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sábado, 2 de noviembre de 2019

El descenso-Anna Kavan



*Esta crítica aparecio en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/el-descenso-anna-kavan-o-el-prodigioso-redescubrimiento-de-la-oscuridad/

El descenso: Anna Kavan o el prodigioso redescubrimiento de la oscuridad

En este mundo extraño de la literatura ocurren, demasiadas veces, cosas raras. Por ejemplo: escritores de enorme talento que pasan inadvertidos sin que podamos deleitarnos con sus grandes obras hasta que alguien insiste en ellos, los reivindica y termina por recuperarlos. A veces pasa, como en el caso de la escritora inglesa Anna Kavan, que anteriormente ya había sido publicada en español, pero se había instalado en el limbo del olvido. Autora minoritaria y poco conocida para nosotros, se nos ha revelado de nuevo con el libro de relatos El descenso, editado por Navona y magníficamente traducido por Ainize Salaberri. Por eso, hoy en este Odradek de los viernes de Achtung!, os traigo este texto excepcional.

Aunque soy de los que defiende la inmanencia del texto, es decir, que lo escrito debe entenderse (incluso interpretarse) sin necesidad de interferencias externas —me refiero a las biográficas, fundamentalmente—, me veo en la obligación de puntualizar algunos aspectos sobre Anna Kavan que terminan por darle sentido (todo su sentido pavoroso) a El descenso.
Las metamorfosis de Anna Kavan
Kavan, británica que nació en Cannes (aunque no se conoce con exactitud su fecha de nacimiento, posiblemente en 1901), se llamaba originalmente Helen Emily Woods. Por tanto, Anna Kavan es un pseudónimo, algo que tampoco resulta nada extraño en el mundo de la literatura, y ahí están los casos de Pablo NerudaIsaak Dinesen, los hispanos Clarín AzorínGabriela MistralGeorge OrwellMark TwainVirginia Woolf, y un larguísimo etcétera.
¿Entonces, qué tiene de interesante este Anna Kavan? Pues mucho: el primer libro que firmó con ese nombre fue una colección de cuentos, Asylum Piece, publicado en 1940, y que es este El descenso que ahora nos ocupa, pero antes había escrito y editado ya varios libros como Helen Ferguson, tomando el apellido de su marido. Un total de seis novelas en ocho años. Esa primera tirada creativa se fundamentó en obras de características románticas que algunos críticos, de forma despectiva, pueden calificar como novelitas rosas, pero que, a pesar de hablarnos de paisajes y vidas bucólicas, dejan entrever extrañas familias que son presa de la angustia y de la amargura.
El descenso es otra cosa: es un texto basado en las experiencias de la escritora como interna en pabellones psiquiátricos, de la asistencia a clínicas y de los interminables procesos de psicoanálisis. La mujer se había convertido en alguien inestable que necesitaba de este tipo de ayudas, sumida en un proceso de deterioro que la conducía a la enfermedad mental.
Así que Anna Kavan nace del alejamiento del mundo bucólico e ideal del condado de Home Counties, en donde vivía con su adinerado primer marido. La deriva hacia los problemas mentales bien pudo ser producto de varias circunstancias traumáticas: el suicidio de su padre en 1911 —se tiró por la borda de un barco en México—, lo que la llevó a varios internados; después llegó su más que coqueteo con la heroína, el divorcio de su primer marido, el descubrimiento de la vida bohemia, la muerte de una hija al poco de nacer y, tras su segundo divorcio, un intento de suicidio.
Con ese primer intento de suicidio (aún lo intentaría dos veces más), apareció la clínica de Suiza en donde fue internada y que es fácilmente reconocible en El descenso. Desde entonces pasaría toda su vida luchando contra la depresión y la adicción a las drogas, sin éxito. Cuando se decide a publicar El descenso ya no se parece en nada a la lejana Helen Emily Woods, y tampoco a Helen Ferguson, por lo que elige llamarse como la protagonista de dos novelas suyas anteriores, Let Me Alone (1930) y A Stranger Still (1935). Acaba de nacer Anna Kavan para la literatura.
Dos novelas de Anna Kavan publicadas en español:


Anna Kavan se tiñó de rubio (era morena) en un intento de abandonar por completo una imagen del pasado que la horrorizaba. Entendida por propia experiencia en procesos psiquiátricos, trabajó con soldados que parecían neurosis durante la Segunda Guerra Mundial, una contienda que le trajo el episodio más amargo de su vida con la muerte de su hijo en 1944, paracaidista abatido sobre Alemania.
Todo ello se concretó en sus inquietantes textos redactados con un estilo hipnótico y difuso producto de su transformación (sí, como si protagonizase La metamorfosis de Kafka) y por la influencia que algunos críticos atribuyen a su descubrimiento del autor praguense. Especulan con que, incluso, ese Kavan se hermane con la k de Kafka o con el mismísimo Josef K.
Motivos para un destierro
Comparar a Anna Kavan con Kafka es un poco gratuito. Puede parecer necesario (desde un punto comercial-editorial lo es), porque es cierto que dialogan, y que muchos aspectos de El descenso recuerdan a El proceso, pero Anna Kavan creo que solo es comparable con Anna Kavan, es decir, es única. Y ese puede ser otro motivo de su ostracismo.
No suelo extenderme tanto en los asuntos biográficos de un autor, pero en este caso me parecen, por lo desconocido de la escritora, y la importancia que poseen para completar la comprensión de El descenso, cruciales. Y en efecto, ser Anna Kavan resultó uno más de los impedimentos para que su obra fuera descollante.
Anna Kavan fue considerada por la crítica como excesivamente innovadora, demasiado compleja y vanguardista, a pesar de los elogios de autores consagradísimos, tales como Doris LessingAnaïs Nin (una de las primeras en compararla con Kafka) o J. G. BallardAnna Kavan cayó en la oscuridad, en el cruel destierro literario.
A pesar de gozar de cierto prestigio literario, a su muerte desapareció por completo del panorama —por cierto, una muerte polémica: ¿sobredosis o infarto?, al año de publicar su obra Hielo la encontraron en su casa de Kensington; había fallecido completamente sola—. No aparecería, desde entonces, en ninguna reseña, ni en trabajos, ni estudios, ni en antologías, brutalmente desgajada de maestras del relato como pueden serlo la neozelandesa Katherine Mansfield, o las británicas Angela CarterElizabeth Bowen o la mismísima Virginia Woolf. La crítica decidió que no pertenecía este grupo exquisito.
Anna Kavan, autora de El descenso
Otro problema fue que las obras publicadas como Anna Kavan cayeron en manos de un editor minúsculo e independiente, Peter Owen, lo que no favoreció su distribución. Si tomamos en serio la manifestación de Harold Bloom en su Canon, cuando afirma que el mundo editorial está compuesto por una serie de obras que luchan unas con otras por sobrevivir, la pertenencia a esta editorial significó para Kavan un fracaso en el concepto de la selección natural bloombesca.
El editor Peter Owen.
A ello hay que añadir que Kavan no es una escritora de fácil lectura, trufada de momentos incómodos, oscuros y desagradables, a lo que contribuyó con su propia personalidad cambiante, poliédrica, complicada, enigmática, turbadora. No fue una escritora sencilla para sus lectores.
El descenso o la imaginería del extrañamiento
Anna Kavan no es una escritora sencilla para sus lectores. El motivo radica en la sensación de bloqueo y pavor que producen los relatos, y ya me ciño a los que se contienen en este prodigioso volumen de El descenso. Lees uno y te dices sorprendido: “un momento, un momento, ¿cómo puede ser esto así?”. Entonces, vuelves a leerlo para verificar los angustiosos elementos que se contienen y nos oprimen en una habitación, en unas manzanas, en un paisaje o en unos pájaros que evolucionan sobre la nevada.
Lo que nos deja sin habla, estupefactos, son esos finales tremendos con los que clausura las piezas, como erigiendo un muro de ladrillos contra el que nos golpeamos arrojados a gran velocidad por la prosa de la autora. A medida que leía El descenso me iba dando la sensación de encontrarme ante un armadillo literario, un libro blindado, pero solo aparentemente blindado, porque puedes penetrar hasta su núcleo blando. Y es allí en donde Anna Kavan te cautiva, para destrozarte después.
Ainize Salaberri, sobresaliente traductora de Anna Kavan.
Estamos ante una novela en forma de relatos unidos por un mismo hilo conductor. Pero es una novela, a mí no me caben dudas, y en ella se nos narra el proceso de desintegración mental de la protagonista, ese descenso a los infiernos de la enfermedad que se va manifestando con evidentes síntomas: visiones, manía persecutoria y conspiratoria delirios, evocaciones de mundos extraños, angustias, crisis nerviosas, insomnio….
Mientras la protagonista va experimentando todo ese desastre psicótico, Anna Kavan nos habla en primera persona. Al ser ingresada en la clínica, en el relato largo dividido en ocho partes y que se titula como el libro en español, El descenso, nos ofrece una visión de narradora omnisciente para mostrarnos el cuadro del psiquiátrico —un cuadro cruel y terrorífico— proyectado desde la distancia, recurriendo a la maniobra del extrañamiento romántico que trataron escritores alemanes como E. T. A Hoffmann Von Chamisso, entre otros.
María Luisa Bombal y una edición de La última niebla:


Pero Anna Kavan enlaza, o dialoga, mediante la alienación de sus personajes, y en concreto de su protagonista, con la María Luisa Bombal de La última niebla o la Sylvia Plath de La campana de cristal. Respecto a la Bombal, entronca directamente con la exposición de un universo soñado que, sin embargo, resulta tremendamente real en la mente de la protagonista.
En El descenso se establece un combate entre el individuo y el enemigo. Ese enemigo es la enfermedad psiquiátrica, que progresivamente va abriéndose paso hasta conseguir el triunfo absoluto. El mensaje es desesperanzado, y convierte a la protagonista en una especie de alma en pena, de muerta en vida.
La literatura de Anna Kavan en El descenso es una escritura fría como el hielo, por momentos aséptica, y por momentos hirviente como la caldera plena de máquinas ruidosas que bulle en su cabeza. Las escenas relatadas son siempre inquietantes, aunque se refieran a momentos tranquilos, y una buena muestra de ello la encontramos en la narración larga del sanatorio psiquiátrico, con una serie de personajes que viven internos en una continua represión, acogotados por el horror de unas situaciones que les resultan incomprensibles.
Portada de una versión en inglés de El descensoAsylum Piece.
El mensaje que parece transmitirnos la autora del libro es que, una vez que has descendido, ya no podrás, jamás, subir a la superficie, tal y como ocurre en una de sus piezas claves: Ascendiendo al mundo. Solamente por este relato ya merecería la pena el redescubrimiento de Anna Kavan, porque es una autora que debe ser necesariamente leída. Algunas piezas de El descenso pertenecen a las mejores páginas de la literatura. Y eso es algo que no puede pasarse por alto alegremente.
Hemos tenido fortuna con esta recuperación de la mano de Navona y de su traductora, Ainize Salaberri. Siempre he creído que uno de los motivos principales de una editorial es la difusión de autoras como esta. Un diez para editorial y traductora, que nos han traído un inmenso e inesperado regalo literario.

sábado, 26 de mayo de 2018

Buscando Mercy Street. El reencuentro con mi madre, Anne Sexton-Linda Gray Sexton



*Esta reseña apareció en achtungmag.com:

Linda Gray Sexton: Buscando Mercy Street o la verdadera dueña de la herida

Hace un mes y pico llegó a mis manos uno de esos libros que ya sabes, incluso mucho antes de leerlo, que va a significar algo profundo en tu vida, que será capaz de alterar, de cambiar tus esquemas, tus ideas, que te marcará estableciendo un antes y un después. Abrí las puertas de mi casa al volumen que por cortesía de Ainize Salaberri, la traductora, iba a instalarse como un pulpo en mi butaca de lectura, apresándome con sus tentáculos y forzándome a reflexionar sobre el suicidio, la muerte, la familia, los hijos, la poesía, la creación literaria… Como todo buen libro trata de todos aquellos asuntos que nos inquietan, hurga en los armarios y desvanes de nuestros miedos, sale al encuentro de las cuentas pendientes que poseemos, y consigue que volvamos a recapacitar sobre ellas. Se trata de uno de los libros del año hasta el momento, Buscando Mercy StreetEl reencuentro con mi madre, Anne Sexton(Navona).


