sábado, 2 de noviembre de 2019

El descenso-Anna Kavan



*Esta crítica aparecio en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/el-descenso-anna-kavan-o-el-prodigioso-redescubrimiento-de-la-oscuridad/

El descenso: Anna Kavan o el prodigioso redescubrimiento de la oscuridad

En este mundo extraño de la literatura ocurren, demasiadas veces, cosas raras. Por ejemplo: escritores de enorme talento que pasan inadvertidos sin que podamos deleitarnos con sus grandes obras hasta que alguien insiste en ellos, los reivindica y termina por recuperarlos. A veces pasa, como en el caso de la escritora inglesa Anna Kavan, que anteriormente ya había sido publicada en español, pero se había instalado en el limbo del olvido. Autora minoritaria y poco conocida para nosotros, se nos ha revelado de nuevo con el libro de relatos El descenso, editado por Navona y magníficamente traducido por Ainize Salaberri. Por eso, hoy en este Odradek de los viernes de Achtung!, os traigo este texto excepcional.

Aunque soy de los que defiende la inmanencia del texto, es decir, que lo escrito debe entenderse (incluso interpretarse) sin necesidad de interferencias externas —me refiero a las biográficas, fundamentalmente—, me veo en la obligación de puntualizar algunos aspectos sobre Anna Kavan que terminan por darle sentido (todo su sentido pavoroso) a El descenso.
Las metamorfosis de Anna Kavan
Kavan, británica que nació en Cannes (aunque no se conoce con exactitud su fecha de nacimiento, posiblemente en 1901), se llamaba originalmente Helen Emily Woods. Por tanto, Anna Kavan es un pseudónimo, algo que tampoco resulta nada extraño en el mundo de la literatura, y ahí están los casos de Pablo NerudaIsaak Dinesen, los hispanos Clarín AzorínGabriela MistralGeorge OrwellMark TwainVirginia Woolf, y un larguísimo etcétera.
¿Entonces, qué tiene de interesante este Anna Kavan? Pues mucho: el primer libro que firmó con ese nombre fue una colección de cuentos, Asylum Piece, publicado en 1940, y que es este El descenso que ahora nos ocupa, pero antes había escrito y editado ya varios libros como Helen Ferguson, tomando el apellido de su marido. Un total de seis novelas en ocho años. Esa primera tirada creativa se fundamentó en obras de características románticas que algunos críticos, de forma despectiva, pueden calificar como novelitas rosas, pero que, a pesar de hablarnos de paisajes y vidas bucólicas, dejan entrever extrañas familias que son presa de la angustia y de la amargura.
El descenso es otra cosa: es un texto basado en las experiencias de la escritora como interna en pabellones psiquiátricos, de la asistencia a clínicas y de los interminables procesos de psicoanálisis. La mujer se había convertido en alguien inestable que necesitaba de este tipo de ayudas, sumida en un proceso de deterioro que la conducía a la enfermedad mental.
Así que Anna Kavan nace del alejamiento del mundo bucólico e ideal del condado de Home Counties, en donde vivía con su adinerado primer marido. La deriva hacia los problemas mentales bien pudo ser producto de varias circunstancias traumáticas: el suicidio de su padre en 1911 —se tiró por la borda de un barco en México—, lo que la llevó a varios internados; después llegó su más que coqueteo con la heroína, el divorcio de su primer marido, el descubrimiento de la vida bohemia, la muerte de una hija al poco de nacer y, tras su segundo divorcio, un intento de suicidio.
Con ese primer intento de suicidio (aún lo intentaría dos veces más), apareció la clínica de Suiza en donde fue internada y que es fácilmente reconocible en El descenso. Desde entonces pasaría toda su vida luchando contra la depresión y la adicción a las drogas, sin éxito. Cuando se decide a publicar El descenso ya no se parece en nada a la lejana Helen Emily Woods, y tampoco a Helen Ferguson, por lo que elige llamarse como la protagonista de dos novelas suyas anteriores, Let Me Alone (1930) y A Stranger Still (1935). Acaba de nacer Anna Kavan para la literatura.
Dos novelas de Anna Kavan publicadas en español:


Anna Kavan se tiñó de rubio (era morena) en un intento de abandonar por completo una imagen del pasado que la horrorizaba. Entendida por propia experiencia en procesos psiquiátricos, trabajó con soldados que parecían neurosis durante la Segunda Guerra Mundial, una contienda que le trajo el episodio más amargo de su vida con la muerte de su hijo en 1944, paracaidista abatido sobre Alemania.
Todo ello se concretó en sus inquietantes textos redactados con un estilo hipnótico y difuso producto de su transformación (sí, como si protagonizase La metamorfosis de Kafka) y por la influencia que algunos críticos atribuyen a su descubrimiento del autor praguense. Especulan con que, incluso, ese Kavan se hermane con la k de Kafka o con el mismísimo Josef K.
Motivos para un destierro
Comparar a Anna Kavan con Kafka es un poco gratuito. Puede parecer necesario (desde un punto comercial-editorial lo es), porque es cierto que dialogan, y que muchos aspectos de El descenso recuerdan a El proceso, pero Anna Kavan creo que solo es comparable con Anna Kavan, es decir, es única. Y ese puede ser otro motivo de su ostracismo.
No suelo extenderme tanto en los asuntos biográficos de un autor, pero en este caso me parecen, por lo desconocido de la escritora, y la importancia que poseen para completar la comprensión de El descenso, cruciales. Y en efecto, ser Anna Kavan resultó uno más de los impedimentos para que su obra fuera descollante.
Anna Kavan fue considerada por la crítica como excesivamente innovadora, demasiado compleja y vanguardista, a pesar de los elogios de autores consagradísimos, tales como Doris LessingAnaïs Nin (una de las primeras en compararla con Kafka) o J. G. BallardAnna Kavan cayó en la oscuridad, en el cruel destierro literario.
A pesar de gozar de cierto prestigio literario, a su muerte desapareció por completo del panorama —por cierto, una muerte polémica: ¿sobredosis o infarto?, al año de publicar su obra Hielo la encontraron en su casa de Kensington; había fallecido completamente sola—. No aparecería, desde entonces, en ninguna reseña, ni en trabajos, ni estudios, ni en antologías, brutalmente desgajada de maestras del relato como pueden serlo la neozelandesa Katherine Mansfield, o las británicas Angela CarterElizabeth Bowen o la mismísima Virginia Woolf. La crítica decidió que no pertenecía este grupo exquisito.
Anna Kavan, autora de El descenso
Otro problema fue que las obras publicadas como Anna Kavan cayeron en manos de un editor minúsculo e independiente, Peter Owen, lo que no favoreció su distribución. Si tomamos en serio la manifestación de Harold Bloom en su Canon, cuando afirma que el mundo editorial está compuesto por una serie de obras que luchan unas con otras por sobrevivir, la pertenencia a esta editorial significó para Kavan un fracaso en el concepto de la selección natural bloombesca.
El editor Peter Owen.
A ello hay que añadir que Kavan no es una escritora de fácil lectura, trufada de momentos incómodos, oscuros y desagradables, a lo que contribuyó con su propia personalidad cambiante, poliédrica, complicada, enigmática, turbadora. No fue una escritora sencilla para sus lectores.
El descenso o la imaginería del extrañamiento
Anna Kavan no es una escritora sencilla para sus lectores. El motivo radica en la sensación de bloqueo y pavor que producen los relatos, y ya me ciño a los que se contienen en este prodigioso volumen de El descenso. Lees uno y te dices sorprendido: “un momento, un momento, ¿cómo puede ser esto así?”. Entonces, vuelves a leerlo para verificar los angustiosos elementos que se contienen y nos oprimen en una habitación, en unas manzanas, en un paisaje o en unos pájaros que evolucionan sobre la nevada.
Lo que nos deja sin habla, estupefactos, son esos finales tremendos con los que clausura las piezas, como erigiendo un muro de ladrillos contra el que nos golpeamos arrojados a gran velocidad por la prosa de la autora. A medida que leía El descenso me iba dando la sensación de encontrarme ante un armadillo literario, un libro blindado, pero solo aparentemente blindado, porque puedes penetrar hasta su núcleo blando. Y es allí en donde Anna Kavan te cautiva, para destrozarte después.
Ainize Salaberri, sobresaliente traductora de Anna Kavan.
Estamos ante una novela en forma de relatos unidos por un mismo hilo conductor. Pero es una novela, a mí no me caben dudas, y en ella se nos narra el proceso de desintegración mental de la protagonista, ese descenso a los infiernos de la enfermedad que se va manifestando con evidentes síntomas: visiones, manía persecutoria y conspiratoria delirios, evocaciones de mundos extraños, angustias, crisis nerviosas, insomnio….
Mientras la protagonista va experimentando todo ese desastre psicótico, Anna Kavan nos habla en primera persona. Al ser ingresada en la clínica, en el relato largo dividido en ocho partes y que se titula como el libro en español, El descenso, nos ofrece una visión de narradora omnisciente para mostrarnos el cuadro del psiquiátrico —un cuadro cruel y terrorífico— proyectado desde la distancia, recurriendo a la maniobra del extrañamiento romántico que trataron escritores alemanes como E. T. A Hoffmann Von Chamisso, entre otros.
María Luisa Bombal y una edición de La última niebla:


Pero Anna Kavan enlaza, o dialoga, mediante la alienación de sus personajes, y en concreto de su protagonista, con la María Luisa Bombal de La última niebla o la Sylvia Plath de La campana de cristal. Respecto a la Bombal, entronca directamente con la exposición de un universo soñado que, sin embargo, resulta tremendamente real en la mente de la protagonista.
En El descenso se establece un combate entre el individuo y el enemigo. Ese enemigo es la enfermedad psiquiátrica, que progresivamente va abriéndose paso hasta conseguir el triunfo absoluto. El mensaje es desesperanzado, y convierte a la protagonista en una especie de alma en pena, de muerta en vida.
La literatura de Anna Kavan en El descenso es una escritura fría como el hielo, por momentos aséptica, y por momentos hirviente como la caldera plena de máquinas ruidosas que bulle en su cabeza. Las escenas relatadas son siempre inquietantes, aunque se refieran a momentos tranquilos, y una buena muestra de ello la encontramos en la narración larga del sanatorio psiquiátrico, con una serie de personajes que viven internos en una continua represión, acogotados por el horror de unas situaciones que les resultan incomprensibles.
Portada de una versión en inglés de El descensoAsylum Piece.
El mensaje que parece transmitirnos la autora del libro es que, una vez que has descendido, ya no podrás, jamás, subir a la superficie, tal y como ocurre en una de sus piezas claves: Ascendiendo al mundo. Solamente por este relato ya merecería la pena el redescubrimiento de Anna Kavan, porque es una autora que debe ser necesariamente leída. Algunas piezas de El descenso pertenecen a las mejores páginas de la literatura. Y eso es algo que no puede pasarse por alto alegremente.
Hemos tenido fortuna con esta recuperación de la mano de Navona y de su traductora, Ainize Salaberri. Siempre he creído que uno de los motivos principales de una editorial es la difusión de autoras como esta. Un diez para editorial y traductora, que nos han traído un inmenso e inesperado regalo literario.

