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sábado, 11 de mayo de 2019

El gran impaciente: Suicidio literario y filosófico-Toni Montesinos



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/toni-montesinos-y-el-suicidio-morir-como-un-asunto-literario-y-filosofico/


Toni Montesinos y el suicidio: morir como un asunto literario y filosófico

No es algo extraño, ni nuevo, admitir que el suicidio en la literatura es un elemento demasiado presente y común. Acabar voluntariamente con la vida ha sido un recurso utilizado por la intelectualidad desde los tiempos clásicos, aquellos del saber grecorromano. Y para qué vamos a engañarnos, a muchos nos ha interesado el misterio que se alberga en esta solución, o salida, o como queramos llamarlo, de anticipar el final del curso natural de las cosas. A este respecto, el escritor Toni Montesinos ha publicado El gran impaciente: Suicidio literario y filosófico, editado por Ápeiron. Se trata un estudio, pero también de una reflexión sobre un asunto que sigue siendo un tabú en el primer mundo, a la par que una idea magnética y poderosa, además de un enorme problema y drama social. No hay que engañar a nadie: no existe nada glamuroso en quitarse la vida. Aun así, es un acto que se fija en la mente de muchos con fascinación y mordisquea con especial saña el espíritu de los escritores.

Dos suicidios, uno filosófico y otro literario, marcaron desde siempre mi atención por el asunto. En primer lugar, un clásico entre los clásicos, el final de Séneca en el año 65 d. C., obligado por Nerón, el emperador más infame que haya pasado a la historia (o al menos a la par que Calígula). Perdura la imagen del filósofo en el interior de la bañera, en donde se abrió las venas y se acompañó de la ingesta de cicuta, después de haber cenado y bebido a gusto, rodeado de su familia y amigos.
Este final del cordobés ha contribuido a ese imaginario de aceptar el suicidio de forma elegante, casi organizando una fiesta alrededor del acto, algo que ya habían llevado a cabo otros, como por ejemplo Arcesilao en el 241 a. C., atiborrado a vino, o Carnéades en el 129 a. C., con un festival de Hidromiel. El ejemplo de Séneca también cundirá en Petronio, en el año 66, que culminará una fiesta cortándose las venas, también obligado por Nerón que, finalmente, recorrerá el mismo camino al suicidio que ambos, siendo apuñalado por un asistente suyo.
El suicidio de Séneca, según se ilustra en la Crónica de Núremberg, publicada en 1493.
Estas pocas historias vienen a ilustrar que fueron muchos los suicidas que se cuentan entre las filas de los filósofos y los escritores. Organizar esta ingente información de una forma cronológica y sencilla, además de manera accesible, es uno de los atractivos del libro de Toni Montesinos, que ordena a todos esos suicidas en una Cronología después de unos capítulos apasionantes en los que ha desgranado la historia del suicidio por periodos históricos, desde los pueblos bárbaros y la Antigüedad grecolatina, pasando por la Edad Media, Renacimiento, Barroco, Ilustración y siglo XIX, para desembocar en el siglo XX, en donde manifiesta que es un mal y una práctica especialmente propios de ese momento.
El suicidio es la estrella entre los escritores del siglo XX: dos guerras mundiales, el final de un Antiguo Régimen, el cambio o tránsito hacia la modernidad, las barbaridades y genocidios, los horrores del GULAG y de los Campos de Exterminio, la percepción existencialista de la realidad, la pérdida de la identidad y el desarraigo, todo ello, hace propicia la práctica entre aquellos que se dedican a la escritura. Montesinos asegura que:
los escritores son de diez a veinte veces más propensos que otras personas a sufrir enfermedades maniaco-depresivas, lo que les puede conducir a menudo al suicidio. El asunto se complica si el escribiente cultiva la poesía, género que deja aflorar como ningún otro las complejas impresiones que pueden provocar la tristeza, la soledad o el dolor intensos”.
Es obvio, siempre lo he afirmado, que el escritor posee una percepción distinta de la realidad, esto no quiere decir que sea mejor o peor que la percepción de la realidad de un bombero o de un ejecutivo de cuentas, simplemente es diferente, y a menudo le lleva a sentir dolor frente a sucesos o imágenes que, tal vez, a otras personas no les transmitan esas sensaciones.
No puedo callarme lo que siento. Escribir es vivir en un permanente estado de angustia, tal y como el propio Toni Montesinos nos muestra en su última novela El fantasma de la verdad (El desvelo ediciones). La literatura, la vida del escritor, es una batalla campal con todo lo que lo rodea, porque todo lo que lo rodea es susceptible de ser narrado, novelado, poetizado. En ese aspecto, es un esfuerzo pavesiano, la escritura es el oficio de vivir y, como tal, para mí, la literatura es como la vida: un festival de agravios.

Simplemente, basándonos en la premisa anterior, ya podríamos comprender algunos de los motivos que llevaron a tantos grandes escritores al suicidio en el siglo XX. Fuera por unos motivos o por otros, desde Zweig a Pavese, pasando por TraklFelipe TrigoMário de Sá-CarneiroEseninMaiakovskiRamos SucreQuirogaLugonesAlfonsina StorniAnne Sexton o Virginia Woolf, todos ellos han venido demostrando algo al quitarse de en medio y que yo, con el paso del tiempo —y muchos volúmenes leídos— creo que he podido concluir.
Puedo afirmar que es imposible hallar en los libros una respuesta para paliar el dolor ni la desesperación del escritor. Entre las páginas no existe ningún código secreto, ninguna revelación, ni la menor posibilidad de redención. Pero, eso sí, la literatura puede funcionar durante un tiempo como un muro de contención a la destrucción personal —Bukowski y su afirmación de que las palabras que escribía lo mantenían a salvo de una completa locura son un buen ejemplo de ello— y, paradójicamente, para todo lo contrario: para aniquilarse hasta las cenizas.

Aquí os dejo un enlace a la crítica que de la novela de MontesinosEl fantasma de la verdad, que firmé para Achtung!:
No he mencionado, en la lista anterior, el suicidio de Sylvia Plath, porque este fue el otro, el suicidio literario al que me refería casi al inicio de este Odradek de viernes, como uno de los suicidios que, junto al suicidio filosófico de Séneca, siempre me llamó la atención.
Sylvia Plath: uno de los suicidios más conmovedores de la historia de la literatura.

A la muerte de Plath me aproxime a la par de mi entrada en contacto con su poesía, creo que es algo casi imposible de eludir. El suicidio de la norteamericana se extiende como una mancha de petróleo por lo cristalino de sus poemas que, aun así, continúan incontaminados y salen una y otra vez triunfadores. El Dios salvaje (Emecé) libro de Al Álvarez sobre el suicidio, fue el primero que leí sobre el asunto, y llegué hasta él a causa de Sylvia PlathÁlvarez, que también había intentado suicidarse, era amigo de Sylvia Plath. En su libro, entre otras historias y reflexiones sobre el suicidio, nos cuenta cómo se va aproximando el momento del final de la escritora de una forma inexorable, y que nadie puede evitarlo a pesar de las señales que emite la poeta.

Volviendo a Toni Montesinos, también la obsesión por este asunto le viene de lejos. Le recuerdo algún prólogo a la obra de Horacio Quiroga, en donde el suicidio es de importancia capital, y la edición de varios textos que han culminado en este El gran impaciente del que os ahora hablo.
Al Álvarez, el autor de El dios salvaje, y amigo de Sylvia Plath.

En efecto, antes, Montesinos había publicado este mismo libro en 2005, en una edición a cargo de March Editor. Esta nueva versión de 2019 ha sido revisada y ampliada. En 2015 publicó con la editorial Ultramarina Cartonera la Antología poética del suicidio (siglo XX) y en 2014 había aparecido su trabajo Melancolía y suicidios literarios. De Aristóteles a Alejandra Pizarnik, en Fórcola Ediciones.
Aparte de estos textos teóricos, un poemario y sus dos novelas han abundado en el mismo tema del suicido. El poemario Labor de melancoholismo (Chamán Ediciones), la novela ya referida El fantasma de la verdad, así como Hildur (Piel de Zapa).



De manera que nos encontramos ante un libro que culmina, de momento, este recorrido por una de las obsesiones del autor. De su lectura se desprenden algunas conclusiones curiosas: que en la época grecorromana lo mismo se suicidaban tras un banquete o un atracón de comida y bebida, que se dejaban morir de inanición dejándose consumir tras días sin probar bocado; que en la mayoría de los suicidas modernos el insomnio insoportable jugó un papel crucial; que varios escritores se colocaron una especie de fecha de caducidad, y que decidieron no seguir viviendo a partir de una edad determinada.
Una de las ediciones anteriores de El gran impaciente.

Como formas de suicidio hay muchas más de las imaginables, Toni Montesinos nos ofrece en uno de los apéndices del libro, su Modus Moriendi, un detallada lista de los escritores y la manera (en ocasiones más de una) en la que eligieron abandonar este mundo.
Llama la atención que Montesinos haya considerado como forma de suicidio el alcoholismo y la sobredosis por drogas, y aparecen en la lista ilustres borrachuzos como Truman Capote (murió de cáncer de hígado), Charles Bukowski (a pesar de ser un alcohólico falleció de leucemia a los 73 años), Raymond Chandler (que si bien intentó suicidarse dos veces y era alcohólico, murió de neumonía), Edgard Allan PoeRubén DaríoJoseph Roth y Dylan Thomas…, que aunque no murieron de un suicidio premeditado e inmediato, sí que sometieron su cuerpo a la destrucción continua y consciente de las sustancias y el alcohol, por lo que también se puede considerar semejante espiral de aniquilación como un acto suicida.
De esta manera ha construido Montesinos su libro: nos ha ofrecido una interesante perspectiva histórica del suicidio y la ha aislado de manera ampliamente documentada como un mal propio del siglo XX, independientemente de que la gente se suicidase en todas las épocas; se puede afirmar que en el siglo XX esta forma de muerte se convierte en, paradójicamente, una forma de vida. A ese respecto, Montesinos afirma:
jamás se suicidaron tantos escritores en tan poco tiempo”.
Y después, se aporta la extensa Cronología del suicidio literario y filosófico y los apéndices, el Modus Moriendi al que me refería antes, y una amplia bibliografía que va precedida de las clasificaciones suicidas que estableció el filósofo francés Émile Durkheim en su obra El suicidio. Estudio de sociología, publicado en 1897, y que fue en su momento el primer estudio serio y con datos sobre el asunto. De hecho, Toni Montesinos escribe El gran impaciente con la mirada siempre puesta en la maestría del filósofo francés, que utiliza como gran referencia.
Portada de la primera edición de la obra de Durkheim.
Además, para terminar, nos ofrece una extracto del libro Le suicidiologe, de Françoise de Negroni yCorinne Moncel, que establecen diez categorías de suicidas: por tedio, por enfermedad incurable, por melancolía o depresión, de forma impulsiva, como sacrificio o protesta reivindicativa, por honor, sin una causa aparente, cuando la justicia permite al condenado que se quite la vida antes de ejecutarlo, el suicidio como huida para evitar el asesinato o la tortura, y el suicidio dudoso que se confunde con el accidente.
Esta lista puede compararse con la ofrecida por Durkheim: el suicidio maniático producido por alucinaciones o delirios, el suicidio melancólico, el obsesivo, el impulsivo o automático, el egoísta, el altruista y el anómico. Este último es el suicido de nuestra era, producto de grandes crisis que rompen la falsa estabilidad en la que creemos, cuando el individuo es incapaz de adaptarse a las nuevas circunstancias. Un ejemplo característico de nuestra sociedad moderna.
Durkheim y Toni Montesinos, dos estudiosos sobre el suicidio:


Toni Montesinos ha logrado, con esta nueva entrega sobre el suicido, aproximarnos un poco más al misterio y al tabú de uno de los actos que más pueden conmocionar a nuestra sociedad del siglo XXI y, a la par, no perder la perspectiva histórica y, ni mucho menos, la literaria, que al fin y al cabo es lo que a nosotros nos interesa. De hecho, ese título, El gran impaciente, hace referencia a las últimas palabras de Stefan Zweig en su carta de despedida:
Yo, demasiado impaciente, me marcho antes”.
El viaje por todos esos ilustres suicidas lo detiene Montesinos en el 12 de septiembre de 2008, cuando se produjo una de las mayores desgracias literarias que hayan ocurrido en el siglo XXI: David Foster Wallace, el escritor norteamericano, se ahorca en el patio de su casa a los 46 años. Nos dejó una obra extraordinaria y una novela insuperable, La broma infinita (Random House).
Como todos los suicidas que aparecen en el trabajo de Montesinos, era mucho más lo que todavía se podía esperar, creativamente hablando, de Foster Wallace, por lo que todos estos filósofos y escritores que tanto prometían, y que con su impaciencia se marcharon demasiado pronto, hirieron casi de muerte a la literatura, dejándola repleta de cicatrices tristísimas y acrecentando, así, la enorme magnitud de sus dramas.

domingo, 6 de enero de 2019

El fantasma de la verdad-Toni Montesinos



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/toni-montesinos-y-el-fantasma-de-la-verdad-la-literatura-y-sus-monstruos/

Toni Montesinos y El fantasma de la verdad: la literatura y sus monstruos


Hace unos días pude leer El fantasma de la verdad, una novela de Toni Montesinos, editada por El desvelo. Tal vez sea Toni Montesinos uno de los autores más prolíficos de este 2018, o al menos de su último tramo, dado que he recibido en poco tiempo tres publicaciones suyas: dos ensayos bien interesantes —uno sobre poesía española y otro sobre el Gulag y el nazismo, y que espero poder reseñarlos en Achtung! pronto— y la novela que nos ocupa. Montesinos ha realizado en El fantasma de la verdad un ejercicio metaliterario muy interesante, ha rizado el rizo en algunos aspectos a la hora de reflexionar sobre la literatura y el hecho literario de la propia creación, resolviendo un texto a ratos inquietante, a veces agobiante, y siempre incómodo por el mensaje que nos traslada a quienes nos dedicamos a escribir. Por todo ello, merece hoy mi atención en este Odradek de los viernes.

Ahora podría escribir una reseña de esas que tanto abundan por ahí (especialmente en las redes sociales) en la que me entrego a narrar pormenorizadamente el argumento del libro y lo que les sucede a los personajes, pero ese no es mi estilo; bien lo saben aquellos que me siguen. Bastará decir que El fantasma de la verdad no va de lo que parece a primera vista.
Toni Montesinos ha creado una novela con una corriente subterránea que resulta la verdadera historia del libro. Por arriba flota lo lineal: basta y sobra decir que a un escritor en crisis se le presenta en casa un personaje de una novela suya que nunca ha conseguido publicar, para ayudarlo a solucionar la crisis en la que ha entrado su matrimonio.
Un momento, me estaréis diciendo muchos. Primero, ¿qué es eso de que la novela no trata de lo que trata? Y en segundo lugar… ¿Un personaje que visita a su autor? Y a la memoria acuden, de inmediato, Unamuno, su personaje protagonista de NieblaAugusto Pérez que acude ante su creador para suplicarle que no lo mate de una indigestión…, y la nivola, y claro, aquellos pirandellianos seis personajes que también buscaban autor.
En efecto, la historia lineal, aparente y sencilla en su complejidad, que Toni Montesinos nos quiere presentar, en absoluto es la verdadera historia de la novela: todo está escrito en una clave simbólica y metaliteraria que le permite, a un tipo de lector, quedarse con lo que puedo denominar la anécdota narrativa: esa Hildur mujer y personaje creada por el novelista, que aparece para salvar su vida a la deriva; sin embargo, realizando una cala bien profunda y vertical nos sumergirnos en el río subterráneo y helado que pone de relieve lo que significa la literatura, escribir, ser narrador, autor, creador, y que relación se establece con ese mundo de mentiras y personajes falsos.
Aunque en la novela Hildur se nos presenta como un personaje de una novela que el protagonista nunca pudo publicar, Montesinos lleva sus guiños mas lejos. En efecto: publicó una novela con ese título, Hildur, en la editorial Piel de zapa.
Así que bañémonos en esa corriente profunda y que se nos hiele el espinazo al reconocernos como autores en el espejo de la desesperación del protagonista de El fantasma de la verdadToni Montesinos ha escrito dos novelas en una: aquella que es para lectores y aquella que es para escritores. Las dos son buenas y funcionan perfectamente, pero la segunda versión, por motivos obvios (y también ciertamente demoledores) puede que nos resulte más interesante, no solo a los escritores, sino también a aquellos que gustan de saborear los resortes y las claves ocultas de la buena literatura.
Y para el que no quiera muchas complejidades ni romperse en exceso el magín, siempre le quedará la primera novela, una narración solvente, intrigante y bien armada con retazos de thriller emocional, sujeta por una estructura fundamentalmente dialogada, a veces casi teatral, tremendamente entretenida y cuyas breves 118 páginas se leen en un suspiro.
Entonces, ¿de qué nos quiere hablar Toni Montesinos en su texto? ¿De qué trata realmente? Como en UnamunoPirandello, o en La gaviota de Chéjov, se aborda el misterio de la creación, de la relación enfermiza que el escritor sostiene contra viento y marea con la literatura. Y si el autor no es un advenedizo, un epígono o una marca personal, si en realidad es un escritor, sabe que esa relación es destructiva; diríase que demoniaca y casi mortal.
Es así: escribir es el arte del fracaso, como diría Cansinos Assens, un divino fracaso, pero fracaso al fin y al cabo. Lo que busca el autor es una especie de redención a través de sus palabras, de su escritura, pero esa resurrección jamás se produce. Cada novela firmada es un nuevo fiasco porque es el resultado de un sacrificio desmesurado: a menudo el escritor renuncia a demasiadas cosas para poder realizar su vocación.
Tristes renuncias para una vocación que se traduce en una serie de páginas a menudo no publicadas, la mayoría de las veces acolchadas en el fondo de un cajón. ¿Y para eso se ha cerrado a la vida, a las amistades, a relacionarse, incluso al amor, a una estabilidad monetaria? Escribir es un gran acto de renuncia que consume y destruye tu mundo. De eso trata El fantasma de la verdad.
Poner este tipo de reflexiones en una novela no es algo que resulte sencillo. Montesinos lo entierra bajo un argumento chocante, que poco a poco va mostrando pedacitos de su tesis sobre aquello en lo que consiste en ser escritor, tal y como afirma su protagonista:
Escribo porque tengo que decirme muchas cosas que no comprendo. Escribo porque no sirvo, o no quiero servir, para lo que hacen los demás, para el resto de trabajos. Escribo porque, estando solo, luego puedo dar hojas escritas para compartir con los demás y así dejar de estar solo por dentro”.
Pese a esta declaración, añade más adelante:
Te aseguro que hay momentos en que escribir no ayuda, incluso te daña más, te hace poner en palabras, en frases coherentes lo que es un hecho abstracto. Es darse más cuenta del problema y sufrir más”.
Sin duda, esta es una de las condenas de ser escritor. Y la más terrible a la que se enfrenta el protagonista de la novela. Es como si la escritura fuera:
la muerte del tiempo, una forma de desperdiciar la vida volcado en una historia que solo le había importado a unos cuantos lectores amigos y bienintencionados”.
De esta forma se comprende que nos encontremos con esta declaración perturbadora:
Toda literatura era ya una amenaza (…) Toda mi dedicación al lenguaje era la entrada a la perdición. Todo libro, pues, era una agresión, un conjunto de engaños, un camino para apartarte de lo verdadero”.
Así que un personaje visita a su creador, o eso parece, lo que de inmediato, como ya dije, nos recordaría a Unamuno. Pero Montesinos se ha reservado un giro definitivo. El personaje visita a su autor, cierto, pero desde ese instante el autor será escrito por su personaje. Y esa es la clave más importante de esta meta reflexión compleja y algo demencial (por lo obsesivo y autodestructivo) que se contiene en la obra.
El personaje da un paso adelante y penetra en el mundo del autor, mientras el autor da un paso atrás y se ficcionaliza, ocupa el lugar de sus personajes. De esa forma, se confirma el desastre, la perdición absoluta y la imposibilidad de redención que podría llegar por parte de la literatura. Si alguna vez el escritor había contemplado la escritura como un vehículo de salvación, estaba equivocado. La literatura es un súcubo, como su personaje Hildur, que te devora por dentro hasta reducirte a cenizas. Y no eres, o no somos, un Ave Fénix, para reaparecer con ánimos renovados desde el interior del círculo del fuego; simplemente, los escritores no sabemos más que de finales, y muy poco o nada de comienzos.
El diálogo que Montesinos entabla con la literatura tiene un amigo, un referente emboscado en esa brecha en la frente que se ha producido por un golpe a oscuras contra el marco de una puerta. He aquí Juan Dahlmann, nuestro querido Dahlmann, personaje borgiano, adorado por el gremio de escritores a causa de su fracaso, de su muerte en vida tras golpearse la cabeza y hacerse una herida con un ventanuco. Dahlmann, ya muerto en su camilla, buscará, en todo un intento onírico de redención, el Sur, para encontrar allá una muerte digna como la de sus ancestros.
Como Dahlmann, el protagonista de El fantasma de la verdad, desde el mismo instante en que se abre la cabeza contra el marco de la puerta, iniciará una huida aferrado a su personaje nórdico, una femme fatale literaria que será su perdición, como los son todas las femmes fatales y como lo es ese indigno Sur para Dahlmann, el de la cabeza abierta.
La sangre de la herida de la frente del protagonista se abre y brota de forma recurrente en la novela. Este símbolo se imbrica con los vendavales y las tardes grises que también aparecen con asiduidad. Esa sangre es una marca como la de Caín, aquella con la que fue ungido para que ningún hombre lo tocase, pero para que también supieran de la infamia de su crimen, de que estaba maldito.
La marca sangrienta en la frente del protagonista lo empareja al muerto en vida que es Dahlmann, lo acusa de un terrible crimen —jugar a ser Dios creando y matando a sus personajes a su antojo— y lo señala con la maldición del escritor: es un contador de mentiras.
El proceso de ficcionalización del protagonista ha comenzado con esa herida en la cabeza y prosigue con la falacia patética que se produce al asociarse sus estados de ánimo con el clima que se percibe por la ventana. Esos vendavales y cielos plomizos son los estados interiores del personaje, porque el autor ya es un mero personaje que está siendo escrito por Hildur, asentada en el mundo de los vivos.
Dos de las últimas obras de Toni Montesinos, que esperamos poder reseñar pronto:

Los vientos virulentos y los estigmas en la cabeza también entroncan con la Divina Comedia dantiana, con la escena de Paolo y Francesca o con el instante en que Dante es marcado por un Ángel en la frente siete veces con la letra P —la letra de pecado— y que debe ir borrando a medida que se interna en el Purgatorio. Quizás, el protagonista de la novela de Montesinos esté atravesando por un purgatorio con su Hildur a modo de Virgilio particular, pero con la variante desgraciada de que, en lugar de alcanzar el Paraíso, acabarán en el Infierno.
Toni Montesinos nos lo ha dejado muy claro: el escritor está estigmatizado, ya sea como Caín o como Dante, con la herida de Dahlmann en la frente, esa llaga que lo convierte en un derrotado por la propia literatura y, que por mucho que lo intente, jamás podrá limpiar esas señales.
Toni Montesinos, autor de El fantasma de la verdad.
No caigamos en una lectura pesimista de todo esto, ni tan siquiera teniendo en cuenta el apocalíptico final de la novela (no, no pienso desvelarlo). Todo lo que he comentado anteriormente se apoya en el concepto de Cansinos Assens al que me referí: el divino fracaso.
Así es: escribir es fracasar, cierto, pero en eso radica el mayor, el enorme amor por la literatura. Un amor que tiene Toni Montesinos y quién esto os escribe. Un amor forjado por renuncias y tristezas, miniaturas de alegrías y una sola verdad absoluta que se enarbola como un pendón luminoso sobre el campo de quienes hacemos del contar mentiras nuestra vida completa: no sabemos hacer otra cosa; somos escritores y únicamente valemos para eso. Y amamos lo que hacemos.
Aquí os dejo un enlace a una crítica que hicimos de un magnífico ensayo sobre escritores que publicó Toni Montesinos con Ediciones del Subsuelo: