibes, ya enfermo y retirado de la literatura, su poemario Paisajes hacia lo hondo, el escritor vallisoletano le respondió con una carta en la que afirmaba, con una sentencia no exenta de nostalgia, pero también con algo de rabia: “Otro libro de Castilla. La arruinada Castilla madre de pueblos”.
            En efecto, una Castilla desolada, áspera y dura, tal y como habitualmente la han visto los poetas, desde Machado a Juan Ramón Jiménez, pasando por Unamuno y Claudio Rodríguez. Y Delibes no era ajeno a que en el poemario de Montserrat Doucet esta visión tensa, de una tierra incómoda y cuarteada, continuaba con la tradición.
            Ronald Campos, en su poemario Respuestas de la tierra, también se ha ubicado sobre las tierras castellanas para mostrarnos su mirada poética. En ese sentido, abraza toda la cosmovisión lírica anterior, pero, de repente, la Castilla que aparece tras el tamiz de sus versos es una región bien distinta a lo poetizado hasta ahora: porque Ronald Campos observa Castilla con ojos tropicales.
            La Castilla como región poética, amasada por Ronald Campos en Respuestas de la tierra, es una tierra repleta de sorpresas que se le revela como una extraña amalgama de piedra y naturaleza desbocada. La hibridación entre el trópico y la meseta queda establecida ya en uno de los primeros poemas del libro, Castilla y León, en donde se produce un primer e inmediato reconocimiento del poeta con el paisaje, gracias a una lengua común (aquí el llamado “yo poético” pertenece al del autor, dado que enfoca este poemario como un poemario de viajes y las vivencias desgajadas de los mismos). Un lenguaje similar, el que se habla allá y acá, lenguaje castellano que establece un puente de reconocimiento y, gracias a él, el poeta puede definirse: “Tu lengua con que me mantengo//reptil//con antaños presentimientos”. El poeta asume su cualidad tropical en la figura del reptil, identificado con alguna de las 255 especies de reptiles que habitan Costa Rica y que tienen su espejo en nuestras pizpiretas lagartijas que descansan sobre las paredes rurales, empachadas del sol inclemente.
            De esta forma, y tal y como argumenta Montserrat Doucet en su espléndido prólogo al poemario, se produce una invasión de animales tropicales que, invocados por la mirada poética, poblarán el espacio castellano. Así, el acueducto segoviano se metamorfosea en iguana de piedra: “Esta iguana de piedra//sacude sus escamas alborales//Empuja a lengüetazos//coches a mis umbrales” (en Spleen segoviano). Tal es la riqueza y originalidad de estas imágenes, que el poeta puede sentirse transido en ocelote por la contemplación de la catedral de Valladolid en el poema Catedral, sus huesos se inflan “como boas” en El otoño, salpicando las composiciones con lagartijas, cigüeñas, “panteras de viento”, un “jabalí de frío”, el “águila-tigre de claridades” o una “videollamada con búfalos en la garganta” (en De repente, Valladolid).
            Después, aparece el motivo de la piedra. De esa piedra reptiliana sobre la que se calienta la iguana, esa piedra que forma parte del paisaje castellano como el bosque lluvioso lo es de Costa Rica. Para Ronald Campos la piedra está viva, ya sea formando parte de los frontales y portones de las catedrales, ya sea en una conexión cósmica percibida en el desfiladero de la Yecla, en Burgos, o en las torres del horizonte de Monte El Viejo, en Palencia. La piedra transporta un código en su interior, un mensaje que es como una carga de ADN; la piedra, los sillares, emanan una sustancia en la que el poeta reconoce el paso del tiempo, la permanencia eterna e inmóvil en ese devenir, y se proyecta en ellas como un viajero atemporal, cuántico. Lo que ha sucedido delante de la piedra continúa ocurriendo, y ocurrirá siempre.
            Estas piedras castellanas conforman una vegetación viva y característica de la región, como en Costa Rica lo es la vegetación exuberante. Se produce una simbiosis entre la materia tropical del poeta y el ecosistema castellano. Así, el otoño es “un quetzal de cuero atrapado entre los árboles//¡Alpaca de lluvias trastabillando,//con náuseas de planicies//sobre los campos de Castilla!//El otoño…”. El ave trepadora, el camélido, colocados por ensalmo lírico en el corazón del otoño castellano.
            Es Respuestas de la tierra un poemario ambiental, un ejercicio de versificación que busca atrapar la luz, la quietud trágica y monumental de los espacios castellanos: “Bordear la catedral//es entregarle devotamente un rostro al mediodía”, afirma en Spleen segoviano, para comprender que la presencia de lo sagrado en las piedras causa un impacto en el alma que “es terminar por colocarle//a la tarde una silla,//y paralizarla ahí, con un clavo oliendo a escaleras”.
            El poemario, en su segunda parte, amplía el viaje al resto de España —Valencia, Granada, Barcelona, Madrid, Sevilla, Córdoba…—, para, en la tercera, expandirse con un recorrido por Europa —Berlín, Ámsterdam, París, Venecia, Atenas, Budapest, Praga…—, ciudades y experiencias poéticas siempre repletas de una espiritualidad que emana de la fuente de la Historia, una Historia cosida a golpes de sangre y pasiones.
            Ronald Campos busca en Respuestas de la tierra establecer un diálogo con el tiempo y con la Historia, con esos códigos que se ocultan en los materiales que conforman los monumentos y así, tal vez, poder desvelar algunos de los misterios que guarda el espacio y el tiempo, porque “todo —guirnaldas, gárgola, rosetón y agujas—//pretende —lo mismo que en la piedra en la literatura—//vaciar el vacío y el terrible misterio de las cosas”.
            Desvelar “el terrible misterio de las cosas”… ¿Acaso no es esa la primigenia labor de la poesía?
           

