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martes, 4 de junio de 2019

No habrá muerte. Letras del gulag y el nazismo. De Boris Pasternak a Imre Kertész-Toni Montesinos



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/no-habra-muerte-de-toni-montesinos-comunismo-nazismo-y-victimas/


No habrá muerte, de Toni Montesinos. Comunismo, nazismo y víctimas.




Dos intenciones fundamentales se encuentran en el interior del libro de Toni Montesinos que ha publicado la editorial Fórcola, el ensayo No habrá muerte. Letras del gulag y el nazismo. De Boris Pasternak a Imre Kertész. En primer lugar, y se desprende del título, ese “no habrá muerte” tomado de una cita del Doctor Zhivago de Pasternak que, a su vez, se refiere a una frase de San Juan Evangelista. En efecto, no hay muerte si se recuerda a las víctimas, si mencionándolas se las convoca al presente y, con ello, se las mantiene con vida. La segunda intención del texto es mostrarnos como se hicieron eco los escritores, como dieron testimonio de la brutalidad del siglo XX, marcado por dos ideologías que se asentaron en el crimen de Estado y el asesinato masivo. El resultado es un repaso por testimonios y libros que, con la impronta de sus palabras, han sabido mantener con vida el espíritu de quienes sufrieron y murieron a manos de aquellas políticas criminales.

Pero lo primero es lo primero. Tengo que empezar admirándome por la capacidad creativa, repleta de calidad, del autor. Toni Montesinos ha firmado, desde la primera crítica que le hice aquí en Achtung!, la del libro publicado por Ediciones del SubsueloEscribir. Leer. Vivir. Goethe. Tolstói. Mann. Zweig y Kafka, un total de ocho libros, tan solo entre 2017 y 2019.
Así, al mencionado libro de Ediciones del Subsuelo, de 2017, y a La soledad del tirador, novela (2017, El desvelo ediciones), hay que añadir un ensayo sobre ThoreauEl triunfo de los principios. Como vivir con Thoreau (2018, Ariel), La ocasión fugaz ensayos sobre poesía española e hispanoamericana (2018, Calambur), Una huida imposible. California y sus escribidores (2018, La línea del horizonte), El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (2018, Ápeiron ediciones), la novela El fantasma de la verdad (2018, El desvelo ediciones) y la reciente biografía El Dios más poderoso. Vida de Walt Whitman (2019, Ariel). Y es posible que me deje algo en el tintero.
Aquí, en Achtung!, hemos atendido a este apabullante ejercicio de creatividad hablando de tres de sus obras, de las que os dejo a continuación los enlaces correspondientes:


http://www.achtungmag.com/toni-montesinos-y-el-suicidio-morir-como-un-asunto-literario-y-filosofico/

Una vez remarcado y resaltado semejante esfuerzo editorial en un país en donde publicar es llorar y las cosas no son siempre sencillas, lo que dota a esta actividad montesiniana de un heroísmo ciertamente notable, es momento de ocuparnos de No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo.
De los libros enumerados anteriormente, tal vez sea este con el que más me identifique, a causa de los estudios que he realizado sobre la materia; en concreto, para escribir mi novela El vaso canope, invertí ocho años de investigaciones sobre el nazismo y el comunismo que me sirvieron para, después, utilizar en otras novelas la monumental pila de información que recopilé.


Todo lo que he escrito desde entonces lleva esta impronta, se alimenta de muchas de las fuentes bibliográficas y literarias que menciona Montesinos. Y no las menciona por mencionar, igual que no ha escrito ninguno de sus libros anteriores a la ligera. A pesar de la macro producción de este autor, sus textos son sobrios, rigurosos, empapados de estudio, claros, directos y, sobre todo, tremendamente útiles y entretenidos.
Por eso, los libros que cita Toni Montesinos en No habrá muerte, los conozco bien, y puedo asegurar de su importancia y su pertinencia. De esa forma, el autor compone un ensayo que toca muy dentro del lector. Esa es una de sus grandes virtudes, pero tiene otras, desde luego.
Al principio de esta crítica me refería a las dos intenciones del ensayo que recorren el texto como un río poderoso: una de ellas es ese fuero para traer de vuelta, reponer a las víctimas, recordándolas de una u otra forma, a menudo comentando los libros que escribieron antes de morir o ser represaliadas, gracias a esa función reparadora y al poder de convocación que posee la literatura.
Con No habrá muerteMontesinos convierte en inmortales a prisioneros del gulag como Yuri Dombrovski, al hablarnos de la novela La facultad de las cosas inútiles (Sexto Piso), o de quienes sufrieron la represión y la violencia de ambos sistemas totalitarios, el estalinismo y el nazismo, aunque no necesariamente murieran como consecuencia de esos sufrimientos.

