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domingo, 3 de marzo de 2019

Lagarto Rey-Javier Medina Bernal



*Esta crítica apareció en acgtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/javier-medina-bernal-y-lagarto-rey-el-reptil-borracho-en-el-ojo-del-escritor/

Javier Medina Bernal y Lagarto Rey: el reptil borracho en el ojo del escritor


El mundo de las redes sociales está mal visto. Y con razón: la cantidad de idiotas, violentos y maleducados que se han apoderado de ellas las han convertido en un vertedero de mamarrachos y estúpidos. Te piden amistad para, acto seguido, proponerte que asegures que te gusta la milanesa de un recóndito restaurante bonaerense al que jamás llegarás, o las tortillas de patatas de la madre de uno, o una clínica de estética y cirugía láser ubicada en Toronto. Por eso, y por los haters, por culpa de ellos mucha gente deja Instagram o Facebook. Y hacen bien. Pero están concediendo un triunfo a todos esos desgraciados, porque al abandonar se privan de los milagros que las redes pueden proporcionar. Aquí, en este Odradek de hoy, voy a hablaros de uno. Concretamente se trata de un milagro literario.

Por amistad virtual, por afinidad o por buen rollo generado en la distancia, este bendito Instagram literario del que tanto os hablo, me ha proporcionado una de esas sorpresas que solo son posibles en las redes. Un escritor panameño, sin ningún intento de someterme a la lectura obligatoria de su obra, simplemente con las ganas de hacerme un regalo, me envió desde Viena, lugar en donde se afinca, un ejemplar de su primera novela, Lagarto Rey, publicada en 2018 por  una editorial mexicana, Nieve de Chamoy, y el paquete llegó hasta Torrelodones.
Analicemos el asunto: escritor panameño-Viena-editorial mexicana-Torrelodones. Solo la red, soloInstagram, puede favorecer semejante tipo de intercambio. Es pura magia, y sería una lástima abandonar o renunciar a que te sucedan este tipo de cosas por culpa de un puñado de bobos que te obliguen a dejar las redes. Hay que aguantar una cosa, para poder disfrutar de la otra. Ya he dicho estas palabras que, realmente, van dirigidas a una buena amiga propietaria de una cuenta importante en Instagram que se ha visto obligada a cerrar por culpa de los acosadores. Ella ya sabe.
Me llegó la novela, atractivamente editada, de Javier Medina Bernal. Pues sí, mi olfato literario suele funcionar bien. De inmediato, empecé con la lectura: bingo. Estamos ante una obra que necesita, desesperadamente, de muchos más lectores. No pude evitar hacer un pequeño video de 59 segundos en mi cuenta de @literatura_instantanea, afirmando lo mucho que me había gustado, pero quienes me conocen bien saben que dedicaría este Odradek de los viernes de Achtung! a explicar algo más pormenorizadamente los motivos de mi entusiasmo.
El autor: el escritor y músico panameño Javier Medina Bernal.
En Lagarto Rey aparecen algunos de esos procedimientos narrativos innovadores que se asientan en una agresividad verbal inusitada y que han proliferado en la literatura hispanoamericana de los últimos años, en concreto aquella que puede definirse como literatura de frontera o más concretamente transfronteriza (¿hay algo más transfronterizo que un escritor panameño en Viena y que publica con una editorial mexicana?).
En el interior de la narración se substancia esta carga transfronteriza y transcultural con una mezcla de personajes y discursos panameños, argentinos, mexicanos e, incluso checos, todos sumidos en el torrente de la poderosa arenga de la voz protagonista. Porque digámoslo sin perder ya mas tiempo, la voz protagonista, esa primera persona que subyuga y arrebata por su violencia y delicadeza, es el gran acierto maestro narrativo de Javier Medina Bernal. Esa voz es su novela Lagarto Rey.
Esa voz que no puede callarse, la voz de un borracho que en la primera línea de la novela ya se confiesa con el gozo de la embriaguez que tal vez solo experimentó así aquel Santo Bebedor de Joseph Roth:
¡Ja! Soy alcohólico. Sí. La reputa de alcohólico. ¿Y qué?”.
Desde aquí, esa voz está capacitada para desgranar el tipo de discurso que desee. A veces lo impregna con un toque de lirismo al estilo de aquel otro literato-Tourette enfermo de palabras y que con sus versos construía discursos, Nicanor Parra; en otras ocasiones es una voz dura y certera que con nitidez se fija en lo turbio del mundo que nos rodea. Esta voz es un recurso fundamental de lo que podríamos denominar el realismo sucio, un género muy en boga en estos tiempos, no solo en la literatura hispanoamericana.
La mayoría de los críticos suelen situar el nacimiento del realismo sucio como género literario a caballo de los años 1970 y 1980, pero en opinión de uno de sus máximos exponentes, Charles Bukowski, y también en la mía propia, el abanico temporal es mucho más amplio y será John Fante el iniciador de esta corriente (así designado por el propio Bukowski en el prólogo que escribe a la novela de FantePregúntale al polvo), aunque para la crítica uno de los claros antecesores sea J. D. Salinger, con un realismo sucio tal vez encontrado en sus cuentos, pero que en absoluto creo que aparezca en sus novelas.
Bukowski y Fante, las dos referencias fundacionales del realismo sucio:


Las características del realismo sucio son minimalismo, parquedad en la expresión, concisión, incluso pobreza de elementos. Es lo contextual y no lo formal lo que aplasta al lector, lo que impacta sobre nosotros a la hora de llevar a cabo la lectura. Como ejemplo definitorio de la corriente se podrían citar los textos Pregúntale al polvo (1939) y Camino de los Ángeles (1933) —aunque escrita en 1933, sólo se publicó póstumamente en 1985, y su éxito inició una recuperación de la obra del autor— ambas de John Fante, y Cartero (1971) de Bukowski.



Considerado como gran maestro del realismo sucio, también aparece el cuentista Raymond Carver, aunque se debe tomar con prudencia su trabajo y su producción a la vista de las reveladoras confesiones de su editor Gordon Lish (parece que su tarea alcanzaba mucho más allá que la de ser mero editor, actuando casi de co-autor y retocando muchísimo, hasta la reescritura, algunos de los textos de Carver) y quizás cierta fase de Hemingway.
Otros autores que, siempre según la crítica, caben en esta definición de realismo sucio, son el norteamericano Chuck Palahniuk, fundamentalmente con su éxito Club de lucha (1996), y ya en el ámbito de lo hispánico el poeta Roger Wolfe —aunque nacido en Inglaterra, se ha criado en Alicante, y su poesía y producción literaria ha sido en español—, el también poeta, el vasco Karmelo C. Iribarren, el novelista cubano Pedro Juan Gutiérrez con su Trilogía sucia de La Habana (1999), una tendencia de gran arraigo en Cuba, asentada en la pulsión sexual, como una vía sexual de escape a la dictadura, mientras que en Costa Rica, el realismo sucio es manejado por el novelista y cuentista Faustino Desinach, pero como una manera de denunciar y poner de relieve una realidad enferma y empobrecida: la denuncia de los más desfavorecidos y marginales. Con ello se nos presenta un doble aspecto de la corriente según el país en el cual se inscriba: sexo liberador de la realidad o denuncia escatológica de esa misma realidad, pero una realidad, en ambos casos, insoportable.
El escritor y fotógrafo costarricense Faustino Desinach, uno de los máximos exponentes del realismo sucio en su país:


Todas estas referencias literarias aparezcan en la novela, desde el Chinaski bukowskiano hasta Jaime Sabines, que pueden encontrarse junto a Cabrera Infante o Rulfo, pero no solo las literarias, también las musicales, porque desde el mismo Lagarto Rey que hace referencia al venerado Jim Morrison de The Doors, pasando por Silvio Rodríguez o Jeff Buckley y hasta Pablo Milanés, y porque el protagonista es un cantautor perdedor, de abultada panza cervecera, acusado de plagio hasta por el artista español Depedro, y que al final no consigue colocar sus canciones para que las cante Paulina Rubio, una delirante posibilidad que ofrece la novela, ni para que las cante nadie.
Jeff Buckley y Jim Morrison, dos referencias culturales y musicales para el protagonista de Lagarto Rey:


Así que lo cierto es que la realidad también es insoportable para el narrador-protagonista de la novela de Javier Median Bernal. De ahí su inmersión en la bebida y esa apreciación deforme de lo que le rodea. Por todo ello, en Lagarto Rey se exploran también fenómenos de marginación urbana, ligados a la locura, al desequilibrio producto del alcohol, y la represión social, psíquica y sexual.
 Esta es una tendencia habitual de la variación hispanoamericana del género, que incorporará en su discurso áreas de la vida social censuradas en el discurso literario tradicional (el ámbito del sexo, de lo indecente, el mundo de la prostitución o el alcoholismo, lo que no se dice ni se escribe públicamente) junto a la apropiación de los nuevos discursos urbanos de los marginados.
De esta manera, se consigue una ruptura del equilibrio del discurso, que así se vincula con posiciones postmodernas, y plantea desde una posición distanciada y transgresora la reivindicación de las culturas marginales y de la contracultura, así como la revisión crítica de los mitos y construcciones ideológicas. Todo ello con expresiones repletas de coloquialismos que proporcionan gran inmediatez y complicidad con el lector. Veamos este párrafo de Lagarto Rey:
Ya vuelvo.
Ya volví.
Buscaba otra cerveza”.
Gran parte de la producción narrativa de este realismo sucio se construirá como una reacción crítica a los procesos de desintegración social, descomposición moral y corrupción generalizada que se darán en los países de Hispanoamérica a partir de 1980. Diversos aspectos, como las estrategias revolucionarias o las contrarrevolucionarias, la venta o la entrega del país a la corrupción y a la hipocresía  política, el lavado de dinero y el narcotráfico, la marginación cultural y social, la destrucción ecológica, serán tratados en los textos: la deformación carnavalesca, lo paródico, las metamorfosis y desdoblamientos, el humor grotesco y el esperpento, todo ello empleado para ofrecer la imagen de un mundo dislocado, mundo en deterioro y descomposición, en donde las fantasías o las apariencias se contraponen  a un  mundo deforme, clandestino o marginal, regido por la exclusión, la represión y la violencia, el trastrueque de identidades y la enajenación… Elementos, todos ellos, muy de actualidad en la narrativa de Javier Medina Bernal y en su peculiar visión de Panamá la Vieja.
La editorial mexicana Nieve de Chamoy ha acertado plenamente con la publicación de Javier Medina Bernal.
En efecto, todo el libro de Lagarto Rey está atravesado por ese lenguaje popular, sencillo, que narra las historias de la gente común, también de quienes se mueven en las zonas limítrofes de la sociedad. Tan limítrofes que dan lugar a escenas delirantes, como el entierro del profesor Luigi. La obra cuenta, así, con la originalidad del mundo que refleja y en el cual se ubica la acción: un país de América Latina en donde las raíces indígenas permanecen bien presentes. Lo que de inmediato nos fusiona con cierto realismo mágico.
Esta afirmación puede sorprender en un principio, dada la mayoritaria tendencia de los cuentistas hispanoamericanos de finales de siglo XX y de principios de XXI a desmarcarse del realismo mágico, al que reconocen y tributan su agradecimiento, sin renegar de él, pero con el que no quieren identificarse.
En Javier Medina Bernal no parece existir ese problema: crea así, en su texto, una curiosa oposición de realismo sucio frente a realismo mágico cuyo resultado es el de una ciudad como Panamá que muy bien podríamos definir como ciudad sucia, al igual que las apariciones de México D. F., sumándose así a otras ciudades sucias del tipo de La Habana, San José o Río de Janeiro, por ejemplo, y en el ámbito externo de lo latinoamericano, San FranciscoNueva YorkÁmsterdam
El discurso del protagonista de Javier Medina Bernal es un discurso que a menudo califica como juanrulfiano, y no es en vano, dado que gran parte de la novela la pasa charlando con fantasmas: su abuela, su prima lola, su editora de prensa, el profesor Luigi… Y ya sabemos que gracias a Rulfo, y a esos fantasmas de Pedro Páramo, podemos beber en las raíces del realismo mágico.
Quizás, este híbrido literario que aúna realismo sucio y realismo mágico pueda dar como producto, también, la tendencia apuntada por algunos críticos, la llamada Gótico Tropical. En principio, parecer ser una corriente literaria originaria de Costa Rica. Para el crítico y escritor Juan Murillo, se trata de :
una parafernalia gótica —una puesta en escena gótica (con referentes a la locura, los cementerios, los fantasmas, el espiritismo, la brujería…), etc., cohabita con un naturalismo descriptivo de escasez de recursos, apenas descriptivo y que utiliza problemas escabrosos y de miserias sociales en la ciudad de San José como ambientación para el desarrollo de las historias”.
Un vistazo rápido y desnudo demuestra que este realismo sucio minimalista lo que hace es denunciar y tomar posición frente a lacras y dramas, frente a parte de esa tradicional cultura de la violencia que se ha expandido por Latinoamérica como un maremoto originado en la novela de la violenciacolombiana (con profusión de sicarios y asesinatos), pero producto no sólo de una moda sino de una realidad: los países más desarrollados de la Latinoamérica actual hace mucho tiempo que dejaron de ser las Suizas de Centroamérica para convertirse en países corruptos y peligrosos. La voz narradora de Lagarto Rey bien lo sabe:
en esta Latinoamérica de buitres y hienas es importante saber inglés —el idioma del enemigo— para poder humillar a los que no saben”.
En efecto, este es un lenguaje directo, rápido como un disparo o un puñetazo, que te derrota por por k.o, que aturde al lector, un lector sobrepasado, muchas veces, por la verdadera dimensión de las situaciones disparatadas narradas en torrentera y que, gracias a eso, a esa ausencia de lo que sería el regodearse o el entretenerse en lo profundamente truculento, el texto no cae en el tremendismo sencillo y resulta enormemente eficaz. Porque el panzón protagonista lo tiene clarísimo:
Bebo para escapar (ni siquiera para olvidar), no para hacer amigos ni ser leyenda”.
Es Lagarto Real una disección de la realidad de Hispanoamérica mediante la simpleza de una exposición verbal de acusada oralidad, con el gozo del abrazo del amigo de taberna y la espuma de las cervezas: tan fácil y tan directa como los resortes de la locura, la borrachera y la muerte. Y es, en esta sencillez, en donde el vozarrón etílico de su protagonista consigue un eco amplificado tan divertido como profundamente literario.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Mooch-Dan Fante