            

lunes, 15 de mayo de 2017

Mar de Chira-Montserrat Doucet




TRAVESÍA POR LOS MUNDOS POÉTICOS PARALELOS DE MONTSERRAT DOUCET

En el otoño de 2014 descubrí el poemario de Montserrat Doucet, Mar de Chira (Madrid, 2014), cuando recibí la generosa invitación por parte de su autora para presentar[1] el libro. Su lectura me abrió de inmediato un “horizonte poético cuántico” que se contiene en los poemas, y pude determinar que me encontraba ante un ejemplo de “poesía cuántica”.
En el Mar de Chira de Montserrat Doucet, donde el tratamiento del espacio y del tiempo obedece a los materiales de una narración implícita en los poemas, existe toda una historia bajo los versos que se abre en un abanico de diferentes planos temporales. A poco de empezar el libro, aparece uno de los poemas de mayor intención y voluntad cuántica, Saltando meridianos (Doucet, 2014: 24), que aglutina diferentes características de este tipo de estética y es toda una declaración de intenciones de los significados del texto. Ya en su título, se nos pone en relación directa con el salto temporal o salto cuántico mediante la metáfora de los meridianos, lo que inevitablemente llevará al yo poético a un desdoblamiento en sus diferentes existencias. Así lo reconoce en los versos iniciales del poema: “A VECES me gustaría vivir//mi cuerpo como lo que es: el celebrado instante y su ceniza”. Al referirse a esta existencia como “ceniza”, nos invita a pensar que en una de las líneas temporales puede estar muerta; es decir, que en un plano temporal el yo poético está vivo, mientras en otro no. Inmediatamente, cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la física cuántica, recordará una de las paradojas más célebres de esta mecánica, la del gato de Schrödinger[2]. Todo ello hace concluir al poema con la certeza cuántica: “la temida, terrible certidumbre://no soy mi cuerpo”.
            Todo comienza con un deseo de Chira, un anhelo de Chira por parte de la voz que voy a denominar como “protagonista” del poemario. Evidentemente, ese anhelo, esa llamada inconsciente que llevará a la voz poética hasta el mar de Chira en busca de alguien, obedece a la memoria de otro tiempo y de otra vida, de otra cadena temporal, de una línea de existencia que, si bien pertenece al pasado, continua sucediendo; son los many worlds cuánticos que acontecen a la vez.
            De manera que la travesía hasta Chira[3], y su mar, el mar, que ejerce de catalizador, acerca los recuerdos de la otra u otras vidas hasta el plano actual de existencia. La llegada de la viajera bien podría ser a esa playa de la Ceyba, que da título al primer poema del libro[4] y que presenta un mar que se mueve entre dos instantes temporales: desde su origen primigenio tras los versos “Estaba el mar respirando en el comienzo de los días”, hasta el instante actual en donde la poeta es consciente de la función que el Pacífico tendrá en el poemario, la de resucitar a los muertos: “El mar siempre vomita//a sus ahogados”. De esa forma se va conformando el recuerdo de otro tiempo, y los actantes que lo protagonizan: la poeta, el muchacho, y su amor en ese otro tiempo[5], en una civilización precolombina. El muchacho fue ritualmente sacrificado y ella, la poeta, asesinada. El viaje se ha transformado, así, en una conversación entre dos orillas, entre el pasado y la actualidad, entre el amor del joven y el amor sustentado en la voz de la poeta que establece una correspondencia entre la vida y de la muerte, y que se empieza a concretar en el poema Tarde lluviosa en las ruinas de Copán (28), con el que se cierra la primera parte del poemario.

