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sábado, 2 de junio de 2018

Buenas noches, dulces sueños-Jiri Kratochvil



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/jiri-kratochvil-y-la-novela-del-realismo-magico-a-la-morava/


Jiří Kratochvil y la novela del realismo mágico a la morava

La literatura rumana está de moda en estos días de Feria del Libro en Madrid. Es el país invitado a la Feria y como ilustre embajador han traído a un escritor de relumbrón: Mircea Cărtărescu. Además, su última novela, publicada por Impedimenta, ha sido un enorme éxito. Me estoy refiriendo a Solenoide, de la que habla todo lector que se precie, mientras el espacio internauta se ha llenado de reseñas y referencias al libro, y el escritor, además, ha recibido hace poco el Premio Formentor a la totalidad de su obra. Sería una buena ocasión para hablar de algo de esto, pero en Achtung! somos diferentes, muy diferentes diría, y por lo tanto voy a dedicar mi columna de El Odradek de hoy a el escritor checo Jiří Kratochvil con motivo de una novela suya que acabo de terminar, Buenas noches, dulces sueños, que también edita Impedimenta.

Porque mucho antes de que la Feria del Libro de Madrid anunciara que Rumania era el país invitado, ya dedicamos esta columna de El Odradek a esa literatura. Puedes leerla en este enlace:
Y desde luego, me gustaría en algún momento poder hablar de Solenoide, pero de momento no ha caído todavía en mis manos. Espero hacerme con ella pronto. Mientras, tenía pendiente reseñar un libro de la misma editorial que publica a Mircea Cărtărescu, esta Impedimenta que ha llenado su catálogo de buen gusto y calidad, tal y como queda demostrado en la novela de Jiří Kratochvil a la que me refería antes: Buenas noches, dulces sueños.
A mí no me cabe ya ninguna duda de que Kratochvil es uno de los grandes autores checos del momento, a menudo comparado con Milan Kundera —algo que no termina de convencerme—, pero también con Günter Grass, y en esto sí que estoy completamente de acuerdo. Kratochvil desarrolla en sus obras, y en esta Buenas noches, dulces sueños, especialmente, un ambiente onírico y fabuloso que podría definirse como un tipo de realismo mágico centroeuropeo, a la checa, a la morava.
Sin lugar a duda, este tipo de fantasía albergada en la narración es una cualidad determinante para cierto tipo de narrativa de Mitteleuropa, y en concreto de la conocida como literatura de Praga, pero que también desarrolla Kratochvil en sus novelas, que abarcan un complejo universo alrededor de la ciudad de Brno.
 Esta ciudad, al final de la ocupación nazi durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, será el escenario de Buenas noches, dulces sueños. Y nunca mejor empleada la palabra escenario, porque Brno aparece caracterizada como un enorme teatrillo en el que cualquier cosa es posible, presentando una galería de personajes sorprendentes y sazonada de sucesos chocantes.
En este sentido disparatado, la novela comparte otras de esas características de la novela de Mitteleuropaa la que me refería antes: el humorismo, el esperpento y casi lo ridículo. Si os interesa descubrir o recordar algunas características determinantes de la novela centroeuropea, que sin duda posee la obra de Kratochvil, podéis leer esta columna de El Odradek en donde os hablé ampliamente de ello con motivo del análisis del ensayo de Jean-Pierre Cometti sobre Robert Musil y que ha publicado Ediciones del Subsuelo:
Lo primero que nos resulta chocante en la novela de Kratochvil es el tratamiento de la voz narrativa: alterna la tercera persona con la primera de una forma completamente heterodoxa, añadiendo, para mayor confusión de voces, la transcripción de una carta como soliloquio o monólogo a modo de capítulo final. Esta mezcla de perspectivas, esa focalización saltarina, que incluso incluye interpelaciones directas al lector, toma mucho de cierta tradición oral de la zona, tiene hechuras de balada heroica, de retazos tomados de la lírica popular.
Por eso, tal vez, la novela posee ese enorme componente mágico en donde cualquier cosa puede ocurrir: desde una funambulista ciega, una boda de enanos de circo en un tejadillo amenazado por los bombardeos, una gata que habla o un lago subterráneo…, entre otros muchos sucesos y personajes disparatados. Pero sin duda, la idea de un tiempo cero es una de las estrellas de la novela, y en gran parte la causa de ella.
Autorretrato de Repin.