Linda Gray Sexton lleva a acabo un ajuste de cuentas con su madre, la poeta Anne Sexton, uno de los personajes más icónicos de la cultura norteamericana de los años sesenta. Verdaderamente, la hija tiene mucho que reprocharle a su madre, y el libro es el resultado de muchos años de angustia y carga de fantasmas del pasado, traumas infantiles y responsabilidades insoportables.
Nos enfrentamos, así, a un libro que es una autobiografía a dos, tal vez un paso a dos destructivo, porque mientras Linda trata de contar y explicar la relación con su madre, se nos muestra el proceso destructivo de Anne Sexton y el propio mecanismo kamikaze de su hija. Es un relato de las formas en las que una persona puede aniquilarse, liquidando, además, todo lo que le rodea y ama.
El primer párrafo del libro es significativo respecto a lo que Linda Gray tuvo que vivir con la enfermedad de su madre:
Mi historia como hija y la historia de mi madre como madre comenzó en los suburbios de Boston, en los años 50, cuando me expulsaron de la casa de mi infancia para hacer sitio a alguien más: la enfermedad mental de mi madre, que vivía entre nosotros como la quinta persona en discordia”.
Anne Sexton padecía una enfermedad mental, psiquiátrica, que podríamos reducir simplemente —y terriblemente— a que era víctima de depresiones; unas depresiones que se alimentaban de unas poderosas tendencias suicidas. La vida de Anne Sexton fue un continuo rosario de sesiones psiquiátricas y visitas a hospitales, de lavados de estómago y periodos de trance en los cuales caía en suspenso, de botes de pastillas y paseos por el filo de la muerte.
Anne Sexton junto a sus dos hijas, Joy de 3 años y Linda de 5, en una foto de Ian Cook .

Ser la hija de una madre así no es algo que pueda resultar sencillo, y dejará marca en el futuro. Por eso, Linda Gray Sexton tiene mucho que reprochar a su madre, por un comportamiento que muy bien podría haber terminado con la propia hija muerta. Anne Sexton le dijo a su terapeuta que sentía ganas de ahogarla, y mantuvo con ella una extraña relación de odio y amor perturbadora, hasta el punto de incluir los abusos sexuales y el intento de incesto.
Son confesiones que no habrán agradado a la familia, es obvio, ni tampoco a los muchos fanáticos de la poeta. Linda Gray confiesa los abusos sexuales a los que la sometía su madre, que solía masturbarse en su presencia o, incluso, frotándose contra ella, aireando una relación enfermiza como parte de un libro en el que desea de corazón poder perdonar a su madre.
Anne Sexton llegó a la poesía desde la locura, desde la enfermedad, porque se inició en la escritura creativa como una recomendación de su psiquiatra, buscando la forma de canalizar lo que sentía. Por ello, la poesía de Sexton es consecuencia de una enfermedad, y no la causa del genio enloquecido y creador desbocado, lo que da mucho que pensar y reflexionar acerca del mito. Linda Gray lo tiene muy claro a este respecto:
“¿Con qué frecuencia se ha especulado que la locura crea arte? Si mi madre estuviese viva hoy en día, sacudiría la cabeza en total desacuerdo y recordaría a todos los interrogadores que cuando estás hundida en el dolor y la confusión, no eres capaz de crear nada. Simplemente, trabajas muy duro para sobrevivir”.
La poeta fue destrozando todo a su alrededor: primero acabó con su matrimonio, luego alejó de ella a sus hijas, después extravió su personalidad… Cuando peor estaba asestó el golpe de gracia: se catapultó a la inmortalidad desde una poesía de versos confesionales, desde una poesía de vermús y vodkas, desde una poesía de monóxido de carbono que muchas veces es irrespirable porque la fuerza de los latidos de la muerte retumba en ella.
En uno de los talleres literarios a los que acudía para limar sus poemas conoció a Sylvia Plath, entablando una amistad que solo pueden establecer dos personas que se reconocen como ya muertas de antemano. Sylvia se suicidó antes y Sexton le confesó a su psiquiatra que aquella muerte le pertenecía a ella, que Sylvia se le había adelantado arrebatándole la gloria del suicidio. Ambas entendían la literatura como un esqueleto. Los versos como costillares, las palabras como huesecillos. El libro era un ataúd. La poesía el epitafio.
Sexton y Plath: más que una amistad literaria.
Sylvia Plath era muy dueña de aquellos impulsos, de ese suicidio, tal y como lo anunciaba en su poema Lady Lázaro:
Morir
es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien que es una barbaridad.
Tan bien que parece real.
Se diría, supongo, que tengo el don”.
Linda Gray recuerda momentos insoportables de la infancia: su madre en estado catatónico sobre la mesa, con la cara sumergida en el plato de puré de patatas; su madre esgrimiendo una sexualidad agresiva que la llevó a mantener diferentes amantes mientras estaba casada e, incluso, una relación lésbica; su madre cometiendo el suicidio, una y otra vez, hasta que le salió bien.
En cierto modo, el suicidio de Sexton fue como el proceso de componer una poesía. Lo escribió varias veces en un borrador —en nueve ocasiones—, hasta que dio con la versión definitiva y correcta. No en vano, para el poeta del surrealismo francés Jacques Rigaut: “El suicidio es una vocación”.
De manera que Buscando Mercy Street es un recorrido de Linda por aquella infancia terrible junto a una madre ausente, el viaje por una adolescencia imposible junto a una diva de la poesía, y el intento de ganar la edad adulta con la carga de las culpas generadas en esa relación materno filial repleta de problemas y que desembocó en una muerte de la que la hija siempre se ha sentido, en parte, culpable.
El libro invita a reflexionar sobre la relación que nosotros hemos tenido con nuestros padres, la forma en que estamos educando y ocupándonos de nuestros hijos, la manera en la que somos capaces o incapaces de enfrentarnos a nuestras limitaciones y, si en algún momento la idea de suicidio a brotado en nuestras cabezas, cómo la hemos combatido y si verdaderamente la hemos desterrado del todo.
Linda Gray nos obliga a pensar sobre la depresión, mucho más en el caso de que la hayamos padecido, y sobre la muerte, esa muerte que siempre tenemos tan cercana, por mucho que la queramos obviar. Y sobre el binomio que une, al parecer lo hace con grilletes de acero, el impulso creador y la negra bestia destructiva del suicidio. Poesía y malditos, alcohol y escritura: vive o muere.
Al Alvarez lleva a cabo una profunda reflexión sobre el suicidio en El dios salvaje.
El suicidio no añade a la poesía nada de nada”, dice Al Alvarez en su libro El dios salvaje (Emecé) una reflexión sobre el suicidio con motivo de la muerte de su amiga Sylvia PlathAl Alvarez, escritor británico, había intentado suicidarse en 1961, antes que Sylvia, pero falló. En la obra, un ensayo sobre la historia del suicidio con especial atención a los suicidas literarios, intenta desentrañar ese oscuro agujero de desesperación que se abre en el suicida y que Albert Camus define: “El suicidio se prepara en el silencio del corazón, y es una gran obra de arte”.