Werner Kofler-Trilogía alpina


*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

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Werner Kofler y su Trilogía alpina: literatura al borde del abismo narrativo

Hoy, en este Odradek de los viernes de Achtung!, os traigo a un autor minoritario, un austriaco casi desconocido entre el público español. Me refiero a Werner Kofler y su Trilogía alpina, conformada por Al escritorioHotel Luz de Crimen y El pastor en la roca, y que ha publicado completa Ediciones del Subsuelo. Kofler es un autor que arremete contra todo y contra todos, con una escritura que recuerda a Thomas Bernhard. Pero, como muy bien dice Carlos Fortea —traductor de los tres volúmenes y prologuista de Al escritorio— ante semejante tour de force narrativo resulta muy simplista quedarnos con un Kofler bernhardiano o iracundo, porque Kofler es un escritor del caos, que destroza la realidad, que confunde y desestructura cualquier planteamiento literario. Lo suyo es un ejercicio de metaliteratura que le sirve para mostrarnos lo descarnado del mundo que nos rodea. Una sinfonía de la anarquía sorprendente.

Al principio, puede parecernos que nos encontramos ante una especie de sopa de letras indescifrable, pero a medida que nos sumergimos en ella nos damos cuenta de que se van conformando frases que poseen un sentido, discursos construidos con párrafos magníficos que expresan ideas geniales para, al final, descubrir que Kofler es una especie de pintor puntillista. Necesitamos tomar una distancia, pequeña, pero distancia al fin y al cabo, para poder admirar el completo dibujo que representa la trilogía.
1. Al escritorio o un panorama nada panorámico
Al escritorio, tal y como nos anuncia Carlos Fortea en su prólogo, es “el primer libro de Werner Kofler traducido al castellano”, lo que dice mucho de las aspiraciones de una editorial como Ediciones del Subsuelo que, en 2014, acometió el inicio de este esfuerzo descomunal que significa verter la verborrea disolvente y deconstructiva del autor austriaco al español, tarea que ha terminado sobresalientemente en 2019.
Carlos Fortea, el titán que ha afrontado la traducción de la compleja Trilogía alpina.
Al escritorio se nos presenta con un curioso subtítulo: Leyendas alpinas/Cuadros de viaje/Actos de venganza. ¿Hay de todo esto en el texto? Lo mejor sería preguntarse: ¿Hay algo de todo esto, por mínimo que sea, o estamos ante la primera de las imposturas, uno más entre los muchos engaños de un autor que no duda en burlarse y tomarle el pelo de manera continuada al lector?
¿Existe un lector de Kofler, o somos escuchadores de un discurso maniático, enloquecido, tremendamente divertido, casi como el recitativo de un borracho de lengua estropajosa o el mantra repetido por un perturbado mucho más sano que todos los que le rodean en el manicomio?
Y empieza el libro: un excursionista y un guía, juntos, el motivo que no nos abandonará en toda la trilogía. Y comienzan los símiles: el excursionista es el lector y el guía el autor, o la voz del narrador, el propio narrador/autor, en un cruce de multipersonalidades algo terroríficas; porque ese guía narrador, o autor, si lo desea, puede sumir en el abismo del despeñadero a su lector.

