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martes, 10 de noviembre de 2020

Una vida sin fin-Frédéric Beigbeder

*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

https://www.achtungmag.com/frederic-beigbeder-y-una-vida-sin-fin-el-falso-optimismo-de-la-inmortalidad/


Frédéric Beigbeder y Una vida sin fin: el falso optimismo de la inmortalidad

Siempre me ha gustado el francés Frédéric Beigbeder y con su última novela todavía más. Me refiero a Una vida sin fin, editada por Anagrama, en donde nos sirve un cóctel narrativo que bebe de muchas fuentes, todas ellas relacionadas con el género distópico, que aliña con un poco de autoficción (el autor y su familia son los protagonistas), junto a un sobresaliente trabajo de documentación científica. En la novela se aborda el transhumanismo, la utopía médica, la utopía cibernética y tecnológica, la distopía de la inmortalidad, creando un libro de no-ciencia ficción, dado que las técnicas que se mencionan y los científicos y lugares que aparecen son reales, producto de la investigación y las entrevistas sostenidas por el autor. Hoy, queremos vencer a la muerte en Achtung!

Lo primero en que me fijé cuando me disponía a leer la nueva entrega de Beigbeder fue en una afirmación que la editorial resaltó en la faja que acompaña al libro: “Una novela de ciencia no-ficción”, palabras del periodista de la RTL, Bernard Lehut, y que al principio pueden sorprender. ¿Acaso no son todas las novelas una ficción? ¿Acaso puede existir un género de ficción que no sea ficción, o una literatura de ciencia que no sea ciencia ficción?


En muchas ocasiones los contenidos de las fajas que eligen las editoriales pueden ser delirantes, pero cuando uno termina la lectura de Una vida sin fin se da cuenta del acierto de Anagrama al seleccionar esta afirmación como gancho. Porque es exacta. Define a la perfección el contenido del libro.

El periodista de la RTL, Bernard Lehut.
El periodista de la RTL, Bernard Lehut.

De esa forma, en la forma de ciencia no-ficción, el híbrido futurista distópico propuesto por el autor se mezcla con el reportaje periodístico, para mostrarnos el eterno tema del hombre que juega a ser Dios, con consecuencias frankensteinianas. Divertidísima, amena y con un estilo ligero pero tenaz, provocativo e incisivo. Y es una novela, claro.

La premisa de la que parte Beigbeder es tan simple como disparatada (¿o tal vez no lo es tanto?). Hace poco vi una película titulada La fuente de la vida, del intrincado director neoyorquino Daren Aronofsky y con un dúo protagonista integrado por Hugh Jackman y Rachel Weisz, que planteaba el meollo beigbederiano de Una vida sin fin. En el film se afirmaba que “la muerte es una enfermedad”. Por tanto, solo tenemos que atajar sus síntomas para detenerla. Pues bien, esta es la idea de partida del viaje, de la itinerancia por medio mundo que emprende el protagonista de Una vida sin fin, el propio Beigbeder junto a su familia: el deseo de no querer morir. La necesidad de frenar los síntomas de la vejez y conseguir una vida eterna.


De acuerdo… ¿Pero podemos conseguir una vida eterna, sin fin, tal y como reza el título, más allá de una congelación de la cabeza al estilo del mito de Walt Disney o de un proceso criogénico no del todo fiable? ¿Existen otras formas que no pasen por la hibernación helada? Beigbeder, padre de una hija y enamorado de una mujer maravillosa, se lanza en busca de cualquier remedio capaz de frenar el envejecimiento: la vieja utopía de la inmortalidad que, remozada desde el avance científico del siglo XXI, se hermana con el transhumanismo, el copia y pega de cadenas genéticas como quién edita un documento de Word, o con vaciados y renovaciones de la sangre al más puro estilo de la leyenda protagonizada por Mick Jagger y Keith Richards.