De manera que el libro de Linda Gray es la historia de una hija que tiene que acostumbrarse a convivir con la continua presencia de la muerte:
La muerte vivía en nuestra casa: acechaba en los pequeños botes farmacéuticos de la torazina, hidrato de cloral, pentobarbital y deprol sobre la cómoda de mi madre; en las jarras de bebida, en la punta de la lengua de mi madre o en los puños cerrados de mi padre; esperaba paciente en el coche aparcado en el gran garaje; tras las rejas del hospital psiquiátrico”.
Tal y como la define LindaAnne Sexton era “su enfermedad mental”, eso la caracterizaba, lo eclipsaba todo hasta el punto de que casi parece milagroso que de entre tanta oscuridad pudiera aparecer la luz de su poesía. Porque Linda se apresura a destruir los estúpidos presupuestos y estereotipos sobre locura, suicidio y genialidad. A lo mejor, Camus no tenía mucha razón cuando formuló es de “la gran obra de arte”:
La historia de la vida de mi madre, vista desde ciertas estereotipadas perspectivas, podía degenerar en un caso escandalosos que ofreciese una variedad de hipótesis superficiales: el arte depende de la locura; el suicidio es un modo glamuroso de morir; la depresión es un requisito indispensable para la mente creativa y pensante”.
Por eso, Linda no tiene reparos a la hora de narrar cómo ella misma se aproxima hasta justo el borde del suicidio, a punto de imitar a su madre, y consigue evitarlo. Al mostrarnos ese proceso, nos enseña que la situación sólo acarrea sufrimiento (a sus hijos, a su marido) y que no contiene ni una gota de encanto, genio, ni lucidez original. Por otra parte, que Linda intentara suicidarse, o estuviera a punto, con el bagaje que traía desde la infancia, casi parece la salida fácil al callejón pavoroso en el que estaba extraviada.
De esta manera, la extensísima autobiografía, biografía, testimonio o confesión, llámese como se quiera a este Buscando Mercy Street de más de 500 páginas que pone en pie Linda Gray, es un ejercicio de recuperación de la figura de su madre, una puesta en orden de un pasado terrible y doloroso, y un ejercicio de amor (con Anne, con ella misma, con el mundo) que intenta reparar los dolores y calmar la memoria castigada de una hija que asistió a la metamorfosis desbocada de su madre: de la enfermedad a la poesía, pasando por la destrucción y llegando a la forma más estúpida de suicidio.
Linda Gray reflexiona cerca de la conclusión del libro:
Dejémonos poder decir al final: este es el precio y la recompensa de la locura; este es el precio y la recompensa de ser un genio (…) A todos nos dañó vivir su vida a su lado, tras ella, a ala sombra, dándole la mano: esa es la realidad (…) La única forma de superar el dolor es contarlo y hacerlo con honestidad”.
Porque Anne Sexton, a los ojos de su hija, que demuestra tener una visión muy clara de lo vivido:
Era cariñosa y amable, pero también estaba enferma y era destructiva. Intentó ser una buena madre pero, y esta es la verdad, no lo fue. Mi madre era humana, simplemente, y estaba sujeta a todo tipo de debilidades y problemas, Hay quien solo desea recordarla bajo cierta luz, una especie de leyenda”.
Linda Gray nos muestra a la mujer que aparece entre las grietas del estucado de poeta, entre los resquicios del mito literario: un ser de carne y hueso que ama y odia, que vive y muere, que daña a lo que le rodea, que ama a lo que le rodea, sin posibilidad de redención.
Anne Sexton con Linda Gray.
Todo ello, narrado de una forma vertiginosa, fácil y ágil, que consigue que las páginas vuelen en la lectura, algo de lo que tiene gran parte de culpa la traducción de Ainize Salaberri, firme y contundente, logrando una versión amena muy necesaria para un texto largo que no trata, además, cuestiones agradables. Ainize se convierte en la voz española de Linda Gray, hasta el punto de firmar un pequeño y delicioso epílogo titulado Deliciosamente loca, de donde me quedo con una frase:
Parece que Ane Sexton estuvo siempre muriendo en vez de viviendo”.
Quizás, por eso, su poesía confesional me resulta tan agónica. Pude leerla por primera vez en la edición española de Vive o muere (Vitruvio) editada en el año 2008, así que yo soy de los que ha llegado relativamente tarde a Sexton, al contrario que a Sylvia Plath, a la que conocía desde hacía muchísimos años. Aunque se da el caso de que mi primera noticia de Anne Sexton se albergaba en el interior de la canción Mercy Street de Peter Gabriel, perteneciente al disco So, de 1986. Desde entonces todo fue curiosidad y ganas de entender a esta escritora. Ahora, el libro de su hija termina de aportarme la luz que necesitaba.

