miércoles, 18 de septiembre de 2013

¡Adelante!-Charles Bukowski



POETA, POR ENCIMA DE TODO

Quien pueda sorprenderse de esto, es porque no ha profundizado lo suficiente en la obra de Charles Bukowski: Bukowski es, fundamentalmente, por encima de todo, un prodigioso poeta. Cierto es que, como narrador, atesora una novela capital, Cartero, y otras notables como Factotum y Mujeres; que La senda del perdedor es una obra de aquel “otro Bukowski” que podría haber sido, más reposado, académico, con gusto por las descripciones y por el narrar correcto. Después, Pulp ya es una parodia de sí mismo, tal vez mejor de lo que parece, pero novela muy por debajo de sus posibilidades, y Hollywood no pasa de resultar una suerte de biografía más o menos entretenida y algo desganada. Entre todo aquello, un puñado de cuentos y relatos breves realmente notables, junto a una sobreproducción de textos cortos, unas veces con menor y otras con mayor fortuna en su escatología. Y por encima de todo ello, poemas y poemas, toneladas de poemas sencillamente formidables.

Este es el caso de ¡Adelante!, colección de poemas de la época final de Bukowski, que se han publicado, al parecer por exigencia del propio autor, de forma póstuma en 2006, quizás con la esperanza o la intención de regalar a sus seguidores (que somos legión) algunos textos nuevos de una manera sorprendente, cuando ya se pensaba que nada más había quedado del viejo Charles. Bienvenido a mi infierno agusanado, arranca el primer verso del primer poema, que da título al libro, ¡Adelante! Está claro, es el Bukowski en estado puro, aireando sus delirios de alcohol y destrucción, quién nos sale al encuentro, de nuevo, con esa fuerza capaz de conmovernos y esas estructuras de poemas cerrados en redondo una y otra vez, con finales que son como ganchos, como uppercuts que demuelen el poema, que lo colocan en relieve y que lo hacen resonar de nuevo en la cabeza del lector, gracias a esas inflexiones finales tan características de su autor, y por cierto, tan complejas de llevar a cabo.

Humillante contemplación, dosis de metaliteratura, reflexiones sobre el propio poema en sí, autoconciencia de la muerte, y una gran atención a los elementos que conforman el acto de escribir, son la materia poetizable en este volumen. No es una materia ajena al autor en otros libros, viene, fundamentalmente, a ser la misma, las mismas angustias que se repiten en su imaginario y que dan lugar a poemas crudos, tan sensibles en su aparente insensibilidad, tan victoriosos en toda su profunda derrota y tan amargos en sus amarguras.

Como un juego de cajas chinas, estos poemas contienen una reflexión sobre la necesidad y el drama de hacer poesía, y esa reflexión contiene un manual de literatura, y ese manual poético de literatura contiene, al fondo, al propio Bukowski que, a su vez, contiene un puñado de poemas conmovedores que, a su vez, albergan a Cummings; y así, se alcanza a Cummings a través de Bukowski y, desde Cummings, después, se regresa otra vez a Bukowski y se cierra toda la reflexión metaliteraria al leer estas poesías.

Un excelente compendio de poesía póstuma, un poco a la baja si se compara con otros libros de Bukowski, pero igual de emocionante, y para muestra, me quedaré con un poema de esta selección, titulado “Mi canción”:

consternación
de sobras,
dolor
en abundancia

días inquietos
y
noches
insomnes

siempre peleando
con todo tu
corazón y tu alma
para no
fracasar en
eso de vivir.

¿quién podría
pedir
más?

Así es la poesía de Bukowski, un continuo refocilarse en la amargura, en el fracaso existencial tan sólo salvado por la poesía. Y por eso, nosotros, sus lectores, lo salvamos cada día, salvamos a Charles con cada lectura de un texto suyo, y nos acercamos, poco a poco, con cada poema, a la nuestra, al borde de nuestra propia salvación que gotea en cada reflexión poética, porque no hay infierno como tu propio/ infierno y /nunca /hay nadie más /para compartirlo contigo, nos avisa en “Hola y Adiós”.

A este libro de poesía póstumo se debe llegar como a un fondeadero tras haber leído los poemarios fundamentales de su autor. Es un corolario, un libro testimonial que alberga muy buenos poemas, pero que necesitan del habernos nutrido previamente de la obra anterior. Un Bukowski pleno de potencia y acidez, magnífico en los poemas vitriólicos de quién, como titula una de sus composiciones aquí seleccionadas, es el puto amo de la jodienda. Pues eso. 
                                