Walt Disney y el dúo Jagger-Richards, mitos de las prácticas en búsqueda de la inmortalidad: criogenización y transfusiones:


Pero hay más, claro, porque en los avances científicos que nos prometen vivir mil años, o para toda la eternidad, se suceden con rapidez centelleante: técnicas de laboratorio, toqueteos de cromosomas, tratamientos complejísimos, que solo dependen de lo abultado que tenga la cartera la persona que desea la inmortalidad.

 Es un tema que permite ser abordado desde diferentes puntos de vista: narrativa de ficción, libro de investigación, crónica periodística, informe científico, novela de ciencia ficción, distopía técnico-médica… y Beigbeder, en su línea genial, con esa especie de collage narrativo que presenta en sus novelas, elige hacerlo desde todos los puntos de vista a la vez. El resultado es magnífico.

Y a todo ello, porque Beigbeder no puede resistirse a su estilo, a su marca personal literaria, le añade una trama autoficcional, esas falsas realidades biográficas que se insertan en los diferentes planos de la realidad; y así comienza el juego literario:

La diferencia entre la ficción y la realidad es que la ficción debe ser creíble”.

Mark Twain.

 Esta frase, con la que el autor da comienzo al libro, es de Mark Twain, y pone el foco sobre el asunto principal del texto, que eso de alcanzar la inmortalidad puede parecer un disparate:

pero hoy la ficción es menos disparatada que la ciencia”.

Muchas páginas después, Beigbeder nos advierte de lo que nos hemos encontrado en el libro:

Ya no había diferencia alguna entre la realidad alrededor de nosotros y la ciencia ficción”.

Asistimos—yo lo hago boquiabierto—, a un recital de procedimientos que superan cualquier fantasía con que hayamos podido toparnos en novelas de ciencia ficción. Y son reales, como lo son las clínicas, las instituciones y los lugares; las personas también, como no, los médicos y científicos, que desfilan por las páginas de la novela. Estamos ante un trabajo de Gran Periodismo que se convierte en Gran Literatura.

El Juicio de Osiris representado en el Papiro de Hunefer (ca. 1275 a. C.).

El esfuerzo de Beigbeder no es construir una distopía médica apoyada en falsedades, sino entrevistarse con las eminencias que están desarrollando las técnicas más avanzadas, reproducir sus palabras y sus explicaciones —recopiladas a lo largo de 2015 y hasta el 2017—, incluso someterse a algunos de esos tratamientos. Y creo que aquí entra en juego la autoficción…, no estoy muy seguro, pero no soy tan inocente como para creerme que Beigbeder se ha prestado a ciertas prácticas… No podemos obviar ni olvidar lo principal: estamos, ante todo, leyendo una novela, y como tal, este género se define por su ficción.  La mentira ficcional aparece junto a su contrapunto de verdades:

Todos los nombres de personas o empresas, direcciones, descubrimientos, startups, máquinas, medicamentos y centros clínicos mencionados existen realmente”.

Esta última advertencia final deja ya lista, preparada y dispuesta, la monumental Caja de Pandora en forma de libro que se abrirá ante nosotros. La quimera en pos de la vida eterna aparece más próxima de lo que pudo parecernos al leer las novelas de Isaac AsimovDon DeLilloSaramagoBorges o Huxley, entre otros muchos.

El gran escritor Isaac Asimov, uno de los padres de la ciencia ficcion.

Tras esas advertencias iniciales que nos sumergen en el juego metaliterario aparece un primer capítulo breve, de apenas página y media, deslumbrante. Y lo de deslumbrante no lo digo por su calidad literaria, que también, sino porque, además, se nos plantea todo el drama y la épica de las estrellas que se colapsan y mueren, pero cuya luz nos sigue llegando desde los confines del universo. La potencia metafórica de esta apreciación no puede escapársele a Beigbeder que sabe muy bien, nosotros también, que las claves de las respuestas a los misterios que plantea el ser humano se encuentran arriba, en el cosmos.

Frédéric Beigbeder. autor de Una vida sin fin.