Sigo teniendo pendiente el hacerme con su Poesía completa publicada por la editorial Linteo en 2013; un volumen de 939 páginas a un precio prohibitivo de 40 eurazos y, ya lo sabemos todos, los comparatistas no podemos permitirnos ciertos lujos.

Afortunadamente, y por la gentileza de su traductora, he podido navegar por este magnífico libro que ha editado Navona, y que la autora define como un “viaje de duelo por mi madre” en donde la máxima de Al Alvarez consignada en su ensayo El dios salvaje cobra el mayor de los sentidos:
La pasión por destruir es también una pasión creativa”.
Al fin y al cabo, Anne Sexton murió, pero dejó en este mundo a sus hijas y, una de ellas, Linda Gray, heredó todas las heridas de la madre, convirtiéndose en la dueña de un dolor tan enorme como inmerecido. Al menos, de ese mal, se ha generado un libro como este Buscando Mercy Street, para alegría de todos nosotros y alivio de su autora. Y por ello, para agradecer el excelente rato que he pasado con su lectura, he querido traerlo hoy aquí, a mi columna de El Odradek.
La figura como poeta de Anne Sexton, a pesar de lo que se diga de ella en el texto como mujer, como persona, como madre, como esposa, continuará inmutable y gigantesca, porque se defiende en sus poemas de las terribles afrentas de la vida. Y en esos poemas, Anne Sexton siempre lleva las de ganar. Es decir, las de vivir. Vivir eternamente en las hojas de papel que reproducen sus versos. Nada de lo que hiciera en vida podrá sacarla, nunca, ya de allí.
Os dejo con la interpretación de Peter Gabriel en directo de Mercy Street. Conmovedora y emocionante: