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sábado, 2 de noviembre de 2019

Secretos-Mara Mahía



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/secretos-mara-mahia-y-el-doloroso-discurso-que-nutre-a-la-gran-literatura/

Secretos: Mara Mahía y el doloroso discurso que nutre a la Gran Literatura

Hace bien poco que Editorial Dieciséis ha publicado la primera novela de la escritora gallega Mara Mahía, titulada Secretos, una obra de gran mérito. Con el trasfondo de la Guerra Civil española, que ejerce de hilo conductor del libro, nos topamos con una emocionante narración repleta de virtudes: el ritmo y su pulso, que alterna diferentes discursos en el tiempo que se proyectan desde las edades de los personajes; así, el texto gana relieve con un dinamismo penetrante y se alimenta, además, de un atractivo mecanismo autoficcional que lo completa. Para mí, a estas alturas que andamos de 2019, es una de las mejores lecturas del año. Circunstancia que no me sorprende, por otra parte, porque desde que leí su novela compuesta a dúo con Oliver Besnier, Amenaza (Cuadernos Heimat) siempre supe que Mara Mahía poseía un gran talento. Ahora, ha sido capaz de hacer lo más complejo, lo que poca gente logra: demostrarlo con una novela inolvidable.

Lo primero que me ha sucedido con Secretos ha sido la ruptura de dos de mis grandes prejuicios literarios: la novela de la Guerra Civil es insoportable, un género del que huyo porque lo considero agotado tras el insufrible manoseo al que ha sido sometido por algunos de los popes más representativos de la aburrida literatura patria. Pues con Secretos me he emocionado.
Mi segundo prejuicio también ha saltado por los aires con el trabajo literario de Mara Mahía: una novela que abarque una saga familiar no tiene que ser un insufrible ir y venir de consultas hasta un arbolito genealógico en donde, al final, ya no sabes quién es quién. Esto ya lo demostró García Márquez en sus Cien años de soledad, pero hay que ser muy certero y poseer muy buena pluma para que el lector sea capaz de mantener los personajes y parentescos en la cabeza sin deshacerse los sesos.
Siempre he aborrecido las novelas que adjuntan ese mapa de nombres al final, que considero un claro síntoma de la vaguería del autor o de su escaso talento para caracterizar personajes de una forma inolvidable en la cabeza del lector. Claro, es más cómodo acudir al esquema y entender de quién nos está hablando.
Por eso no soporto las novelas de Agatha Christie, por mucho que fuera maestra de lo que fuera, siempre con su maldito dramatis personae al que uno debe peregrinar esforzándose por descubrir al tío segundo del marido de un personaje, esforzándonos nosotros porque la escritora se había ahorrado el trabajo de caracterizarlos de una forma ágil y que se fijara en nuestras mentes. Los fanáticos de esta autora me dirán, con gesto avinagrado, que Agatha Christie priorizaba el crimen, el misterio, la investigación, y otras zarandajas…

Así que llega a mis manos Secretos. Novela con un marcado trasfondo de la Guerra Civil. Con una adenda que incluye un árbol genealógico. Lo tiene todo, pero todo, para que la aborrezca. Pues de eso nada. Mara Mahía me demuestra que soy un borrico literario y me desarma con su narrativa. Me ofrece otra manera de aproximarse a la Guerra Civil y no necesito consultar la genealogía ni una sola vez en toda la lectura. Mara Mahía quebranta así mis prejuicios y firma una novela sobresaliente.
La Guerra Civil española ha encontrado muchas formas (incluso muchas más de las que se merece) de ser narrada en la literatura española. Salvo honrosas excepciones —tal vez algo de Delibes o de Ramón J. Sender, tal vez—, no perdono en mi donoso escrutinio a ningún libro publicado por los grandes autores actuales que se arriman al inagotable manantial del conflicto con la recurrencia de un peregrino obsesionado, a cual más aburrido y manido, repletos de tópicos, extraviando la emoción en unas prosas planas y carentes de oficio e imaginación.
Justamente todo lo contrario es lo que ha conseguido Mara Mahía. Y eso es mucho decir, porque en Secretos hay muchos resortes inteligentes que refrescan el asunto, llegando a renovarlo tanto que, al final, los lectores nos damos cuenta de que no solo hemos leído una novela sobre sobre la Guerra Civil, sino mucho más, muchísimo más. La Guerra Civil es un vehículo para mostrarnos el papel de las mujeres en esos momentos tan duros (porque las guerras, al final, SI tienen rostro de mujer). Y la importancia capital de la herencia oral que da lugar a historias que se metamorfosean en Gran Literatura.