La luz de una estrella desaparecida, ese light gap, es “la prueba de que es posible seguir brillando después de la muerte”. En efecto, pero a nivel humano el asunto puede resultar mucho más miserable. Beigbeder compara este efecto con el de las llamadas al teléfono de alguien que ha fallecido y que todavía nos permite escuchar su voz en el mensaje del contestador:

“¿Al cabo de cuánto tiempo disminuye la luminosidad de una estrella que ha dejado de existir? ¿Cuántas semanas tarde un operador de telefonía en borrar el contestador de un cadáver?”.

Estas dos preguntas que se formula el autor ponen de relieve el miserable logro pasajero de la permanencia humana tras la muerte. A un escritor, un creador, un artista, sus obras le van a permanecer, esa sería su luz una vez extinto, pero Beigbeder no quiere conformarse con eso. Desde que nacemos estamos programados para morirnos, desde el primer instante ya empezamos a corrompernos, a pudrirnos, hasta que nuestro cuerpo se agote. El proceso de deterioro irremisiblemente acabará enterrándonos. Este drama cotidiano que interpretamos como una gran tragedia es simplemente el abecé de la vida. Y los libros, como pequeñas luces pulsantes en el recuerdo, en principio no le bastan a Beigbeder. Porque no quiere abandonar a los seres que ama, a su hija y a su mujer, por mucho que sus libros alumbren la posteridad. ¿No puede la ciencia hacer algo para evitarlo?

Un ala del Hospital Europeo Georges Pompidou de París.

La todopoderosa ciencia, esa que nos muestra sus avances y formidables adelantos cada día, que nos ciega con el poder de su conocimiento, no ha conseguido detener la muerte, pero sí el envejecimiento. Formas de retrasar le muerte pueden existir muchas, pero vivir eternamente, o un numero indecente de años, solo puede llevarse a cabo de una forma: viviendo para siempre porque

La vida es una hecatombe. Un  asesinato en masa con cincuenta y nueve millones de muertos al año. Un millón novecientos mil fallecimientos por segundo. Ciento cincuenta  y ocho mil ochocientos cincuenta y siete muertos al día. Desde el inicio de este párrafo en el mundo han muerto veinte personas”.

En este caso, no hay nada peor que acabar formando parte de esos números, de esas estadísticas, y algún día las engrosaremos.

Además de estas reflexiones sobre la mortalidad, o sobre la búsqueda de la inmortalidad, Beigbeder afronta otro tipo de problemas relacionados con nuestra modernidad: la aplastante presencia de la cibernética y la robótica, la influencia digital en la educación de la infancia, las vidas que vivimos a través de las redes sociales, las falacias de la impostura de lo que el autor denomina no-vida y que creemos existencia y no son más que toneladas de píxeles (en el texto se desarrolla una irónica teoría del selfie), todo ello para concluir que el hábitat en el que nos movemos ha experimentado una evolución involutiva: hemos pasado del “pienso luego existo” al “poso luego existo”. Beigbeder demuestra así su fino olfato, repleto de sarcasmo, a la hora de entender la empobrecida realidad que vivimos.

Este caballero tan risueño es el profesor Stylianos Antonorakis.

El genoma será la primera parada de Beigbeder en su combate contra la muerte. Y el escenario la Clínica del Genoma en Suiza. Y el personaje, el profesor Stylianos Antonorakis. Estos toqueteos del ADN, este manoseo de las cadenas entrelazadas, quizás sea, dentro del anhelo de eternidad, la técnica más difundida, conocida y que ha protagonizado más noticias en la televisión. Después, será el Hospital Europeo Georges Pompidou y el eminente cardiólogo Frédéric Saldmann. Luego el Hadassah Ein Kerem Hospital Center de Jerusalén y el doctor Yossi Buganim. Más tarde, la clínica Viva Mayr en Austria, a la búsqueda de la autotransfusión; cerca del final del libro, el East River Lab de Celletics, Nueva York, y el doctor André Choulika, y también la Escuela de Medicina de Harvard, Boston, y el profesor George Church obstinado en la exploración de cómo detener, e incluso revertir, el envejecimiento.