A la caza de la mujer-James Ellroy



LA CONFESIÓN DE UN PERRO (QUIZÁS NO TAN) RABIOSO

Con permiso de Chandler y de algún otro ilustre, debo afirmar que a mí no me gusta la novela negra, realmente quién me gusta es Ellroy. Y Philip Kerr, pero éste en otro nivel distinto, de quién espero otras cosas diferentes cuando abordo sus textos. Aclarado este punto, reafirmado el que Ellroy me gusta como autor, independientemente de que escriba novela de género, me asomo A la caza de la mujer, texto confesional y hasta psicoanalítico que puede resultar, a quién desconozca la personalidad de su autor, un libro insoportable, incluso obra de un enfermo ególatra, pero que para los seguidores de Ellroy resultará una confesión magnética, visceral y entretenidísima –esto, tal vez, es su principal virtud… aunque cabe preguntarse  ¿cuándo Ellroy no ha resultado entretenido?-.

Ellroy lleva arrastrando en su literatura un drama personal y una marca de estilo impuesta por las circunstancias. El drama personal se remonta a su infancia, al asesinato todavía por resolver de su madre Jean, que luego trataría de exorcizar hasta cierto punto en La Dalia Negra, sin conseguirlo, a la vista de este A la caza de la mujer. Porque la confesión del libro es que Ellroy, en sus relaciones con las mujeres, siempre ha buscado reencontrarse con su madre, y reconciliarse con ella. Reconciliarse, en efecto, porque desde hace más de cincuenta años aquella muerte atormenta al autor, por encima de que se desconozca el nombre del asesino. Divorciados, su madre le preguntó a un James Ellroy, que contaba con diez años, si deseaba mantenerse de su lado en el proceso de despedazamiento familiar, y James le dijo que deseaba estar con su padre. Su toma de posición fue recompensada con una bofetada y el pequeño James, humillado y ofendido, deseó que su madre muriera de inmediato. En efecto, a los tres meses, era asesinada.

Ellroy se culpó, y en el libro que nos ocupa lo sigue manteniendo, que la muerte de la madre era culpa suya. Establece un conducto directo entre aquel deseo y el asesinato, y esa idea se ha fijado en su pensamiento. Hubo el intento de La Dalia Negra, y del sobresaliente Mis rincones oscuros, pero el problema nunca fue superado. De esa manera, la historia desemboca en A la caza de la mujer, el trauma marca su vida y sus relaciones con el otro sexo. A ello se añade la marca impuesta por las circunstancias a la que me refería anteriormente: si quería publicar debía acortar sus libros, y de ahí su estilo directo y telegráfico, dinámico, una puñada en la cara del lector, a menudo desbordado por la velocidad de lo narrado. Su confesión en A la caza de la mujer, aunque no sea novela y el que no necesitaría ese traje, se ajusta firmemente a ese estilo hard-boiled, resultando el texto absorbente, vehemente, un carrusel que agarra de las solapas al lector y lo zarandea como a la puerta de un barucho de mala muerte en un callejón de Los Ángeles.

Pero, por eso mismo, porque Ellroy es Ellroy, engreído e insoportable, egocéntrico y enfant terrible, agent provocateur, y todos los términos en francés que puedan ocurrírsenos, por ello, por todo ello, habrá quién no aguante dos páginas de esta historia y la abandone aborrecido del recital de narcisismo desplegado. Estamos hablando de la truculenta vida del autor, por ejemplo, de la Trilogía Americana, dos de los tres libros que la integran, tal vez, los mejores que se hayan escrito en el género. Y eso ya merecería la atención de sus lectores.

Y si bien es cierto que alguien se preguntará lo que le pueden importar los traumas de este hombre, así como sus conquistas, su relación con el alcohol y las drogas, y sus historias con las mujeres, en el fondo impera una tremenda verdad: su madre fue asesinada realmente y eso condicionó, ha condicionado su vida y su escritura, su literatura, situando estas memorias -si así queremos denominarlas- muy por encima de otros recuerdos y confesiones de autores más pendientes de mostrar con quienes han comido, se han codeado, las fiestas a las que han ido, todo ello embadurnado en complejas y autoindulgentes visiones e interpretaciones literarias. Este, no es el caso.

No deja de sorprenderme una circunstancia: con lo que me gusta Ellroy no he incluido en esta bitácora nunca una crítica de ningún libro suyo. Ni de Amérca, ni de Seis de los grandes, ni de El asesino de la carretera, títulos todos ellos imprescindibles para el género y para la literatura. Eso me recuerda que en breve debo hacerlo, que tengo una deuda contraída con los ratos de excelente diversión y entretenimiento que me han proporcionado, anclados sólidamente en una gran calidad rezumante. Cuando el primer libro de Ellroy que reseño aquí es A la caza de la mujer, eso resulta significativo. Incluso el título lo es, que lo podría confundirse con una novela sobre un asesino en serie. Y en cierto modo la literatura de Ellroy, toda esa literatura, es así, la de un asesino en serie. Sus párrafos no son sino una pistola cargada, a veces.