LA HERENCIA DE LOS MALDITOS

En Mooch, Dan Fante va mucho más allá de sus homenajes y reivindicaciones de Bukowski, cummings, Carver y de su propio padre, John Fante. Se ha liberado del peso que ha dejado vertido en las páginas de Chump Change y, ahora, puede desencadenar una trama propia que evoluciona efervescente e hipnótica. Evidentemente, sigue habiendo mucho en Dan Fante de los autores anteriormente enumerados, pero ahora su trabajo abandona ese estilo de patchwork literario, ya no es un Frankestein de referencias literarias, el monstruo ha encontrado una autonomía propia y arrancado a caminar con paso fuerte, gracias a la solidez de los personajes, y a mostrarnos que, esta vez y a diferencia de la novela anterior, el mundo que se expande más allá de la narración en primera persona, el mundo externo al protagonista es un mundo macizo y atractivo, con personajes complejos.

A pesar de cierta querencia por el rasgo estereotipado, Dan Fante suple esa manía con una presentación atractiva de los personajes y un reflejo vivo y con relieve de las situaciones. El mundo reflejado es todo lo contrario al sueño norteamericano, pero sí que muestra las dobleces terribles y ocultas del american way of life con un Los Ángeles por donde pululan prostitutas, drogadictos, pervertidos, desarrapados y desahuciados, ex alcohólicos, reincidentes y, los personajes estrella de la novela: vendedores a comisión capaces de cualquier cosa por cerrar una venta.

En Mooch, Dan Fante afina su universo narrativo atisbado en Chump Change centrándose en una oficina de ventas telefónicas a comisión, que permite exponer todo un muestrario de seres humanos que hacen gala de las más variadas miserias, en un despliegue de envidias, venganzas, violencia, cinismo, traición y cobardía, que recuerda un poco a ese mundo de la venta de inmuebles retratado en la película Glengarry Glen Ross o que recientemente hemos podido ver en esas salas de ventas telefónicas que aparecen en El lobo de Wall Street.

Referencias cinematográficas aparte, sin duda, este es el acierto del autor, insertar a su protagonista, Bruno Dante, en un mundo real con el cual poder interactuar, desde cajeros en tiendas de comida china o licorerías, hasta inquisitivos y competitivos jefes en la sala de ventas. Algo que en Chump Change no sucedía del todo, dando la impresión de que el mundo desfilaba por delante de los ojos de Bruno Dante como si asistiera a una representación irreal de la que siempre saldría indemne, como si la vida fuera el delirium tremens de una de sus borracheras, al estilo de cuando el Chinaski de Bukowski se quedaba hastiado de cervezas y whisky derrumbado en el sillón del apartamento y entregado a ver el desfile de la vida que se paseaba por delante.

Ahora, en Mooch, el protagonista interactúa con su entorno desde la sobriedad en unas ocasiones, y desde la borrachera desmesurada, en otras, y la novela se multiplica así, gana una realidad y una presencia demoledoras que la hacen atractiva, adictiva y fascinante. Hay trama, hay personajes, hay historia, independientemente de que haya homenaje (pero ya no servidumbre) a Bukowski y a John Fante, algo que no siempre se podía decir que ocurría en Chump Change.

Un texto plagado de fuerza y furia, con ganas de contar y narrar, nervio y mala uva, literatura como desagravio a los agravios de la vida, desde luego.



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jueves, 9 de enero de 2014

Chump Change-Dan Fante



POR LA SENDA DEL PERDEDOR

Pues sí, Dan Fante: se trata del hijo del brillante novelista John Fante, un escritor ya reivindicado por Bukowski y que durante los últimos años ha sido discretamente recuperado por el mundillo editorial en España, en especial desde que obtuvo un relativo éxito la adaptación cinematográfica de una de sus novelas, Pregúntale al polvo, de la mano del tirón taquillero de la mexicana Salma Hayek.

Decir Dan Fante significa decir muchas cosas: una pléyade de influencias que se apelotonan en su novela, que borbotean en su escritura. Y decir Fante significa hablar de su padre. No me queda duda de que si la película de Pregúntale al polvo no hubiera repuntado modestamente la figura de John Fante, una meritoria -pero humilde editorial- jamás se habría interesado, ni puesto sus ojos sobre la obra del hijo. Y vaya por delante que soy un absoluto rendido a la obra de John Fante, cuyas reseñas pendientes son una de las grandes deudas que mantengo con este blog.

Siguiendo esa inercia, Chump Change es la primera novela que se publica de Dan Fante en español, después ha llegado la publicación de una segunda, Mooch, y confirmando lo anteriormente expuesto, una biografía del padre firmada por el hijo. Con semejante background, ¿qué podemos encontrar en Dan Fante?

En Dan Fante tenemos a un buen novelista, desde luego, pero también hallamos claras influencias que el autor en absoluto trata de ocultar, al revés, se enorgullece de ellas, de los pilares fundamentales sobre los que se cimenta aquello que viene denominándose realismo sucio norteamericano: un persistente homenaje reivindicativo a su padre John, el rastro profundo y repetitivo –a veces, incluso, rozando con la mímesis camaleónica- de los textos narrativos de Bukowski, la presencia poética de e.e.cummings, retales de Carver y un estilo compuesto de otros muchos estilos, de todos estos autores que Dan Fante amalgama, que podría definirlo como un estilo de patchwork de realismo sucio. Por separado, no me cabe duda de que será mejor leer a estos escritores que a Dan Fante, pero todo junto, y agitado, acaba resultando atractivo y atrayente, con páginas llenas de brutalidad, fuerza y desesperación, tramas con garra, discursos sanguíneos y cierto espíritu disolvente y muy divertido.

En Fante nos encontramos con una suerte de Frankestein literario confeccionado con la cabeza de Arturo Bandini, el corazón de Hank Chinaski, el hígado de Charles Bukowski, la furia contenida del propio John Fante, el lirismo complejo de e.e. cummings y el realismo descarnado y frío de Carver. La monstruosidad, la aberración, que podría resultar un monigote de guiñol, funciona bien, y proporciona en Chump Change una novela dura y directa sacudida y atravesada por el continuo recuerdo y homenaje al padre (la trama se ubica durante la agonía y muerte de John Fante). Una vez sacudido este lastre, Dan Fante avanza, y mucho, en su escritura, como se demostrará en la meritoria y superior Mooch, que pronto espero reseñar en esta bitácora.

Son aventuras de seres desesperados, de borrachos, de Bukowskis de segunda, de Chinaskis de carnaval, atravesadas de sexo, violencia, alcohol y palabras gruesas, en efecto, pero sobre ellas se extiende una pátina de dolor que te agarra las entrañas, y te zarandea el estómago y te hace sentir náuseas, que eleva la prosa descarnada de Dan Fante por encima de los peajes de sus influencias y del lastre del apellido, para encontrar su propia autonomía y brillo, al final, en todo ello.

Dipsomaníaco y borrachuzo, adictivo y letárgico, entre el delirum tremens y la literatura escrita con las tripas, un texto sucio y manchado por ciertas notas crepusculares.

lunes, 22 de agosto de 2011

La vuelta al mundo en 81 días -Manuel Leguineche-.



EMPACHO DE EGO

En clave de reportaje periodístico (no en vano Leguineche fue un periodista de amplio recorrido), el autor intenta darnos noticia de cómo pretende dar la vuelta al mundo al estilo de Verne, no ya en 80 días, sino en menor tiempo; disparate propio de alguien suficientemente pagado de sí mismo e intoxicado de ego hasta el punto de sentirse capacitado para vencer a los usos horarios, cuando no con su ingenio, con la ayuda de sus notorios e influyentes, importantes y famosillos amigotes. Para ello, en el colmo del delirio, se sitúa en el mismo lugar en que el personaje de la novela inicia la aventura, en Londres y, desde allí, inicia el recorrido.

Leguineche, con su visión periodística, va dando una información sesgada y partidista, con interpretaciones, a veces, demasiado peregrinas de acontecimientos y situaciones políticas internacionales, de las que él se considera un finísimo analista, pasando por lo que a su juicio un buen viajero debería llevar en el botiquín y llegando hasta las formas en cómo afrontar los problemas aduaneros y burocráticos; aunque me temo que, nosotros, no seremos viajeros con tanta suerte, que no podremos hacer llamadas a amigos en cargos importantes de embajadas o a ex ministros, para que nos echen una mano.

Aunque sometido a otros problemas más excitantes y aventureros, la verdad es que Phileas Fogg jamás habría podido ganar su apuesta en nuestros días. La conclusión a la que llega Leguineche es clara: el mundo actual es un mundo con numerosas fronteras, algunas de ellas, las que se aproximan a países integristas y musulmanes, recelosos en exceso, imposibles de atravesar. Cuando Verne creó su ficción, dar la vuelta al globo era una tarea que se podía llevar a cabo casi sin pasaporte. Así que, ante la evidente facilidad actual que existe a la hora de tomar un medio de transporte, hay que oponer la dificultad de hacerse con un sello de entrada, un visado, para determinados lugares. El mundo sin fronteras del siglo XX y XXI es más que nunca el siglo de las fronteras.

Leguineche se enzarza en una lucha contra la administración, a la que dedica una buena parte de sus páginas, con un relato no siempre bien aclarado y resuelto, y que al final termina cansando, cuando no aburriendo: sinceramente, no me resulta atractivo descubrir lo importante que era Leguineche y los conocidos en las alturas, en las esferas diplomáticas y en el mundo de la comunicación, que al parecer contaba por manojos. Esa lucha administrativa parece ser que es la que le hace perder la apuesta, aunque alcanzada esa parte del libro, al lector ya todo le da igual, salvo unas pequeñas náuseas que ha empezado a sentir mientras leía estos interesantes pasajes. Estas partes dedicadas a los trajines burocráticos apenas disimulan, burdamente, muy burdamente, un auto bombo que resulta más que molesto.

Además, Leguineche, en sus descripciones del viaje a bordo de un carguero o durante su travesía en bus a lo largo de Estados Unidos, acusa cierto maniqueísmo, y sufre el mal endémico del retrato estereotipado, trufado del lugar común, muy a lo periodístico. Esto, es particularmente notorio en sus descripciones de los países islámicos y de los Estados Unidos, lo que lleva a preguntarse qué parte del libro no ha sido escrita en un despacho en lugar de sobre el terreno. En ningún caso, Leguineche puede sacudirse el cliché de la crónica periodística.

Al igual que Twain y Lodge, también decide utilizar un humor paródico, a veces hasta esperpéntico, pero otras veces escoge una especie de visión solidaria artificial que acaba en el tremendismo. En este ir y venir, en esa vorágine del viaje porque sí, las reflexiones románticas sobre el viajero y su destino parecen fuera de sitio, salpicadas con batallitas del autor que aprovecha cualquier instante para demostrarnos su ubicuidad como espectador en directo de la reciente historia del siglo XX. Leguineche no es un viajero, es un negociante que pretende engañarnos. No es el suyo un libro de viajes, es un compendio de anécdotas logradas gracias a un caprichito (emular a Fogg), y redactado a mayor gloria suya.

La conclusión que se saca tras leer el libro es que, hoy en día, Phileas Fogg haría negocio en una agencia de viajes de Low Cost y se dejaría de absurdos desafíos. Y que Leguineche debió decidirse entre viajar o escribir: mejor lo primero, seguro.

Pésimo, pésimo, pésimo: por exasperante, porque uno acaba hasta las narices de este personaje, que es un auténtico plomo resabiado con mucho mundo, pero que ha extraviado la sensibilidad para narrar en algún sórdido despacho. Le dedico estos versos de Bukowski, como un buen corolario a lo que me ha resultado la lectura de este librillo: “Las bibliotecas del mundo se han dormido de aburrimiento con los de tu calaña”.