El eminente cardiólogo Frédéric Saldmann y el doctor Yossi Buganim:


La inmortalidad quizás se pueda alcanzar mediante la religión, pero esa idea no parece tener mucho espacio en el discurso armado por Beigbeder. Le atrae la idea, la parafernalia que desarrollan los egipcios con sus rituales para garantizar el tránsito al más allá. Pero no siente el mismo afecto por las religiones monoteístas: “la iglesia es el balneario del alma”.

El doctor André Choulika y el profesor George Church:


Todas la técnicas que buscan ofrecernos la inmortalidad o alargarnos la vida pueden parecer cuestión de chamarileros o meros trucos ilusionistas. A lo mejor le estamos pidiendo a la ciencia un imposible, porque buscamos que nos ofrezca una esperanza optimista y en este sentido Beigbeder se muestra contundente:

En un mundo en el que los hombres son mortales, cualquier optimista es un estafador”.

La novela presenta la posible evolución distópica del homo sapiens a transhumano y posthumano. Si pudiéramos evitar la muerte nos arrebataríamos algo de nuestra naturaleza, aquello que precisamente nos vuelve humanos. Y eso, quizás, sea un absurdo. Al fin y  al cabo, podemos leer en el libro que:

una vida sin fin sería una vida sin objetivo”.

Como concluye Beigbeder, al final, “la literatura puede vencer al tiempo”. Yo añado: quizás sea lo único que pueda vencer al tiempo. Esa es la mejor forma de hacerse inmortal. Y no olvidemos que, en un libro que plantea tantas posibilidades, el lector solo puede terminar extrayendo una conclusión que algunos atribuyen al escritor Daniel Defoe y otros al inventor Benjamin Franklin: “Lo único seguro en la vida es la muerte y pagar impuestos”.

La paradisiaca clínica Viva Mayr en Austria.

En cualquier caso, sea quien sea el padre de la afirmación, lo cierto es que parece que se cumplirá hasta el fin de los tiempos. Siempre nos quedará Beigbeder y su lectura para sentirnos un poquito más cerca de la inmortalidad o, al menos, de la salvación que puede ofrecernos la lectura de un libro excelente, un pequeño respiro a los terribles tiempos que corren.

martes, 29 de octubre de 2019

Las campanas no doblan por nadie-Charles Bukowski



*Esta crítica apareció en Achtungmag.com:
https://www.achtungmag.com/las-campanas-no-doblan-por-nadie-bukowski-tritura-el-sueno-americano/


Las campanas no doblan por nadie: Bukowski tritura el sueño americano

Hoy, 16 de agosto de 2019, se cumplen 99 años del nacimiento —en la localidad alemana de Andernach— de Heinrich Karl Bukowski, más conocido por los amantes de la literatura como Henry Charles Bukowski, el escritor norteamericano que ha sido emblema del realismo sucio y de la escritura pulp. En Achtung! siempre hemos sido grandes admiradores de Bukowski, y en este su 99 cumpleaños no podemos hacernos a un lado y no hablar de él. Con más motivo si cabe, porque la celebración nos viene de la mano de un nuevo libro que ha publicado la editorial Anagrama: Las campanas no doblan por nadie, que reúne un extenso grupo de relatos inéditos del autor, así como publicados en prensa o en algunas revistas de adultos, eróticas, es decir, pornográficas, en donde se nos revela el Bukowski más surrealista, disparatado, sexual, provocador y divertido. Hoy, en este Odradek de los viernes de Achtung!: ¡Feliz 99 cumpleaños, Chinaski!