El otro día, en la revista Vogue, recomendaban Secretos como una de las novelas de 19 escritoras elegidas para unirse al movimiento #LeoAutorasOct. Afirmaban que la obra de la gallega es:
Un ejercicio de memoria articulado a través de 23 relatos que componen un retrato de la condición de mujer en la guerra civil y la posguerra poco difundido. La importancia histórica de la transmisión oral para las mujeres queda subrayada en esta obra que vio la luz a finales de septiembre”.
En la lista, como siempre que se elabora una lista de libros, hay nombres y títulos espeluznantes, pavorosos, surgidos al calor de la novedad y de la maldita actualidad comercial, que cada uno la consulte y juzgue por sí mismo y según sus gustos. Pero lo que nos interesa es que se ha colado este magnífico libro, el mejor de todos los seleccionados, en una publicación de tanta difusión, junto a esa afirmación crucial de los 23 relatos.
En efecto, 23 relatos, no los he contado, la verdad es que me da igual que sean 23 o 50, lo importante radica en la palabra relatos. Es la constatación del alimento narrativo del texto, que se nutre de una serie de discursos magníficamente diferenciados, ya sean historias orales contadas por la madre de la protagonista, y que se nos muestran de forma indirecta o en retazos de su diario, o también en la voz de la narradora, que los concreta en una apasionante historia de autoficción.
Mara Mahía construye los discursos maternos de los diarios con un esfuerzo lingüístico apabullante, con ecos de Miguel Delibes (no en vano, la cita que encabeza el libro es de Cinco horas con Mario (Destino):
Si las palabras no se las dices a alguien no son nada”.
Evidentemente, el monólogo delibesco de Carmen dirigido a su fallecido marido Mario es un soliloquio que como receptor tiene a un muerto. Es el problema de muchas de las novelas sobre la Guerra Civil que se han escrito en España: van dirigidas a los muertos, no a los vivos, y de ese estigma quiere huir la escritora en SecretosMara Mahía se dirige a los vivos, a nosotros, ahora, utilizando las voces de quienes ya fallecieron.

