sábado, 5 de enero de 2019

Solenoide-Mircea Cӑrtӑrescu



*Esta crítica aparcio en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/solenoide-de-mircea-c%D3%91rt%D3%91rescu-libro-del-ano-2018-para-achtung/

Solenoide de Mircea Cӑrtӑrescu: Libro del año 2018 para Achtung!

Cuando ya es muy significativa la polvareda literaria que ha levantado la publicación de la novela Cegador por parte de la editorial Impedimenta, en Achtung! hemos elegido Solenoide como libro del 2018. Es nuestro Rey de Reyes literario, que ocupa el puesto de Libro del Año, ese mismo que en 2017 otorgamos a Philippe Sands y su obra Calle Este/Oeste (Anagrama). Aunque hace tiempo que terminé la lectura de Solenoide, todavía me siento aturdido por el descubrimiento de un libro total, complejo, exigente y delicioso. Su autor, obviamente me refiero al escritor rumano Mircea Cӑrtӑrescu, en los últimos tiempos se ha visto aupado al éxito gracias a esta obra impactante. En Achtung! somos así, independientes, y hacemos lo que nos da la gana, está en nuestro ADN: cuando ya todo el mundo habla de su siguiente trabajo, Cegador, nosotros vamos a centrarnos en Solenoide porque, y aunque ni siquiera fue un libro originalmente publicado por Impedimenta en 2018, en España ha experimentado su boom durante este año que ahora se muere, además del éxito de lectores y de crítica, y nos ha traído la más que evidente consagración del autor. Vamos a intentar abarcar una parte del enorme caudal narrativo de esta novela que, sin ninguna duda, es uno de los libros más importantes que se hayan escrito a largo de estos 18 añitos que ya van cumplidos de siglo XXI.

Vaya por delante esto: Solenoide es una novela total. ¿Y qué es una novela total? Un texto que lo abarca todo, que se alimenta, voraz e insaciable, de nuestros más oscuros imaginarios, que destila un lirismo inteligente hasta a la hora de describir las mayores aberraciones y miserias, que abarca las inquietudes, los miedos y las esperanzas de las que se nutren las novelas que conforman la historia de la literatura y que alberga en su interior una verdad literaria dorada y reluciente como ese interior del maletín que aparecía en la película Pulp Fiction.
Todos los libros el libro
A la pregunta de qué es lo que podemos encontrarnos en las casi 800 páginas de Solenoide debo responder que todo. Absolutamente todo. Cӑrtӑrescu se toma su tiempo narrativo para desplegar un manto de literatura sobre los lectores, un capote que termina por cubrirnos por completo. Un baño pegajoso de un mundo onírico, pesadillesco, sentimental, una crónica de Bucarest interpretada en un realismo mágico de Muntenia.
Este imaginario valaco permite al escritor desplegar todo un repertorio de elementos y recursos narrativos que nos va enseñando como si los albergase en las pequeñas vitrinas de su propio gabinete entomológico; en frasquitos, en matraces que destilan fórmulas magistrales de capítulos en los que conviven en simbiosis gotas de serendipia, sueños, recuerdos, pánicos de infancia, decepciones adolescentes, crisis y anhelos de escritor, Doppelgängers inquietantes y elementos de ciencia ficción enfebrecida.
Cada muestra de este gabinete del doctor Cӑrtӑrescu es un libro en sí mismo: por eso todos los libros se contienen en este libro-carrusel. Atenderé a unos pocos que me parecen especialmente importantes a la hora de tratar de comprender este código Voynich literario: el libro de la Bucarest triste, el libro de los Gemelos Malignos, el libro de la Arquitectura del Dolor, el libro de los Insectos, el libro de los Sueños y el libro de la Cuántica. Solo son algunos de ellos, porque la lectura de Solenoide puede ser tan vertical y profunda como desee cada uno, primer signo de aquellas narraciones que han terminado siendo grandes obras literarias.
El libro de la Bucarest triste
Que Bucarest es una ciudad afligida en la literatura, depresiva y oscurecida, es una visión corriente en autores como Gregor Von Rezzori o Norman Manea. Es una ciudad de bajezas, decadente en su belleza herida, oprimida y opresiva, hambrienta y ratesca, polvorienta y herrumbrosa y, por todo ello, como si los vapores de la urbe emanaran de un gran caldero que cociera una poción hipnótica, es un lugar prodigioso y soñado. Y no puede ser de otro modo para Cӑrtӑrescu.
Cӑrtӑrescu ofrece una peculiar visión literaria de Bucarest en Solenoide.
La visión de Bucarest a los ojos de Cӑrtӑrescu es una visión que realmente proviene de los ojos de su corazón: es más que memoria de su infancia y recuerdo de una época, alcanza más allá del tiempo y de la historia y lo inunda todo con una oleada de amargura. Me resultaría muy sencillo afirmar que la verdadera protagonista de Solenoide es la ciudad de Bucarest, pero sería reducir la crítica a una verdad simplista.
Bucarest, en este libro, es una presencia, un ente tóxico que permanece inficionándolo todo, un páramo de arenas movedizas y herrumbre en las que el protagonista chapotea tratando de mantenerse a flote, y de cuyo abrazo mefítico puede soltarse gracias, quizás, al efecto liberador de los solenoides.
Bucarest es un estado de ánimo en la narrativa de Cӑrtӑrescu. Bucarest es la visión de un cuerpo destruido, arruinado, del cadáver de un gigante venido de otros mundos, de otros tiempos.
Bucarest también es el propio cuerpo del protagonista, de ese narrador que reconoce su decadencia física en los edificios ruinosos, lo abyecto de sus actos fisiológicos en las emanaciones de una ciudad que se embalsama con ladrillos desdentados, piedras mordisqueadas y edificios quebrados.
Bucarest es la ciudad más triste que se haya erigido jamás sobre la faz de la tierra”.
Es una afirmación contundente. Pero es que se trata de la Bucarest escrita, soñada, imaginada, moldeada en la cabeza del protagonista a golpes y derrotas.
El libro de los Gemelos Malignos
El protagonista de Solenoide es uno, pero también es otro, o al menos los restos de otro que se albergan en su cuerpo como los pedazos de un naufragio anatómico que aparecen en las orillas de su piel. Los restos de una cuerda en el interior de su ombligo, los trozos de recuerdos de un hermano del que no se sabe muy bien qué fue, el reflejo mental de una persona que se mueve, vive y actúa a las espaldas.
La vida de este personaje se expone en demenciales expositores y vitrinas, se refleja entre las maquinarias agonizantes de comunismo en una fábrica abandonada o en el fondo de las páginas de un diario que es tanto memoria de pesadillas como de insomnios.
La presencia absoluta de ese otro yo, en principio el hermano, es la permanente presencia de lo que pudieron ser los rumanos liberados del Régimen del tirano, el reflejo de aquella vida que habrían podido llevar, esa otra vida al margen de felicidades obligatorias y forzadas conmemoraciones revolucionarias.
Por eso, en Solenoide hay una corriente oculta, una vida oculta, una poética de lugares que están por ser descubiertos aunque lleven allí toda la vida; porque son descubiertos con una forma nueva, diferente o distinta, de mirar: entonces, y solo entonces, aparecen cementerios ocultos, puertas a otras dimensiones temporales, pasadizos espaciales a torreones condenados, habitaciones que nunca existieron y que siempre estuvieron ahí.
La otra vida, la vida que no es la vida del protagonista, es una especie de catálogo de sucesos automatizados. Las rutinas cuánticas de acudir al colegio a dar las clases, los comportamientos simétricos del claustro de profesores, el aburrimiento de aquellos que han confeccionado una existencia con intenciones bastardas.
Pero la verdadera bilocación del protagonista de la novela se produce en ese momento del pasado remoto en el cual decide leer su poema La caída ante un grupo selecto de intelectuales en la Facultad de Letras. Aquello debía ser el aldabonazo a su carrera como escritor, pero los doctos señores destruyen su poema de treinta páginas, lo reducen a cenizas, una política de tierra quemada literaria que convierte al autor en un paria sin patria y, automáticamente, lo desdobla en dos: el fracasado y el escritor que pudo ser y jamás fue. Y lo deja muy claro con la siguiente afirmación:
“De Hölderlin pasé a ser Scardanelli, encerrado durante treinta años en su torreón levantado sobre las estaciones del año”.
Crueldad de Cӑrtӑrescu con el fracaso literario: cuando el monumental poeta romántico alemán Hölderlin enloqueció fue recluido en una torre por 30 años, haciéndose llamar Scardanelli, renegando de su nombre original de poeta. Esta es una de las claves en las que podemos leer Solenoide, como las dos vidas del protagonista: una en la que triunfa como poeta, otra en la que como prisionero de Bucarest escribe sus sueños y diarios delirantes al estilo de un Scardanelli que mojase sus pies en el Dâmboviţa.
Este es el peor gemelo, el verdadero gemelo maligno que angustia al personaje protagonista. Cuando es Scardanelli todo él “apestaba a tinta como otros apestaban a tabaco”, era, como dijo una vez Kafka: “un ser hecho de literatura”.
Un ser que embarrancó, que fracasó en sus versos y dio lugar al personaje surrealista que nos narra con extrañeza las heridas cotidianas de Bucarest y las cicatrices que le van dejando en la piel.
El libro de la Arquitectura del Dolor
Este es un libro que se cimenta en la metaliteratura. En la metaliteratura como herida. En la escritura como destrucción:
Amo la literatura, la sigo amando, es un vicio del que no puedo escapar y que algún día me destruirá”.
De esta forma aparece el capítulo 6 del libro, un capitulo definitivo en cuanto a la reflexión metaliteraria, un capítulo que parece especialmente escrito para cada uno de nosotros. Y cuando un libro parece creado en exclusiva para quien lo lee, entonces, acaba de traspasar una dimensión y se convierte en trascendente, en obra maestra. El capítulo 6 reflexiona sobre las posibles respuestas a la pregunta de por qué uno se convierte en escritor, o que motivos le llevarán a no serlo, y son contestadas de una forma desgarradora:
La literatura es una máquina de crear, en primer lugar, beatitud, y luego decepción (…) Como escritor te irrealizas con cada libro que escribes. Siempre quieres escribir sobre tu vida y siempre solo escribes sobre literatura (…) Multiplicas mundos cuando tu propio mundo debería bastar para llenas millones de vidas (…) La escritura devora tu vida y tu cerebro como la heroína (…) La literatura es, demasiadas veces, un eclipse de la mente y del cuerpo del que escribe”.
Y en el capítulo 9 se nos advierte de que no estamos ante un libro, sino ante una especie de informe de anormalidades y anomalías, todos ellos:
fantasmagóricos y transparentes, pues así son los mundos en los que vivimos simultáneamente”.
La vida es un puzle al que necesariamente debemos dotar de otro sentido. Las estatuas demenciales y gigantescas se aferran a los mecanismos de la existencia y abandonan las salas capitulares. Esas estatuas han activado sus dispositivos vivenciales alimentados por el dolor de los demás, que es nuestro dolor.
El extraordinario dibujo de la rusa Anastasia Savinova que para la portada de Solenoide ha elegido la editorial Impedimenta.
El libro de los Insectos
Solenoide es un compendio de entomología. Ya desde su primera frase, “he cogido piojos otra vez”, nos queda bien patente que cualquier tipo de parásito, artrópodo, miriápodo o lepidóptero, aparecerá en la novela como pinchado a sus páginas como con un alfilercito.
Hay una obsesión con las polillas, como en Austerlitz de Sebald, por ejemplo, y es que este insecto ejemplifica la fugacidad de los anhelos, lo volátil de la vida, el absurdo de encontrar la verdad en la luz.
El insecto, las larvas, los caparazones, no son más que ejemplos de un mundo micro cuántico que nosotros reproducimos en nuestra irrealidad macro cuántica. También somos insectos, gigantescos, erráticos. Derrotados.
Luego, está la mantis. La mantis destructora y devoradora, que se precipita desde el abismo de los peores sueños para dar forma a las pesadillas. La mantis es el régimen de Ceauşescu, es el hombre vencido si entender los motivos de su derrota. La mantis es el escritor, también el no-escritor. La mantis es el hombre. La mantis somos todos nosotros.
El libro de los Sueños
Solenoide es un texto mental, un destilado cerebral de los mundos oníricos de su personaje principal. Nada es lo que parece, todo navega por las turbias aguas de un surrealismo deforme y aterrador. Es una parada de ideas e imágenes simbólicas que son como un desfile de freaks cuya poética podría resumirse en los espeluznantes capítulos 6 y 9.
Estamos ante un trampantojo de novela, un trampantojo de algo que ni siquiera sabemos lo que está imitando. Si la literatura es engaño, es falsedades y mentiras, Solenoide es la verdad absoluta. Es una de las pocas novelas en las que no necesitamos, ni maldita falta que nos hace, establecer pacto ficcional alguno. ¿Para qué?
No tenemos problemas en creer en los extraños visitantes, viajeros que llegan a los pies de la cama al caer el sueño; creeremos sin problemas en ciudades que levitan gracias a sus solenoides magnéticos y que arrancan barrios de cuajo; estamos tan seguros de todo ello que Solenoide ya ni tan siquiera es un artefacto herido de ficción. Simplemente es un mecanismo que toma el control de los lectores, se aferra a nuestro pecho, expande sus raíces y nos permite leer sin plantearnos nada. Solo por el placer de disfrutar del sueño de la realidad y de la realidad tridimensional de una literatura inolvidable.
El libro de la Cuántica
Evidentemente, el primer derrotero cuántico de Solenoide aparece en la escisión en dos personajes del protagonista, aquél que obtiene éxito con su poesía y el que no. Esto da lugar a una explosión, a un Big Bang de universos, de multiversos, en donde se multiplican las líneas de acciones distintas pero, a la vez, paralelas: “mil millones de yos posibles, probables, casuales y necesarios”, tal y como lo define Cӑrtӑrescu.
Solenoide es una novela que es muchas novelas y que palpita en un ejemplar que sostenemos en las manos y que es, a la par, muchos ejemplares. Solenoide es una abertura, un portal, el acceso al cerebro de su autor, también el acceso a los cerebros de sus lectores. Solenoide es la mirada de Cӑrtӑrescu sobre lo que nos rodea, sobre lo cotidiano, pero es, por encima de todo, nuestra mirada alucinada sobre la realidad que nos hemos construido.
Y al terminar la novela descubrimos la crueldad del escritor rumano en toda su dimensión. Ha creado una obra maestra que se mueve más allá del tiempo y del espacio para decirnos, simplemente, que nada de aquello a lo que nos aferramos nos permite creer en la seguridad. Que estamos flotando bajo los efectos de un solenoide, indefensos, varados siempre en el mismo lugar pavoroso.
Jugando con la tradición literaria, Cӑrtӑrescu juguetea con la repetición de la mítica imagen de Thomas Bernhard en el espejo:

Solenoide es el museo de los horrores de Cӑrtӑrescu y, por eso, es nuestro museo de los horrores. Un crítico, no recuerdo su nombre ahora mismo, ha dicho que con esta novela se inaugura el Siglo XXIliterario. Yo creo que lo empezó Sebald con Austerlitz, y después lo encaminó Kadaré con novelas como El accidenteRéquiem por Linda B. o La cena equivocada.
Ahora, Cӑrtӑrescu se ha incrustado en esta tradición de la nueva novela de este siglo, y es un poco Sebald, un poco Kadaré, bastante Pynchon y Foster Wallace… En eso consiste la genialidad, en reconocer la tradición y entender a sus maestros para, de repente, formar parte de ellos y explicarnos en un libro deslumbrante como:
las legiones de demonios habían parasitado (…) nuestra vida interior”.
¿Por qué todo esto nos resulta tan agrio, desabrido, inquietante, desagradable? Porque estamos, con Solenoide, abrazados a la literatura de verdad. Esa que abre nuestras heridas y después formula preguntas en nuestra alma que quizás no seremos capaces de responder. No podemos pedirle algo semejante a muchos otros libros, quizás a muy pocos. Es posible que únicamente a Solenoide.
Puedes leer aquí la crítica al libro Calle Este/Oeste, que elegimos como Libro del Año 2017 en Achtung!:

viernes, 4 de enero de 2019

La vida invisible-Lorenzo Amurri (2)



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
Lorenzo Amurri y su vida en apnea: La vida invisible y la escritura curativa

Este Odradek de viernes se nutre en esta ocasión de las reflexiones que me ha dejado la lectura de un libro que ha llegado hasta mi mesa por azar, que me ha impactado, que me ha obligado a pensar, y que me ha dejado un poco descabalado, incómodo. Se trata de La vida invisible, del italiano Lorenzo Amurri, editado por Ático de los libros. La trágica historia que encierra en sus páginas ha colisionado con la lectura en profundidad que esta semana he llevado a cabo de algunos relatos de Borges para mi Taller de Literatura Comparada, y el resultado son estas líneas que a continuación comparto con vosotros, antes de entrar en los dos viernes próximos, con los consabidos —pero no por ello menos atractivos— resúmenes del año, que culminarán el día 28 de diciembre con la elección del Libro del Año para Achtung.

Lo primero que me sorprende del libro de Amurri es la libre traducción del título, que no me parece de lo más acertada. No es que le haga un destrozo al texto, pero el título original de la obra del italiano es Apnea, y una vez leída la obra creo que resulta mucho más claro, acertado y preciso con el contenido y el mensaje que encierra. Mucho más que ese título manido e impersonal, casi plano, de La vida invisible.
En efecto, Apnea: por dos motivos fundamentales. Porque la situación que vive el protagonista del libro, en la que se mueve, evoluciona y nos narra, ocurre desde la apnea más angustiosa; porque la solución a gran parte de los problemas que plantea el texto, y que bullen en la cabeza del autor, se solucionan en una situación de epifanía que viene provocada por una apnea.
Si además le añadimos al libro un subtítulo informativo tal como Memorias de transformación, música y superación, quizás desenfoquemos el texto, salvo que editorialmente busquemos asemejarlo a ciertos libros exitosos que comparten el espíritu de estas confesiones de Amurri y a los que me referiré un poco más adelante.
Lorenzo Amurri compone en este libro un texto curativo, una obra vomitada, una escritura que, en efecto y más que en cualquier otro caso conocido de literaturas salvadoras, consigue mantenerlo con vida. El italiano no era escritor, a pesar de venir de una familia de artistas muy creativos: Antonio, su padre, fue un reputado escritor de radio y televisión, de Best Sellers, polifacético, y sus hermanos han hecho carrera en el cine, convirtiéndose en toda una saga de artistas italianos.
Lorenzo, quien nos ocupa, no había escrito antes. Lo suyo era la música, y actuaba como importante guitarrista junto a conocidos intérpretes italianos. Llevaba una vida descontrolada, donde privaban por encima de todo el placer y el entretenimiento. Una vida próxima a la archiconocida máxima de sexo, drogas y rock, y que tal vez debería haberse acomodado a esa otra que pertenece a una película de Nicholas Rayvive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver. Pero Lorenzo cumplió solo a medias con esa idea.
Con 26 años sufrió un accidente mientras esquiaba (empotrado contra el poste de un telesilla). No más sexo, ni drogas (salvo en un gotero y administradas de forma intravenosa, o por sonda), ni rock (paralizado de cuello para abajo, imposibilitado para tocar la guitarra, tetrapléjico). Como en el título de una novela de Robert GravesAdiós a todo eso.
Y aquí empieza la verdadera vida de Lorenzo, porque hasta ese momento, esos 26 años, han sido 26 años en una burbuja que acaba de pulverizarse en el dolor y en la nieve. ¿Cómo puede soportar semejante desgracia? ¿Tiene sentido? Entonces, Amurri hace algo que nunca hizo: escribe. Escribe para salvarse.
No escribe desde el primer momento, claro. Esta aturdido y muy cabreado. Su enfado es descomunal: con la vida, con los demás, con todo lo que rodea, con él mismo en primer lugar. Odia y se odia.
En el sanatorio de Suiza al que lo trasladan aprende a moverse en una silla de ruedas. En una visita a un parquecillo exterior se aproxima a un estanque en donde nada una familia de patos. Una interesante conversación que sostiene con mama pato se convertirá en su primer texto, golpeado con dificultad sobre las teclas de un portátil. Este texto aparece como apéndice al final de la obra. Es la muestra del principio de la resurrección.
Antes de eso, ocurren muchas cosas, pero todas en la cabeza de Lorenzo, porque desde su imposibilidad de moverse solo puede relatarnos el mundo exterior que pivota activo a su alrededor y mostrarnos lo estático de sus pensamientos en el interior de ese cráneo dañado y operado, aprisionado por un halo médico.
Así comienzan las reflexiones, las confesiones, el relato de un día a día doloroso y extenuante que se convierte en el libro Apnea y que consigue ser finalista del más prestigioso premio de literatura italiano: el Strega que, desde 1946, lleva los apellidos de vencedores tan ilustres como PaveseMoraviaBassaniMoranteBuzzati, LampedusaGinzburgLeviEcoCitatiBufalino o Magris, entre otros muchos.
Apnea, finalista de un premio que ganaron Cinco historias de FerraraEl gatopardoLa llave estrellaEl nombre de la rosaLas mentiras de la noche o La soledad de los números primos, todas ellas novelas imprescindibles de la literatura italiana.
Amurri es finalista del Strega en el año 2013, cuando gana el veterano Walter Siti con Resistere non serve a niente, una novela que no me consta que esté traducida al español. Donde no se le niega el éxito a Lorenzo Amurri es en el Premio de Literatura de la Unión Europea y se encuentra entre los doce ganadores de 2015, apenas un año antes de su muerte.
Así es, después de su terrible accidente, Amurri sobrevive casi veinte años más. Y consigue hacerlo gracias a la literatura, a la escritura salvadora. Porque desde el primer momento, ese en el que es consciente de la tetraplejia, en su cabeza solo hay lugar para una idea: el suicidio. Un suicidio que acaba detenido gracias, en parte, al descubrimiento de los beneficios de la escritura terapéutica.

Eso se nos ofrece en Apnea, en esta La vida invisible, si preferimos titularlo así, a la española: un monumental ejercicio de supervivencia, de confesión que acaba por convertirse en la forma de asumir la nueva realidad, tan terrible, tan dura. Amurri lo hace estructurando el texto en pequeños capítulos ilustrativos compuestos de las fases y estados que va pasando desde que es rescatado a pie de pista, junto al poste del telesilla, mientras sufre en la UVI, en los hospitales y en el sanatorio de recuperación, en el traslado a su casa en Roma, y en el reinicio de su vida, esa que había quedado suspendida en la sangre derramada en la nieve, y que ahora le parece una pesadilla.

El libro se compone en derredor de los horarios del hospital, de la tomas, de las curas, de las sesiones de rehabilitación, demostrando esa idea que vengo barajando desde hace tiempo de que existe un tiempo hospitalario literario común a este tipo de obras (desde la Montaña Mágica de Mann hasta la fallida Pabellón de reposo de Cela, en Pabellón de cáncer de Solzhenitsyn o en Alguien voló sobre el nido del cuco de Kesey).
La novela de sanatorio se rige así por su propio tiempo, es una novela de enfermos que perciben el tiempo de otra manera, y es un tiempo que viene marcado por el ritmo de sus recuerdos, tal y como le sucede a Funes el memorioso, el protagonista del relato de Borges, enfermo de insomnio, encerrado a oscuras en un cuartucho, incapaz de gestionar el don de la infinita memoria que posee y que no es más que su dolorosa enfermedad.
Es la cárcel del pensamiento, en el caso de Ireneo Funes, en el caso de otros protagonistas de relatos de Borges que son inútiles para negociar la realidad inexplicable que les ha tocado soportar: el soñador de Las ruinas circularesJaromir Hladík en El milagro secreto Dahlmann en El sur. Son prisioneros del mundo que se ha desbocado en sus cabezas, mientras la realidad se detiene o, simplemente, obedece a otras reglas ajenas a ellos.
La cárcel de Lorenzo Amurri es la cárcel de su cuerpo inmóvil y de su cabeza que niega, primero, la nueva realidad, para después, al asumirla, tratar de suprimirla. Desde el momento del accidente y hasta que retorna con su familia y amigos, Amurri se ubica en un lugar oscuro y claustrofóbico —como la habitación de Funes, por ejemplo—, donde la única salida, que es una tortura aún mayor, será su pensamiento.
Canalizar la potencia de la mente a través de la escritura lo llevará a la salvación. Por eso aquello de Memorias de transformación, música y superación: de acuerdo, el subtítulo editorial se refiere a todo este proceso, pero con un ojito guiñado nos quiere colocar, de forma innecesaria, creo, el libro a la altura de los volúmenes de James Rhodes (ese Instrumental de subtítulo Memorias de música, medicina y locura, o ese otro, Fugas o la ansiedad de sentirse vivo). Rodhes y su escritura-terapia. Rodhes y su escritura-vómito. Rodhes y su escritura de salvación: Rodhes máquina de hacer dinero, ergo… ¿por qué no Amurri?
Pues porque en Amurri hay literatura. Su discurso no se compone únicamente de terapia. Por eso.
Así que no caigamos en la pequeña trampita comercial. No estamos ante un Rodhes a la italiana por mucho subtítulo epigónico, ni mucho menos. Aquí hay un autor que se muestra entre las letras que componen frases de furia, de ira y desesperación. Un autor que nos toca el corazón y nos destroza el cerebro. Porque es un autor incómodo que cuenta las cosas de forma incómoda y nos obliga a pensar. Eso ocurre con la buena literatura, me parece.
Llegamos a la apnea. Amurri consigue concretar el acto suicida lanzándose de noche a una piscina. Mientras se ahoga, en esa apnea mortal, experimenta la epifanía. Ha pasado toda su vida desde el accidente instalado en una monumental falta de oxígeno, aguantando la respiración, sobrepasado por la desgracia, a horcajadas de la desgracia. Ahora, esta nueva privación de aire, física, le hace comprender. Apena sobre apnea para abandonar su vida en apnea, salir a la superficie y, al fin, respirar.
Amurri ha resucitado en el momento definitivo, que es el momento en que vale resucitar, en el que se debe resucitar, y el aire que libremente inunda sus pulmones dibuja con leve optimismo la forma de asumir la desgracia. Y la mejor manera será ponerlo todo por escrito.


A nosotros nos alegra que Amurri no se rinda. Pero nos desazona. ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a soportar? ¿Nos comportaríamos como él? Y lo que puede ser infinitamente peor: quizás hemos tenido ya la oportunidad de resucitar, de una u otra forma, y hemos sido incapaces de comprender las señales de la epifanía. ¿Cuánto tiempo llevamos viviendo en apnea?

Por aquello de completar este Odradek, aquí os dejo enlace a otra crítica que he realizado del libro de Amurri para el portal Mi Nueva Edad, lectura recomendada del mes de diciembre para ese sitio:

sábado, 29 de diciembre de 2018

La vida invisible-Lorenzo Amurri (1)


*Esta crítica apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/12/5/el-libro-del-mes-la-vida-invisible-lorenzo-amurri/

La escritura como salvación

No me atrevo a calificar de novela el libro que hoy recomendamos en Mi Nueva Edad, una incómoda novedad editorial que nos trae Ático de los libros. Y no me atrevo porque la obra del italiano Lorenzo Amurri es compleja, y va más allá de poder ser catalogada en un género determinado.
El subtítulo que le ha colocado la editorial española, ese Memorias de transformación, música y superación, ayuda a que comprendamos la dificultad a la hora de englobar el trabajo de Amurri en un género literario determinado.
Podemos empezar por el asunto de que Amurri no era escritor. Digo era, porque, lamentablemente, falleció en 2016. Este libro nace de una necesidad, de la obligación por aferrarse a la escritura después de un drama tremendo, de escribir como una forma de sobrevivir. Es una escritura confesional, un vómito duro y existencial, una obra curativa y terapéutica que, por el camino, además de servirle de gran ayuda a su autor, hace pensar, y mucho, al lector, gracias a una visión clara, directa y contundente de la realidad.
Amurri era un joven algo descerebrado que con 26 años vivía al límite el lema de sexo, drogas y rock`n roll, hasta que un brutal accidente de esquí —el impacto contra el poste de un telesilla— lo dejó tetrapléjico. Adiós a la vida que conocía, adiós a tocar la guitarra y a los conciertos, adiós, realmente, a casi todo. O a todo.
Empieza así un relato de supervivencia en donde el protagonista nos va detallando los estados por los que va pasando desde que sufre el accidente. Del ingreso en la UVI y las operaciones, hasta la durísima rehabilitación; desde los tratamientos, las inyecciones y las sondas, hasta la silla de ruedas. Es una historia que no solo trata de la descomposición personal, sino de la desintegración familiar y social. Porque cuando uno enferma de ese modo, todo lo que le rodea enferma de la misma manera.
La batalla de Lorenzo Amurri no se reduce a encarar el día a día con los tremendos problemas de movilidad, la pesadilla de ir al baño, el afeitarse, comer…, no poder valerse por sí mismo. También es una lucha contra la incomprensión: en primer lugar contra su propia incredulidad, que no acepta que le esté ocurriendo semejante desgracia, y en segundo lugar contra la barrera que la sociedad levanta para aislar a estos enfermos.
Todo ello aparece reflejado en una prosa rápida y eficaz, sin apenas concesiones ni florituras, directa, que te golpea con fuerza al mostrarte lo más descarnado del sufrimiento humano con palabras sencillas y sin victimismos. Las reflexiones de Lorenzo ante la soledad, la incomunicación, el miedo al futuro, el deseo de suicidarse o la complejidad en la que se ha tornado su relación de pareja, llegan hasta nosotros en un fluir natural que nos presenta la realidad de su desgracia de una forma natural y sin circunloquios.
Por todo ello, el libro de Lorenzo Amurri deja una huella en el lector cuando lo termina. Invita a reflexionar, dado que todo él es una meditación en primera persona, que muy bien podría servirnos como un gran acicate para plantearnos qué es la vida y qué cosas hacen que merezca la pena vivirla.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Factor limitante-Yolanda Vega



*Esta crónica apareció en achtungmag.com:


Factor limitante: respuestas para preguntas que no nos atrevemos a hacer

El pasado miércoles tuve la ocasión y la fortuna de ver una de esas obras de teatro que te remueven algo por dentro. Se trata de Factor limitante, un texto de Yolanda Vega que, además, lo dirige. La obra está muy bien interpretada por tan solo cuatro actores: José Ramón Arredondo, Chema Abellón, Eliana Santander y Vanessa Morr. Todo ello, además, en una sala muy propicia e íntima, pequeñita e independiente, que permite sacarle todo el jugo a una obra, y a las evoluciones de los actores: Intemperie Teatro. Así que lo habéis adivinado, Achtungers!, esta columna de hoy de El Odradek va sobre teatro.

Muchas cosas, y todas buenas, sorprenden de Factor limitante. Cuando accedes a la sala para acomodarte, ya están los cuatro actores sobre el escenario, quietos como estatuas, lo que inmediatamente consigue la plena identificación y la fusión del espectador con la obra que se va a llevar a cabo. Antes de comenzar ya te han implicado en ella.
Y esto es un detalle muy importante, puesto que los materiales de los que se nutre la obra son asuntos que nos tocan muy dentro y de una forma muy directa. Al fin y al cabo, todos los hombres somos el hombre que interpreta Chema Abellón, y todas las mujeres son la mujer que encarna Vanessa Morr. Y todos estamos inmersos y fastidiados por las reglas y convenciones que dicta esa Sociedad que representa Eliana Santander.
La obra aborda una descarnada versión de la realidad, de esa realidad sometida por los roles que obligatoriamente pretende hacernos adoptar la Sociedad desde el mismo momento en el que nacemos. Así, la pieza arranca con el nacimiento de dos homúnculos, que de inmediato, al comprobarse que uno es hombre y el otro es una mujer, ocupan su lugar en el mundo sin comprender el motivo.
La Sociedad los impulsa, a empujones, a colocarse en sus sitios: el hombre en lo alto de una silla, desde una posición preponderante en la que podrá contemplar a la mujer muy por debajo. A lo largo de la obra ella intentará acceder a ese puesto, colocarse a su lado, incluso junto al hombre, pero la Sociedad se encargará de frustrar todos y cada uno de los anhelos de ella, y la intención de querer ocupar el puesto junto al hombre será la primera.
La historia, así contada, ya posee una gran carga efectista, nos impacta, pero una serie de recursos teatrales hacen de la puesta en escena un ejercicio implacable de acoso incómodo sobre el espectador, que asiste al bombardeo de amarguras obligado a tomar partido.
Chema Abellón es el Hombre.
Uno de los efectos importantes que consigue que lo que se nos cuenta nos aturda es la ruptura de la cuarta pared en varios momentos. Uno, determinante, en el que con las luces pagadas se va enfocando a los espectadores con unas linternas mientras se lee un texto que denuncia los lados más oscuros que todos albergamos en nuestro interior.
Hay de todo y para todos, desde maltratadores hasta extorsionadores, desde infieles y chantajistas hasta maniacos sexuales, desde parejas que, como un mantra, “reciclan plástico y vidrio” —como si aquello fuera una garantía de ser buenas personas y pudiera sofocar otras iniquidades que cometen— hasta personas que suben en el escalafón laboral o de la vida gracias a mezquindades.
Este momento demuestra que la Sociedad nos obliga a jugar con unas cartas establecidas de antemano, y que muchos, cuando tratan de buscarse un resquicio para no aceptar las normas, moldearlas a su antojo o, simplemente, ignorarlas, revelan su otro yo más infame y sucio. Porque no atenerse al juego parece que conduce, en todos los casos, a la degradación.
Vanessa Morr es la Mujer. A la izquierda Eliana Santander: la Sociedad.
Por eso, la frase que se repite una y otra vez de “ellos reciclan plástico y vidrio”, significa mucho: Aceptando una de las normas sociales que nos hace creernos buenos, útiles empáticos, ecológicos (y que viene dictada por el sistema biempensante, que la ha elegido por nosotros) ya nos creemos con la conciencia limpia, aunque en la mayoría de los aspectos seamos unos miserables. Pero reciclamos “plástico y vidrio”. Por tanto, no podemos ser malvados.
En otro de los pasajes más lacerantes, se reparten unas fotos al público mientras se narran las historias que esas instantáneas sugieren: desde problemas de identidad sexual aplastados por la maza de lo establecido, hasta la explotación infantil, los malos tratos y la violencia doméstica. Esas fotos, como las linternas sobre el público, son continuas preguntas que nos hace la autora, Yolanda Vega: ¿Cómo somos capaces, no ya de asistir impertérritos a este mundo, sino cómo podemos permitirlo sin hacer nada? Bueno, algunos reciclan plástico y vidrio para intentar mejorarlo…
Yolanda Vega es la fundadora del Madrid Meisner Studio, y esto tiene una importancia capital en la obra Factor limitante. La técnica que preconiza es la conocida como técnica Meisner, creada por el actor y profesor estadounidense Sandford Meisner a mediados del siglo XX, y que fue adoptada por renombrados artistas, como Steve McQueen o Naomi Watts, entre muchos otros.
El método Meisner se basa, entre otras cosas, en las repeticiones de frases o palabras que conducen la interpretación a otro nivel dado que, aunque ambos actores pronuncien la misma frase, en cada uno de ellos la afirmación se ha cargado de unas connotaciones bien distintas en función de sus reacciones. Una misma frase trabaja de diferentes maneras en función de quién la pronuncie. Eso significa que el texto de la obra no caracteriza al actor, sino la manera en que lo decodifica.
De esta manera, y en Factor limitante eso sucede con brillantez, el conflicto o agón que pone en marcha toda escena teatral no se produce por una confrontación negativa entre lo que dice un actor y lo que sostiene el otro, que busca lo contrario, sino en la repetición de las mismas afirmaciones que, sin embargo, y en boca de cada uno, suenan antagónicas y dotan de una tensión exacerbada el instante.
Si os interesa ahondar más en este asunto os dejo enlace a la página del Madrid Meisner Studio:
De esta forma avanza la obra, rica en recursos interesantes. No puedo dejar de lado la intervención del cuarto actor, José Ramon Arredondo, que además de hombre orquesta (canta, baila, toca la guitarra, incluso con un arco de violín), hace las veces de una especie de Maestro de Ceremonias y se encarga de aportar algunos efectos sonoros producto de la ejecución de algunas prácticas bien simples: con un capacho de arena y un silbido imita los ruidos del tren, con una botella y una pajita los borboteos del agua hirviendo.
Arredondo comparte escenario, sentado a un lado, para formar parte de la propia obra. A veces toca el cajón, otras se pone en pie y recita, se pasea, interpela al público, se sienta a su lado, y saca la obra de su dimensión para realzarla y entregarla al público.
José Ramón Arredondo en una de sus arengas al público.
Factor limitante hurga en la posición preponderante de hombre y en la poca capacidad de maniobra que la sociedad, entendida como tradicional, permite a la mujer. Todo es simbólico, pero de un simbolismo hiriente, con momentos acertadísimos, como el que antes mencionaba del tren.
El hombre en lo alto de su silla se ha transformado en el conductor de un convoy al que debe subirse la mujer. Cada tren que deja pasar es una oportunidad que se le escapa en la vida. Muchas de esas oportunidades se pierden por no querer jugar al juego social establecido. Solo hay dos líneas de transporte, una que lleva a lo trillado y a lo ya previamente establecido, y otra en la que viajan aquellos seres miserables que han querido burlar a las normas y se han convertido en solitarios y marginados.
El discurso de la Sociedad, y el de los actores, insiste una y otra vez en aquello que han aprendido, que este mundo es así y no se puede cambiar, que hay que aceptar los roles y no apartarse de ellos si se pretende ocupar un lugar, un sitio como una pieza de un puzle anodino y miserable que te llevará a soportar una vida de frustraciones, amarguras y fracasos.
Dos frases que la autora filtra en el texto definen muy a las claras lo que la Sociedad espera y demanda del hombre y de la mujer: “no has matado lo suficiente”, le reprocha al hombre, que debe mostrar una y otra vez su crueldad y su capacidad de extinción dañando a los demás para alcanzar su valía, y “no has muerto lo suficiente”, le restriega una y otra vez a la mujer. Esas muertes son sacrificios, la aniquilación de sus esperanzas, de sus sueños, de los anhelos, de la independencia y de la personalidad propia.
Es una gran definición de lo que tradicionalmente aguarda la Sociedad de nosotros: si somos hombres debemos tomar decisiones que nos hagan progresar, “matando” como una forma de avanzar y elevarnos de estatus, siendo machos alfa, lideres, ejecutivos agresivos y tiburones, mostrándonos implacables y manejando las riendas de nuestras vidas como esos CEOS que se comen por los pies a los Consejos de Administración.
El hombre debe poner en marcha para realizarse una política de triunfos sobre tierra quemada. Por su parte, la mujer debe aceptar sus muchas muertes, propias, reflexivas, sacrificándose y subyugándose al papel del hombre, que permanece sentado en lo alto de su silla. La mujer también debe llevar a cabo una política de tierra quemada, pero interior, donde cada renuncia la afirmará más en su papel de súbdita.
Yolanda Vega insiste en cierto determinismo de estas situaciones, dado que en la obra la Sociedad obliga a la mujer a elegir el color que debe asignar al futuro niño que está por nacer: azul o rosa. Y si la madre no accede a elegir alguno de los dos queda seriamente advertida: la Sociedad no podrá proteger al futuro bebe, que será como algo indefinido, un freak indeseable.
Así, el contenido de reivindicación feminista también se enriquece con una mirada sobre la libertad de la sexualidad, tan constreñida por la intolerancia de lo que está establecido desde hace siglos. Los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres del hombre siempre han intentado inculcarle el mismo mensaje de inmutabilidad de las cosas socialmente aceptadas. Igual le sucede a la mujer con su tatarabuela, bisabuela, abuela y madre: solo hay un camino para formar parte y ese camino está marcado desde siempre.
Pero, ¿formar parte de qué? Y la gran pregunta que nadie nos hace nunca y que debemos formularnos nosotros mismos: ¿Queremos formar parte? ¿Queremos cambiarlo? ¿Hacemos algo para cambiar?
Es así como Factor limitante, y este es uno de sus grandes aciertos, comienza dentro de nosotros cuando la función ha terminado. Nos llevamos la obra en el interior, la maduramos, la cocemos, la reflexionamos y nos vuelve, una y otra vez, el regusto amargo de lo que hemos presenciado. Esto es buen teatro. El que nos provoca la catarsis en el salón de casa, o a la hora de irnos a dormir, cuando retorna como un fogonazo a nuestras cabezas y nos obliga a formularnos esas interrogantes.
La obra se ha prorrogado para todos los miércoles de noviembre. Aquí os dejo enlace a la web de Intemperie Teatro:
Motivos de interés para ir a verla no le faltan. Ahora bien, ¿queremos abandonar nuestro rincón de confort no comprometido o preferimos repetirnos que nada de todo esto va con nosotros? Siempre podemos seguir reciclando plástico y vidrio con la conciencia tranquila, al menos hasta que un día alguien venga a pasarnos factura por todo aquello que, pudiendo hacerlo, no hicimos.
Creemos que ese momento, mientras reciclamos plástico y vidrio, no llegará jamás. Puede que sea nuestro hijo, mucho antes de lo que pensamos, el que nos formule preguntas que no podamos responder sin sentirnos unos miserables.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Ficciones-Jorge Luis Borges



*Esta reseña apareció en Mi Nuev Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/11/5/el-libro-del-mes-narraciones-de-borges/

Una aproximación al genio del laberinto

El libro que recomendamos este mes en Mi Nueva Edad es una recopilación de los mejores relatos de un maestro del género: Jorge Luis Borges. En el volumen que nos ofrece la editorial Cátedra, dentro de su colección Letras Hispánicas, se han elegido textos que originalmente aparecen en Historia Universal de la infamia (1935), Ficciones (1944), El Aleph (1949), El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975).
Se trata, por tanto, de una selección de los más granado y sobresaliente dentro de la ya de por si excelsa producción cuentística de Borges. En efecto, parece una tarea casi imposible diferenciar unos relatos de otros en función de su calidad u originalidad. Sin embargo, la selección de Marcos Ricardo Barnatán, a cargo de esta edición de Cátedra, nos presenta algunos de los textos más inquietantes del genio argentino.
Inquietante, desde luego, porque los relatos de Borges siempre contienen la semilla de algo que, una vez leídos, nos obliga a reflexionar, tal vez algo aturdidos. Vaya por delante que, la mayoría de las veces, no son textos sencillos, vienen plagados de culturalismo, de referencias bibliográficas verdaderas que muchas veces resultan casi imposibles de separar de las inventadas, de metatextualidad y metaliteratura —con toda la complejidad que albergan ambos términos—.
Borges tiene sus obsesiones, manías, tics, sus gustos, que en los relatos se hacen casi autorreferenciales: la presencia constante de los laberintos, de las estructuras circulares, de universos que se contienen dentro de otros universos, construcciones de cajas chinas o matrioskas, senderos y jardines que son puertas a otra dimensión, quiebras temporales y espaciales, reflexiones sobre el sueño y la realidad… Resumiendo, elementos que configuran gran parte de lo que ahora conocemos como literatura cuántica.
De entre un discurso de tanta riqueza resulta difícil quedarse solo con algo. Como ya dije antes, todo resulta sobresaliente, llamativo, su lectura alimenta nuestra perplejidad, nos quedamos atónitos al asomarnos a este mundo onírico, quebradizo, engañoso, que parece burlarse de nosotros con cada lectura.
Atención especial merecen algunos de los clásicos que aparecen en este volumen. La reflexión metatextual y literaria en Pierre Menard, autor del Quijote, es uno de los relatos fundamentales de Borges. Al igual que La biblioteca de Babel, una biblioteca que ordena el Universo, o Funes el memorioso, la historia de un hombre que lo recuerda absolutamente todo.
Cuentos con aureola de legendarios son Enma Zunz —para muchos considerado como un cuento perfecto— y Deutsches Requiem, así como El Aleph, el texto fundamental para comprender el pensamiento de Borges y, quizás, uno de los mejores principios que se hayan escrito para un relato.
La lectura de Borges exige ser revisitada. Con una sola vez, no basta, y a medida que releemos sus relatos extraemos más y más conclusiones, nos inundamos de una riqueza, de un saber casi enciclopédico, un saber que busca darnos a entender cómo se estructura el Mundo, el Universo y el propio Hombre inmerso en el colapso del tiempo y del espacio.
Borges nos ofrece una reflexión metafísica, filosófica y existencial en estos cuentos, producto de cierta condición sincrética de la Creación y del concepto de Dios como Gran Arquitecto, como Hacedor de estructuras y Soñador de los hombres.
No son asuntos sencillos de comprender, y los planteamientos de los relatos vienen, además, cargados de simbolismos y guiños extraños, pero esa es una de las principales características de Borges: el entendimiento de la literatura como un juego. A veces, incluso un juego sin reglas al que se nos invita desde la fascinación de las palabras. Juguemos.