En Las campanas no doblan por nadie, el volumen publicado por Anagrama, nos topamos con un Bukowski sorprendente. En primer lugar, ha reducido en estos relatos algunos de sus temas y referencias habituales. Por ejemplo, apenas aparece en esta recopilación el hombre de uñas ennegrecidas por tanto rascarse las hemorroides, y esto no es un comentario meramente escatológico.
Porque las hemorroides, en la literatura de Bukowski, suelen ir unidas al fracaso personal del obrero alienado en la fábrica de producción en cadena. Tiene varios relatos con este tipo de protagonistas, que regresan a casa derrotados tras una jornada laboral demoledora. Por ello, esta afección es sintomática, dado que los personajes de Bukowski representan el lado oscuro del sueño americano (y lo de oscuro no lo digo con segundas, estoy tratando de ser serio, de verdad).
En la faja del libro de Las campanas no doblan por nadie, la editorial Anagrama ha elegido como reclamo una frase que me parece muy acertada: La cara B del sueño americano. En efecto, Bukowski se ha dedicado durante años a reflejar esa otra América —utilicemos aquí el término en todo su expansionismo imperialista y capitalista— plagada de obreros vapuleados por la vida, perdedores, borrachos, locos, putas, maltratadores, jefes abusadores, literatos sin talento… y un largo etcétera de personajes prototípicos que habitan ese lado oscuro de la Tierra de las Oportunidades.
Por todo esto, las hemorroides son bien significativas: de inmediato nos traen una derrota, una dieta fundamentada en la comida rápida y la inactividad frente al televisor como tiempo de ocio (el obrero llega tan destruido a casa que apenas puede emborracharse frente a la tele). Por ello, y aunque ha refrenado la presencia de este mal en el volumen del que os hablo, no se resiste a mostrarnos ese lado de los Estados Unidos concebidos como una gran cadena de producción esclavista, y lo hace, concretamente, en uno de los últimos textos, el descacharrante Una sucia treta contra Dios.
Descacharrante, en efecto, surrealista y pulp, porque el protagonista, un obrero empaquetador en una cadena de montaje, comparte apartamento con un misterioso Adolph, que no es otro sino el mismísimo Adolf Hitler, empeñado en traer al mundo una nueva raza aria. Dejando de lado lo divertido y anecdótico de la situación, Bukowski vierte algunas reflexiones sobre la sociedad del momento (en concreto sobre el individuo de esa sociedad del momento) y dibuja con vivos colores desesperados esa cara B del sueño americano, ahora convertido en pesadilla a causa de la trituradora de su literatura:
De camino a casa, Harry se detuvo a cenar en un restaurante de una cadena. Se sentó solo. La camarera llegó. Era indiferente y aún así falsa, un poco gorda y un poco desdichada. Los gordos y los desdichados se enfrentaban entre sí para alcanzar la supremacía. No tenían la menor oportunidad en un sentido ni otro (…) Harry miró a la gente de su alrededor. Todos parecían feos y cansados. Eran feos y estaban cansados. Eran perdedores. ¿Dónde estaban los ganadores? ¿Dónde estaba la gente hermosa? Todos esos a su alrededor: parecía un crimen estar vivo. Y era uno de ellos (…) Toda la gente de su alrededor consumía la comida absorta en una oscura claudicación”.
Dentro de este panorama devastador pululan los personajes de Bukowski a los que me refería algo más arriba, a los que debemos sumar su propia figura vertida en los relatos, bien como Hank, bien como Chinaski, bien con su nombre y apellidos, pero siempre caracterizado como escritor, bebedor, borracho, mujeriego y algo violento.
Sin embargo, quizás porque la tirada de relatos finales del volumen estaba destinada a publicaciones de voltaje como Hustler y Oui, aparecen algunos personajes no tan comunes en la literatura bukoskiana, al hilo, también, de la actualidad del momento: capos de la mafia y de las drogas y secuestradores de aviones.
Los dos relatos que aparecen en el libro sobre secuestros aéreos, y que de una u otra forma o tienen un móvil sexual o desembocan en sexo, están fechados en 1979 y enero de 1984. El primero, se mantenía inédito, pero el segundo, Surcar los cielos acogedores, apareció en la revista Oui del mes de enero de 1984.
Algunos números de Hustler en cuyo interior aparecen relatos de Bukowski:



Para El avión es el medio de transporte más seguro, que se sostiene sobre los mismos pilares delirantes que alimentan todo el libro, cualquier secuestro aéreo llevado a cabo unos meses antes puede muy bien haber sido material válido para que Bukowski se inspirase, pero el método de los dos hombres con un maletín bomba no puede sino recordar al secuestro llevado a cabo por Dan Cooper (o eso se cree), que el 24 de noviembre de 1974 llevó a cabo un sonadísimo acto de piratería aérea en un Boeing de la Northwest Orient que cubría el trayecto entre Portland Seattle, amenazando con una maleta bomba a la azafata, intercambiando rehenes por 200 mil dólares y, una vez de nuevo en vuelo, saltar en paracaídas para perderse su rastro para siempre.
Retrato robot de Dan Cooper y cartel de captura elaborados por el FBI:


Las frases de los secuestradores, que en el relato toman el avión por mero frenesí sexual, dado que quieren violar a las azafatas, refiriéndose en varias ocasiones a que tienen resuelto el plan de escape, hace pensar en este extraño suceso que todavía continúa sin resolverse en los Estados Unidos.
Por su parte, para el relato publicado en Oui, podría haber servido de ejemplo el secuestro del vuelo 181 de Lufthansa a cargo de cuatro miembros del Frente Popular para la Liberación de Palestina, y que realizaba un trayecto entre Palma de Mallorca y Frankfurt. En lugar de cuatro, son tres los secuestradores de Bukowski, pertenecientes a la organización de Los Guerrilleros por la Libertad, y exigen que el avión vaya a Cuba.
Dos revistas Oui que contienen relatos de Bukowski:


En cualquier caso, Bukowski ficcionaliza un asunto como los secuestros aéreos que en aquellos momentos se encontraba de plena actualidad, salpimentándolo con la dosis erótica y sexual que demandaba la revista para adultos en donde se publicaban los relatos. Pero cierto es que los secuestradores de aviones nos son unos personajes habituales en Bukowski, al igual que sucede con el tono narrativo y la ambientación de No quieres ser mi corazoncito, para el Oui de junio del 1985. Aquí, aparece un policía incorruptible, una femme fatal, una banda de matones y un capo poderosísimo de la mafia que podría haber sido protagonista de cualquier novela o relato de James Ellroy.
Es cierto que Bukowski, cuando no escribe sobre sí mismo, lo hace sobre una visión americana que puede denominarse como pulp y que incluye este tipo de ambientes (valga como ejemplo su última novela detectivesca y titulada así precisamente, Pulp —también publicada por Anagrama—), pero los personajes de este relato, tal vez por las exigencias de que estaba escrito para la revista Oui, son algo diferentes a lo que su autor nos tiene acostumbrado.
Ahora bien, dentro de este compendio de rarezas de Bukowski, hay una que me ha parecido que destaca por encima de todas, y es el relato sin título que aparece entre las páginas 47 y 53, como una sección bajo el epígrafe Tal como aman los muertos, y que aglutina diferentes escritos. Estamos, sorpréndanse ustedes, ante un cuento distópico satírico, quizás una de las mayores joyas que esconde este tesoro de Las campanas no doblan por nadie.
El General Curtis Lemay.
Un nuevo PresidenteWallace, y su Vicepresidente Le May, llevan al país a un estado de sitio, donde la policía represiva campa a sus anchas (con 30 millones de parados y ametralladoras y barricadas amenazando y aislando los barrios negros y pobres). El presidente y vicepresidente retratados están tomados de los auténticos George WallaceGobernador de Alabama, y el General Curtis Lemay (en este caso el apellido va escrito junto) que se presentaron a la carrera electoral de 1968, formado equipo y defendiendo el American Independent Party Against Richard Nixon, alejándose así del bipartidismo oficial entre demócratas y republicanos. Al final ganó Nixon, pero Bukowski, al hilo de la actualidad del momento, presenta una América bajo la hégira represiva de este dúo.
George WallaceGobernador de Alabama, y el General Curtis Lemay durante la campaña electoral.
Bukowski no duda en poner frases demoledoras en boca del Presidente y de su adlátere, como esta:
No soy racista —dijo Wallace—, pero supongo que si un hombre es pobre o negro, es por su culpa”.
En este tono, se nos va pintando una situación en donde el botón del maletín nuclear está en manos de semejantes descerebrados, con bastantes ganas de utilizarlo. Así, las fuerzas represivas se vuelven contra los intelectuales y, de entre ellos, se fijan en los escritores que han hablado de política en sus textos. Le llega el turno de recibir la visita al propio Charles Bukowski, mientras en los Estados Unidos hace furor un producto llamado Whitewash, un colorante blanco que, combinado con una peluca, lograba que los negros pudieran tener alguna oportunidad…
Tres interesantes chapas de la campaña electoral del dúo Wallace/LeMay:



La sátira que el autor pone en pie es destructiva, en un momento determinado se alaban las virtudes del nuevo sistema penitenciario que el nuevo Estado ha puesto en marcha:
“… el nuevo sistema penitenciario consiste solo en encerrarlos. Sin darles de comer. Ahorra un montón de pasta al Estado”.
Y cerca del final del relato, uno de los hombres que ha detenido a Bukowski le hace una revelación secreta en virtud de una extraña idea de lo que puede ser la solidaridad con los desarrapados y los perdedores:
Un capullo como tú se merece ser infeliz”.
Tras esa afirmación, le confiesa que el Presidente y su Vice han pulsado el botón nuclear. La hecatombe posterior pone fin a esta distopía desquiciada con la sentencia:
A Hiroshima le pusieron el nuevo nombre de América”.
Este Bukowski demoledor también resulta una trituradora crítica en los aspectos meramente relacionados con la literatura y la escritura, con el oficio de escritor, muy poco sacrosanto para él, alejado de los que mantienen elucubraciones románticas y que son, la mayoría de las veces, simples diletantes.
En otro texto sin título que se aglutina bajo el epígrafe Tal como aman los muertos, se asegura que:
la mejor manera de estudiar escritura creativa es vivir”.
Por eso, la escritura de Bukowski aparece siempre tan apegada a las experiencias de su autor, a la realidad, en donde pierde tiempo buscando trabajos fugaces que le permitan escribir, al menos, por una semana más. Esta circunstancia la define muy bien en un párrafo de un relato sin título que aparece bajo el epígrafe Un trozo de queso:
Un hombre tiene que liberarse de la presión de una manera u otra antes de poder ser inteligente de veras. Es difícil ser inteligente haciendo cola delante de la beneficencia para que te den unas alubias aguachinadas”.
De manera que, en este libro, que además incluye ilustraciones por mano del propio autor, tenemos una vuelta de tuerca más de un Bukowski especialmente duro e hiriente. El título, Las campanas no doblan por nadie, tiene un claro referente con Hemingway al fondo, y es también el último relato del libro —preparado para el Oui de septiembre de 1985—.
Detalle de la portada que ha elegido Anagrama para Las campanas no doblan por nadie, dibujo propiedad de la tienda de diseño online Regards coupables, especializada en ropa y cuadros de imaginería sexual explícita.
Enfrentado, de nuevo, a una situación pulp, el protagonista termina el relato viéndose en una escena rocambolesca e insostenible, para cerrar con una frase bien elocuente el texto y el volumen:
me puse en pie y me encaré de nuevo con aquello, pensando que, de una manera u otra, esto debe pasarle continuamente a todo el mundo…”.
En este intento de normalizar lo insostenible, de reflejar lo agobiante, de volver cotidiano lo infernal de cada día, Bukowski consiguió las mejores páginas de su literatura. Como ya os he dicho, en Achtung! reclamamos siempre una especial atención especial a este autor, y como muestra os dejo este enlace:
El volumen que nos trae ahora Anagrama representa un compendio perfecto de los rasgos mas hirientes y geniales de esa apisonadora alimentada por vodka y 7 up que fue este escritor para el que cualquier situación impensable era normal y típicamente norteamericana.
¡Feliz 99 cumpleaños, Hank