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martes, 5 de marzo de 2019

Bobilongos y churrilungas-Maximiano Revilla



*Este texto apareció en el número 5 de la Revista Crátera de crítica y poesía contemporánea, en la sección "Reseñas".



Título: Bobilongos y churrilungas
Autor: Maximiano Revilla
Editorial: Vitruvio
Año de publicación: 2018

Originalísima poética de lo cotidiano

Maximiano Revilla (Tabanera de Valdavia, Palencia, 1962) es un poeta de largo recorrido. Ha publicado con Vitruvio los poemarios Consonancias de la voz (2003), De todo lo que no se pierde (2005), Pálpitos del tren que no vuelve (2016) y Un cuántico aleteo en la boca (2017), antes de esta nueva entrega de título tan chocante como sugerente: Bobilongos y churrilungas. Además, en ediciones exclusivamente digitales ha firmado Motivos venatorios (2013), Urbanidades y otras distancias (2013), Notateti (2013) y Cuando se lanzan los cuerpos desde la terraza para ver qué sucede (2014).
Maximiano Revilla es una de las voces más sorprendentes del actual panorama literario español, todo un ejercicio de originalidad. Quienes conocemos su obra y seguimos de cerca su evolución sabemos muy bien que estos son adjetivos ganados por derecho propio, producto de un inquebrantable espíritu de estudio y trabajo de sus poemas, de un ideario poético combativo y contundente, de un talante demoledor que busca dinamitar aquellos aspectos anquilosados y monótonos que pueden encontrarse en la poesía.
Por eso, este poemario que nos presenta en 2018 es fiel a sus estilemas: un trabajo sobre los aspectos urbanos y sociales, con la voz poética ubicada en las actividades cotidianas del día a día, junto a una emanación pesimista que brota de saberse cercano a la derrota existencial o, al menos, encaminado hacia ella.
Porque Maximiano se fija en los actos sencillos y habituales, tales como esperar un bus, viajar en metro, conducir una furgoneta o atascarse en la autopista, para de ellos extraer una conclusión lírica que siempre aparece cargada de una poderosa reflexión social. La poesía de Maximiano ha ido virando hacia esa forma de reivindicar al ser humano mostrando todo aquello que lo hace inhumano, imbricado en el seno una sociedad que no sólo permite tal aberración, sino que la alienta.
Esta poética de lo cotidiano desemboca en unas composiciones escritas con un lenguaje claro y directo, con referencias a esas marcas comerciales que forman parte de nuestras vidas, a los anuncios, lo mismo que a las canciones o a los cantantes pop, creando un ambiente social y urbano que resulta muy fácil de reconocer para el lector, que de inmediato se identifica con la poesía de Maximiano Revilla.
Pero además, el palentino dinamita cualquier posibilidad de lugar común, de composición plana, introduciendo algunas de las imágenes más originales y sorprendentes que hoy en día puede descubrir un lector de poesía en español. Muchas veces, sus textos parecen aforismos, en otras ocasiones se tintan con cierto realismo sucio producto de su agudo tono confesional, tan próximo, en lo que es un intento de Maximiano por combatir mediante la aparición de la palabra ese mundo consumista y de falsas apariencias que percibe.
En efecto, la palabra es determinante en la obra de Maximiano Revilla, porque es habitual que invente y añada sus propios giros, sus adjetivos personales, alcanzando más allá de lo que permitiría el lenguaje. El título de Bobilongos y churrilungas nos lo muestra claramente; abrir un poemario de este autor es introducirse en un mundo pleno de figuras imaginativas, someterse a una descarga de ingenio, pero también de sinceridad poética. Un fogonazo de luz a pesar del tono algo oscuro de la voz de un poeta amargo.
Al final, como siempre, los temas de Maximiano Revilla son los temas universales de la literatura. La carga amorosa de su poesía se equilibra con la preocupación existencial por el envejecimiento y la muerte; la visión desolada de la actualidad encuentra un bálsamo en el optimismo del recuerdo de otros tiempos más felices que aparecen convocados mediante giros asombrosos; hay una tarea de recuperación de la memoria (pero no la del poeta sino de la memoria colectiva) que busca mostrarnos una época en la que todos éramos mejores que ahora. Y tal vez podamos recuperar esa esencia que parece ser anterior a los teléfonos móviles y a las interminables jornadas laborales.
Maximiano Revilla es un poeta que no goza del reconocimiento del público, permanece en manos de las minorías y eso, hablando de poesía, significa ubicarlo en la absoluta marginalidad. Los lectores se están perdiendo, y es una lástima, todo aquello que encierra en sus poemarios, más allá de este Bobilongos y churrilungas, cimentados en un trabajo incansable de buen conocedor de la tradición poética, apoyados en la métrica y en las figuras que sabe utilizar a su antojo, en fin, un despliegue de recursos tan grande como enorme es su anonimato.
Entre los nombres de las calles de la ciudad, las líneas de autobuses, los socavones y las escaleras de los portales, entre los coches aparcados en segunda fila, junto a los bordillos y adoquines, al lado de maceteros repletos de colillas, cerca de los cubos de basura, florece la poesía de Maximiano Revilla con la fuerza de sus imágenes y la contundencia de su mensaje; porque Maximiano no solo busca la belleza, intenta remover nuestro interior, provocarnos un leve malestar, hacernos reaccionar, enfrentarnos al tedio y al asco que nos rodea. Y para conseguirlo se le ha metido en la cabeza la absurda idea de hacer versos.

lunes, 16 de octubre de 2017

Un cuántico aleteo en la boca-Maximiano Revilla

*Esta crítica apareció en el blog de pensamiento poético Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/10/16/tourette-en-los-no-lugares-o-el-poeta-que-desayuna-versos/


Tourette en los no-lugares o el poeta que desayuna versos

Maximiano Revilla es uno de los poetas más sorprendentes que he conocido. Y una de sus principales virtudes radica en que el asombro de su poesía aumenta con cada libro que publica. En Un cuántico aleteo en la boca despliega, de nuevo, esos poemas que son como retazos de vida, jirones de existencia, momentos congelados de lirismo. Escenas cotidianas que pueden presenciarse en las calles de la ciudad, en el transporte público, en la televisión, todas ellas poetizadas: esa sería la idea subyacente del poemario.
La poesía de Maximiano Revilla ha tomado una interesante deriva hacia lo social. Es como si hubiera encontrado un traje cómodo para sus versos cuando se remangan y se ponen a trabajar denunciando la tristeza habitual que nos atonta. De esta forma, nace en el poeta una necesidad casi obsesiva de nombrar aquellos elementos que vertebran la cotidianeidad venenosa, dejando en sus composiciones un rosario de marcas comerciales, de lugares que son no-lugares, por donde transita nuestra maldita rutina.
El filósofo francés Marc Auge puso en marcha la teoría de los no-lugares, para designar esos sitios en donde estamos de paso y que acrecientan la incomunicación. No-lugares son los aeropuertos o las habitaciones de hotel, y en cierto modo alguno de los lugares favoritos de Maximiano Revilla a la hora de poetizar: los vagones de metro, el autobús, y las marquesinas de las paradas en donde mientras esperamos podemos ver el interminable desfile de la vida amortajada.
Cotidianidad, no-lugares y trasporte público, junto con un afán incontrolable por nombrar, hacen de este poemario un ejercicio de poesía-tourette tan fascinante como incisivo, porque perfora y tritura el corazón, y deja un sabor amargo al final de la lectura.
El primer verso del primer poema, ya hace que se tambalee el mundo del lector ante lo que podemos inferir detrás de este tremebundo ataque: “Contra la corrupción: esto es la vida”. Y, lógicamente, lo que es la vida para el poeta es la poesía. Y las escenas que van a desfilar por sus poemas son el armamento para combatir esa corrupción que es la podredumbre del dia a día que nos carcome, preñado de lugares comunes, figuras de repetición, aburrimientos y obviedades. El libro se desgrana en fractales de tiempo. Comienza a la una, y dentro de ese poema aparecen otros poemas titulados A la una, como fragmentos que conforman un todo. Después, llega A la una y uno, compuesto de otras pequeñas partes, y así, hasta el último poema del libro: A la una y veintinueve.
Estamos ante una poesía de fractales, una poesía cuántica concebida como una forma de capturar en esos instantes que transcurren ante nosotros, en el vagón de metro o la parada del bus, los diferentes mundos paralelos que conviven juntos a modo de palimpsesto. Y en este poema fundacional ya se aprecia el rastro de lo social en:
Efímero igual que las hojas de los diarios escritos
con la historia de una esquina emigrante”.
Para después, terminar el poema con el primer ejemplo de esa intrusión de la vida cotidiana tecnológica, que se nos apodera del día a día: “Selfies a la mañana”. Desde aquí, en la siguiente porción de poema, aparece ya el despertador y la oficina. Es el momento de fijarnos en algunas de las isotopías del texto y determinar que palabras lo articulan. Encontramos referencias al mundo laboral —además del despertador y la oficina, las lámparas lead, los trajes, las corbatas, los táper donde se lleva el almuerzo—, a las transiciones de lo cotidiano —maquillaje, conversaciones, anuncios, las bolsas de plástico de los supermercados, tampones, preservativos—, a la situación social —el hambre, los emigrantes, un tren de refugiados, el reciclaje, la compra-venta —, y a la vida en los no-lugares como el supermercado, el autobús, el metro, las paradas de los autobuses las calles, los pasos de cebra frente a los semáforos, las butacas de los cines…
Todo ello, junto a una preocupante interpretación del tiempo, un tiempo que es inasible, que se escurre por entre los versos, dado que el poemario alberga una profunda intención de retorno a la infancia. El poeta ha encontrado una estructura cuántica que le permite cohabitar en diferentes mundos a la vez; lamentablemente, son los mundos del ahora. Versifica todo aquello que le sucede a su alrededor, simultáneamente, pero sin posibilidad de acceso al pasado o al futuro, por mucho que la poesía pueda aproximar algún recuerdo que, simplemente, es un mero y decepcionante sucedáneo de la vida.
Por ello, tiene que ser nombrando las cosas, la forma en que puede convocar los recuerdos. Maximiano entabla un descomunal combate que tiene mucho de quijotesco (no en vano ya me referí en la crítica de otro libro suyo, aparecida aquí en Verde Luna, al aspecto quijotesco de su poesía), y en donde los poemas golpean al pasado con la terrible actualidad:

 Contra todo pronóstico, entre tantas ofertas
nos amamos en un hostal del centro,
huyendo de la lluvia y de tus padres.
Cuarenta años después de criar a nuestros hijos,
te presento a las nuevas rebeliones:
pan sin corteza en su bolsa de plástico”.

Maximiano Revilla traza una poética urbana en este poemario, donde las barras de los cafés, los madrugones para acudir al trabajo, los gimnasios y las perfumerías, las farmacias y los estancos, forman parte del esqueleto de la ciudad que nos alberga, por la que nos movemos como zombis y en donde no somos ya capaces de percibir lo que nos rodea. La ciudad, como el mayor de los no-lugares posibles. La ciudad es una isla. El lugar de mayúsculo aislamiento en donde serpentea el Gran Commuter, el poeta de los transportes públicos, las tristezas colectivas y los versos de desayuno con churros o pincho de tortilla. Y todo ello posee un lirismo desbocado en los ojos, y en el corazón, de Maximiano Revilla.
Ciertos retales del pasado, de una era pre-tecnológica, parecen asociarse al espíritu puro de la poesía: “Adiós tienda del barrio, constelación del poeta”, se nos dice en un verso amargo que lamenta esta pérdida de la capacidad de sorpresa, aniquilada por tuits, selfies, comida basura y anuncios que prometen la felicidad. En medio de todo esto, vivimos en una soledad profunda y tediosa.
Todo se retransmite en diferido para poder cortar si fuese necesario”, es este verso el cogollo central del poemario. El alfa y el omega de todos los problemas: programados, supervisados en el día a día, dominados por biempensantes y buenistas que dictan lo políticamente correcto, disponen con absurda autoridad aquello de lo que debemos hablar a voces y aquello de lo que tenemos que cuchichear a escondidas, y que marcan las lindes de unas vidas cotidianas que, obligatoriamente, deben discurrir ocupadas por mujer, perro y niño
Ser poeta significa realizar la elección más políticamente incorrecta que se pueda hacer. Porque ser poeta, obligatoriamente, lleva a preguntarse acerca de las cosas, a no admitirlas como son o como ellos quieren que sean, y eso resulta incómodo para el pensamiento único que pretende regirnos dentro del buenismo-light y la corrección de pastel.
Quizás, por todo ello, el poema A la una y veintinueve, que cierra el libro, presenta una conversación del poeta con una dama que muy bien pudiera ser la Vida, en una especie de entrevista de trabajo, ese mal que gobierna estos tiempos, y de la que solo queda un regusto amargo porque, la Vida, no parece estar dispuesta a contratarnos.
De esta forma, Maximiano Revilla ha intentado resolver un misterio: el cuántico aleteo en la boca es el movimiento de la lengua y de los labios al articular un nombre —recordamos el principio de la Lolita de Nabokov…, no podía ser de otra manera—. ¿Pero cuál es este nombre que pronunciamos como un ensalmo y que nos guarece de los insultos de esa vida que no nos quiere? Se trata del nombre de la persona amada, del nombre de un libro, de un escritor, del nombre de cualquier cosa que pueda hacernos la existencia más llevadera; nombres que pronunciamos como corazas, que nos blindan ante la hostilidad cotidiana y nos protegen del horror de los telediarios, del espanto de la cola de la panadería, de la soledad de las butacas del cine, de la agresión del café de máquina en la agria pausa de la media mañana.
Personas amadas, libros, sueños, ideales…, al final, todos estamos articulando el mismo nombre con el mismo aleteo cuántico: es la poesía. Nuestra poesía de batalla, personal, intransferible, esa que consigue que nos sobrepongamos, la que nos proporciona fuerzas para afrontar el día a día y poder escapar de la pavorosa soledad de los no-lugares.

O de un único y descomunal no-lugar: nuestra propia vida.

viernes, 27 de enero de 2017

Pálpitos del tren que no vuelve-Maximiano Revilla



DON QUIJOTE EN LA AUTOPISTA
 

Título: Pálpitos del tren que no vuelve

Autor: Maximiano Revilla

Editorial: Vitruvio.

** Reseña publicada originalmente en el blog sobre creación y pensamiento poético, Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/01/20/palpitos-del-tren-que-no-vuelve/

            Tiene la poesía de Maximiano Revilla algo de quijotesco, un empeño en mostrar las miserias humanas y de la sociedad que nos rodea desde un discurso reflexivo, elaborado con una voz poética que se busca a sí misma, y que señala todos los sinsentidos con los que la modernidad nos atenaza. Por ello recuerda, a veces, al Don Quijote de los discursos de las Armas y las Letras o de la Edad de Oro. Es este poeta quijotesco un loco-cuerdo que todo lo contempla desde su atalaya de observador cotidiano, que convierte sus reflexiones en poemas, y cuyas demoledoras conclusiones han cristalizado en el volumen Pálpitos del tren que no vuelve.

            Un poemario extraño en su hibridismo, repleto de prosa poética, condimentado con aforismos (a los 40 poemas hay que sumar un texto largo y un grupo de 42 aforismos), que obligan al lector a pensar los motivos por los que se le ha congelado la sonrisa con cierto amargor en la boca cuando ha finalizado la lectura: Maximiano ha realizado una radiografía de la sociedad y de la actualidad repleta de una belleza hiriente, recurriendo a poetizar, de una forma demoledora, los sucesos y actos cotidianos de cada día. Así, el verso que aparece ya en el primer poema del libro, “hay también hipotecas que lo complican todo”, nos acerca esa realidad habitual como materia lírica y que el autor maleará desde su original punto de vista.

            Un rápido vistazo a las isotopías que modulan el texto nos arroja una serie de palabras que no sólo definen esta denuncia de la ultra modernidad como materia poética, sino que imbrican el discurso en un ámbito urbano: “la hipoteca”, “trabajar y pagar”, “la familia, el perro y el gato”, “la anorexia”, “despertarse justo a las siete”, “el barrendero”, “el transporte público”, “las paradas de autobús”, “las oficinas”, “el sex-shop”, “los hospitales”, “el supermercado”…

            Maximiano, como Don Quijote, se ha convertido en un poeta de lo social y de lo cotidiano que pasa por el peculiarísimo tamiz de su escritura la realidad que contempla. El resultado es una crítica ácida y desengañada que necesita de una reacción en el lector. “Puedo sentir/ tu respiración cuando lees”, se atreve a manifestar, seguro de que con sus versos no sólo mueve a la belleza, sino que ahonda más allá, consiguiendo epatar al espectador con sus contundentes construcciones líricas. El compendio de reflexiones que son estos poemas es una cosecha de interpretaciones cazadas a vuela pluma en lugares tan prosaicos como un atasco en la autopista, la cola del supermercado, una parada de autobús o la ducha.

            Este casi inabarcable trabajo de lirismo confesional constituye un todo poético como una especie de teoría de la vida, al estilo de un George Perec actualizado, que culmina, sin duda, en la colección de aforismos al final del libro y en donde queda muy claro que a pesar de la amargura que gotea entre las ideas y los textos, “la esperanza en el viento es el viaje de casi todas las soluciones”. Maximiano dylaniano y cercano a las greguerías, como cuando afirma que “la seda del gusano es un mundo con bermudas”.

            Es Pálpitos del tren que no vuelve un ejercicio de originalidad desbocada, repleto de sorprendentes hallazgos que conforman una serie de poemas urbanitas aptos para cualquier momento. Como asegura Maximiano Revilla, “todo poema que se lea en la sala de un dentista, es un buen poema”, y semejante función parece ser la de este poemario: la de ser trasladado en un bolsillo de la chaqueta y vagabundeado por la ciudad que lo inspira, un libro al que podemos recurrir cuando los sinsentidos de la realidad nos dejen perplejos, pero cuidado, porque otra de las singularidades de este poemario se encuentra en este verso: “busca en el verso:/ las preguntas a las respuestas”.

            Somos nosotros quienes, con nuestra propia respiración poética, debemos descubrir qué enigmas nos está desvelando Maximiano Revilla, ocultos bajo un colorido festival lírico de formas asombrosas.