            La llegada de la poeta a Chira junto a la impresión del Pacífico[6], con el calor y la pesadez agobiante de su atmósfera,[7] despiertan la anterior vida en común con el muchacho. Al poetizar, la mujer está nombrado, y al nombrar, la poeta se convierte en hacedora de universos, en diosa; crea el mundo mediante un proceso de poiesis que se plasma en el poema Mar de Chira: “Chira, tu vienes de ese lugar//donde sólo se sale, se nace//si unos labios desnudos te nombran” (39). En el poema El silencioso (57) la voz poética se plantea las formas en las que puede convocar al muchacho: “PUEDO elegir pensarte (…) puedo elegir leerte (…) puedo elegir amarte//como lo que fuiste, lo que eres,//enorme letanía silenciosa//entre mi sangre”. Pensar, leer, amar… son formas de poiesis, de creación, mediante la pronunciación del nombre se trae hasta esta realidad al ser convocado.
            Así, invoca al muchacho, y lo recrea. La tercera parte del poemario, Lo que vi en el agua (43), transcurre en la isla, donde la poeta lleva a cabo esa alquimia cuántica. Para ello, utiliza materiales atávicos como el viento, la piedra y el agua, también la fruta[8], con los que moldea un vórtice generador de vida capaz de comunicar una línea temporal, una conexión de un mundo, con el otro, la unión de pasado y presente, creando la conjunción de tiempos cuántica. Es lo que Montserrat Doucet titula en uno de sus poemas como Rostro sin tiempo (2014: 38), otra forma de definir esta atemporalidad que aglutina toda la temporalidad.
El problema que se presenta en el poemario de Montserrat Doucet, en este Mar de Chira cuántico, radica en cómo unir las líneas temporales, cómo conectar en un mismo espacio dos cuerpos para que se amen cuando uno de ellos habita en el pasado, tal y como concluye el poema Cálidos guijarros: “Desea un cuerpo que no existe” (27). Pero, obviamente, en un poemario cuántico, el cuerpo, como el gato de Schrödinger, está vivo y no-vivo a la par.
            Así que, convocado el muchacho, el agua será el elemento aglutinador, el agujero de gusano que ponga en conexión ambas líneas temporales. En el poema Lo que vi en el agua (48) se completa esta equiparación de la superficie del mar a un espejo, clave para traer al momento temporal poético y presente de Chira al muchacho. Este poema se complementa con el siguiente, Espejo (49): EN el espejo,//los ojos y los labios//de los amantes”. De esta manera, el agua del mar puede recuperar al muchacho de otro tiempo porque el espejo es una conexión entre dos mundos pero, también, mediante la invocación poética, una conexión entre los amantes.
La corporización del amante, al producirse mediante el mar, experimenta una metamorfosis con la propia isla de Chira, con la que se identifica su anatomía en el poema Las máscaras no mienten: “Así se muestra//la perfilada geografía de tu piel de isla:// beso de niebla//que refulge en el océano al amanecer” (50). El muchacho no solo ocupa ahora la misma línea temporal de la poeta sino que por un momento se apodera de su espacio geográfico asimilándose a la isla en una materialización completa del espacio-tiempo con tintes que alcanzan mucho más allá de lo cuántico, llegando a lo místico, me atrevería a decir que a lo galáctico, si se me permite ese adjetivo, dado que la aparición del muchacho a través de los mares tiene mucho de ese Big Bang inicial que generó nuestro universo según algunas teorías, dado que lo ha ocupado todo con su presencia expansiva, ocupando con su anatomía, incluso, la geografía del propio espacio de la isla. El muchacho ha atravesado por un agujero de gusano, desde un plano temporal a otro, de una línea temporal a otra, y aparece en ese otro mundo con una explosión invasiva que recuerda a un Big Bang cósmico.
            Abierto, así, el espejo de la correspondencia por la poesía, se ha producido la conexión en el mismo plano de ambas vidas, y empieza la cuarta parte del poemario, de significativo título, Deshielo (53). ¿Hielo en el trópico? Es el hielo que cubre las cumbres de los volcanes: hielo y fuego, lava y nieve. Deshielo, porque al fin, ambos amantes han abandonado lo pétreo de sus líneas temporales por donde deambulaban, como si fueran como aquel mamut atrapado en el frío de siglos, encontrado en un bloque de hielo y traído de vuelta a la actualidad.
            Juntos, así, lograrán pasar una noche de amor[9]: la cuarta parte del libro se inicia con el poema Muchacho de piel de piedra (55), una clave poética para entender lo que significa vivir un amor anclado a una vida pasada, pero que se ha corporizado en esa explosión geográfica a la que la poeta ya puede amar; un poema que despliega todos los motivos temáticos y simbólicos que articulan el poemario. De esa forma, el muchacho presenta algunas características geológicas: “Amplio es su cuerpo//como un río pleno en su deshielo//y huele a río//y posee la humedad redonda//de los cantos rodados”. Sin embargo, la voz poética no puede olvidar que ambos murieron en la otra línea temporal, de forma trágica, y que esta noche de amor también pasará, encontrando el sabor de las tumbas en el fondo de los besos dados a esas piedras que caracterizan al muchacho de la civilización precolombina, caracterizado por ese elemento fundamental que eran sus pirámides escalonadas de piedra: “pero besar la piedra es a veces//justificar tu propia lápida”.
            La poeta sabe que el agujero de gusano cuántico se volverá a cerrar en breve, y que el muchacho de piel de piedra deberá retornar a su existencia temporal. A la explosión o Big Bang generativo le seguirá una implosión omega, ese Big Crunch o gran colapso sideral que algunos expertos en cosmología aseguran que acabará por producirse en algún momento en nuestro propio universo. En el universo poético de Mar de Chira, tras la noche de amor, el muchacho se retira, con su particular Big Crunch, y cierra el agujero de gusano, replegando así el universo poético que se había generado para, después, regresar a las tumbas. Ese retorno en la poeta, a una especie de muerte en vida, se explicita con el abandono de la isla[10], que no es sino un regreso al momento presente, pero vestido de un fuerte anhelo de reencarnación.