Como el propio Dombrovski, que sobrevivió al gulag, Montesinos atiende a otros libros de testimonios espeluznantes, desde Sin destino (El acantilado) del Premio Nobel Imre Kertész, pasando por el resistente polaco Jan Karski y su increíblemente heroica y peligrosa peripecia en el libro Historia de un Estado clandestino (El acantilado), o el novelista Heinz Rein con Final en Berlín (Sexto Piso).
Otros que menciona y de quienes habla Montesinos en su ensayo, no tuvieron tanta suerte. Tal es el caso de la archiconocida Ana Frank o de Petr Ginz con su Diario de Praga (1941-1942) El acantilado—, que desde el campo de transito de Terezín acabó en Auschwitz, donde fue asesinado en 1944; otra de estas víctimas ya inmortales, gracias a libros como el de Toni Montesinos, es Janusz Korczak, pediatra, que reflejó el inmenso sufrimiento al que fue sometido en su Diario del gueto y otros escritos (Seix Barral). Korczak fue asesinado en Treblinka en 1942.
Janusz Korczak .

Janusz Korczak puso en marcha un orfanato, El hogar de los huérfanos, en Varsovia. Cuando los nazis decidieron liquidar el gueto y enviar a todos los niños a Campos de Exterminio, Korczak se puso al frente de ellos y los acompañó hasta la muerte. Un ejemplo muy parecido al de la hermana de Kafka, que como voluntaria, en un gesto de heroísmo y entrega, acompañó a un grupo de niños en su viaje hasta Auschwitz. Dos días después de haber llegado al campo todos fueron exterminados.
Dos monumentos a la inmensa labor de Janusz Korczak en Varsovia:


Puedes leer una recreación literaria de este suceso, como parte de mi novela Kafkarama, y que escribí hace años, en este enlace:
Ottla Kafka y en la foto derecha con sus hermanas Elli y Valli, ambas asesinadas en el campo de Chelmno:


Ahora, necesito detenerme por instante en la historia de Petr Ginz, porque posee una serie de momentos tan espeluznantes como emocionantes. Ginz, a cuyo Diario de Praga me he referido antes, tenía 16 años cuando lo asesinaron en Auschwitz. Este joven desbordaba talento, escribía con gran facilidad poesía, ensayos, e incluso puso en marcha una revista clandestina juvenil durante su estancia en Terezín.

Además, Ginz dibujaba muy bien, y algunos dibujos suyos están en la colección del archivo de Yad Vashem, como esta pintura, Botes, realizada en Terezín:


Un dibujo suyo, una visión de la Tierra desde la Luna, se hizo muy conocido. Tanto, que el astronauta Ilan Ramón, primer astronauta israelita de la historia, decidió llevar este dibujo de Ginz, convertido ya en todo un símbolo del Holocausto. La intención del astronauta era rendir con ese dibujo un homenaje a las víctimas de la Shoah, su madre entre ellas, pero al regreso de la misión, el 1 de febrero de 2003, el Columbia se desintegró en su entrada en la atmósfera sobre Texas Luisiana.


Este drama, sin embargo, fue determinante para conocer la obra de Ginz. Una persona que veía el televisor en el momento del desastre del Columbia relacionó el dibujo de Ginz al que se referían, con unos papeles que habían llegado hasta él hacía tiempo y de manera accidental; los mantenía en un cajón en su escritorio. Así, se descubrió el Diario de Praga del muchacho, tal y como nos lo relata Montesinos en su libro.
El astronauta de Israel y la insignia que recuerda la misión con el nombre de todos los que murieron:


Por eso, la capacidad de la literatura, el escribir sobre todas estas personas, hace que vuelvan a estar vivas. Esta es, seguro, la principal cualidad del trabajo de Montesinos. Me he referido en muchas ocasiones, y en muchos artículos, a esta capacidad redentora, reparadora y resucitadora de la literatura, pero creo que la mejor forma de comprender el asunto en toda su dimensión es leyendo la crítica que realicé al impactante y magistral poemario de Juan Carlos MestreMuseo de la clase obrera(Calambur) aquí en Achtung!. Os dejo enlace por si os interesa:
La segunda intención de Toni Montesinos, al ofrecernos un compendio de la manera en la que los escritores se hicieron eco de las matanzas y la represión bi-totalitaria (nazismo y comunismo) viene obligatoriamente aparejada a la presentación de un completo corpus documental.
El malogrado Petr Ginz.
En este sentido, los intelectuales bajo el estalinismo fueron diezmados sistemáticamente, sin ningún respeto por el calado de sus obras o el valor de sus composiciones. El libro de Montesinos se divide en dos partes bien definidas. Una primera, dedicada al comunismo y el gulag, y una segunda centrada en el nazismo y los Campos de Exterminio.
En la mitad, y a modo de bisagra o de puerta giratoria que comunica el espanto de Kolimá con el horror de Auschwitz, nos ofrece un pequeño interludio de tres capítulos sobre la forma en que algunos escritores no quisieron denunciar las atrocidades del comunismo, o las numerosas formas en que HitlerStalin han aparecido en los libros, ya sea ficcionalmente o de manera histórica.
Dos sellos que conmemoran a Petr Ginz y a Janusz Korczak:


Es en este interludio donde me ha sorprendido mucho encontrarme con una referencia bien curiosa que Montesinos menciona al respecto del libro de Florian Illies1913. Un año hace cien años(Salamandra), publicado en 2012 y en el que afirma:
En los primeros meses de 1913, por un breve tiempo, en Viena coincidieron Stalin, Hitler y Tito, los dos mayores tiranos del siglo XX y uno de los peores dictadores”.
El libro de Illies, una especie de collage histórico compuesto de muchas estampas del siglo XX y en donde los protagonistas son Thomas MannKafkaRilkeJoyce, y otros personajes descollantes del momento, recuerda poderosamente a una novela editada en 2003 y que lleva por título Los pequeños caballos azules. En ella, además de aparecer Kafka, y otros intelectuales del momento, aparece un capítulo en que coinciden Stalin y Hitler en Viena, en concreto en la Plaza de la Catedral de San Esteban.
Perdonadme la inmodestia de convocarme aquí, sé que no debería, esta feo, pero el autor de Los pequeños caballos azules soy yo. Y os dejo un enlace a ese capítulo en el que Stalin y Hitler coinciden en Viena:
También, en la obra de Illies, serán KafkaJoyce y Musil quienes compartan un café en Trieste, tal vez de una manera que ya aparece en mi novela Kafkarama, del año 2008:
Me disculpo, y espero que sepáis perdonar mi impertinencia, pero me parecía justo destacar que, en España, alguien hizo lo mismo que Illies, que se fijó en los mismos aspectos, entre nueve y cuatro años antes… Es el poder de la serendipia. Sé que podéis perdonarme. No lo haré más.