El tiempo, en efecto, es uno de los grandes protagonistas, junto a un par de parejas. La odisea que afrontan estos cuatro personajes dura 24 horas, las 24 horas finales en las que manda ese denominado tiempo cero, ese:
“final del horror de la guerra, en el tiempo y espacio cero. Algo, dentro de su propia esencia, está rompiéndose, quebrándose durante estos días. Justo ahora nos encontramos en ese único e irrepetible instante que decidirá sobre el futuro de todas y cada una de las cosas. Y justo ahora se da también la oportunidad de participar en ello. Pero ese instante está limitado a unas pocas horas”.
Inmersos en esta premisa cuántica, las dos parejas protagonistas llevan a cabo su aventura limitada a esas horas escasas. Por un lado están Kosta y Kuba, un dúo chocante aglutinado alrededor de la pintura. Porque ambos son apasionados del arte, y en concreto de un cuadro del maestro realista Iliá Repin en el que aparecen unos cosacos —en efecto, Repin, el autor del estremecedor Los sirgadores del Volga, o del no menos tremendo Ivan el Terrible y su hijo—. Aunque no se determina exactamente el título del cuadro, ciertas características que se describen del mismo me llevan a pensar que se trata de los Cosacos de Zaporozhia escribiendo una carta al Sultán de Turquía, pintado entre 1880 y 1891, del que se conservan, además, diferentes variantes de esbozos al óleo (pueden contemplarse en el Museo Estatal Ruso de Alejandro III en San Petersburgo).

Ambos, Kosta y Kuba, emprenden una búsqueda con ribetes de absurdo, rastreando por la apocalíptica ciudad de Brno a un personaje que llaman Mr. Penicilin y que presuponen será un soldado americano que ha sido lanzado en paracaídas en algún bosque cercano con un montón de dosis de penicilina en su mochila, algo crucial para atender a la multitud de heridos que aguantan en improvisados hospitales, víctimas de las refriegas finales durante la retirada de los nazis y la llegada del Ejército Rojo.
Esta búsqueda los llevará a un recorrido por el absurdo, un disparate urbano que busca reflejar el caos de esos momentos de indecisión que separan la guerra de la paz. Comentaba el escritor Ángel García Galiano que durante una estancia en una jungla africana se percató de que todo el rugido selvático se quedaba en un silencio mortal por unos instantes, durante el momento que separaba el atardecer del anochecer, unos segundos suspendidos del ocaso antes de que estallaran los bramidos de los animales nocturnos.
Este tiempo cero de Brno por el que se mueven los protagonistas viene a significar algo parecido. Unas bestias en retirada, los nazis: un régimen concebido por y para la guerra, que dará paso a los soviéticos: esas bestias de la paz. En medio de ese tránsito, otra extraña pareja afronta su destino. Se tratan de Jindrich y una gata que habla, Kanka. La gata, regalo de una gitana misteriosa y demiúrgica, también adopta la figura de una especie de chupatintas burocrático, que el propio Jindrich bautiza como el Minotauro.
La gata alterna esas dos figuras con el objeto de preservar la vida de Jindrich, porque se antoja decisiva para el futuro humano, y más en concreto el hijo que dentro de muchos años tendría con la funambulista ciega. Pero Jindrich arrastra un grave problema que lo destroza y reconcome: no ha sido capaz de evitar que sus padres, dueños de una próspera fábrica, hayan sido gaseados en un campo de concentración. Esta carga convierte el cuento de hadas que nos narra Kratochvil en una pesadilla que saca a flote lo peor del ser humano, los comportamientos más abyectos producto de la guerra y el odio.
Jindrich, aquejado de ese mal del superviviente al que hacen referencia Primo Levi e Imre Kertész, entre otros supervivientes del Holocausto, no consigue superar la carga. El mal del superviviente se denomina vergüenza del superviviente, que una y otra vez se pregunta por los motivos que lo han salvado a él y condenado a otros, interrogándose por su comportamiento, por si hizo algo infame con objeto de salvarse, con la sensación imposible de aplacar de haber dejado en la estacada a quienes han muerto.

Por este motivo, Buenas noches, dulces sueños, es una novela que tiene mucho de terrible y desgarradora, a pesar de que la narración se nos envuelva en un mundo onírico con gotas de picaresca e incluso de absurdo —o quizás es así por eso mismo, para que tanto horror pueda ser digerido. En este sentido hay una conexión directa con El tambor de hojalata (Alfaguara) de Günter Grass.

n este sentido, los enanos, los elementos circenses, los fantoches…, todos ellos recuerdan a la nutrida galería de personajes grassiana, porque parece que, para ambos escritores, la mejor forma de plasmar el espanto de aquella guerra radica, precisamente, en convertirlo en una apoteosis de lo absurdo y de lo ridículo.
Algunos críticos entienden que esta forma de aproximarse a la desgracia de la contienda, a la brutalidad de la masacre, es una manera optimista de hacerlo. Discrepo en este punto, y la novela de Kratochvil, con su final desgraciado, viene a darme la razón, Exacerbar los elementos cómicos y paródicos todavía pone más al descubierto el nervio doloroso de la infamia humana, el hueso descarnado de la ignominia y, si bien es cierto que hacen más llevadera la exposición de miserias, después arrojan una gran amargura y tristeza al finalizar la lectura. Así nos ocurre al terminar la novela de Grass, como sucede al cerrar el volumen de Kratochvil.
Kratochvil y Grass comparten mundo onírico y esperpéntico en sus novelas:


in embargo, en este aspecto radica la grandeza de estas literaturas. En concreto, la novela deKratochvil nos cubre con un manto de amargura, algo que me parece totalmente comprensible porque yo soy de los que siempre ha entendido la literatura como un ejercicio de dolor. Y las verdades literarias que se albergan en Buenas noches, dulces sueños son tan poderosas, tan sinceras, que resultan determinantes para convertir a la novela en Gran Literatura.
Por supuesto, esta no es la única ni la primera novela de Kratochvil. Desde aquí quiero recomendar En mitad de la noche un canto o La promesa de Kamil Modráček (ambas en Impedimenta) esta última sobre otro tipo de terror, el estalinista —aunque tal vez se trate del mismo tipo de pavor, al fin y al cabo—, pero considero como la más sincera y dolorosa de todas ellas este Buenos días, dulces sueños que derrama sobre nosotros el embrujo de un realismo mágico que nos hipnotiza para, después, hacernos tragar con un embudo la barbarie y la sordidez humanas.
Al menos, ante tanto dolor nos queda un consuelo: esta enorme tristeza ha sido capaz de generar una novela magnífica.


martes, 21 de agosto de 2012

La broma-Milan Kundera


CRUELDAD INTOLERABLE


Es La broma, primera novela de Milan Kundera, un texto cruel, una historia devastada, terrible y dura.

Siempre vuelvo a Kundera, y he releído esta su ópera prima con mayor percepción de todo el odio y la furia que contiene, con esa percepción del odio y del aborrecimiento con el que, también a mí, me ha dotado el paso del tiempo: lo mismo que le ocurre a Ludvik, el protagonista, y realmente lo que le sucede a todos los personajes de este libro y, en general, a todos los personajes de Kundera en el resto de sus novelas; porque además de una buena novela, La broma se percibe como un ensayo general de tipos decepcionados y rabiosos, lo que será, finalmente, La insoportable levedad del ser.

Impera la crueldad, campa por todas y cada una de las páginas, de los párrafos y de las líneas de Kundera, que es un novelista, un retratista de la enorme crueldad que albergan las relaciones humanas, tan odiosas. La venganza, el recuerdo y la tiranía de los recuerdos, la justicia y la injusticia, los sentimientos egoístas que regulan las relaciones entre las personas, esos sentimientos que las acaban destruyendo, son los materiales que utiliza, se puede decir que analiza, el novelista. Y la gran broma de la Historia, que lo preside todo con un tono de burla descarnado.

Una broma a destiempo, en el peor de los tiempos, condena a Ludvik a una vida terrible: se ha mofado del sistema que impone esa felicidad obligatoria –esa que luego también condenará el novelista Norman Manea en la Rumania de Ceauşescu- y se ha mofado mentando a Trotski. Algo tan trivial se convierte en su destino: Ludvik será borrado del Partido Comunista, despedido de su puesto en la Universidad, integrado en una unidad militar de renegados como amenaza sociales, obligado a trabajar en las minas… siempre con la idea de la venganza –una venganza- sobre aquél que con su voto, su proposición, su brazo elevado, lo eliminó de la sociedad. Y esa venganza será sexual.

La sexualidad, las relaciones sexuales, la dimensión que toma la posesión y el coito en sí mismo (otro de los temas recurrentes de Kundera) y la significación que este acto posee y cómo se integra en la vida de cada uno como una pieza de un puzle, le permite al autor elaborar toda una serie de variantes relacionadas con ello: el sexo como condena, como venganza, el sexo redentor, el sexo como liberación (aunque en este texto, todavía, no se presenta claramente el asunto sexual como una vía de escape al totalitarismo al estilo de lo que plantea Esterházy en su Pequeña pornografía húngara).