            En el otro plano temporal, a la par, se produce el derrumbe de la cultura precolombina a la que pertenecía el muchacho[11] en el poema Llamada de un dios sin pies. Que esta hecatombe cultural y milenaria se produzca inmediatamente después de que en el plano presente la mujer haya conseguido estar con el muchacho de la piedra hace pensar en el elemento corrompedor de la civilización moderna sobre las culturas tradicionales precolombinas. El contacto de la protagonista ha sido determinante y venenoso para que, en el otro plano cuántico, a modo de efecto mariposa, una civilización completa se desmorone. Se cierra así esta “historia de amor cuántica”, o quizás “meta-cuántica”. Ebria de mar y poesía[12], sola de nuevo, entonces, la protagonista se metamorfosea en la propia voz de la autora, ensaya cierta poesía de la autoficción, y puede ya escribir su texto sobre Chira ensayada como un juego metaliterario, otra característica más de la literatura cuántica, dirigiéndose hacia una nueva reencarnación[13] que no sabemos si será un nuevo poemario…buscando un lugar en el mundo actual sin el muchacho de piedra,[14] tal vez obedeciendo a un impulso que es, como puede leerse en el poema Príncipe extraviado (34): “inexplicable como el tiempo”.
            El poemario ha puesto en pie lo que se define en el penúltimo poema, Chira (77), como un “círculo de verdad inexplicable”, una espiral, una forma geométrica cósmica que entronca con esas complejas realidades de la cuántica, con esos tratamientos del espacio y del tiempo en donde se puede existir en varios planos a la vez, incluso se puede vivir y morir a la vez, sin que podamos comprender la extraña certeza que esconde esta realidad. Y es este “círculo de verdad inexplicable” algo relacionado con la muerte y con la esperanza en la reencarnación, con el vivir muchas vidas a la vez y con un poemario que no es sino el recuerdo de todas esas vidas pasadas y del mar, y que en su último poema[15], a modo de corolario, sentencia: “Chira, te dibujo el vacío,//sólo tú puedes entenderme//Sola tú estás//donde duerme la noche”.
                 





