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domingo, 22 de julio de 2012

Biografías del Terror-Laureano Albán


EL DEBER DEL LLANTO


No resulta sencillo escribir sobre el poeta costarricense Laureano Albán. Si uno dedica un poco de tiempo a mirar algunas reseñas críticas sobre su obra, fundamentalmente en internet porque en España –a pesar de los premios y el reconocimiento que ha obtenido en nuestro país- es bien dificultoso hallar textos sobre su poesía (apenas tres o cuatro), se descubre bien pronto que la personalidad del poeta eclipsa el juicio de los análisis. O bien se expresan desde la más rendida admiración o desde un búnker de aborrecimiento, cuando no de odio.

De esta manera, intentando no contagiarme del epíteto desmedido e injustificado o de la crítica vil y torticera, abordo estas Biografías del Terror, libro del año 1984, estremecedor por el tema tratado y de unas cotas líricas que alcanzan mucho más allá de una mera reivindicación política y que hacen saltar los goznes de la llamada poesía comprometida. Albán recupera a las víctimas con la palabra poética, las invoca para rescatarlas del olvido, y teje con ellas un conjunto de poemas que buscan hacer justicia con la memoria de los muertos. Nunca la poesía fue más justa que en estos poemas.

Albán da voz a los muertos, después de ahondar en sus terribles realidades gracias a la consulta de los informes de Amnistía Internacional; un trabajo de archivo que se plasma en esas voces, que muchas veces se expresan en los poemas bien lamentándose de su destino o dirigiéndose a los seres queridos que han dejado, brusca e incomprensiblemente arrebatados de ellos por los mecanismos del totalitarismo. La barbarie en Argentina, Chile y Uruguay ha deshumanizado a estos nombres, borrando lo que de hombres hay tras sus apellidos. Albán, rehumaniza a las víctimas acercando el foco, la lupa lírica, a los trabajos que poseían antes de la sangrienta represalia, como si esos trabajos fueran los que definen, en cierto modo, la naturaleza humana y sean, por ello, el motivo por el cual debe recordarse a quienes tan injustamente han sido tratados.

Un fotógrafo asesinado es poetizado en una composición que remeda los preparativos de un retrato, un albañil ve salpicado su poema con términos empleados en la construcción, un médico es autopsiado e, incluso, un español es insertado en una especie de paradoja histórica temporal, encontrando la muerte en el Nuevo Mundo a manos del régimen dictatorial de la misma forma en que la hallaron sus antepasados ante los indígenas.

Albán realiza un trabajo de memorias, que dignifica al asesinado con la repetición de su nombre y sitúa en una zona de oscuridad al verdugo, inutilizada su tarea execrable a fuerza de palabras y a golpe de versos en los que levanta a los muertos extraviados y los atrae al presente. En este sentido, fundamental es el poema que dedica a Juan Gelman, uno de los momentos más conmovedores del libro, y que parece compendiar en él todas las intenciones de Albán con las víctimas y su afán de recuperarlas.

El libro se mueve en términos de claridad-oscuridad, de luz-sombra, de ascenso-caída, polarizado con la vida y la muerte, y les puede parecer, a quienes no alcanzan a otear mucho más allá de sus narices hispanoamericanas, una suerte de victimario oportunista o un ejercicio propagandístico de bastarda denuncia del mal, incluso se podría caer en la tentación (de mano de la ignorancia) de calificar a Albán como a un poeta menor o un poeta de lo obvio (por el mero hecho de tratar de un tema tan común en las políticas latinoamericanas como es la muerte y la sangre).

Nada está más lejos de eso: cualquier crítica en ese sentido denota el profundo desconocimiento del autor y de su poesía o una inquina hacia su trabajo desde la bajeza. Simplemente, habría que dedicarle un instante al texto, a las Biografías del Terror, mirar sus versos con sinceridad, para encontrarse un libro que trasciende al tiempo, al dolor, y al sufrimiento de los siglos.  Pero suplicar sinceridad y limpieza, amplitud de miras, en cierto tipo de seres humanos, es una quimera, como bien demuestran las atrocidades que se contienen en el magnífico y sensible, pero duro y terrible a la par,  poemario de Laureano Albán.

El autor sitúa la función de la poesía comprometida en otro nivel: la dignifica alcanzando alturas de obra maestra, porque ante la miseria del hombre, ante la cortedad de miras, ante las críticas de los resentidos, ante los soberbios, ante los engreídos y, especialmente ante los inmorales, se sitúan frontalmente estas Biografías del Terror, y triunfan. Un poemario que abofetea las caras de los prejuiciosos, de los que hacen gala de una vileza tan sólo comparable a la enormidad de su soberbia encastillada en su ignorancia mayúscula.

jueves, 21 de julio de 2011

El invierno de la rosa -Montserrat Doucet-.





DUREZA DE ROSA AGUDA

Rosa ardiendo de luz ante el invierno, son un par de versos que muy bien resumen el espíritu y la calidad de El Invierno de la Rosa, uno de los mejores libros de Montserrat Doucet. Un poemario generoso (hasta cincuenta y ocho poemas he podido contar) que nos regala los sentidos como si fuera eso: una rosa.
En la obra prima por encima de todo una exquisita delicadeza: en la forma, en las figuras, en los sentimientos, dijérase que el mismo libro es tan frágil como una flor. Pero también tiene momentos duros, incluso algo desalentadores, punzantes como espinas de rosa. Y sangre, unas gotitas, tal vez, derramada por el corazón de la autora que late sin descanso por sus lugares amados: el campo, los paisajes, Aranjuez, los pueblos, el horizonte… porque Tiene el horizonte aspecto de pueblo.
Es todo el libro en sí una rosa, una rosa fresca aunque viva su invierno, una rosa fragante que no oculta, a la vuelta de sus pétalos, de sus versos, toda esa dureza de rosa aguda.
El Invierno de la Rosa se inscribe dentro de la producción del grupo de autores del Taller de Poesía y Narrativa Trascendentalista, grupo que se obstina en devolver la literatura a los lectores y los libros al lugar que se merecen entre el público –y que jamás debieron abandonar para convertirse en literahartura-. Es este Invierno una buena manera de conseguirlo, de que el lector, sin necesidad de ser un avezado degustador de poesía, se reconcilie con un género tan maltratado y que, a través de los sentidos de Montserrat Doucet, descubra que A veces el amor, rompe a patadas la puerta del alma o, como dice más adelante: La memoria es un arco curvándose en la espera.
Su autora nos regala un ramillete de poemas: Reclamación, Los Álamos, Atávico Viajero, Tabanera desde el cielo o Dolor de la luz… las mejores rosas que podemos prender en nuestro ojal, junto al corazón, porque las estrellas son túneles donde gira el alma. Y que no deje de girar…