Otras veces, ya es un calibre del 45 humeante que nos ha dado entre los ojos.

Es necesario poner algo de distancia entre un texto confesional y biográfico y sus novelas. Algunas de sus legendarias novelas negras necesariamente deben situarse por encima de este libro, pero sólo por eso. Un texto obsesivo, sociópata, atormentado y abrumador para un libro desmesurado y desbordado como su autor. Una confesión relampagueante.

martes, 10 de septiembre de 2013

Los cuarenta días del Musa Dagh-Franz Werfel




LA NOVELA COMO ÚLTIMA ESPERANZA

El genocidio armenio, un tema terrible, duro y espinoso, la matanza de estos hombres a manos de los turcos a principios del siglo XX, compone la obra maestra literaria de Franz Werfel. Una novela vibrante y sólida, un monumento a la historia literaturizada, un desarrollo magnífico para narrar unos acontecimientos tan terribles como descarnados. Y todo ello, haciendo gala de un enorme oficio de narrador, controlando los tiempos, los cambios de escena, con ritmo y aliento, con bríos que no desaparecen en su autor, ni en el interés de sus lectores, a lo largo de las 838 páginas de tan extenso trabajo.

Werfel brilla alto en algunas de sus obras, como la musiliana o törlessiana Reunión de bachilleres, junto a la La canción de Bernadette y Una letra femenina azul pálido, todas ellas, en uno u otro sentido, muy recomendables, abarcando una amplitud de registros que se mueven desde el ya mentado Musil hasta el polifacético Zweig. Escrita en 1933, Los cuarenta días del Musa Dagh señala la cota más elevada alcanzada en su literatura, y consagra a Werfel como un escritor con una de las novelas más importantes del siglo XX.

El libro aborda la resistencia de una porción de la comunidad armenia en 1915, refugiada del exterminio turco alrededor del Monte de Moisés, o Musa Dagh, cerca de Antioquía. En sus laderas, se defenderán cerca de cinco mil hombres, marcados y condenados a morir como resultado de la política genocida abanderada por Mehmet Talaat, ministro turco del Interior, e Ismaíl Enver, ministro de la Guerra, con la excusa de la Gran Guerra que se había desencadenado en Europa y en virtud de ciertos intereses geopolíticos de Turquía. Estos asesinatos raciales llevaban tiempo produciéndose, desde mucho antes, pero la Gran Guerra vino a dotarlos de una legitimización y, con ello, de sistematización.

Ante la amenaza del exterminio, casi cinco mil armenios decidirán hacerse fuerte en las inmediaciones del monte, esperando resistir como sea ante y lo que llegue, incluso creyendo con fervor que se recibirá una ayuda de la Primera Europa, la que lidera la intelectualidad y el humanismo: pero desde Francia y Gran Bretaña no alcanzó a llegar ni un solo movimiento. En este sentido, en lo que para mí representa el punto álgido de la novela, su cumbre maestra, se encuentra el intento del alemán Johannes Lepsius, un misionero protestante que busca interceder por el pueblo armenio frente al ministro turco de la guerra Enver Pasha, de forma desoladora e impotente. Aquí traza Werfel algunas de las mejores páginas de su novela, por no decir que sus retratos de ambos contertulios son, sencillamente, excepcionales. Sólo la maestría de Zweig habría podido recrear así semejante entrevista, y la realidad personal y espiritual de sus personajes.

La narración pivota, además, en un personaje protagonista, el armenio Gabriel Bagadrian, de carácter y formación intelectual de tradición europea, que arrastra un background en su educación humanista europea, lo que hace que presencie los sucesos desde un contrapunto diferente que se añadirá al sufrimiento meramente local. En él, en Bagadrian, podría decirse que se comprende toda la dimensión del abandono de la intelectualidad europea a la causa armenia, que se atisba la quiebra de la razón y la tradición humanista que terminaría por disolverse ante la pasmosa permisividad de, no sólo este genocidio, sino del resto de los genocidios del siglo XX –con el nazi a la cabeza de la quiebra definitiva del concepto de hombre, o de hombre ilustrado, si queremos llamarlo así-.

Confesaba Wefel que fue la visión de unos muchachos desarrapados en Damasco en 1929, presumiblemente armenios que trabajaban en condiciones inhumanas en unos telares, lo que lo inspiró para abordar el asunto y que, después, durante un ciclo de conferencias en Alemania, escogió hablar del capítulo quinto, el de la entrevista entre Enver Pachá y el pastor Lepssius, lo que resulta muy significativo. Asoció la situación inhumana de esos niños armenios al fiasco de la tradición humanista –representado en Lepssius y en la inhumanidad de Pachá-. Esos serán los mimbres que tejan el libro, de un carácter conmovedor que, se dice, fue uno de los textos más leídos durante el terrible gueto de Varsovia, dado que Los cuarenta días del Musa Dagh es un libro sobre el sufrimiento, es martirologio, y tal vez en sus palabras los confinados en el gueto encontraron los ánimos para levantarse como lo hicieron.

Una novela que pudo servir, tal vez, de ejemplo valeroso a aquellos hombres y que, ahora, en estos otros tiempos que corren, desde luego se nos muestra como ejemplo de lo que puede llegar a ser y ofrecer un libro tan brillante como desangrado. Y en ello radica su excelencia y trascendencia.

Una novela que golpea conciencias y corazones, que denuncia matanzas y limpiezas étnicas y genocidios, que demuestra que se necesita seguir teniendo esperanzas en el ser humano, aunque el ser humano ya no tenga las esperanzas puestas en sí mismo, y que, al menos, esas esperanzas, tal vez, podamos colocarlas en la literatura. Una obra maestra.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Noviembre de una capital-Ismaíl Kadaré



ANUNCIO DE LO QUE VENDRÁ DESPUÉS

Albania en la encrucijada, Albania frente al abismo, Albania en el tránsito, Albania terminando una época y empezando otra, Albania empezando una nueva historia y cerrando otra, Albania liberándose y Albania encadenándose como Prometeo: Albania en su cruce de caminos, todo eso es la novela Noviembre de una capital; donde la capital es Tirana, y noviembre es el mes de noviembre de 1944, momento en el que, tras encarnizadas luchas, los guerrilleros comunistas libran el combate definitivo ante las tropas invasoras nazis, triunfan y, bajo las máximas estalinistas, deciden el rumbo que tomará el país durante las siguientes decenas de años.

Kadaré refleja dos tipos bien diferentes de luchas, las militares, llevadas a cabo por los partisanos contra los alemanes en el paisaje urbano, con plazas donde permanecen varados carros blindados semiderruidos o batallas por tomar el control del edificio donde se ubica la emisora de radio, y la otra contienda, la política, la llevada contra el enemigo de clase, la que conduce a detenciones de albaneses por otros albaneses, la que comprende la incipiente purga de la clase poderosa, de los burgueses adinerados, por parte de las tropas populares.

Liberación y comunismo se dan la mano en una serie de escenas que reflejan cuáles serán las directrices que gobernarán la nueva Albania, la joven y nueva Albania: represalias, terror, juicios sumarísimos, sadismo, revanchas, venganzas y arbitrariedades. El texto, conformado por el aliento de un gran número de personajes, compone la ya clásica forma de narración coral que Kadaré ha utilizado en El gran invierno, por ejemplo, como una manera de aproximarse a las vidas cotidianas (aunque en este caso sean vidas cotidianas enmarcadas en el estado excepcional de una guerra y de una liberación y del advenimiento del comunismo), las vidas comunes de quienes compondrán el cuerpo de la Albania del régimen.

Por estas páginas desfilan hombres y mujeres comunes, no hay héroes de grandes gestas bélicas, tan sólo voces que componen una sola voz modulada en dos tonos: los represaliados y los represaliadores, los vencedores que a la par son vencidos, y viceversa, en un ejercicio desquiciado y absurdo de encadenamiento político donde las fuerzas de seguridad del pueblo, encargadas de eso, de su seguridad, serán las que mayor inseguridad le provoquen; es una paradoja más que añadir a la colección de paradojas que se plantea en Noviembre de una capital, donde los libertadores son carceleros, la justicia peca de injusticia, el amanecer resulta un anochecer, la alborada de la nueva Albania será el crepúsculo de todo un país, y el sistema de libertades se tornará en un conjunto de arbitrariedades. De la utopía a la distopía.

La prosa de Kadaré recorre los descampados, los vericuetos de la Tirana en llamas, de la Tirana en ruinas, de la Tirana asediada y asfixiada por los combates en la que alborea un futuro de pesadilla. Son los vencedores quienes se arrogan la capacidad de juzgar bajo el prisma de las nuevas leyes, son los vencedores los que se permiten crear una nueva casta, la de los desclasados, son los vencedores en la batalla ideológica y política quienes establecen una nueva visión del mundo bajo el prisma del comunismo. Son los vencedores quienes se creen que liberan a los compatriotas de antiguos crímenes, pero se equivocan porque, parafraseando una letra de una canción de Paul Weller, la historia probará con el tiempo que las leyes de hoy serán los crímenes del mañana.

Y en el caso de Albania, eso no fue nunca más certero.

Aún siendo una notable novela de Kadaré se trata de eso, de notable. Notable en comparación con otros textos sobresalientes y con algunos pedazos de su producción tan magníficos que dejan a este texto un poquitín por debajo. Me da la sensación de que la novela no consigue ocupar un lugar destacado entre la obra del albanés.