Es La broma una novela cruel, brutal, como brutal y cruel es la sociedad de la que emana, el sistema que forjó hombres brutales y crueles engañados con promesas de paraísos y que vivían en el infierno. Kundera estira las naturalezas de sus personajes como si fueran de goma, da alguna vuelta de tuerca ciertamente insostenible, apuntaladas en esa serendipia, en ese cosmos de casualidades y causalidades que serán tan recurrentes en sus obras posteriores. Las vidas de los condenados al odio (no son más que eso los personajes de La broma, legión de condenados a odiar y odiarse) se entrelazan con guiños más o menos ocurrentes, algo cansados y forzados a veces, todo ello tamizado de ciertas reflexiones plomizas sobre la música popular o las tradiciones moravas que, después, un Kundera mucho más sobrio y certero en sus reflexiones, irá aliviando y podando en el resto de sus textos.

La broma es el primer ladrillo de una obra, de una construcción literaria que realizará Kundera, de un monumento a lo terrible del hombre cuando se comporta como tal: como hombre.

Es, entonces, con salvaje despliegue de odios, resentimientos, envidias y venganzas, de miserias sexuales y humillaciones, cuando se muestra en todo su esplendor el hombre y, por supuesto, también el novelista.

La obra es un adelanto de una teoría general de las relaciones humanas que tan sólo resulta aquí apuntada. Un discurso amargo, desengañado, ahíto de venganzas mal acabadas y de frustraciones. Un compendio de humillaciones que refleja toda la bajeza del hombre y la infamia de todo un sistema político e histórico. 


viernes, 6 de julio de 2012

Cuentos de la Malá Strana -Jan Neruda-.


COSTUMBRISMO CENTRO EUROPEO

Son estos cuentos de la Malá Strana un retrato de costumbres, un cuadro que muy bien podrían haber firmado algunos de los más rancios escritores costumbristas hispanos, incluso con sus olores a puchero y potaje de garbanzos. Quiero decir con ello que, si bien a Jan Neruda hay que reconocerle el inmenso mérito de que todo él aparece en autores posteriores de una talla descomunal como los Kafka, Werfel, Urzidil, Hrabal, Hirsch o Seifert, que todos ellos, en algún momento, reflejaron cuadros de costumbres de la Praga urbana o del campo checo, si bien Neruda influye en todos estos autores, sus cuentos, al menos los que aparecen en este volumen de la Malá Strana, son bastante desvaídos.

Quizás, a ello contribuyan los posteriores autores que he mencionado, con sus nuevas miradas y un brillo distinto, puesto que en las páginas de Seifert sobre Praga se encuentra una belleza que ni de lejos alcanza Neruda a acariciar. En las crónicas periodísticas-policiales de Hirsch subyace un atractivo misterioso y nocturno que no está presente en los cuentos de la Malá Strana. Y qué decir de Werfell, Kafka, Hrabal y, sobre todo, Urzidil, con miradas mucho más agudas atravesadas de humor ácido e ironía en sus composiciones y que son verdaderos monumentos literarios a la ciudad de Praga.

Por su parte, Neruda, pues hace lo que puede. Anclado en un costumbrismo ciertamente oxidado y con unas raíces en lo decimonónico, hace desfilar ante el lector unos personajillos que son como los autómatas del reloj astronómico de la Plaza Mayor de Praga: sin vida, como movidos por resortes, imbricados en lo que sería una crónica decadente del Imperio Austro-húngaro salpicada de alguna humorada pasadísima de moda. Demasiada naftalina, pues, entre las calles de la Malá Strana de estos cuentos, que no resisten el paso del tiempo.

Caseros, vecinos, mendigos, militares, funcionarios, pequeños comerciantes, una suerte de tipos retratados con leve ironía, pero en absoluto de una forma magistral –tal y cómo se nos intenta recuperar a Neruda actualmente- en narraciones desmayadas, a menudo rematadas con dificultad o mal rematadas, cuando no excesivamente largas y cansadas (como el relato que cierra el volumen, esos fragmentos de un idilio encontrados entre los apuntes de un aspirante a la abogacía). Los personajes que recorren las calles de Praga son pintorescos, desde luego, y en la ciudad, en el corazón de la ciudad, no cabe duda de que se encuentra un jugoso material literario que Neruda no consigue explotar. Pica en la veta, pero apenas descubre un poco de ese mineral rico y luminoso, se detiene, como dejando marcado el lugar en donde deberán horadar otros, más adelante. En ese sentido, sí que hay que reconocerle, pues, su mérito al autor. Pero sólo en ese sentido. Que luego un poeta tan terrible como Neftalí Reyes decidiera tomar su apellido para perpetrar algunos de los peores versos de la historia de la poesía, eso, ya no es culpa de Jan Neruda.