Kofler, como nuestro guía, muchas veces estará tentado de darnos un buen empujón y mandarnos ladera abajo. Y no digo que no lo haga, pero siempre sabe tendernos una mano y devolvernos a nuestro lugar: de pie, pasmados en mitad de la nieve de su literatura, helados de sorpresa por lo que nos cuenta y con las orejas enrojecidas, no de frío, sino calientes, producto de escuchar su discurso nutritivo y de alto octanaje como un buen grog invernal.
Kofler es un perro de San Bernardo literario que acude con su barrilito repleto de una escritura especiada y aromática, también fuerte, como el coñac alpino, y que nos reanima de tantas historias blandas, libros previsibles y páginas conformistas.
Mucho más allá de sus invectivas, de sus veladas alusiones (o no tan veladas) a políticos y escritores de su época, siempre nos llega la originalidad de una puesta en escena alpina (en la zona del Klammerkopf) que realmente es todo un tratado de estética y de cómo Kofler entiende la forma de hacer literatura. Por ejemplo, nos dice:
“¡Ah, esos idiotas de las tierras bajas, para los que todo se funda en un panorama, un panorama espléndido, incomparable, esos que donde con mayor seguridad se mueven es en una ruta panorámica o en un camino panorámico! Cómo los odio, a esos tipos vestidos con traje de senderista que todo lo apestan y que molestan a animales y aves con sus nauseabundas historias familiares, sus relatos del tío Erich y la tía Poldi, que se cuentan a voces precisamente en medio del bosque”.
Así que hay unos escritores y lectores que gustan del camino trillado y sencillo, de la visión panorámica y de las historias aburridas y ya conocidas. Kofler está muy alejado de todo esto y, por encima de su lenguaje que despelleja, de sus diatribas, permanece una idea cuajada de lo metaliterario, de que la función de la literatura se encuentra en la cresta de las cumbres, sustentada en su principal voracidad: el discurso.
La zona del Klammerkopf, ominipresente en la Trilogía alpina.
Por eso el libro se titula Al escritorio, porque la voz de uno de los personajes mete de continuo las narices en el escritorio del autor para ver lo que está escribiendo, la forma en que altera lo contado una y otra vez, cómo las historias cambian de personajes, de escenario, de lugares, hasta no parecerse en nada a la historia original que se nos pretendía contar.
Portada de la edición inglesa de Al escritorio.
Y el lector asiste, primero, pasmado, después algo desconcertado, y al final emborrachado ante el efectista collage narrativo de Kofler. Que la literatura te provoque esa sensación, te ubique en un lugar en donde no sabes si estás agotado, eufórico o completamente ido, es algo al alcance de muy pocos autores.
Además, el enconado esfuerzo narrativo es una forma de respuesta ante el enigma de ese día a día que significa una profunda derrota y que se repite una y otra vez, ese que los escritores (sí, me incluyo) no conseguimos descifrar, que nos desborda, nos abruma; Kofler se pregunta por las motivaciones del hombre de a pie ante el monumental esfuerzo que debe realizar para afrontar un solo instante de un solo día:
De dónde saca las fuerzas la gente, pienso a veces, de pie junto a la ventana o moviéndome como un pez en el agua, perplejo, pienso: ¿De dónde saca las fuerzas la gente para seguir viviendo, cómo consiguen ir al trabajo todas las mañanas, de dónde sacan esa seguridad para dar un paso detrás de otro, de dónde la seguridad en sí mismos para poner un pie después del otro? ¿O es que para eso no hace falta fuerza, no es fuerza sino, en última instancia, debilidad? ¿Es incluso una fuerza general, supraordenada, enigmática, la que todos los días, sin que puedan mencionar un motivo atractivo para hacerlo, saca a las gentes de sus casas, o mejor dicho las absorbe, como una especie de torbellino? Podría ser. Por otra parte, para muchos se trata tan sólo de unos pasos, y viajar en el propio automóvil al trabajo ajeno compensa mucho; para mí todo eso es ajeno e incomprensible…”.
En esto, opina muy parecido a Thomas Bernhard en su novela Trastorno (Alfaguara), para quien el Armagedón personal, la gran amargura,
el desastre empieza cuando uno se levanta de la cama”.

 Justo cuando uno afronta el principio de un nuevo día. Por eso, Kofler tiene muy claro lo que significa la literatura a la hora de deambular afrontando esas ofensas cotidianas:
Escribir es hacer senderismo dentro de la cabeza”.
Y si ese recorrido nos lleva por senderos abruptos, que pueden llegar a ser incomprensibles para el lector, el propio autor nos invita a que nos marchemos:
Si la confusión le resulta demasiado grande, nadie le impide cerrar el libro, o hacer con él lo que pretenda. Sí, ahora frunce el ceño, pero quizá también la escritura sea un acto anárquico, y no solo la lectura”.
Advertencia que realiza en el momento en que se ha puesto a narrar un viaje por Alemania de la mano de su cocina, en unos párrafos que recuerdan mucho al delicioso Günter Grass de El rodaballo (Alfaguara), por ejemplo, una dialéctica que mucho más adelante calificará como “delirio asociativo”. Tal vez sea este delirio el hilo conductor al que pueda aferrarse el lector perplejo ante el panorama nada panorámico de Al escritorio.

2. Hotel Luz de Crimen o las tinieblas de la destrucción de lo real
En la segunda entrega, Hotel Luz de Crimen, subtitulado Tres piezas en prosaKofler sigue siendo fiel a su estilo de destrucción de la realidad, pero esta vez en forma de tríptico.  En la primera sección, Conjeturas acerca de la Reina de la Noche, nos narra de una forma tradicional, es decir convencional, la represión nazi que sufrieron distintos intérpretes, en diferentes lugares, de la ópera mozartiana La flauta mágica.

El nazismo y la Segunda Guerra Mundial en Alemania y Austria, así como los principales personajes, los altos cargos y los asesinos que lo encarnaron, son una referencia continua para Kofler. Algo tan evidente como necesario si atendemos al drama que encierran sus palabras en Al escritorio:
Siempre que entramos en la Historia alemana vamos a parar, antes o después, a la Edad de Piedra (…) Los austriacos siempre han representado cierto papel en la Historia alemana, sin austriacos la Historia alemana seria completamente impensable”.
Y termina con la tremenda afirmación:
La única posibilidad de comprender la reciente Historia alemana serían unas vacaciones de riesgo en un campo de concentración”.
De modo que Kofler, en Al escritorio, ya indagaba en esta forma empecinada de la destrucción de la realidad que desempeñaba el Tercer Reich, algo que atrae sobremanera a un escritor que en ese volumen inicial se califica “destructor de la realidad” y que, además, ya aborda, de forma somera, el asunto de la ópera de Mozart.
Dos imágenes de Werner Kofler, autor de la Trilogía alpina:


La deconstrucción de la realidad es una de las máximas de cualquier régimen totalitario, y también ese proceso se realiza mediante el lenguaje, de ahí el interés de Kofler en ello. Términos utilizados en el Tercer Reich como reasentamiento, o la expresión terriblemente cargada de significado, solución final, funcionaban como sinónimos de ejecución genocidio; de esa forma, la inocencia de las palabras se tiznó de una carga de culpabilidad. Suplantaron, con un significado completamente inofensivo como transporte, a una realidad espantosa, término que acabó siendo utilizado en documentos oficiales y conversaciones en Cancillerías para designar asesinato y limpieza étnica.
Por todo esto, es tan importante para Kofler arrancar el segundo volumen de su trilogía con un primer acto demoledor, pero escrito de una forma clara, terrible, para que la deconstrucción de la realidad nazi no pueda confundirnos. Es un texto, una narración breve, espeluznante, con una movilidad y una agilidad pasmosa, saltando de Praga a Breslau, de Breslau a Salzburgo, de Salzburgo a Aquisgrán, pasando por Regensburg, y regresando a Neumarktl, lugar en donde está ubicado el campo de concentración al que van a parar algunos de estos intérpretes mozartianos caídos en desgracia.
Una vez que ha demostrado que es un grandísimo escritor con un relato ejemplar, Kofler ya puede destrozar la realidad con su caos metaliterario. La parte segunda, Hotel Luz de Crimen, es una (de) construcción de un crimen llevada a cabo mediante el monólogo del asesino, al parecer realizado desde un manicomio. La reconstrucción del crimen mediante el discurso adopta matices poliédricos, hasta alcanzar un auto interrogatorio delirante.
En el tercer segmento, Autoobservacion encubierta, se alcanza la cumbre del libro: el autor se auto espía, se contempla escribiendo desde la ventana de un hotel, hasta que el propio autor y el observado convergen y se funden en una sola persona; es un homenaje a Alfred Hitchcock, ciertamente, y a su película La ventana indiscreta, pero también parodia en cierto tono burlesco el criminal y agobiante espionaje llevado a cabo en la antigua RDA, en donde todos eran delatores, chivatos y soplones; esa RDA que mucho después se nos mostrará en otro filme, La vida de los otros. Un Kofler desconcertantemente delicioso.


Porque una vez desclasificados los archivos de la RDA se concluyó que había un informante por cada 180 ciudadanos, mientras en la URSS ese porcentaje era de uno por cada 600. Los informes de la Stasi ocupaban 180 kilómetros de estantes, con unos 40 millones de fichas personales en sus cajas. 91.000 espías y 180.000 informantes alimentaban a este monstruo que las mandíbulas de la prosa irónica y exacerbada de Kofler trituran sin piedad en este relato.
3. El pastor en la roca o cualquier otro chiste (sin pastores ni rocas)
Con el pastor en la roca, subtitulada como Pieza en prosa, se completa la Trilogía alpina. Esta última entrega es, sin duda, la más exigente con el lector. Kofler retoma la temática inicial desarrollada en el primer volumen y su narrativa anárquica y desestructurada gira en torno al despeñamiento de un alpinista que se detuvo para escuchar un chiste narrado por su compañero de escalada.

Esto es, evidentemente, una gran metáfora —todo el libro y toda la trilogía son simbólicos— sobre los peligros abismales de la creación literaria y del discurso narrativo, pero no solo eso, claro. El libro se divide en dos partes, y la segunda transcurre en un manicomio, trabándose con la mejor tradición de la ficción austriaca sobre narraciones y enfermedades mentales que nos encontramos en autores como Thomas Bernhard o Josef Winkler.
Bernhard y Winkler, dos autores austriacos con los que Kofler entabla dialogo:


En la primera sección del libro, Montaña Muerte Chiste, ya el título nos remite a un elemento fundamental en el trabajo narrativo de Kofler: la oralidad. Porque Kofler es un contador, un hablador, un chamarilero de las historias al mejor estilo del checo Bohumil Hrabal, que también hizo de sus discursos deslavazados obras de gran literatura.
Bohumil Hrabal, uno de los grandes Tourettes de la literatura, que se basó en la oralidad de sus historias.
Por eso, nos da igual si fue el chiste del pastor en la roca o cualquier otro chiste (¿hay algo más oral que contar un chiste?), si se despeñó un hombre o una mujer —porque con el transcurso del libro esa figura se transforma—, si el discurso al que asistimos se formula en una sala de interrogatorios —de hecho es un interrogatorio, o eso parece a veces— o  parte de un discurso terapéutico en el pabellón del psiquiátrico de Samonig —En el manicomio de Samonig es el título de la sección segunda— mientras, por cierto, se presencia en la televisión un delirante partido de hockey sobre hielo en el que nunca llegaremos a saber que equipos se enfrentan y si es una cinta de vídeo o una emisión en directo…
Tumba de Werner Kofler en el Zenralfreidhof de Viena.
Todo eso, que aparece mezclado y debidamente condimentado por la fuerza de la prosa de Kofler, deja de importar ante la capacidad hipnótica del autor a la hora de aturdirnos, de hechizarnos, con su discurso. ¿Acaso el asunto se trata de un lingüista que despeñó a su mujer, una tanatóloga? Esto tiene sentido, porque la palabra, unida a la muerte, han resultado cruciales a la hora de componer toda la Trilogía alpina.
Aquí os dejo un vídeo en el que aparece Kofler leyendo una parte de una de sus novelas:
Kofler parece, así, definirse a sí mismo cerca del final de El pastor en la roca:
Al borde de la montaña, abajo, en un hospicio; un manicomio privado, Samonig es, creo, su nombre, hay un lingüista que se ha vuelto loco, un hombre peligroso —no solo sufre de una sólida manía persecutoria, sino también de otra manía, flujo de pensamientos—…”.
Y de entre ese flujo de pensamientos, tal y como Kofler afirma en la tercera sección de Hotel Luz de Crimen, surge aquello que convierte a una historia en narrativa literaria:
La literatura siempre tiene que ver con las sorpresas, vive de lo asombroso, de lo intercalado”.
Al final, Kofler, o sus narradores/guías alpinos, nos dejaran caer una y otra vez en el abismo de sus párrafos, por los barrancos de sus discursos erizados, por momentos desquiciados, para quebrarnos todos los huesos lectores contra los canchales.
Masoquistas como somos, disfrutamos con el dolor y el asombro que nos provoca este tipo de narrativa: la narrativa de un genio que conversa con Franz Kafka Thomas Bernhard, con Bohumil Hrabal y con el gran paseante alpino, Robert Walser, juntos en un refugio de montaña; con las cervezas cubiertas por la espuma de sus palabras, borrachos de literatura y sin ninguna posibilidad de que los abrazos terminen en puñetazos. Eso es lo memorable.
La Trilogía alpina de Werner Kofler al completo, publicada por Ediciones del Subsuelo.


Camaleón-Charlotte Van Den Broeck



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Camaleón de Charlotte Van den Broeck: el arte de la poesía y el camuflaje

La belga Charlotte Van den Broeck, a sus 28 años, se ha convertido en una de las voces poéticas más potentes de Europa. Así nos lo demuestra con su poemario debut, Camaleón, publicado en España por la editorial De Conatus. Dividido en tres partes, los poemas progresan desde la visión de la infancia hasta la relación con la madre, reflexionando sobre la vejez y mostrando el proceso de extrañamiento que se produce cuando avanzamos en las fases de los intercambios interpersonales; unos momentos que terminan por blindarnos ante el dolor y los desengaños. Como solución de supervivencia nos camuflamos y nos adaptamos al entorno como lo haría un camaleón. Este excelente poemario nos presenta el recuerdo como un mecanismo de protección camaleónico, modelado a conveniencia de nuestros fracasos. Inquietante y poderoso, estamos ante una poesía palpitante, una demoledora carga de profundidad. Hoy, en El Odradek de Achtung!, toca gran poesía.