[1] Presentación llevada a cabo el 12 de noviembre de 2014, en la biblioteca del Centro Cultural Isabel de Farnesio, en Aranjuez.
[2] Este gato, quebradero de cabeza para muchos estudiosos de la física cuántica, plantea una de las paradojas más controvertidas: la mecánica cuántica permite que, en determinadas condiciones, en un mismo instante, el gato –encerrado en una caja con un veneno radiactivo– permanezca vivo y muerto a un tiempo. La propuesta fue formulada en 1935 por el físico Erwin Schrödinger. En el poemario de Doucet, Mar de Chira, la arquitectura –un recurso tradicional en su poética, véase el título, por ejemplo, de su poemario Arquitectura entre los campos y otros poemas (San José, 2008)–, los espacios, están doblemente ocupados por los vivos y por los muertos como afirma, por ejemplo, en el verso inicial de “Alas abiertas”: “Estas casas que habitaron los muertos”(26). Sobre este plano temporal de los vivos, los muertos continúan desarrollando su línea existencial, ocupando el mismo espacio. Esta forma de ocupar dos mundos a la par, por ejemplo, se explicita, en la forma en que se imbrica la infancia rural de la voz poética con su otra infancia precolombina, simbolizada en una infancia de piedras, que puede leerse en el poema Verano, isla sitiada (36). Manzanas siempre verdes.
[3] No en vano, la primera parte del poemario se titula Travesía (19) y contiene un poema del mismo nombre en la página 22.
[4] Playa de la Ceyba, (21).
[5] De la estirpe de los ángeles (25).
[6] En Océano Pacífico (33).
[7] “EL cuerpo del aire vive aquí”, para definir esa bofetada climatológica que recibe el viajero, un golpe sofocante y denso cuando pisa las playas, por ejemplo, de la Costa Rica en su zona del Pacífico, o más concretamente del cantón de Puntarenas, por ceñirnos al contexto geográfico del poemario.
[8] Tradicionalmente, en el imaginario de la poeta, la fruta ha venido significando la muerte. Con el mismo valor simbólico se desvela en Mar de Chira; al haber sido trágicamente sacrificado el muchacho, y asesinada la voz protagonista, en el otro tiempo, en la pócima simbólica y lirica que construye la resurrección del muchacho y conecta las dos líneas temporales, no puede faltar, junto al viento, la arena, el agua del mar y la piedra, el elemento fúnebre que recuerda la verdadera naturaleza y origen de ambos amantes, significados en la fruta por su valor en la poesía de Doucet. En este poemario, las referencias a la fruta aparecen en algunos títulos de poemas, Fruto prohibido (23), La fruta del corazón (41), y también en imágenes que se asemejan, generalmente, con el corazón, como una fruta que se arrancó del pecho del muchacho cuando fue sacrificado, o que en su color, rojizo como el de las cerezas, recuerdan a “la sangrienta cosecha”  (46) de uno de esos holocaustos llevados a cabo por los pueblos precolombinos  –poema Sin verme–. El sacrificio del muchacho mediante el descorazonamiento es poetizado en Corazón de piedra verde (60): “La piedra generalmente guarda un corazón,//un sustraído corazón.//Un corazón de piedra verde”. La autora entabla así un diálogo metaliterario con una obra narrativa, colocando en una lanzadera comparativa externa su poemario junto a la novela de Salvador de Madariaga de mismo título, El corazón de piedra verde (Buenos Aires, 1943), en donde la narración se detiene extensamente en desarrollar la historia secundaria de un joven que será elegido para ser sacrificado, siendo tratado y agasajado como un rey o un dios, durante todo el periodo de tiempo que transcurre antes del sacrificio, que la propia víctima considera como un gran honor. Para la poeta, el hueco que ocupaba el corazón, una vez extraído, muestra su ausencia de una forma cósmica en el poema Mármol imposible (Doucet, 2014: 61): “ES una enorme cavidad de fuego//donde otrora cegaba el corazón”. Siguiendo el eje temático, la piedra ha dado paso al mármol, y el corazón ha dejado un agujero de fuego al estilo de la explosión de una supernova o la irradiación de un sol, en consonancia con ese Big Bang al que me referiré más abajo. Metaliteratura como elemento cuántico, Sobrescritura de palimpsesto, estructura fractálica que remite a textos mayores.
[9] Esa noche de amor culmina en el poema del libro cuyo título coincide con el de la cuarta parte: Deshielo (Doucet, 2014: 62). La poeta elige aquí, además, un recurso consistente en asociar palabras referentes al campo semántico del frío y del hielo, de la congelación, para poner en pie una relación amorosa tropical y tórrida que debería ser asaz calurosa. Evidentemente, ese frío que el amor desatado consigue deshelar, como la última palabra del poema concluye, es el frío de la muerte del que no pueden desprenderse ambos personajes, que están juntos por encima del tiempo y de sus propias y trágicas muertes pasadas, de un amor que entonces no pudieron disfrutar, y del que ahora gozan siempre con la presencia de ese escalofrío de fondo que les recuerda la tragedia. En este sentido, la protagonista de Mar de Chira, la voz poética o yo poético, y el muchacho, me recuerdan, en lo que tiene de amor fantasmal, doloroso e imposible, a la historia de Francesca y Paolo que aparece en el Canto V del Infierno de la Comedia de Dante (versos 73-142).
[10] El poema del abandono de la isla, Chira sin mi (Doucet, 2014: 63), con los versos que muestran el alejamiento de la isla: “EL catamarán, cremallera//que va abriendo y cerrando//posibilidades sobre tus aguas”, sutura, cose así el agujero que se había abierto sobre la superficie de las aguas por las que había accedido el muchacho. Se cicatriza el acceso al otro mundo cuántico, bloqueándose la conexión.
[11] Probablemente perteneciente al grupo indígena de los huetares.
[12] No en vano, la quinta y última parte del poemario se titula La ebria de mar (67).
[13] En Solo el instante (71), donde “el instante” es “sólo la vida”. Toda una vida es un instante, en una reflexión “meta-cuántica”.
[14] Un lugar en el mundo que se define en el poema Desdibujada orilla (75): “antes de encontrar la desdibujada//orilla que me acoja”.
[15] Donde duerme la noche (77).

martes, 29 de noviembre de 2016

Serie Malevich-Montserrat Doucet



            POESÍA QUE SE DESLIZA POR EL BORDE DE LA LUZ

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a la exposición, llevada a cabo en Aranjuez, su ciudad natal, de la Serie Malevich del pintor constructivista Julián Casado. Junto a la exposición se organizaron unas jornadas paralelas de conferencias y actividades promovidas por un grupo de mujeres que se han empeñado en que la obra de este notable artista no caiga en el olvido, que no se pierda o abandone Aranjuez. Entre ellas, destaca la poeta Montserrat Doucet, que ha puesto uno de los mayores esfuerzos para promocionar a Julián Casado. Mi visita a la muestra, que pude realizar en paralelo con lecturas de poemas de Doucet realizados para ilustrar la Serie Malevich, me alertó de que todavía no había reseñado un poemario tan bello como exigente, y que ya era momento de saldar esa deuda.
            Montserrat Doucet llevó a cabo, en 2013 y en la Editorial Doce Calles, su propia Serie Malevich poética, plasmada en un libro artesanal (montado a mano por la propia autora y con una tirada limitada a 150 ejemplares firmados por ella) tan gozoso como bello. Una joya literaria de una rareza magnética en donde a cada fotografía de cada cuadro le acompaña un poema. Un esfuerzo descomunal que cristaliza en una poesía fría, arquitectónica, de versos trazados con tiralíneas y atmósfera luminiscente.
            Era un gran desafío. Y tuve el privilegio de poder asistir en primera línea al proceso creativo y compositivo de estos veintiún poemas que acompañan a otros tantos cuadros seleccionados de la serie de 42 piezas del pintor de Aranjuez. Partiendo de una de las premisas fundamentales que emanan de las pinturas:

“Solo un instante
para abrir y cerrar
todo el espacio” ,

Montserrat destila su trabajo poético tomando de la mano las líneas fundamentales del pintor: luz, geometría y espacialidad:

“El verdadero espacio
Nace del corazón vertical de la luz”.