Unos textos que serán importantes por su proyección en otros literatos posteriores, porque no sabemos que tendríamos de Hrabal o de Klíma sin Jan Neruda. Asienta un género propio como lo será el relato de Praga.
           

jueves, 3 de noviembre de 2011

Amor y basura -Ivan Klíma-.



SINFONÍA DEL ESTADO EN DESCOMPOSICIÓN

Ivan Klíma refleja de una forma descorazonadora la impotencia existencial y social que el régimen produce en sus ciudadanos: ese es uno de los hilos conductores de Amor y basura, novela que podría denominarse como una narración lírica, y que presenta un curioso tapiz compositivo, con un puñado de asuntos que aparecen continuamente dentro de la narración, leitmotivs que construyen una estructura reiterativa. Así, salta de un párrafo a otro sin aparente solución de continuidad, mezcla acciones de forma repentina, sin cambios, y provoca cierto despiste y bastante estupefacción en el lector con una especie de sinfonía de toques amargos. El libro se divide en cinco partes, pero eso resulta totalmente caprichoso, porque muy bien podría aparecer sin esas divisiones, o que fueran diferentes, ya que prácticamente no separan nada, ni acotan, ni dotan de un ritmo temporal o espacial a la obra. Estas partes, insertadas en el discurso global, se asemejan a movimientos, repletas de leitmotivs que las articulan. Amor y basura: novela lírica en cinco movimientos; esa podría ser una definición.

De las formas que hay de denunciar los totalitarismos, adoptar la forma de un diario es una de ellas. Klíma escribe sus reflexiones personales como escritor que ha sido censurado y que para ganarse la vida debe probar con diferentes oficios variopintos (enfermero, tipógrafo, conductor de ambulancias) y en este caso se nos presenta como basurero en la ciudad de Praga: refleja un régimen burocrático y moribundo que aplasta al individuo y combate la individualidad en cualquier forma y expresión. El autor, internado durante la invasión nazi en el campo de Terezín, muy pronto plantea algunos dilemas fundamentales de difícil solución, relacionados con totalitarismo, individualidad y aplastamiento, entre los que destaca uno de especial interés: la indignidad del superviviente, un problema en el que ya han indagado Primo Levi e Imre Kertész, entre otros. Para el autor rumano Norman Manea, la literatura se le presenta como una forma de reconciliarse, de recuperar su lengua, de abandonar el extrañamiento. Para Klíma, la literatura, la escritura, son actividades que lo reviven. Y con ello consigue superar la indignidad del superviviente. Y aún así, pese a la compleja perplejidad del indigno superviviente, Klíma se entrega a la denuncia, deslizada en el interior de una novela de relaciones, de amantes y adulterios, de amor, al fin y al cabo, ya que el libro contiene una herencia de cierto tipo de literatura tradicional, de temas comunes y habituales a lo que se denomina literatura de Praga, con raíces ancladas en los motivos que caracterizan un estilo peculiar, particularmente centroeuropeo.

Klíma arranca su Amor y basura con la llegada a un vestuario donde el ser pensante, seducido por la individualidad, va a reintegrarse al pensamiento único al formar parte de una brigada de basureros. Es decir, ser basurero para colocarse en la alienación, escapar, así, de las voces que lo hacen ser consciente de la situación y de la realidad. Para colocarse entre ellos, entre la brigada de limpieza, lo primero que necesita es un uniforme que acalle su individualidad y lo sumerja en un colectivo: el chaleco naranja. El vestuario, así, se antoja, dentro del asunto del uniforme, como un lugar de gran importancia, por ser el primero en donde la persona muda de piel y aplaca sus deseos de vida al margen de lo absoluto. El protagonista, que mantiene una relación adúltera, que es un escritor prohibido, que publica de forma clandestina, un completo húligan, aspira a descubrir en el mono naranja de basurero toda una nueva hermenéutica que lo redima con esa sociedad en la que su presencia resulta tan incómoda. Un uniforme para sentirse nuevo e integrado, como un capirote procesional, una máscara carnavalesca o un uniforme repleto de heroicos entorchados. De hecho, integrarse en la brigada de limpieza ya es como pertenecer a un ejército en miniatura, un ejército de color naranja con sus jerarquías que reproducen, fielmente, los gigantescos estratos del Estado.