Las palabras de la madre se articulan mediante una serie de expresiones familiares y propias de una época que le confieren una viveza como la de un pez recién sacado del agua, que boquea y colea desesperadamente. Las expresiones populares, las frases hechas, son recursos cuidados y oportunamente colocados en las voces, y no solo en la de la madre, que visten a los personajes de la novela con un frac léxico confeccionado a la medida.
Esta identificación, o identidad del personaje mediante el discurso, es una de las grandes virtudes del libro. Otro de los méritos radica en la capacidad que la escritura de Secretos posee para emocionarnos, para erizarnos, algo verdaderamente complejo de conseguir. Aquí radica una buena parte del nervio de escritora de Mara Mahía, que sabe tomar las propuestas orales y verterlas en papel sin que pierdan un ápice de emoción al transformarlas en literatura de quilates.
Un ejemplo de esto lo encontramos en la primera línea del texto:
La niña Leonor está enterrada en una fosa común”.
Punto de partida para un primer párrafo inolvidable que nos transmite la visión infantil de la desgracia, de los misterios angustiosos de los adultos, de todos esos secretos impronunciables que se albergan en el interior de un compartimiento sellado y que son imposibles de comunicar.
La niña Leonor, la forma en que ha sido enterrada, los motivos verdaderos de su muerte, la figura de un extraño trompetista circense o el misterio de la tía Leonor que se marchó a Estados Unidos con un crío en sus entrañas —fruto de una relación con el hijo de un militar franquista— para no volver jamás y desaparecer por completo, alimentan ciertas líneas paralelas de misterio que tratan de ser aclaradas desde ese presente en donde la narradora se mezcla con la autora gracias a los elementos autoficcionales.
Así, pasamos por el monumento dedicado a quienes arribaron hasta esa terrible puerta de entrada a los Estados UnidosEllis Island, y su terrorífico sistema de selección de aptos y no aptos. La búsqueda de la tía Leonor abarca desde el manifiesto de pasajeros del buque Esperanza hasta un calendario de pin-ups semidesnudas, pasando por búsquedas en Internet.
Vista actual de Ellis Island.
La autoficción moderna se apodera del relato clásico de la Guerra Civil y lo revitaliza. Las mentiras literarias se alían con las verdades de la escritura, con los secretos de la madre y con la visión del pasado familiar de la narradora, mientras al fondo, la autora, se confunde con ella en un juego de personajes duplicados.
Por otro lado, no podía ser de otra forma y en la mejor tradición de los escritores gallegos, Mara Mahía pone en pie ese realismo mágico a la gallega que encontramos en Álvaro Cunqueiro y Torrente Ballester. La menciñeira enana, una bruja de medio metro que vivía en una remota aldea de montaña, un lugar en donde nadie estuvo nunca, pero que todos saben que existe, es una buena muestra de ello, o los curiosos tres días de los funerales de la abuela, en donde incluso llega un autobús atestado de personas completamente desconocidas para la narradora.
Álvaro Cunqueiro y Gonzalo Torrente Ballester, dos autores con el realismo mágico a la gallega como marca literaria:


Esa visión mágica se exacerba con la evocación de la frase que se refiere al lugar de donde procedía la abuela: “del mundo del hambre y de la destrucción”. La autora aprovecha el tamiz infantil para construir ese terrible mundo pesadillesco a lomos de un cuadro de El Bosco, en uno de los mejores párrafos de la novela.
El panel derecho de El jardín de las delicias de El Bosco, que representa al Infierno, y el detalle que perturba a la narradora de Secretos: la monja-cerdo:


Secretos es la historia, pues, tal y como asegura la madre de la autora, de una familia “sembrada de desertores y difuntos” y que, tal vez, o seguramente, es casi como la historia de todas las familias, en donde los misterios del pasado se convierten en secretos y las historias se alteran a conveniencia de las generaciones posteriores.
De esta manera, la hagiografía parental se sustenta sobre los hombros de las mujeres de la casa, que van tejiendo con su imaginación alternativas menos dolorosas, quizás menos sangrantes, lindando con la literatura, porque se nos advierte:
Mi madre se inventaba mitos. Era una gran editora del pasado. Creó unas memorias fabulosas donde apenas hubo ningún mal. En los anales apócrifos de mamá, éramos una familia ejemplar”.
Una tarea que hereda la narradora de Secretos:
Irónicamente yo también me convertí en alguien que corregía el pasado, que lo reescribía, embelleciéndolo e inflándolo de héroes”.
Por eso surge Secretos, con un objetivo primordial: devolver el pasado al pasado, explicarlo como era, volverlo a colocar en su sitio, por mucho que duela. Pero en este ajuste de cuentas temporal, al final, tratándose de literatura, ¿qué es mentira y que es real?, ¿en dónde se ubica la línea que separa vida y ficción?
Mara Mahía, autora de la magnífica Secretos.
Tristemente, ese límite se encuentra en el dolor, en esa niña Leonor enterrada en una fosa común, en los adulterios, en los amores prohibidos, en la tía y a la vez hermana huida y nunca reencontrada, en la Isla de Ellis, en las cunetas de la Guerra Civil, en las muertes de los familiares más queridos, en las tumbas, en el maltrato machista, en el crimen, en una sociedad retrógrada en donde las mujeres reinventan la bilis de la realidad para convertirla en una miel desprendida de sus labios en forma de palabras que son mentiras a los hijos, todo por el bien de los hijos.
¿Y en el amor, en la alegría, en circunstancias agradables no se encuentra ese límite también? No, al menos no en el libro Secretos. Porque esta novela aborda el dolor, y casi siempre la Gran Literatura se alimenta de la desgracia, de los alfilerazos que descoyuntan el alma.
Mara Mahía con Oliver Besnier, coautores de Amenaza.
Antes de terminar, para que tengáis más información de Mara Mahía, os dejo enlace a la crítica que de Amenaza —novela coescrita con Oliver Besnier y que os he mencionado en la entradilla a este artículo— realicé para la revista berlinesa Desbandada:


Pero lo que hoy nos ocupa es Secretos, alumbrada por la Editorial Dieciséis. Y con SecretosMara Mahía ha compuesto una novela sobre la expiación de la culpa, de la culpa que significa vivir, y de la culpa que ha significado en este país ser una mujer (y que todavía lo sigue significando), y del drama familiar por antonomasia: la muerte de los seres queridos. Porque aunque solo se tratara de un muerto, tan solo de uno, ya serían demasiados muertos para una familia.

sábado, 1 de septiembre de 2018

La noche divide el día-Mario Blázquez



*Esta crítica apareció en Achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/mario-blazquez-la-noche-divide-el-dia-o-la-escritura-en-las-fosas-abisales/

Mario Blázquez: La noche divide el día o la escritura en las fosas abisales

Un nacimiento siempre es un motivo de alegría. Más aún, si el nuevo alumbramiento es editorial. Como todo recién venido a este mundo, la nueva editorial es pequeña, pero con una virtud esencial: es independiente. Y se llama Editorial Dieci6. Como toda nueva empresa arranca repleta de ilusiones y de fuerza, pero no ignora que las dificultades serán descomunales; los problemas de distribución y visibilidad en el punto de venta, la batalla por intentar conseguir un hueco saturado y monopolizado por los dos grandes grupos editoriales, la necesidad de tener que pagar prácticamente por todo para abrirse camino: desde conseguir un mínimo lugar en la mesa de novedades de la librería de turno, pasando por unas migajas en la prensa… Sin embargo, pese a los obstáculos, en el ánimo se aferra la convicción de mantener una idea propia, una personalidad característica. Para ello, Editorial Dieci6 ha comenzado publicando dos libros, ambos de relatos: Lo imaginado, de Juncal Baeza y La noche divide el día, de Mario Blázquez. Os voy a hablar de este último.

Ya el título del libro de Mario Blázquez, ese La noche divide el día, señala claramente el lugar por donde se van a mover los personajes y las narraciones: En una zona crepuscular y casi cuántica, una brecha de tiempo y luz. Quienes hemos vivido mucho en esta franja ya sabemos la metamorfosis que nos ocurre: nos convertimos en seres opacos que vagamos como alucinados.