Vuelvo a Montesinos, que nos ofrece en la primera parte de su ensayo un compendio de escritores represaliados por el estalinismo y enviados a los gulags. En primer lugar, y creo que vuelvo a meterme en camisa de once varas, como antes con lo de Illies, hoy estoy combativo, me agrada mucho comprobar lo claro que lo tiene Montesinos en relación al comunismo: es una ideología tan criminal como el nazismo.
Y sé que aquí no se trata de un “y tú más”, sino de reparar a las víctimas de los dos bandos, pero recuerdo que una vez, durante una entrevista que me realizó David Felipe Arránz para Radio Círculo, y su coloquio posterior, uno de sus contertulios manifestó una diferencia fundamental entre ambas ideologías mortales. Aseveró que
el comunismo se alimentaba y fundamentaba en bellos valores de justicia y confraternización”.
Después, admitió, algo a regañadientes, que la idea se había desviado un poco (en ese desvío camuflaba los millones de muertos en Ucrania por la hambruna desatada por Stalin o las decenas de miles de enviados al gulag siendo completamente inocentes, o las condenas a muerte sumarísimas, o las purgas…).
Este es uno de los asuntos que me agradan, y mucho, del ensayo de Montesinos. Desde el inicio va directo al grano: en sus orígenes, el comunismo concebido por Lenin, era ya una ideología de Estado totalitario que pensaba asentarse sobre la matanza y el exterminio. Decía Lenin que:
Has de pegar a la gente en la cabeza sin piedad alguna”.
Y añade Toni Montesinos:
Y a fe que lo hizo, mediante una dictadura represiva, marcada por la censura de prensa, la abolición de las libertades políticas y la tortura y el asesinato a todo el considerado adversario del Estado”.
Así que, desde el inicio del ensayo tenemos una equiparación muy necesaria en los tiempos que corren. LeninStalin, y sus conmilitones comunistas son tan criminales como Hitler y los suyos, algo que, por lo visto, y tristemente, conviene recordar. Ya lo afirmaba Cesar Vidal en su estremecedor Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (Libroslibres), al asegurar que, de haber triunfado los republicanos en la Guerra Civil española, se hubieran puesto en marcha los planes de Stalin para España: el extermino completo de la clase burguesa.

Con todo ello, no defiendo, nada más lejos de mi intención, a Franco o a Hitler, estaría loco, solo me hago eco de escritores e intelectuales, que tienen muy claras las realidades de la Historia, esas que conviene no olvidar por culpa de intereses bastardos. Tal y como afirma Montesinos, y en relación a cuando me refería a los intelectuales que defendieron el sistema soviético:
Intelectuales de renombre internacional dieron pábulo a esa visión, como el Bertrand Russel que aseguró que ˂˂la Revolución rusa es uno de los grandes acontecimientos heroicos de la historia del mundo˃˃ (…) La Revolución rusa había cambiado a un tirano por otro, y en el renacido país se prohibía hablar y escribir libremente, de modo que los escritores estaban obligados a realizar una ocupación de riesgo a no ser que se doblegaran frente a los intereses, tabúes y órdenes bolcheviques y, en última instancia, soviéticas”.
Así que, una vez establecida la maldad en las raíces de ambos sistemas, comunismo y nazismo, Montesinos puede dedicarse a reparar las injusticias llevadas a cabo con las víctimas de ambos estados. En la parte comunista del libro se aborda lo que se denomina como “la tragedia de ser escritor”, de ser escritor en el seno de ese sistema asesino desquiciado. SolzhenitsynBrodskyMandelstamBábel,PlatónovBulgákovPasternakAjmátova o TsvietáievaShalámov, serán solo algunos de los damnificados por un sistema en el que:
entre los años 1921 y 1953 se masacraría la vida de entre veinte y treinta millones de personas en casi quinientos campos (…) El gulag es el programa de asesinatos más largo financiado con fondos del Estado”.
Es, por todo esto, No habrá muerte, un libro utilísimo para reflexionar sobre aquellas sombras del pasado que se ciernen y oscurecen nuestro presente y que opacan la idea de futuro. Hay que conocer la Historia, y si es mediante aquellos que escribieron sobre ella, testigos directos del dolor y la masacre, mucho mejor.
De esa forma, se consigue lo que obtiene el ensayo de Toni Montesinos: aprendemos y se nos muestra una realidad que hay que tener en cuenta y, con ello, incluida nuestra lectura, damos nueva vida a las voces que denunciaron la infamia, y resucitamos en este nuestro presente a las víctimas. Es lo menos que podemos hacer por ellas. Y Montesinos lo ha llevado a cabo con extraordinaria generosidad.

sábado, 11 de mayo de 2019

El gran impaciente: Suicidio literario y filosófico-Toni Montesinos



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/toni-montesinos-y-el-suicidio-morir-como-un-asunto-literario-y-filosofico/


