Mostrando entradas con la etiqueta La acusación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La acusación. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de marzo de 2018

El meteorólogo-Olivier Rolin (1)


*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/el-meteorologo-olivier-rolin-y-el-definitivo-extravio-de-la-fe/

El meteorólogo: Olivier Rolin y el definitivo extravío de la fe

Libros del Asteroide ha construido, con El meteorólogo de Olivier Rolin, un díptico. Un díptico estremecedor sobre la vida cotidiana bajo el estalinismo más extremo, que se completa con la publicación, hace ya unos meses, de La acusación de Bandi. Ambos textos presentan la impotencia del ser humano inmerso en el horror de un régimen como el de Stalin o como el de Corea del Norte. Un régimen que destroza cualquier atisbo de libertad, de humanidad, de esperanza. Tal vez, en este sentido, aun sea El meteorólogo más demoledora que La acusación: por lo que posee de sentencia sobre el régimen de Stalin, apoyada en todo el peso realista del reportaje periodístico. Por su parte, Bandi presenta sus cuentos de Corea del Norte como un compendio de indignidades tras unos relatos de ficción —no por ello menos verdaderos—, como las pruebas de lo que está ocurriendo allí. Si el asiático acusa al sistema, el trabajo de Olivier Rolin lo condena aportando evidencias demoledoras.

La historia de El meteorólogo es una historia real, no necesita de ninguna clase de ficción para mostrarnos lo peor y lo más cruel del gobierno que puso en pie Stalin. Un método asentado en la fraternidad ideal del comunismo que, sin embargo, subvertía, cuando no pervertía, la mayor regla del derecho: la presunción de inocencia. Con el estalinismo todo el mundo era culpable hasta que se pudiera demostrar lo contrario. Generalmente, nunca se demostraba esa remota inocencia porque el principio del entramado político-judicial gansteril era el de culpabilidad absoluta de todos. Incluso, en muchas ocasiones, hasta de los propios acusadores:
En tiempos de Stalin todo ciudadano de la URSS era culpable en potencia, se trataba tan solo de descubrir de qué y esa era la tarea de los órganos”.

Si se investigaba lo suficiente, todo el mundo era un criminal, todo el mundo se había conducido en contra del comunismo, del socialismo, de Stalin, o de Dios sabe qué —y no pongo a Stalin y a Dios en la misma frase por casualidad, al fin y al cabo en el superlativo ateísmo soviético Stalin era un Dios con mayúsculas, incluso un pantocrátor—.
Esta presunción de culpabilidad abrió las puertas a las escuchas, a las investigaciones, a las purgas, a las condenas y a las ejecuciones en masa. Millones de inocentes fueron arrastrados a la trituradora soviética del GULAG o a la maquinaria del tiro en la nuca. El autor define a este sistema de la siguiente manera:
Lo propio del terror que Stalin empezaba a hacer reinar era que nadie se libraba de él, por encumbrado que estuviese, por fiel que fuera en su tarea de verdugo. Nadie dejaba de ser un muerto viviente”.
Un muerto viviente. Muertos en vida. Tales eran quienes vivían bajo los regímenes comunistas, hasta el punto de que el escritor albanés Ismaíl Kadaré los define con un adjetivo bien significativo: funervivos. Pero bajo la losa congelada de esta palabra no sólo se engloban las víctimas, también lo son los encargados de administrar la partidista y miserable justicia bastarda y mentirosa, los servidores del régimen, todos aquellos que flotan panza arriba en la pecera de aguas fecales del sistema, que se han dejado pillar los dedos, las manos y los brazos con las bisagras de la sangre y con el mecanismo del entramado del Partido.

En los cuentos de Bandi que conforman La acusación los personajes deambulan sintiéndose permanentemente culpables de algo que les resulta insondable. Es la máxima expresión del sometimiento de masas, a tal punto se ha llegado a anular la voluntad de las personas. En el régimen de Corea del Norte los ciudadanos creen que son profunda y poderosamente culpables de algo y deben dar las gracias por que el Estado les permita continuar con su insignificante vida de insecto, siempre temerosos a que de un golpe los aplasten.
Puedes leer mi reseña de los cuentos de Bandi para Achtung! en este enlace:
El caso del libro de Olivier Rolin es bien diferente. En la URSS estalinista era el Estado quien creía que todos eran culpables, pero las personas se sabían inocentes hasta que ocurría el error o la desviación. Por eso, muchos de los condenados por mano del propio Stalin albergaban esperanzas de que si el Jefe de la Nación se enteraba de lo injusto de sus situaciones actuaría en consecuencia, deponiendo a los funcionarios que se extralimitaron en su celo, y reponiendo la justicia.
De ahí que muchos condenados a muerte, instantes previos a su ejecución, todavía encontraban las fuerzas para vitorear a un Stalin que, estaban seguros, desconocía las barbaridades que llevaban a cabo sus subordinados. Sin embargo, la rúbrica de la condena, en el papel oficial, era del mismo Stalin al que los desgraciados todavía imploraban. Olivier Rolin ofrece una explicación a este comportamiento:
Hay que tener en cuenta el desplome moral que entraña verse tildado de repente de enemigo del pueblo, cuando se está acostumbrado a concebir la totalidad del mundo como un enfrentamiento maniqueo, del que nada se libra, entre el pueblo y sus enemigos, hay que tener en cuenta la fe en el Partido que se mantiene contra viento y manera a la desesperada, la confianza irracional en sus dirigentes y en el más grande, más clarividente, más humano de ellos… Suponemos eso, esas razones y en el fondo nada sabemos al respecto, Quien no ha pasado por semejantes abismos no puede hacer ese viaje con la imaginación”.
De acuerdo, pero estas suposiciones nos resultarán muy válidas para comprender el inquebrantable comportamiento del meteorólogo durante su cautiverio. Su tabla de salvavidas es la incuestionable creencia en el Partido y en la infalibilidad de Stalin —y de nuevo un término religioso junto al Gran Ateo: infalibilidad, como aquella que se le supone al Papa—.
Por eso, resulta todavía más tremenda y moralmente indigesta la firme historia narrada por el francés Olivier Rolin sobre la caída en desgracia de uno de los meteorólogos principales de la Unión Soviética. Alekséi Feodósievich Vangengheim será víctima de un comentario sibilino pronunciado por uno de sus colaboradores, referente a un artículo publicado en una revista.
Alekséi había publicado una serie de trabajos sobre nuevas teorías climatológicas que uno de sus subordinados decidió atacar descarnadamente. Se había olvidado de citar a Lenin y a Stalin, ¡ellos sí que tenían ideas nuevas! Alekséi ni los mencionaba en sus ensayos… Ni siquiera recomendaba las obras de Stalin. Estaba perdido. De nuevo, el autor se muestra preciso, cirujano a la hora de interpretar la desgracia:
Olvido de Lenin y Stalin, propaganda de clase extranjera, corriente menchevique: son palabras terribles en la URSS de entonces y sobre todo en la que estaba naciendo, palabras que matan”.
Esa será la llave que abrirá la puerta de su desgracia. En 1934 lo acusan de traición a la Unión Soviéticay lo envían al complejo del GULAG en las islas Solovkí, en el Mar Blanco. Allí, seguirá siendo fiel a los ideales del comunismo, en la creencia de que Stalin no sabe ni una palabra de la injusticia que se está cometiendo con él —y por eso le dirige ocho cartas que no obtienen respuesta—. Creencia en Stalincomo se cree en un viejo icono ennegrecido por el humo de los velones, a quién se le dirigen cartas que son como plegarias pronunciadas frente al iconostasio.
Es el tiempo de los asesinos cómodamente arrellanados en sus despachos, al calor de la estufita, al amor del borboteo del samovar, entre la humareda reconfortante de la pipa de maíz y las numerosas condenas a muerte firmadas y extendidas sobre el escritorio; un vasito de vodka para disimular el mal sabor de boca, como metálico, que deja la sangre en la garganta, mientras los inocentes mueren de congelación y de hambre, también de ignorancia, sustentando sus escasas dosis de supervivencia en la creencia de un sistema que los ha condenado con una crueldad insoportable.
Stalin trabajando en su despacho. Durante un día de trabajo podía llegar a firmar cientos de sentencias a muerte.
Así que el meteorólogo escribe cartas a Stalin y a otros miembros del buró con la esperanza de que se enteren de su situación, pero por fortuna no sólo les escribe a ellos. También lo hace a su hija de cuatro años, a la que nunca volverá a ver. Porque así actúan los resortes del Régimen, la mujer del meteorólogo lo esperaba una noche a la puerta de la ópera, pero nunca acudió a la cita. Detenido esa tarde, fue conducido a la Lubianka y ya nunca regresó, porque de la Lubianka ya no volvía nadie:
Es que, si hay un lugar que simboliza ese asesinato en masa del ideal, esa monstruosa substitución del entusiasmo por el terror, de los camaradas por policías, es la Lubianka. Allí se encuentra el centro de esa alquimia al revés que transformó el oro en vil plomo”.
Rolin vuelve a ser exasperantemente exacto, tan exacto que duele. Porque en los sótanos de ese edificio maldito se ejecutaron a miles de hombres de un disparo en la nuca sobre un suelo sencillo de baldear, porque la culebrilla del manguerazo borraba el líquido del crimen, el aceite de la muerte y limpiaba responsabilidades. Sin embargo, Rolin es tristemente certero porque, por encima de los ajusticiados, lo que se ejecutaba era todo un ideal. La idea comunista transformada en excrementos, sesos y salpicaduras.

Monumento en la Plaza de la Lubianka que recuerda a las víctimas del GULAG y que esta construido con una piedra del campo de las islas Solovkí.

Olivier Rolin sabe que será en esas cartas dirigidas a su hija en donde se articule la verdadera historia del meteorólogo, en donde tomará relieves la cicatriz del dolor, cuando más nítida aparece la miseria humana en toda la amplitud de sus dimensiones. La Revolución fue partidista y arbitraria, tan solo de unos pocos, por lo tanto no fue Revolución sino injusticia. Las cartas muestran a un hombre ciego en la fe de sus ideales que lo llevan a sobrevivir en las peores circunstancias, aunque paulatinamente va perdiendo la solidez de sus creencias, hasta el desenlace humillante y terrible de su ejecución.
Alekséi es un pingajo triturado en la maquinaria del Estado, como todos esos personajes de Ismaíl Kadaré arrollados por el tren de mercancías albanés de Enver Hoxha, con 40 años de vagones repletos de cadáveres y el hedor a la muerte apestándolo todo. Alekséi es una víctima de una acusación trivial que recuerda a esa otra novela de Milan KúnderaLa broma (Tusquets), en donde el protagonista cae en desgracia por culpa de un comentario satírico sobre Trotski que ha enviado en una postal a su novia, que lo denuncia ante el Partido comunista checoslovaco.
Enver Hoxha

Los paralelismos literarios de El meteorólogo son muchísimos, no solo con novelas, sino también con muchos libros de Historia. En primer lugar, el estilo de Gran Reportaje que articula Rolin hace inevitable tener en la cabeza la obra de otro francés, el Limónov (Anagrama) de Carrére. Y el Archipiélago GULAG (Tusquets) de Aleksandr Solzhenitsyn o los Relatos de Kolimá de Varlam Shalamóv (Minúscula). E incluso otra obra del Premio Nobel, Un dia en la vida de Iván Denísovich(Tusquets). Y Prisionera de Stalin y Hitler (Galaxia Gutenberg) de Margarete Buber-NeumannStalin y los verdugos (Taurus) de Donald Rayfield o el impecable Koba el temible (Anagrama) de Martin Amis. Y claro, La acusación de Bandi —ya lo saben, también en Libros del Asteroide—.
Rolin es consciente de que está escribiendo con este enorme bagaje a sus espaldas, y así lo reconoce cuando afirma que:
Emociona ver materializarse cosas que proceden de la doble inmaterialidad del pasado y las lecturas: esos son los restos concretos, aquí y ahora, de lo que ocurrió hace mucho tiempo y que solo conozco por los libros”.
Con todos esos libros, con todos esos textos y autores, Olivier Rolin entabla un diálogo en El meteorólogo. Con las novelas de Kadaré, con El cero y el infinito (Destino) de Arthur Koestler y por supuesto con 1984 (Destino) de Orwell… Por ello, esta indagación histórica es tan rica, tan completa y tan profundamente acongojante. La correspondencia de Alekséi con el camarada Rubashov de la novela de Koestler es pavorosa. Tal y como le sucede al protagonista de El cero y el infinito le ocurre al meteorólogo durante los interrogatorios:
El pánico intelectual que le infunde pensar que cuanto más se presta al juego de la mentira, más creíble resulta, cuando la verdad lo es cada vez menos, el pánico moral que experimenta al sentir que declararse es lo que puede valerle una muy relativa indulgencia, mientras que afirmar su inocencia lo pierde”.
Se trata de la descomposición, la putrefacción cadavérica del sistema. No en vano, Alekséi acabará como Rubashov: el tiro en la nuca como indiscutible máxima de un Partido amenazado por la insignificancia de ambos personajes. Insignificancia asumida en primera persona en cuanto Alekséi baraja cualquier posibilidad como motivo de condena porque ya todo
es muy posible en el siniestro mundo alucinante del estalinismo: en un congreso internacional que presidía, había pronunciado, al parecer, un discurso de introducción en francés y no en ruso, sin respetar las instrucciones recibidas de sus superiores”.
Un discurso en francés o una broma garabateada en una postal. Ambos son motivos de condena para el desquiciado y paranoico Golem comunista que menean como un pelele Iósif Stalin o el sátrapa checoslovaco de turno, ya fuera Klement Gottwald o Antonín Novotnỳ, todos ellos espectros cebados por el mismo potaje asesino.
Stalin con Enver Hoxha (arriba) y con Klement Gottwald (abajo):


Así, en el campo de las islas Solovkí se encuentran, junto al meteorólogo, criminales de la talla del profesor Ochman de Bakú, un médico cuyo delito era:
haber roto, en un descuido, un busto de Stalin”.
O el animalista Mijail Burkov que:
 “lanzó una torta de tripas contra el enorme coche negro de un pez gordo del Partido que acababa de aplastar a un perrito”.
También hay filólogos, escritores, científicos, intelectuales, historiadores, traductores, inventores, hasta clérigos y archimandritas e, incluso, el último príncipe de la dinastía polaca de los Jagellón, un anciano que falleció tras una indigestión por haber conseguido tres raciones extras de pan.
El libro nos muestra los escalones que conducen a la desgracia del protagonista, que pasa de tenerlo todo (o todo aquello que se podía poseer en la URSS) a no tener nada —en eso también coincide con la ficción de Rubashov, porque nunca un personaje de ficción se disfrazó con tantos ropajes de realidad como este desgraciado que compuso Koestler—.
El meteorólogo se transforma por la acción punitiva: de disfrutar de un trabajo reputado y una posición sólida, junto a una familia, ahora será un número de condena en la cadena del horror, posteriormente borrado y olvidado del mundo. Esa cualidad de eliminar hasta la raíz es una característica de estos hombres sanguinarios. Tal y como sentencia el autor:
La formidable máquina de matar es también una máquina de borrar la muerte, lo que la vuelve aún más temible”.
Por ello es de una importancia crucial este libro y los libros que he mencionado antes, porque reparan la memoria que quebrantaron los asesinos y nos acercan hasta el presente a las víctimas olvidadas en los bosques de la Historia. Este es un empeño común de muchos escritores que se aproximan a los grandes genocidios y holocaustos.
Desde Franz Werfel y su reivindicación de la masacre armenia en Los cuarenta días del Musa Dagh (Losada), pasando por el recitado de las víctimas de la guerra del Líbano compiladas en listines en la obra de teatro Litoral (KRK Ediciones) de Wadji Mouawad, la poesía reivindicativa de la memoria de Zurita o Gelman, o el imponente trabajo de recuperación poética de las víctimas de las matanzas en UruguayChile Argentina llevado a cabo por el costarricense Laureano Albán en su indispensable Biografías del Terror (editorial Costa Rica), hasta ese final de la novela de Ismaíl Kadaré titulada Vida, representación y muerte de Lul Mazreku (Alianza Editorial), en donde enumera los nombres de las personas que perecieron con Grecia en los ojos y la sal en los pulmones en un intento de escaparse de la Albania de Hoxha por el estrecho del canal de Otranto.
No podemos engañarnos. Aunque la función sanadora y recuperadora de El meteorólogo es evidente, el libro de Olivier Rolin es muy duro, casi cruel, porque en él asistimos a la injusticia como suceso habitual y a la muerte como asunto común. En uno de los muchos aciertos del autor, se decide por parafrasear las cartas de Alekséi, introduciendo sus propios comentarios y conclusiones en ello.
Si Rolin se hubiera decantado por copiar las cartas una a una, el libro carecería de la impresión que nos causa al llegarnos de esta manera aquello que el autor selecciona de entre los escritos del meteorólogo, cargados con su visión que, además, es la nuestra, como lectores y personas que vivimos en el siglo XXI.
Este aspecto es determinante. El francés no se limita a ofrecer o exponer la realidad, sino que nos la muestra en tres dimensiones al encontrar esta forma de presentarla y contarla. La voz de Alekséi tamizada en la voz de Rolin es mucho más insoportable, mucho más cruda, porque el filtrado al que la somete el gatekeeper (permítaseme esta palabra de mis tiempos de estudiante de periodismo) la convierte en una especie de relato que se nos está contando de forma oral. Y desde la Grecia clásica todos hemos concluido que en la oralidad se albergan los trazos del drama, los orígenes de la tragedia. Es la forma en que aquello que llega nos golpea el corazón hasta lo insoportable.
Además, este hallazgo narrativo le permite a Olivier Rolin exponer la ejecución del protagonista de una forma tan terrible como desnuda, tan inhumana como desbordante de compasión. No estamos ante un informe de ejecución. Ni ante los documentos fríos, emitidos por los burócratas del Hades y cargados de un lenguaje seco, con palabras como raspas de sardina. Rolin lo sabe, y por ello, antes de mostrarnos el espanto en el fondo de los ojos de Alekséi, que es el espanto en los ojos del francés y que, en una mise en abyme asfixiante, es nuestro propio espanto en nuestros ojos, nos arroja un pedazo del papel oficial de la condena:
Tras haber examinado el caso número ciento veinte, Vangengheim Alekséi Feodósievich, ruso, ciudadano soviético, nacido en 1881 en el pueblo de Krapivno, región de Chernígov de la RSS de Ucrania, hijo de noble y propietario de tierras, con título de enseñanza superior, profesor, último lugar de trabajo: Servicio Hidrometeorológico de la URSS, ex miembro del Partido Comunista bolchevique, exoficial del ejército zarista, condenado a diez años de campo de reeducación mediante el trabajo por decisión del Consejo de la OGPU de fecha de veinte de marzo de 1934, ORDENA: fusilarlo (Rasstreliat’)”.
Frente al vomitivo lenguaje oficial llega la exposición de los hechos de la ejecución, narrados de forma escrupulosamente limpia, pero en donde se deslizan algunos pensamientos de Rolin que remachan el libro y que son una serpiente en nuestros oídos.
Rolin imagina ese instante de Alekséi desnudo y atado de pies y manos, arrojado a la fosa en mitad de un helador y caliente infierno de porrazos y empellones, un segundo antes de que reciba el disparo en la nuca, y no puede evitar pensar en la desolación tan descomunal del meteorólogo. Una desolación por no volver a ver a su mujer y a su querida hijita, sí, una desolación por no saber los motivos de su condena a muerte, también, pero sobre todo una desolación inaguantable cuando el buen comunista —el fervoroso estalinista que incluso enviaba a su familia desde el campo de las Solovkí manualidades con el retrato deStalin hecho con piedrecitas— descubre que su fe en el sistema al que ha dedicado su vida (y también su muerte) no significa absolutamente nada. Es la mentira del crimen.
Aquí es donde nos desplomamos. Al pensar en ese hombre entre cadáveres, esperando la detonación detrás de las orejas, sintiendo como de su corazón y de su pecho se esfuma la fraternidad comunista, que las vacías consignas de Stalin se las lleva el viento helado de los muertos y que la Revolución de Leninyace, desde hace años, bajo la piedra podrida de la losa de un cementerio, o tal vez a su lado, en esa misma fosa en donde lo han arrojado con el vapor de la vida todavía coleando.
Rolin no necesita recubrir de virtudes especiales al hombre desnudo al que van a ejecutar; ni de una relevante valentía, ni siquiera con algo que nos haga percibir que su comportamiento en el vestíbulo del exterminio lo dignifica. Sería tan banal como innecesario porque ya conocemos su gigantesca virtud:
Por haber sido condenado injustamente (…) se le exige de todo, debería tener todas las virtudes. Es inocente, lo que ya es mucho”.
Y ese es el final. El final del libro, pero no del volumen que con mimo nos trae Libros del Asteroide. Como una puñalada más, tal vez como un estacazo, en un apéndice se nos ofrecen las coloristas postales repletas de los cuidados dibujos que Alekséi envió a su hija. Son como las esquelas de un escalofriante arco iris dibujado por los insomnes, por todos esos durmientes del bosque de Sandarmoj, “el bosque de los asesinados”, en número de 10 mil cuerpos que ahora se han levantado de los siglos de hojas y barro para gritar en la voz de otros: ¿Habéis visto lo que hicieron con nosotros?
Dos de los dibujos en las cartas que Alekseí enviaba a su hija y que reproduce el volumen de Libros del Asteroide:


Olivier Rolin lo ha visto. Y nosotros con él. Hasta el detalle más mínimo, infame, cruel, sucio y miserable. Con esta lectura, igual que el propio meteorólogo, hemos perdido la fe en los hombres, en el ser humano. Si es que aún nos quedaba una pizca prendida en algún lugar entre las costillas, el corazón y el alma.

Monolito conmemorativo erigido en la entrada del bosque de Sandarmoj con la leyenda:”Hombres, no masacraros entre vosotros”.

viernes, 22 de diciembre de 2017

La acusación. Cuentos Prohibidos de Corea del Norte-Bandi



Esta crítica apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/la-acusacion-cuentos-prohibidos-corea-del-norte-la-escritura-pavor-cotidiano/


La acusación, cuentos prohibidos de Corea del Norte o la lupa de la escritura sobre el pavor cotidiano


Nuevamente aparecen esas imágenes en el telediario de la tarde: Corea del Norte acaba de lanzar otro misil como prueba de su poderío balístico. En una plaza, formado frente a una descomunal pantalla de televisión, el pueblo asiste al evento y ovaciona a su Líder. Toda la escena recuerda a los Dos Minutos de Odio orwellianos de la novela 1984 (Destino). Porque es necesario preguntárselo: ¿Toda esta gente sabe que existe otra realidad posible, otra vida posible? Por fuerza, en el seno de esa masa controlada y, evidentemente, atemorizada, deben existir voces —y cabezas pensantes— que no puedan aceptar tanta ignominia. Así es: Bandi, un escritor que ha sido publicado por Impedimenta, me lo ha demostrado con su conjunto de relatos titulado La acusación.

1. La literatura como resistencia

Corría el año 1936 cuando en los astilleros Blohm und Voss de Hamburgo se botó el buque de la marina alemana Horst Wessel, con la presencia de Adolf Hitler. La multitud, presa del furor colectivo, celebró el nuevo éxito de la ingeniería naval con el saludo nazi. Y una fotografía captó el acontecimiento. Un mar de manos, de brazos en alto…, pero un momento, allí, arriba a la derecha de la imagen, un hombre cruza, temerariamente, sus brazos. Es August Landmesser, reconocido por casualidad por una de sus hijas en el año 1991. Es August Landmesser, que se opone a Hitler, que va contra el pensamiento único, contra la masa; tiene muy claro que él piensa resistir. Es un Bandi contra el nazismo.

No tiene nombre. No sabemos cómo se llama esa persona que un 5 de junio de 1989 detuvo el tiempo y también nuestra respiración al colocarse enfrente de una columna de tanques en la Plaza de Tiananmén. Simplemente, hizo lo que creía que era su derecho: reclamar un espacio para la humanidad en aquella Avenida de la Paz Eterna. Era un Bandi chino.

Estos ejemplos demuestran que por muy extremo que sea un régimen totalitario, siempre existen posibilidades de oponerse a él. Desde luego, los riesgos son enormes, y hay que tener la inmensa valentía de hacerlo porque la muerte suele ser la respuesta del sistema represivo. Seguramente, Bandi llevará una vida de terror en Corea del Norte, incluso puede que se congregue delante del pantallón para aplaudir los misiles priápicos del Líder. Nunca se expondrá frente a los tanques, ni dejará de hacer un saludo, pero habrá elegido otra forma de resistirse. Y es igual de heroica: la literatura.

Poco nos importa la forma en que estos textos hayan alcanzado nuestro mundo, este lado del mundo; sobre las peripecias del manuscrito hay suficiente información en los apéndices del libro. Lo que realmente me resulta admirable es la elección de la literatura como una forma de resistencia.

He dedicado algunos de mis trabajos a investigar la producción de la literatura como oposición al crimen totalitario. En Biografías del Terror: Laureano Albán y el deber del llanto, atiendo a esta función reparadora de la literatura que, mediante la convocación de los sucesos, consigue un desagravio de las víctimas. Sobre este asunto he reflexionado también al hilo de mi estudio crítico del último libro del escritor albanés Bashkim Shehu, Angelus Novus (Siruela), y que se puede consultar en este enlace:


Sin embargo, fue en La novela como resistencia al totalitarismo. Tres ejemplos: Norman Manea, Ivan Klíma e Ismaíl Kadaré, en donde abundé en la capacidad de la literatura como elemento desestabilizador de un régimen dictatorial, así como una manera de subsistencia por parte de aquellos que tienen algo que decir, que necesitan algo que afirmar, y sólo encuentran alivio en las palabras.

Evidentemente, en el seno del terror de semejantes sistemas políticos, esa práctica entraña un riesgo mortal. A lo largo de los numerosos regímenes criminales, diferentes escritores nunca han cejado en su empeño de escribir como una forma de alimentar su individualidad en el seno de un mundo que trataba de aplastarlos. La literatura se mostró, así, como un vehículo para alcanzar lo que el Estado totalitario negaba sistemáticamente a sus ciudadanos. No en vano, el albanés Ismaíl Kadaré ha manifestado en diferentes ocasiones que él no llegó a la literatura desde la libertad, sino al contrario, a la libertad desde la literatura. Tal es el poder de la escritura.

Pero, ¿cómo se han conducido estas personas que sentían que tenían algo que decir, rebelarse, actuar en contra de las situaciones de injusticia? Sus reacciones son similares: escriben, en efecto. Pero también son bien diferentes, aunque en sus textos persigan el mismo objetivo (atacar al Régimen, demostrar lo descarnado de su existencia), porque son muy distintos en sus métodos literarios para conseguir el objetivo final.

Por ejemplo, para el rumano Norman Manea, se tratará de un complejo entramado literario que jugará con la autoficción; para el checo Ivan Klíma, una especie de sinfonía lírica; para el húngaro Kertész, unas memorias desgarradas en busca de una identidad desgajada…

Por su parte, el albanés Ismaíl Kadaré, unas veces pondrá en pie una novela presuntamente histórica que bajo su disfraz esconderá el germen de Franz Kafka, de Robert Musil y de Jorge Luis Borges,  y otras veces se camuflará en una narración de la vida cotidiana de los ciudadanos; también recreará un mito clásico, adoptando la denuncia en destellos, en reflejos literarios del totalitarismo que se ocultan bajo caparazones y disfraces que puedan engañar, burlar, al censor y vigilante Régimen de Enver Hoxha, o tal vez abrazando la meta cuántica, con un tratamiento del tiempo y del espacio de una forma delirante, con la estructura laberíntica y de fractales, imbricando sus tramas con la novela negra.

En otras ocasiones, fueron las copias manuscritas de las novelas, esa cripto literatura de samizdat, como en el caso de El maestro y margarita (Debolsillo) de Bulgakov o El doctor Zhivago (Anagrama) de Pasternak, para burlar al estalinismo, o el más reciente caso de Los versos satánicos (Mondadori) de Salman Rushdie, distribuido en copias escritas a mano en el Irán de la fatwa.

Son todas ellas aproximaciones válidas a un mismo tema: la denuncia del Estado totalitario, realizadas por testigos que han decidido convertir al hombre, bajo esa desgracia, en su objeto de estudio, a menudo lidiando con la censura, con la represión y las represalias, bajo el peligro de la condena, poniendo en riesgo su integridad —con amenazas de cárcel o incluso de muerte— en el empeño de conseguir escribir unas páginas.

Porque, tal y como afirma el checo Ivan Klíma

Una verdadera obra literaria nace como el grito de protesta de su creador contra el olvido que lo acecha, a él, a sus predecesores y a sus contemporáneos, a su época y a la lengua que habla. Una obra literaria es algo que desafía a la muerte”.

Un desafío que se sublima si se lleva a cabo en el seno del régimen totalitario, dado que se produce una gran paradoja: la actividad de la escritura, que les insufla de vida a los autores, es un acto de imprudencia descabellada que puede conducirlos a la muerte. Ya nos lo advierte Bandi en su libro:

Nunca se es lo suficientemente precavido, y esa es la regla para sobrevivir en Pyongyang”.

2. Bandi o los horrores cotidianos

En efecto, le ha llegado el turno a Bandi. Bajo ese seudónimo de Luciérnaga —el autor brilla con la luz de la verdad literaria para alumbrar las tinieblas totalitarias—, escribe en el seno de uno de los peores regímenes totalitarios de la historia, una ignominia para el mundo. Y sus relatos, bajo el título común de La acusación, muestran una doble cara. En primer lugar, en los cuentos hay una condena que recae sobre alguna persona, incluso sobre familias enteras. Condena que ha sido el producto de una acusación. Sin embargo, en retruécano cruel, la acusación a la que se refiere el título es la denuncia que ese conjunto de relatos hacen del propio Régimen norcoreano.

Aquí radica el asunto, Bandi acusa al Régimen con sus cuentos, y lo hace glosando escenas de la vida común de sus paisanos. Atendiendo al día a día del régimen, ampliando el foco, la lupa sobre lo cotidiano del horror. Se trata de la mejor manera de exponer la forma en la que los mecanismos represivos tratan de aniquilar al individuo.

Un ejemplo descomunal de esta práctica lo podemos encontrar en la novela del albanés Kadaré, El gran invierno (VOSA), que en alguna ocasión he denominado como una especie de Capilla Sixtina del comunismo, precisamente por esa atención a los minúsculos detalles cotidianos. Puedes consultar un estudio más en profundidad de esta novela aquí:


Los recursos como narrador de Bandi pueden parecer algo limitados, pero son tremendamente efectivos. Repite una estructura similar en los siete relatos, ubicándose en un momento determinado de la acción y realizando un largo flash back que desembocará de nuevo en el presente para, desde allí, desencadenar el final.

Al abrigo de la reiteración de esta estructura se nos cuenta la insensibilidad del sistema, que impide a un hombre el viaje hasta su aldea para asistir a su madre que agoniza, o la historia de un niño que se asusta y llora cuando ve un cuadro de Marx o del Líder, porque piensa que se tratan de las imágenes de un demonio.

Bandi presta atención a los horrores cotidianos. A la hambruna crónica, al trabajo a destajo, a la deshumanización absoluta. Entre los relatos destaca La capital del Infierno, en donde una mujer del pueblo coincide con el Gran Líder Kim Il-sung, incluso viaja en su coche oficial, y es tratada con una extraña e inquietante humanidad que pone al descubierto toda la hipocresía descarnada del Régimen.

Un Régimen que no duda en ejecutar como un traidor a quién arruina una mínima parte de una cosecha de arroz porque no consigue que arraigue, o porque ha manchado de excrementos unas manzanas destinadas a la URSS. Un Régimen que prolonga las abominaciones cometidas por los abuelos —nimiedades aumentadas millones de veces por el implacable espíritu crítico de la ideología Juche— culpando a los padres y a los hijos de estos.

El castigo del Régimen se prolonga generación tras generación, para alimentar de pavor a una sociedad apelmazada por el miedo porque, en la concepción eugenésica del enemigo que ha puesto en pie el Estado, igual que la constitución física, también se transmiten las ideas por la genética. Pertenecer a una familia de traidores también es algo que se hereda. Porque para sobrevivir en Pyongyang, afirma Bandi en uno de los párrafos, uno debe aprender a sentir miedo cuanto antes.

Nos encontramos ante un lugar en donde no merece la pena vivir, o al menos traer una vida nueva a este mundo de pesadilla presenta un dilema ético, tal y como se lo plantea uno de los personajes del libro:

Cuando una madre trae una vida al mundo lo hace con la esperanza de que su hijo sea feliz. Pero qué madre puede dar a luz si sabe que el niño no podrá hacer nada excepto avanzar a través de un campo de zarzas. ¡Una madre que quisiese dar a luz en tales circunstancias será la criminal más cruel de entre todos los criminales!

Al Líder de Corea del Norte, ya fuera en su momento  Kim Il-sung o Kim Jong-il, que abarcan la época a la que hacen referencia los textos de La acusación, o al actual Kim Jong-un, no debe de hacerle mucha gracia que sea la literatura uno de los elementos utilizados para denunciar al Régimen. Y esto es porque los tiranos siempre han tenido una especial propensión a escribir grandes mamotretos que alberguen sus obras completas, perorando sobre lo divino y lo humano: un tirano, si algo ambiciona por encima de todo, es ser escritor.

Ahí están los ejemplos de las obras monumentales, repletas de tomos, de Stalin (aproximadamente 15 volúmenes) o de Ceauşescu (unos 14 volúmenes). Pero claro, también en esto, se lleva la palma Kim Jon-il, que parecía ser capaz, no solo de opinar sobre literatura o teatro, haciendo extensiva su obra a regular y decidir cómo deberían ser, desde su perspectiva de la doctrina Juche, actividades tan dispares como la agricultura, la arquitectura o el cine. Dejó, aproximadamente, 50 volúmenes. Junto a ellos, parece mucho más modesto el legado literario de Benito Mussolini y, ya no digamos, el único libro de Hitler.

Por supuesto, esta exhibición de verborrea literaria no brotó de la pluma del tirano norcoreano. Todo un sequito de escritores (¿o más bien debería calificarlos como escribanos o amanuenses?) se dedicó en cuerpo y alma a producir las obras del Líder. Estamos ante un caso parecido al del dictador albanés Enver Hoxha, cuya obra se calcula en unas 48.000 páginas, y sus llamadas “obras escogidas” constan de 76 volúmenes, que afortunadamente quedaron incompletas, cuando ya se había alcanzado la recolección de todos los escritos hasta 1979. El historiador francés Gabriel Jandot plantea la posibilidad, más que certera, de que un grupo de diez personas escribieran una gran parte de esta ingente obra en nombre de Hoxha, una obra que en los desfiles del Primero de Mayo aparecía expuesta sobre un carromato ambulante.

Todo esto, además, se agrava porque en las obras de los tiranos no aparecen más que memeces y tonterías, mientras la fuente de la cultura y la literatura se agosta en sus países, bien sea bajo el dictado de las reglas del realismo socialista o por culpa de las novelas de la sangre y de la tierra arias (novelas Blut und Boden nazis). Por eso, el caso de Bandi, portavoz de un país de 25 millones de personas, resulta más llamativo. El gran instrumento aleccionador del aparataje comunista, la escritura, ahora se ha vuelto en contra de los sátrapas.

3. Bandi y la literatura antisolar

Y la literatura puede decir muchas cosas, incluso sin decirlas aparentemente. Encuentro en los relatos de Bandi un rastro de algo que he bautizado como literatura antisolar, a raíz de mi estudio de la denuncia del régimen totalitario de Enver Hoxha en la obra de Ismaíl Kadaré. El albanés presenta un tipo de resistencia climática en donde las narraciones aparecen trufadas de frío, nieve y viento, para mostrar un clima de helada que se corresponde con la congelación interna que experimentan los ciudadanos. Y además, se contrapone al inmenso esfuerzo del Estado por ofrecer una imagen de personas sonrientes hasta el paroxismo bajo el luminoso sol comunista.

Al igual que hace Kadaré, la prosa de Bandi nos habla de clima frío y tempestades de nieve, de lluvias torrenciales y tiritonas. Es la literatura antisolar de Kadaré trasvasada al régimen de Corea del Norte, en donde:

Hace frío. Una tempestad de nieve llena el mundo con sus copos”.

El pavor de los hombres sumidos en el sistema represivo se nos revela en una interesante frase antisolar:

No es la oficina la que da calor a los hombres, sino los hombres los que calientan la oficina”.

Evidentemente, nos encontramos ante una máxima demoledora. El Estado se proyecta en esa oficina. Por tanto, la caldera del Sistema criminal se alimenta del esfuerzo de sus súbditos, en ningún caso es el Estado quien vela por arroparlos. Toda la parafernalia calorífica del Partido, las máximas de bienestar, han quedado subvertidas con la frase climatológica de Bandi, que continúa:

Con la puesta del sol, el frío, en una especie de competición consigo mismo, se intensifica”.

El frío atmosférico compite con el frío político, sumándose así helada sobre helada, la escarcha natural sobre la escarcha en el pecho y en los corazones de los norcoreanos. Será la escarcha la gran imagen antisolar de denuncia, en un párrafo cargado de significados:

Pero no es solo el suelo lo que está frío. La pared que hay tras los únicos muebles de la habitación, un armario y un gran televisor de un modelo mu antiguo, está cubierta por una capa de escarcha”.

Bandi nos habla de una casa que, por trasposición, puede ser todo el país. Una casa helada por la escarcha, un país congelado por el crimen. El frío es el mal. Un hallazgo que empleó en su día Kadaré en su novela El ocaso de los dioses de la estepa (Alianza) cuando aseguraba que en la Unión Soviética hacía frío:

Hace frío en Rusia, hermano. Hace infamia”.

El clima desolado que refleja Bandi, por tanto, se refiere a algo más, a mucho más: los nublados, las nieves y los fríos, permanecerán en el interior, en las tripas de sus personajes. Se trata del binomio, trabajado por Kadaré, del frío-totalitarismo: el frío como símbolo de una existencia que se mueve en el umbral de lo ultraterreno, entre la muerte y el pequeño hálito de vida. De una vida miserable y casi medieval en donde está prohibida la tristeza, es decir, y en palabras del título de un libro de relatos del rumano Norman Manea, se vive bajo una Felicidad obligatoria (Tusquets).

En el relato Tan cerca, tan lejos, Bandi nos lo explica:

En este país incluso llorar está considerado un acto de sedición y podría suponer una condena a muerte. La ley exige que la gente sonría pese a sus sufrimientos y cada uno debe tragarse solo su amargura”.

La malignidad del sistema político es capaz de obrar extrañas alquimias con los sentimientos colectivos de la gente:

Solo una fuerza mágica y cruel podía convertir los alaridos del tormento en aquella sonrisa de la felicidad (…) Toda la población de aquel país, que se hallaba bajo el hechizo del brujo, vivía en una ficción ajena a la realidad”.

Una felicidad obligatoria que tan sólo se tornará en tristeza por decreto a la hora de llorar la muerte del Amado Líder. Entonces, mucho cuidado con no mostrar el suficiente dolor desgarrador porque los agentes de la policía secreta y la seguridad del Estado están vigilantes.

4. La decepción como deus ex machina

Muchos de los personajes de Bandi experimentan una profunda decepción al descubrir que el sistema por el cual lo han dado todo es, en realidad, un Régimen inhumano. En ese momento, en el del desengaño, se desencadena la acción. Es como si, educados desde pequeños en el juchismo, necesitaran de una epifanía desmoralizadora, una toma de conciencia de la realidad, para que se activen los resortes internos de resistencia ante el régimen opresor:

Nada en el mundo es comparable a la decepción y al remordimiento que supone tomar conciencia de que todas las esperanzas y convicciones (…) no son nada más que un espejismo”.

Son vidas que se han desarrollado en el engaño, y en un momento determinado han despertado. En cierto modo, tamaños desencantos me recuerdan a la obra del escritor eslovaco Ladislav Mnacko, aunque en su Invierno en Praga (Noguer) me resulta algo más insincero con su desilusión al respecto del comunismo, que se queda en una mera autocrítica. Puedes consultar una reseña que hice de este libro hace tiempo:


En cualquier caso, estas decepciones que movilizan las historias de Bandi, no dejan de ser una especie de autocrítica pero a lo bestia. La autocrítica, la desgastada palabra que sustenta cualquier régimen comunista, hasta empastarlo en la mentira. “Un clamor de autocrítica”, llega a denominar Bandi la gran decepción que experimenta uno de sus personajes.

Está repleto de símbolos anti totalitarios este libro de Cuentos prohibidos de Corea del Norte, tal y como reza el subtítulo que le ha colocado la editorial. Desde un olmo que representa la creencia en la política del Partido, pasando por unas setas venenosas cuyo color rojizo se asemeja con el edificio de las oficinas del Partido, o entendiendo los engranajes del Estado como una bestia que cuando te atrapa te descuartiza.

Son imágenes, todas ellas, de la naturaleza, como si el Régimen de Corea del Norte, para Bandi, tuviera un componente venenoso y feroz que solo puede darse en las fieras salvajes. Y de hecho, los ciudadanos viven domados y en jaulas, como una forma de completar esta analogía.

Sumisos, aguantándose las ganas de llorar, sólo les queda esbozar una sonrisa desmayada y continuar mirando hacia adelante. Bueno, no es la única solución. También, como ha hecho Bandi, uno puede elegir ser un héroe y empezar a resistir con su literatura.