Por tanto, los siete relatos que componen el libro están protagonizados por personajes que se encuentran justo en el filo, en el borde de la luz, o en el borde la oscuridad, en esa intersección desde la que están a punto de abalanzarse sobre el abismo de la noche. Y una vez que acceden a esa zona ya se convierten en seres marginales, derrotados y ensimismados, en una especie de zombis de los sentimientos y de la existencia. Utilizando un adjetivo del escritor albanés Ismaíl Kadaré, se vuelven en una especie de funervivos que se deslizan por las noches y que se ocultan por el día para languidecer, hasta agonizar.
Los que me conocen ya lo saben muy bien: durante once años yo fui un funervivo más, atrapado en un infernal trabajo de noche que me obligaba a moverme a contracorriente, tal que estos personajes de Mario Blázquez. Él lo entiende muy bien cuando en el relato Contenido sensible nos presenta a un trabajador nocturno que, además, bucea en el Internet profundo.
Trabajo nocturno, solitario, y el Internet profundo. Esa zona oscura y oculta del ciberespacio. Así son los espacios del libro, indefinidos, como ubicados entre dos luces, y es necesario proyectarse en las zonas de eclipse para poder descubrirlos. Mario Blázquez tiene oficio, nervio y buena mano para levantar este compendio de tinieblas y caracteres neblinosos.
La dicotomía entre el día y la noche no es puramente física. Primero, porque existe una realidad oculta que no podemos percibir ni en los momentos de mayor claridad, un reino de sombras que también es una morada interior. La oscuridad propia forma parte de nosotros. Y en estos relatos los seres luminosos, los seres de luz, han desaparecido por completo. Estamos ante una galería de personajes abisales que, como esos peces que llevan una antena dotada con su propia lucecita, apenas perciben un pequeño sector de lo que les rodea. Y deben entenderlo avanzando, adentrándose en las tinieblas.
Cada ser cavernario del texto interactúa con un lugar apagado y misterioso, desde esa sala de trabajo solitaria, pasando por un cine de madrugada, un cuarto de estar con la televisión encendida hasta las tantas, un extraño viaje a Marruecos que es como el acceso a otra realidad paralela (y como paralela, sometida a leyes incomprensibles), el camino de una carretera secundaria al atardecer, la sórdida trastienda de una tienda a media noche y hasta un sótano regido por otros códigos del espacio y del tiempo, al menos para quienes lo habitan.
Si reflexionamos sobre el título, de nuevo, ese La noche divide el día, encontramos la clave del libro: lo que impera es la oscuridad. En ella, las horas de claridad son anecdóticas. El fenómeno extraño es que disfrutemos de unas horas de luz porque todo, realmente, está sometido al imperio de la noche. La noche se apodera de los personajes, que no parece que sepan defenderse de la vida a pleno sol. Son vampiros sociales. Son seres desgraciados que batallan por escapar de las garras de ese pulpo de oscuridades. Ellos conocen las partes ocultas, esas que no perciben la mayoría de las personas que por el día se creen vivas.
Se trata así, de una noche nutricia: es una noche que se alimenta de las emanaciones de los protagonistas hasta opacarlos, pero que a la vez les insufla un hálito de vida para que puedan continuar sobreviviendo con un latido mayor que el de los seres diurnos. Esta combinación de personajes y lugares en el fragmento crepuscular es el mayor acierto del texto, que lo dota de un relieve inflamado y doloroso, como un tatuaje mal cicatrizado.
Estos lugares de indeterminación existencial arrancan en el primer relato, Sesión golfa:
Viernes, o sábado ya. Cine Ideal. Sesión de las 00:45. A esa hora el cine parece distinto, se acerca más a una película, y la película menos al cine. Versión original con subtítulos en castellano. Las personas, al igual que las películas, tienen varias versiones: la original, la doblada, la censurada o mutilada, la extendida, el montaje del director (…) Las salas nunca se llenan en esas sesiones, no hay más de diez o doce espectadores, algo que resulta atrayente para otro tipo de asistentes: los que pretenden ser invisibles”.

Se acaba de formular la cosmogonía de todos los relatos que componen el libro. Es viernes, o tal vez sábado, se transita por la frontera inexacta y dudosa de la franja que divide dos días. Las personas albergan muchas versiones diferentes en su interior, versiones oscurecidas, tapiadas, condenadas, que dejan aflorar en función al momento y al lugar en donde se encuentran; es decir, presentan una mayor o menor resistencia a la intensidad de la luz que se propone traspasarlas y herirlas como a un San Sebastián. Y el momento de indecisa luminosidad es el instante preferido de quienes pretenden ser invisibles.