La obra de Casado se plantea en estos breves poemas como una batalla entre la oscuridad, que rellena todos los recovecos, y la luz que pugna por taparlos en una catarata de destellos:
           
“Lo oscuro, tal vez,
            emerge de la luz,
            no del espacio”.

            De esta confrontación nacen los cuadros que componen la Serie Malevich, y de esta crisis brotan, producto de una gran tensión por describir poéticamente, los versos de Montserrat en un ejercicio de desnudez lírica que cede todo el protagonismo a las extrañas sensaciones que transmiten las pinturas. De ahí el esfuerzo de la poeta por construir el artefacto poético desprovisto de las mayores metáforas posibles, casi sin imágenes, para que resulte un poemario directo y cerebral, pero eficaz, porque apunta directamente a la gélida impresión que los cuadros causan en el espectador. Un impacto que es producto de un tour de force entre las líneas y la gradación de la paleta de colores, un tour de force que se traslada a la poesía, en un combate entre la ausencia de imágenes elegida para acoplar la palabra y los breves poemas que se conciben como un todo, como una emanación mental que vuelca las telas en las páginas.
            

Esta batalla campal entre la forma pictórica y la forma poética lleva la sinestesia hasta un nivel hipnótico, un embrujo desasosegante que se significa en el libro de Montserrat Doucet. La autora combate con los versos, con las pinturas, y consigue burlar con éxito lo que denomina como las “inaccesibles trampas de luz”.
Ahora, lo realmente urgente es que Aranjuez encuentre un lugar para la exposición permanente de una obra fundamental como la Serie Malevich de Casado, que los oídos de quienes puedan hacer esto posible se muestren receptivos y, tal vez, embrujados por el poemario de Doucet que, como el pintor, ha querido “ser ya el espacio”.

Y es un deslumbrante espacio poético.  

jueves, 21 de julio de 2011

El invierno de la rosa -Montserrat Doucet-.





DUREZA DE ROSA AGUDA

Rosa ardiendo de luz ante el invierno, son un par de versos que muy bien resumen el espíritu y la calidad de El Invierno de la Rosa, uno de los mejores libros de Montserrat Doucet. Un poemario generoso (hasta cincuenta y ocho poemas he podido contar) que nos regala los sentidos como si fuera eso: una rosa.
En la obra prima por encima de todo una exquisita delicadeza: en la forma, en las figuras, en los sentimientos, dijérase que el mismo libro es tan frágil como una flor. Pero también tiene momentos duros, incluso algo desalentadores, punzantes como espinas de rosa. Y sangre, unas gotitas, tal vez, derramada por el corazón de la autora que late sin descanso por sus lugares amados: el campo, los paisajes, Aranjuez, los pueblos, el horizonte… porque Tiene el horizonte aspecto de pueblo.
Es todo el libro en sí una rosa, una rosa fresca aunque viva su invierno, una rosa fragante que no oculta, a la vuelta de sus pétalos, de sus versos, toda esa dureza de rosa aguda.
El Invierno de la Rosa se inscribe dentro de la producción del grupo de autores del Taller de Poesía y Narrativa Trascendentalista, grupo que se obstina en devolver la literatura a los lectores y los libros al lugar que se merecen entre el público –y que jamás debieron abandonar para convertirse en literahartura-. Es este Invierno una buena manera de conseguirlo, de que el lector, sin necesidad de ser un avezado degustador de poesía, se reconcilie con un género tan maltratado y que, a través de los sentidos de Montserrat Doucet, descubra que A veces el amor, rompe a patadas la puerta del alma o, como dice más adelante: La memoria es un arco curvándose en la espera.
Su autora nos regala un ramillete de poemas: Reclamación, Los Álamos, Atávico Viajero, Tabanera desde el cielo o Dolor de la luz… las mejores rosas que podemos prender en nuestro ojal, junto al corazón, porque las estrellas son túneles donde gira el alma. Y que no deje de girar…