Toni Montesinos y el suicidio: morir como un asunto literario y filosófico

No es algo extraño, ni nuevo, admitir que el suicidio en la literatura es un elemento demasiado presente y común. Acabar voluntariamente con la vida ha sido un recurso utilizado por la intelectualidad desde los tiempos clásicos, aquellos del saber grecorromano. Y para qué vamos a engañarnos, a muchos nos ha interesado el misterio que se alberga en esta solución, o salida, o como queramos llamarlo, de anticipar el final del curso natural de las cosas. A este respecto, el escritor Toni Montesinos ha publicado El gran impaciente: Suicidio literario y filosófico, editado por Ápeiron. Se trata un estudio, pero también de una reflexión sobre un asunto que sigue siendo un tabú en el primer mundo, a la par que una idea magnética y poderosa, además de un enorme problema y drama social. No hay que engañar a nadie: no existe nada glamuroso en quitarse la vida. Aun así, es un acto que se fija en la mente de muchos con fascinación y mordisquea con especial saña el espíritu de los escritores.

Dos suicidios, uno filosófico y otro literario, marcaron desde siempre mi atención por el asunto. En primer lugar, un clásico entre los clásicos, el final de Séneca en el año 65 d. C., obligado por Nerón, el emperador más infame que haya pasado a la historia (o al menos a la par que Calígula). Perdura la imagen del filósofo en el interior de la bañera, en donde se abrió las venas y se acompañó de la ingesta de cicuta, después de haber cenado y bebido a gusto, rodeado de su familia y amigos.
Este final del cordobés ha contribuido a ese imaginario de aceptar el suicidio de forma elegante, casi organizando una fiesta alrededor del acto, algo que ya habían llevado a cabo otros, como por ejemplo Arcesilao en el 241 a. C., atiborrado a vino, o Carnéades en el 129 a. C., con un festival de Hidromiel. El ejemplo de Séneca también cundirá en Petronio, en el año 66, que culminará una fiesta cortándose las venas, también obligado por Nerón que, finalmente, recorrerá el mismo camino al suicidio que ambos, siendo apuñalado por un asistente suyo.
El suicidio de Séneca, según se ilustra en la Crónica de Núremberg, publicada en 1493.
Estas pocas historias vienen a ilustrar que fueron muchos los suicidas que se cuentan entre las filas de los filósofos y los escritores. Organizar esta ingente información de una forma cronológica y sencilla, además de manera accesible, es uno de los atractivos del libro de Toni Montesinos, que ordena a todos esos suicidas en una Cronología después de unos capítulos apasionantes en los que ha desgranado la historia del suicidio por periodos históricos, desde los pueblos bárbaros y la Antigüedad grecolatina, pasando por la Edad Media, Renacimiento, Barroco, Ilustración y siglo XIX, para desembocar en el siglo XX, en donde manifiesta que es un mal y una práctica especialmente propios de ese momento.
El suicidio es la estrella entre los escritores del siglo XX: dos guerras mundiales, el final de un Antiguo Régimen, el cambio o tránsito hacia la modernidad, las barbaridades y genocidios, los horrores del GULAG y de los Campos de Exterminio, la percepción existencialista de la realidad, la pérdida de la identidad y el desarraigo, todo ello, hace propicia la práctica entre aquellos que se dedican a la escritura. Montesinos asegura que:
los escritores son de diez a veinte veces más propensos que otras personas a sufrir enfermedades maniaco-depresivas, lo que les puede conducir a menudo al suicidio. El asunto se complica si el escribiente cultiva la poesía, género que deja aflorar como ningún otro las complejas impresiones que pueden provocar la tristeza, la soledad o el dolor intensos”.
Es obvio, siempre lo he afirmado, que el escritor posee una percepción distinta de la realidad, esto no quiere decir que sea mejor o peor que la percepción de la realidad de un bombero o de un ejecutivo de cuentas, simplemente es diferente, y a menudo le lleva a sentir dolor frente a sucesos o imágenes que, tal vez, a otras personas no les transmitan esas sensaciones.
No puedo callarme lo que siento. Escribir es vivir en un permanente estado de angustia, tal y como el propio Toni Montesinos nos muestra en su última novela El fantasma de la verdad (El desvelo ediciones). La literatura, la vida del escritor, es una batalla campal con todo lo que lo rodea, porque todo lo que lo rodea es susceptible de ser narrado, novelado, poetizado. En ese aspecto, es un esfuerzo pavesiano, la escritura es el oficio de vivir y, como tal, para mí, la literatura es como la vida: un festival de agravios.