El descubrimiento del mundo mediante la palabra. Compartiendo el asombro de la infancia, la amargura de la adolescencia, el desengaño de la edad media, la derrota de la vejez. Esta podría ser la manera en la que Charlotte Van den Broeck ha organizado su poemario Camaleón. Con esas tres partes bien definidas que marcan algo de eso que hemos llamado las edades del hombre: La cruz roja en el mapa del tesoro, Discovery Channel El origen.
Esos tres epígrafes se corresponden con tres fases determinadas en la maduración de la personalidad que encarna la voz poética. Ignoro qué parte hay en ella de voz autobiográfica, pero tampoco es algo necesario para entender este libro que despliega un discurso tan íntimo, propio y temperamental.
Los tres periodos son la infancia, el paso a la adolescencia, y la toma de contacto con una incipiente madurez en donde, al fin, pueden realizarse con sentido algunas de las grandes preguntas que nos hagan entender los recuerdos, el transcurso del tiempo, la vejez y la vecindad de la muerte. El problema radica en que la poesía, la buena poseía como esta, jamás proporciona respuestas, siempre abre puertas a nuevas incógnitas.
Charlotte Van den Broeck parece querer demostrarnos que la poesía es una forma maravillosa de dar vueltas y vueltas alrededor de una angustia existencial y no sacar en claro nada más que una angustia mayor. La poesía: la forma más extraordinaria de ahogar bellamente el tiempo.
Tiempo, tiempo que transcurre prendido de la memoria, del recuerdo. Es la viga maestra que apuntala Camaleón. Primero, un tiempo de la infancia, ya lo define muy bien el título de la primera parte, ese La cruz roja en el mapa del tesoro que, por sí mismo, concreta todo el anhelo infantil por descubrir las cosas, por plantearse preguntas, en donde cada nueva experiencia significa toparse con un tesoro que estuviera marcado en un mapa.
Charlotte Van den Broeck, autora de Camaleón, editado por De Conatus.
El primer poema que nos encontramos (como si fuera uno de esos tesoros) es el magnífico Bucarest, en donde la voz poética recuerda un episodio de infancia en compañía del abuelo, lo que le llevará a formular las premisas estéticas que la guiarán por el poemario:
Algunos lugares son tan pequeños
que caben en la punta de un dedo.
Trato de señalar dónde fue todo
pero apenas yo misma me acuerdo.
Entre los cascotes del olvido se erige la estantería
de mi abuelo y la tarde del domingo…”.
El poema se completa con una dosis de ironía que agregar al mecanismo del recuerdo difuso, del desencanto que viene de la mano de la memoria. Todo Camaleón discurrirá por los derroteros marcados en estos primeros versos. La difusa remembranza de otros tiempos y lugares que se nos aproximan de forma extraña mediante el ejercicio de la evocación. Esos cascotes del olvido que arrinconamos en la estantería y a los que acudimos de forma casi inconsciente, para alimentar nuestra desazón.
Porque que el recuerdo en el poemario de Charlotte Van den Broeck provoca cierta amargura. No estamos ante unos recuerdos felices, o al menos no son cien por cien alegres. Ni mucho menos. Son lánguidos, melancólicos. Así, tras la irónica convocación de la figura del abuelo, los poemas comienzan a orbitar alrededor de los ritos de paso que nos llevarán hacia ese terrible final de la inocencia.
Una gran imagen de uno de estos escalones hacia la madurez está relacionada con los primeros cigarrillos fumados durante una acampada:
Sobre tu saco de dormir fumamos cigarrillos, mis primeros.
Siento las encías como un hueso de albaricoque seco,
Pero afirmo que me gusta”.
Quizás madurar sea eso: sentir las encías como un hueso de albaricoque. ¿Acaso no las hemos sentido así en algún momento de nuestra estúpida cartografía adulta?
Esos cigarrillos significan el final de muchas cosas, de una infancia que se ha terminado, acogotada como un pollito desamparado, asesinada por los primeros sorbos de nicotina:
Por la mañana el ardor del sol nos obliga a salir,
fuera de la tienda encontramos el polluelo muerto.
Fuera lo que fuese, estaba indefenso”.
Esta potencia en las imágenes y en las evocaciones emanadas de circunstancias cotidianas son las que convierten a la autora, ya en su primer poemario, en una poeta deslumbrante. La geografía, en la primera parte, tiene su importancia, dado que varios poemas se titulan con el nombre de localidades, algunas de ellas sitios de veraneo en donde la voz poética se fue dejando jirones de infancia prendidos del tiempo, para alcanzar el advenimiento de la juventud, cuya principal característica es que al acceder a ella:
Asignamos nuevas funciones a las respectivas partes
de nuestro cuerpo”.
Pero en el interior del cuerpo ya fermenta la maldad de las siguientes etapas de la vida:
Me pregunto: ¿el celofán de nuestra piel se derrite
por el calor del sol o acaso hay algo pudriéndose
que desde dentro caliente la piel?”.
De esta forma, es el momento de hacer una recopilación de los recuerdos, de esos recuerdos guardados en la lata de conservas que tengo por cabeza, nos confiesa la voz poética, antes de alcanzar la siguiente casilla que demolerá la memoria con la crueldad del día a día:
De entre todas las cosas guardo fiestas infantiles
y una boca de kétchup, mi primer novio
en formol (que me compró una comba)
y más tarde, filos agudos y tajantes, os insultos
aquello de hacer-trampa-es-romper-la-partida”.
¿En qué nos hemos convertido con el paso de unos pocos años, con el agrio marinado de una vida que nos ha batido sin miramientos hasta formar parte de una escena como esta?:
La casa parece una habitación de hotel
donde descansamos de nosotros mismos,
temporalmente en tránsito entre
manchas de vino y mediocridad”.
Bukowski no lo habría expresado mejor, ni con mayor exactitud. Nuestra vida, con los problemas en las relaciones interpersonales, de pareja, en la aterradora rutina diaria, acaba de abandonar la placidez de las tartas caseras para convertirse en un universo de comida rápida: y también en el mundo que se nos proyecta desde el Discovery Channel.
Discovery Channel, tal es el demoledor título para la segunda parte del libro. Este canal que emite documentales, trata de mostrarnos el mundo mediante la observación de los comportamientos. Nosotros somos animales que encarnamos dos tipologías: a la vez cazadores y presas, carnívoros y herbívoros, caimanes y ñus, cazadores y recolectores.

El poemario abunda, en esta sección, en la visión actual que nos hemos fabricado del mundo, producto de las mentiras e imposturas que nos alimentaron durante la infancia. Una enorme desconexión con la naturaleza, que es decir lo mismo que una desconexión con la humanidad, lo que nos conduce a una inhumanidad que nos despega de la identidad.
Hemos perdido nuestra identidad al pasar de la infancia a la juventud. Después, con el advenimiento de la edad madura, alimentados de recuerdos malditos y dolorosos, nos alienamos una y otra vez tratando de comprender quienes somos.