Esta teoría general del uniforme presenta un aspecto de suma importancia: los llamados uniformes verbales, el ya bautizado por Norman Manea como lenguaje de madera, un lenguaje oficial o totalitario con el cual cimentar las consignas: los disparates que se emiten en dirección del Estado al ciudadano para adoctrinar, y que cuajan en el ciudadano como una especie de anestesia ante el horror. En este sentido, encontramos un análisis retórico decisivo en Arthur Koestler y en su definitoria novela El cero y el infinito, con el subtítulo tan significativo de la ficción gramatical. Un constructo estatalizado del lenguaje, al que Klíma denomina yerkish, en uno de los grandes hallazgos de la novela: “Hace poco leí en un periódico estadounidense la alentadora noticia de que catorce subnormales profundos e incapacitados para el lenguaje habían aprendido yerkish. Éste es el nombre que recibe un lenguaje de doscientas veinticinco palabras desarrollado en Atlanta para la comunicación entre personas y chimpancés (…) Inmediatamente se me ocurrió que por fin habían encontrado una lengua en la que podía expresarse el espíritu de nuestro tiempo (…) que sería la lengua del futuro”. Ha nacido así una literatura yerkish, que es la maldad del sistema en su totalidad, que va penetrando, calando hondo, intoxicando, inficionando, como ocurre con El palacio de los sueños de Ismaíl Kadaré y la insidiosa actividad que allí se realiza.

Entonces, el lector empieza a reflexionar acerca del título, de ese Amor y basura, más concretamente de ese término: basura, y de lo que con ello se nos quiere realmente transmitir… ¿es la basura el lenguaje corrompido?, ¿acaso el propio sistema político?, ¿qué debe esforzarse por limpiar el narrador? Y la pregunta más importante: ¿por qué la basura? La basura es omnipresente, se apodera de todo, todo lo posee, lo controla, lo ocupa. Como el Gran Hermano orwelliano. Y como el Gran Hermano, el Estado totalitario se obsesiona por ocultar y manipular la Historia, presente y pasado; para ello, el nuevo lenguaje es un arma de poderío: “Ya llegan los basureros yerkish (…) borrando todos los recuerdos del pasado, todo lo que fue elevado y sublime en otros tiempos. Y cuando se plantan con deleite en un lugar que les parece debidamente higienizado, llaman a alguno de sus artistas yerkish y éste les erige un monumento al olvido (…) desprovisto de espíritu y alma, pero que el poder oficial presenta como el rostro de un artista, de un pensador, de un científico o de un héroe nacional”. Basureros del lenguaje, que con sus términos amaderados limpian y barren hasta el olvido. He aquí el porqué, una de las explicaciones a la basura.

Klíma ha reflexionado a lo largo de esta novela, de este diario, y ha concluido que debe continuar su camino por el huliganismo, que ser un inadaptado, un outsider, es necesario siendo escritor. Debe abandonar la integración yerkish y, por ello, decide abandonar la brigada de basureros y, lo más importante y definitorio: el chalequillo del uniforme. La fuerza unificadora y alienadora del uniforme no ha podido imponerse al escritor, superviviente, la persona, al fin y a la postre, el individuo. Las cosas están claras: hay que presentar batalla; debe presentar batalla. Los que prefieren la alienación yerkish seguirán embutiéndose en el uniforme con cada amanecer. Por ello, Klíma se decide a escribir Amor y basura: “Voy a escribir una novela en la que el protagonista barra con todo aquel que encuentre en su camino hacia la felicidad y la satisfacción. Y barrerá y barrerá mientras otro no le barra a él y lo quite de en medio. Si es suficientemente resuelto, hostil, decidido, despiadado y a la vez cauteloso, no tiene por qué darse tal eventualidad; sólo barrerá la propia muerte”.

Excelente libro, brillante narración, pleno de sufrimiento y sensibilidad, un mordisco al corazón humano, pero también a la historia, a la política y a todos esos constructos absurdos y sociales que nos martirizan. Kafka late por debajo de cada línea, Koestler respira en los párrafos, Orwell está presente, y de la amalgama se yergue Klíma: poderoso y delicado, inolvidable.