Simplemente, basándonos en la premisa anterior, ya podríamos comprender algunos de los motivos que llevaron a tantos grandes escritores al suicidio en el siglo XX. Fuera por unos motivos o por otros, desde Zweig a Pavese, pasando por TraklFelipe TrigoMário de Sá-CarneiroEseninMaiakovskiRamos SucreQuirogaLugonesAlfonsina StorniAnne Sexton o Virginia Woolf, todos ellos han venido demostrando algo al quitarse de en medio y que yo, con el paso del tiempo —y muchos volúmenes leídos— creo que he podido concluir.
Puedo afirmar que es imposible hallar en los libros una respuesta para paliar el dolor ni la desesperación del escritor. Entre las páginas no existe ningún código secreto, ninguna revelación, ni la menor posibilidad de redención. Pero, eso sí, la literatura puede funcionar durante un tiempo como un muro de contención a la destrucción personal —Bukowski y su afirmación de que las palabras que escribía lo mantenían a salvo de una completa locura son un buen ejemplo de ello— y, paradójicamente, para todo lo contrario: para aniquilarse hasta las cenizas.

Aquí os dejo un enlace a la crítica que de la novela de MontesinosEl fantasma de la verdad, que firmé para Achtung!:
No he mencionado, en la lista anterior, el suicidio de Sylvia Plath, porque este fue el otro, el suicidio literario al que me refería casi al inicio de este Odradek de viernes, como uno de los suicidios que, junto al suicidio filosófico de Séneca, siempre me llamó la atención.
Sylvia Plath: uno de los suicidios más conmovedores de la historia de la literatura.

A la muerte de Plath me aproxime a la par de mi entrada en contacto con su poesía, creo que es algo casi imposible de eludir. El suicidio de la norteamericana se extiende como una mancha de petróleo por lo cristalino de sus poemas que, aun así, continúan incontaminados y salen una y otra vez triunfadores. El Dios salvaje (Emecé) libro de Al Álvarez sobre el suicidio, fue el primero que leí sobre el asunto, y llegué hasta él a causa de Sylvia PlathÁlvarez, que también había intentado suicidarse, era amigo de Sylvia Plath. En su libro, entre otras historias y reflexiones sobre el suicidio, nos cuenta cómo se va aproximando el momento del final de la escritora de una forma inexorable, y que nadie puede evitarlo a pesar de las señales que emite la poeta.

Volviendo a Toni Montesinos, también la obsesión por este asunto le viene de lejos. Le recuerdo algún prólogo a la obra de Horacio Quiroga, en donde el suicidio es de importancia capital, y la edición de varios textos que han culminado en este El gran impaciente del que os ahora hablo.
Al Álvarez, el autor de El dios salvaje, y amigo de Sylvia Plath.

En efecto, antes, Montesinos había publicado este mismo libro en 2005, en una edición a cargo de March Editor. Esta nueva versión de 2019 ha sido revisada y ampliada. En 2015 publicó con la editorial Ultramarina Cartonera la Antología poética del suicidio (siglo XX) y en 2014 había aparecido su trabajo Melancolía y suicidios literarios. De Aristóteles a Alejandra Pizarnik, en Fórcola Ediciones.
Aparte de estos textos teóricos, un poemario y sus dos novelas han abundado en el mismo tema del suicido. El poemario Labor de melancoholismo (Chamán Ediciones), la novela ya referida El fantasma de la verdad, así como Hildur (Piel de Zapa).



De manera que nos encontramos ante un libro que culmina, de momento, este recorrido por una de las obsesiones del autor. De su lectura se desprenden algunas conclusiones curiosas: que en la época grecorromana lo mismo se suicidaban tras un banquete o un atracón de comida y bebida, que se dejaban morir de inanición dejándose consumir tras días sin probar bocado; que en la mayoría de los suicidas modernos el insomnio insoportable jugó un papel crucial; que varios escritores se colocaron una especie de fecha de caducidad, y que decidieron no seguir viviendo a partir de una edad determinada.
Una de las ediciones anteriores de El gran impaciente.

Como formas de suicidio hay muchas más de las imaginables, Toni Montesinos nos ofrece en uno de los apéndices del libro, su Modus Moriendi, un detallada lista de los escritores y la manera (en ocasiones más de una) en la que eligieron abandonar este mundo.
Llama la atención que Montesinos haya considerado como forma de suicidio el alcoholismo y la sobredosis por drogas, y aparecen en la lista ilustres borrachuzos como Truman Capote (murió de cáncer de hígado), Charles Bukowski (a pesar de ser un alcohólico falleció de leucemia a los 73 años), Raymond Chandler (que si bien intentó suicidarse dos veces y era alcohólico, murió de neumonía), Edgard Allan PoeRubén DaríoJoseph Roth y Dylan Thomas…, que aunque no murieron de un suicidio premeditado e inmediato, sí que sometieron su cuerpo a la destrucción continua y consciente de las sustancias y el alcohol, por lo que también se puede considerar semejante espiral de aniquilación como un acto suicida.
De esta manera ha construido Montesinos su libro: nos ha ofrecido una interesante perspectiva histórica del suicidio y la ha aislado de manera ampliamente documentada como un mal propio del siglo XX, independientemente de que la gente se suicidase en todas las épocas; se puede afirmar que en el siglo XX esta forma de muerte se convierte en, paradójicamente, una forma de vida. A ese respecto, Montesinos afirma:
jamás se suicidaron tantos escritores en tan poco tiempo”.
Y después, se aporta la extensa Cronología del suicidio literario y filosófico y los apéndices, el Modus Moriendi al que me refería antes, y una amplia bibliografía que va precedida de las clasificaciones suicidas que estableció el filósofo francés Émile Durkheim en su obra El suicidio. Estudio de sociología, publicado en 1897, y que fue en su momento el primer estudio serio y con datos sobre el asunto. De hecho, Toni Montesinos escribe El gran impaciente con la mirada siempre puesta en la maestría del filósofo francés, que utiliza como gran referencia.
Portada de la primera edición de la obra de Durkheim.
Además, para terminar, nos ofrece una extracto del libro Le suicidiologe, de Françoise de Negroni yCorinne Moncel, que establecen diez categorías de suicidas: por tedio, por enfermedad incurable, por melancolía o depresión, de forma impulsiva, como sacrificio o protesta reivindicativa, por honor, sin una causa aparente, cuando la justicia permite al condenado que se quite la vida antes de ejecutarlo, el suicidio como huida para evitar el asesinato o la tortura, y el suicidio dudoso que se confunde con el accidente.
Esta lista puede compararse con la ofrecida por Durkheim: el suicidio maniático producido por alucinaciones o delirios, el suicidio melancólico, el obsesivo, el impulsivo o automático, el egoísta, el altruista y el anómico. Este último es el suicido de nuestra era, producto de grandes crisis que rompen la falsa estabilidad en la que creemos, cuando el individuo es incapaz de adaptarse a las nuevas circunstancias. Un ejemplo característico de nuestra sociedad moderna.
Durkheim y Toni Montesinos, dos estudiosos sobre el suicidio:


Toni Montesinos ha logrado, con esta nueva entrega sobre el suicido, aproximarnos un poco más al misterio y al tabú de uno de los actos que más pueden conmocionar a nuestra sociedad del siglo XXI y, a la par, no perder la perspectiva histórica y, ni mucho menos, la literaria, que al fin y al cabo es lo que a nosotros nos interesa. De hecho, ese título, El gran impaciente, hace referencia a las últimas palabras de Stefan Zweig en su carta de despedida:
Yo, demasiado impaciente, me marcho antes”.
El viaje por todos esos ilustres suicidas lo detiene Montesinos en el 12 de septiembre de 2008, cuando se produjo una de las mayores desgracias literarias que hayan ocurrido en el siglo XXI: David Foster Wallace, el escritor norteamericano, se ahorca en el patio de su casa a los 46 años. Nos dejó una obra extraordinaria y una novela insuperable, La broma infinita (Random House).
Como todos los suicidas que aparecen en el trabajo de Montesinos, era mucho más lo que todavía se podía esperar, creativamente hablando, de Foster Wallace, por lo que todos estos filósofos y escritores que tanto prometían, y que con su impaciencia se marcharon demasiado pronto, hirieron casi de muerte a la literatura, dejándola repleta de cicatrices tristísimas y acrecentando, así, la enorme magnitud de sus dramas.