Los funervivos de Kadaré son seres que terminan por volverse invisibles a causa de la alucinación que les provoca el moverse entre las dos placas tectónicas de la imaginación y la realidad. El cine casi se parece a una película en esos momentos de la madrugada, es decir: lo real se metamorfosea en lo imaginario, lo imaginario en lo real, hasta que sólo los invisibles son incapaces de distinguir entre una u otra circunstancia.
Por eso, es en estos lugares en donde se entablan relaciones con otros personajes al límite de la oscuridad. En las salas de cine dos funervivos se reconocen, también en el sótano que aparece en el relato La noche divide el día, o como ocurre con los extraños compañeros de trabajo nocturno en Contenido sensible. Los seres crepusculares solo pueden relacionarse en el no-lugar, parafraseando a Marc Augé, del crepúsculo.
Cuando las sombras los ocultan a todos, ellos, víctimas de un tenebroso fenómeno de anagnórisis, se descubren unos a otros porque es en esos instantes de claroscuro cuando imaginación y realidad se confunden:
Se apagan las luces, la sala queda completamente oscura y las voces se apagan, cortantes. La mayor atención del evento se concentra en ese intervalo entre el sombrío silencio y el comienzo. Muchas veces, incluso más emocionante que el evento en sí. Las expectativas suelen ser superiores a la realidad. Eso es lo que Héctor, en ese preludio, valora: es superior la imagen que tiene de Leiza, la expectativa, que ella en sí”.
En el extraño viaje marroquí del relato Caminos de distorsión, el protagonista vive por las noches una realidad alucinada y paralela. Sólo la recepcionista del hotel parece comprender que se trata de un ser que se desliza por el borde de la luz, o que patina por el asidero de la oscuridad. De hecho, ambos también parecen reconocerse:
Aparecí por la recepción y fue entonces cuando la chica del hiyab, mi amiga en los tránsitos entre el día y la noche, entre la realidad y la ficción, me miró de un modo extraño”.
A veces, se nos presentan personajes en el borde justo del abismo, momentos antes de abandonar la luz y abrazarse a la oscuridad. Tal ocurre en el interesante relato I ching y todo lo demás, en donde el pasadizo a lo oscuro se encuentra justo al atravesar una puerta que lleva a la habitación en donde duerme la borrachera una chica anónima, que dos muchachos han rescatado de la calle. Al cerrarse esa puerta,
solo queda un rectángulo de luz, el contorno de la puerta, contrastando con la oscuridad”.
Y la decisión de albergar la noche en el interior de los personajes ya ha sido tomada.
El primer párrafo de Contenido sensible explicita claramente lo que significa esta vida clandestina en la oscuridad; el protagonista, trabajador nocturno, reflexiona:
Estoy convencido de que la noche lo modifica todo: los lugares, las personas, las emociones, las percepciones; las malas ideas se traducen en malas ideas con posibilidades. La noche abre puertas que durante el día permanecen cerradas. Desde hace tiempo me escondo, trato de evitarla, refugiándome en una zona segura. Por el día, me basta con no exponerme. Digamos que vivo en una capa más profunda de la realidad visible, en un nivel oculto”.
Es el corolario del trabajador nocturno, que percibe esa otra realidad, la verdadera: una realidad terrible que permite que afloren esos horrores ajenos a los ciudadanos diurnos, horrores que les son ajenos, aunque se encuentran allí, a su lado, solo que ellos no pueden percibirlos; nosotros, afincados en nuestro eclipse, sí que podemos:
Toda esa basura que veía por la noche era la misma que me rodeaba por el día en la calle (…) Llegué a la conclusión de que estamos en las dos porciones de la red, solo que hay una parte de nosotros indexada y otra no. Una que se muestra y otra que se oculta”.
Los seres abisales, del crepúsculo, de la zona oscura, o como queramos llamarla, están condenados a habitar en ella. Les resulta imposible zafarse y si se aventuran a exterior, entonces, perciben su propia marginalidad en toda la brutalidad de su dimensión:
Descubrimos un exterior donde no era noche ni día, una franja de tiempo elíptica en la que apenas coincidíamos con otras personas. Parecíamos cuerpos varados en el vacío, noctívagos a los que algún desajuste había impulsado a existir allí. Éramos sombras visibles unos para otros, guardando con celo el hecho de que no debíamos estar ahí, no queríamos ver ni ser vistos”.
Por ese motivo, los personajes de este libro de relatos de Mario Blázquez son seres condenados a lo oscuro, que boquean en la asfixia del día, que únicamente son capaces de adquirir formas y relieve en el corazón de la noche, cuando la mayoría duerme, ignorantes de que en esos momentos se están escribiendo libros como este que nos ha traído la Editorial Dieci6.

Luego, por la mañana, cada uno transita con su propio albedo de miserias, cansancio y desesperación, mientras las criaturas que se han bebido la luna se embozan en su tenebrosa capa de oscuridades, con el pavor de que alguien sea capaz de abismarse en su interior y, entonces, se percate de la monstruosidad del mundo.