Las imágenes de las etapas de la vida, de los sentimientos humanos, aparecen vestidas de naturaleza: una caña de bambú que se tuerce hasta quebrarse o una bestia que es el cuerpo en el mar de la cama, sometido a una bestia, un Leviatán que nos esclaviza la mente. La tristeza en una ballena varada y, también, en la visión panorámica del pájaro. Todo ello nos produce un extrañamiento porque esta no es la realidad, la vida que se nos prometió que viviríamos.
Charlotte Van den Broeck ha elegido defenderse de las agresiones de la vida con versos porque:
Todas las veces que no me ponía derecha derroché
centímetros. Nunca aprendí a defender una posición
tan solo a abrir de par en par esta boca y proferir
una especie de graznido, así de pequeña soy”.
Y la mutación del camaleón es la mejor defensa ante la batalla de la vida: ejemplo de cómo saber adaptarse. Ejemplo también de hipocresía, de miedo, de pavor. Ejemplo de relaciones personales sin alma: todo es camuflaje. Por ello, los dos poemas que llevan por título Camaleón son claves, el meollo central del poemario.
En Camaleón (II) se aborda el problema de la lengua (de esa lengua que en el camaleón es kilométrica, y en el poeta parece tan breve, corta, pero de contundencia similar):
mintamos en algún lugar entre lengua y dientes
sobre esta almohada equivalente”.
El fracaso de las relaciones se convertirá en un desacoplamiento relacionado con el ritmo que nos marcan los demás, y eso se convierte en un trastorno del lenguaje, que se plaga de palabras desacertadas y de mentiras. Por eso, la poeta se abriga al amparo de lo lírico, que actúa como un camuflaje, tal y como se afirma en estos versos decisivos para el poemario:
y lo que percibo está sometido
al camaleón en mi cabeza que a todo
le da, lamiendo, un color de camuflaje”.
Somos adultos y hemos extraviado los recuerdos. Además, aquello que nos produce dolor lo camuflamos, cada uno como buenamente podemos. El recuerdo trae de la mano la decadencia. En el poema Rorschach se aborda esta tesis desarrollada a lo largo del libro, casi a modo de una arrolladora conclusión:
 “con botón para rebobinar, algo
que pueda estirar hasta ser un recuerdo
hasta ser un dolor más grande que el vano
abombarse de sonido añejo en una concha”.
Y después llega la tremebunda afirmación:
Si de un raído deseo todavía se puede recoger
alguna simbología, no lo sé”.
Los siguientes poemas, hasta cerrar esta segunda parte, son de lo mejor del libroAstrología para principiantes nos muestra las formas en que lo monótono y lo rutinario se convierten en lo convencional. Y en Cáscara espacial se rubrica el sinsentido de la realidad que soportamos. Todo parece carente de lógica, de coherencia. En Expedición se concluye que la memoria ha sido una excursión a un pasado que siempre nos resultará desgarrador:
“(…) la memoria
tan entretejida con la piel
que en balde buscamos la parte
por donde nos desgarró”.
Las relaciones se van sometiendo a un proceso de fosilización. En Yacimiento arqueológico se nos advierte de eso:
Por mucho que te esculpa en la piedra caliza de mi cabeza
parece como si difícilmente cupieras ya en un recuerdo”.
Algo que se complementa en el poema Cazador/Recolector, donde ya aparece el chico petrificado:
Con tus últimos ahorros compraste online
una colección de fósiles.
Fabricados en China, descubriste, y desde entonces
yaces de brazos y piernas abiertas cal estrella de mar
petrificándote sobre la cama, me rasgo la piel en ti
al pasar por tu lado para serenar al molusco  que tienes
en la cabeza”.
Así, hemos ganado la edad adulta. De la peor de las maneras.
La parte final, El origen, reflexiona sobre las mujeres, el sentido que la vida posee para ellas, hasta qué punto ser madre puede justificarlo, y si la maternidad es la forma de cerrar un círculo o de abrir uno nuevo. Son un conjunto de poemas brillantes que abordan las relaciones entre la madre y la hija: excepcional es el poema Lavandería Netezon en donde:
Una lavadora lame las heridas de la jornada. En ella
puedes meter todo lo que no te cabe en la cabeza.
Como sábanas que se quedaron sin dormir.
O el olor a tabaco en el abrigo del abuelo con cáncer de garganta.
Programa largo, a sesenta grados, ritual de limpieza”.
Aquí os dejo enlace a un vídeo del día de la presentación de Camaleón. Es el momento en que se leyó Lavandería Netezon, con la propia autora presente, que después lo recita en su idioma:
Esta es la mirada sobre lo cotidiano de Charlotte Van den Broeck, que dedica las últimas tiradas de versos al envejecimiento, a los abuelos, a la cercanía de la presencia de la muerte. Lo tiene muy claro:
que los días son como círculos y que el tiempo nos acompaña,
que poco a poco nos parecemos tanto
que ya apenas se distingue a la chica de la madre”.
Un poema de esta última parte es Cabeza de toro, que os enlazo en este vídeo del día de la presentación del poemario:
Tiempo, recuerdos, memoria, dolor y vida, algunas de las claves proyectadas desde la originalísima mirada poética de la autora que hacen de Camaleón un poemario duro, pero inolvidable. Su voz nos inquieta y estremece, nos hace reflexionar, nos obliga a pensar. Charlotte Van den Broeck quiere transmitirnos que vamos encogiendo en el proceso de la vida. En efecto, y nos vamos agigantando con la lectura de esta poesía, que puede blindarnos, inmunizarnos ante las desgracias dolorosas de la memoria.
Si os interesa ver luna parte de la presentación de Camaleón os dejo este vídeo de media hora aproximada:
Charlotte Van den Broeck ha culminado un libro que es una medicina para nuestros tiempos, una armadura con la que protegernos, un texto que nos tiembla de emoción en las manos. En una palabra: ha creado poesía.